15 may 2017

Una lección de estriptís



Quien descubre que la maestra de sus hijos, la vecina o la mujer que le vende el pescado es o ha sido una deslumbrante vedette lo menos que puede hacer es sorprenderse. Verificará el nombre y los apellidos. Se atreverá incluso a meterlos en google. Luego, durante por lo menos un minuto, frente a la fotografía que deshace la venda que le tapaba los ojos, permanecerá con la boca abierta y lamentará sus precariedades. ¿Cómo pudo no intuirlo? ¿Qué catarata le nublaba la vista para que no se diera cuenta de lo que sucedía ante sus ojos? Esa sorpresa es una cosa bonita de la vida, parecida al WhatsApp que le llegó el otro día sobre el estriptís: “No todo el mundo puede hacer un buen estriptís aunque cualquiera te puede sorprender haciéndolo”. Pero lo que sucede en esta cuartilla es diferente. Aquí tenemos un individuo que durante cinco años ha coincidido con una persona, ha intercambiado saludos y quizá alguna expresión sobre el tiempo. “Qué frío, qué calor”. “Así no se puede”. Quizá incluso alguna vez han estado a punto de discutir esperando turno en la charcutería. “¿Está segura que usted va primero que yo?”. O cuando le hizo llegar algunas anotaciones sobre la conducta de la hija mayor. “De inculcarle valores a mis hijos me ocupo yo, usted enséñeles matemáticas”. Ésas fueron las palabras que le escribió en la agenda escolar. Un trato seco, cortante, que nunca dio pie a la confianza. Siempre la vio vestida con ropas anchas y nunca le prestó mayor atención a su rostro. Hay que decirlo porque sucede a menudo. Para él ella era una persona cualquiera. Una más del entorno, como aquel árbol o la enredadera de la plaza. Ahora en la foto es absolutamente distinta. Flores, brillantina, seda, desnudez, incluso belleza.  Cuando enseña la foto a los compañeros del trabajo, la respuesta es unánime: “Macho, la maestra de tus hijos es espectacular. Qué envidia”. Nuestro Cristóbal Colón permanece en silencio y ya ni siquiera mira la foto. Diga lo que diga la peña, sólo él sabe lo que pasará de ahora en adelante: sencillamente nada. Se esforzará en que todo siga igual y el trato con ella no cambiará, no ha de cambiar, para nada.

9 may 2017

El último pescabro: Guía mi-XA-lin



Varias personas me lo han advertido. “La pescabrería cierra, está cerrando”. En efecto, las palabras “se vende” se leen entre los carteles que anuncian las merluzas a precio insuperable y los boquerones del día. Además, como respuesta a otro cuartiento, un anónimo enriquece el término pescabro advirtiendo que en Madrid, en los años cincuenta,el papel de  los libros vendidos a peso se usaba para envolver el pescado. Imagino que se trataría de una coincidencia triple aunque posible: libros grandes, pescados pequeños y compras exiguas. Con ese ánimo entro en la pescabrería. El primer libro es una sorpresa recurrente: El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. Lo compro por no dejarlo allí, para que no se lo trague el mar en caso de que la venta del local no se realice. El segundo libro que abro tiene un título que promete, Los niños tenores, pero el contenido es desolador: un grupo de niños canta “Cara al sol” y grita “Heil Hitler” en un salón de clases ante la pasividad del profesor. No quiero que éste sea mi último pescabro: me dolería. Me recuerda la infamia, el dolor actual por Venezuela, las pequeñas traiciones, la última visita enferma y desgraciada, aquella conferencia que preparé y no pude dar. Continúo buscando y encuentro un libro casi artesanal: mi-XA-lin (guía de restaurantes poligoneros de la provincia de Castellón). Me gusta el juego que propone el título combinando  la referencia neumática y gastronómica con la expresión preferida de los castellonenses: “ Xa, que bo”; “¿Cómo te ha ido, Xa”. En el interior, honrando el subtítulo, Ximo Salsadella (intuyo que se trata de un pseudónimo) describe cincuenta restaurantes ubicados en polígonos industriales de la provincia y los valora del uno al diez según los siguientes parámetros: precio-calidad, servicio, servicios, parking y atención. En el mejor restaurante, el menú cuesta nueve euros, la comida es buena y en el parking caben, alineados perfectamente, treinta camiones. Me gusta este pescabro: Guía mi-XA-lin. Es el último libro que compro en esta pescadería, ya lo he decidido. Aunque la pescabrería abra mañana o pasado, el último pescabro será éste: conectado con Castellón y haciéndole justicia a la naturaleza alimentaria del lugar en que lo compro. Se muere entonces una palabra, casi un género (litero-alimentario). Menos mal que quedan los cuartientos.

