18 sept 2015

L'americano


a Vittorio Zenzola, el primer italiano
-Lo que hace Chaplin con las mejillas lo hace Renato Carosone con la lengua -me dijo mi barbero salernitano, Riccardo Ciliberti, hace más de quince años y yo no pude escucharlo porque estaba mas pendiente de mi cuello que de sus palabras.
Varias semanas después, encontré un cd recopilatorio en un bancone del Corso Vittorio Emanuele y lo compré por dos mil liras, una moneda que desapareció después de avisar,  igual que los dinosaurios y las pesetas.
Carosone, Carosone, Ca-ro-so-ne. Desde entonces lo he escuchado miles de veces y las canciones, en lugar de gastarse, con cada audición ganan y mejoran: nuevos sonidos, mejores matices, otras lecturas, renovadas interpretaciones. Les ayuda, es verdad, el napolitano, una lengua que para quien no ha nacido en la Campania, independientemente de que hable o no italiano, es una suerte de arameo, en que cada sonido, cada fonema, viene acompañado de un gesto y, juntos los dos, podrían ser resumidos por un filólogo contenido en un tomo de mil quinientas páginas.
Lo que más me interesa de Carosone, sobre todo de los trabajos en que el letrista es Nicola Salerno, es que sus canciones, divertidísimas mayormente,  nunca resultan anacrónicas. Al contrario, como se refieren a una parte del mundo en la que no sólo Cristo se detuvo, sino también el tiempo, cada vez son más actuales. Algo parecido, hablando de la parte de Italia que para bien o para mal más he visitado, también me sucede con Totò, Pino Daniele y Massimo Troisi: escucharles y verles es un asunto campano, fresco siempre como un bocconcino di mozzarella, cercano y remoto como una crónica de Matilde Serao, propio y ajeno, comprensible a medias (lo cual es una maravilla porque deja abierto todo un compás de posibilidades meióticas), agradable siempre.
Quienes crean que no conocen a Carosone y a Nicola Salerno se equivocan. Suya es la canción Tu vuò fa l'americano. De hecho es el primer trabajo que hicieron juntos en 1956. En ella (siguiendo quizá la estela de Un americano a Roma, donde Alberto Sordi encarna al inolvidable Nando Meniconi), un joven napolitano se empeña en bailar rock, jugar beisbol y, peor todavía, decir "I love You" mientras hace el amor bajo la luna. Se puede también escuchar en El Talento de Mr Ripley. Y, como no, en la versión discotequera que en 2010 hizo una banda australiana.


Escucharlo ahora es un privilegio en el que  no sólo admiramos a Carosone, sino que recordamos a Alberto Sordi rescatando el plato de pasta que le había dejado la madre sobre la mesa en Un americano a Roma, a Totò y Peppino que en 1958 incluyeron a la fuerza la canción en Totò, Peppino e le fanatiche o a Jude Law cantando la canción en Napoli ante los ojos embelesados del Matt Damon.
Todas sus canciones en general retratan perfectamente la belleza y la tristeza, la dulce fatalidad del Sur de Italia: un pueblo que sabe que está mal, que irá a peor, pero que permanece embelesado pensando en la calidad de la pasta que come todos los días, en la melódica melancolía de su música y en sus bellezas naturales. Para tolerar y comprender una situación tan complicada, quizá sea necesario escuchar Pigliate 'na pastiglia, una canción en la que Carosone describe la vitrina de una farmacia donde se puede pedir además de aspirinas un bistec alla fiorentina.


Otra canción cantada por Carosone que me gusta mucho y me hace recordar a Matilde Serao y a Massimo Troisi es Tre numeri al lotto. No es producto de la colaboración con Nicola Salerno, pero evoca la pasión lúdica del pueblo campano y el significado que en la tómbola napolitana cada número tiene. En Tre numeri al lotto, soñando con el terno, pero también con el ambo, ¿por qué no?, Renato Carosone apuesta por Natale, il male y le botte: 25, 60 y 38, tres números que podríamos jugar hoy, a ver qué pasa.




Finalmente, ya que fue la canción que me recomendó Ciliberti, dejo Io mammeta e tu, un clásico napolitano cantado esta vez por Carosone que describe la estrecha relación de toda joven italiana con su familia y lo difícil que es entrar y abrirse un espacio en ella..


