20 ago 2011

ENCUENTRA EL AMOR: LEE CUARTIENTOS

El odontólogo ha curado la boca de mi amiga en las últimas semanas, pero ella quisiera algo más. Por eso, mientras comemos, cuenta de las palpitaciones que la agobian cuando su rostro se aproxima al de ella con afán exploratorio.


-Un buen odontólogo es como si fuera un Kama Sutra -dice un amigo procaz que comparte la tertulia.


Ella suaviza el asunto y habla con emoción del sentimiento que la ha acompañado en las últimas semanas.


-Es que parezco una quinceañera y, antes de ir a la consulta, me pruebo diez vestidos.


El amigo procaz hace ahora referencias literarias. Habla primero de Hollywood. Luego recuerda un cuento de Israel Centeno, lleno de sexo odontológico, y finalmente alguna escena de "Tamaño Natural", la película de Berlanga: cuando Michel Piccoli sienta a la muñeca en el sillón.


Mi amiga lo mira despavorida. Sólo quiere una solución que le permita acercárse y quitarle dientes a la relación. Llueven las ideas.


-Díselo simplemente -proponen las amigas.


-Regálale una botella de champagne en la última visita. O un libro de poesía.


-Nada de eso- dice el procaz -. Haz el amor antes de ir a la consulta. Ël te pedirá sexo inmediatamente. No falla.


A mi amiga no le gusta ninguna opción. Lo veo en su mirada. Quizás por eso escucho mi propia propuesta.


-Dile que visite "Cuartientos". Yo me encargo del resto.


Sus ojos ahora brillan, se emocionan: agradecen la escritura de un cuartiento, de un cuartiento de amor.




14 ago 2011

Dos (cuar)tientos

COMIDA MATERNA



Se marchó la mujer y te hartas de comer comida materna. Se acabaron los spaguetti, la pasta, la lassagna, el gatò di patate. Bienvenido al reino de la arepa, la hallaca, la ensalada de gallina y el dulce de lechoza, conseguido casi de contrabando. Esto no puede durar mucho. Eres lo peor, la mierda del mundo, lo nunca visto, lo inimaginable. Come entonces, aprovecha, límpiate la baba. Tonto del culo, estúpido. Dentro de poco volverá el ministerio de justicia y gastronomía y todos te leeremos comiendo carpaccio, relamiéndote los labios, escribiendo textos que no sé por qué llamas cuartientos, diciendo que la comida de tu mujer es la mejor comida del mundo. Imbécil. No tienes, ¿sabes qué?, personalidad.




LA JOVEN DOCTORA
Como una niña sin padres, que ha ganado recientemente la primitiva, la joven doctora va y viene, mueve las piernas, se agita y grita, reclama, ordena, camina y atiende, siente que puede curarlo todo, hacerlo todo, destruirlo todo.
Nada le es ajeno, tampoco indiferente. Es niña, es doctora, es primitiva y hace apenas dos días, convirtiéndose en especialista de urgencias, ha ganado la lotería.



Lo que nadie sabe es que permanentemente escucha una sirena de ambulancia.
Incluso cuando en la mitad de una guardia entra al baño y enciende la luz, una ambulancia la persigue generándole miedo, mucho miedo.
Por eso corre y grita, se agita y maltrata.


Es, en fin, muy joven.
La joven doctora.









5 ago 2011

Colector de eses


-Es necesario recoger las heces -indiqué como médico de urgencias mientras atendía una diarrea. Al rato los vi -eran padre e hijo- en el patio del hospital atrapando volutas de humo en una bolsa de plástico.
El padre fumaba y el hijo intentaba atrapar las volutas más delgadas.
-Atrapamos las eses -me dijo el padre sonriendo luego de apagar el cigarrillo.
-No se trata de eso -le respondí seriamente.
-No me diga que había que atrapar las ces: hemos desechado tantas.
-Oíga. Está hablando con un médico -dije impostando la voz como si fuera el gran F. -Usted sabe muy bien que dije heces, no eses.

-Si es por letras, podríamos más bien atrapar la zetas -insistía el padre. -Zeta del Zorro, de Zaragoza, del Zodíaco.
Entonces vi que el niño sonreía: con los dientes y con los ojos. Seguramente la fiebre ya había bajado.
-O buscar setas -dije sonriendo yo también, pensando que su mejoría bien merecía un cambio de tono. -Recuerde que ayer llovió.

