29 jun. 2011

Consulta 184



Los pacientes vienen y se van, a veces vuelven. El primer día en este hospital un hombre intentaba venderme un automóvil.
-Veinticinco mil, apenas vinticinco mil. Prácticamente nada.
El segundo día lo vi, el mismo hombre, en un concurso de la televisión. Ganó quince mil: saltaba y gritaba, anunció que se iría a Egipto con toda la familia.
El tercer día un paciente dijo llamarse Winston Churchill. Tenía un brazo roto, pero no vino a mi consulta por eso, sino porque necesitaba un informe para que le dieran la pensión.
-¿Seguro que usted es Winston Churchill? -le pregunté porque lo vi muy joven y negro, demasiado diferente al de los libros de historia.
-Sure.
Pues hice el informe.
Al día siguiente, el cuarto, vino la policía a decirme que se trataba de un error. Realmente hablaron de délito: el hombre que vino a mi consulta, como no tenía documentos, había usado el pasaporte de un compatriota liberiano, más o menos de su misma edad, muy parecido físicamente.
-Ya lo sabía yo -le dije al de la consulta contigua. -El hombre que dijo llamarse Winston Churchill no era Winston Churchill.

19 jun. 2011

Béisbol o fútbol: una historia de amor






a RD
Recuerdo sus ojos y, sobre todo, los rápidos movimientos de su boca mientras contaba esta historia, una historia de amor, pero no recuerdo el país en que lo hacía.
Absolutamente cierto, no logro recordar si se trataba de Venezuela o de España. Y mira que es importante en este caso el lugar, porque si se trataba de Venezuela el deporte en que se escenifica esta historia es el béisbol. Si de España, el fútbol.
El asunto es que se trataba de la historia de dos personas, él y ella, que se amaban apasionadamente. Ella era la persona que deseosa de librarse de una duda me regaló un pedazo de su vida, en un encuentro literario o en un despacho de hospital. Y él era un renombrado jugador: de béisbol o de fútbol. Ambos adoraban los automóviles alemanes. Ella los Volkswagen de color rosa. Él prefería los Mercedes azules.
Cuando él llegó para reforzar el equipo local, ella lo conoció gracias a la hija del presidente, el del equipo. Comenzaron a salir casi inmediatamente y el equipo se cansó de ganar esos dos años. Pero él no podía jugar con el equipo una tercera temporada. Tenía que partir: su carrera debía continuar y un equipo más fuerte pretendía contratarlo.
Inicialmente estaba contento, formaría parte de un equipo con el que todos querian jugar. Pero luego no, ella no podría acompañarle: los prejuicios, la familia, la falta de tiempo para organizar una boda, esas cosas.
-Si me lo hubieras dicho aunque sea un mes antes. Pero así no puede ser.
Él finalmente partió y nunca más volvieron a verse.
Cinco o diez años más tarde, ella viajaba con su familia (marido e hijos) en el infaltable Volkswagen. Lejos, bastante lejos de casa, sintieron cómo un Mercedes azul se aproximaba e inusualmente permanecía más de tres minutos detrás de ellos. Luego los superó lentamente, como si el conductor quisiera ver quiénes viajaban en el Volkswagen rosa. Ya adelante, en lugar de perderse inmediatamente en el fondo de la carretera, por otros dos o tres minutos estuvo allí, entorpeciendo la marcha.
-Es como si quisiera decirnos algo, pero no se atreve -dijo su marido y ella no respondió.
Quería mirar, pero tampoco podía. Prefería permanecer con la duda. Y así se quedó, con al duda para siempre, porque el Mercedes finalmente se marchó.
-Siempre he pensado que se trataba de él, pero no lo sé. Si algún día lo encuentro, se lo preguntaré, pero con pocas palabras, Slavko. A los futbolistas hay que decirles las cosas con muy pocas palabras.
Era un jugador de fútbol, ¿ves? Y seguramente escuché su historia en la Valencia que habito, a trescientos cincuenta kilómetros de Madrid.








