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22 jun 2012

Vibonati, de Vicente Gerbasi




-¿Le gustan las estatuas? -me preguntó navaja en mano el barbero salernitano, Renato Ciliberti, luego de decir que él era quien todos los miércoles ajustaba la barba de Alsonso Gato.
-Las de militares no -respondí distraído-. Tampoco las de escritores y curas.
-Es que en Vibonati hay una de Vicente Gerbasi.
Vibonati, Vi-bo-na-ti. ¿En qué dirección de mi vida sus mujeres recogían las sábanas tendidas entre dos balcones, con los ojos cerrados porque escuchaban a Mario Lanza cantar O sole mio? ¿Dónde resonaba la voz de sus aldeanos el día de la vendimia? ¿Donde se estrechaban sus manos manchadas antes de iniciar la caza de un leopardo imposible? ¿Dónde esperaban el tren de un viaje infinito? ¿Dónde se agolpaban antes de trepar la escalerilla del barco que les permitiría convivir alguna vez con las figuras de Viviano Vargas, en Canoabo de Venezuela? ¿Dónde, dónde?
-Frente al Golfo de Policastro, exactamente frente al Golfo de Policastro -repitió Ciliberti, creyendo quizás que adivinaba mis pensamientos.
Otra vez se equivocaba el barbero. Alfonso Gatto había muerto en 1976 y, en mi caso, no se trataba de saber las coordenadas en el mapa italiano del pueblo donde nacieron los padres de Vicente Gerbasi, tampoco escuchar que para llegar allí desde Salerno debía tomar un tren hasta Sapri y luego buscar, en el horario de la compañía de autobuses Lamanna, las ocho letras de su nombre: Vibonati, Vibonati, Vi-bo-na-ti. Apenas pretendía hurgar en mi memoria, con los ojos cerrados y la loción alcoholada ardiendo en las mejillas, hasta encontrar el lugar en que la pequeña aldea viñatera del Sur de Italia había abierto por primera vez las puertas de sus casas ante mis ojos, invitándome a pasar y hundirme en sus «volcanes adustos», «sus selvas hechizadas».
Nada logré recordar hasta el momento del día siguiente en que el autobús al que había subido en Sapri -uno de esos autobuses que no se detienen ni continúan sino que simplemente giran, dan la vuelta y regresan como si hubieran llegado a un destino inconcebible- me escupió en Vibonati en compañía de una anciana vestida de negro y las gallinas que no había logrado vender en Maratea. Mientras veía a la anciana y deseaba que dejase de mirarme para caminar tranquilo o tomarle una foto a las gallinas, lo recordé: casi veinte años atrás, junto a mi gigantesca profesora de literatura venezolana en el bachillerato escolapio, llorando los dos luego de leer Mi padre, el inmigrante, escondiéndonos para no ser víctimas de las burlas de Manzo o del mismísimo cura Manolo. Allí, luego de repetir mil veces -como si fuera un miércoles de ceniza- el único verso del último canto, el primero del primero y del segundo, «Venimos de la noche y hacia la noche vamos», yo pregunté por la noche y ella dijo que la noche era Vibonati, Vi-bo-na-ti. La noche y la calle.
-Signora, ¿es verdad que aquí hay una estatua de Vicente Gerbasi? -le pregunté finalmente a la anciana de las gallinas.
-¿De quién? -repreguntó ella mientras las gallinas revoloteaban dentro del saco-. No, la única estatua que hay en Vibonati es ésa del Padre Pío -señaló la piedra pintada de bronce de este Garibaldi del siglo XX que los italianos colocan ahora en todas sus plazas.
Frente al Padre Pío, me persigné y empecé a calcular las dimensiones de un pueblo en el que ya -a la una de la tarde del primer sábado de mayo, con los dos únicos negocios cerrados- se habían ido las uvas y los panini y, a través de las ventanas, los vecinos se preguntaban qué hace el extranjero que no nos deja comer en paz, por qué un extraño tiene que venir un sábado a la hora del almuerzo a un pueblo donde nadie viene y comenzar a amargarnos la tarde antes del partido de fútbol.
Los llamé o soñe que los llamaba, uno por uno. Tocaba sus puertas. Les preguntaba por la estatua. Sediento, bebía el agua de la fuente. Pero ninguno sabía nada.
-No, no, la única estatua de Vibonati es la del Padre Pío que le mostró la señora -decían y volvían a decir mientras señalaban a la anciana de las gallinas.
Yo me limité a recordar Casa Natal, el cuento de López Ortega que relaciono con todos mis fracasos: un padre lleva a sus hijos a conocer la casa en que ha nacido y, luego de horas de viaje, comprueban que donde debía estar la casa no hay nada o, peor aún, un estacionamiento. ¿Cómo había podido desaparecer el busto? ¿No se trataría más bien de un engaño de Ciliberti? Barbero charlatán, igual ni siquiera sabe quién es Alfonso Gatto. En eso estaba, maldiciéndolo, cuando un grupo de tifosi de la Salernitana se apiadó de mí.
-¿Gerbasi? Sí. Quizas se trate del acto que hicieron hace como cinco años en el Comune.
-Seis o siete, más o menos. Vino el embajador venezolano y el vice-presidente del senado -agregué yo a punto de llegar a un acuerdo.
-Está allí, adentro -dijó el menos joven sonríendo, presintiendo mi Casa Natal, mientras señalaba la reja encadenada de una alcaldía que más bien parecía una escuela pérezjimenista.
Fui hasta la reja. Quizás detrás de ella había un patio y, en el centro, la estatua de Vicente con una taza de café en la mano izquierda. Pero no, no detrás de la reja, allí sólo había una escalera, la cartelera de los matrimonios y dos afiches de las últimas elecciones.
-¿Y la iglesia? ¿Dónde queda la iglesia? -pregunté pensando en una bilocación imposible o en el patio de la lejana iglesia de mi infancia: algunas matas de mango y los bancos durísimos que había donado la familia Dao.
-Su -dijeron ellos y señalaron la cuesta.
Decidí caminar hasta alcanzarla. Emprendí la subida infinita y, como la única persona en invitarme a comer fue la loca del pueblo, le dije que no, muchas gracias, preferiría no hacerlo, como si fuera Bartleby.
Frente a la iglesia, me detuve para ver el mar. Era hermoso, pero no valía el viaje hasta Vibonati. De todas maneras, comencé a hacer fotos. Para sentirme como un turista o para aprender a hacer fotos.
Iba por la cuarta o la quinta cuando una voz se atravesó entre el objetivo y la plaza:
-¿Qué hace?
Era la sacristana que, sorprendida, no podía entender que alguien le hiciera fotos a los tejados de Vibonati.
Le conté mi desgracia y ella prometió ayudarme: su hermana era secretaria del Comune y, si yo la esperaba, descendería conmigo, me abriría las puertas de la alcaldía, subiría en mi compañía hasta el primer piso y, en un rincón, entre dos carteleras y una caja de resmas de papel dispuesta en el suelo, me mostraría el busto -así lo dijo varias veces, el busto, el busto- de Vicente Gerbasi.
-La única estatua que hay en Vibonati es la del Padre Pío.

