12 ene. 2015

Venezuela


(foto cortesía de A. Acosta)

Por los venezolanos que sufren. Por los venezolanos que lloran. Por los que se lamentan. Por los que odian y se burlan. Por cada venezolano que necesita y no puede. Por los venezolanos que participan y no ven. Por cada venezolano que va al mercado y no encuentra. Por los venezolanos que van a la farmacia y regresan sin. Por los que se arrechan. Por los venezolanos que se cansan de hacer colas para. Por los que dicen que ya no pueden más con el dolor de piernas. Por los que se aprovechan. Por los que no están satisfechos. Por los que se preocupan y tienen miedo de salir. Por los que tiemblan al escuchar tiros y discursos. Por los que se preocupan por el silencio. Por los que han conocido la muerte y la necesidad. Por los que están en la cárcel por hablar o por pensar. Por los que están obligados a cuidarlos. Por los que no entienden. Por los que creen que ganan aunque se ve que pierden. Por todos los venezolanos que pierden. Por los que se separan. Por los que no pueden salir. Por los que no pueden volver. Por los que no pueden escuchar más. Por los que no escuchan. Por los que ven grietas. Por los que creen a ciegas. Por los agraviados. Por los heridos. Por los dolientes. Por los preocupados. Por los jodidos. Por todos ellos y por mí, sin importar bando o condiciones, escribo estas palabras. Para que recuerden que existimos.

7 ene. 2015

Talar el árbol de navidad, destruir el pesebre


Cuando a mi hija se le ocurrió la idea de adornar nuestro árbol con luces y motivos navideños, yo protesté tímidamente:
-No tiene sentido, es un gasto innecesario.
Como vi que, sin escucharme, todos daban ideas y dibujaban sobre la mesa triángulos, estrellas y angelitos, me alcé y dije que no, que yo no lo haría.
-Pero, ¿por qué? -protestaron los gemelos.
-Porque sería un derroche de energía -dije pensando más en la energía mía, la de mi propio cuerpo, que en la eléctrica.
En ese momento intervino el hijo mayor:
-Pero es una tradición, igual que el pesebre.
Luego, al unísono, mis suegros:
-Además, la tarifa eléctrica nocturna es casi conveniente..
No fue posible resistirse. Al contrario, con toda la familia convertida en oposición y gobierno, la única forma que encontré de sobrevivir fue sumarme (discretamente) al proyecto.
Así presté algún trozo de cable y fui a comprar los bombillos.
La navidad ya ha pasado. De ella recuerdo, mucha (muchísima) comida, el encuentro con los amigos y un sueño en el que Santa Claus (la imagen de San Nicola, de la Catedral de Bari) visitaba el hospital para hacerse una tomografía.
Frente a mí tengo el árbol lleno de luces y adornos navideños y ningún miembro de la familia se ofrece a desmontarlo.
-Es ley de vida -decía mi primer profesor de filosofía en mi Valencia natal-. Puestos a elegir entre acudir a un bautizo o a un entierro, la gente siempre elige el primero.
Por ello y por mi soledad ante este árbol luminoso del que tantas maravillas cantaron mis hijos y sus amigos en las últimas semanas, podría fácilmente talar el árbol de navidad, destruir el pesebre, pero he decidido desmontarlo, muy poco a poco, paciente y serenamente, como siempre.