9 jun. 2011

Hospitales queridos: elefantes cariñosos






¿Es posible querer a un hospital? Seguro que sí. He escuchado verdaderas declaraciones de amor al respecto:
-En este hospital nací, aquí murió mi padre Y nacieron mis hijos. Aquí quiero morir.
Nada más parecido a un matrimonio bien llevado, mejor avenido.
En el caso de los médicos es diferente: pocas veces se asocia el hospital a las transformaciones del cuerpo aunque éstas inevitablemente terminen llevándonos a él. Se prefiere el relacionarlo con el cambio psíquico que, contra toda evidencia científica, se presume evolutivo, y la adquisición de destrezas, construyendo así una especie de Bildungsroman en que los capítulos son las plantas y los servicios del centro en cuestión.
-En este hospital me formé. Es mi alma mater. Aquí, en el sótano, diseccionábamos los cadáveres antes de que pasaran a la morgue. Allí, en la primera planta, conocí a mi primera mujer. Era enfermera de la consulta de venéreas ...
Todo esto se dice (y se vive) también a través de la obra que se cree realizada:
-En mil novecientos cincuenta y tantos, fundé este servicio. Cuando llegué, era el único especialista en ... Y desde entonces soy jefe de ...
En mi caso, no puedo evitar relacionar los hospitales con las personas que dentro de ellos he querido. También los ambulatorios. Reconozco que a mi modo es también una especie de Bildungsroman.
Así mi vida ha pasado por los corredores de cinco o seis hospitales, los mismos por los que mi cuerpo ha paseado. Los recuerdo, uno por uno.
El Hospital González Plaza, en mi Valencia natal, con mi primera ex-novia seduciendo al imbécil de GH, a quien tengo tanto que agradecer. Con Pedro Téllez y su búsqueda del himen filosofal. Con Reynaldo Pérez So, que entonces escribía el poemario Px.
El Hospital Central de Valencia: Víctor, Diana y Perecita sosteniéndome entre sus brazos luego de la muerte de Leticia, mi hermana.
El Centro de Salud de La Guásima, con Rosario, la enfermera gigante y cirujana que multiplicó mi negligencia.
El Peñón, con Elena, Alberto y Ana Lourdes. Con Katy y Rafael. Con Virginia y Jeannette. Carretera por pasillo. Árboles en lugar de ventanas. Y una ambulancia convertida en tiesto en uno de los patios.
Ahora he agregado un nuevo hospital a mi lista de elefantes cariñosos: el Hospital General de Castellón. En su recuerdo estárán para siempre Joan, Jose, Laura, Ana, Mamen, Idoia y Viviana. María Ana y Carmen. Paqui y Emilio. Félix y Mayte. Raúl y José Luis.
Hospitales del alma. Elefantes tan queridos. Si tengo que volver, espero que me atiendan mis amigos: que estén ebrios.

5 jun. 2011

El nombre del padre

Mi padre, que tambien se llamaba Slavko, nació en un rincón de tierra húmeda. Mentira, mentira, realmente no sé bien dónde nació aunque alguna vez creí visitar un pueblito de Croacia que se llamaba Netretiċ.
-Salamanca, Lisboa, América, Valencia, kilo, Oviedo -cuando estoy en España.
-Zaragoza, Úbeda, Palencia, Cáceres, Italia, Cáceres otra vez.
A mi padre seguramente le agradaba su nombre porque no sólo me lo legó a mí sino que a una mediohermana se lo regaló vestido de tul y aunque más largo empequeñecido: Slavkina. Es necesario decir que entonces mi padre vivía en Maracaibo, donde es posible encontrar personas con nombres mucho más extraños todavía.
-Sanare, Lara, Apure, Valencia, kilo, Orinoco.
-Zaraza, Uchire, Petare, Caracas, Isnotú, Caracas -en Venezuela.


Alguna vez, alguien me habló de un comic yugoslavo en que uno de los personajes se llamaba Slavko. Mirko i Slavko: ellos, dos niños partisanos que luego del comic fueron película y ahora suenan en las canciones de Gustafi y Bad copy, son el verdadero tema de este cuartiento.

-Salerno, Livorno, Ancona, Vibonati, Kilogrammo, Otranto.

-Zagrabria, Udine, Piemonte, Cagliari, Italia, Cagliari -en Italia.

Mi padre tenía un hermano que se llamaba Mirko, pero ellos no se llamaban así por la serie, que fue posterior a su nacimiento, ni la serie se llamaba así por ellos, que llevaron siempre una vida muy discreta y nada partisana.
Al final, a mí me ha terminado gustando mi nombre, a pesar de las dificultades para deletrearlo y si me lo hubiesen permitido se lo habría regalado a mi hijo.
-¿Y en otros países? ¿Cómo haces en otros países?
-Realmente no viajo tanto. Y si me toca pisar otras tierras, me quedo callado, no digo nada, ni siquiera mi nombre. Me limito a recordar la canción de Gustafi: