30 oct. 2012

El bochinche de Chandler

Luego de una mañana de trabajo y una tarde dedicada al cuidado extraescolar de mis dos bichitos, leo en El largo adiós de Raymond Chandler (traducción de José Antonio Lara) la palabra bochinche. Podría cerrar el libro ya y morirme de risa, pero me gusta Marlowe y el rostro de Bogart que Planeta decidió ponerle en la portada. Entonces elijo recordar cómo conseguí el libro. Mi vecina desocupa la casa y gentilmente me ha permitido husmear en la biblioteca de su difunto marido y coger lo que quisiese. Treinta y siete libros me he traído. Es como si los hubiese empujado para que llegasen de la biblioteca de mis vecinos a la mía. Treinta y siete buenos libros, puedo jurarlo y, si fuera necesario, incluso advertir que tengo experiencia en esto. No en lo de vaciar la biblioteca de mis vecinos, sino en lo de valorar libros de segunda mano. Así se confunden los libros del antiguo vecino con los míos, multiplicando su vida, que parecía finita, añadiéndole dioptrías a mi presbicia. Sus libros se juntan con los míos. Yo leo sus libros. Hablo con sus libros. Me río con sus libros. Y hablé tan poco con él. La vida es extraña, sin lugar a dudas, y yo pensaba que nunca accedería a un espacio tan íntimo. Husmear en sus libros, traérmelos a casa, leer sobre ellos. Donde antes sólo había un saludo frío y quizá algún problema burocrático por una confusión de direcciones, ahora hay una lectura compartida. Este hombre quizás leyó El largo adiós durante una sesión de diálisis y yo lo releo veinticinco años después en una noche fría junto a mi niña que duerme y ronca. Allí es donde encuentro la palabra bochinche, al inicio de un ronquido de Letizia. Él ya no lo puede saber, pero yo sí. Gracias a su viuda, gracias a la gentileza de su viuda, yo me siento menos ajeno al antiguo propietario de este libro, me acerco a él.
Hay otras maneras de llegar a lo mismo, lo sé. Cuento la primera que se me ocurre. Sé que en la ciudad que habito hay un diseñador de interiores que dice que las bibliotecas no se estilan ahora, que ya no se usan. Obliga entonces a sus clientes a deshacerse de ellas y éstos lo hacen. Mandan los libros a una segunda casa, de playa o de montaña, o directamente a la basura. Así también podría haber conseguido un ejemplar de Pastoral Americana, la novela de Roth que ojearé hoy, pero no es lo mismo. Nada que ver. Es un camino absurdo también, pero feo y perverso, como una enfermedad.
Lo que permitió que yo encontrase hoy la palabra bochinche en un libro de Chandler fue un milagro. Un dulce milagro ocurrido gracias a Chandler, a José Antonio Lara,  a Marlowe-Bogart, a mi gentil vecina y a Emepe, la amiga que le dijo a mi vecina que a mí me podrían interesar sus libros. Un milagro ocurrido ante mis ojos, tan cerca de mí, en los libros que ahora compartimos mi vecino y yo. 

20 oct. 2012

Nonna Maria


era
qué duda cabe
una mujer esencial
mi suegra
sólo una vez alzó la voz
pedía que nos fuéramos a dormir
igual cocinaba muy poco
pero la pasta stufata
y el gató de patatas
le quedaban mundiales
veía series de detectives
leía las novelas de Agatha Christie
y siempre estaba pendiente
de cumplir
bodas, cumpleaños, bautizos y defunciones
allí estaba ella
una llamada suya
monosilábica
me enseñaba a hablar italiano
y ratificaba nuestro armisticio
que no sé por qué
desde el primer día
nos vimos y coincidimos
fue un asunto de casualidades
pudimos incluso convivir
cuando escribía la tesis
a media mañana
ella abría la puerta de mi despacho
sostenía una taza de café
le gustaba que trabajara
que siguiera trabajando
nunca me hubiera dado una manzanilla
igual luego se hacía la tonta
y me tocaba lavar los platos
pero la pasábamos bien
luego de comer
yo me sentaba a su lado
ella veía La Signora in Giallo
y yo leía el periódico
o algún libro
nos acompañábamos
esperando la hija
ella tan discreta
me reconocía en los días
en que no reconocía a nadie
y sonreía cuando yo le cantaba
canciones que nunca he sabido realmente
o acariciaba sus mejillas
sólo antes de morir
pude escuchar su respiración
pero los niños pidieron comer
y cuando regresé
así de esencial
ya se había ido

16 oct. 2012

El salto pornográfico

Verlo caer es, sin lugar a dudas, una secuencia pornográfica. No porque a lo lejos pareciera una cápsula microfálica, sino porque simplemente no tiene sentido hablar de ciencia y positivismo (¿existe todavía?), mucho menos vender como una hazaña el despropósito anencefálico de un individuo que busca infructuosamente la muerte invertida, al menos según la estética cristiana, tirándose muerto de miedo desde más allá de los cielos para aparecer luego vivo en un desierto de Norteamérica. Si quería suicidarse lo hubiera podido hacer más fácil bebiéndose dos litros de la pócima de taurina que lo patrocina, pero sin cámaras ni telescopios, sino encerrado a llave en el baño de un burdel o leyendo una novela ganadora del Premio Planeta. Fracasó en su intento de morir y ahora lo venden como un héroe y quieren convertirlo en novio de Barbie. No lo nombraré ni mutiplicaré su foto. Hacerlo sería divulgar una escena primaria, como hacen los periodistas españoles cuando hablan de economía o los políticos latinoamericanos que se refieren públicamente a sus enfermedades. Salto puto y pornográfico. Bull shit.