-Lo que hace Carosone con la lengua no lo hace nadie con las manos -podría responderle hoy a mi barbero salernitano.

16 sept 2015

El periojano: ¿periodista o cirujano?


La voz iluminada de Susan Sontag la refería como metáfora, pero sin lugar a dudas en una época mucho más concreta, donde se pretende crear morbo incluso de la nada, para algunos periojanos la enfermedad es espectáculo aunque para el paciente no puede significar otra cosa que sufrimiento. Consideran que el público necesita leer cómo corre la sangre, si no puede ser del toro que sea del torero, y es necesario dársela a través del verbo estreñido de un cirujano y por lo menos dos periodistas. 
Ayer, en Salamanca,  un torero fue corneado, terriblemente corneado. Y hoy el informe quirúrgico ha sido publicado con puntos, acentos y comas por el crítico taurino de El País. No nombraré al torero aunque no fue mi paciente, pero sí al crítico que ha aplicado al asunto una transparencia más propia para declaraciones fiscales de políticos que para entrañas de persona, torero o no. Se llama Antonio Lorca. En la reseña que hoy publica reproduce la nota quirúrgica. Allí se describe lentamente el paso del asta y la forma en que tras el destrozo el bisturí intenta limitar el daño. No me disgusta la prosa técnica del cirujano convertido hoy en periojano, gracias a la abundancia de datos y a la rapidez con que sus palabras han llegado a la prensa y a través de ésta a los lectores. Cuestiono, sí, la publicación íntegra de una página de la historia clínica del paciente. Allí ya se derribo una barrera protegida incluso por la ley. Pero además, al menos un periodista y un editor, ¿periojanos también?, aprobaron su publicación. El primero y los segundos creen y quieren hacernos creer que los lectores necesitamos detalles de la intervención y ponen ante los ojos de todos el "punto de Mac-Burne", "el drenaje de Penrose" y la técnica de Friedrich, además del peritoneo del paciente. 
Por si fuera poco, en un apartado que nada tiene que ver con la cornada ya que se trata de una situación congénita el cirujano hoy convertido en periojano refiere que ha encontrado hurgando en las tripas del torero un "Divertículo de Meckel". El primer periojano lo escribe y los segundos, los del periódico, lo publican. Es un resto de la unión umbilical del torero con su madre y ahora todos sabemos que el torero lo tiene. ¿Y si en lugar de divertículo el periojano salmantino hubiera encontrado plexos hemorroidales trombosados también nos lo habrían dado a conocer? Obviamente no daré ningún diagnóstico porque me estaría contradiciendo. Sólo me permito decir que, periojanos o no, cirujano y periodistas, hoy se han pasado cuatro pueblos y deberían hacérselo mirar.

14 sept 2015

¿Qué ha de hacer un vecino para merecer un cuartiento?

El cuartiento se produce a partir de una mirada torcida que se posa por búsqueda o distracción sobre un evento particular. No se trata de la espectacularidad que recomendaba Juan Bosch a los jóvenes cuentistas. Simplemente un detalle que diferencie al asunto del resto: una voz esdrújula, un ombligo bífido, una nariz que escucha, un médico que confunde las palabras "óptica" y "ótica" generando confusión entre farmaceuticos y pacientes. En caso de estos ´últimos, es necesario aclarar que no son asunto de cuartientos. Para ellos, la atención del médico, del medritor. Pero si  durante la consulta el paciente refiere que de niño trabajó vendiendo periódicos y que éstos venían en paquetes de hojas que él tenía que compaginar, el asunto de los periódicos, no el paciente,  genera un pico de atención que bien vale, previa heurística, un cuartiento. Si se trata de vecinos, no basta con ser conflictivo para merecer un cuartiento. No es suficiente organizar fiestas ruidosas. Por concepto toda fiesta es ruidosa cuando no es de uno. Tampoco ser antipático y no saludar. A veces estos especímenes son los mejores.Pero si se trata de un vecino que no saluda y organiza fiestas ruidosas, si en una de ellas se comienza a escuchar el llanto desgarrador de una mujer llamando a su hijo, como si éste hubiera muerto o desaparecido. Si luego los hombres de la fiesta comienzan a correr hacia arriba y abajo por toda la calle gritando el nombre del niño. Si el medritor tiene que interrumpir su lectura y piensa en la posibilidad de que más temprano que tarde terminarán pidiendo a gritos la ayuda de un médico. Si el medritor espera a que esto suceda apostado en la puerta de su vivienda. Si cuando su mirada se tropieza con la del vecino ruidoso y ahora pasado de ginebra éste lo saluda por primera vez y le dice que han perdido un niño, así no más, como quien dice que ha perdido un paraguas o una piña. Si luego aparece una patrulla policial y dice que el niño de tres años ha sido encontrado a quinientos metros de la casa, que al parecer mientras nadie lo veía había salido de la casa y había iniciado su exploración de los alrededores.. Si el medritor escucha cómo uno de los participantes de la fiesta anuncia su partida y reprocha que los padres no estuvieran pendientes de un niño tan pequeño. Si todo eso sucede en una tarde de sábado en que el medritor está de animo y no quiere continuar corrigiendo la novela, quizá entonces empiece a pensar en la posibilidad de que el nuevo vecino se merece un cuartiento.

