30 mar. 2014

Me gusta: narcisismo, histeria y banalidad en las redes sociales




Quizá todo comenzó con la canción de Manu Chao: "Me gustan las estrellas, me gustas tú". No me extrañaría, es tan precaria esta historia. O simplemente a partir de la facilidad y ambigüedad del gesto. Con lo difícil que antes era expresar atracción o simplemente decirlo: se temblaba, se sudaba frío, hasta finalmente balbucearlo, "me gustas". En cambio ahora sólo basta tocar una tecla o un trozo de la pantalla. A partir de entonces, una persona le puede decir a otra que le gusta, se puede gustar a sí mismo o puede decirle al mundo que le gusta el comentario sobre una tragedia, dejando a la interpretación libre si lo que te gusta es la tragedia o el comentario que se ha hecho sobre ella. Por si fuera poco no existe el no me gusta. Sólo te puede dejar de gustar algo que te ha gustado previamente. Se trata -¿lo he dicho ya?- de una forma de vida en que todos nos gustamos, en que nos tenemos que gustar, como si el gustarse fuese de antemano positivo. La red social ha sido programado para que nos gusten las cosas, buenas o malas, no para otra cosa. Antes la gente se medía por centímetros y monedas. Ahora se hace por contactos (que antes tenían mayormente una connotación negativa) y , fundamentalmente, por likes. Esos bichitos crecen, se multiplican, prometen algo que no dan. Cuestan tan poco, pero son la más viva ejemplificación de la histeria del siglo XXI. Hacen posible lo imposible: que a una persona le gusten diez, cien, mil cosas en un solo día. Es imposible. Que  a una persona le guste todo, como si estuviera en manía; que lo exprese a diestra y siniestra, como si la histeria que habita quisiera seducir constantemente, a diestra y siniestra, por delante y por detrás. 
Por si fuera poco, como sucede con las peores substancias, el like agrada y recompensa inmediatamente. Una vez consumido un like, es necesario un segundo. Lo gustado o quien lo ha posteado se siente narcisísticamente acariciado, consentido, multiplicado por cada uno de los roces que se han hecho sobre su idea o su imagen. Así se alimenta Narciso. Así aumenta su pene o crecen sus tetas. "Tengo sopotocientos likes", dice cualquiera y todos quedamos estupefactos como si fueran millones en la cuenta, que es más o menos lo mismo y no merece tampoco estupefacción, o como si fuera una idea, una sola idea realmente interesante. "Tengo sopotocientos likes", digo o pienso yo mismo -todos estamos en esto, compadre, y da grima sólo hablar en tercera persona, como hacen los jóvenes psicólogos- y puedo llegar a creer que mi idea es buena. Mentira podrida, la idea o la foto puede ser malísima, pero los likes han sido dados por razones que no tienen que ver con su calidad. Venga, vamos a inventarnos ocho, así, para salir del apuro, sin pensarlo mucho:
1) Porque es barato, porque no cuesta nada.
2) Porque es una forma de decir que yo pasé por aquí.
3) Porque así tú recuerdas que yo siempre te tengo en cuenta.
4) Porque ayer tú me diste cuatro likes y si no te devuelvo algo quedo en deuda contigo.
5) Porque no tenía nada que hacer.
6) Por error: estaba manipulando el celular y sencillamente quería agrandar la foto.
7) Por que luego el dislike puede ser ofensivo.
8) Por histeria, por una histeria que conozco, ya que estoy psicoanalizado.
Histeria y banalidad hasta ahora. Pura histeria y banalidad. Así, sólo así, se puede explicar que una estupidez como "Tengo cuatro pares de zapatos y no sé cuál ponerme" pueda acumular más likes que dedos puedan albergar los ocho zapatos en cuestión. El problema es que esos cuarenta y cuatro likes pueden satisfacer de tal forma al emisor inicial que se creerá en la obligación de repetir al día siguiente una huevonada parecida. Es el Narciso en acción y, para que no se crea que sólo estoy hablando de putas (una disgresión obscena alrededor de la duda de los zapatos) lo mismo puede decirse y hace algún profesor con los libros: "Tengo cuatro libros sobre la mesa de noche y no sé por cuál comenzar". Likes como páginas. Mil, mil quinientos likes que luego lo obligarán a revelar en un post el libro que Narciso escogió, en cuánto tiempo lo leyó (rápidamente, seguro, ¿acaso no es Narciso?) y las siete razones por las que no le gustó el libro en cuestión. Muchos más likes.
Como pienso entonces que está demostrado, narcisos, histéricos y banales podemos ser todos, incluso los que más lo nieguen, grupo en el que por cierto no me encontrarán. El asunto es que la red social vive y se multiplica (en dólares, no en likes) explotando conscientemente nuestras posibilidades, concientes o no,  de serlo.
Eso es lo que hay. Pero cada uno de nosotros puede abolirlo si quiere. Es lo que yo propongo, no usar el like de la red social. Tampoco el compartir, que es un sucedáneo imbécil. Si te gusta algo, divúlgalo como se hacía en el siglo pasado: llama a un amigo y se lo cuentas. O si eres demasiado moderno, envíale un e-mail con el link. Si no lo haces así y sigues usando el like, voy a pensar que no te ha gustado mucho este cuartiento. 

