27 feb. 2017

¿Qué tienen en común medicina y literatura?


Todo o nada según se quiera. Si continúo escribiendo, va a ser todo. Y está bien que lo sea. ¿Acaso hay libro más hermoso que el que acompaña a un enfermo en su lecho? Seguro que no: ésa siempre es la primera imagen que me asalta cuando intento relacionar estos dos conceptos.
Un poco más allá de la superficie, desde hace años creo sinceramente que ambos saberes, el médico y el literario, pretenden abarcarlo todo, que ambos cubren la vida y su esperanza como dermis y epidermis. Por ello coinciden, porque se superponen.  Por eso eran médicos y escritores François Rabelais, Arthur Conan-Doyle,  Anton Chejov, Pío Baroja, Alfred Döblin, William Carlos Williams, Mijail Bulgakov y Oliver Sacks. Tampoco es casualidad el brillo literario de algunas novelas de tema médico como La Montaña Mágica o El Doctor Arrosmith. O la maravilla de una novela médica escrita por médico: Berlin Alexanderplatz. Alfred Döblin, su autor, admitió que ella no habría sido posible sin su trabajo como médico psiquiatra en un centro de observación de delincuentes. Nuevamente, literatura y medicina. Ambas, superpuestas entre sí y sobre la vida del hombre, pueden ser contenido y recipiente.
Pero no sólo de eso se trata: está dos áreas tienen más qué ver entre sí que la carpintería metálica y el comercio de aves a pesar de las jaulas. Aquí no se trata de hacer medical fusion y encontrar relaciones con la cocina y la ingeniería aeronáutica, que alguna debe haber y será respetada.
Propongo entonces buscar otro saber, otra práctica disciplinar que pretenda abarcarlo todo. Lo admito, estoy haciéndome trampa a mí mismo a ver qué pasa. Si, ahora que están de moda y han demostrado que también pretenden cubrirlo todo,  si elegimos como contendiente las series de televisión, si intentamos sustituir la literatura por ellas, ¿acaso el discurso sería el mismo? Hay igualmente médicos que han participado en ellas. Recuerdo el caso de Michael Crichton que contribuyó a diseñar Emergency room. Hay además varias series que suceden en hospitales y también hay muchas otras que tienen la enfermedad como eje: Breaking bad, The boss, Los Soprano, por solo nombrar algunas. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué la literatura pretende un trato de favor si la comparamos con las series?
No desespere, querido lector. Tengo la respuesta. La clave está, vuelve a estar en la medicina y en el objeto que la ocupa: la vida, la salud del hombre. Es el objeto de su estudio el que hace de la medicina una ciencia que debe esforzarse para resultar apodíctica. Por ello en alguna escuela se enseña que la medicina no es una ciencia sino un arte. Nada de arte, ciencia es aunque no siempre exacta. No lo digo yo, lo advertía Immanuel Kant.  Y si bien la literatura también erige un puente entre la medicina y el arte, fundamentalmente vincula el saber médico con la filosofía, la madre de todas las ciencias.
Ése es su aporte más importante: a través de la literatura, la medicina regresa a la filosofía. Estas dos señoras superpuestas, medicina y literatura, están juntas incluso en esta encrucijada del camino como fue demostrado entre los siglos XVIII y XIX por los actores de la Naturphilosopohie, aunque eso, claro está, es otra serie. Perdón, quise decir cuartiento.

8 feb. 2017

¿Jarditor o escrinero?



En los días sin pacientes, no renuncio a la medritura fundamentalmente porque en ella he encontrado productividad y sosiego. Mejor todavía, en esos días tengo más tiempo para decir y escribir que quien es medritor sigue siéndolo siempre: cuando escribe, cuando lee, cuando se encuentra frente al paciente y cuando no tiene nada qué hacer. Sin embargo, si el día es muy de andar por casa reconozco que además de leer y escribir la única cosa que me apetece es limpiar el patiecito, como escribía Ramón Palomares. Cortar el césped, podar los árboles, barrer las hojas son actividades que me producen placer y, cansancio permitiendo, me invitan a escribir. Para mí entonces, cuidar la tierra es de alguna manera una actividad literaria. Por Palomares, que limpiaba el patiecito. Por William Faulkner, que ante los funcionarios del censo americano se presentaba como agricultor. Ellos, obviamente, encontraron ventajas haciéndolo o escribiéndolo. Yo tengo claras las mías. La más obvia, dar el esquinazo a los jardineros ladrones. ¿No dicen los terapeutas familiares que todo se sostiene sobre lo económico? La principal en todo caso es que la naturaleza y sus elementos son todavía una de las pocas verdades a las que es posible asirse. Los mercados no engañan al viento y el agua no le hace caso a Internet aunque ésta pretenda lo contrario.Por eso tiemblo y disfruto con la azada y mis tijeras, incluso con el cortacésped y la motosierra. Cuando estoy lleno de tierra y sólo quiero ducharme para sentarme a escribir, la única duda que albergo es cómo debería llamarme: ¿jarditor o escrinero?