31 ago 2015

Amargo y celeste, el testimonio de Albor




Todo libro puede y debe tener innumerables lecturas. Pero me sucede con Duelo que desde hace más de un mes lo leo y releo sufriendo con él, temiéndole y buscándole. Lo digiero lentamente: como amigo que he sido de Albor, como lector que ha encontrado este libro navegando en la red, como escritor que admira el cuidado con que la brillante periodista escarba en su pena hasta editarla de forma magistral, como padre consciente de que los hijos son el evento más importante de la vida hasta ahora, como médico en contacto permanente con el dolor e, imposible olvidarlo, como deudo de mis muertos que he sido y sigo siendo, seguramente para siempre.
Leyendo cómo se multiplica la narradora de este testimonio es imposible no sufrir también porque el mismo título y uno de los primeros párrafos advierten lo que siempre parece que está a punto de suceder, pero que la escritora tensa, no porque quiera añadir suspense sino porque su vida a partir de la maternidad se ha hiperdimensionado.
Su logro más importante es nombrar a la muerte y hacerlo sin tapujos. Me explico y no será difícil porque de alguna manera las fases del duelo propuestas por Kübler Ross se han popularizado. La primera es la negación. Recordaré siempre una escena funeraria de mi infancia. Crecí en un pueblo en que morían unas diez personas al año y mi madre me llevaba a todos los velorios y en ocasiones me tocaba besar los cadáveres. En el velorio que ahora recuerdo, el suegro del difunto se quitó la correa y golpeando con ella el ataúd le gritaba al cadáver: "despierta, despierta, tú no estás muerto". Esa es una forma primitiva de la negación. Otra más común es la dificultad de ver el cadáver y luego, en la vida familiar, de  nombrar su muerte. Albor, que en los años noventa escribía con claridad y cercanía sobre el SIDA, Albor trasciende con mucho esa fase y nos dice a cada instante que la maravilla de su vida se llama Juan Sebastián. Narra su grandeza, su pequeña grandeza, y nos describe su muerte. Ella ha escrito Duelo para que su niño siga presente en su vida, en sus palabras, en el recuerdo permanente de sus lectores.

Duelo. Albor Rodríguez. Oscar Todtmann Editores. Caracas, 2015.

10 ago 2015

Libros congelados a mitad de precio




En la venta de pescado junto al hospital, desde hace un año también venden libros por lo que podría decirse que ahora se trata de una pescabrería.
Los pacientes entran y salen. En la esquina está la óptica y, justo al lado, la pescabrería.
Tiene una entrada amplia: con escalera y rampa para minusválidos.
Ya desde el primer escalón huele a frío con un fondo de pescado. Y, al final de la rampa, está la mesa de los libros.
Como en todas las librerías, hay libros buenos y malos. Espero que no pase lo mismo con el pescado.
Me quedo con dos libros y voy a pagarlos.. Mientras espero, veo las cajas con filetes de merluza, gambas argentinas y rodajas de emperador. Un cliente se ha llevado cinco kilos de atún.
-¿Quién es el dueño de estos libros? - le pregunto a la dependienta intentando apoderarme de una historia: un muerto en familia, un hombre que ha decidido no leer más, una ceguera de instalación abrupta.
Su respuesta es cuando menos glaciar.
-Son de mi jefe. Él los compra y los vende.
-Se ve que le va bien - digo por decir algo.
Ella no responde y me da el vuelto. Además, ha agarrado los libros y anotado sus códigos en una lista cuadriculada.
Cuando me regresa los libros, siento la contraportada húmeda de uno de ellos. Se trata de Cinco horas con Mario, de Delibes.
No lo hago mientras estoy en el local pero, una vez en la rampa me llevo la mano derecha a la nariz: lo sabía, huele a pescado.

