8 mar 2014

Messi: vómito gratuito



Es característica de nuestro cuerpo el emitir secreciones o expulsar contenido por los orificios naturales. Así defecamos, orinamos, escupimos, tosemos. Eventualmente, vomitamos sin que sea necesario estar enfermo para hacerlo. Al futbolista Lionel Messi le ha sucedido, al parecer en varias ocasiones, el vomitar delante de miles y/o millones de espectadores, la última vez en un partido que la crónica dice que no tuvo mucho fútbol. No pasa siempre y eso lo convierte en noticia. El médico puede vomitar, pero procura no hacerlo delante de sus pacientes. El bombero se aparta del fuego. El actor corre al servicio o al camerino. Messi no pudo (o no quiso) y las cámaras se concentraron en su vómito. Parafraseando a Erving Goffman, Lionel Messi vomitó en el espacio anterior de su vida y así la enfermedad proporcionó el espectáculo ya que el fútbol no lo tenía. En su edición del viernes 07 de marzo, junto a la crónica del partido, el periódico que leo en España (El País) propone una foto de casi media página en la que el chorro líquido-alimentario que sale de la boca del futbolista pretende eternizarse en la mirada del lector. Como lector, como médico, como persona, como escritor, como paciente potencial que lo somos todos, me resulta una ilustración gratuita e innecesaria del partido.
Ya para terminar, una pregunta, una preguntita posible en medio de esta pérdida posible de pudor, buen gusto y educación elemental. Si en lugar de emético el síntoma hubiera sido diarreico, ¿cómo habría sido la foto publicada por los medios de comunicación? ¿Messi defecando?



19 feb 2014

La ladrona de figuritas


Me cuenta una amiga que todas las semanas va una mujer a su casa y le roba una figurita. 
-Eso pasa desde hace dos o tres meses. 
Inicialmente se robó un pequeño busto de Mozart que mi amiga había comprado en Viena.
-No pude creer que era ella -refiere ahora mi amiga, que tiene algo mas de ochenta años-, porque esta mujer siempre había gozado de mi aprecio. Por eso preferí pensar que se trataba de un descuido mío.
Pero a las dos semanas desapareció una figurita del niño Jesús.
-Era obvio que era ella.
-¿Por qué?
-Es que casualmente había limpiado la imagen antes de su llegada y, después, cuando ella se fue, el niño Jesús ya no estaba.
-Qué hija de puta.
-Te agradezco que no digas groserías cuando hablas conmigo -mi amiga en su tiempo fue una mujer irreverente y de vanguardia pero las malas palabras nunca las ha digerido.
-Perdóname, no lo volveré a hacer -el secreto de nuestra amistad radica en que yo no discuto con ella por esas cosas.
A las dos semanas, la ladrona de figuritas volvió a atacar. Se ve que esta mujer, llamémosla la mujer Ch ya que su apellido es Chirinos, tiene la perseverancia como virtud y el robo como defecto.
 -Pero, ¿por qué se lo permitiste? ¿Por qué no le dijiste nada?
-¿A qué te refieres?
-A que no tiene sentido que aceptes todas las semanas la visita de alguien que sabes que te va a robar.
-Y tú, ¿qué hubieras hecho?
-Y yo qué sé. Ponerle alguna trampa. Embadurnar de mierda una figurita.
-Recuerda lo de las groserías.
-Perdón. O meter un micrófono en una.
Mi amiga ríe. Está en ello por lo menos medio minuto y luego vuelve a hablar.
-Yo he hecho una cosa diferente.
-A ver, cuéntame.
-Todas las semanas, cuando sé que viene, voy a la tienda de los chinos, compro una figurita barata y la coloco sobre el piano, donde sé que ella cuando venga la va a robar.
-Pero, ¿para qué?
-Es que me gusta ver cómo tiembla esperando que yo voltee o vaya a la cocina. Me gusta ver su mirada culpable, la rapidez con que luego se despide. Para mí es como una obra de teatro.
-Si es así, yo ya tengo su título.
-A ver, ¿cuál?
-La doctora Ch.

