31 ago. 2015

Amargo y celeste, el testimonio de Albor




Todo libro puede y debe tener innumerables lecturas. Pero me sucede con Duelo que desde hace más de un mes lo leo y releo sufriendo con él, temiéndole y buscándole. Lo digiero lentamente: como amigo que he sido de Albor, como lector que ha encontrado este libro navegando en la red, como escritor que admira el cuidado con que la brillante periodista escarba en su pena hasta editarla de forma magistral, como padre consciente de que los hijos son el evento más importante de la vida hasta ahora, como médico en contacto permanente con el dolor e, imposible olvidarlo, como deudo de mis muertos que he sido y sigo siendo, seguramente para siempre.
Leyendo cómo se multiplica la narradora de este testimonio es imposible no sufrir también porque el mismo título y uno de los primeros párrafos advierten lo que siempre parece que está a punto de suceder, pero que la escritora tensa, no porque quiera añadir suspense sino porque su vida a partir de la maternidad se ha hiperdimensionado.
Su logro más importante es nombrar a la muerte y hacerlo sin tapujos. Me explico y no será difícil porque de alguna manera las fases del duelo propuestas por Kübler Ross se han popularizado. La primera es la negación. Recordaré siempre una escena funeraria de mi infancia. Crecí en un pueblo en que morían unas diez personas al año y mi madre me llevaba a todos los velorios y en ocasiones me tocaba besar los cadáveres. En el velorio que ahora recuerdo, el suegro del difunto se quitó la correa y golpeando con ella el ataúd le gritaba al cadáver: "despierta, despierta, tú no estás muerto". Esa es una forma primitiva de la negación. Otra más común es la dificultad de ver el cadáver y luego, en la vida familiar, de  nombrar su muerte. Albor, que en los años noventa escribía con claridad y cercanía sobre el SIDA, Albor trasciende con mucho esa fase y nos dice a cada instante que la maravilla de su vida se llama Juan Sebastián. Narra su grandeza, su pequeña grandeza, y nos describe su muerte. Ella ha escrito Duelo para que su niño siga presente en su vida, en sus palabras, en el recuerdo permanente de sus lectores.

Duelo. Albor Rodríguez. Oscar Todtmann Editores. Caracas, 2015.

10 ago. 2015

Libros congelados a mitad de precio




En la venta de pescado junto al hospital, desde hace un año también venden libros por lo que podría decirse que ahora se trata de una pescabrería.
Los pacientes entran y salen. En la esquina está la óptica y, justo al lado, la pescabrería.
Tiene una entrada amplia: con escalera y rampa para minusválidos.
Ya desde el primer escalón huele a frío con un fondo de pescado. Y, al final de la rampa, está la mesa de los libros.
Como en todas las librerías, hay libros buenos y malos. Espero que no pase lo mismo con el pescado.
Me quedo con dos libros y voy a pagarlos.. Mientras espero, veo las cajas con filetes de merluza, gambas argentinas y rodajas de emperador. Un cliente se ha llevado cinco kilos de atún.
-¿Quién es el dueño de estos libros? - le pregunto a la dependienta intentando apoderarme de una historia: un muerto en familia, un hombre que ha decidido no leer más, una ceguera de instalación abrupta.
Su respuesta es cuando menos glaciar.
-Son de mi jefe. Él los compra y los vende.
-Se ve que le va bien - digo por decir algo.
Ella no responde y me da el vuelto. Además, ha agarrado los libros y anotado sus códigos en una lista cuadriculada.
Cuando me regresa los libros, siento la contraportada húmeda de uno de ellos. Se trata de Cinco horas con Mario, de Delibes.
No lo hago mientras estoy en el local pero, una vez en la rampa me llevo la mano derecha a la nariz: lo sabía, huele a pescado.