18 abr 2017

Origen, auge y caída del GARDENFIT


Foto: Francisco Cámara

Siempre había dicho que el jardín era su gimnasio. Y es que en efecto lo era: trabajando diez horas al día en la biblioteca, la única actividad física que hacía era cortar el césped, cuidar del jardín. Una o dos veces a la semana. Así, sólo así, se mantenía más o menos en forma. Pero en la medida en que las plantas fueron creciendo, la actividad comenzó a ganar envergadura. Cada vez le ocupaba más tiempo y tenía que salir corriendo de la biblioteca para llegar a tiempo a ocuparse de los árboles.
Fue en esa época que le tocó esperar a un amigo en la nave en que un entrenador y sus discípulos practicaban crossfit.
Viéndolos bajar y subir el balón medicinal, hacer carreras, arrastrase contra el piso como si estuvieran en la guerra, subir la cuerda y elevar las pesas, se dio cuenta de que esos ejercicios repetían su rutinas del jardín. Y escuchando al entrenador motivar a sus alumnos se le ocurrió crear un tipo de actividad física, el Gardenfit.
Nació así una especialidad deportiva. El balón medicinal sería sustituido por el capazo del cortacésped, lleno o vacío según la capacidad del alumno. Los ejercicios de cuerda se harían con los árboles y las pesas con los troncos recién cortados.
Emprendedor como nunca antes lo había sido, publicó un aviso en el periódico y, en una semana, recibió diez llamadas telefónicas. Seleccionó cinco de los candidatos. Les cobraba poco. Pero una vez a la semana los ponía a sudar, siempre en horas de la tarde.
-Comenzamos. Vamos con ganas. Tú a barrer las hojas. Tú con el cortacésped. Tú a quitar las ramas secas de los árboles.
A los diez minutos cambiaba los roles.
-Venga, vamos. Ánimo que parece que no habéis comido hoy.
Cuando veía algún perezoso lo espabilaba inmediatamente.
-Si sigues así te cobraré el doble. Venga, vamos.
La iniciativa tuvo tanto éxito que para atender los diferentes grupos de alumnos que se formaron tuvo que ofrecerse a cuidar el jardín de los vecinos.
-Vamos que esto se acaba -le decía a los alumnos en una época en que aunque estaba todas las tardes cuidando de jardines tenía más dinero que nunca.
-Venga, vamos.
Lo que más le motivaba era saberse dueño de algo. Era el inventor del gardenfit. Lo sabía y se sentía orgulloso de serlo Un negocio redondo que multiplicaba sus ingresos e incrementaba la salud de sus pupilos.
El asunto prometía. Si por un año hubiese mantenido la curva ascendente de las primeras diez semanas se habría convertido en un asunto imparable. Pero pasó lo de siempre.Un vecino creyó que también podía sacar tajada del asunto y anunció su propio centro. No sólo era un copión, sino que lo hacía porque siempre le había dado pereza arreglar su propio jardín. Luego el de la otra calle y el del barrio de al lado. A los seis meses había más centros de gardenfit que practicantes. Y sencillamente el asunto comenzó a desaparecer, como los dinosaurios, como las cabinas telefónicas.
Los alumnos se diluyeron. Así fue cómo cerró. Tuvo que cerrar y volver a cuidar él mismo de su jardín.
Le da rabia recordarlo. Estuvo tan cerca. A punto, prácticamente ya lo había hecho. Ahora incluso le da pereza cortar el césped, cuidar de los árboles. El jardín está más destartalado que nunca, repleto de maleza. Y él, gordo y seboso, no parece un inventor.


