28 ene. 2013

La furgoneta Volkswagen

 
a mi amiga Rosa Ch, que siempre pide otro cuartiento
 
La primera vez que la vi, la furgoneta irrumpió en el patio abierto de la casa materna. Era roja y blanca, más bien roja y crema, sumamente ruidosa, y de su interior salieron dos muchachos morenos de los que mi madre dijo que eran jipis. Él tendría unos treinta años y ella veintidós o veintitrés. En todo caso a mí, que entonces tenía séis o siete años, me parecieron muy mayores, casi ancianos, aunque ella no tanto: vestía unos bluyines recortados a media pierna  y el nudo con que cerraba abajo la blusa de algodón parecía más bien un bigote alrededor de su ombligo. Jipis o no, saludaron a mi madre y le pidieron permiso para pasar la noche allí, en el patio de la casa, protegidos sólo por su furgoneta y nuestro árbol prodigioso, un mamón de unos treinta metros de altura que era la envidia de todo el vecindario. Mi madre extrañamente aceptó y, a partir de ese momento, contemplamos el milagro. La furgoneta se transformó en casa. Las ventanas se abrieron, la puerta se hizo toldo y, lo más maravilloso, el techo se extendió, como si fuese un acordeón y, según nos dijo mi madre, a quien se lo había dicho un vecino, en su prolongación instantánea nació una habitación o por lo menos una cama.
-Allí duermen - me dijo mi hermana mientras los espiábamos desde la ventana del salón de los pianos. Es que no queríamos ir a dormir, pretendíamos ver durante toda la noche la furgoneta maravillosa que permanentemente emitía una música lenta, más bien discreta, algunas risitas y, como negarlo, movimientos basculantes que, sin saber de qué se trataba, me produjeron mi primera erección.
Al día siguiente se marcharon a primera hora y, según mi madre, habían dejado sin flores las plantas de campana, una especie de Datura, con la que habíamos marcado el perímetro del terreno.
No volví a ver un vehículo similar hasta la adolescencia cuando en las madrugadas del Colegio Calasanz Occhipinti llegaba transportado por su padre en un camión que había transformado en motor home. Los compañeros de entonces, la mayoría unos hijos de puta, se burlaban de él y, cuando las burlas eran insostenibles, Occhipinti lograba convencer a su padre para que lo llevara caminando o en un vehículo más pequeño que también tenían.
Nunca me gustó el motor home de Occhipinti, pero me agradaba verlo porque me permitía recordar la furgoneta Volkswagen de mi infancia y la morena fabulosa que hacía de copiloto.
-Cuando trabaje -dije alguna vez, según Víctor Zenzola, mi amigo de siempre- quiero tener una así.
Eso dije y nunca se supo si me refería a la furgoneta o a la morena.
Hace unos años, un amigo de Ceuta, el gran Emilio Chinchilla, me mostró su furgoneta Volkswagen. Ésta  era verde y él tambien en ocasiones la usaba para ir al trabajo. Me gustó mucho a pesar de que tenía más de cuatrocientos mil kilómetros encima y volví a pensar en la posibilidad de alguna vez comprarme una. Visité alguna página web, pregunté precios y, al rato, desestimé el proyecto, sobretodo porque la verdad es que no me gusta mucho manejar  y, de haber tenido el dinero para comprarla y haberme atrevido, la habría tenido como pieza de museo y ésa era y es una opción carente de sentido.
Pero la furgoneta Volkswagen ha vuelto milagrosamente a casa, esta vez gracias al deseo de mi hijo que la pidió como regalo de navidad en una caja de piezas de Lego. La única objeción era que Alessandro tiene sólo 9 años y Lego recomienda tener al menos 16.
-Pero tú me ayudas a montarla, papá. Entre los dos tenemos 51 años.
Claro que acepté, pero en el fondo no me sentía del todo capaz. El asunto Lego no siempre se me ha dado con facilidad y hubo incluso una ocasión en que no tenía en buen concepto a los adultos que se dedicaban a juntar sus piezas.
Si había dudas, Alessandro las disolvió y en la última semana de diciembre, permanentemente juntos, Alessandro y yo pasamos decenas de horas organizando las piezas, siguiendo paso a paso las instrucciones y ensamblando muy poco a poco la furgoneta de nuestros sueños.
 
 
 
El 2 de enero terminamos el montaje y mi niño me dio un abrazo gigantesco:
-Es un regalo doble, papá: el primero la furgoneta y el segundo haberla montado contigo.
Yo respondi a su abrazo.
-Es también un regalo para mí, Alessandro -dije mientras recordaba la primera que vi una furgoneta así en mi vida, treinta y cinco años atrás, en el patio de aquella casa de La Entrada.
 