24 mar. 2014

Venezuela, la nueva Yugoslavia

(publicado en NAR, Nuestra Aparente Rendición, el sábado 22/03/2014)



1) A la Venezuela petrolera de mediados del siglo XX llegaron europeos de todas las nacionalidades. Venezuela era entonces un país que recibía italianos, españoles, portugueses, alemanes, holandeses. Extrañamente, un país de diásporas, Yugoslavia, mandó pocos emisarios y algunos de los que llegaron realmente querían ir a América (la de habla inglesa en el Norte) y llegaron a Venezuela por un error que pretendían subsanar con prontitud. Ellos entonces poco tienen que ver con que Venezuela se haya convertido, en lo que va de siglo XXI, en una nueva Yugoslavia. Sin embargo, entre los que llegaron, había un escritor, Salvador Prasel, que escribía perfecta y maravillosamente en castellano y que se quedó en Venezuela hasta dejar familia, obra y luego morir. En una joyita de novela (Adiós, hogar), retrata la disolución del Hogar Yugoslavo que alguna vez fue constituido en Caracas. Los croatas se pelearon con los serbios. Unos y otros creían tener la razón, pero igual arrasaron con el hogar. Incluso se pelearon por el retrete y lo destruyeron, lo terminaron destruyendo. Los bosnios los vieron. Algunos tomaron parte. Otros, Salvador Prasel entre ellos, se limitaron a escribir. Sus paisanos no paisanos (los otros yugoslavos) miraban con verdadero odio su irreverancia. Decían del gran Salvador Prasel que era un un tipo raro, demasiado extraño.

