28 ago. 2014

Canción de Moliterno




(cuartiento-sueño differenziato)
En la ferretería del pueblo el aire era espeso como una neblina caliente. Parecía que un elefante había estado allí, bebiendo entre las escaleras de aluminio y los capazos de paja una jarra de café con leche. Quizá fue por eso que yo pedí una hogaza de pan. Era una ferretería, pero igual me la dieron: una hogaza de pan y una especie de focaccia húmeda, manchada de tomate, que me dijeron se llamaba pipo.
Dudé cuál morder, pero me decidí por la hogaza. Qué maravilla, un buen mordisco en el centro, directo al corazón recién salido del horno de leña. Nada de cachos ni de nocachos arrancados con la mano. Éste fue un mordisco soberano, el mordisco que apenas había comprado una hogaza de pan en una ferretería. Por eso no me extrañó que aparecieran entonces muchas puertas frente a mí, cada una con la llave dentro de la cerradura. 
Comencé por la más grande. Apenas la empujé, la música me arrastró dentro. Cantaba el primo Peppino. Cantaba, bailaba y tocaba la guitarra, mientras los camareros servían vino y bocconcini di mozzarella.
En el fondo del salón había otra puerta. Detrás de ella un hombre de ojos y orejas grandísimas se ofrecía para acompañar y escuchar. Era el hombre oreja, un hombre inmensamente bueno a quien inmediatamente comencé a llamar fratello. Él me acompañó hasta la siguiente puerta. Al abrirla, un anciano que etiquetaba botellas de vino acudió a nuestro encuentro y nos ofreció una copa, mientras su mujer limpiaba concienzudamente, como si le fuera la vida en ello, una aspiradora.
-Sigue caminando-  me dijo el fratello y yo seguí abriendo puertas y recibiendo abrazos.
De una de las personas que me abrazó me impactaron sus ojos. No se lo dije pero igual lo pensé:
-Qué bonitos ojos tienes, ¿cómo te llamas?
-Valeria -me respondió la muchacha como si me hubiera leído el pensamiento-. ¿Ya fuiste a Capri? -me preguntó señalándome la puerta azul en medio de las piedras-. Allí entras, sueñas que vas a Capri y a  un autobús se le cae el cristal trasero mientras sube la cuesta. 
-Claro -le dije y le mostré una foto que había hecho con el celular.
-Te toca entonces empujar esa puerta. Es Napoli y en la pizzería del sueño debes salir bajando por la escalera de emergencia. Antes, seguramente un gigante te guiará entre las ruinas de Pompei.
Sucedió tal como Valeria había dicho pero luego desperté en la plaza del pueblo, la Villa Comunale. Yo llevaba dos bolsas de basura, una de residuos orgánicos y otra de plásticos, e intentaba dejarlas junto a un árbol sin que me vieran los policías.
-Esto es Moliterno -me dijo el fratello, que había aparecido nuevamente a mi lado-. Aquí es más fácil deshacerse de un cadáver que de una bolsa de basura.
-Tú no te preocupes, ya verás cómo me deshago de ellas y nadie me dice nada. Luego vamos a visitar la Chiesa Madre y, si nos da tiempo, subiremos hasta el Castello.
-No llegues hasta allí que no hay nada dentro. Por eso la puerta está cerrada y sin llave en la cerradura- el hombre oreja había desaparecido y quien me hablaba ahora era una muchacha que se presentó como Giuliana y cuidaba de dos niños morenos.
-¿Cómo se llama el pueblo? El hombre oreja me lo dijo pero ya se me olvidó. ¿Puedes repetírmelo?
-Por supuesto, esto se llama Moliterno. Mo-li-ter-no.


24 ago. 2014

División por género de las tareas domésticas en parejas menores de 44 años que habitan en la Comunidad Valenciana (2014)



El hombre hace la compra y cocina.
La mujer ordena la compra en la despensa y, mayormente, mete los platos sucios en el lavavajillas. Si le toca cocinar a la mujer, se come fuera y el hombre paga.
El hombre cuida del jardín, el coche y todas las reparaciones menores de la casa.
La mujer entrevista, selecciona y contrata a las chicas de la limpieza.
El hombre contrata, acompaña, supervisa y paga la actividad de fontaneros, electricistas, mecánicos y albañiles cuando son necesarios.
La mujer supervisa los deberes de los niños excepto los relacionados con ciencias y matemáticas que corren a cargo del hombre.
El hombre lleva a los niños al parque. 
La mujer visita a su propia madre.
El hombre paga los impuestos.
La mujer va al casal o al club y se reúne con las amigas.
El hombre hace bricolage en el sótano.
La mujer se encarga de meter y sacar la ropa de la lavadora y mayormente contrata una persona para su planchado.

