Otro modelo es el cuidador informal: alguna vez pretendió estudiar medicina o quizás no, pero de tanto cuidar a su pariente cree que lo sabe todo sobre la enfermedad y cada vez que se encuentra frente a un médico (especialmente si se trata de un especimen joven) intenta apabullarlo con su saber y su maltrato. El paciente también puede ser un médico frustrado e incluso el mismo médico: este último en la fase formativa y al final de la carrera fundamentalmente. De estos últimos recuerdo un oftalmólogo que justificaba su desidia en la convicción, adquirida al terminar la universidad, de que nunca ganaría el Nobel de medicina.

Cuando eso suceda, que sucederá pronto, volveremos a leer el Fausto de Goethe: refiriéndose al médico decía "no quisiera tal vida un perro". Es una verdad absoluta y, aunque no es así en el planteamiento original, el de Goethe, seguramente ahora ese desdén estaría relacionado con las noches sin domir, la presión asistencial, las secreciones y la batalla mayormente perdida frente a la muerte. Pues aunque parezca imposible la vida del médico frustrado es mucho peor.