1 ago 2011

Campamento de verano: esto es fútbol




(Agacha el culo: así es el deporte)



Hubo un tiempo en mi vida en que me gustó el fútbol. No fue ciertamente en la infancia, una época en que mis compañeros se hartaron de meterme goles, hacerme sombreritos y pegarme balonazos en la cara y en los testículos. Tampoco en la primera juventud. Entonces prefería el baloncesto: para jugar a pesar de mis precariedades, para asistir como público a sonados partidos e incluso para ver las transmisiones de la televisión. Fue después, casi a los treinta, cuando me pasé al fútbol. Debió ser consecuencia del asunto migratorio y de la necesidad de hablar, de conversar: en España e Italia, seguramente el fútbol es el tema de conversación más frecuente entre desconocidos.
Poco a poco fui aprendiendo los equipos, sus camisetas, sus jugadores, sus particularidades de juego cuando éstas existían, el puesto conseguido por el equipo en la clasificación, en tal año y en el otro. Llegué incluso a interpretar el mercado de verano e identificar sus consecuencias. Pero, mucho más importante, al menos para mí, creí comprender que el fútbol se trataba de un dibujo en que el balón, empujado o no por los pies de los jugadores, era la punta del lápiz y que era ella, la punta del lápiz, no el balón mismo, mucho menos el pie o la cabeza del jugador, la que lograba el gol al traspasar la raya blanca de la portería.
Como si esto no fuera suficiente, cuando Alessandro, mi hijo mayor, cumplió tres años le regalaron dos balones de fútbol y fue necesario patearlos frente a él primero en el corredor de la casa, luego en la calle y finalmente en el patio del colegio, a la hora de recogerlo. Más todavía: después del balón, los cromos: cada septiembre de los últimos cinco años hemos comprado el álbum de la liga y en una ocasión apenas nos faltó un cromo para acabarlo.
Nunca pensé que esto podría ir a más hasta que en mayo de este mismo año la italiana que cuida a mis hijos (Giuliana, mi novia de toda la vida) me comentó que Alessandro quería ir en el verano a un campamento de fútbol. Me pareció natural y, aunque no era necesario porque ya ellos así lo habían decidido, bendije el proyecto.
Por ello, todas las tardes de la primera quincena de julio me tocó recoger a mi hijo en un antiguo campo de naranjas que hace siete años fue convertido en academia de fútbol. Ël siempre se mostró entusiasta, pero desde el primer día lo vi un poco aplanado.
-¿Qué has hecho hoy? -le pregunté después del abrazo.
-Fútbol. Mucho fútbol.
-¿Todo el tiempo?
-Sí, todo el tiempo.
No insistí, pero al día siguiente, aprovechando la libranza de una guardia, estuve rondando la academia en horas de la mañana. Era de manera absoluta un campamento de fútbol, sólo de fútbol. Cuando los niños no estaban entrenando en el campo, escuchaban una clase teórica o veían una película siempre temática: el balón rodando sobre la hierba empujado por el cuerpo sin manos de los jugadores. Fútbol al cien por ciento. Incluso en los descansos o durante las comidas a través de los altavoces transmitían canciones a tema donde todas las rimas, gracias a Shakira fundamentalmente, buscaban el gol.
En las tardes, venían los padres y la organización ponía a los niños a jugar. Los padres obviamente hablaban de fútbol, sólo de fútbol, aunque en ocasiones también parecía que hablaban de traumatología:
-Dale fuerte. Abajo, Rómpelo.
Esas palabras iban acompañadas de un brillo oftálmico que mi imaginación relacionaba con la parte más tangible de lo intangible: la hipoteca a pagar, el futuro, los nietos. Había allí, era obvio, mucho más que el descerebrado plan de divertir a los niños durante las vacaciones. En esas miradas había un proyecto, una forma de vida, un sueño quizás.
Los entrenadores, no podía ser de otra manera, participaban del asunto y en ocasiones se acercaban a los padres más ávidos alimentando su ilusión:
-El muchacho promete, ya verás.
Mayormente se limitaban a hablar con los niños, a gritarles a veces.
-Venga. Si te han hecho gol, ve a por el balón y prométete que la próxima vez no te lo meterán.
Ëse era el entrenador de porteros a quien, puedo jurarlo, en una ocasión le escuché decir la mitad del título de este cuartiento:
-Agacha el culo, esto es fútbol.
Pero fue el decano de los entrenadores, un buen hombre sin lugar a dudas, quien me ayudó finalmente a entender de qué cosa se trata el fútbol.
-El balón es parte de tu cuerpo -les decía a cada rato a sus niños, ninguno mayor de diez años, ninguno menor de siete.
-El balón es parte de tu cuerpo. Y va a ser así por el resto de tu vida -les gritaba mientras los padres sonreían y pensaban en cómo pedirle un préstamo al banco para que los niños se quedaran en la academia luego del verano y de la academia saltaran a las escuelas de fútbol de los grandes equipos y de éstas al estrellato.
Eso es lo que hay y finalmente lo entiendo. Nada de poesía estilo Valdano ni de filosofía Guardiola. El fútbol es una gran empresa -lo intuía, la fábula del lápiz era demasiado bonita- en que luego de captar a los niños valiéndose de las redondeces del balón, de su parecido a una manzana podría decirse, les aplanan el cerebro, les impiden el uso de las manos, amputándoselas casi a pesar de la importancia de ellas para la especie humana, y como les han quitado una parte del cuerpo le dan otra: el balón.
Asi nace el dibujo que vemos en el campo de fútbol y mayormente en la pantalla del televisor. Pues no vale la pena y la Sociedad Protectora de los Niños (¿existe?), o la de los animales, debería protestarlo.