21 mar 2017

El siglo pasado




Hasta hace pocos años  nos acostumbramos a creer que el siglo pasado era el siglo XIX y es que en efecto lo era. El siglo de Balzac, Flaubert y Rimbaud. También el de Pasteur, Chejov y la construcción de América. Por esto último o por los elefantes de Rimbaud, nos acostumbramos a creer que el pasado era un siglo lento, que olía a caballos y que su fuerza estaba garantizada por la barba de sus hombres. Ese siglo lento y lejano olía a naftalina y  sonaba con las teclas del piano y los pasos educados de sus habitantes.  No hablábamos de él, no podíamos, tan sólo lo nombrábamos, pero su referencia nos resultaba atávica, vinculada al origen de los tiempos. “Eso no sucedía ni en el siglo pasado”, decían los positivistas cuando veían algo torcido, inapropiado. “Es del siglo pasado”, decía el anticuario señalando el mueble cuya belleza quería resaltar antes de decir el precio. Podía ser malo o bueno, pero siempre era lejano, lejanísimo. El tiempo que nos separaba de él era también una forma de impregnar de esperanza el futuro. Hubo quien nació y creció entre dos ideales: el siglo pasado y el año 2000, el inicio del siglo XXI. Incluso se hicieron predicciones de las cuales pocas se cumplieron. Cuando llegó el 2000, se desvanecieron ideales y predicciones. “Lo mejor del siglo XX han sido los ordenadores y las hojillas de afeitar”, decía entonces un viejo poeta que todavía escribe. Si  el siglo XX era una tesis doctoral, ésta era su conclusión. Y una vez concluido el segundo milenio, el siglo pasado se convirtió en una especie de limbo. Se nombraba poco y quien lo nombraba no sabía bien a que se estaba refiriendo. Mayormente la referencia era todavía al siglo XIX y, cuando un atrevido nombraba los años noventa recién pasados como del siglo pasado, la gente sonreía. Ahora ya comienza a tener cuerpo y forma. Han pasado tres lustros y casi quince meses  Hay ya personas nacidas después del 2000 que leen y escriben: yo he leído ya alguna maravilla. Ellos, que son sin duda alguna el siglo XXI, le dan nombre al siglo pasado: es el siglo XX, caramba. No es que estemos creciendo como Benjamin Button, pero el siglo pasado está cada vez más cerca y nosotros fuimos parte de él y lo tocamos con las manos, hundimos en él las caderas. El que se ha ido y no sabemos dónde es el XIX. Ya no es ni pasado ni nada. Es el siglo XIX.

12 mar 2017

Ojos, corazones: libros a pesetas



Como si no existiera relación entre los órganos de que se ocupan, el oftalmólogo y el cardiólogo no cruzan palabras entre sí, tampoco miradas, quizá ni siquiera sentimientos.
Sentados en asientos contiguos del primer tren de la mañana, concentran la atención cada uno en su tablet y se evitan incluso al alzarse, en el momento de llegar a Castellón. Los conozco a ambos, sé que el uno sabe del otro y que no hay animadversión entre ellos. Creo incluso que tienen más cosas en común que en desacuerdo, pero fundamentalmente (ésa es la razón de su ignorancia mutua) ellos creen (o saben) que no existen vasos comunicantes entre sus saberes y desempeños.
Paso la página y salgo. Fuera de la estación, me espera la sorpresa del día. Están allí desde hace tiempo, pero en la papelería donde ahora compro el periódico miro por primera vez con detenimiento la esquina a la derecha de la caja registradora. Hay allí cien o doscientos libros nuevos, impolutos, que nunca han sido comprados ni vendidos, ni  abiertos ni leídos, pero que han sido editados hace treinta o cuarenta años. Nadie en el barrio los ha querido comprar y ahora que los veo el vendedor avisa que me los venderá según las pesetas que indique la contraportada.
-¿Que tienes que encontrar pesetas para pagarle? - me pregunta el primer amigo a quien se lo refiero.
-No, él hace la conversión a euros -le explico.
Me llevo seis libros por menos de lo que compraría uno en Amazon o en mi librería preferida. No lo puedo evitar y lo pienso: los euros tienen tan poco que ver con las pesetas como los cardiólogos con  los oftalmólogos.