12 feb 2014

Adiós, abrazos



Hace más de un año escribí un cuartiento relacionando la merma progresiva de los periódicos impresos con la desaparición de los abrazos. Me refería entonces fundamentalmente a lo que ahora se llama transición digital: la migración de lectores del formato impreso al digital a través del ordenador, las tabletas y la telefonía móvil. Aunque suena a tonto y simplemente bonito, a mí me sigue gustando y pareciendo pertinente la idea de que si los periódicos impresos desaparecen se irá produciendo progresivamente una abolición de la musculatura necesaria para su apertura que, mira por dónde, es bastante parecida a la de los abrazos. De eso se trataba entonces y se sigue tratando todavía, empeorada la situación porque la venta de la versión impresa de los periódicos es cada vez menor y por situaciones como la de Venezuela, donde el gobierno ha sitiado en las últimas semanas a la prensa escrita no permitiéndole acceder a la compra de papel.
Se maravillará el lector de que no me haya manifestado cuando la carencia tenía que ver con el papel higiénico y me manifieste ahora en una situación que sólo tiene que ver con los periódicos y sus noticias, de las cuales hay quien dice que no vale la pena leer porque siempre son catastróficas. 
Pues yo sí lo hago porque lo que sucede ahora no sólo tiene que ver, como en el caso del papel higiénico, con la carestía y la necesidad de desviar la atención de temas prioritarios para darle folklore al gobierno de Nicolás Maduro y así hacerlo parecer un poco más a Chávez, sino que es una maniobra burda de censura, adoctrinamiento y coacción. Intentan silenciar y comprar voces disonantes, no complacientes, y para hacerlo no les importa agredir a los que siempre, desde que aprendíamos a leer y nos manchábamos las manos con su tinta, hemos sido sus lectores.
En la misma onda de maravillas, seguro habrá quien diga que yo no debería hablar de estas carencias porque estoy fuera del país y no son esas páginas impresas las que compro todos los días. A ellos he de decirles que gracias a esos periódicos aprendí a leer y escribir, que me hice escritor leyéndolos y queriendo escribir en ellos y que, debido al entorno rural en que viví durante la infancia y la primera juventud, para leerlos debía caminar los domingos catorce kilómetros (siete de ida y siete de vuelta), pero que luego mi sudor y mi cansancio eran finalmente recompensados con la posibilidad de oler, abrir, hojear, leer con lentitud y finalmente detenerme en sus páginas.
Ésa es la razón por la que habrá que despedirse de los abrazos. Es la más vil de las razones y, como si poco fuera, me doy cuenta que la migración digital es indetenible. Ella no me causa dolor, sino incomodidad. En un mundo falsamente global, aunque absolutamente globalizado, en que sincrónicamente conviven situaciones absolutamente diferentes, hay países que piden papel y otros que sólo quieren Wi-Fi. En uno de los últimos, a pesar de la crisis o por ella, he visto cómo las chucherías le quitan en el quiosco el puesto de privilegio a los periódicos. Éstos -pensaba escribir "los pobres" refiriéndome a los periódicos, pero el lector podrá comprobar que habría quedado fatal-  cada vez son menos y están más arrinconados.
-Es que no se venden - me dijo la amable quiosquera hace apenas dos o tres días.
-Y por eso también desaparecerán los abrazos -le respondí sin que a ella le fuera posible comprenderme, arriesgándome a perder el tren.

3 feb 2014

La globalización, ¿qué es?