2) Antes de este odio infinito entre unos y otros venezolanos, la comparación más evidente que se podía hacer a partir de Venezuela era con un rico país petrolero africano, Nigeria o Camerún. Pero esa posibilidad siempre ha molestado a unos y otros venezolanos, que siempre han mirado por encima del hombro a cualquier país africano y a la mayoría de los latinoamericanos. Los venezolanos estamos acostumbrados a la grandilocuencia. Nos viene de Simón Bolívar, que liberó y fundó países a diestra y siniestra; de Pérez Jiménez, que pretendía un país modélico, el mejor de Latinoamérica; de Carlos Andrés Pérez, que con una mano metía de contrabando a Felipe González en España y con la otra daba discursos en Nicaragua celebrando la caída de Anastasio Somoza; de Hugo Chávez Frías, que creyó o hizo creer a varios millones de venezolanos (los serbios-los croatas fundamentalmente) que el petróleo de su subsuelo podía sostener a Latinoamérica toda. Venezuela siempre se ha creído grande, demasiado grande, muy superior a todo lo que la rodea, hasta el punto de que el único parangón aceptado con naturalidad ha sido con Arabia Saudi: hijos de la Venezuela saudita, se llamaban a sí mismos los venezolanos antes de que el siglo XXI y el chavismo estallaran como una granada demostrando su verdadera pobreza. Un país que ahora resulta hermano, Cuba, siempre fue visto como un primo desventurado al que se le daban ayudas pírricas a pesar de que desde sus entrañas se alimentaban conspiraciones contra la Venezuela bipartidista, de Acción Democrática y Copei. Con la Yugoslavia que reventó Europa en los noventa, hasta ahora no parecía haber razones para plantear paralelismos. Demasiado lejana, llena de nombres impronunciables, muchos muertos, muchas violaciones. Quizá ahora ha llegado el momento iniciar la búsqueda de similitudes. Yo comenzaría por la belleza. Seguramente, todos los libros escolares cantan la belleza de su país, pero cuando los libros escolares venezolanos cantan la belleza venezolana y dicen que es uno de los países más bellos del mundo seguramente no se equivocan. Hablo de las playas a pesar de la industria petrolera. Hablo de sus islas, de sus montañas, hablo de la Gran Sábana, de los Tepuyes, del río Orinoco, de los Andes. Pero también hablo del ambiente multicultural, rico y plural que alimentaba sus ciudades hasta hace bien poco. La antigua Yugoslavia y los países que nacieron de ella también conocen la belleza. Como muestra dejo un botón: el maravilloso archipiélago que crece en el Mar Adriático, frente a las montañas, apenas separados uno y otras por una franja de mar y una carretera estrecha, estrechísima. Hay otras comparaciones posibles, su infinita riqueza. Con y sin el subsidio de la URSS, Yugoslavia era un país muy rico antes de que estallara la guerra de los Balcanes. Venezuela tambien, hasta el punto que no ha sabido que hacer con su riqueza. En los años setenta, los políticos socialdemócratas impulsaron la creación de infraestructuras que ahora, sin el mantenimiento adecuado, parecen elefantes a punto de morir. Otros dineros, cantidades ingentes, infinitas, siempre han sido devorados por la corrupción. Antes de Chávez y con él. Éste, además, con el dinero, creó las misiones, nacionales e internacionales. Tenía tanto dinero que no sabía qué hacer con él. Habrá seguramente quien piensa, los croatas-los serbios, que más le hubiera valido comprar millones de rollos de papel higiénico y guardarlos en la reserva, pero él decidió, con el permiso de muchos venezolanos, los serbios-los croatas, impulsar una Latinoamérica nueva, la misma de siempre según los croatas-los serbios, pero embadurnada con un lenguaje empalagoso, raro, a veces delirante: el verbo de Chávez, del Supremo Comandante Hugo Rafael Chávez Frías, según los serbios-los croatas.

3) Allí hay otra comparación posible. Para que Yugoslavia se disolviera y se rebalcanizara, no sólo debió desaparecer el Muro de Berlín y disolverse la URSS. Primero, diez años antes, murió Josip Broz Tito. Él amalgamaba ese crisol incomprensible. Su poder, su carisma lo permitían. Bastó que muriese para que ese parapeto, que era innatural, que juntaba la chicha con la limonada, se desvaneciese y unos y otros se convirtiesen en enemigos capaces de matar y violar, de robar y morir. En Venezuela, no sólo debió morir Chávez. Se pretendía inmortal, pero murió precozmente (los serbios-los croatas) aunque nadie podrá decir jamás con exactitud cuándo lo visitó la muerte (los croatas-los serbios). Murió porque lo envenenaron (los serbios-los croatas), pero algo de culpa seguramente tuvo Fidel Castro (los croatas-los serbios) que pretendía que un discípulo suyo administrase el grifo petrolero (los croatas-los serbios), un discípulo, Nicolás Maduro, que es el hijo de Chávez, que es su imagen y semejanza, que es lo mismo que él como igual podría serlo cualquiera de los venezolanos (los serbios-los croatas) que crean en su palabra, que desayunen escuchando canciones de Alí Primera, que se crean negros hijos de negros, descendientes de esclavos, aunque sean hijos de adecos y copeyanos y sus padres hayan pateado Miami en los años setenta comprando artículos por pares, por docenas. Pero es que no sólo murió Hugo Chávez. La noticia de su muerte vino acompañada de deudas, de préstamos chinos, de carestías, de desabastecimiento. Con ellos, Venezuela ha evidenciado la Yugoslavia que tenía dentro.