27 feb 2017

¿Qué tienen en común medicina y literatura?


Todo o nada según se quiera. Si continúo escribiendo, va a ser todo. Y está bien que lo sea. ¿Acaso hay libro más hermoso que el que acompaña a un enfermo en su lecho? Seguro que no: ésa siempre es la primera imagen que me asalta cuando intento relacionar estos dos conceptos.
Un poco más allá de la superficie, desde hace años creo sinceramente que ambos saberes, el médico y el literario, pretenden abarcarlo todo, que ambos cubren la vida y su esperanza como dermis y epidermis. Por ello coinciden, porque se superponen.  Por eso eran médicos y escritores François Rabelais, Arthur Conan-Doyle,  Anton Chejov, Pío Baroja, Alfred Döblin, William Carlos Williams, Mijail Bulgakov y Oliver Sacks. Tampoco es casualidad el brillo literario de algunas novelas de tema médico como La Montaña Mágica o El Doctor Arrosmith. O la maravilla de una novela médica escrita por médico: Berlin Alexanderplatz. Alfred Döblin, su autor, admitió que ella no habría sido posible sin su trabajo como médico psiquiatra en un centro de observación de delincuentes. Nuevamente, literatura y medicina. Ambas, superpuestas entre sí y sobre la vida del hombre, pueden ser contenido y recipiente.
Pero no sólo de eso se trata: está dos áreas tienen más qué ver entre sí que la carpintería metálica y el comercio de aves a pesar de las jaulas. Aquí no se trata de hacer medical fusion y encontrar relaciones con la cocina y la ingeniería aeronáutica, que alguna debe haber y será respetada.
Propongo entonces buscar otro saber, otra práctica disciplinar que pretenda abarcarlo todo. Lo admito, estoy haciéndome trampa a mí mismo a ver qué pasa. Si, ahora que están de moda y han demostrado que también pretenden cubrirlo todo,  si elegimos como contendiente las series de televisión, si intentamos sustituir la literatura por ellas, ¿acaso el discurso sería el mismo? Hay igualmente médicos que han participado en ellas. Recuerdo el caso de Michael Crichton que contribuyó a diseñar Emergency room. Hay además varias series que suceden en hospitales y también hay muchas otras que tienen la enfermedad como eje: Breaking bad, The boss, Los Soprano, por solo nombrar algunas. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué la literatura pretende un trato de favor si la comparamos con las series?
No desespere, querido lector. Tengo la respuesta. La clave está, vuelve a estar en la medicina y en el objeto que la ocupa: la vida, la salud del hombre. Es el objeto de su estudio el que hace de la medicina una ciencia que debe esforzarse para resultar apodíctica. Por ello en alguna escuela se enseña que la medicina no es una ciencia sino un arte. Nada de arte, ciencia es aunque no siempre exacta. No lo digo yo, lo advertía Immanuel Kant.  Y si bien la literatura también erige un puente entre la medicina y el arte, fundamentalmente vincula el saber médico con la filosofía, la madre de todas las ciencias.
Ése es su aporte más importante: a través de la literatura, la medicina regresa a la filosofía. Estas dos señoras superpuestas, medicina y literatura, están juntas incluso en esta encrucijada del camino como fue demostrado entre los siglos XVIII y XIX por los actores de la Naturphilosopohie, aunque eso, claro está, es otra serie. Perdón, quise decir cuartiento.

8 feb 2017

¿Jarditor o escrinero?



