21 sep. 2011

CUMPLEAÑOS

Siempre han sido extraños y bellos los días de cumplir años.

Recuerdo los treinta rodeado de amigos en Barcelona, la promesa incumplida de hacer una gran fiesta para los cuarenta y, especialmente, dos de esos días: el de cumplir veinte y el más reciente, los cuarenta y uno.


A los veinte, como todo el mundo quería cumplir veinticinco y no tenía nada preparado. Por si fuera poco, ese mismo día mi tío Pablo protagonizó una pequeña desgracia familiar y las mujeres de la familia corrieron en su auxilio. Eso significó que, a pesar de ser el día de mi cumpleaños, me quedé absolutamente solo durante toda la tarde y parte de la noche. Menos mal que a las cinco de la tarde sonó el timbre: era Gustavo, mi amigo de entonces y de siempre, el padrino de mi hija Letizia. Me hizo compañía, grata y amable, durante más de dos horas. Nos recuerdo sentados junto a la casa y frente a la montaña, hablando de cualquier cosa, celebrando sin saber qué celebrábamos, pasando el tiempo sin pensar que construíamos un momento bonito, fundamental e insuperable de la vida.


El cumpleaños más reciente fue hace muy poco. Empezó a comienzos de mes cuando vi la plantilla de guardias en el hospital. Día veinte, ¿médico de guardia?: Slavko Corazón de Jesús Zupcic Rivas. Guardia el día de mi cumpleaños. Lo asumí sin rechistar: un poco fatalista, otro realista. Además, guardia cambiada, seguramente mala. Mejor no hacerlo. La noche anterior, mis hijos me dijeron que no importaba. Y la guardia comenzó buena. Sólo me quejé en un momento durante la tarde. Hablaba con mi madre al teléfono y le dije que nadie me había cantado las mañanitas. Es una costumbre de la casa materna, de cuando éramos cuatro, que yo pretendo prolongar con mis hijos, pero como salí temprano de la casa mientras todos dormían esta vez había sido imposible. Era entonces un cumpleaños sin mañanitas y me hacían falta, pero no tanto porque estaba bien, muy bien. Trabajé un poco, otro, y cuando la guardia se relajó respondí algunos mensajes. Luego, a las doce y media, me fui a la habitación, a leer el periódico, y me quedé dormido. Al rato sonó el teléfono: era el supervisor que anunciaba un paciente. Me alcé sin quejarme y me asomé al pasillo. Pensaba entrar directamente a la consulta, pero el supervisor me hizo saber con sus gestos que el paciente estaba en la sala de espera. Fui hasta allí. Al apenas entrar, los vi a todos, los enfermeros y celadores con quienes había trabajado durante el día sosteniendo una torta de chocolate y una guitarra imposible. No lo podía creer entonces y todavía me cuesta. De sus bocas y de sus manos salían los acordes de una canción que he escuchado casi cuarenta y un veces en mi vida: las mañanitas, las mañanitas del Rey David. Los abracé uno por uno y, acariciando con la lengua un trozo de torta, terminé de pasar un cumpleaños bello y extraño, seguramente especial.


18 sep. 2011

Cuando muere un vecino

De la muerte del vecino me enteré a través de su jardinero. Ese día, el de su muerte, cociné una paella para mis amigos apenas a diez metros de su lecho vacío. No sabía nada, ni siquiera conocía su enfermedad. Además, si bien es cierto que él moría mientras el arroz burbujeaba, su muerte no se producía allí, a mi lado, sino en el hospital, a casi veinte kilómetros. Igual me extrañó que no hubiera ruidos en su casa, últimamente casi escandalosa. Nada dije. Preferí hablar del fastidio que me produce que en el colegio de los niños haya un presidente. Si lo hubiera sabido no habría hecho la paella, ni habría gritado invectivas en contra de los presidentes, mucho menos cantar mi cumpleaños, nada parecido.
De todas maneras es necesario reconocer que todo ha sido muy aseado. No ha habido gritos ni llantos. No he visto carros fúnebres ni mujeres de luto. Mucho menos afiches en la calle anunciando el deceso como he visto hacer en Grecia y en Italia.
Simplemente un vecino muerto y un jardinero que me lo ha dicho cuando intentaba contratar sus servicios.
Ahora ya lo sé todo: que ha muerto, que la casa está en venta, que en los últimos días había estado muy mal. Incluso he hablado con su viuda. Me he puesto a la orden. No sé para qué. Imagino que para algo que tenga que ver con la casa: regar las plantas, darle la llave al agente de la inmobiliaria, esas cosas.
Hoy nuevamente había ruidos en su casa. Estaban los hijos y los nietos. Y, cuando salimos a tirar la basura, vimos junto a la puerta del garage algunos libros y dos televisores. Estaban allí para que alguien los cogiera, pero no me atreví. Pienso en los libros. Si alguno vale la pena, llegará a un negocio de libros usados y quizás allí lo encuentre. Pagando, claro. Como tiene que ser.

13 sep. 2011

TODOS LOS DÍAS EL TREN

A las siete y treinta y nueve, todas las mañanas subo al tren. Cuarto andén, primer vagón. Cercanías. Yo subo a mitad de camino. Se trata del tren de los médicos Por el horario. Se llega a la estación de destino a las ocho y tres. Eso significa que se puede entrar al trabajo a las ocho y cuarto.
Somos los médicos de tres hospitales, fundamentalmete. Allá el internista. Más allá el nefrólogo, algún psiquiatra. Muchos residentes y ningún traumatólogo ni cirujano, que siempre tienen prisas y prefieren la gasolina.
El resto del pasaje son empleados de tribunales, educadores y algún vecino, paciente o acusado, que debe curarse o defenderse.
El otro día, en el momento de llegar al destino, uno de los acusados se desmayó. Se veía que no era nada muy grave, más actuación que cualquier otra cosa. Y, además, el que se detuviera llegaba tarde a la sesión.
Todos los médicos desaparecimos. Nos escurrimos por las puertas del vagón, silenciososamente.
Así, el paciente fue atendido por sus abogados.

