Desaparecerán, claro que sí. Aunque
ahora parezca imposible algún día las redes sociales desaparecerán totalmente. Así
ha pasado con todo. Los dinosaurios, los teléfonos de cabina, el reproductor de
casetes, el sexo en el asiento trasero del coche, las películas de celuloide,
las máquinas de escribir y las monedas de veinticinco pesetas. Ahora nos parece
imposible y no lo vemos con claridad porque ellas, las redes, ocupan nuestro
tiempo e incluso, a pesar de venderse como virtuales, nuestro espacio. Pero sucederá,
claro que sucederá. No es que lo diga con esperanza, como si fuese mi deseo el
que desaparecieran. Es que no puede ser de otra forma. Todo tiende a
desaparecer y, si tecnológico, su partida es tan inevitable como la presbicia y
la menopausia. Las echaremos de menos, claro está. Su desaparición generará mogollón
de nostalgia, inevitablemente. Muchos adolescentes imprimirán sus últimas publicaciones
y las colgarán enmarcadas en la pared con la intención de mostrárselas a los
nietos. Algún histérico incluso dejará de respirar: no podrá decir nada, pero
sus herederos se quejarán de la tristeza que le invadió al no poder compartir
con los demás cuanto hacía. Pero también habrá mucha alegría. Quizá mucha gente
pueda finalmente relajarse y, al hacerlo, dirán que estaban agobiados con tanta
falsedad y postureo. Eso puede ser cierto o falso según de quién se trate y qué
amistades cultivase. Virtualmente, claro está. Ambos grupos, a su manera,
tendrán la razón. Pero esas son tonterías, chuminadas. A mí lo que realmente me
interesa es que, por incongruente que parezca, el anuncio de la desaparición de
las redes sociales llegará a través de ellas mismas. Será el equivalente a un
mensaje entre dinosaurios hace millones de años: "Es necesario saber y
decir a los otros que estamos desapareciendo. No están matando". Un
mensaje que tiene tanto tiempo emitiéndose ha de ser cierto.
Ni cuentos ni artículos. Tampoco articuentos o cuentartículos. Se trata de cuartientos.
Mostrando las entradas con la etiqueta cuartientos de Slavko Zupcic.. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta cuartientos de Slavko Zupcic.. Mostrar todas las entradas
18 jul 2018
25 ene 2018
"Un sucesor venezolano para Raúl Castro"
Si dijera que la he encontrado navegando en Internet, mentiría. Realmente ha sido a punto de naufragar en facebook. No voy a copiar el link porque basta con repetir el título de este cuartiento en un buscador de contenidos para encontrarla. En todo caso, se trata de una propuesta, avalada ya con más de mil firmas, que aunque inicialmente me pareció ridícula no pude dejar de leer hasta el final: "Un sucesor venezolano para Raúl Castro".
Los creadores de la iniciativa, y sus seguidores firmantes, realizan un recuento de las relaciones entre Venezuela y Cuba, "marcadas no solo por la vecindad y el mar que baña sus orillas sino porque desde hace mucho tiempo comparten un proyecto político". Utilizan todo tipo de lugares comunes ("ideario compartido", "enemigo del Norte", "el filibustero Trump") y, haciendo gala de un sincretismo polivalente, se refieren a Simón Bolívar, José Martí, Hugo Chávez y Fidel Castro como "nuestros cuatro apóstoles evangelistas".
A pesar de su fervor, dejan constancia escrita del "uso de recursos de una y otra república para resolver los problemas" y de que "en enero de 2013 el sucesor del Comandante Hugo Chávez Frías
fue elegido en La Habana y (...) para su elección no fueron obstáculo las dudas existentes sobre el país en que había
nacido".