En los días sin pacientes, no renuncio a la medritura fundamentalmente porque en ella he encontrado productividad y sosiego. Mejor todavía, en esos días tengo más tiempo para decir y escribir que quien es medritor sigue siéndolo siempre: cuando escribe, cuando lee, cuando se encuentra frente al paciente y cuando no tiene nada qué hacer. Sin embargo, si el día es muy de andar por casa reconozco que además de leer y escribir la única cosa que me apetece es limpiar el patiecito, como escribía Ramón Palomares. Cortar el césped, podar los árboles, barrer las hojas son actividades que me producen placer y, cansancio permitiendo, me invitan a escribir. Para mí entonces, cuidar la tierra es de alguna manera una actividad literaria. Por Palomares, que limpiaba el patiecito. Por William Faulkner, que ante los funcionarios del censo americano se presentaba como agricultor. Ellos, obviamente, encontraron ventajas haciéndolo o escribiéndolo. Yo tengo claras las mías. La más obvia, dar el esquinazo a los jardineros ladrones. ¿No dicen los terapeutas familiares que todo se sostiene sobre lo económico? La principal en todo caso es que la naturaleza y sus elementos son todavía una de las pocas verdades a las que es posible asirse. Los mercados no engañan al viento y el agua no le hace caso a Internet aunque ésta pretenda lo contrario.Por eso tiemblo y disfruto con la azada y mis tijeras, incluso con el cortacésped y la motosierra. Cuando estoy lleno de tierra y sólo quiero ducharme para sentarme a escribir, la única duda que albergo es cómo debería llamarme: ¿jarditor o escrinero?

22 ene 2017

Oficio lector


El día no comenzaba al despertar o desayunar, sino en el patio del colegio. Ordenados por grados y secciones en doce filas y, en éstas, según la estatura, veíamos al Padre Carlos Reschop dirigir la orquesta. Primero el himno y las oraciones, luego algunas palabras de ánimo. Eventualmente, un alumno era invitado a concelebrar y debía responder algunas preguntas al micrófono y ante nosotros. Recuerdo la ocasión en que llamaron a un niño robusto de tercer grado.
-¿Cómo te llamas?
-Miguel Ángel.
-¿Qué quieres ser de mayor?
-Heladero.
Más que sorpresa, la palabra "heladero" generó estupor. En Valencia, la de Venezuela, entonces sólo había dos o tres heladerías artesanales y ser heladero seguramente significaba empujar un carrito de helados que se anunciaba con música de campanas por los callejones más oscuros de la ciudad.
-¿Y por qué quieres ser heladero, Miguel?- repregunto el Padre Carlos para disipar la neblina..
-Porque me gustan mucho los helados.
A partir de ese momento el orden del patio se relajó e incluso el Padre Carlos comenzó a reír. Todos lo hacíamos y yo siempre he recordado la escena con una sonrisa dibujada en los labios o detrás de los ojos.
Animado por ese espíritu de sinceridad, yo -que entonces tendría ocho o nueve años y ya había comenzado a devorar los libros de la biblioteca materna- descubrí aquello que más me gustaba y si el Padre Carlos me hubiese llamado en las semanas siguientes, yo también habría dado mi contribución a la felicidad de la peña.
-¿Qué quieres ser de mayor, Slavko?
-Yo quiero ser lector.
-¿Por qué?
-Porque me gustan los libros.
Ese intercambio nunca se realizó, pero yo soñé durante años con él. Primero cambiaron las leyes y ya no era obligatorio cantar el himno. Como en un poema de Joan Brossa, el himno se llevó las oraciones y éstas la reunión en el patio antes de la primera clase. Luego cambiaron al Padre Carlos: se fue de ecónomo al Seminario de Los Teques. Así yo me quedé sin gritar mi primera y, debo reconocerlo, única pasión. Pero, gracias a Miguel Ángel, logré darme cuenta de lo que quería ser. En efecto, es lo que he querido siempre y, aunque formalmente nunca he tenido un puesto de trabajo que lo reconozca, puesto que leer es la actividad que más he ejercido a lo largo de la vida, aquella que más satisfacciones me ha dado y, con diferencia, lo que más me gusta hacer, puedo entonces decir que sin haberlo gritado en el patio del colegio lo he sido siempre: lector de oficio y profesión.

22 dic 2016

Cuartientos tiene sentimientos





Cuartientos no es una persona ni una institución.
No es un género literario y mucho menos un subgénero.
Ni árbol ni animal. No maúlla ni ladra.
No duerme aunque a veces descansa.
No bebe coca cola ni alcohol.
No pasa frío, tampoco calor.
Pero igual te desea feliz navidad,
muchos pescabros y libros a pesetas
en el año venidero.
Que sigas leyendo cuartientos.


