Wilhelm Roentgen (1845-1923)
a I.P. y V.M., mis amigos radiólogos.
a P.D., J.A., P.C. e I.R., mis amigos inspectores.
¿Es posible ser un(a) medritor(a) sin pretenderlo? ¿Y por qué no? Una de las situaciones posibles es la del radiólogo, un especialista que a partir de virtualidades (la proyección de un rayo en una placa, en su versión primigenia) construye, crea un edificio verbal de descripciones procurando que el resultado encaje en un constructo, la enfermedad, también virtual en cuanto teórico. Desde este punto de vista, incluso se podría decir que el radiólogo es más escritor que médico porque si bien su prestigio depende de su acierto su labor se realiza con palabras escritas y una parte del acierto depende de la corrección con que éstas, las palabras, hayan sido dispuestas.
Imagino a los radiólogos del hospital en que trabajo leyendo este cuartiento y excusándose ante sus amigos, advirtiendo que ellos no pretenden ser medritores.
-Yo no soy medritor -me va a decir J.H. la próxima vez que nos encontremos en la cola del café.
-Fundamentalmente tú -le responderé haciendo malabarismos con el café con leche y el cruasán integral-. Lo que pasa es que no los sabes. En todo caso piensa en la cara de escritor que tenía Roentgen.
Luego comentaré con él la situación del inspector médico. Le hablaré de algunos con los que he compartido escritorio como discípulo y de otros a los que eventualmente llamo para compartirla realidad del ejercicio diario de la medicina. Ellos se reúnen con el paciente, en el noventa y cinco por ciento de las veces sin ni siquiera tocarlos, y van almacenando sus informes. Luego, a los seis, a los doce o a los dieciocho meses, emiten un veredicto: dos o tres palabras que resumen un edificio verbal, un informe, que es un relato, un verdadero relato de la enfermedad.
Son, sin lugar a dudas, dos medritores: uno representa la enfermedad, el otro la cuenta y construye su desenlace.

