20 dic. 2012

CASTRADO POR LA NAVIDAD

 
 
 
 
"De qué color es la piel de una mujer que recién ha hecho el amor".  Con ese verso de Oficio puro, Víctor Valera Mora, el mágico poeta venezolano, me convirtió no sólo en seguidor de su obra sino en declamador, noctámbulo y susurrante, de su poesía. Igual que el capítulo 7 de Rayuela, en una época bastaba repetir en un tono adecuado esas quince palabras para que un milagro ocurriese y la mujer más bella del mundo mostrase su disposición a resolver la ecuación y responder con su piel la pregunta. Hoy, sin embargo, no son de esa naturaleza mi duda ni mi necesidad. Recuerdo al Chino Valera Mora -sus ojos andinos, achinados, empujaron su nombre al olvido y en Venezuela bastaba decir el Chino Valera para recordarle- porque necesito su fórmula literaria: ¿qué pasa con A después de B? Hoy, A no es la piel de una mujer. Y B no es el amor. Perdóname, chino, pero estoy recordando tu poema de Amanecí de bala para preguntar qué pasa en la vida de un hombre si en una sola semana tiene que asistir a dos conciertos navideños de naturaleza escolar. Pues, si las preguntas del chino -Oficio puro contiene al menos veinte preguntas sobre la mujer apenas amada- tienen respuestas múltiples, posibles y no, felices e  infelices, mi duda de hoy tiene una sola, sumamente clara y del todo verosímil respuesta. Después de dos conciertos navideños, las mujeres mienten y dicen que se les sale la lágrima: asunto de ellas. Pero a nosotros los padres, a pesar de todo el cariño del mundo, del amor profesado y por profesar, del progreso de los niños en las artes vinculadas al escenario, a pesar de todo eso, dos conciertos en una semana sólo pueden ser equivalentes a la administración intravenosa de un kilogramo de estrógenos y de seiscientos cincuenta miligramos de progesterona. Adiós a la virilidad, la hombría y la testosterona. Sin ningún tipo de miedo, pero tampoco sin ningún deseo de ignorarlo, después de una experiencia semejante es necesario admitir que se ha sufrido una castración real, absolutamente real, nada virtual.
Un compañero de fatigas, que tiene en ocasiones la irreverencia del Chino y es por eso seguramente el culpable de que yo haya comenzado este cuartiento con la oración del mago de Valera, este compañero de torturas, a la salida del segundo concierto, ha resumido el asunto con palabras mucho más sencillas:
-Es que si veo ahora una publicidad de toallas sanitarias, en una semana me duele la cabeza y me pongo a lavar los platos.
-¿Y qué más? -le preguntó la madre de sus hijos creyendo que iba a continuar hablando de tareas hogareñas.
-Nada, nada, que seguro también me baja la menstruación.
 

18 dic. 2012

Abrazo pintado, inevitable


Inevitable
un abrazo pintado
entre nosotros
una marca en la pared
allá en el fondo
una palabra bonita
escrita a manera de leyenda
mientras nuestros dedos se cruzan
inevitable inevitable inevitable
igual que la luz
inevitable como el calor
porque seguro nos conocimos en otro siglo
refugiados en una cabina telefónica
junto a un coche de caballos
¿recuerdas?
por eso este abrazo
inevitable
pintado en la pared
entre tus ojos y los míos
un abrazo y dos besos
inevitables
hoy al salmorejo y siempre

14 dic. 2012

Ludoteca & Night club



 
 



¿Puede un espacio físico albergar una barbería en las mañanas, un consultorio médico en las tardes y un burdel en las noches? Los dos primeros sí: apenas basta infringir unas pocas leyes. El tercero quizás: con un poco de inventiva, algo más de atrevimiento y, seguramente, mucho insomnio. Me resulta en todo caso exquisito el argumento este de la polisemia espacial. Así lo diría mi hijo quien luego de un mandato escolar se pasa las tardes descubriendo polisemias. Con él descubrí el otro día que la ludoteca donde solíamos acudir cuando a él todavía le gustaban los parques de bolas también es un night club. Se trata de un invento genial de mis vecinos. Un galpón dividido en dos. Del lado del mar el parque de bolas, las mesitas infantiles y una gran pantalla. Del lado contrario, el night club: mesas adultas, tubo de baile, mucho neón y todo lo necesario para que se pueda decir con propiedad que es un night club. En el centro, una barra circular dividida en dos: un lado hacia la ludoteca, el otro para el night club. Esto sucede sin contravenir ningún mandato porque al parecer los horarios de cada una de las actividades apenas son colindantes. En las tardes, las bolas. En las noches, en bolas. Sin embargo, a mí siempre me extrañó que la barra infantil estuviese tan bien surtida. Tanto alcohol fuerte, demasiadas variedades, muchas añadas. Mi hijo con sus nueve años encontró la respuesta:
-No me extrañaría que algunos del night club pudieran pasar a la ludoteca.
No le respondí inmediatamente. Supe disimular mi sorpresa y esperé: algo aprendí de aquella época en que compartía la mitad de mis días con psicólogos clínicos. Luego, sí, no pude evitarlo y se lo pregunté.
-Y, ¿cómo lo sabes?
-Porque nosotros, cuando yo era pequeño, a veces nos pasábamos al night club -me respondió con una tranquilidad pasmosa, la suya de siempre, como quien se despierta luego de la siesta y se dispone a leer un librito de Erving Goffman.
 
 

4 dic. 2012

PANTAFILIA

Con ellos tres, fui obligado a compartir veinticuatro horas alrededor de dos camas, la de ellos y la de mi hija. Todo el tiempo tuvieron el televisor encendido, jugaba cada uno con su celular y, además, uno de ellos sostenía un iPad.
Sin saber por qué recordé a dos psiquiatras (la de farmacología y el de historia de la psiquiatría) durante la residencia en Caracas. Propiciaban encuentros públicos, de cara a los residentes, e intercambiaban libros y películas. Con el tiempo habían adquirido fama de intelectuales, pero una vez durante un intercambio rápido la película se deslizó entre las manos de ella y cayó al suelo: Superman 2.
En la última hora de la convivencia obligada, caminé hacia una de las cinco pantallas. Para que el cuartiento tenga sentido, eso pensé, el adicto deberá estar haciendo una virguería, leyendo un artículo especializado, comunicándose con quién sabe qué instancia.
Me acerqué al padre de familia, le toqué el hombro fingiendo un saludo. Aproveche su extrañeza para meter un ojo en la pantalla que sostenía entre las manos: jugaba a romper pompas de jabón con una escopeta.