3 dic 2016

Todas las chamas


Chama es el nombre de la última paciente que visito. Es una discreta mujer de cuarenta y cinco años que trabaja como maestra pastelera entre Valencia y Castellón. Ella no tiene nada que ver con Venezuela. Se llama Chama por decisión de sus padres, porque simplemente es un nombre posible en Marruecos, el lugar en que nació. De hecho no le presta atención al hecho de que a mí me interese tanto su nombre ni a su posible significado a diez mil kilómetros, más allá del océano. Pero para mí la palabra chama es mucho más que un nombre asignado casi al azar en las faldas del Atlas. Chamos fuimos nosotros cuando éramos jóvenes entre Valencia y Caracas aunque yo poco usaba la palabra.  "Épale, chama", podía ser un saludo frecuente antes de entrar a clases en la facultad. "Chamita, mi vida", obviamente un piropo o una manifestación de amor. Había un grupo musical que se llamaba Los Chamos y una pieza de baile, medio salsa y un tercio de rumba, alrededor de un personaje, Chamo Candela. Yo no usaba el término por eso, porque era muy frecuente, demasiado fácil y, por repetido, incluso vulgar, pero bastó que saliese de Venezuela para que las mujeres amadas se transformasen en chamas. Chama es mi madre cuando la llamo raspando una tarjeta o gracias a los céntimos que me cobra una empresa de nombre imposible, de espanto, Espantel. Chamita es mi niña cuando me hacen una resonancia en la rodilla y pienso en su rostro para tranquilizarme. Chama es la mujer que amo cuando me dice que tengo que esperarla a la una menos cuarto frente a Correos. Chama es mi comadre de Ronda, mi amiga en Santiago o la escritora que no conozco personalmente pero que igual adoro en Madrid. Chama no sólo es esta dulce (por pastelera) paciente, sino que chamas son todas las mujeres que veo y siento, no importa que no me vean ni me sientan, que lo último es demasiado complicado. Todavía más, pensándolo bien y escribiéndolo apropiadamente, chama eras tú cuando te llamaba desde el teléfono público de la Avenida Bolívar, chama otra vez comiéndonos un helado cerca de la Catedral, chama en mis sueños, chama para siempre en mi memoria..
Es imposible explicarle algo de todo esto a la mujer que está frente a mí, la paciente que se llama Chama.. Primero porque no le interesa y sería incorrecto. Segundo, porque no me entendería. Tercero porque tengo prisa: debo reunirme con unas amigas que, convocadas por Sonia, se han juntado para leer Médicos taxistas escritores y, para un medritor, el compromiso adquirido con un paciente o con un lector es sagrado y se respeta, así sea necesario saltarse la cena. Por eso, una vez hechos el informe y las prescripciones, cierro el chiringuito, salgo corriendo y sólo en la autopista tengo tiempo para pensar, con lágrimas de nostalgia y alegría, en la palabra chama.
Todo sucede muy rápido. De la consulta a la autopista, de la autopista a la lectura. Ésta es casi un preámbulo del sueño. Somos ocho o nueve personas reunidas alrededor de un libro, pero el encuentro es tan bonito y cercano, tan saludable, que cuando mi madre me llama para preguntarme cómo estoy qué he hecho, le respondo igual que cuando regresaba tarde a su casa porque me había entretenido hablando de mis sueños con las amigas que estudiaban educación mención literatura en la universidad primera:
-Bien, muy bien. Estaba porai, leyendo cuentos con unas chamas.

