7 jul. 2012

CUARTIENTO DE SERENA



Me gusta esta mujer.
Tanta vulgaridad que le han atribuido, tanta foto mostrando sus nalgas, sus cicatrices, y a mí me resulta elegante: bella y adolorida.
Lo siento en sus gestos, que los comentaristas califican de teatrales: con cada golpe le duelen la espalda y las rodillas, se le encharcan los pulmones. Será que tengo tiempo sin ir al teatro, pero a mí me parece que esta mujer sufre, que llora en silencio, que traga sus lágrimas escondiendo (incluso) el gesto deglutorio.
Es un asunto de cartílago y pulmones. A ella le cuesta respirar y yo resollo junto a ella.
Una sola pierna suya sostendría este hospital. Una sola pierna. Y bajo su pecho podrían construirse varios ambulatorios: cuatro de un lado y cinco del otro.

Serena es fuerte y bella. Poderosa cuando quiere.
Está llena, repleta, de impulsos contenidos.
Pobre del que a su lado esté cuando abra la válvula de escape.
Quizás eso suceda cuando gane el próximo gran premio o cuando vuelva a ser la número uno.
Allí seguramente se dejará llevar por la alegría y gritará improperios a los periodistas.
Pero, ahora que sufre. en este momento en que tiene dolor y contiene sus impulsos, resulta bella y distinguida, cubriéndose las piernas con la toalla, espantando la cámara de tanto ignorarla.


Cámara absurda, que pretende un primer plano de sus nalgas. Serena es una madre: de sus uñas pintadas, de aquella pelota inalcanzable, de cada quejido que suelta resoplando. Una madre soltera, silenciosa, trabajando y silenciosa, que tan sólo necesita un abrazo. Un abrazo que la escuche. Un abrazo donde llorar. Uno que restañe su corazón y sus heridas.