4) Cuando en Europa o en Asia, incluso en Estados Unidos, se encuentran dos o más latinoamericanos empiezan a hermanarse, recuerdan algunas canciones comunes, elogian el maíz y coinciden alabando las virtudes futbolíticas de brasileños y argentinos. Sólo discuten cuando se trata de decidir cuál es el país más peligroso. Cada quien escoge el suyo, seguro. Pues ahora no hay duda: la violencia de Venezuela, de todas sus ciudades, grandes y pequeñas, es tan grande que las madres (las croatas-las serbias) llaman a sus hijos en el extranjero y les piden que no las visiten, que por favor no vayan, que no vengan, que no vale la pena. Las otras madres también lo hacen (las serbias-las croatas) aunque con un discurso diferente: éste es el momento de la lucha, no vengas, quédate allí donde estés y divulga nuestro credo, multiplica la palabra que nos dejó el Comandante. La violencia venezolana tiene en todo caso dos ingredientes que la diferencian de la violencia natural del sub-continente. En primer lugar, la degradación del lenguaje propiciada por Hugo Chávez Frías que, en lugar de contener, multiplicó la furia del pueblo. Para él simplemente era una herramienta que consolidaba su liderazgo y lo mantenía en el poder. Por si fuera poco, después de su muerte, a pesar de los esfuerzos y de los antiprofesores contratados, ni Maduro ni Cabello logran repetirla. La gente en la calle sí la tiene y la llaman arrechera. Con ella, con esa arrechera, es más fácil (para los serbios-los croatas y para los croatas-los serbios) ofender que disculparse, disparar que hablar. Es un hecho anecdótico, pero refleja algo de la situación. Dos curas fueron asesinados hace ocho semanas en Valencia. Los asesinos no eran croatas ni serbios, quizás eran tres adolescentes bosnios. Y los mataron porque sí, para robar un poquito un cáliz, los huesos de un santo, la limosna de la semana vaya usted a saber por qué. El problema es más grande porque Chávez repatió armas por todas partes, invocando la defensa popular del estado, la unión de pueblo y gobierno, de la sociedad civil y los militares. Así, en un ambiente violento por naturaleza, con odio, sin lenguaje, con armas, la mesa está servida. Actualmente en Caracas es más fácil conseguir un revólver que un rollo de papel higiénico, una escopeta que un kilo de harina de maiz.

5) No hay papel higiénico, harinas, jabones. No hay café, no hay azúcar. No hay nada casi nunca, pero cuando hay la gente no permite que los productos lleguen a los anaqueles de los supermercados, interceptan el paso de las cajas, las abren y cogen tres y cuatro paquetes. Acaban con el suministro en un santiamén. Eso lo hacen los serbios-los croatas y los croatas-los serbios, lo hacen todos porque ni la nevera ni la despensa, mucho menos el hambre, conocen sutilezas. Hay, sí, ciertas diferencias. En parte es una carestía creada artificalmente por el gobierno. Sólo en parte, porque debido a la mala gestión, abolidos la producción local y muchos mecanismos de distribución y comercialización, el estado carece de recursos y mecanismos para resolverla. Sólo lo hace episódicamente, cuando puede y cuando quiere, donde quiere y donde puede, preferiblemente en las zonas donde habitan más los serbios-los croatas. Por eso es más fácil que un serbio-un croata tenga una buena reserva de harina de maíz a que la tenga un croata-un serbio.