28 jul 2011

CORAZÓN DE JESÚS




Comienzo a trabajar en un nuevo hospital y al entrar veo que en el centro del patio se alza una iglesia, con campanario y todo. No me sorprende: curas y médicos usamos uniformes largos y en incontables ocasiones hemos trabajado de la mano.
-Entraré, lo sé -me digo en voz baja mientras subo las escaleras en dirección a las oficinas administrativas.
Cada vez más hablo más solo y mi hijo me llama soliloco.
-No se dice así, se dice soliloquio -lo corrijo por si acaso.
-Cállate un poquito, soliloco.
Cuando llego al segundo piso, por la altura alcanzada, me encuentro frente a la imagen que corona la fachada de la iglesia. No es un crucifijo, tampoco una Virgen, es el Corazón de Jesús, el Sagrado Corazón de Jesús: ese invento imposible aunque sangrante y hermoso que multiplicaron los jesuitas en éstas tierras en el siglo pasado y en el otro.
Comienzo entonces a recordar la historia de un niño, un niño cualquiera al que su madre le cambia el segundo nombre a los dos años y le pone éste: Corazón de Jesús. Este cambio lo hace aduciendo un milagro pero quizás tan sólo se trataba de quitarle el nombre del abuelo paterno.
Cada vez que de pequeño el niño protesta -quizás algún día en que los compañeros del colegio se burlaron de él al descubrir su secreto- la madre le responde:
-Pero, ¿es que acaso te ha ido mal teniéndolo como segundo nombre?
El niño no sabe qué responder, pero en el fondo se ha acostumbrado a presumir de que le ha ido bien. Por eso no insiste y ahora, que comienza a envejecer, cualquier cambio es imposible o no tiene sentido.
No tengo que esforzarme mucho para recordar esta historia porque ese Corazón de Jesús soy yo, yo mismo, Slavko Corazón de Jesús, aunque todavía me cuesta decirlo. Hoy he comenzado nuevamente a trabajar en Castellón donde, se ve, abundan las referencias religiosas, específicamente las dedicadas al Corazón de Jesús.
-¿Por qué? ¿Por qué? -se lo preguntaré al párroco dentro de dos o tres días.
-Porque la provincia fue dedicada al Corazón de Jesús en mil novecientos no recuerdo cuántos -me responderá regalándome dos escapularios y un rosario.
No tendré ningún problema en creerle. Si mi madre hubiera sido el obispo de turno, tambien lo habría hecho. Me consta. Por eso me llamo Slavko Corazón de Jesús Zupcic Rivas.