Usando ese recuento como sustrato, recuerdan la probable coincidencia cronológica entre las elecciones presidenciales venezolanas, decretadas recientemente por Nicolás Maduro, y la designación de un sucesor en la presidencia de Cuba del sucesor de Raúl Castro, "quien debe retirarse para el cuidado de su salud en abril de este año". Inmediatamente, manifiestan su estupor "porque entre los nombres que actualmente se
mencionan como posibles sucesores de Raúl Castro no
hay ningún venezolano" y, por ello, proponen "estudiar la posibilidad de que ciudadanos venezolanos de
origen o de adopción puedan ser considerados como sus sucesores eventuales".
La propuesta saca a pasear nuevamente las relaciones históricas entre ambos países y, sin inhibición ninguna, como si se tratase postular candidatos a la junta municipal de Altagracia, lanza un póquer de nombres: Nicolás Maduro, Cilia Flores, Tarek William Saab, Diosdado Cabello y Tibisay
Lucena, "compañeras y compañeros que han dado prueba fehaciente de su
fidelidad al ideario cubano-venezolano".
En ese momento de la lectura, es posible creer que la propuesta ha sido formulado por el torpe testaferro de cualquiera de los postulados, pero finalmente las últimas líneas del texto salvan la confusión y aclaran, al menos en parte, el verdadero sentido de la iniciativa: "Obviamente, para disipar dudas y ambigüedades y como
demostración clara de transparencia y espíritu revolucionario, mientras se
estudia su posible nominación en Cuba, estos compañeros no deberán ocupar
cargos ni ser candidatos a los mismos en la República Bolivariana de Venezuela".
QUE ASÍ SEA..
Etiquetas:
"Un sucesor venezolano para Raúl Castro",
cuartientos,
cuartientos de Slavko Zupcic.,
Cuba,
Raúl Castro,
sucesión,
Venezuela
14 nov 2017
Maneras de llegar al hospital
El hospital está a un kilómetro y, al salir del tren, los médicos inician el recorrido. El pediatra lo hace en scooter: todas las tardes deja la vespa aparcada en la estación y, apenas llega, sube las escaleras, abre el cajón y mete la cabeza en el casco. Una pareja de rehabilitadores elige diariamente la bicicleta: usan la del municipio, como decía Jorge Luis Borges para referirse al agua del grifo. Los otros, la mayoría, van caminando: unos con maletín, otros con mochila, uno o dos con mochilas que parecen maletines. Hay internistas, psiquiatras, cardiólogos, médicos de urgencias, preventivistas, neurólogos, otorrinos y neumólogos. También, eventualmente algún cirujano y uno o dos intensivistas. Ni siquiera las especialidades hacen grupo. La mayoría privilegia el caminar solo y, en caso de hacerlo acompañado, se trata casi siempre de encuentros casuales. Unas veces el otorrino acompaña los pasos del preventivista, otras del cardiólogo y algunas del psiquiatra: por poner un ejemplo.
Las divisiones comienzan al salir de la estación. Es necesario atravesar la ronda. La mayoría lo hace por el paso de cebra. Hay quien no: a la altura de la puerta lateral de la estación, aprovechando la hora y el hecho de que hay pocos coches, atraviesa y enfila directamente la cuadrícula. Quien elige el paso de cebra mayormente hace suya una vía directa: solo deberá cambiar de dirección dos o tres veces. Esa forma de llegar tiene en su contra el hecho de que al tratarse de calles principales el aire está impregnado de humo y vapores de combustible. Hay, sin embargo, una posibilidad de evitarlo: girar a la izquierda en la primera esquina y entrar en el barrio. A doscientos metros hay plaza y panadería: si el tren ha llegado a la hora se puede incluso permitir un café.
