29 sep. 2012

CUARTIENTO DEL PRIMO BURLÓN

La familia política ―¿por qué familia, por qué política?― me ha regalado un primo que tiene por virtud el burlarse de todo. Su pertenencia a la familia también se ha efectuado por la vía política y estoy seguro de que cada uno de sus comentarios los hace con la mejor de las intenciones. Tan sólo quiere reírse un poco y propiciar que los otros también lo hagan realzando un detalle inicialmente imperceptible, pero clave, de cada uno de los otros miembros del grupo familiar, consanguíneos o no.
Así, lo he visto más de una vez burlarse de un primo que baila flamenco.
―Mira cómo baila. Jo, qué gracioso.
En este apartado, es necesario reconocer su generosidad. De este primo flamenco podía haber hecho comentarios mucho más mordaces que lo habrían destruido, pero realzar el baile es si se quiere un comentario tan sutil que no le permitiría al primo víctima ni siquiera molestarse e incluso lo obligaría a reír junto al primo burlón.
De una tía anciana que padece una especie de demencia con esclerodermia podía haberse burlado por su tacañería, pero obvió este detalle, demasiado evidente, y simplemente apuntó un detalle.
―Aquí la podéis ver, no se mueve. Pase lo que pase, siempre permanece impasible.
Del apellido de la familia que nos une, Mitidieri, lo traduce al italiano y cada vez que lo ve sobre una hoja lo dice:
―Mitos de ayer. Aquí lo dice.
La familia, que tuvo un pasado interesante y ahora tiene un presente por decir algo duro, lo escucha con dolor, pero no puede hacer nada. Es el primo burlón. Y, además, cada vez es más rico. La risa, la burla y seguramente su trabajo lo han enriquecido.
El otro día, durante una celebración familiar, de la que veíamos el video, me escogió como víctima.
Quienes me conocen saben que siempre he tenido tendencia a la barriguita. Además, tengo una escoliosis leve y un poco de culo por algún ancestro africano. Esa combinación la he llevado lo mejor posible durante toda mi vida, pero en ocasiones me sucede que se me escapa el pantalón y, obviamente, lo tengo que subir. Pues eso fue lo que hice durante la celebración. Un movimiento de cadera, otro de culo y, zas, el pantalón ya estaba arriba.
En el video el detalle era casi imperceptible, pero el primo que se burla de todo detuvo la reproducción, retrocedió y luego revisitó mi escoliosis a cámara lenta.
Allí estaba yo, mirando a la izquierda y a la derecha, llevándome las manos a la cintura, moviendo el culo hacia uno y oto lado y luego, descaradamente, con una vulgaridad insólita en mis movimientos, ajustándome el pantalón la cintura. Obviamente, no podía faltar su voz de profesor de pueblo comentando mis movimientos:
―Aquí podéis ver el sutil movimiento del tío Slavko. Imperceptible, ¿verdad? Pues ahora mírenlo lentamente.
A partir de ese día, supe que algún día le escribiría un cuartiento, no para vengarme ni nada de eso, sino simplemente para realzar esa cualidad suya, de burlarse de todo lo que le rodea, su sacrosanta virtud.
Agrego, además, un detalle, quizás imperceptible para él y para quienes le rodeamos y lo hemos aprendido a querer. Cuando termina la burla, siempre hay un momento en que se lleva la mano derecha primero a los genitales y luego a la nariz. Es demasiado asqueroso, pero es mi primo burlón. Otro de los personajes de mi familia política. Insisto: ¿por qué familia, por qué política?