 

4 ene. 2013

Hugo Chávez: la enfermedad en campaña

 
 
 
Politólogos, militares, periodistas, políticos y obispos se cansan de especular sobre la enfermedad y la posible fecha de muerte de Hugo Chávez Frías. Murió durante la cuarta operación, dijeron los periodistas, en la segunda semana de diciembre, pero resucitó porque debía morir el 17 como Simón Bolívar y con gobernadores apenas elegidos. No pudo morir, no hubo acuerdo ese día y lo enchufaron entonces, pensando desenchufar la noticia de su muerte el día de Navidad en una Caracas inundada de sueño y alcohol. Era una maniobra de militares y políticos, pero tampoco funcionó y entonces apareció el primero de enero: mejor entonces, más alcohol, menos zozobra. Ese día, pasaron mañana, mediodía, tarde y noche sin que se produjera ninguna eventualidad y ahora el obispo anuncia el 10 de enero como la fecha posible, no se sabe de qué.
Mientras tanto -siempre a través de la boca de políticos, periodistas, sacerdotes y politólogos- los ciudadanos aprenden nuevos significados de expresiones médicas de siempre. "Insuficiencia respiratoria" puede significar dos días, aunque es necesario recordar que "células cancerígenas" en la boca de Fidel Castro ha significado hasta ahora dieciséis o dieciocho meses. Se construye así un nuevo glosario médico. "Traqueostomía" es una eventualidad que le da más chance a Maduro, pero "ano artificial" -no se sabe como ni por qué- parece anunciar un mandato de Dios en forma de Cabello.
Hablan todos menos lo que debían hablar, pero parece que lo hacen con miedo. Miedo a la enfermedad, miedo a la palabra cáncer como si estuviéramos en medio de un ensayo de Susan Sontag. Miedo a que todo sea mentira y el 10 de enero, en lugar de un ataúd rodeado de militares, aparezca en Caracas un ex-militar vengativo diciendo "tú me mataste, tú también me mataste y ahora yo te voy a joder". Esta historia médica en boca de militares, políticos y periodistas parece más bien una novela de suspenso o la cuarta entrega de El Padrino. Si hablamos de cine, es necesario decir que La Habana una vez más se propone como escenario ideal: con intriga, secretismo, palmeras doncellas y espías que de la CIA corren al Pentágono para decir que con Maduro es posible el diálogo.
Pero el asunto vuelve a ser que hablan todos menos los que debían hablar. La palabra cáncer se desfigura, las células malignas se multiplican, la infección respiratoria agoniza y el sufrimiento duele más cuando son usados con fines políticos para aparecer, desparecer, postergar, negociar o mentir. Es que, insisto, hablan todos menos los que debían hablar.
En este ejercicio de intrusismo, el "suelo pélvico", las "vértebras metastizadas" se han convertido en publicidad electoral. Se leen como días de vida, pero significan votos para uno o para otro. A través de estos tumores, políticos y militares consolidan sus opciones. Mientras tanto, la oposición calla o habla tímidamente, como si la cosa no tuviera que ver con ellos. Parece haber miedo a que el cáncer se contagie si la palabra maldita entra o sale de la boca. Así lo hicieron durante la campaña para las elecciones de octubre y diciembre y así lo hacen ahora. Mientras tanto, los tumores crecen o desaparecen y el ABC anuncia que el paciente está en coma inducido.
Esta historia clínica virtual es terrible, caótica. Parece más bien un cajón de sastre. La anamnesis la hizo Fidel Castro hace casi dos años cuando le explicó a Chávez -fue su deseo, qué horror- la naturaleza de su enfermedad. La enfermedad actual y los antecedentes corrieron a cargo del periodista Nelsón Bocaranda Sardi. La exploración física la divulgó el propio paciente. Y ahora están a cargo de la historia Nicolás Maduro desde La Habana, el Ministro Villegas en cadena nacional de radio y televisión y el yerno ministro a través de Tweeter. El único médico que de vez en cuando aparece es uno de apellido Marquina que da informes desde Miami o Bogotá, más en plan de chisme que de cualquier otra cosa.
En un ejercicio tan desmesurado de fantasía e intrusismo, la enfermedad puede traer dolor, muerte y sufrimiento, pero igual no es real. Falta una bata blanca, falta una puta bata blanca que nombre la enfermedad desde la medicina. Que venga un médico, coño. No importa que sea cubano, ruso, brasileño, español o venezolano. Que venga un médico de una buena vez. Para que ayude a vivir o a morir al paciente. O para que cierre esta historia médica que así, a la vista de todos, ya no tiene ningún sentido.