15 abr 2020

Covid Alejandro







No podría asegurar que en estas semanas ha nacido un niño a quien sus padres han llamado Coronavirus. Pero si hablamos de Covid la situación sería absolutamente diferente. Claro que sí. Sin necesidad de evidencia, lo aseguro. En el registro civil de Manila, Sao Paulo, Moscú, Maracaibo y Cali están siendo presentados en este momento varios recién nacidos con ese nombre. Covid Alejandro, Covid Ernesto, Covidia Virginia. Ellos son apenas el aperitivo de lo que sucederá a finales de año. Producto del confinamiento el mundo se llenará de ellos y también de Confinados, Confinadas y Cloroquinas. Cuarentena María quizá sea uno de los nombres compuestos que más se escuche en los paritorios en diciembre de 2020. Estos niños crecerán a pesar del drama que su nombre invoca. En veinte años ya comenzarán a aparecer en los periódicos. La primera en hacerlo será Covidia 17, una estrella musical de breve pero impactante carrera. Habrá también un dramaturgo precoz, asunto que no deja de ser interesante ya que revela que en 2040 todavía se representará teatro novel. Algún jugador de béisbol también habrá y dos de fútbol. Progresivamente irán haciendo sus vidas, muchas sin publicidad ni estrellato. Médicos, fontaneros, panaderos, dependientas de tienda, taxistas y asesinos a sueldo. Cuando muestren el carnet de identidad o sus tarjetas de presentación harán llorar a los memoriosos más sensibles. En Colombia, Covidia Patricia Rentería será en año 2057 candidata a la Alcaldía de Bogotá. Perderá, pero tres años más tarde será elegida presidenta del país todo. Más lentamente, un publicista mexicano, Covid Alejandro Villoro, después de dos intentos autolíticos hará carrera en los organismos internacionales y en el año 2075 alcanzará la Presidencia de la Organización Mundial de la Salud. Dos años después, en un gesto de justicia poética con sus orígenes y su trayectoria, la disolverá. Se habrá acabado entonces la OMS. Pocos de nosotros lo veremos y, si es posible hacerlo de antemano, desde ya lamentamos que tenga que pasar tanto tiempo para que todo el mundo sepa que la OMS sirve para tan poco, que apenas es un desván olvidado en el que se acumulan burócratas y médicos de carrera insípida y escrúpulos diminutos, que podría ser el primer decreto del Covid que mañana nacerá en Cachemira y que, dada su inutilidad, si desapareciera ahora mismo, no lo lamentaríamos. 

4 abr 2020

Por si acaso no volvemos a besarnos




Me voy a la cama con las peores imágenes y sensaciones del día en la cabeza, relacionadas con la pandemia actual. Para tranquilizarme, recurro a dos detalles buenos que logro recordar. El primero, un hombre junto a la estación de trenes. Vestía una chaqueta cuya espalda estaba decolorada por franjas y, grapado sobre estas últimas, un cártel: “Balmis”. Es necesario explicarlo. En España, la Unidad Militar de Emergencias ha prestado un invalorable servicio pulverizando calles, estaciones de tren, hospitales y paradas de autobuses con lejía. A este servicio (y otros añadidos alrededor de la evolución de la pandemia) le han llamado “Operación Balmis”. Francisco de Balmis y Santander fue un médico militar del siglo XVII que, entre otras cosas, proyectó y ejecutó el transporte y difusión de la vacuna contra la viruela en las colonias españolas utilizando como medio de transporte niños huérfanos en un viaje que ha sido novelado por Julia Álvarez y Javier Moro. No puedo asegurar que su biografía fuese conocida por el hombre de la chaqueta decolorada, pero sí que este se había sentado en un banco público un momento después de que la UME pasara y, en vez de llorar la chaqueta perdida, decidió quedársela como recuerdo del coronavirus, la UME y la “Operación Balmis”.

A partir de ello, recuerdo un par de chicos que vi a cien metros de la entrada del hospital. Se notaba en ellos la alegría de encontrarse. Normalmente se habrían abrazado y dado dos besos. Los codos parecían querer despegarse de las costillas y las mejillas se veía que luchaban por contener el gesto de aproximarse. Mejilla contra mejilla. Labios y saliva contra mejilla. Saliva que ahora consideramos microbiana, como si nunca lo hubiéramos sabido. Prefirieron mirarse tiernamente y compartir palabras dulces. Él preguntó: "¿Volveremos a besarnos? ". "No lo creo", respondió ella. Yo tampoco. En ese momento estuve convencido de que una de las cosas que se llevará el coronavirus será el beso social, pero eso ante tanta tragedia y destrucción es una tontería. Dolorosa e importante sí, pensé antes de conciliar el sueño, pero una tontería.