Quien no pisa el paso de cebra ha de hacer un camino más tortuoso y animado. Entra directamente en la cuadrícula y apenas a cien metros tiene un kiosco de periódicos. Cien metros más adelante, un parque infantil. Allí en ocasiones y a pesar de la hora un padre ojeroso le da patadas al balón en compañía del hijo porque quizá es la única coincidencia posible o simplemente lo ha prometido. El recorrido esquiva El Corte Inglés, pasa por debajo del balcón del poeta Joan Franco y luego de atravesar la avenida se funde con el camino de quienes han respetado el paso de cebra. Uno o dos giros pueden hacer más breve o más largo el recorrido y suele ser costumbre de los veteranos enseñarles a los compañeros nuevos el camino abreviado para continuar haciendo el largo tranquilamente.
A estas alturas, para llegar al hospital faltan apenas unos trescientos metros. Habiendo salido todos del mismo tren, sorprende la forma en que se han distribuido de espaciadamente sobre la acera, sin tropezar entre sí, sin siquiera acumularse. Podría decirse que no se conocen y que vienen de puntos diferentes del planeta. O que inician camino hacia hemisferios distintos. Comparten saber, circunstancia e incluso pacientes, pero en esos últimos metros apenas los une un pequeño detalle que solo se aprecia en invierno. Un mínimo, casi imperceptible movimiento de los primeros dedos de la mano derecha: la mayoría los frota procurando un ligero aumento del calor local para, al llegar al hospital, no hacer larga la fila frente al fichero. Si el recurso fallase y el tropel se volviese a acumular como a la salida del vagón, siempre será posible saludar al compañero de tren como si desde hace mucho no lo hubieses visto.
2 nov 2017
No liarás cigarrillos en esta consulta
(fotografía de Begoña Andrés Peinado)
En principio ninguna consulta es baladí, pero esta lo era. En todo caso el motivo de consulta, el diagnóstico y la solución aportada no forman parte de este cuartiento, que está dedicado al hombre que acompañaba a la paciente. Tenía melena, unos cuarenta y cinco años y más que despreocupado parecía indolente. Lo vi de soslayo mientras me presentaba e indagaba sobre el motivo de consulta. El hombre nos escuchaba y de repente sacó una bolsa de tela de uno de los bolsillos de la chaqueta. Sin apoyar manos ni codos sobre el escritorio que nos separaba, como si la cosa no fuera con él (que en efecto no era), comenzó a liar un cigarrillo. Realmente la palabra cigarrillo le viene escasa, apretada como la americana de un primo delgado. Era mucho más gordo. Quizá por el entorno, por lo inaudito de su gesto, el cilindro que sus manos gestaban más bien parecía un torpedo. "Pero, ¿qué hace?", lo increpé, como si hubiera sorprendido a un vecino metiendo un dedo en mi tarro de Nutella. "No se preocupe que no lo pienso fumar aquí", dijo el hombre sin inmutarse. "Faltaría más", intervino la hasta entonces dulce enfermera. A partir de ese momento el mundo (¿la consulta?) pareció detenerse. La paciente, la enfermera y yo casi ni respirábamos o si lo hacíamos lo hacíamos de forma tan superficial que el fotógrafo no consideró necesario decirnos nada. El único movimiento que se percibía era el de las manos del hombre que continuaba masajeando el cilindro. Obviamente, ese pudo ser el momento de mayor provecho para este cuartiento. Pude haberme dedicado a observarle: así él finalmente se habría dado cuenta y quizá habría guardado la herramienta. Pude también comenzar a dialogar con él, preguntarle si quería transmitirme algún mensaje o qué haría él si le hubiese tocado en suerte estar en mi lugar. Esta segunda posibilidad todavía me parece la más interesante porque por indolente que el sujeto fuese o pareciese a estas alturas tengo claro que quizá en la vida puede haber casualidad pero dentro de la consulta nunca y todos los gestos que suceden en su interior son calculados o fruto del estudio. Pero no, torpe hombre del siglo XX, me decanté por la solución más ortodoxa: me alcé de la silla y le pedí que saliera inmediatamente de la consulta. "Eres un imbécil, Paco", le gritó la mujer mientras lo veía salir. "¿A quién se le ocurre liar un cigarrillo en la consulta del médico?".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