7 jul 2011

Cuatierno de O

Fue reveladora la visita a O.
.Hay que ir. Venga –me dijeron los compañeros del trabajo.
-¿Hay que ir ya, inmediatamente? - pregunté,
-No, todavía no. Cuando venga el Inspector, nosotros lo acompañaremos. Nosotros contigo, tú con nosotros.
Fue entonces cuando comencé a sentirme nervioso. ¿Cómo será O? ¿Cómo llegaremos? ¿Qué hay que hacer antes de llegar?
El día que tocaba los compañeros lo habían preparado todo y O ya no era un globo lejano en el aire, llevándole un saludo a las abuelas, sino más bien una i latina, un hilo cogido de la mano, sujetándolo todo.
Por el calor y la sequedad, yo pensaba que O se parecería más a Pedro Páramo que a el llano en llamas, pero al final resultó ser que parecía más bien una montaña mágica.
Estábamos en su hospital -era el motivo de la visita del Inspector- y todo parecía bonito y limpio, muy limpio. Incluso los pacientes estaban contentos. Saludaban y sonreían a nuestro paso. Yo no pude evitarlo, recordé dos cosas. Una: un hospital del siglo dieciocho en que todos lucían felices porque el Doctor Roeschlaub les prescribía vino. Dos: un inspector sanitario que alguna vez vino a visitarme en el ambulatorio de La Guásima. Pero nada dije. Menos mal, menos mal.
-Este hospital es bellísimo -apuntó el Inspector y también nosotros sonreímos, tranquilos ya.
Fuimos entonces a la Dirección, que estaba en la que una vez había sido la casita del guarda.
-Es muy bonito todo, parece la montaña mágica -esta vez fui yo el que habló pero nadie intentó escucharme.
Así fue cómo me separé el grupo y comencé a hablar, frente al mortuorio, con uno de los trabajadores. Dijo llamarse Desi.
-¿Cómo que Desi? ¿Por qué?
-Es que me llamó Desiderio.
En apenas un minuto se lo conté todo. Desiderio es mi santo preferido. De pequeño rezaba ante sus huesos en el Colegio Don Bosco. Luego supe que había muerto junto a San Genaro en Pozzuoli, donde nació Sofía Loren.
El hombre estaba contentísimo. Prometió que alguna vez iría a Venezuela a visitar las reliquias. Yo tuve que despedirme de él y, cuando me encontré con mi grupo, lo dije:
-He conocido a Desiderio.
-¿De verdad? ¿Y le dijiste que tienes una novela dedicada a su santo?
-No, eso no se lo dije.
-Pero, ¿por qué?
-Es que eso sólo lo saben los amigos -contesté y fui a despedirme del Inspector.
-Su visita ha sido reveladora. Rebelladora.

29 jun 2011

Consulta 184



Los pacientes vienen y se van, a veces vuelven. El primer día en este hospital un hombre intentaba venderme un automóvil.
-Veinticinco mil, apenas vinticinco mil. Prácticamente nada.
El segundo día lo vi, el mismo hombre, en un concurso de la televisión. Ganó quince mil: saltaba y gritaba, anunció que se iría a Egipto con toda la familia.
El tercer día un paciente dijo llamarse Winston Churchill. Tenía un brazo roto, pero no vino a mi consulta por eso, sino porque necesitaba un informe para que le dieran la pensión.
-¿Seguro que usted es Winston Churchill? -le pregunté porque lo vi muy joven y negro, demasiado diferente al de los libros de historia.
-Sure.
Pues hice el informe.
Al día siguiente, el cuarto, vino la policía a decirme que se trataba de un error. Realmente hablaron de délito: el hombre que vino a mi consulta, como no tenía documentos, había usado el pasaporte de un compatriota liberiano, más o menos de su misma edad, muy parecido físicamente.
-Ya lo sabía yo -le dije al de la consulta contigua. -El hombre que dijo llamarse Winston Churchill no era Winston Churchill.

19 jun 2011

Béisbol o fútbol: una historia de amor






a RD
Recuerdo sus ojos y, sobre todo, los rápidos movimientos de su boca mientras contaba esta historia, una historia de amor, pero no recuerdo el país en que lo hacía.
Absolutamente cierto, no logro recordar si se trataba de Venezuela o de España. Y mira que es importante en este caso el lugar, porque si se trataba de Venezuela el deporte en que se escenifica esta historia es el béisbol. Si de España, el fútbol.
El asunto es que se trataba de la historia de dos personas, él y ella, que se amaban apasionadamente. Ella era la persona que deseosa de librarse de una duda me regaló un pedazo de su vida, en un encuentro literario o en un despacho de hospital. Y él era un renombrado jugador: de béisbol o de fútbol. Ambos adoraban los automóviles alemanes. Ella los Volkswagen de color rosa. Él prefería los Mercedes azules.
Cuando él llegó para reforzar el equipo local, ella lo conoció gracias a la hija del presidente, el del equipo. Comenzaron a salir casi inmediatamente y el equipo se cansó de ganar esos dos años. Pero él no podía jugar con el equipo una tercera temporada. Tenía que partir: su carrera debía continuar y un equipo más fuerte pretendía contratarlo.
Inicialmente estaba contento, formaría parte de un equipo con el que todos querian jugar. Pero luego no, ella no podría acompañarle: los prejuicios, la familia, la falta de tiempo para organizar una boda, esas cosas.
-Si me lo hubieras dicho aunque sea un mes antes. Pero así no puede ser.
Él finalmente partió y nunca más volvieron a verse.
Cinco o diez años más tarde, ella viajaba con su familia (marido e hijos) en el infaltable Volkswagen. Lejos, bastante lejos de casa, sintieron cómo un Mercedes azul se aproximaba e inusualmente permanecía más de tres minutos detrás de ellos. Luego los superó lentamente, como si el conductor quisiera ver quiénes viajaban en el Volkswagen rosa. Ya adelante, en lugar de perderse inmediatamente en el fondo de la carretera, por otros dos o tres minutos estuvo allí, entorpeciendo la marcha.
-Es como si quisiera decirnos algo, pero no se atreve -dijo su marido y ella no respondió.
Quería mirar, pero tampoco podía. Prefería permanecer con la duda. Y así se quedó, con al duda para siempre, porque el Mercedes finalmente se marchó.
-Siempre he pensado que se trataba de él, pero no lo sé. Si algún día lo encuentro, se lo preguntaré, pero con pocas palabras, Slavko. A los futbolistas hay que decirles las cosas con muy pocas palabras.
Era un jugador de fútbol, ¿ves? Y seguramente escuché su historia en la Valencia que habito, a trescientos cincuenta kilómetros de Madrid.