(pensando en la necesidad  perentoria de conversar sobre economía y política con mi hijo Alessandro)

Por años he pronunciado la palabra globalización, atribuyéndole virtudes y defectos, sin saber qué cosa es realmente. Un ente, algo intangible. Un invento de la derecha del que la izquierda se beneficia y por si fuera poco critica. La posibilidad de ordenar un libro y leerlo a los treinta segundos en un aparato electrónico. Escribir en Valencia de España contra el alcalde de Valencia de Venezuela o viceversa. Contratar un servicio en Castellón para darme cuenta luego que le estoy pagando a una empresa sudafricana. Conducir un coche que fue pensado en Japón, ensamblado en Bulgaria con piezas de Estonia. Que el salario mensual llegue al banco y éste lo distribuya entre mis acreedores que le resulten más agraciados. Algo así.
Pues no, nada de eso. Hoy, luego de indicar un sondaje vesical finalmente me he dado cuenta de qué es la globalización. Para el lector alérgico a la medicina y sus formas, explicaré que una sonda -necesaria fundamentalmente en caso de retención urinaria o si se quiere medir y controlar diuresis- se introduce por la uretra y con ella se ha de llegar a la vejiga urinaria. La sonda tiene un conducto interior por el que una vez llegados a vejiga se hincha un pequeño balón o globo que, haciendo tope, fija la sonda e impide su salida.



Pues eso es lo que es la globalización: el globo o balón de una sonda vesical por el que nos tiran permanentemente haciendo que nos duela la uretra. Por eso pagamos, para que no nos duela más. Por eso callamos, para que duela menos. Y así lo hacemos porque por uno o por otro lado desde hace ya varias décadas todos estamos sondados y globalizados.

15 ene 2014

Revolución de la amistad según facebook



Si hace veinte años una persona de nuestro entorno decía que era amigo de Jacques Chirac (esto por nombrar una figura del pasado), había sólo tres posibilidades: era verdad (había estudiado con él en La Sorbona), se trataba de un chiste o estábamos frente a un mitómano. En el escenario actual, si alguien alardea de una relación semejante (el equivalente seguramente sería un futbolista y esto para CUARTIENTOS no es bueno ni malo), el noventa por ciento de las posibilidades apuntarían a que se trata de una relación iniciada y consolidada a través de las redes sociales. Éste es el mayor aporte de la revolución de la amistad propiciada por facebook: ahora podemos sentirnos cercanos a personas que antes ni siquiera podíamos mirar o rozar. Mucho más que cercanos. Les solicitamos amistad y nos la dan, somos sus amigos.
Otro cambio tiene que ver con las relaciones que ya existían. Comenzaremos por las buenas. El amigo buenazo, el compadre de toda la vida. Ha habido un momento de estos años en nos hemos solicitado amistad a través de facebook. A veces incluso nos hemos llamado telefónicamente antes de hacerlo, haciendo preparativos, como si se tratara de alguna otra pedida. Una vez solicitada, quien recibe la solicitud la valora y, claro que sí, acepta, pero a partir de allí la relación cambiará, para bien o para mal, nos enteraremos mutuamente de cosas buenas y malas, uno verá que el otro se relaciona con personas con las que habían jurado nunca más hablar, el otro lo descubrirá en la fiesta de los enemigos, etcétera, etcétera. Continuamos ahora con las relaciones olvidadas, existentes pero ya olvidadas. La muchacha con la que saliste hace treinta años, que nunca mas viste y que ahora es una señora pomposa: chácata, hace dos meses te solicitó amistad por facebook y aceptaste. El compañero de clases de primaria que ahora llena la red de recuerdos en  los que tú eras el que se cagaba en los pantalones: te lo ha pedido, es tu amigo de facebook. Finalizamos con las malas relaciones, los enemigos de toda la vida. Aquel compañero de la facultad que se follaba a tu novia y te retaba luego a pelear, como si fuera necesario hacer la cosa más humillante, ¿lo recuerdas? Claro que no, luego de odiarlo, de quitarle el saludo, con los años había pasado a un rincón oscuro de la memoria y ni siquiera lo recordabas. Pues ahora te ha pedido amistad por facebook y, luego de valorar la situación, no porque ahora seas mejor ni porque le estés agradecido de que finalmente te haya quitado de encima aquella víbora, sino simplemente porque gracias a facebook la amistad es otra cosa, pues ahora has aceptado ser su amigo.
Visto lo visto, la amistad gracias a facebook es ahora una forma de relación mucho más amplia de lo que nunca había sido: incluye amigos y enemigos, conocidos y desconocidos, recuerdos permanentes y olvidos que se pretendían para siempre, mirones, espías de la CIA, celebridades, ex-parejas, parejas, compañeros de metro y autobús, connacionales, colegas, compañeros de trabajo que buscan destruirte, compañeros de trabajo que no, odontólogos que alguna vez hurgaron en tu boca, profesionales ávidos de publicitarse, ex-compañeros de colegio, compañeros de colegio de los hijos, padres de los compañeros y todo tipo de seres con ojos o sin ellos que sean capaces de obtener una identidad en el invento. Es, para bien o para mal, la forma de relación más amplia y menos significativa que ahora existe.