6) Los serbios-los croatas eran bosnios hasta hace quince años y votaban por Acción Democrática y Copei. Pero Chávez contactó con ellos, con algo muy interno e intenso, incendió una llama apagada y les hizo recordar que los serbios-los croatas venían de Bolívar, pero que antes venían (tenían que venir) de los negros esclavos, que debían asumir que venían del desamparo a pesar de que hubiesen estado becados toda la vida por los gobiernos social-demócratas o demócratas-cristianos. Todos hicieron la primera comunión y fueron bautizados, pero gracias a las ideas del comandante se hicieron esotéricos, brujos, eclécticos, sincréticos, yorubas, y comenzaron a sacrificar animales. Cuando en 1989 Fidel Castro visitó Venezuela, invitado por Carlos Andrés Pérez, estos serbios-estos croatas lo criticaron, como todo el mundo. Luego, con Chávez, aprendieron a amarlo y comenzaron a cantar canciones en las que Cuba y Venezuela son países hermanos. Los serbios-los croatas son cinco o seis millones y odian, fundamentalmente odian a los croatas-los serbios. Porque dicen que éstos son ricos, porque son proyanquis, porque son extranjeros, porque son los amos del valle, porque son los culpables de todas las desgracias del país a pesar del tiempo transcurrido desde que Chávez comenzó a mandar. Para un serbio-un croata si no hay harina de maíz (qué importante es la harina de maíz en el país de las arepas) la culpa la tienen los croatas-lo serbios o sus valedores políticos: Capriles Radonski (el Chuki Luky según Maduro), María Corina Machado (la Chuky Loca), Leopoldo López (el Chuky Nosequé). Los serbios-los croatas defendían a Chávez, lo amaban, se sentían identificados con su discurso. Chávez efectuó una transmisión de poderes con Maduro que aunque no ha sido cien por ciento efectiva, como diría Michael Corleone, ha dejado atados la mayoría de los contactos. Ahora los serbios-los croatas defienden a Maduro. Se han llamado pueblo, milicias, comunas. Ahora se llaman colectivos. Algunos van en moto, con pistolas, escopetas, parecen tonton macoutes, prometen arrasarlo todo. Lo importante no es Venezuela, es Maduro, a mi Comandante Chávez no lo toca nadie, carajo. Los serbios-los croatas son buenos, son hijos y nietos de buenos venezolanos. O de buenos canarios, sicilianos, piemonteses, gallegos, holandeses, alemanes. Pero han sido convencidos con el verbo del comandante, con una ayuda, una casa, un mercado popular cerca de casa, una operación milagrosa, con el bombardeo constante de los medios de comunicación o la posibilidad de graduarse de médico en el extranjerode la necesidad de odiar a los croatas-los serbios. Gracias a esa convicción, a pesar de su bonhomía habitual, son capaces de insultar, de atropellar y, si fuera necesario, matar a uno o a mil croatas-serbios por un quítame aquí esta paja, que en este caso quiere decir "no te metas con mi comandante Chávez, tampoco con su hijo Maduro". A ese ánimo, es necesario agregar que cuentan con el apoyo de las fuerzas policiales y militares porque los serbios-los croatas son el pueblo y el lema que ahora impera es el de la unión cívico militar. Por ello, cualquier atropello o barbaridad cometida merece la indulgencia no sólo porque ha sido cometida defendiendo una creencia santa, cuasi religiosa, sino que además ha sido perpetrada contra uno o varios fascistas (hijos de puta, coños de madre), imperialistas, proyanquis, culpables de la ruina del país y del subcontinente todo, capitalistas cabrones que sólo quieren enriquecerse cada vez más y más: los croatas-los serbios.

7) Los croatas-los serbios también eran bosnios hace quince años. Es que sencillamente hubo una época en que todos éramos venezolanos. Como todos, alguna vez fueron adecos o copeyanos o hijos de adecos y de copeyanos. Otra cosa es imposible porque los partidos de izquierda en Venezuela nunca obtuvieron más de doscientos o trescientos mil votos. Están obstinados, no los toleran ya, les dan grima los cambios que ha sufrido el país. Donde antes había un centro comercial ahora hay una tienda estatizada, decorada con la bandera de Venezuela, donde no se consigue un carajo. En el canal en que antes veían una telenovela ahora les ponen a cada rato una cadena recordando a Chávez o, gracias a Maduro y a Diosdado Cabello, imitándolo. No toleran esas voces, esas canciones, esa palabra que se repite: revolucionario, revolucionario, revolucionario. Se sienten comprometidos con la necesidad de salvar al país. Sienten invadido al país. No toleran la intromisión cubana. Creen que Cuba hace todo esto por interés, para quedarse con el petróleo, con el dinero del petróleo. No entienden de misiones porque las misiones no los benefician. La mayoría están metidos en listas negras y, ni siquiera pidiendo perdón, tendrían acceso a las prebendas del gobierno. Ven cómo el país se está desmoronando. No entienden cómo en medio de tanta ruina, Chávez-Maduro entrega miles de millones de dólares a otros países a cambio de médicos y técnicos deportivos, pero también de putos votos en la OEA. Son, cómo no, acusados de fascistas, pero ellos creen que los fascistas son los serbios-los croatas. Cuando un policía utiliza la fuerza de manera desmesurada en una manifestación creen que se trata de un policía cubano y eso es posible porque las fuerzas de seguridas están tomadas por Cuba. Se irritaban por la rimbombancia de Chávez y, ahora mucho más, por la eternidad que los serbios-los croatas parecen atribuirle. Ven en Maduro un hombre sin estudios ni preparación, un chófer de autobuses que ni siquiera es venezolano. Cuando ven viajar a las hijas de Chávez se les ponen los pelos de punta. De un lado al otro del mundo, en primera clase, gastando un dinero que nadie explica de dónde proviene. Cuando escuchan cantar a la hija de Diosdado Cabello una canción dedicada al Comandante, obviamente les vienen la nausea y el vómito, no importa que no hayan comido. Se sienten odiados y tienen miedo. Pero están dispuestos a defenderse, a riesgo de perder la vida, como y cuando sea necesario.