12 sep. 2012

El dedo de la palabra




Hay un dedo que según mi hija merece ser llamado el dedo de la palabra. Realmente —como ella se refiere al tercer dedo de cada mano, el dedo medio de toda la vida— hay dos: uno en cada mano. Los señala así, con la palabra "palabra" como parte final de un camino de eufemismos. La "palabra" en este caso es una palabra mala, equivalente a grosería, y el dedo de la palabra entonces también podría ser llamado el dedo de la grosería. En los últimos diez días lo he sujetado entre mis manos en varias ocasiones. La primera el sábado, cuando vi a dos conocidos escritores españoles en un programa de televisión haciendo de tertulianos, que significa hablar de todo, pero fundamentalmente mucho y en voz alta, atropellando a los demás. Es verdad que todos tenemos que ganarnos la vida y que Cela y Umbral también mataron tigres en la televisión, pero ganarse el Nadal y el Municipal de Torrelodones para terminar hablando en televisión sobre una concejal que se masturba frente a su teléfono es sencillamente una directa invocación al dedo de la palabra. Contenido como estaba entre mis manos, el dedo mismo empezó a hablar, a despotricar en contra de los colegas escritores del siglo XXI, incluido yo mismo. ¿Escritores de qué? De miniartículos díscolos que se publican en las redes sociales, facebook por nombrar alguna, o en un blog como éste. Es(t)os miniartículos son una cagada y, seguramente, ningún escritor los firmaría en una revista seria. O escritores de tweets. Si el miniartículo es una cagada, el tweet es una flatulencia, sencillamente porque el mundo no necesita saber qué piensa a cada instante ninguna persona, por conocida o por escritora que sea. Yo, que soy cuartientólogo, pido disculpas a mis amigos por lo que estoy escribiendo, pero sencillamente repito el dictado del dedo, el dedo de la palabra. Este elemento se volvió a alzar hace apenas dos días, ante la ausencia repetida de un trabajador doméstico. Esta vez no pude contenerlo. El dedo de la palabra saltó a la mesa y, de manera autónoma, sin necesidad de que yo le dictase nada, comenzó a escribir: "No te diré nada al respecto. Simplemente lo que tú mismo dirías como cliente en cualquier situación de la vida cuando te sientes estafado o la persona que se ha comprometido a algo contigo no te cumple. Eso, dítelo tú mismo, escúchalo de tu propia boca". Pobre dedo de la palabra, últimamente tan irascible, así de irritable. Se enfada mucho también cuando le toca ir con mi cuerpo al colegio de los niños. Este es un colegio peculiar y el más tonto puede ser presidente del consejo. ¿Presidente de qué, de qué consejo? Del consejo del dedo de la palabra. O cuando encuentra al vecino al que le molestan las ramas de los árboles que nacen en nuestro patio y pretende que yo vaya a cortárselas. La última vez que se encontraron, el vecino y el dedo, el primero pretendía hablar con la muchacha que cuida a mis niños y el dedo de la palabra volvió a desatarse y otra vez habló, incontenible.
Giuliana, ven. Deja de hablar con ese hombre no vaya a ser que te haga una solicitud obscena, como limpiarle el jardín o hacerle la cama.
No se lo reproché. Nada le dije. Últimamente mi dedo y yo vamos absolutamente de acuerdo.

6 sep. 2012

PELIBRO


Un libro es un objeto vacío que uno (escritor), a través de los días (años y décadas según mi ritmo) llena con sus manos, sus ideas, un proyecto y, fundamental, una pizca de sentimientos.
En ocasiones, el objeto en cuestión sufre una multiplicación que no se llama mitosis ni meiosis sino edición. Esta reproducción puede ser asistida por especialistas que se conocen como editores pero también por uno (escritor) mismo.
Así, el libro llega a dos (lector) que mayormente lo ve como un objeto vacío que llena con su tiempo, sus manos, sus ideas, un proyecto de lectura y, en ocasiones, sus sentimientos.
Si el objeto se llena nuevamente, es lindo, es un momento lindo. Si las manos de uno y otro se encuentran, es hermoso. Si las ideas se rozan, es magnífico. No se podría pedir más. Si acaso que se encuentren también los sentimientos
pero eso
es demasiado
peligroso.