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29 abr 2015

Elogio de la guardia buena


-Buenos días, señoras y señores. He venido hoy a hablar ante ustedes de la guardia buena. La guardia buena no es como la mala que tiene muchos pacientes en el día y pocos pero muy importantes en la noche. No se parece a ella. No, señor. Porque las malas son muy malas y, en ellas, aunque se logre dormir unos minutos, siempre se está pendiente de la posible llegada de una ambulancia, de una camilla o del paciente que está todavía en observación.Además, las malas son malas incluso cuando se acaban porque entonces uno va a desayunar y los compañeros desguardiados te miran con cara de lástima y la mujer de la panadería te da la barra de pan más grande y suave y luego le dice a los otros clientes: "Pobrecito, es que él es médico". Por eso es que Goethe, pone a su  Fausto a decir "No quisiera tal vida un perro" Se refería seguramente al médico de las guardias malas. Es lo peor que le pueda pasar a uno en veinticuatro horas, una guardia mala. Sólo superada por un sandwich de guardias malas, en el que intercalan 24 horas de halitosis, ojeras y compasión. Las guardias malas son tan malas que nadie las compra ni las cambia. porque se sabe que así serán peores. Eso, fundamentalmente, una guardia mala es tan mala que sólo puede empeorar. Lo único bueno que tienen es que ocasionalmente permiten aliviar el sufrimiento de algún paciente, pero sólo ocasionalmente, porque hay mucho pícaro que ...
-Pero, medritor, ¿Usted no había dicho que iba a hablar sobre las guardias buenas. ¿Por qué no deja entonces de hablar de las malas?
-Es que las guardias buenas no existen, compañero. Por eso es que estoy hablando de las malas.

18 dic 2013

Tu sujetador tus calcetines


Para entender qué significaba el mensaje recibido ("Tienes mi sujetador y mis calcetines") el médico de guardia tuvo que recordar, entre fractura de rótula izquierda y abdominalgia inespecífica, que desde hacía tres meses salía con Raquel, que seguía creyendo que Raquel estaba buenísima, que tenía una mochila para las guardias, que la noche anterior a las guardias preparaba un juego de calzoncillos y calcetines, que quizás lo suyo con Raquel tenía todavía un largo recorrido, que colocaba calcetines y calzoncillos sobre el galán para recogerlos en la mañana antes de partir y meterlos en la mochila, que Raquel se quedaba ciertas noches en el apartamento, que a veces ella también colocaba sobre el galán su sujetador y sus calcetines, que esa mañana se había despertado con cinco minutos de retraso y lo había hecho todo muy de prisa, que la prisa es una mala compañía, que cuando se despertaba no encendía la luz para no despertar a Raquel y que seguramente en lugar de coger su juego había cogido el de Raquel. Todo para darse cuenta que después de una guardia de veinticuatro horas, luego de ducharse, no podría cambiarse de calcetines ni de calzoncillos porque los había dejado sobre el galán, a sesenta centímetros de sus cuarenta y siete kilos.