9 jun 2011

Hospitales queridos: elefantes cariñosos






¿Es posible querer a un hospital? Seguro que sí. He escuchado verdaderas declaraciones de amor al respecto:
-En este hospital nací, aquí murió mi padre Y nacieron mis hijos. Aquí quiero morir.
Nada más parecido a un matrimonio bien llevado, mejor avenido.
En el caso de los médicos es diferente: pocas veces se asocia el hospital a las transformaciones del cuerpo aunque éstas inevitablemente terminen llevándonos a él. Se prefiere el relacionarlo con el cambio psíquico que, contra toda evidencia científica, se presume evolutivo, y la adquisición de destrezas, construyendo así una especie de Bildungsroman en que los capítulos son las plantas y los servicios del centro en cuestión.
-En este hospital me formé. Es mi alma mater. Aquí, en el sótano, diseccionábamos los cadáveres antes de que pasaran a la morgue. Allí, en la primera planta, conocí a mi primera mujer. Era enfermera de la consulta de venéreas ...
Todo esto se dice (y se vive) también a través de la obra que se cree realizada:
-En mil novecientos cincuenta y tantos, fundé este servicio. Cuando llegué, era el único especialista en ... Y desde entonces soy jefe de ...
En mi caso, no puedo evitar relacionar los hospitales con las personas que dentro de ellos he querido. También los ambulatorios. Reconozco que a mi modo es también una especie de Bildungsroman.
Así mi vida ha pasado por los corredores de cinco o seis hospitales, los mismos por los que mi cuerpo ha paseado. Los recuerdo, uno por uno.
El Hospital González Plaza, en mi Valencia natal, con mi primera ex-novia seduciendo al imbécil de GH, a quien tengo tanto que agradecer. Con Pedro Téllez y su búsqueda del himen filosofal. Con Reynaldo Pérez So, que entonces escribía el poemario Px.
El Hospital Central de Valencia: Víctor, Diana y Perecita sosteniéndome entre sus brazos luego de la muerte de Leticia, mi hermana.
El Centro de Salud de La Guásima, con Rosario, la enfermera gigante y cirujana que multiplicó mi negligencia.
El Peñón, con Elena, Alberto y Ana Lourdes. Con Katy y Rafael. Con Virginia y Jeannette. Carretera por pasillo. Árboles en lugar de ventanas. Y una ambulancia convertida en tiesto en uno de los patios.
Ahora he agregado un nuevo hospital a mi lista de elefantes cariñosos: el Hospital General de Castellón. En su recuerdo estárán para siempre Joan, Jose, Laura, Ana, Mamen, Idoia y Viviana. María Ana y Carmen. Paqui y Emilio. Félix y Mayte. Raúl y José Luis.
Hospitales del alma. Elefantes tan queridos. Si tengo que volver, espero que me atiendan mis amigos: que estén ebrios.

5 jun 2011

El nombre del padre

Mi padre, que tambien se llamaba Slavko, nació en un rincón de tierra húmeda. Mentira, mentira, realmente no sé bien dónde nació aunque alguna vez creí visitar un pueblito de Croacia que se llamaba Netretiċ.
-Salamanca, Lisboa, América, Valencia, kilo, Oviedo -cuando estoy en España.
-Zaragoza, Úbeda, Palencia, Cáceres, Italia, Cáceres otra vez.
A mi padre seguramente le agradaba su nombre porque no sólo me lo legó a mí sino que a una mediohermana se lo regaló vestido de tul y aunque más largo empequeñecido: Slavkina. Es necesario decir que entonces mi padre vivía en Maracaibo, donde es posible encontrar personas con nombres mucho más extraños todavía.
-Sanare, Lara, Apure, Valencia, kilo, Orinoco.
-Zaraza, Uchire, Petare, Caracas, Isnotú, Caracas -en Venezuela.