Post-scriptum:
1) Registro objetivo de datos recogidos de forma aleatoria sin interferencia de la edad, sexo o estado civil de él o los recolectores de datos.
2) Según se ha evidenciado estas actividades son realizadas de forma egosintónica y no son motivo de discusión, separación, divorcio ni cambio de sexo.
3) Toda colaboración proveniente de investigador certificado será aceptada e integrada al estudio.


11 ago. 2014

Rodríguez (estar de)

En el salesiano colegio en que transcurrió mi infancia tenía, uno detrás de otro y ordenados alfabéticamente por el segundo apellido, once compañeros de apellido Rodríguez. De treinta o cuarenta que éramos, once eran Rodríguez. Incluso había dos que repetían: Rodríguez Rodríguez. Supe entonces desde pequeño que Rodríguez era un apellido común y alguna vez se lo dije a uno de los repetidores, JF Rodríguez Rodríguez, que era mi amigo.
-Y Zupcic seguramente será común en el país de tu padre -se limitó a responder éste mientras Viñas García, que con los años participaría en un golpe de estado, estaría exiliado en Perú y después dirigiría el principal aeropuerto venezolano, intentaba mediar entre nosotros, para evitar que la sangre no llegara al río.
De la España que habito siempre me intrigó que el Rodríguez, el estar de Rodríguez, significase estar solo en casa, sin la mujer y los niños. Mucho más en la última semana, que han aparecido dos artículos sobre el tema, el último de ellos escrito por el admirado Fernando Iwasaki en la revista dominical de El País. Ambos atribuyen el origen de la expresión a una película  más bien discreta de José Luis López Vásquez, El cálido verano del señor Rodríguez (1965) y se maravillan de que a pesar del escaso éxito de la película la expresión haya calado tanto y permanezcan su recuerdo y uso todavía.
No es extraño que ahora los escritores escriban o escribamos sobre el asunto. Es verano y, en el Mediterráneo, con la canícula, mujeres y niños abandonan las ciudades, se van al campo, a la playa o sencillamente a los lugares de origen, dejando a los hombres trabajando y cuidando las casas.
Cada quien hablará por su experiencia y según la mía la circunstancia es especialmente infeliz. Estar de Rodríguez significa en primer lugar un mal comer porque a pesar de la experiencia que se tenga entre fogones y sartenes no es lo mismo cocinar para seis o cuatro toda la vida que hacerlo durante una o dos semanas para una sola y por si fuera poco primera persona. Significa también lavar a mano los calzoncillos porque da la impresión que no tiene sentido llenar una lavadora con ellos a pesar del tamaño que han ido ganando con el tiempo.O que, dueños absolutos del televisor, en la tonta pantalla no hay nada digno de ver y en caso de cansancio se terminará viendo los programas que por idiotas normalmente se les prohibe a los niños.
El agravante radica en que todo el mundo presume que quien está de Rodríguez está feliz y cuando lo encuentran, en la calle o en el hospital, le dedican una sonrisa pícara:
-Así que estás de Rodríguez, ¿no?
-Pues sí, de Rodríguez. No me puedo quejar.
La capciosidad implícita en pregunta y respuesta obedece al verdadero origen de la expresión que obviamente no es la película de López Vasquéz aunque ésta recoge en parte su picaresca.
-La expresión se debe -me comentó hace años un querido y experimentado compañero de profesión - a que antes cuando los maridos se quedaban solos en casa aprovechaban el tiempo yendo a los lugares de mal vivir y, si las chicas les preguntaban el nombre, para no ser recordados ni identificados, decían el apellido más común, el primero que se les venía a la cabeza y que, obviamente, no coincidía con el propio: Rodríguez.
De allí viene la expresión, el estar de Rodríguez, ya que así estaban los machos de verano en el siglo pasado: bailando, bebiendo y acariciando. En este siglo más cruel, los Rodríguez seguimos existiendo y en verano todavía metemos mano, en la cocina y en la lavadora, pero mano siempre.