28 jul 2015

Metrónomo chancleteo


Igual que hacían mi madre y mi suegra
apenas me alzo
comienzo a abrir puertas y ventanas.
Lo entiendo
como una de las funciones de la paternidad
del paso del tiempo.
No sólo pretendo el recambio del aire.
Necesito comprobar que el aire existe
allí, afuera
más allá del microclima que durante la noche
hemos creado con nuestros sudores
el olor de los  libros y la respiración de los celulares.
Necesito ver las flores, los árboles
saber si ha llovido.
Comprobar que es seguro salir luego.
Por eso abro puertas y ventanas
subo las persianas.
Por eso todo comienza a sonar
(las persianas el viento que pasa y mueve las hojas las cortinas)
y los otros habitantes de la casa se despiertan
refunfuñando maldiciendo
quejándose de la luz del ruido
preguntando por qué
qué me pasa
si acaso no puedo esperar
si no sería mejor colocar una sonda en el jardín
que me informase de todo.
Igual que hice yo toda la vida
con mi madre y mi suegra
mientras las tuve cerca
y pude aprovecharme
de su espíritu previsor
escuchar el ruido de sus faldas
aprender de su metrónomo chancleteo.

23 jun 2015

¿Es Ronaldo Menéndez un medritor? (a propósito de una actividad de Billar de letras)





Con la medritura encendida, sobre todo en las mañanas de postguardia, el medritor encuentra rasgos de medritura incluso en la ingeniería. Es como la poesía, que no está en el mundo (aunque sí) sino en la mirada del poeta (y el lector) que lo contempla (y sufre). En todo caso tiene mucho de bonito esto de ir por la vida buscando y encontrando medritores. Yo al menos lo disfruto muchísimo y no me he cansado todavía de decirlo, de participar de la perplejidad del interlocutor al escuchar la palabra medritor y luego explicarle qué cosa significa y qué dosis de escritura y cuál de medicina ha de tener la pócima para lograr el efecto adecuado.
Así, en esas condiciones (en una de mañana de postguardia, con un tanto de hipomanía y otro de halitosis, inevitables aunque controlables las dos), hace unas semanas me llegó al buzón un e-mail de un escritor que conozco, Ronaldo Menéndez, que es una verdadera postulación a la medritura. De Ronaldo leí en mi segunda juventud El derecho al pataleo de los ahorcados (Lengua de trapo, 1997) y luego coincidí con él en dos o tres eventos literarios, incluido el siempre mentado Bogota 39. Sin lugar a dudas, es un buen escritor y, en los últimos años, según entiendo de lo que he pescado en la web, se ha embarcado en una bonita historia amorosa y literaria anclada en Madrid: una escuela de creación literaria, Billar de letras.
Es un reclamo publicitario de su escuela el que me sirve para postular a Ronaldo Menéndez como medritor. En él, entre muchas otras actividades, Ronaldo propone una clínica de escritura y la presenta como un lugar donde analizar (¿diagnosticar?) y operar (sic) los textos. No me extraña lo de clínica de escritura porque alguna vez he tropezado con el término. Me recuerda además la forma en que los italianos llaman al taller literario: laboratorio di scrittura. Me interesa mucho más lo de operar, que es una voz más viva que el diseccionar (alguna vez encontrado en textos de crítica literaria), más asociado a la anatomía patológica. Esta fusión de términos literarios y quirúrgicos, fundaría sin lugar a dudas una especialidad de la medritura, la cirritura.
Obviamente, la clave del asunto (y con él la respuesta a la pregunta que formula el cuartiento) es que no hay paciente ni paso del postulado a medritor (al menos que se sepa) por la facultad de medicina. Pero me queda la alegría de saber que en la ciencia en que poco a poco me estoy ahogando ya comienzan a emerger las especialidades.