Alguna vez, alguien me habló de un comic yugoslavo en que uno de los personajes se llamaba Slavko. Mirko i Slavko: ellos, dos niños partisanos que luego del comic fueron película y ahora suenan en las canciones de Gustafi y Bad copy, son el verdadero tema de este cuartiento.

-Salerno, Livorno, Ancona, Vibonati, Kilogrammo, Otranto.

-Zagrabria, Udine, Piemonte, Cagliari, Italia, Cagliari -en Italia.

Mi padre tenía un hermano que se llamaba Mirko, pero ellos no se llamaban así por la serie, que fue posterior a su nacimiento, ni la serie se llamaba así por ellos, que llevaron siempre una vida muy discreta y nada partisana.
Al final, a mí me ha terminado gustando mi nombre, a pesar de las dificultades para deletrearlo y si me lo hubiesen permitido se lo habría regalado a mi hijo.
-¿Y en otros países? ¿Cómo haces en otros países?
-Realmente no viajo tanto. Y si me toca pisar otras tierras, me quedo callado, no digo nada, ni siquiera mi nombre. Me limito a recordar la canción de Gustafi:



29 may 2011

Quien escribe

Quien escribe es una persona normal, absolutamente normal. Con mujer e hijos. Y un trabajo que ama u odia dependiendo del clima, las colas o los días que faltan para la fecha de pago.
Cuando le preguntan qué hace, responde agricultor, estudiante o recurre a ese otro oficio, el de la fecha de pago: médico, taxista o profesor de idiomas.
Le gustaría decir “escribo, simplemente escribo”, pero dos cosas se lo impiden. En primer lugar, si así dijera, el interlocutor seguramente formularía dos o tres preguntas más: ¿cómo es eso?, ¿de qué vives?, etcétera, etcétera. O incluso se atrevería a decir alguna cosa ingeniosa como: “Bueno, pero todos escribimos, ¿acaso no aprendimos a hacerlo en los primeros años de la escuela?”. La segunda cosa es no estar seguro de poder decir “simplemente escribo” porque sabe que en sus días hay varios momentos extraordinarios que no tienen nada que ver con la literatura.
Cuando le preguntan para qué sirve la literatura, a veces se equivoca y responde cualquier cosa, lo primero que se le ocurre, pero progresivamente se ha ido dando cuenta que ésa es una pregunta que no debe responder él sino los otros: los lectores, los editores, los no lectores sobre todo.
Constantemente pierde. Ideas principalmente. Se le ocurren en el metro, en el otro trabajo o hablando con los amigos y, si no las escribe, se van volando, como vinieron. También pierde el paraguas y el celular, constantemente, hasta el punto de que ya es un parroquiano fijo de la oficina de objetos perdidos.
Pocas veces, sí, pierde sus manuscritos. Las editoriales constantemente se los devuelven, él los conserva y, aunque lucen en desorden, bastaría apenas un segundo para que él encontrase uno si alguien así lo quisiera..
Envía a concursos en ocasiones y casi siempre no pasa nada. No sabe bien si lo hace para publicar el libro rápidamente, por el dinero del premio —que, a pesar de los discursos de su mujer, no relaciona con mejoras en la casa sino con el crecimiento de su biblioteca—, para hablar con la chica de la fotocopiadora o simplemente para sentir que ha terminado el libro.
Cuando falta un día para la entrega del premio y nadie lo ha llamado, entiende que la cosa no va con él y empieza a desear que la fortuna le sonría a una persona que no sea uno de sus amigos: no le gustaría depositar en ellos su envidia.
Cuando gana, las pocas veces que eso pasa, sonríe apenas. La celebración de quien escribe no se parece a la de los ciclistas, los nadadores o los tenistas. Ni siquiera a la de los físicos cuando reciben un premio importante. Más que una alegría contenida, evidencia una preocupación. Alguien incluso ha dicho que quien escribe no sabe ganar. Parece más bien que hubiera sucedido una diminuta catástrofe en su vida y quien escribe, para subsanarla, se sienta urgentemente frente a la computadora o la máquina de escribir.
Quien escribe no se lo ha dicho a nadie, quizás ni siquiera lograría verbalizarlo, pero dentro de sí lo sabe o lo presiente: la única victoria posible en la escritura es seguir escribiendo.

