17 feb. 2013

Haz el favor de no reconocerme, por favor




Hay gente que no debería reconocernos cuando vamos por la calle. Y gente que sí porque, desde los tiempos lejanos de La Entrada, el pueblo de las montañas en la infancia, a mí siempre me ha gustado caminar y ser reconocido entonces era también un asunto de seguridad , una suerte de garantía que en una época sin móviles -o sin dinero para comprar los que entonces carísimos se vendían- aseguraba el regreso a casa en caso de infortunio. Luego, cuando salí de La Entrada, caminar por el Carrer de Balmes en Barcelona o por Vía Arce en Salerno y que te saludara el vendedor de periódicos, el pescivendolo o la madre de Silvio era una forma de integración y, en el caso italiano, la posibilidad de respirar más allá de la familia política que, siempre lo digo, no sé por qué la llaman así si no es familia ni política.
-Claro, como eres un perfecto desconocido, te gusta que te conozcan - es lo que más de una vez me ha dicho el más exitoso de mis amigos.
Nunca he podido responderle y quizás tenga razón. Lo que nunca le he contado es que, como él, yo también he querido ser invisible en alguna ocasión y no ser reconocido. Recuerdo el día en que empeñé una cadena de oro para salir, para poder salir con la mujer más bella del hospital en que hacía las prácticas de la carrera. Se ve que le di conversación al comprador de oro roto, éste se quedó con mi cara y, cuando dos días después el destino (¿El destino? Imposible, seguro era un acto fallido) quiso que yo pasara frente a su pequeño local acompañado por la mujer maravilla, el hombre me llamó, como yo fingía no escucharlo se plantó delante de mí y luego de abrazarme me dijo que se había equivocado en la tasación y que, cuando quisiera, podía pasar por el local a recoger no sé cuántos bolívares.
También he vivido lo otro. En alguna ocasión he sido yo el comprador de oro y he visto en la cara de los pacientes un deseo, el de no ser reconocido fuera de ambiente hospitalario, que obviamente he respetado. No se trata en este caso de las personas, del reconocimiento interpersonal, sino más bien de la patología y su estigma, de la asociación que el médico pueda hacer entre una persona -paciente, sí, pero también ciudadano- y el estigma que rodea la patología que padece. En la década pasada, me sucedió con algún paciente psiquiátrico. Hace unas semanas, con una enfermedad sexual en aparente desuso, la gonorrea.
Ahora que el cuartiento ha empezado a oler a hospital, no puedo dejar de recordar una escena contemplada por mí en el siglo pasado en un ambulatorio catalán. De la cuidadora de un paciente, un compañero de trabajo aportó, de manera inevitable, la información de que por años había trabajado en una whiskería.
-¿Whisquequé? -pregunté sin saber que se trataba de un bar de putas.
Al rato, la señora entró en el consultorio para terminar de referirme los antecedentes de su pareja. Ella tampoco pudo evitarlo y comenzó a hablar con cierta confianza.
-Es que yo los conozco a todos. A usted no porque se ve que es de fuera. Pero a todos los otros sí. A éste -dijo señalando al que había venido con el cuento de la whiskería- lo conozco desde que era un muchacho. Y a él también -dijo señalando esta vez al enfermero que me acompañaba, un hombre muy serio, conocido en el ambulatorio por su pulcritud, los hábitos higiénicos que practicaba y divulgaba y la seriedad con que vivía el asunto familiar.
-Señora, ¿qué dice? Yo a usted no la conozco - protestó enérgicamente el enfermero.
-Claro que sí -insistió la mujer en la continuación de una escena en la que yo había desaparecido y era tan sólo un espectador.
-Que no señora, yo a usted no la conozco -volvió a protestar el enfermero avanzando hacia ella, casi amenazadoramente. En todo caso, con demasiado vigor para tratarse de un acto inocente.
-Está bien, no te conozco -retrocedió la mujer.
Le había sucedido tarde en la vida, pero en ese momento acababa de comprender que hay gente que no quiere y no debe ser reconocida.