25 nov 2010

Happy happy new year. Valencia, Venezuela.

¿Qué cosa son, qué danza macabra intentan representar esas dos carrozas fúnebres que corren a toda velocidad por la Avenida Bolívar de Valencia, a veces adelante la de carrocería negra, a veces la gris? Son las tres de las mañana del 1° de enero y yo, que he salido a la calle a pensar en mi hijo recién nacido o quizás a ver los últimos destellos de los fuegos artificiales, me encuentro con dos carrozas que parecen competir en la noche valenciana a lo largo de la avenida más concurrida, a esta hora sólo transitada por borrachos, putas y equivocados de todo tipo.
Imbécil de mí, en lugar de preguntarme cuál de las dos carrozas ganará y llegará primero a la redoma de Guaparo si es que acaso ésta es la meta, la primera interrogante que pasa por mi mente es si las carrozas estarán llenas o vacías, si esos ataúdes que pareciera se asoman a través del cristal de la parte posterior contendrán o no algún cuerpo inanimado.
La cursilería navideña momentáneamente me hace ver en esta situación una caricatura grotesca de la muerte y la resurrección: la muerte que atraviesa a doscientos kilómetros por hora una avenida más o menos desierta y el hombre que sale a la calle a recordar el rostro de su hijo recién nacido. Menos mal que inmediatamente me repongo, dejo de ver en las carrozas que ya deben estar a punto de estrellarse contra la redoma de Guaparo ninguna cosa que no sea dos carrozas a punto de estrellarse contra la redoma de Guaparo, detengo el carro y le pregunto a un vendedor ambulante de cervezas de qué se trata:
—¿Tiene mucho tiempo fuera, señor? —me repregunta él.
—No, pero ... —miento descaradamente sabedor de que una confesión de ese tipo puede fácilmente costarme la vida o la cartera.
—Entonces es que sale muy poco porque esto tiene pasando casi tres años.
—¿Sí? —le digo como abriendo el chorro de su información mientras con la mano derecha le extiendo un billete de cinco en signo y señal de que me tomaré al menos una cerveza y él no perderá su tiempo.
—En efecto, son los de la funeraria Arismendi contra los de la Salón. Hacen esta competencia todos los viernes a la una. A veces ganan unos, a veces los otros, pero todos en la ciudad apostamos.
Mientras habla, las carrozas regresan, esta vez en sentido contrario, de norte a sur. Y la gris lleva por lo menos veinte metros de ventaja.
—Es que la carrera termina en la Avenida Cedeño, donde están haciendo los trabajos del metro. ¿No ve que por allí es que quedan las funerarias? La que va ganando es la de la funeraria Arismendi. Yo le aposté veinte bolívares. La maneja Alfonso y a mí me han dicho que él no toma los treinta y uno.
—Pero, ¿y el resultado? ¿Cómo se entera uno del resultado? —le pregunto impaciente, todavía con media botella de cerveza en la mano izquierda.
—Lo dicen por Radio América a las tres y media.
—Y los los los los ... —tartamudeo, lo hago a propósito porque sé que ésta es mi pregunta fuerte y porque ya estoy a punto de partir —los ataúdes, ¿van llenos o están vacíos?
—Por favor. ¿Cómo se le puede ocurrir? Claro que van llenos. Si no qué sentido tendría.