12 jun 2015

Mario Vargas Llosa:un latin (and lover) writer



Como padre de familia, poco tengo que decir sobre la relación entre Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler que los medios de comunicación comienzan a ventilar. No importa que vea fotos que retratan sus manos entrelazadas o que los periódicos desvelen el menú de su penúltima cena. Nada de eso me importa. Soy un padre de familia y, como tal, sé que todo eso es falso incluso cuando se demuestre lo contrario. Falso de toda falsedad. A pesar de que la tía Patricia haya escogido una defensa elegante, muy similar a la que usó Veronica Lario para denunciar a Berlusconi, que más que negar la evidencia pretende ocultarla. Igual es falso, no me cabe la más mínima duda. Es una tontería, es un montaje. No te preocupes, Patricia, que yo no tengo nada que ver con eso y las fotos del quincuagésimo aniversario nadie nos la quita aunque luego yo mismo aparezca en telecinco diciendo que estoy separado de ti desde hace años.
Como lector, todo eso me importa un rábano. A mí de Vargas Llosa, me interesan fundamentalmente dos libros: Pantaléon y las visitadoras y La fiesta del chivo. Después de ellos, por mí Vargas Llosa puede recibir un Nobel de Literatura, salir del armario diciendo que es gay o resucitar a la Duquesa de Alba y casarse con ella. Non me ne frega niente. No me importa un carajo. Como lector, sólo me importan sus libros, esos dos, y la alegría infinita que me dieron cuando ejecutaba con a ellos la acción más placentera de la vida, leer.
Como escritor, me importa todavía menos. Yo soy escritor desde el sufrimiento y esas tonterías no tienen nada que ver con la literatura ni con el compromiso de la creación. En los treinta años que han pasado desde la publicación de mi primer artículo en un periódico, Mario Vargas Llosa ha sido candidato a la Presidencia del Perú, se ha abrazado con José María Aznar, todos los años publica por lo menos un libro e incluso se permite actuar eventualmente junto a mi adorada Aitana Sánchez Gijon. A pesar de eso yo todos los días me he despertado con una idea de texto en la cabeza y he intentado llevarla al papel o a la pantalla, con resultados desiguales pero siempre con la firme creencia de que el editor (el que no es ni ha sido nunca escritor) es el peor enemigo del escritor.
Ahora como habitante de letras de la España actual, este affaire me tiene muy contento. No por Vargas Llosa, sino por España y por Isabel Preysler. Celebro que en un país de políticos y folclóricas en prisión, esta España cada vez más idiotizada y homogénea, narcotizada a fuerza de gin tonics, corrupción y telebasura, celebro que su viuda con más glamour haya elegido posar en la entrada de un hotel junto a un gran escritor y no al lado de un entrenador de fútbol o de un cocinero convertido en artista. Ese pequeño gesto, sin necesidad de lascivia o de caminata al juzgado, esa posibilidad que ahora tiene Lituma de coronarse en los Alpes quizá sea más importante para España que el resultado de las últimas elecciones.  Es posible que algo esté cambiando verdaderamente, que España se deje de una vez de tanta tontería y, si todo va bien, que vuelvan a transmitir las entrevistas de Camilo José Cela en un horario con audiencia.