8) Hay también otra forma de ser yugoslavos en Venezuela: ser bosnio. Este es un venezolano al que no le importa mucho la política, que nunca se benefició de los derroches bipartidistas y que tampoco ahora tiene acceso a las misiones. Los bosnios siempre se han quejado del precio del plátano, de las caraotas. Pues ahora no sólo están caros sino que no se consiguen. Se quedan encerrados en sus casas y ven desde la ventana cómo pelean los-serbios-los croatas y los croatas-los serbios. Tienen miedo desde el principio de la película y ahora, además, hambre. Los serbios -los croatas les ofrecen protección, pero ellos desconfían. Los croatas-los serbios les piden que se animen, que se incorporen a la lucha para salvar el país, pero los bosnios no se animan. Hay falsos bosnios, como el empresario Gustavo Cisneros que ahora aparece pidiendo la intermediación del papa a pesar de haberse convertido en serbio-en croata para salvar sus empresas y que le permitieran trasladarlas a Estados Unidos. Pero también hay hijos y nietos de bosnios que, sin beber la leche de los serbios-los croatas ni la de los croatas-los serbios, salen a la calle porque sienten que la situación es insostenible, que no tiene sentido vivir así, que seguramente hay otra forma de vivir en Venezuela que no sea hacer colas larguísimas en el supermercado para que en él no haya nada. Son jóvenes imberbes en su mayoría que se alimentan de las redes sociales. Van a manifestar y allí los matan. Van más de veinte, pero podrían ser cien o mil: ¿acaso los números importan cuando se habla de cadáveres?

9) Así las cosas, Venezuela (la nueva Yugoslavia) tiene que terminar mal. No hay que ser militar estadounidense para darse cuenta. De hecho ya ha terminado mal porque este odio, este enfrentamiento, significa la disolución práctica del país y el venezolano, el ser venezolano, ya no existe: ahora están los serbios-los croatas y los croatas-los serbios. Quizá alguien pienso sobretodo en los militares venezolanos, en los intelectuales foráneos que creen que éste es un asunto de izquierdas o de derechas y en las personas todas que se niegan a dialogar quiera ver más sangre, más hambre, más miseria. A saber si las verán. No tiene sentido hacer predicciones sobre algo tan vivo, tan doloroso. En todo caso, algo de lo peor ya ha pasado y es que, sin papel higiénico para limpiarnos el culo, como si estuviéramos en la última página de una novelita de Salvador Prasel, los serbios-los croatas, los croatas-los serbios y los bosnios nos estamos peleando por el retrete del Hogar Yugoslavo.