16 nov 2016

Pescabros del día



Lo sabe quien me escucha y a veces me lee. Trabajo junto a una venta de pescados congelados y libros usados que yo no sólo compro sino que llamo pescabros. Hoy a la salida de la guardia he comprado dos pescabros maravillosos: El mundo, de Juan José Millás y Arquitectura Gótica Valenciana, de Francesc Pérez y Mondragón y Frances Jarque. Por menos de lo que me hubiera costado un kilo de merluza. Camino al tren, comienzo a leer a Millás casi al azar aunque siempre en las primeras páginas y encuentro la descripción de los experimentos de electroshock que hacía el padre en su Valencia natal. Era vendedor y fabricante de tecnología médica y en esa época, luego de varios errores supervisados por un médico valenciano, se había dado cuenta de la necesidad de usar corriente alterna. No puede ser casualidad, pero justo en ese momento me topo con uno de los médicos del hospital que se encarga del asunto. Es un hombre especial y siempre he admirado la exquisita construcción de sus historias clínicas. Por mi cansancio y un poco por educación, al saludarle, no le muestro el libro de Millás sino el de arquitectura. Es bellísimo, formidable. Escrito en un valenciano impecable y con fotos, anteriores a 1991, año de la edición, que son verdaderos tesoros, irrepetibles seguramente. Pensé incluso en la posibilidad de regalárselo, pero no lo hice y no me arrepiento. Le di de todas maneras el dato. Al lado de la farmacia, donde dice pescados congelados. Allí también venden libros. Estos libros me acompañan en el tren camino a casa. Cuando allí llego, en el buzón me espera otro pescabro. Es un libro comprado a través de Amazon, que también vende comida. Es un libro mío y no lo traigo a esta página por vanidad sino todo lo contrario, por auto-ironía. Lo he comprado a través de Amazon en una librería de viejo de Madrid. Giuliana Labolita, el caso de Pepe Toledo. Fue editado hace diez años en Colombia y si apareció en Madrid lo más seguro es que yo mismo lo haya llevado allí y se lo haya regalado a un amigo o conocido. Extraño, pero no hay ninguna dedicatoria. Tampoco hojas arrancadas. Al final, en la cara interna de la contraportada, un niño ha escrito: “Empezamos por la unidad uno”. Tiene toda la razón, incluso cuando de pescabros se trata, hay que comenzar por el principio.

26 oct 2016

La caja de los pescabros


(Imagen tomada en préstamo del blog
 de Joan Baptista Campos, La garfa del dies)

Lo lamento, pero esto de los pescabros no sólo me gusta sino que me conmueve. Hoy, además de los que suelen estar sobre la mesa, hay también una caja con un lote de ellos junto amis pies. Parece más bien un cubo lleno de cabezas de pescado que el pescabrero bien podría haber tirado a la basura, pero que ha decidido vender a bajo precio. A alguno ya le han quitado las espinas, otro no tiene lomo o, mortificado, se le ven más las vísceras que la piel.
Aun así, encuentro tres títulos interesantes en cuyos ojos se aprecia todavía cierto brillo y cuya estructura garantiza un reparto regular de las espinas: El padrino de Mario Puzo, Scaramouche de Rafael Sabatini y Enemigos / Iónich de Antón Chéjov.
Los voy a pagar y la pescabrera (¿será la mujer del pescabrero?) me dice amablemente, con cariño puro.
"Ya tienes algo para leer hoy, ¿no?".
"Sí", le respondo. "El problema lo tengo con la casa que la estoy llenando de pescabros".
La mujer no ha escuchado la última parte y repregunta. Se ve que me habla más por oficio que por necesidad..
"¿Qué problema tienes?"
"Ninguno", le respondo. ·"Es que quizá mis hijos preferirían que yo comprara pescados y no libros".
"Eso seguro", dice la mujer convencida (se ve que al pescabrero sólo la une el trabajo) y, mientras me da el vuelto, todavía ríe pensando en el tiempo que he tardado en darme cuenta de algo que a ella le resulta tan evidente.

23 oct 2016

Pequeña Venecia


El país se deshace 
inevitablemente
Se pudre se parte se va
A veces incluso parece que no existe

Duele por uno y por los demás
lo que perdimos
lo que no vimos
lo que nunca verán nuestros hijos

Duele sobre todo la impotencia
No haber sido militar ni boxeador

Más que escuchar y escribir
comprar medicinas
rezar y temblar

parece que no podemos ninguna otra cosa.

18 oct 2016

Pescabro de la lumbalgia


El pescabro brilla en la mesa. Es nuevo, rutilante. Lo venía pidiendo desde hacía dos semanas. Botas de lluvia suecas, de Henning Mankell. Podría ser mi pescabro favorito de las últimas semanas. Es un gran éxito del pescabrero. Porque el protagonista es médico. Porque el escritor, que lo escribe antes de morir, sabe de medicina. Por tantas cosas. Además, parece casi nuevo. Como si nadie lo hubiera leído. Como si lo hubieran colocado en la mesa de los pescabros apenas dos minutos después de comprarlo en la librería. Sólo para que yo lo comprara a una cuarta parte de su precio. Para hacerlo mío a pesar del ligero olor de pescado que emana. Para que lo abriera y encontrara en su interior, en la página 56, una receta del hospital, de mi hospital, con un texto manuscrito: "Pescabro de la lumbalgia".