8 ene 2014

Elogio de las mujeres cuando hacen deporte al aire libre (resumen de una tertulia hospitalaria)


Woman-running by Okal

A través de la ventana del bar todos vimos a una mujer corriendo (con ánimo deportivo) junto a la verja del hospital y el residente de ginecología comenzó cantar las virtudes del deporte al aire libre:
-Es conveniente practicarlo antes y después del parto.
La residente de segundo año de ORL, sin embargo, desaconsejó realizarlo con audífonos.
-La incidencia del trauma acústico asociado a los audífonos es mucho mayor de lo que ...
El R3 de traumatología trajo a colación otro tipo de traumas asociado también a los audífonos.
-Están corriendo y escuchando música y no se dan cuenta de lo que pasa alrededor, ni siquiera de los obstáculos del camino. Ayer me tocó operar una fractura trimaleolar de ...
Sin embargo, no tuvo problemas a la hora de alabar el deporte físico sin audífonos.
-Es bellísimo verlas correr. Parecen ángeles.
El endocrinólogo, incrédulo siempre, no estaba de acuerdo:
-O demonios, corren demasiado.
El R4 de cardiología lo corrigió:
-Corren lo suficiente y, además, no hay ninguna duda de que es cardiosaludable.
El representante de la unidad de cuidados intensivos lo ayudó:
-Veinte, treinta minutos tres veces a la semana. Es lo ideal para continuar siendo sanos.
El internista callaba, pero su silencio era más afirmativo que negativo. Igual el preventivista. 
El residente de oncología insistió en hablar de la belleza:
-Están buenísimas. Las piernas, el culo, las tetas -era capaz de seguir hablando así toda la tarde, pero recordó otro asunto, el de los olores-. Además, corren y corren, pero no sudan y siempre huelen bien. Es como si se pusieran perfume antes de salir a correr.
El asunto comenzó a gustarme y, finalmente, intervine:
-Eso es verdad. Cuando a veces salgo a correr, huelo el perfume y luego me quedo viendo sus piernas y sus brazos.
-¿Cómo que te las quedas viendo? -me preguntó el endocrinólogo.
-Es que me superan, coño. ¿No habías dicho tú que corren demasiado?

