21 abr. 2016

La lectora ideal


Cuando aparece la lectora ideal, la escritura sigue siendo la misma pero la vida cambia.
Ella te da origen  y sentido.Te protege con sus ojos y cada página que pasa es una caricia en en las sienes. Te enteras de sus comentarios. Si tienes suerte los escuchas de su boca. Si es el mejor día de la vida, estás sentado frente a ella: la puedes ver y tocar, quizá la hueles.
"Entendí lo que publicaste ayer, yo siento lo mismo", te dice y tú sonríes porque cualquier cosa que haya podido leer la escribiste para ella. Pensando o sin pensar, pero para que la leyera ella. No era una carta de presentación. Era toda tu vida preparada para que cuando ella la visitase palabras y registros se mostrasen lentamente y fuese posible escoger y comenzar. Aquélla fue la tristeza que querías que conociese. Ésta la alegría. Ya hace mucho tiempo, aquella rabia: quizá no la vuelvas a sentir más.
"Menos mal que viniste", te atreves a decirle.
"Estaba pensando lo mismo", asiente ella.
A partir de ella, la escritura sigue siendo lo que era. Buena o mala, regulera. Pero tú vas feliz, contento porque aquello que haces tiene destino. Te sientes generoso e incluso te permites pensar en los colegas escritores. Premiados, superventas o suplicantes ante los editores. Calma, calma, calma. Todos tenemos una lectora ideal. Ya aparecerá la vuestra.

18 abr. 2016

La lección de Eco



Dos días antes de su muerte real, soñé que Umberto Eco moría bajo la sombra infinita de una morera. El detalle cronológico me permitió adelantar a todos y, cuando se abrió su testamento, yo ya estaba organizando, siempre en el sueño, unas jornadas en su honor. De un lado estaban los peces, que defendían el valor de El nombre de la rosa. Del otro, los cartílagos. Yo era uno de éstos a pesar de lo mucho que en su momento disfruté la novela y su película. Defendíamos los ensayos, la idea de que la mayor contribución de Eco se encontraba en sus ensayos, no en su narrativa, tampoco en sus recomendaciones para terminar la tesis. De hecho estaba a punto de leer un texto sobre Dolenti declinare cuando, de repente, anunciaron la prohibición. Primero sonó una trompeta. Luego la voz de un gigante: en su testamento, Umberto Eco solicitaba  que en los próximos diez años no se promoviesen homenajes ni celebraciones en su nombre o memoria. Aunque tenía cuarenta y ocho horas de ventaja y el percal todo vendido suspendí la programación y esta vez fui yo quien fue a reposar bajo la morera. Sin morir, claro, pero tampoco sin despertar. No había siquiera roncado cuando una hoja cayó sobre mi cabeza y, al cogerla, vi que traía mensaje: “quizá dentro de diez años nadie sepa quién es Umberto Eco”. Mira qué morera más sabia y estudiada. Una morera lectora, admiradora de Eco. Una morera universitaria.  “Y no tendría nada de malo”, agregó un gato que suele merodear esos terrenos esperando pájaros y ratones. Del gato sé que no es sabio y que nunca ha pisado la universidad. Es un holgazán empedernido. Habla por hablar y si esta vez acertó fue casualidad, pura casualidad. Fue entonces cuando comprendí que me había adelantado un poco y que, para organizar el evento, debía haber esperado por lo menos treinta y dos días. Mis cuarenta y ocho horas, que inicialmente eran ventaja, se convirtieron en desventaja: qué pena. Pero mejor todavía: entendí que la literatura no tiene nada que ver con homenajes ni actos, que no se escribe ni se lee para trascender, que nada o muy poco trasciende y, si lo hace, no depende de la intención primigenia. Que se escribe para disfrutar y comunicar. Umberto Eco, el hombre que lo sabía todo, lo dijo, lo quiso decir en su testamento.

