24 feb. 2016

Quehacer del médico que escribe



Seguramente le sucedió a Alfred Döblin, a Antón Chéjov o a William Carlos Williams. Un poco menos a Carlo Levi y Pío Baroja, que medicina estudiaron pero ejercieron muy poco. En verdad puede pasarle a cualquier médico que compagine el cuidado de sus pacientes con la creación literaria. No sólo a los grandes y famosos, sino también a los pequeños y desconocidos ya que, al margen de la insípida división del saber en números y letras, literatura y medicina son ejercicios afines, pulseras que pueden convivir rodeando una sola muñeca sin rencillas ni problemas. Pudo haber sucedido y sucede todavía porque el paciente también conoce a su médico. Antes de acudir a la consulta, el paciente indaga, pregunta, busca. Equivale a la formación del médico antes de toparse con su patología. Durante el encuentro, también el paciente realiza su exploración: observa y ausculta aunque no registra en la historia. Luego, tiene en la casi totalidad de los casos la firma del médico, su nombre por complicado que sea, y en ocasiones no se resiste a introducirlo en google. A partir de allí, elabora su hipótesis, hace un diagnóstico y propone tratamiento. En ocasiones es solamente una pregunta que formula en el siguiente encuentro: “¿Usted es el médico que escribió el libro sobre…?” Allí el diagnóstico es apenas impresión, todavía no es juicio. El paciente duda y se enriquece al hacerlo. Piensa en la posibilidad de la homonimia, en que el escritor sea un primo del médico y no el médico mismo. No se deja convencer por la foto borrosa del periódico. En otras ocasiones, cuando la seguridad impera, el paciente arranca el coche desde la tercera: “A mí también me gusta escribir”. Un encuentro de este tipo no tiene por qué ser cien por ciento agradable. Por eso y porque definitivamente altera el encuadre, la ortodoxia lo recomienda fuera de la consulta. Mucho más si, para hilaridad del enfermero, la presentación es seguida de una recomendación: “¿No ha pensado en la posibilidad de acudir a un taller de escritura? Le ayudaría mucho”. Hay también una versión bonita en que a partir del mutuo reconocimiento se produce un intercambio de ideas o, ya que la escritura comienza como un ejercicio de lectura,  de fuentes bibliográficas. “El escritor del que hablo es una maravilla”, recomienda el paciente y el médico coge nota para, un mes después, con el libro definitivamente cerrado sobre la mesa de noche, agradecer la recomendación. Otra posibilidad, a pesar de ser literaria, no incluye palabras. Para bien o para mal, los ojos del paciente contienen el diagnóstico, pero su boca no lo pronuncia. La consulta es una película sin suspense: se trata de un espacio al que médico lleva su técnica, su saber y (el paciente lo sabe bien) su mirada (su herida) literaria.

21 feb. 2016

Club de lectores busca



(de la prensa de hoy)
Club de lectores (atléticos, buen rollo, inmejorable compañía, excelente conversación, gran capacidad de comprensión, con más de diez horas a la semana de actividad lectora) busca escritor (interesante, prometedor o ya consolidado, pero fundamentalmente sano) para actividad literaria a realizar en ambiente privilegiado (buen rollo otra vez, en medio de la naturaleza, con vistas a ciudad importante y al Mar Mediterráneo, excelentes vinos y mejor atención) en las próximas semanas. 
Debido a que nuestros tres últimos invitados han fallecido en los días previos a la actividad señalada (uno por accidente de tráfico, otro en la la silla del odontólogo sin que se le conocieran antecedentes alérgicos y el último por infarto al miocardio) generando así grandes pérdidas materiales (programación y anulación de la actividad, alquiler de espacios, publicidad, catering y cata de vinos) y espirituales (lectura de la obra, sesiones de estudios, preguntas no formuladas, sensación de vacío y duelo al conocer la noticia del deceso), los escritores interesados deben enviar junto a la nota biobibliográfica copia de informe de reconocimiento médico* realizado en los últimos tres meses y  nota certificada declarando ser no fumadores o ex-fumadores durante por lo menos cinco años y no consumir más de quince unidades de alcohol a la semana.
Esperamos de esta forma contribuir a mejorar el estado de salud de nuestros escritores, manifestamos que gustosos atenderemos todas las solicitudes que sean enviadas si las postulaciones cumplen los requisitos mencionados previamente y, aunque sabemos que ninguno lo piensa, nos reafirmamos en la idea de que nuestro club no tiene nada que ver con la muertes sucedidas ya que sólo habíamos sostenido conversaciones telefónicas o intercambio de e-mails y mensajes de whatsapp con los tres autores en cuestión .
Animaos ya. Os estamos esperando. Venga. No seáis cobardes. Juntos podemos revertir esta macabra tendencia con la que, a pesar de lo que insinuado por los otros clubes de lectura, nosotros no tenemos nada que ver.

