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23 sept 2018

Hospital




De vez en cuando aparece en la consulta un paciente que dice odiar a los médicos y que rechaza todo lo que tiene que ver con el ambiente hospitalario. Habría que esforzarse para encontrar alguna diferencia con el profesional que lo atiende. Tiene manos y pies. Puede también ser depositario de carisma y estudios. No siempre viene obligado, lo que resulta paradójico. Pero igual aprovecha la primera oportunidad que se le presenta para despotricar del entorno al que nos sentimos especialmente vinculados desde las prácticas de la facultad; un edificio, un discurso, para muchos un sistema, con el que hemos construido una relación de pertenencia. Habla del hospital y es como si hablara de nosotros mismos. Así de profunda y lacerante sentimos la herida. Dice que incluso a lo lejos le disgusta: es por el color de las paredes. Construye al decirlo una paleta infinita que va del blanco al azul pasando por el verde y el gris ya que salvo el rojo y el negro colores los ha habido todos. Pero también por la arquitectura particular: desde fuera el hospital parece un cajón, así dice, pero dentro resulta que es un laberinto. Continúa con el olor. En su memoria se mezclan, como si se tratase de la pócima de la bruja, gotas de alcohol, iodo, asafétida, sangre, orín y lejía. Su recuerdo no considera que la mercromina, igual que los dinosaurios, está desapareciendo. Es lo que hay. Habla también de nuestras ropas. Dice que odia la bata blanca, que le produce rechazo y, escudándose en algún texto divulgativo, incluso enfermedad. Habla desde la memoria porque el médico que le atiende viste casaca y, hoy por un error del ropero, de color azul. ¿Cuánto de E.R. y Hospital Central hay en el discurso que esgrime y multiplica? Mucho quizá. ¿Y de las fobias de Tony Soprano? También, igual que quizá parte de la culpa la tienen las novelas de A. J. Cronin o algún artículo de tono médico de Juanjo Millás o de Manuel Vicent. Pero nosotros inevitablemente intuimos que la mayor parte de su rechazo viene de dos temas estigmatizados, la enfermedad y la muerte. Dos temas que hemos hecho nuestros cuando son ajenos, de los que nos hemos apoderado a través de un sistema que permite que los manejemos con guantes, pinzas y ordenador. Por eso y por la técnica adquirida con la formación y el trabajo al médico no le hacen tanto daño. Pero a este paciente sí. Cuando se marcha deja como duda si acaso hubo una experiencia primigenia: una primera visita al hospital en la infancia, la enfermedad o la muerte de un ser querido. Esa vivencia que quizá a nuestro paciente alejó de la clorhexidina a alguno de nosotros, al médico que le ha atendido por ejemplo, le sirvió de acicate para acudir a la facultad y hacer luego del hospital su casa. Esa es la única diferencia.