18 feb. 2015

El puente de Mostar


«Mostar1» de Josephine W. Baker 

-Yo dinamité el puente de Mostar.
El hombre está en mi consulta, sentado frente a mí, pero no es el paciente. Acompaña a su pareja. Es la tercera vez que vienen y siempre se sientan juntos: él a la izquierda y ella a la derecha. Así, nada a excepción del escritorio, interfiere entre el paciente y yo. Así debe ser, así ha sido incluso hoy, pero sus palabras igual han volado por encima del ordenador.
-Yo dinamité el puente de Mostar.
Se trata de hombre de cabellos blancos y cuerpo enjuto. Incluso hoy su voz me resulta agradable. pero le ha robado el espacio de la consulta a la paciente y ella da por buenas sus palabras, como si quisiera que lo escuchara a él, más que a ella.
-Yo dinamité el puente de Mostar.
Primero había hablado de los militares argentinos, de la invasión de Granada y de la guerra de Vietnam. Luego, viendo que yo no le prestaba atención a pesar de que se presentaba como un compendio de historia universal del siglo XX, soltó la prenda yugoslava.
-Yo dinamité el puente de Mostar.
No pensé en mi padre. Se fundieron muchas imágenes en mi cabeza pero en ninguna aparecía mi padre. Lo primero que recordé fue el libro de Ivo Andric, Un puente sobre el Drina. Lo di por válido, Es natural que cuando alguien nombra el puente de Mostar uno piense en otro puente de la antigua Yugoslavia. Luego pensé en Danilo Kis, en La enciclopedia de los muertos. Es natural. El hombre estaba hablando de destrozos y matanzas y yo pensé en un escritor yugoslavo cuya lectura nos puede hacer eternos. Después, todo en un segundo, pensé en Izet Sarajlic. Lo conocí en Salerno, en un recital de poesía: el traductor leía sus poemas sobre el sitio de Sarajevo y él, al final, saludaba. A mí me dio un abrazo y me preguntó sobre cómo mi padre había llegado a Venezuela y no a Argentina. Fue después de recordar los afiches que empapelaban Via Arce anunciando su muerte que supe que a quien yo realmente quería recordar era a Salvador Prasel.
-Yo dinamité el puente de Mostar.
Salvador Prasel. Junto a su nombre fue donde yo por primera vez leí la palabra Mostar. Era su lugar de nacimiento.Veinticinco años después, llegó a Venezuela y se convirtió en uno de sus mejores escritores. Yo pude hablar con él dos  o tres veces al teléfono. Luego, en 1990, murió..
-Yo dinamité el puente de Mostar,
-¿Por qué Mostar? ¿Por qué? -me pregunto en voz alta a mí mismo, pero el dinamitero obviamente me escucha.
-Es que se mataban los unos y los otros y había que volar el puente para que no se encontraran.
Es entonces cuando me doy cuenta que no tiene por qué ser cierto cuanto dice. ¿Acaso este hombre tan frágil que relata sus asuntos como si fueran travesuras pudo destruir una obra tan bella? ¿Y por qué no? El lugar en que trabajo está lleno de sorpresas y hay muchos jubilados que eligen esta provincia para olvidar su vida y alcanzar la muerte. Además, ¿no es un general croata a quien se le atribuye la fechoría? Se lo preguntó tal cual y el hombre se explica tranquilamente mientras su mujer lo mira con un poco de miedo y otro de admiración.
-Sí, él fue quien me lo ordenó. En 1993. Yo trabajaba entonces para los americanos.
¿Por qué? ¿Por qué? Por qué viene este hombre y dice que voló el puente de Mostar.
-Disculpe, doctor, quizá usted está recordando a su padre. No me había dado cuenta de su apellido.
-No se preocupe, no.
Él insiste que sí y cambia de tema. Habla ahora de su experiencia con los Jemeres Rojos. Decido que es hora de terminar y voy cerrando la visita.
-¿No le gustaron mis cuentos, doctor? - me pregunta el hombre mientras recoge su chaqueta y abre la puerta para que salga su pareja.
-No lo sé muy bien, es que yo tuve un amigo que de haber estado vivo habría llorado al enterarse de lo que usted había hecho.