Golpe de bruja
este dolor que me desangra.

¿Quién lo habrá escrito? ¿Acaso un paciente agradecido? ¿Se tratará del dueño secreto de la pescabrería: paciente y pescabrero? ¿Por qué llama golpe de bruja a ese hachazo? ¿Sabrá que corresponde lo que ha escrito corresponde a una traducción literal del italiano: il colpo della strega?.
No dejo de dudar ni de leer.


Lumbalgia. 
¿Cómo puede tener un nombre tan bonito este dolor?

¿O se tratara más bien de un paciente insatisfecho?

Se cura con dexametazona y tiamina.
Se calma con dexketroprofeno. Con faja lumbar.
Pero sobre todo con tus manos
frotándome la espalda,
embadurnándome de árnica,
hija mía.

Me gusta este pescabro, no por bueno sino porque lo leo en total acuerdo con su balbuceo, tanto que comienzo a pensar si acaso soy yo quien los escribe, los mete dentro de los libros que yo mismo compro y dejo abandonados en la pescabrería, para luego comprarlos a bajo precio y con ese olor a pescado que, lo admito, me gusta. No es una confesión, faltaría más. Solo una posibilidad. 



5 oct 2016

NI dantesco ni kafkiano


No deberían formar parte de la vida. Es lo que se siente y desea. Pero inevitablemente se sabe de ellos e integrados a la memoria, incluso si suceden a miles de kilómetros, forman parte de la cotidianidad. Hablo de crímenes, tragedias, desahucios, hambrunas, matanzas, barbaridades. Ante ellos, casi de manera rutinaria, ahora que se sabe que no es correcto usar la palabra “tercermundista”, salta una voz afectada: “Es dantesco, kafkiano”. Puede ser todavía peor. Las mismas palabras son usadas, mal usadas, luego de una jornada dura, la avería del coche, una llamada a la operadora telefónica, la espera en el centro de salud o el atraco en una carnicería. “Es dantesco, kafkiano”. A quien lo dice parece importarle un pepino no saber quién es Gregorio Samsa ni el significado que en la vida de  Dante tenía Beatrice. Ni hablar de la posibilidad de leer, de haber leído La metamorfosis o La divina comedia. Se nombra a los dos escritores como quien pide una cerveza o devora una loncha de queso curado en la barra del bar. Sólo son dos palabras, dos palabritas, que banalizan una obra infinita y, haciéndolo, rompen la maravilla literaria del espanto de uno y la absurda angustia del otro. Hay, seguro, quien celebra esta vulgarización y ve en ella un acercamiento de lo divino a lo humano, pensando quizá que si el nombre de los escritores se convierte en adjetivo común su obra será más y mejor leída, pero tal acercamiento no existe porque en la medida en que se atribuyen estos adjetivos a la cotidianidad el encanto literario se pierde y Kafka deja de ser Kafka, así como Dante ya no es Alighieri ni tampoco el autor de La divina comedia. Quien pronuncia los adjetivos no nombra a los creadores sino que se queda con dos palabras tristes,  de un uso lamentable. Igual podría haber dicho palíndromo o lepidóptero. O mejor aún, no haber dicho nada ya que tendría más sentido llorar un poco o pedir una hoja de reclamación.
Dantesco es en verdad el uso que se le da a la palabra dantesco y kafkiano que no se deje de hacerlo. Para pronunciar estas palabras, debería ser requisito imprescindible haber leído al menos cinco páginas de La metamorfosis y diez de La divina comedia. Si fuese así, no volverían a ser usadas. Primero porque no son textos de fácil lectura y pocos llegarían a la meta. Segundo porque digan lo que digan los diccionarios e incluso  las academias el espanto y el absurdo si literarios son maravillosos, sublimes, y no le caben por ningún lado a estas situaciones terribles, para nada dantescas, nunca, ni siquiera lejanamente kafkianas.