7 ene 2014

El grito del paciente psiquiátrico


No puede gustar a nadie el grito que nace de la desesperación y pretende ahuyentar con sus decibelios una fuerza que el paciente vive como enemiga.
-Quiero matar al psiquiatra- recuerdo que gritaba un paciente en El Peñón de Baruta y las enfermeras me llamaron, para que me matara de una buena vez o para que yo lo contuviera farmacológicamente.
Estos gritos, repetitivos, incansables, no suelen preocuparse por la disfonía sucesiva. Así, en caso de que no hubiera contención alguna o si la usada no funciona, un paciente puede estar gritando horas y horas:
-La psiquiatra es una puta. La psiquiatra es una puta.
O amenazando:
-Los voy a matar a todos. A todos. A todos.
En ocasiones es el paciente psicótico, pero también el maníaco. En otras ocasiones, es el trastorno de personalidad, mitad psicopático, intoxicado, mitad border.
-Te voy a violar, a ti y a ti, hijo de puta. Negro de mierda.
Sus gritos desesperan y, fundamentalmente, en familiares e incluso en algunos trabajadores hospitalarios, generan impotencia. Ésta, que nace de la gravedad de la situación pero también de la ignorancia, es la que a veces obliga a sonreír: una lectura aunque inadecuada cariñosa, en clave de humor, de la situación del paciente.
El médico, el psiquiatra, no ríe o sólo lo hace si novicio. Valora fuerza, peso, contenido, efectos adversos, los relaciona con la dosis a administrar. Pero a él también le resultará inevitable relacionar lo que escucha con lo propio, aquello que arrastra y vive como persona.
Sucedió frente a mí hace algunos años en un hospital valenciano en que se usaban mucho los diminutivos y, por tanto, la palabra "miqueta". A mí, ese día, me habían postergado el cumplimiento de una promesa humana, personal ("Tendrás que esperar una miqueta"), y me habían aumentado las horas de trabajo ("No te preocupes, es sólo una miqueta"). Al rato llegó un paciente agitado que no entendía mucho valenciano y, luego de escuchar a los residentes decir que para cambiarlo de camilla habría que inmovilizarlo una  miqueta, comenzó a gritar indefinidamente.
-A la mierda las miquetas. A la mierda las miquetas. A la mierda las miquetas.
No sólo reí sino que también le di la razón.
-A la mierda las miquetas -me dije a mí mismo sin que le fuera posible a nadie el oírme-. A la mierda las miquetas

31 dic 2013

¿Para que sirve un CUARTIENTO? Uno


Era una discusión banal, pero en ella mi hijo sintió vulnerados sus derechos.
-Oye -me amenazó-, si sigues así, te voy a escribir un cuartiento

29 dic 2013

As-salaam alaykum


Del día en que me tocó por suerte entrevistar a Joan Brossa (1919-1998), una de las cosas que más y mejor recuerdo es la referencia que hizo a Leopoldo Fregolí (1867-1936), el transformista italiano que da nombre al síndrome de Fregoli, y que él mismo -estoy hablando de Brossa- de haber sido transformista, para diferenciarse del artista admirado, se habría hecho llamar Fregoli-no.



Eso fue en el siglo pasado y yo en éste uso su treta para escaparme de los pacientes que pretenden asignarme gentilicio.
-¿Es usted cubano?
-Cuba-no
-¿Dominicano?
-Dominica-no.
Su inquietud es sana, pero no siempre es posible ni intuitivamente conveniente (por lo de la neutralidad terapéutica quizá) una respuesta. Mucho menos una explicación detallada:
-Yo nací en tal parte. Mi padre era de aquella otra. Mis abuelos de allá. Pero atravieso las aduanas con un pasaporte que poco tiene que ver con los lugares que he nombrado.




En los últimos años -por la barba, por los años, porque al menos dos veces al día voy a la estación de trenes o por Mohammed, mi barbero- me abordan en la calle o en la estación hombres y mujeres que podrían ser del Magreb, quizá de Marruecos.
-As-salaam alaykum- me saludan antes de hacerme en árabe un planteamiento que no comprendo.
Es una situación difícil de la que sólo puedo escapar gracias a Joan Brossa:
-Marroquí no -les digo y para que no quede ninguna duda muevo el dedo índice de la mano derecha de uno a otro lado. -As-salaam alaykum.