18 may 2011

Sobre el valor terapeútico de la máquina de cortar césped



Telúrico y nostágico. Siempre creí que la tierra, el contacto con la tierra y sus excrecencias naturalizaba mi presencia, la justificaba, me daba raíz. Era como si a través de un terrón, de un puñado de tierra de cualquier parte del mundo, yo lograse comunicarme con aquelllos cuatrocientos metros primigenios, el patio de la casa de La Entrada, donde aprendí a vivir y pasé horas viendo cómo se movían de un lado a otro las montañas cada vez que llovía. No sé por qué, o intuyéndolo pero sin ganas de profundizar en ello, apenas escribo estas líneas recuerdo el poema de Teófilo Tortolero, "Terrón sin amo", que siempre he pretendido saber de memoria: "Cuando la última tierra sea un terrón sin amo/ la cola de un caballo tirado en el barro por su dueño loco/ y los cándados escapen de sus nidos ...". Teófilo, que se refugió en un paraje rural a cien kilómetros de mi natal Valencia y a quien sólo vi una vez aunque leí mucho, Teófilo sería también una de las razones por las que a la hora de elegir entre vivir en el centro de la ciudad y en un pueblo cercano, siempre he optado por este último, apostando por el patio, el jardincito, la posibilidad de tocar la tierra, de plantar un rosal o de tener un árbol, no importa que no sepa su nombre. Esto, por un sendero que no logro precisar, pero que intuyo vinculado al aburguesamiento, el matrimonio y cierta estética occidental, significa también cubrir la tierra con hierba, césped o grama y, natural si se trata como yo de un muchacho de pueblo, la obligación de cortarlo semanal, quincenal o mensualmente según el tiempo. Cortarlo es un acto pesado físicamente que sólo recompensa luego con el olor, sobre todo si la fortuna humedece los tallos sangrantes, y la visión desde cierta altura. Pero, en los últimos años le he venido atribuyendo un rol terapeútico a esta acción. Inicialmente creía que se trataba del contacto con la naturaleza, el apego a la tierra, el inclinarse ante ella constantemente y darse cuenta que todos los días pueden ser miércoles de ceniza. Todo eso quizá sea cierto. Pero también lo es el calor y la fuerza que desprende la máquina de cortar césped. Catarsis pura el empujar a tres kilómetros por hora ese portento que corta, desbroza, aspira y resopla mientras construye carreteras insólitas que intersecciona al segundo y destruye casi inmediatamente después. No voy a recomendar entonces a cada amigo, paciente, lector o conocido que se compre un terrenito porque entre estafas bancarias e impuestos podría resultarle oneroso. Simplemente sugiero la tenencia parcial de una máquina de cortar césped (comprada, usada o tomada en préstamo), salir con ella todos los sábados y comenzar a cortar el primer montón de hierba que se encuentre.
Si lo hace en mi terrenito, mucho mejor.

10 may 2011

Paradojas del amor binacional

Yo te amo y tu mi vuoi bene. Tú le llamas arepa y yo cachapa. Tú eres negrita y yo casi parezco un albino. Yo catira y tú guapo. Tú te enfadas y yo me arrecho. Yo estoy cerca de la casa de mis padres y tú tan lejos de los tuyos. Yo me siento fundador de Skype y a ti te basta con la tárifa plana. A ti te gusta el bacalao. A mí la pizza y la tamburriata. Tú eres proteíca y yo farináceo. Yo vivo en la casa de mi suegra y tú no conoces a la tuya. Amárico es mi lengua y podría ser tu profesión. Tú bebes marrasquino y yo cerveza. Yo grappa y tú tequila. En el aeropuerto, necesitaríamos brazos de diez metros para rozarnos los dedos. Tú cuentas en dólares y yo en euros. Yo en bolívares, tú en pesos. Yo necesito visa para entrar a tu país, tú para pagar en el mío. Tú naciste en La Habana y yo en Tindouf. Tú jugabas metras en Caracas y yo canicas en Madrid. Nuestro amor es posible gracias a la guerra de los Balcanes. El nuestro al tratado de Shengen, al corralito, a la promesa literaria de Barcelona, a la beca que me dio Lula. Nosotros nos conocimos en la Delegación de Gobierno. Tú y yo, en la Questura: los dos teníamos en la mano derecha il permesso di soggiorno. Nuestro primer hijo se debería llamar Erasmo. El nuestro Fidel. El nuestro Chávez. Pero lo bautizaremos en la iglesia del pueblo. Yo realmente prefiero que sea musulmán. O que no sea de ninguna religión. Pero que sea comunista. O republicano. O monárquico y del centrosinistra. Pero que tenga los ojos rasgados como tú. Que luego sea fotógrafo en la selva o cirujano en Beijing. Que sepa siempre que nos quisimos. Que sufrimos para querernos. Que aprendimos mucho el uno del otro. Que disfrutamos haciéndolo.

