Así fue: contigo, hablando contigo. Íbamos en el tren, sentados uno frente al otro. Originalmente yo estaba solo e intentaba corregir un texto en el portátil, pero en cuanto te vi lo cerré, dispuesto a hablar. Comenzamos por el árbol del exilio que menciona José Solanes en En tierra ajena. Te dije que yo lo había leído más de veinte años atrás con otro título, Los nombres del exilio, y, a partir de allí, comencé a referirte cosas todas ciertas del pueblo en que crecí, La Entrada, en las afueras de Valencia, la de Venezuela. Era un pueblo duro, de gentes curtidas a fuer de vivir allí, depositadas entre las montañas. Allí yo crecía y leía. Allí comencé a escribir. Primero a mano: llené con letra apretada cientos de libretas en que escribía y reescribía intentando corregir. Luego a máquina: me apoderé de la máquina de escribir de mi madre, una Underwood color naranja. Tenía también un escritorio gigantesco, metálico, que nuestra amiga china, Poija, me había regalado. Mientras hablábamos, pasamos por Nules y pude ver a la derecha las murallas de Mascarell. Nada que ver entre Mascarell y La Entrada. Allí, mirases donde mirases siempre te encontrabas con una montaña. Junto a mi casa estaba la iglesia en la que yo alguna vez fui monaguillo. Pero, cuando escribía, había soltado ya el catecismo y prefería los libros de Faulkner, que mi madre se había hecho autografiar. "Imagina a mi madre", te dije. "Imagínala esperando a Faulkner en las afueras del Ateneo de Valencia". Suyos eran mis libros preferidos, quizá por esa firma abreviada en las primeras páginas. Y los de Juan Rulfo, Herman Hesse y Knut Hamsum, no importa que no estuviesen autografiados.. Y El Quijote. Y Platero y yo. Pero yo escribía y escribía. Mejor dicho: leía, escribía, me masturbaba y escribía. Mientras lo hacía, de vez en cuando me asomaba por la ventana basculante que daba hacia la carretera. A veces veía llover. La lluvia en La Entrada era una especie de manto que nos arropaba durante horas. En otras veía al vecino limpiar su camión. Y alguna vez, lo juro, vi a los niños con los que podía haber jugado pero nunca lo hice, los vi caminar llevando sus burras limpísimas. "¿Qué hacían con las burras?", creo recordar que me preguntaste mientras el tren avanzaba hacia Burriana. Yo no te respondí, perdóname. Simplemente porque quería decirte que mientras más los veía más escribía y leía. Era una forma de no estar allí. Es raro, complicado y casi vergonzoso, pero sería justo decir que escribía como una forma de ausentarme y construir con mis palabras aquello que no tenía: quizá el padre, quizá los lugares que no conocía. "Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con Solanes y el árbol del exilio?". No lo preguntaste, no explícitamente, pero a punto de llegar a Burriana vi en tus ojos que habías entendido que mi discurso continuaría por allí. En efecto, hacia allí iba, mucho más rápido que el tren. "Es que ahora escribo", eso fue lo que te dije, "para volver allí, para sentir que nunca me he ido".
Ni cuentos ni artículos. Tampoco articuentos o cuentartículos. Se trata de cuartientos.
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1 jul 2017
28 may 2013
Los tomates de mi madre Leticia
Hoy he plantado siete tomateras. Mica las trajo hace unas semanas y por días las he visto crecer amuñuñadas en una maceta hasta que finalmente me decidí a comprar la tierra y las cañas. Me emociona, claro está, la posibilidad de que dentro de unas semanas pueda buscar en ellas el rojo de la ensalada y por eso seguramente me he decidido a hundir sus raíces en una tierra verdadera. Pero, además, al plantarlas he regresado al huerto que en la Entrada construyó mi madre una vez. Yo tendría unos nueve o diez años y mi hermana once. En esa época, mi madre estaba ocupadísima en labores comunitarias. Pocas veces en mi vida he visto a alguien tan involucrado con su entorno. En las mañanas, visitas que llamaba diligencias al ministerio, a los tribunales, al municipio. En las tardes, talleres de formación con los vecinos. Y, luego, después de la cena, reuniones con los líderes de las comunidades aledañas. Parecía un motor mi madre entonces. Puro nervio, energía y carisma. Esto sucedía alrededor de 1980. Ella, adelantada, impulsaba iniciativas ecológicas que pocos entendían entonces en nuestro entorno. No se amilanaba, iba de casa en casa, de vecino en vecino, de burócrata en político. Luchaba por salvar unas montañas que sentía suyas para así purificar el aire que respiraban sus hijos. No todo el mundo comprendía entonces la pertinencia de su lucha, pero ella seguía. Era un motor encendido, un motor verdadero. Con esa potencia en su último trabajo había logrado construir un templo a su santo preferido: San Pancracio. Por eso yo cada vez que veo una estampita de San Pancracio la pido o la compro. Para motivar a los vecinos, ideó la posibilidad de un taller de horticultura. Se apuntaron varios vecinos, pero no había lugar para el huerto. Eso tampoco amilanó a Leticia Rivas. Como las autoridades locales negaron todos los espacios públicos posibles, ella propuso que el huerto se hiciese allí, en el jardín de nuestra casa. Todas las tardes entonces venían el profesor y los alumnos. Primero el semillero. Luego los surcos y los camellones. Todo allí, en el jardín en el que yo había construido un campo de fútbol y otro de béisbol, imaginarios. Alrededor de la primera base, plantaron las cebollas. Más allá las lechugas y las berenjenas. Junto al terreno de los Berrizbeitia, en la portería visitante, las tomateras. El jardín de la casa se convirtió en un aula de clases, luego en un huerto y finalmente en una tienda de verdura. Las lechugas eran verdísimas y de las cebollas por años mi madre dijo que no había probado mejores. Tomates había, de varias variedades. Nosotros, mi hermana y yo, supervisábamos el riego y recogimos la verdura. Fuimos felices con ese jardín que de pronto dejó de producir flores y comenzó a darnos verdura. Fuimos absolutamente felices acariciándola y, cómo no, comiéndola, pero mucho más viendo a mi madre tan dinámica y completa. Una madre roble, hasta el punto que en la dedicatoria de mi primer texto aparece así, tal cual: Leticia árbol. Pocas veces fuimos tan felices como en aquellos días y hoy las tomateras de Mica me lo han hecho recordar. Mi madre bella. Árbol noble. Mi madre buena.
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