24 feb. 2011

17 feb. 2011

La pasta de Giuliana (elogio de la comida doméstica)



No lo busqué. Ni siquiera pensé que podía suceder. Pero es así. Progresivamente, cada vez más, se ha ido convirtiendo en una verdad esencial, en una parte fundamental de mi vida. Lo mejor que me puede pasar en un día de trabajo o de fiesta es que Giuliana cocine en casa un pentolone de pasta y yo pueda aproximar mi plato a su periferia y servirme una porción discreta. Atrás quedaron los truenos, los tigres, los relámpagos, pero también el picadillo de pollo, mayonesa y manzanas que en la casa materna, en Valencia de Venezuela, llamábamos ensalada de gallina y que era hasta finales del siglo pasado mi plato preferido. Algo parecido ha pasado con la hallaca, imposible de comer adecuadamente en estos lares: falta la hoja de plátano, del plátano de Naguanagua, y si un milagro más aduanal que aéreotransportador lo permitiera, faltaría la atmósfera y quizás sobraría una lágrima, un chorro de ellas. Pero no son ésas las razones por las que la pasta, la pasta de Giuliana, se ha ido consolidando en mi lengua, mi cerebro y mi corazón. La pasta de Giuliana ha crecido por razones propias, con méritos labrados a pulso, a fuerza de batallas ganadas y perdidas con los afectos, los sabores y la nostalgia. Juntos hemos pateado infinidad de calles hasta conseguir la mejor olla, el pentolone, en la primera tienda. Amorosamente hemos experimentado y discutido sobre qué tomate usar, ante qué extraperlista conseguirlo, para finalmente decidir que el tomate al igual que el agua tenía que ser del lugar que nos diese el fuego. Lo único que no hemos alterado de la receta original es la pasta, que tiene que venir de Italia, aunque eso ya no es problema porque Barilla y De Cecco navegan desde hace años por todas las calles del mundo, inundadas de Lambrusco. Es así cómo en cualquier mediodía, justo antes de pensar en qué comer, basta una mirada de cuatro ojos para decidir sin ni siquiera una palabra que queremos comer un bel piatto di pasta col pomodoro. Sí, ¿por qué no? Y la pasta va saliendo del cielo de sus manos, rápida y lentamente, en apenas unos minutos en que la cocina se impregna del olor pesado del tomate y el aire se almidona porque en la otra hornilla hierve el agua y los hilos de pasta engordan y esperan el minuto del dente que se produce sesenta segundos antes de lo que marca la caja en la que han viajado y llegado a casa. Luego ambos se fusionan, pasta y tomate, como en un asunto malabar. Son las manos de la ilusionista Giuliana que uno no ve cómo pero hacen volar las ollas y el colador y presentan ante nuestros ojos atónitos el milagro del día. Ése es el momento en que yo aproximo mi plato y me sirvo una ración discreta a la que agrego apenas una cucharadita de parmigiano y que luego devoro lentamente como si cada movimiento masticatorio fuese una bendición que consagrase las nupcias tripartitas del alimento que llena mi boca. Han pasado tres minutos y en el plato no se ve ningún spaghetto. Entonces me bendigo por haberme servido una porción discreta y sé que puedo repetir. Caen en mi plato dos o tres cucharadones más de pasta nutritiva que ingresan consecutivamente en mi boca, esta vez de una manera más pausada en la que el tenedor elige uno por uno el spaghetto nadador. Finalmente, disparando contra todos los manuales de urbanidad (Adiós, Galateo. Good bye, Carreño) será necesario mojar un pedazo de pan en el tomate que habite todavía el fondo del plato: fare la scarpetta.
-Mira lo que está haciendo papá -comienzan entonces a alterarse los niños y envían miradas suplicantes a Giuliana que inmediatamente concede el deseo y luego comenzamos todos a barrer, convertido el pan en lengua poderosa, nuestros platos hasta dejarlos translúcidos, como si el mejor lavavajillas hubiera pasado por estas montañas.
Es un placer divino por delicioso y compartido, tan sencillo además, pero que sólo las manos de Giuliana permiten: la pasta de Giuliana.

