24 may. 2015

Una infusión llamada "Cuartientos"



¿De dónde viene esta infusión de nombre "Cuartientos" que aparece sobre mi escritorio hoy?
¿Por qué se llama "Cuartientos" si podría llamarse simplemente "Noches largas", "Pare de sufrir" o "Un colpo di sonno"?
¿Acaso es una broma de los amigos por algún cuartiento sosegado?
¿O, desde el cariño, el regalo (un poema objeto) de un afecto sensible y creativo?
Sea lo que fuere, no me abruma. Cuartientos es una palabra que me gusta. Igual que medritor. En este último caso, agradezco que mi oficio nazca de la fusión entre medicina y escritura. Si no fuese así y se tratase de un entreverado entre medicina y filosofía, yo sería un un medisofo. Mal asunto. Si entre medicina y aeronaútica, mediloto, como si se tratase una lotería promovida por el colegio de médicos.. Si entre medicina e ingeniería, mediniero. Peor todavía.
Continúo pensando en posibles combinaciones cuando el ruido de la calle crece y me arranca del teclado. En esta tierra de toros, están por soltar uno a la calle y para mi maravilla le han puesto el nombre de la manzanilla: "Cuartientos" otra vez.



Quien pensó que yo iba a escribir un cuartiento sobre un toro llamado "Cuartientos" se equivocó. El cuartiento de hoy ya ha sido escrito sobre una infusión.


13 may. 2015

25 años de Dragi sol




Sus cuentos aparecieron entre mis manos cuando yo tenía quince años y asistía a todos los talleres de literatura de Valencia, en Venezuela. Al principio creí que se trataba de una novela y escribí los cuentos como una forma de prepararme para la escritura de ésta. Los cuentos iban saliendo poco a poco y, para la novela, me limitaba a tomar apuntes en cuadernos que, con el tiempo, se hicieron indescifrables. En esos días leía a Stendhal y el libro estuvo a punto de tener un nombre con colores. Se salvó de milagro o porque, ante la orden materna de guardar las cartas intraducibles de mi padre, tropecé más de una vez con la palabra “dragi” y, sin tener la seguridad de que significase querido, tecleé sus cinco letras en mi anaranjada Underwood. Del sol no sé cómo apareció ni cuándo lo hizo. En todo caso debió ser antes de enviarlo al concurso que permitió su publicación. Mi madre llevó personalmente la tres copias firmadas con seudónimo a Maracay y, mientras yo esperaba que regresara, devoré El Osario de Dios de Alfredo Armas Alfonso, quien era uno de los miembros del jurado. El veredicto me favoreció. Durante la entrega del premio, el ganador de la mención dramaturgia se apoderó de la escena y pronunció palabras a nombre de toda su familia y también de la mía. Con los cinco mil bolívares del botín, que entonces para mí eran dinero, mucho dinero, compré un reloj que marcó mis horas durante casi diez años. Cada vez que lo mandaba a reparar el relojero decía que era de un metal especial y por eso yo siempre lo mandaba a reparar y no compraba otro. Un año después de la premiación, una tarde en que yo regresaba del cine o de espiar a Mary Monazin en la iglesia de San Francisco, mi madre me dijo que había llegado una carta de Caracas. El sobre contenía una carta de Roberto Lovera De-Sola y un ejemplar delgadísimo de Dragi Sol. La felicidad que entonces me inundó frente a su portada cumple ahora veinticinco años.

9 may. 2015

Primera comunión (literaria)




Mi primera comunión, hace casi cuarenta años, fue también en una mañana de sol. Un domingo salimos de casa y, al margen del asunto espiritual, yo sabía que algo importante estaba ocurriendo  y que a partir de ese día yo sería un niño diferente.
-Te haré un regalo que cambiará tu vida –me había prometido  mi madre.
Yo, por si acaso ella se olvidaba, intentaba cambiarla a cada instante. Antes de partir rumbo a la iglesia, pedí permiso para ir al baño y aproveché la circunstancia para cambiar los zapatos de suela por unas zapatillas deportivas cuya comodidad era inversamente proporcional a su aspecto exterior. Mi madre no se dio cuenta hasta que llegamos y ya el daño era irreparable.
-Ahora no te voy a dar ningún regalo –me chilló mi madre cuando me vio entre los compañeros de clase exhibiendo de mis zapatillas desgastadas.
Aun así, al regresar a casa, mi madre me lo dio, su gran regalo. Era un volumen de color aguamarina que recogía varias novelas y estaba autografiado por el autor.
-No lo empieces a leer todavía, no tienes edad. Pero consérvalo siempre.
Yo no le hice caso. Comencé a leerlo inmediatamente y, durante dos años, a partir del momento de mi primera comunión, no hice otra cosa que leer las novelas del volumen que mi madre me había entregado. Me gustaban esas novelas y por eso las leía y las releía. Cuando no las entendía, me gustaban más y las volvía a leer. Me emocionaba además que el libro estuviese firmado por el autor.
-Yo tuve que hacer una cola de tres horas en las puertas del ateneo para lograr esa firma –me contaba mi madre cuando me veía con el libro.
Yo seguía leyendo y a partir de ese volumen conseguí las otras novelas y, antes de que hubieran pasado cinco años, cuando mis compañeros estaban ya pensando en la confirmación, yo ya me había leído todas las novelas de William Faulkner.
Aquel volumen lo conservo todavía. Me ha acompañado en todos mis viajes, en todas mis mudanzas. Él es, en la vida real y en la literaria, mi primera comunión