10 mar. 2014

Si estuvieras aquí




Durante meses, mucho más en las últimas semanas, en los últimos días, he pedido a las personas de mi afecto que me expliquen qué es lo que sucede en Venezuela, cómo se come -con qué cuchillo, con qué tenedor- ese arroz con mango en que ha terminado convirtiéndose el país en que crecí y aprendí a vivir, amar y escribir.
-Es complicado - me dice mi madre-. Es demasiado complicado.
Su respuesta no me vale. Por eso sigo preguntando. Alguien me tiene que explicar cómo hace un venezolano de bien -y conozco varios- para tolerar y aplaudir los discursos de un Nicolás Maduro que a mí me parece un mequetrefe o por qué otros que también son de bien -me consta- permanecen apostados en la calle durante casi un mes como rezándole a las nubes para que de un solo aguacero se lleven a un hombre que seguramente quiere parecer más mequetrefe de lo que es.
-No es fácil - me dice el compañero más brillante de la facultad y luego me  envía el link de un video donde los vecinos de El Hatillo cacerolean a un cantante identificado con el gobierno.
No me basta obviamente aunque recuerdo que hubo una época en que una canción de ese cantante me gustaba.
-No te preocupes por estas cosas -me dice mi tía-. ¿Tú no estabas terminando una novela? Pues trabaja y ya está. Esto no tiene solución.
Eso me dice, pero inmediatamente comienza a contarme todo lo que no hay, lo que no se consigue: leche, pan, harinas, papel higiénico.
-Tenemos cuatro rollos porque una amiga nos los trajo y a cambio le dimos no sé cuántos plátanos.
Luego me describe a una de las estudiantes asesinadas en las manifestaciones.
-Era bellísima. Fíjate que fue Miss Turismo hace apenas dos años.
-Pero, ¿por qué? - insisto en preguntarle.
-¿No te dijo tu madre que era complicado, que no hay palabras para explicarlo?
Es absurdo, pero en el fondo entiendo el fondo de lo que dice. A pesar de que siempre he creído en las palabras, sé que hay cosas que no es fácil explicar con ellas. Pongo como ejemplo el sur de Italia: la belleza generosa que en ocasiones se torna ruin, la mafia, el arte, la camorra, la historia, el silencio y la resignación de sus habitantes.. Hay que vivirlos de cerca, comer cientos de kilos de buena pasta, escuchar a Pino Daniele, leer a Carlo Levi, enterrar un ser querido allí, haber hablado con sus habitantes naturales miles de horas para luego, finalmente, tener una idea de por qué sucede todo eso en una parte del mundo.
Algo parecido también pasa con los gitanos en España:
-Es que nosotros somos así - me dijo alguna vez un paciente vestido de flamenco.
Su así era largo y terrible, un así que significaba muchas cosas: inexplicable, profundo, intrincado.
Pero yo sigo preguntando. ¿Por qué tanto dolor? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué tanta violencia en las calles en que aprendí a caminar? ¿Quién organiza las marchas, las manifestaciones, las contramarchas, las guarimbas, los colectivos, las barricadas?  ¿Quién enseña a los soldados a matar? ¿Cómo es posible que la guardia nacional dedique sus saberes a maltratar adolescentes y minusválidos? ¿Por qué no se consigue la leche, la harina de las arepas? ¿Cómo puede hacer una anciana que conozco para saltar una barricada y procurarse una bolsa de alimentos?
Lo ignoro casi todo, qué duda cabe. También es verdad que siempre he sido un analfabeta político,que nunca en mi vida, ni siquiera pretendiéndolo, he acertado en un proceso electoral o que he tenido frente a mí personas que ahora son líderes o incluso semidioses -hablo del mismo Chávez, de algún gobernador actual, de varios diputados de la Asamblea Nacional o de algún director regional de salud- y pensé que eran idiotas u orates.
-Mejor no sigas preguntando -me dice un amigo en un mensaje de facebook, como si yo estuviera haciendo algo peligroso.
-Pero, ¿por qué? Tiene que haber alguna razón, alguna causa. Tiene que haber palabras que lo expliquen.
-Si estuvieras aquí lo entenderías -me dice cariñosamente-, aquí con nosotros.
Me impresiona la belleza de sus palabras, pero obviamente ésta no basta, Yo continúo sin entender y sigo preguntando. Tiene que haber alguna forma verbal de explicar y entender cómo y por qué la Venezuela que conocí decidió irse al carajo.



8 mar. 2014

Messi: vómito gratuito



Es característica de nuestro cuerpo el emitir secreciones o expulsar contenido por los orificios naturales. Así defecamos, orinamos, escupimos, tosemos. Eventualmente, vomitamos sin que sea necesario estar enfermo para hacerlo. Al futbolista Lionel Messi le ha sucedido, al parecer en varias ocasiones, el vomitar delante de miles y/o millones de espectadores, la última vez en un partido que la crónica dice que no tuvo mucho fútbol. No pasa siempre y eso lo convierte en noticia. El médico puede vomitar, pero procura no hacerlo delante de sus pacientes. El bombero se aparta del fuego. El actor corre al servicio o al camerino. Messi no pudo (o no quiso) y las cámaras se concentraron en su vómito. Parafraseando a Erving Goffman, Lionel Messi vomitó en el espacio anterior de su vida y así la enfermedad proporcionó el espectáculo ya que el fútbol no lo tenía. En su edición del viernes 07 de marzo, junto a la crónica del partido, el periódico que leo en España (El País) propone una foto de casi media página en la que el chorro líquido-alimentario que sale de la boca del futbolista pretende eternizarse en la mirada del lector. Como lector, como médico, como persona, como escritor, como paciente potencial que lo somos todos, me resulta una ilustración gratuita e innecesaria del partido.
Ya para terminar, una pregunta, una preguntita posible en medio de esta pérdida posible de pudor, buen gusto y educación elemental. Si en lugar de emético el síntoma hubiera sido diarreico, ¿cómo habría sido la foto publicada por los medios de comunicación? ¿Messi defecando?