15 feb. 2011

UN'ALTRA VOLTA: PUTAS PEREGRINAS

Quizás por la falta de higiene, la especulación o la precariedad de los servicios que se ofrecen a su alrededor, San Giovanni Rotondo en el Sur de Italia ha dejado de ser el destino preferido de las putas italianas. No es que hayan dejado solo y sin feligreses al pobre Padre Pio, el santo de las manos llagadas, estigmatizadas, nacido en Pietrelcina. No, para nada. No. Todavía alguna lo visita, canta sus milagros, conserva su estampita e intenta eternizar el olor floral que desprende su cadáver. Pero seguramente tendrá más de treinta años. El resto, todas las otras que tenían menos de diez años cuando la caída del muro de Berlín, han dirigido su mirada hacia el Norte. Para nada sirven ya los santos del Sur. Sicilianos, lucanos, napolitanos, puglieses, calabreses. Esos santos no hacen milagros y ya no vale la pena encenderles ni siquiera la mitad de una vela. Ahora hay que ir a Roma, a Milano o quizás a Cerdeña. Eso es lo que en este momento tiene sentido, lo bello, lo trend. No se trata de un santo nuevo. Es viejo, nació apenas un año después de la muerte de Gardel. Vivió la Segunda Guerra y bebió la leche condensada que desde los aviones lanzaban los americanos en paquetes gigantescos. Podría estar demente. De Parkinson, Alzheimer o vascular, ¿por qué no? Pero igual hace milagros. Por eso las jóvenes putas colapsan las carreteras y los trenes de Italia en su afán de llegar a la meta. La estación de Roma Termini es un putiferio ya. El griterío allí es ensordecedor y no tiene nada de particular puesto que siempre lo ha sido. Lo único realmente diferente es que los lavabos han cambiado de olor. Si siempre han olido desenfadadamente a mierda, ahora huelen a perfumes de todo tipo: baratos y caros, buenos y malos, de buen gusto o desprovistos de él. Esa mezcla es lo que siempre se ha conocido como olor de putas. Huelen a puta, pues. Los lavabos de Roma Termini huelen a puta. Y los de la Estación Central de Milán también. Las jóvenes peregrinas están cambiando la vista aérea de Italia. Desde el cielo se ven como una línea que sin interrupciones comunica todas las ciudades y pueblos con Roma y desde allí sube a Milán y Cerdeña. Esas líneas no son otra cosa que una puta detrás de la otra. Si pudiéramos agrandar el objetivo se verían como puntos de diferentes colores. Son sus cabelleras. Predominan las morenas, pero las hay rubias y pelirrojas. Se ven puntos que vienen incluso de África. Son también jóvenes peregrinas. Conversas. Pero sobre todo jóvenes. Todas tienen menos de treinta y la mayoría menos de veinte. Las que tienen diecisiete conocen su ventaja. Serán las preferidas del santo. Todas llegarán a sus alrededores, pisarán alguna discoteca donde mientras se desnudan un apenas conocido les prometerá algo, caerán en las garras de un consigliere que se llevará el número de su móvil en la memoria, escucharán una y mil veces la promesa de ponerlas en contacto con él. Sentirán que están a punto de rozar sus vestiduras, de hincar los dientes en sus calzoncillos. Pero sólo las que tienen diecisiete años, no importa de dónde vengan, con quién hayan dormido la noche anterior, si se han lavado o no, si consumen drogas por vía nasal o simplemente la fuman, serán elegidas por un periodista sátiro. Don Emilio conoce los gustos del santo, sabe de sus dimensiones exactas, ha palpado su capacidad. Él es el controlador de esta caravana infinita. Él decide quién merece pasar y quién, lamentándolo mucho, se debe quedar o quizás regresar. En su despacho, antes del noticiero de las ocho, baila un dado de dos caras: ir a la casa del santo y meterse dentro de la caja mágica o quedarse viéndola en la propia casa para siempre, criticándola, sputtanando con las abuelas que igual siempre han votado Forza Italia esas piernas largas, esos escotes infinitos.
Si Don Emilio lo permite algunas podrán pasar. Veinte o veinticinco por noche, quizás por fin de semana. Entre ellas, las que mejor canten el himno del partido, las que sean más putas pero puedan fingir que no lo son tanto, las que toleren la compañía de jóvenes ministras de tetas marchitas por culpa de los celos, podrán meterse luego en la piscina y, postradas ante el santo, introducirle una pastillita de Viagra en la boca y dejarse luego penetrar mientras los amigos periodistas, algún cantante y las otras putas gritan «Bravo, bravo». A partir de ese momento su vida cambiará porque el milagro habrá sido concedido. Dependiendo de su talante podrán participar en Gran Hermano o ser luego diseñadoras, diputadas, ministras o simplemente famosas. Eso dependerá de ellas. El santo siempre estará dispuesto a ayudarlas, a tenderles una mano para así cambiarles la vida y llenar de piernas largas la senil Italia. Pero incluso si todo fuese mal, si tuviesen que regresar al pueblo y allí un camión las arrollara y luego en el hospital se las comieran las ratas, nunca, nunca podrán olvidar que en el momento de la despedida, el santo las besó y para nada discretamente les entregó un sobre con cinco mil euros y una tarjeta de letras doradas: «Cuando seas mayor de edad, vota Berlusconi».

2 feb. 2011

Whisky escocés

Hijo de un psiquiatra prestigioso, como los vivitadores médicos solían empapelar con el nombre de sus productos los regalos que hacían, durante varios años creyó que Prozac era una marca de whisky.