12 abr. 2016

Lo que es capaz de hacer la compañía de trenes


Gorda y ávida que es, la compañía de trenes me maltrata y me hostiga. Me atosiga. Llega tarde a todos los encuentros. Me hace esperar. Me obliga a llegar tarde. Me somete a infinitas sesiones en su interior, siempre usando absurdos pretextos. Se inventa usuarios estrafalarios para que me hagan compañía.
Impresentable y absurda.
Mentirosa.
Perversa.
Me ha obligado a pasar junto a cadáveres, incluso una vez sobre ellos
Me ha multado.
Bruja.
Ridícula.
El otro día amaneció con la puerta cerrada.
Estrecha.
Luego se presentó en forma de autobús. ¿Cómo puede una compañía de trenes disfrazarse de autobús?
Falsa. Hipócrita.
Para subir al autobús fue necesario esperar que bajaran los borrachos.
Perdida.
Y, cuando subí, me detuvo la bocanada etílica.
Borracha perdida.
El interior del autobús parecía la tripa infinita de un burdel, repleto de piernas que dormían la mona, de bocas que eruptaban y de vez en cuando maldecían. Estuve a punto de bajar pero una mano amiga me detuvo.
-Siéntate allí, Slavko.
Pude finalmente sentarme en el asiento plegable del revisor, yo que no reviso ni los textos, apenas a diez centímetros del parabrisas, como para que me matara.
Malvada.
Hoy incluso el tren paso de largo frente a mi estación. Para que yo no me bajara.
Manipuladora.
Y yo no pensaba decir nada, ni siquiera quejarme.
Fue entonces que vi la chaqueta del imbécil que iba sentado a mi lado.
Era una chaqueta normalita, ni muy usada ni poco, normal de abril, abrileña.
Pero a la altura de los hombros tenía cosido un escrito.
"Skinhead catalans". Esa mierda era lo que decía. Y el tipo con el coco medio pelado y los rasgos gruesos, como un buen skinhead que se odiaría a sí mismo si le fuera posible verse.
Entonces, luego cambiarme de asiento, claro, no vaya a ser que.., entonces fue que arremetí contra la compañía de trenes.
Estúpida, ¿acaso es necesario hacer todo esto para que te escriba un cuartiento?

5 abr. 2016

Intervenidos


Armado de lámparas y pinceles, el fotógrafo de mi infancia, todo un adelantado de su tiempo, logró darle un carácter borroso a las fotos que (se pretendía) registrarían los primeros gestos de mi vida y la de mi hermana. Por su culpa y por los años que han pasado desde entonces, el recuerdo que tengo de esa época es difuso e impreciso como un sueño. En él, las fronteras no existen, los bordes se pierden y la cortina del fondo de su estudio (que era verde, bien lo recuerdo), cambia permanentemente de color y se convierte en mar,  cielo o montaña según el estado de ánimo (¿la inspiración?) de las manos que habían alterado la realidad, eliminándola casi, haciendo prácticamente inútil el uso efectuado de las que entonces eran las cámaras fotográficas más modernas de mi Valencia natal. Consecuencia de su pasión intervencionista, fueron dos cosas. En primer lugar, el rumor de que sus fotos no eran tales sino retratos ya que (se dijo una vez y mucha gente lo creyó así para siempre) para ahorrar dinero la cámara carecía de carrete y su trabajo era pictórico, no fotográfico. En segundo, unos lunares en las mejillas y el cuello que nos regaló en su obra a mi hermana a mí y que, sin que sea necesario decir cómo, mis hijos han heredado realmente. De esos lunares quería hablar hoy. Por años han sido importantes para la familia y los niños mismos. Cuando mi madre llama, pregunta por ellos, no por los niños. Cuando los despierto los fines de semana, lo primero que hago es ver sus lunares. El dermatólogo los controla semestralmente y en ellos también se ha fijado el fotógrafo del colegio. "Qué lunares más guapos tiene tu hijo", me dijo cuando el mayor iba a primer grado. Este fotógrafo es un genio del retoque, un portento del photoshop, del photoscape y del paintshop. Si no acude la mitad de la clase a una sesión de fotos, es capaz de hacer la foto con la mitad presente y, a los dos días, presentar la imagen con la clase completa. En sus fotos, quien estaba sentado aparece de pie, quien llevaba una camisa de cuadros aparece con una camiseta del equipo de fútbol y así. Contrario al fotógrafo de mi infancia, éste sólo persigue la realidad, la reivindica y, si ésta no aparece, la justifica y la presenta. Nada de sueños ni de líneas borrosas. El otro día se lo dije y le conté cómo un fotógrafo in(ter)ventor hizo que en nuestra familia aparecieran unos lunares. No le pareció bien ("Podría ser una enfermedad, con eso no se juega", dijo antes de hundirse nuevamente en su despacho) y, a los dos días, nos llegó a casa un sobre del colegio con una nueva versión de la fotografía de las clases de los niños. Son las mismas fotos, los mismos niños, idénticos profesores. La única diferencia es que en ellas mis hijos no tienen sus lunares. Mago que es, el fotógrafo del colegio los ha borrado y yo, por un momento, pensé que el cambio sólo sería posible en las fotos, pero debo admitir que no es así: en la piel de los niños ahora no hay ninguna marca, ni lunares ni cicatrices, y nadie en la familia los nombra, como si nunca hubieran existido.Incluso han desaparecido los lunares de las fotos primigenias, mías y de mi hermana. El trabajo de estos fotógrafos es completo, casi perfecto, y de nuestros lunares (míos, de mi hermana y de mis hijos) sólo queda huella en este cuartiento.