13 feb. 2015

Efectos adversos de la literatura


Entre escritores y buenos lectores, es común pensar en la literatura como una actividad absolutamente positiva. Nos resulta difícil encontrarle defectos a una pasión que seguramente nos tiene como rehenes desde la infancia o la adolescencia. De aquella época conservamos muchas novelas manoseadas, algunos recortes de periódico o el manuscrito de un colega a quien venerábamos. Si alguien nos propusiese cambiar alguno de esos efectos por un balón de fútbol (por autografiado que estuviese y por muchos artículos sobre fútbol que hayamos escrito) nos negaríamos de antemano. Si alguien nos ofertase la posibilidad de cambiar nuestra vida por la de un futbolista de primera (por millonario que fuese) la rechazaríamos también. Creemos en la belleza del oficio literario y si nos dijesen que en esa fe casi religiosa se encuentra el primer y más importante de sus efectos adversos, inicialmente lo descartaríamos. Mejor haríamos escuchándolo porque así la palabra dependencia sería pronunciada. El interlocutor la ha mencionado en el sentido de que la literatura genera dependencia. Éste es en su voz el principal efecto adverso de la literatura y tiene toda la razón. Claro que somos dependientes de ella. Nos falta durante el sueño y por eso soñamos que escribimos. Nos falta al amanecer y por eso en ocasiones lo primero que hacemos al despertarnos es escribir. Nos falta al mediodía y por eso sacamos una libreta o incluso el móvil, para hacer una anotación. Nos hace falta en la tarde y por eso visitamos la librería, incluso cuando no llevamos dinero. Es suficiente el aroma de los libros en las estanterías, como si fuesen sardinas en la freidora. Basta rozarlos y luego llevarse la mano a la nariz, como si hubiésemos acariciado mandarinas. Tiene usted toda la razón, admitimos ante un interlocutor que no desiste. Ahora menciona las palabras vanidad y orgullo. Creo que incluso ha dicho narcisismo. No nos parece tan obvio en un principio. Se equivoca usted. El nuestro es un asunto de humildad. Lo hacemos porque no nos importa mostrarnos desnudos ante los demás, porque creemos en esto. El otro insiste, protesta y nuevamente le damos la razón. Pues sí, la tiene. Estamos orgullosos de lo que hacemos. Es para estarlo. Hay razones para sentirse contento. ¿Por qué no? El hombre ya se está molestando. Quizá es un pariente y no entiende cómo nos resulta tan difícil entender que quiere ayudarnos. Quizá sea un cuñado, un primo político. En ellos siempre ha habido una importante cantera anti-literaria. Sea quien sea, el muy listo se ha guardado para el final su bala de plata. Con ella seguramente nos herirá. Comienza a hablar de dinero, de royalties inexistentes, de libros que no se venden o si se venden no son suficientes para nada, de proyectos sin fines de lucro en que constantemente nos embarcamos y de que las palabras se las lleva el viento. Es doloroso lo que ha dicho y no solo tiene razón sino que llevamos escuchándolo mucho tiempo. Nos fue dicho al inicio. Venía con el medicamento. Cuando compramos el primer libro o escribimos el primer poema, varias personas nos lo advirtieron. Pero el hombre ha cometido un error. Ha juntado la chicha con la limonada y ha dicho que las palabras se las lleva el viento. Pues claro que sí, se lo decimos en la cara. Eso es lo más hermoso que tiene esto: que las palabras son transportadas por el viento.

4 feb. 2015

Quijote



Es un asunto personal, pero en las últimas semanas he llevado uno de los tomos de Don Quijote de la Mancha en la mochila y, sentado o de pie, en el lugar o instancia que sea, saco el tomo en cuestión, lo abro en la página indicada y comienzo a leer. En silencio, obviamente, faltaría más. Es mi lectura, es un asunto personal. Pero igual mi conducta genera estupor e intervenciones disímiles. No es porque leo. Otros lo hacen, los veo mientras lo hacen, y no les dicen nada. Al que saca el libro de Ken Follet o el ladrillo (por volumen) de Posteguillo nada le dicen. Pero a mí sí y, no sin antes haber buscado otras explicaciones, he concluido que lo hacen por el libro elegido.
-¿Qué lees? ¿El Quijote?
-¿Lo lees o lo relees?
-Madre mía, qué valiente.
Inicialmente había atribuido los comentarios a que este libro maravilloso es víctima de su propia grandeza. Se prefiere una lectura insípida e insignificante a este libro que se sabe que es el madre y la padre (sic) de todos los libros escritos en lengua castellana. Por si fuera poco, todos consideran que es imprescindible haberlo leído y la mayoría, que no lo ha hecho, esconde su culpa fingiendo que lo ha hecho o conformándose con haber revisado resúmenes o versiones infantiles. Además, es un libro extenso, escrito en castellano antiguo y muchos lo tienen en ediciones que, por su belleza o importancia familiar, no se atreverían a a hojear.
-Ánimo.
-Qué barbaridad: ¡El Qujjote!
En este proceso, incluso me he cuestionado a mí mismo. Yo, aunque tengo una versión literaria de mis recorridos, reconozco que éstos no tienen nada que ver con el asunto literario (a veces lo lamento), mucho menos con el académico (lo agradezco). El hospital, el tenis y la piscina de Letizia, el campo de fútbol donde entrena Alessandro, alguna sala de espera, aquella oficina, el metro, la ferretería, la montaña, el camino de piedras.
-Yo lo comencé a leer, pero no pude.
-Yo vi los dibujos animados.
-A mí lo que me pasó es que no lo entiendo.
-Lo de los molinos de viento es lo mejor, sin lugar a dudas.
Esto último lo escuché en un bar en el que a veces desayuno. Un cliente le hablaba de mi lectura a la camarera y luego vino otro (un poco achispado,también tonto) y le entregó a la chica un libro grueso en cuyo título apenas distinguí la palabra amor. Era el regalo de un cliente enamorado (tonto otra vez) que sabe que regalarle un libro con esa palabra dentro del título es lo más cerca que puede estar de sus sentimientos.
-Siempre me trae libros. No sé que voy a hacer con ellos. El otro día me trajo La catedral.
-Eso son palabras mayores - le respondió el cliente inicial con una cara en que se veía que creía que la camarera se refería La catedral del mar, que no había leído el libro de Falcones, pero que si lo reconocía quedaba mal, muy mal.
A partir de su rostro fingidor y confundido, he empezado a creer que a Don Quijote de la Mancha lo impregna el mismo estigma que rodeaba a su personaje: la dificultad a priori de entenderlo (atribuida mayormente a una locura que no es tan obvia y bien se podría discutir) porque se sabe que nos va a plantear un escenario mental diferente, nuevo a pesar de haber sido creado hace más de quinientos años, en el que nosotros, los castellano hablantes, seguimos siendo personajes.