22 dic 2013

Para cuando en el aeropuerto un vigilante te explore profundamente

En el aeropuerto, el vigilante me somete a una revisión exhaustiva, inusual en mi vida de viajero en todo caso. Me aliena un poco, pero no protesto porque en principio fueron los remaches metálicos de mi pantalón los culpables de que el arco detector de metales comenzara a cantar. Además, conozco de antemano la respuesta ("Yo estoy haciendo mi trabajo") y me resultará todavía más fastidiosa que la palpación inguinal bilateral.
Inicialmente, pienso en el racismo. Este vigilante hijo de puta no puede ver una persona que sea diferente a él porque en seguida piensa que lleva o trae lo que él seguramente desea consumir. Eso lo pienso mientras me pongo las botas y el cinturón, pero mi hijo, el mayor, me lo advierte.
-Estás hablando solo, papá, y el cinturón te lo estás metiendo por el lado equivocado.
Ciclo inmediatamente y abordo la situación desde el lado médico. Nosotros los médicos también tocamos y, por si fuera poco, estamos convencidos de que mientras más tocamos el paciente más nos lo agradece. Quizás no sea así aunque en este momento me resulta difícil dudar de la efectividad y eficacia diagnósticas de la palpación abdominal o de la exploración de rodillas. Para beneficiarse de ellas, es necesario acercarse, tocar, abordar esa otredad que es el cuerpo del paciente y se acepta el procedimiento, tanto de parte del médico como del paciente, porque se entiende que, a diferencia del cacheo policial hay un provecho mutuo. Hay, sin embargo, colegas que exageran. Recuerdo una compañera que se ufanaba de realizar una por una todas las exploraciones del reconocimiento médico laboral. 
-Es que yo no dejo nada sin hacer y si escribo que los miembros inferiores están en buenas condiciones es que he explorado una por una todas sus articulaciones.
Esto en principio no tiene ni tenía nada de particular ya que así debe ser y hacerse, pero el tono marcial de sus indicaciones y la repetición de ciertas maniobras le otorgaba al asunto una deformación alienante por lo que en una ocasión cuando le tocó valorar a un traumatólogo brillante y amigo, como me topé con su rubor a la salida de la consulta y cometí el error de preguntarle cómo estaba, éste no pudo evitar el decírmelo:
-Mal, a esta mujer lo único que le faltó fue hacerme un tacto rectal.
Si ella lo hubiera escuchado lo habría entendido como un elogio y quizás lo habría citado nuevamente para hacérselo ya que este hombre tenía entonces más de cuarenta y cinco años y es de todos sabidos que la próstata ...
Mientras recuerdo a mi colega óseo ya estoy desayunando con los niños en el bar y las maniobras exploratorias del vigilante han perdido la mayor parte de su gravedad. Me río incluso del asunto. Por eso, en el momento de ir al baño, lo advierto:
-Si demoro mucho, es que me he encontrado al vigilante y le he pedido que termine el masaje.

18 dic 2013

Tu sujetador tus calcetines


Para entender qué significaba el mensaje recibido ("Tienes mi sujetador y mis calcetines") el médico de guardia tuvo que recordar, entre fractura de rótula izquierda y abdominalgia inespecífica, que desde hacía tres meses salía con Raquel, que seguía creyendo que Raquel estaba buenísima, que tenía una mochila para las guardias, que la noche anterior a las guardias preparaba un juego de calzoncillos y calcetines, que quizás lo suyo con Raquel tenía todavía un largo recorrido, que colocaba calcetines y calzoncillos sobre el galán para recogerlos en la mañana antes de partir y meterlos en la mochila, que Raquel se quedaba ciertas noches en el apartamento, que a veces ella también colocaba sobre el galán su sujetador y sus calcetines, que esa mañana se había despertado con cinco minutos de retraso y lo había hecho todo muy de prisa, que la prisa es una mala compañía, que cuando se despertaba no encendía la luz para no despertar a Raquel y que seguramente en lugar de coger su juego había cogido el de Raquel. Todo para darse cuenta que después de una guardia de veinticuatro horas, luego de ducharse, no podría cambiarse de calcetines ni de calzoncillos porque los había dejado sobre el galán, a sesenta centímetros de sus cuarenta y siete kilos.