3 may 2011

Un bar, por favor. Si es posible que sea de urgencias.




Junto al hospital, a tan sólo cien metros de la puerta de urgencias, hay un bar. Suele suceder. De hecho alrededor de este hospital hay cinco bares. Y así ha pasado en todos los hospitales donde he trabajado. También en aquéllos que he visitado dando trabajo. Un bar, siempre un bar. Con café, desayunos, cervezas y todos los destilados posibles. Estómago y enfermedad. Ella no exime del hambre. Y, además, tiene parientes y cuidadores, médicos y enfermeros, golosos siempre. Estos bares, por cierto, son por sí solos iatrogénicos: inducen, con los alimentos y las bebidas que sugieren, la enfermedad. Pero, harina de otro costal, prácticamente todos los bares adolecen del mismo mal y generan otros males.

La particularidad de este bar es que se llama "Bar Urgencias". Así no más. Como si fuera otro servicio del hospital. "Bar Urgencias". Por ese nombre, cuando los colegas dicen que van a urgencias, uno se queda sin saber si se trata del servicio (la cara del hospital, su puerta de entrada) o del bar.

Yo mismo más de una vez he entrado al bar dispuesto a desayunar y, al ver tantas batas blancas y el letrero que lo dice clarito, "Urgencias", más de una vez he estado a punto de llamar el próximo paciente.

Si sólo se tratara de eso, el cuartiento se quedaría aquí y no daría ni para otra línea. Pero es que además el propietario se desplaza por la ciudad en una camioneta (una furgoneta) blanca que lleva el nombre del negocio: "Bar Urgencias". El otro día la vi en el centro de la ciudad, junto al supermercado. La camioneta estaba a un lado de la calle. Y al otro una ambulancia. Los chicos de la ambulancia venían con una camilla en la que transportaban una intoxicación etílica. No sé bien si se trató de un espejismo, de algo que sólo pasaba dentro de mi cabeza y que no tenía nada que ver con lo que sucedía en la calle, pero por un segundo sentí que dudaban entre meter al paciente en la ambulancia o en la camioneta. Es que las dos eran blancas, de colores claros y tenían pintadas en ambos lados la palabra "Urgencias".

29 abr 2011

Gusanos de seda





Cuando llegaron eran pequeños, diminutos, como deditos de bebe.

Los trajo mi hijo mayor, a quien se los había dado un compañero de colegio.

A mí ya el día anterior la madre del compañero me los había ofrecido.

Le dije que no, porque entre el jardín, las reparaciones cotidianas, los deberes paternos y el trabajo siento que ya no puedo más.

-Nada de eso importa, será tu hijo quien los cuide -me respondió ella haciéndose la simpática-. Además, tú tienes una morera en el patio.

-He dicho que no, no los quiero.

Nada de eso importó, en efecto, porque al final se los colaron a mi niño.

Los trajo en una caja de zapatos que, según dijo, se la había regalado la directora del colegio.

Debían crecer en unas pocas semanas hasta construir sus capullos y luego convertirse en crisálidas y mariposas.

-Yo me encargaré de cuidarlos -se comprometió mi hijo.

-Bueno, tú mismo.

No hice nada el primer día. Y él tampoco. El segundo, me empecé a preocupar y les llevé unas hojas de morera.

-No has cuidado de los gusanos -le dije a mi niño que estaba frente al televisor.

Él no respondió y desde entonces todos entendimos que los gusanos quedaban a mi cargo.

En ésas estoy. Cogiendo y llevando hojas. Inicialmente eran de morera. Pero ya pueden ser de cualquier cosa. De hecho todos los árboles del jardín y los del terreno de al lado están pelados, sin nada de verde.

Mi mujer y mis hijos se fueron de casa hace dos semanas, con un poco de miedo.

-Cuídate mucho. Vente tú tambien.

No les hice caso.

El problema es que los gusanos no dejan de crecer. han transcurrido ya más de tres meses de su llegada y los bichos no paran. Comen y crecen. Nada de capullos ni crisálidas. Aquí lo que hacen es comer y crecer. Yo he tenido que dejar mi trabajo para alimentarlos y a cada uno lo he puesto en una caja grande, muy grande, que también se han comido.

He intentado hablarles, pero tampoco me hacen caso. Sólo comen y crecen. Comen y crecen.

Se han comido ya varios muebles y algunos electrodomésticos.

No me extrañaría que de un momento a otro me comieran a mí también.

Para intentar detenerlos, esperando que sepan leer, escribo este cuartiento.

Ojalá al menos sirva de aviso a los vecinos.

O a los otros padres del colegio.