5 jun 2015

Noticias del periódico en que (eventualmente) escribo




Desde hace unos meses colaboro (eventualmente) con el cuaderno literario del periódico que leen mis pacientes. Ésa es una perspectiva que me encanta porque también podría haberlo llamado el periódico de la ciudad en que trabajo. O, simplemente y debido a que diciéndolo no estaría faltando a la verdad, el periódico más leído en Castellón. Pero yo soy un medritor  (no lo olvides) y, como había escrito antes, colaboro desde hace unos meses con el periódico que leen mis pacientes. Su nombre es "El Periódico Mediterráneo", cuesta ciento veinte céntimos de euro, pero trae consigo (a manera de regalo) otro periódico, de circulación nacional, que cuesta diez céntimos más. Esto último es una maravilla que sólo sucede en Castellón y que, obviamente, no es fácil de explicar. Una posible explicación (libre y arbitraria) sería que el periódico en que escribo te regala ciento treinta céntimos si tú le entregas ciento veinte y que con estos céntimos de euro es posible tener acceso a una visión muy especial de las noticias que suceden en el mundo y en este cacho de tierra que se llama España. Yo lo compro una o dos veces a la semana y, si el domingo en que es publicado mi artículo, no estoy de guardia o de postguardia, hago malabares para encontrarlo luego. Me entero de la publicación porque Joan, mi querido Joan, me envía un mensaje de WhatsApp con una foto del artículo en cuestión y, si le ha gustado, una o dos palabras de ánimo. Es entonces cuando yo comienzo la búsqueda del periódico e invento proyectos familiares que me acerquen a la provincia y al periódico en que he publicado el artículo. Casi siempre lo logro y, sinceramente, disfruto del suplemento literario que coordina Eric Grass.  No por mi artículo, que no necesito leer, sino por los ajenos, por el buen hacer de Eric y las entrevistas milagrosas que sinceramente no sé cómo logra. Cuando he terminado con el suplemento, comienzo con el periódico nacional y dejo para el final las noticias del periódico en que (eventualmente) escribo. Me detengo en las noticias de cada uno de los pueblos que conforman la provincia: fiestas en Segorbe, toros en la Vall de Uxo, comida popular en Almassora. Hay una página que siempre reviso, "Gente de Castellón": en ella, los lectores publican felicitaciones (acompañadas mayormente de fotos) a sus seres queridos por cumpleaños, logros y aniversarios varios. Dejo para el final las páginas de sucesos, que siempre me han gustado, en éste y en todos los otros periódicos. En ellas, en la edición del 26 de mayo de 2015, pude leer como si se tratase de la cosa más normal del mundo que un hombre había sido detenido por grabar vídeos en el vestuario de un equipo de futbolas y que otro estaba siendo juzgado por haberse amputado la mano (¿izquierda?) para cobrar dinero de los seguros. Así, como si nada, éstas son las noticias posibles de leer en el periódico en que escribo. Junto a ellas, (eventualmente) encontrarás mis artículos.


24 may 2015

Una infusión llamada "Cuartientos"



¿De dónde viene esta infusión de nombre "Cuartientos" que aparece sobre mi escritorio hoy?
¿Por qué se llama "Cuartientos" si podría llamarse simplemente "Noches largas", "Pare de sufrir" o "Un colpo di sonno"?
¿Acaso es una broma de los amigos por algún cuartiento sosegado?
¿O, desde el cariño, el regalo (un poema objeto) de un afecto sensible y creativo?
Sea lo que fuere, no me abruma. Cuartientos es una palabra que me gusta. Igual que medritor. En este último caso, agradezco que mi oficio nazca de la fusión entre medicina y escritura. Si no fuese así y se tratase de un entreverado entre medicina y filosofía, yo sería un un medisofo. Mal asunto. Si entre medicina y aeronaútica, mediloto, como si se tratase una lotería promovida por el colegio de médicos.. Si entre medicina e ingeniería, mediniero. Peor todavía.
Continúo pensando en posibles combinaciones cuando el ruido de la calle crece y me arranca del teclado. En esta tierra de toros, están por soltar uno a la calle y para mi maravilla le han puesto el nombre de la manzanilla: "Cuartientos" otra vez.



Quien pensó que yo iba a escribir un cuartiento sobre un toro llamado "Cuartientos" se equivocó. El cuartiento de hoy ya ha sido escrito sobre una infusión.


13 may 2015

25 años de Dragi sol




Sus cuentos aparecieron entre mis manos cuando yo tenía quince años y asistía a todos los talleres de literatura de Valencia, en Venezuela. Al principio creí que se trataba de una novela y escribí los cuentos como una forma de prepararme para la escritura de ésta. Los cuentos iban saliendo poco a poco y, para la novela, me limitaba a tomar apuntes en cuadernos que, con el tiempo, se hicieron indescifrables. En esos días leía a Stendhal y el libro estuvo a punto de tener un nombre con colores. Se salvó de milagro o porque, ante la orden materna de guardar las cartas intraducibles de mi padre, tropecé más de una vez con la palabra “dragi” y, sin tener la seguridad de que significase querido, tecleé sus cinco letras en mi anaranjada Underwood. Del sol no sé cómo apareció ni cuándo lo hizo. En todo caso debió ser antes de enviarlo al concurso que permitió su publicación. Mi madre llevó personalmente la tres copias firmadas con seudónimo a Maracay y, mientras yo esperaba que regresara, devoré El Osario de Dios de Alfredo Armas Alfonso, quien era uno de los miembros del jurado. El veredicto me favoreció. Durante la entrega del premio, el ganador de la mención dramaturgia se apoderó de la escena y pronunció palabras a nombre de toda su familia y también de la mía. Con los cinco mil bolívares del botín, que entonces para mí eran dinero, mucho dinero, compré un reloj que marcó mis horas durante casi diez años. Cada vez que lo mandaba a reparar el relojero decía que era de un metal especial y por eso yo siempre lo mandaba a reparar y no compraba otro. Un año después de la premiación, una tarde en que yo regresaba del cine o de espiar a Mary Monazin en la iglesia de San Francisco, mi madre me dijo que había llegado una carta de Caracas. El sobre contenía una carta de Roberto Lovera De-Sola y un ejemplar delgadísimo de Dragi Sol. La felicidad que entonces me inundó frente a su portada cumple ahora veinticinco años.

