24 may. 2016

Perro bueno al final de la jornada



Para no atropellar un perro
la ambulancia frena
bruscamente.

Sin pretenderlo
el pobre animal
lo ha paralizado todo.
y la rotonda parece congelada
como si un ovni hubiera caído
sobre el corazón del paciente
transportado.

Mientras
el perro decide dónde ir.
Si a la izquierda
llegará a la playa
pero a la derecha
está el barrio del puerto
El Grau en valenciano.
Allí vivía hasta hace muy poco
Joan Baptista Campos
médico de ambulancia y medritor.

Perro bueno.
Por eso se detuvo
al ver la ambulancia.
Por eso dudó.
Por eso estuvo a punto
de morir.

17 may. 2016

Pescabro de quien espera




En la venta de pescabros, escogí uno. No tenía escamas ni caratula. Intuí que era un pescabro, pero he de reconocer que parecía una agenda. Fui a pagar y mientras la cajera apuntaba la referencia, me atreví a decírselo.
"Mitad libro, mitad pescado".
Sus manos con olor, con inevitable olor, me devolvieron el engendro.
En su mirada, creí leer una pregunta: "¿Será éste el hombre que dice que yo soy una pescabrera?"
No intenté responderle. Salí del local y, ya en la calle, en lugar de meter el libro en la mochila nueva, lo abrí al azar. 
No era una agenda, sino más bien un cuaderno de anotaciones. 
En la página abierta junto al Parque Ribalta había un poema, "Pescabro de quien espera":

Quien espera
se activa
cuando recibe 
el mensaje
señalado

No se despereza
ni se mueve lentamente
sino que
todo lo contrario
corre y se desboca
como si todo lo esperado
formase parte de la carrera

Por eso parece que ama más
que corre más
que vive más 
rápido.

Pero simplemente ama cuanto soñaba durante la espera

Corre con la perfección que había planificado
cada gesto cada movimiento
durante tantos años de amor
Infinito y secreto.

Cuando terminé de leerlo, era yo quien parecía un pescabro. Por eso fui a cortarme el pelo en la barbería de Mohamed Jabri, el mejor barbero de Castellón


11 may. 2016

Novelas

Lo decía Enrique Vila Matas el año pasado al recibir su merecido premio en Guadalajara. La novela no va hacia donde él, un escritor que la ha intentado refundar como si de un corazón se tratase, creía. Se le pueden abrir nuevos atrios y ventrículos al corazón humano, es el secreto de la vida. Pero con la novela habría pasado algo que la ha desterrado de los caminos de la cardiología sentimental: le ha pasado que no le ha pasado nada.
En esos mismos meses, un amigo mexicano también novelista, Carlos Velázquez, hablaba de las novelas con ketchup. Según él, vivimos una época en la que todo el mundo parece tener una novela bajo el brazo y el que no la tiene se la manda a hacer como antaño los vestidos.
Ninguno de los dos se equivoca y es por eso que mi memoria no los deja tranquilos y los recuerda a pesar del tiempo transcurrido. Ambas versiones son ciertas y cada vez se publican más novelas en las que no pasa nada a excepción de su anécdota y el tiempo invertido por el lector en leerlas. Los personajes se mueven, dicen barbaridades, pero la novela no camina. Permanece detenida como si se le hubiese acabado la gasolina. El problema no es un problema, es una perogrullada: se editan las novelas que se  venden y se compran las novelas que se editan. El editor ha aparcado el afán cultural, el que nos mantiene vivos, y justamente quiere recuperar el dinero. Por eso, cortando por lo bajo, editores y lectores comparten gustos y cada vez abundan más las novelas planas, fáciles de leer, lineales, como las películas que se pueden ver con un ojo cerrado. Pasa lo mismo con la fruta del supermercado. Está allí, fácil de comprar. Es bonita, simétrica, cada una igual que la otra, como si las hubiesen hecho con un molde, pero el plátano sabe igual que la manzana.
Por eso cada vez hay más novelas y frutas. Con la novela no pasa nada y la fruta no alimenta. Ninguna de las dos tiene sabor. A mí en cambio, como lector y escritor, me sigue gustando la fruta con asperezas y de mirada torcida. La fruta rara. Como las novelas de antes, las que ahora se venden poco.

6 may. 2016

Misa en clave de gol



El ruido que venía del interior de la iglesia era ensordecedor.
Pensé quizá que el cura bautizaba el niño de una familia no creyente y que por eso aprovechaba para descargarse. Imaginé a los padres cabizbajos y la abuela materna a punto de iniciar una protesta. Pensé también, pero lo descarté inmediatamente, que la iglesia se había convertido en una sala de cine y los vecinos se congregaban en ella para ver el sorteo del campeonato de fútbol.
Continué caminando y, treinta segundos después, mi confusión aumentó porque a través de la ventana del bar pude ver que junto a la barra estaba el cura viendo precisamente el sorteo del campeonato.
No pude entonces reprimir mi curiosidad y regresé hacia la iglesia. Hice una cosa que en los últimos veinte años solo he hecho cuatro veces: cuando me casé y en el bautizo de las tres niñas.
Abrí la puerta y entré. En el primer banco tres ancianas estaban sentadas frente a un televisor gigantesco que reproducía la misa. De allí venía el ruido que se escuchaba al pasar frente a la iglesia.
Las ancianas parecían extasiadas. Yo permanecí viéndolas por lo menos un minuto, sesenta segundos en los que seguramente el sorteo futbolero terminó porque también pude ver cómo el cura entraba por la sacristía, apagaba el televisor y bendecía a las señoras.
La misa habia terminado