12 dic 2013

Diana y Mandela


Más de quince años después de la muerte de la primera esposa de Carlitos, viendo a la gente llorar por Mandela, vuelvo a descubrir que esto de las exequias televisadas me da grima, asco y arrechera. Lo sé, cada vez soy un hombre más anticuado, pero es que no le encuentro sentido a estos melodramas colectivos en que personas que cobran por ello (periodistas, celebridades y políticos) fingen llorar y haciéndolo logran que las personas normales lloren realmente. Podría también hablar de la muerte de Chávez, pero no lo hago para que no digan que aquí estamos otra vez los escritores venezolanos oliéndonos el ombligo. O de la muerte de Juan Pablo II, pero pretendo evitar los reproches maternos. Además, al asunto católico le concedo la gracia de la resurrección, evidenciada en la muerte papal a través de la elección del nuevo papa. De todas maneras es más de lo mismo, un ejercicio catártico que no lleva a ninguna parte. Se parece un poco a la alegría deportiva. Imbecilidades todas. Ganó Nadal, el Real Madrid o el Barcelona, Magallanes en Venezuela. Pero al menos ésos son eventos que despiertan ánimos positivos, generan la vivencia de una victoria que quizás cada uno de nosotros nunca podrá tener por vía natural. No pasa lo mismo con la muerte, que la tenemos garantizada.
Son los deudos los que lloran a sus muertos. Los deudos reales. Las personas que los quisieron o los odiaron, pero con los que tuvieron contacto y relación. Ése es un sentimiento verdadero. Este otro es una representación caricaturesca del dolor. Hacer un funeral multitudinario para realizar minicumbres de estado, para que Obama salude a Castro y se cepille a la ministra danesa (o viceversa) o para que los sudafricanos muestren al mundo un falso intérprete del lenguaje de los sordos es un ejercicio de estupidez. Habrá, lo sé, quien se siente atraído por el asunto e incluso se conmueve. Luego irá a la librería y comprará toda la colección de premios planetas. Lo lamento, compadre. Lo lamento mucho. Para evitar su dolor, en voluntades anticipadas, las celebridades deberían pedir exequias privadas y silenciosas.
Ésa es una buena idea que recomiendo sinceramente. Si Google le ofrece más de mil resultados cuando usted teclea su nombre lo mejor que puede hacer es un poco de psicoterapia. Apenas dos o tres horas de diván le ayudarán a comprender que la mejor manera de partir es hacerlo en silencio.

7 nov 2013

Elogio de los bancos

 

Actualmente y casi para todos, resulta inevitable asociar la palabra banco a un pecado bíblico, un engaño, un dolor de cabeza mal curado, una factura pendiente, una carrera constante entre un monopatín oxidado y un Lamborghini recién salido del taller.
En mi caso, sin ir más lejos, hoy me tocó comunicarme telefónicamente con mi agencia. Inicialmente hablé con una señora que, eso sentí, me maltrataba.
-Ustedes, los clientes, créeis que... -decía usando ese odioso plural que siempre me hiere-. Veré lo que puedo hacer.
Le hice notar lo incorrecto de su actitud y, luego, escribí una nota de reclamación en la página web del banco. Fue una nota calmada en la que protestaba el tono perdonavidas de la empleada.
Al rato llamó la directora.
-No es para disculparla -me dijo- pero esta mujer ha estado sometida a mucha presión porque yo he tenido una niña y ella ha estado sola allí, acompañada por un sindicalista que no hace nada.
Felicité a una y disculpé a la otra, de alguna manera, aunque no terminé de entender la referencia sindical.
A los cinco minutos la directora volvió a llamar. Nuevamente gentil, pero ahora con una trampa en la boca. La escuché y no prometí nada.
Luego de despedirme fui al parque y me senté en uno de los bancos a los quiere referirse el título de este cuartiento. Son los primeros a los que se refiere el diccionario. Son los primeros que hemos conocido. A ellos representa la palabra banco. Éste es de concreto, pero también los he conocido de madera y de hierro, con o sin respaldo. Cómodos en su perfecta incomodidad, concebidos para cavilar unos minutos, leer quince páginas o robar un beso. Obviamente, yo he hecho muchas más cosas. Sobre ellos he escrito y leído, he comido, he dormido. Incluso en una ocasión -era la primera juventud, hace más de veinte años- me tocó amar y pude hacerlo.
Estos bancos que te ofrecen alivio son una maravilla y se merecen un elogio en forma de cuartiento.
Sentado en uno de ellos, suspiro y recuerdo un paciente moribundo que fue director de un importante banco de V. Antes de despedirse, el hombre se empeñó en regalarme un consejo:
-Doctor, quizá es lo último que digo, pero hágame caso, nunca crea que un bancario puede ser su amigo.
Lo tendré en cuenta si vuelve a sonar el teléfono. No asentiré y diré muy pocas cosas. Lo que no puedo garantizar es si la directora se dará cuenta que desde hace unos minutos soy rico.  No me he ganado la lotería todavía pero, sentado en este banco casi perfecto, acabo de salvar una palabra.
 