9 may 2015

Primera comunión (literaria)




Mi primera comunión, hace casi cuarenta años, fue también en una mañana de sol. Un domingo salimos de casa y, al margen del asunto espiritual, yo sabía que algo importante estaba ocurriendo  y que a partir de ese día yo sería un niño diferente.
-Te haré un regalo que cambiará tu vida –me había prometido  mi madre.
Yo, por si acaso ella se olvidaba, intentaba cambiarla a cada instante. Antes de partir rumbo a la iglesia, pedí permiso para ir al baño y aproveché la circunstancia para cambiar los zapatos de suela por unas zapatillas deportivas cuya comodidad era inversamente proporcional a su aspecto exterior. Mi madre no se dio cuenta hasta que llegamos y ya el daño era irreparable.
-Ahora no te voy a dar ningún regalo –me chilló mi madre cuando me vio entre los compañeros de clase exhibiendo de mis zapatillas desgastadas.
Aun así, al regresar a casa, mi madre me lo dio, su gran regalo. Era un volumen de color aguamarina que recogía varias novelas y estaba autografiado por el autor.
-No lo empieces a leer todavía, no tienes edad. Pero consérvalo siempre.
Yo no le hice caso. Comencé a leerlo inmediatamente y, durante dos años, a partir del momento de mi primera comunión, no hice otra cosa que leer las novelas del volumen que mi madre me había entregado. Me gustaban esas novelas y por eso las leía y las releía. Cuando no las entendía, me gustaban más y las volvía a leer. Me emocionaba además que el libro estuviese firmado por el autor.
-Yo tuve que hacer una cola de tres horas en las puertas del ateneo para lograr esa firma –me contaba mi madre cuando me veía con el libro.
Yo seguía leyendo y a partir de ese volumen conseguí las otras novelas y, antes de que hubieran pasado cinco años, cuando mis compañeros estaban ya pensando en la confirmación, yo ya me había leído todas las novelas de William Faulkner.
Aquel volumen lo conservo todavía. Me ha acompañado en todos mis viajes, en todas mis mudanzas. Él es, en la vida real y en la literaria, mi primera comunión

29 abr 2015

Elogio de la guardia buena


-Buenos días, señoras y señores. He venido hoy a hablar ante ustedes de la guardia buena. La guardia buena no es como la mala que tiene muchos pacientes en el día y pocos pero muy importantes en la noche. No se parece a ella. No, señor. Porque las malas son muy malas y, en ellas, aunque se logre dormir unos minutos, siempre se está pendiente de la posible llegada de una ambulancia, de una camilla o del paciente que está todavía en observación.Además, las malas son malas incluso cuando se acaban porque entonces uno va a desayunar y los compañeros desguardiados te miran con cara de lástima y la mujer de la panadería te da la barra de pan más grande y suave y luego le dice a los otros clientes: "Pobrecito, es que él es médico". Por eso es que Goethe, pone a su  Fausto a decir "No quisiera tal vida un perro" Se refería seguramente al médico de las guardias malas. Es lo peor que le pueda pasar a uno en veinticuatro horas, una guardia mala. Sólo superada por un sandwich de guardias malas, en el que intercalan 24 horas de halitosis, ojeras y compasión. Las guardias malas son tan malas que nadie las compra ni las cambia. porque se sabe que así serán peores. Eso, fundamentalmente, una guardia mala es tan mala que sólo puede empeorar. Lo único bueno que tienen es que ocasionalmente permiten aliviar el sufrimiento de algún paciente, pero sólo ocasionalmente, porque hay mucho pícaro que ...
-Pero, medritor, ¿Usted no había dicho que iba a hablar sobre las guardias buenas. ¿Por qué no deja entonces de hablar de las malas?
-Es que las guardias buenas no existen, compañero. Por eso es que estoy hablando de las malas.