* El informe ha de incluir resultados de analítica (hemograma, bioquímica y coagulación), copia de electrocardiograma y de informe de prueba de esfuerzo, curva espirométrica e informe de bodytac, realizadas todas estas pruebas en los últimos tres meses. La analítica ha de contener perfil lipídico, función renal, transaminasas hepáticas, hemoglobina glicosilada en caso de padecer diabetes mellitus, CEA y  PSA si el escritor es de género masculino y su edad es mayor de cincuenta años. 

15 feb. 2016

Kalalú


Es menester que los amigos de un escritor publiquen libros: la mayoría son escritores. Cuando los libros son buenos, apetece reseñarlos y  a menudo se imposta una voz con pretensión objetiva que intenta convencer al lector de la maravilla encontrada.
Esta vez no puedo hacerlo porque se trata de Juan Carlos Méndez Guédez, mi amigo, mi gran amigo, cuya novela, El viaje de Madame Kalalú, ha sido recientemente editada por Siruela. En sus páginas, no sólo encuentro un libro magistral que me permite conocer un personaje, Emma Sáez, quien como si fuera hija del gran Fregoli cambia permanente (de nombre y aspecto), viaja sin parar a lo largo y ancho del mundo, destruye y construye fortunas, crece y se multiplica, sino que también me paseo por la amistad prolongada con Juan Carlos.
El escritor  lleva más de veinte años haciendo viajar sus personajes. No hay historia de Juan Carlos Méndez Guédez que comience y termine en el mismo continente. Sus personajes no paran y, de un avión a otro, desconocen la posibilidad del siniestro aéreo. Eso desde El Libro de Esther que en 1999, en el siglo pasado, publicara Lengua de Trapo. Pero mucho más en las tres últimas novelas: Chulapos mambo, Los maletines y El viaje de Madame Kalalú. En esta última, Emma Sáez se confiesa ante una monja en estado vegetativo: le dice que fue bailando cómo descubrió su poder transformista y a partir de él cómo puede hacer desaparecer una obra de arte de su locación original en Noruega y, sin moverse de la silla, sólo haciendo una o dos llamadas telefónicas, hacerla aparecer en El Prado. Es un prodigio la novela. Suave y profunda, llena de sentencias que desvelan la gran inteligencia del autor: un escritor que ha crecido tantísimo, que se ha hecho mayor, verdaderamente grande, en este momento uno de las mejores referencias de la literatura hispanoamericana.
El amigo, Juan Carlos, es mi amigo de siempre, mi hermano grande. No ha cambiado, desde que lo conocí hace veinticinco años siempre está allí. Él para mí, para lo que yo necesite. Y yo para él: es el hermano que la literatura me ha dado.

8 feb. 2016

Hacia una comprensión patológica de la literatura

No es maníaca la emoción literaria. No figura en el DSM, tampoco en la CIE, ni en la IX ni en la X. No  es posible saber de ella buscando en el índice del Harrison, tampoco en el Vademecum. Y, en una historia clínica informatizada, ni siquiera haciendo trampa sería posible introducirla. Igual que el (des)amor, la emoción literaria no cabe en ninguna de estas listas. No está, es imposible encontrarla. A priori, parece demasiado sencilla la respuesta si acaso su ausencia ha generado alguna pregunta: no es patológica, la emoción literaria no es patológica, no tiene por qué formar parte de estos elencos taxonómicos, ni de los viejos ni de los que vendrán. Además, es egosintónica: porque si no fuese así bastaría con cerrar el libro, salir al jardín y podar las palmeras. Y, ya que ha quedado demostrado que el miedo que las novelas de caballería generaban en la sobrina y el cura amigo de Don Quijote era infundado, sabemos que no es dañina. Pero que nadie diga que es normal aunque para algunos resulte frecuente. No puede ser normal tanta maravilla, tanto goce. Que una persona sienta que su pensamiento se multiplica en o por las quinientas páginas de una novela es un milagro, es el milagro literario. Páginas, universos que se abren ante nosotros y nos permiten ingresar en ellos. Miradas convertidas en letras que nos seducen a cincuenta centímetros de nuestra presbicia. La posibilidad de creer que somos capaces de incluso mejorar el desenlace en un arranque taquipsíquico que nunca se concreta. “Así es la literatura”, podríamos decir a viva voz. En efecto, así es: absoluta y complementaria al mismo tiempo. Con la ventaja de que es posible gozar siempre de su compañía. Desde los cuentos revelados en la primera infancia hasta los que nos puedan leer más allá del deterioro cognitivo. La literatura, en forma de lectura o de escritura, se ofrece para acompañarnos siempre con emoción e inteligencia. En lo bueno y en lo malo. En la salud y en la enfermedad. Muy mucho en la enfermedad. En la montaña, en la playa y en el desierto. A través del libro o del e-book. Sólo la medicina, el amor y la música pueden ufanarse de cubrir un espectro tan amplio, pero con la literatura no hay régimen laboral, no hay guardias nocturnas ni complementos extraviados. No hay ni siquiera desengaños, tampoco promesas. ¿Sólo emoción y pensamiento? También palpitaciones, ciclotimia, exoftalmos, insomnio o hipersomnia, cérvicodorsalgia, rizartrosis quizá. Literatura pura, nada de patología.