9 sep. 2011

MÉDICOS FRUSTRADOS

No sé por qué hay tanto médico frustrado, pero los hay. Será consecuencia de las dificultades de acceso a la carrera, de lo larga y exigente que ésta es o de que su saber reviste y contiene algo, el cuerpo, que cada uno de nosotros posee y cree conocer muy bien. El caso más obvio de médico frustrado es la enfermera que quiso ser médico, pero se equivocó a la hora de matricularse en la universidad y se metió en la cola de enfermería. Primer modelo de médico frustrado: a partir de su primer empleo pretenderá siempre saber más que el médico, hablar más complicado que el médico, adoctrinar y/o sabotear al médico con el que trabaja.
Otro modelo es el cuidador informal: alguna vez pretendió estudiar medicina o quizás no, pero de tanto cuidar a su pariente cree que lo sabe todo sobre la enfermedad y cada vez que se encuentra frente a un médico (especialmente si se trata de un especimen joven) intenta apabullarlo con su saber y su maltrato. El paciente también puede ser un médico frustrado e incluso el mismo médico: este último en la fase formativa y al final de la carrera fundamentalmente. De estos últimos recuerdo un oftalmólogo que justificaba su desidia en la convicción, adquirida al terminar la universidad, de que nunca ganaría el Nobel de medicina.


Esta taxonomía, en los apartados de cuidador y de paciente, tiene una sub-clasificación de acuerdo al sexo, edad, condición social y profesión del médico frustrado. En este caso, intentaremos desglosar qué sucede cuando el médico frustrado es presidente de una república caribeña. Iremos poco a poco. En primer lugar, hará de la salud una de los pilares de su programa de gobierno, pero esa situación no es patonogmónica porque eso hacen casi todos los presidentes caribeños. Más todavía, en caso de enfermedad, no se conformará con que un simple médico le comunique el diagnóstico. No, no. Tiene que ser una figura de importancia histórica, de talla mundial: Fidel Castro, el Dalai Lama o Mike Tyson, por ejemplo. Obviamente, ninguno de ellos es médico, pero un médico frustrado, si es presidente de un país caribeño querrá que sean ellos y no un simple licenciado en medicina, especialista o muy doctor que sea, quien le comunique la razón diagnóstica de su padecimiento. El personaje hablará como si fuera un médico y el médico frustrado lo escuchará como si fuera un paciente. Inicialmente habrá secretismo sobre su enfermedad, no por médico frustrado, sino por presidente caribeño, pero luego -ahora sí por médico frustrado- bombardeará los medios de comunicación con un inmejorable repertorio de la jerga médica: es así como palabras como salud, enfermedad, prevención, células, biopsia, peritoneo y metástasis inundarán sus discurso y éste las televisiones y radios de su país. Dirá mucho, pero no dirá nada: es un médico frustrado casi perfecto. Por si fuera poco, convertirá sus entradas y salidas hospitalarias en asunto de estado. Normalmente un paciente elige para ciertos tratamientos la discreción, pero un médico frustrado prefiere el bombo y el platillo. Recuerdo un amigo que sin ser presidente aceptó que su mujer pariera frente a las cámaras de la televisión italiana. Era, sin lugar a dudas, un médico frustrado. El otro, el presidente caribeño, cada vez que deba aplicarse una sesión de tratamiento (diálisis, quimioterapia o lo que sea) convocará las cámaras y partirá en avíon, con zafarrancho de trompeta. A la hora del alta hospitalaria lo mismo: un aeropuerto como puerta hospitalaria y no un simple avión., una caravana de aviones . Médico frustrado, no se aceptará paciente y, frente a las cámaras, cantará, enamorará, parloteará y dirá que se encuentra bien, en inmejorables condiciones, que la enfermedad es un asunto de nada y que aunque ha viajado en un avión-ambulancia simplemente se trataba de una inyección que se hubiera podido administrar en el bar de la esquina. Peor todavía, entre sesiones este médico frustrado intentará aleccionar a sus ministros sobre prevención y vida saludable. No es una mala idea, pero él no lo hará en privado, sino pública y televisivamente, para que todo el mundo se dé cuenta de que todo lo que él sabe, de la facilidad con que lo ha aprendido: en fin, de que él es mucho más que un presidente, muchísimo más. Por eso podrá permitirse sesiones de ejercicio ante las cámaras, parrafadas dietéticas, discursos contra el tábaco y el alcohol. Los ministros sonreirán desde el principio o no sabrán qué hacer, por lo que volverán a sonreir. Incluso harán ejercicio con él frente a todo el país: moviendo las piernas, las rodillas, trotando mientras el médico frustrado habla de millones de dólares y de leucocitos. Lo último ya será administrarse públicamente el tratamiento. Una pastilla vía oral y que todo el país la vea. Una inyección intramuscular, en el biceps claro. O en cualquier parte que aunque no está descrito un médico frustrado si es presidente de un país caribeño puede también administrarse un enema frente a sus electores, un enema gigante.
Cuando eso suceda, que sucederá pronto, volveremos a leer el Fausto de Goethe: refiriéndose al médico decía "no quisiera tal vida un perro". Es una verdad absoluta y, aunque no es así en el planteamiento original, el de Goethe, seguramente ahora ese desdén estaría relacionado con las noches sin domir, la presión asistencial, las secreciones y la batalla mayormente perdida frente a la muerte. Pues aunque parezca imposible la vida del médico frustrado es mucho peor.