23 abr 2015

La locura del Quijote



Se cumplen quinientos años de la aparición de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha. Quinientos años y el libro todo se sostiene firme, erguido, maravilloso. Sigue siendo la mejor y más divertida obra escrita alguna vez en castellano. Para celebrarlo, incluso han encontrado algún hueso de Miguel de Cervantes. También se organizan controversias sobre la locura del personaje. Melancólico por deprimido, ingenioso por maníaco, delirante por psicótico. Estos son algunos de los diagnósticos que los filólogos regalan a Don Quijote. Yo defiendo una lectura menos intervencionista. A la hora de adentrarse en un libro, buscando signos y síntomas, identificando patologías, diagnosticando enfermedades a las que no se le podrá ofrecer ni siquiera remotamente alivio, hemos de ser cautos para que no nos suceda lo que al personaje de “El alienista” de Joaquim Machado de Assis (1839-1908) quien, puesto a juzgar desde la psiquiatría del siglo XIX la realidad de un pueblo del interior brasileño, terminó indicando uno tras otro tantos ingresos hospitalarios hasta darse cuenta que él, el psiquiatra, el alienista, era el único habitante del pueblo que estaba fuera del hospital. Es imposible, carece de sentido diagnosticar a los personajes de este libro mágico. Don Quijote de la Mancha es un tratado vivo aunque irreal de psiquiatría en el que las enfermedades parasitan a diestra y siniestra el esqueleto psíquico de los personajes. En un capítulo sí y en el otro también. Esto sucede porque el protagonista verdadero no es don Quijote sino la locura que lo parasita. El libro en sí es una fiesta de la locura a la que todos estamos invitados, no para juzgar ni diagnosticar sino para enloquecer también o para pedir, como hace permanentemente Cervantes al introducir nuevos elementos a la locura de sus personajes, que la fiesta no termine, que la locura continúe página tras página, hasta convencer al lector que el Quijote y los caballeros andantes existieron y que la mujer más bella y virtuosa del mundo se llama, se sigue llamando, Dulcinea del Toboso. Nosotros los pacientes, los lectores enfermos, locos para siempre después de haber leído el Quijote.


14 abr 2015

Del día en que cambié mi vida por un cuartiento




El que no estaba al principio era el cuartiento. Lo busqué por arriba y por abajo y no aparecía. Nada. Incluso recurrí a un truco que casi nunca falla: en el tren, saqué la libreta y el bolígrafo rojo. Tampoco. Cuando, antes de llegar a Castellón, volví a meter la libreta y el bolígrafo en la mochila, más que frustrado, estaba vacío. Pensé que era un mal día no sólo para el blog sino para mí en general, como si estuviera a punto de renunciar a un trabajo. Empecé a sentirme mal y, tácitamente, sin necesidad de gritarlo, me dispuse a aceptar cualquier trato con tal de que apareciera el cuartiento. Fue entonces cuando firmé el cheque en blanco. En el momento de salir del tren y comenzar a caminar hacia la salida de la estación. Pasé delante de un grupo de jubilados y, de improviso, un policía me pidió la documentación. A excepción de los aeropuertos nunca me había pasado eso en los últimos veinte años. Como nunca me la han pedido, pues no la tenía. Deletreé mi nombre y el policía lo transmitía por el walkie talkie. Entre los dos, yo por los nervios y él por las letras de mi nombre, la terminamos de fastidiar y quién sabe qué nombre le llegó al policía nacional que me buscaba en los archivos extranjeros.
Mientras esperábamos la respuesta, recordé que en el fondo de la mochila siempre llevo el carnet del colegio de médicos. 
-Soy médico, ¿sabes? Trabajo en ese hospital.
-Menos mal –me dijo el muchacho (seguía siendo policía pero en verdad era apenas un muchacho)-. Porque aquí en el sistema no apareces. Es como si no existieras.
-Es por el trato. El cuartiento estará a punto de llegar –le dije antes de despedirme sin importar que él no supiera a qué trato me refería.