3 nov 2013

Otro encuentro feliz en la medritura


La medritura es un oficio que se ejerce con el conocimiento, la experiencia, los sentidos, la imaginación pero, clave, para su ejercicio es fundamental haber estado frente a un paciente.
Así como no hay escritura sin texto ni crimen sin cadáver, no puede haber medritura sin paciente. Independientemente de que uno de los resultados de su ejercicio sea un texto, la medritura no se construye a partir de él, sino a partir del paciente.

El encuentro entre el medritor y su paciente podría ser abordado desde la perpectiva que la tradición médica conoce como relación médico-paciente: el paciente acude a la consulta solicitando un servicio que el medritor presta gracias a su saber entablando ambos una relación en la que cada uno tiene haberes y deberes.

O desde la transferencia-contratransferencia freudiana. Al paciente le son transferidos parte de los haberes del medritor y el medritor ha de valorar lo que el paciente hace que evoque.
Si el psicoanálisis considera que para la valoración y uso adecuado de la contratransferencia es necesario el análisis previo del psicoanalista, en el caso del medritor es necesaria la escritura.

El medritor no ha de ser neutral, como se le solicita en ocasiones al analista. Lo que el análisis llama neutralidad terapeútica, en la medritura significa la posesión de dos apéndices auriculares (dos orejas) que siempre juegan a favor del paciente y permiten que este se revele y desvele en la consulta como persona.

He aquí una diferencia fundamental. La medritura no encuentra pacientes, encuentra personas. Y las personas pueden tener un problema médico, pero tienen también un oficio, aficiones, anécdotas.

Todos los pacientes son personas, pero también es cierto que en ocasiones no todos están, no tienen por qué estar dispuestos a ser hurgados como tales. De la misma forma en que a un paciente en coma no se le puede pedir que interrelacione con su entorno, a un paciente que sólo pretende del médico la solución de un problema (una herida en el dorso de la mano por ejemplo) y que no está dispuesto a otra cosa no se le puede pedir que sea un paciente de la medritura.

Un encuentro interesante es el del medritor con el lletraferit. Cabría suponer que es el encuentro más feliz de la medritura, pero no necesariamente tiene por qué serlo. El lletraferit puede ser una persona complicada y suele ser quien en la consulta del medritor al menos inicialmente resulta más arisco, menos propenso a revelarse como persona, mucho más como lletraferit. Suele haber, sin embargo, un instante en que la mirada de ambos es atravesada por un puente de reconocimiento o complicidad. "Me equivoco o tú eres un medritor", ésa puede ser la idea que atraviesa el pensamiento del lletraferit. A partir de allí es posible que alguno de los dos se le escape una referencia literaria y que, si el encuentro se repite, se desvelen el uno ante el otro con sus verdaderos intereses.

Conozco el caso de un médico que es medritor sin saberlo y, una vez que encontró un paciente lletraferit, terminó escribiendo con éste una novela.

Pero mayormente todo paciente significa un encuentro feliz para el medritor porque es una ventana a través de la cual contempla el mundo y la vida.

Mi encuentro más feliz de esta semana sucedió con un empresario que terminó la consulta regalándome una máxima:
-El dinero no es importante para tenerlo. Es tan solo importante para no necesitarlo.
En principio, para la medritura todo paciente es, puede ser, un encuentro feliz.