5 jul 2013

ELOGIO DE LA COMIDA HOSPITALARIA


Cárceles y hospitales no son sitios, ni por asomo, que se asocien con el buen comer. Todo lo contrario. En la cárcel por poco y malo y, en el caso de los hospitales, porque se asocia lo que allí se sirve y come con una dieta hiposódica y baja en grasas que tiene un resultado insípido pero no inódoro ni transparente, disgustoso mayormente. Esto es así para usuarios y trabajadores. De cara a la galería (el front space de Erving Goffman) y vísceras adentro (el back space). Es posible casar aquí una polémica con el espíritu de Goffman porque, en este argumento, en muchas ocasiones, el front space que se supondría edulcorado es peor que el back y mayormente los trabajadores hospitalarios comen mejor que los pacientes sencillamente porque sobre los primeros no pesan restricciones médicas.
Como trabajador hospitalario, me ha tocado vivir (comer) de todo. Recuerdo un hospital de Caracas en que para comer, ni bien ni mal, simplemente comer, había que salir del hospital y enfrentarse a la calle, con el peligro que eso significaba sobre todo a la hora de cenar. O un hospital del sur de Italia en que la pasta al pomodoro era scotta, scottisima, y parecía más bien un mazacote. En España, el problema y la maravilla es el cerdo. A veces viene bueno, pero el problema es que siempre está, incluso en el sandwich vegetal. En todo caso mayormente se trata de platos repetidos día tras día, de opciones propuestas al mediodía y repropuestas en la cena, comida que se ingiere no con placer degustatorio, ni siquiera para llenar el estómago, sino simplemente para descansar y abstraerse, en la medida de lo posible, de la rutina laboral.
Hay ocasiones, sin embargo, en que se come bien. Recuerdo el bacalao al pil pil de un hospital en Alicante que no tenía nada que envidiarle a los restaurantes del centro de la ciudad. O, mejor aún, algún episodio de alimentación informal -propiciado en la trastienda hospitalaria, a pocos metros de la lucha entre la enfermedad y la vida, convirtiendo escritorio en mesa, sábana en mantel y depresores linguales en cucharillas- en que dentro de mi boca han estallado sabores inigualables que recuerdo todavía con auténtico placer. Así sucedió aquel lunes de hace varios años. Los enfermeros me lo habían advertido:
-El lunes no cenes en el bar que tal persona traerá manitas de cerdo.
Las trajo sin falta y asimismo las comimos con las manos un grupo de cinco o seis personas, sentados alrededor del mesón de los residentes.
Lo recuerdo bien a pesar del tiempo transcurrido y me llevo los dedos a la boca como intentando succionar los tendones y cartílagos de un cerdo inexistente. Qué buenas estaban las manitas y qué hermoso era comerlas allí. A tan pocos metros de una sala donde en ocasiones se le gana la partida a la muerte y al dolor, a tan sólo unos segundos del cansancio absoluto. Tomarse unos minutos, en una guardia de 24 horas para chuparse los dedos y después continuar: qué maravilla.

26 jun 2013

La belleza según el último paciente

Olvídese de libros y películas. No hable de El Padrino. No piense en nada de eso. Las palabras se las lleva el viento y, no sea tonto, deje de pensar que esto último le parece bonito. Usted tiene que sembrar, plantar las tomateras. Plante también calabacines y pimientos. Lechuga, que en esta tierra se da muy bien. Una vez a la semana écheles sulfato. Una vez a la semana. Estoy hablando de las tomateras. Sulfato desde arriba, pulverizado como si fuera agua del cielo desde la punta de la planta. Después usted verá, en las tardes conocerá la belleza. Qué maravilla cuando la mujer se pone un delantal. Un delantal grande sobre las ropas de domingo. Y se va al campo y recoge cinco tomates, dos calabacines y una lechuga. Eso es una belleza que produce vicio. Verla entrar en la casa con el delantal recogido. El momento en que vierte su contenido sobre la mesa de la cocina. Es una delicia. Mírela cómo sonríe. Da gusto comer esa ensalada.

23 jun 2013

A favor y en contra de los fines de semana


 
El viernes en la tarde un vecino insiste en que yo alguna vez le dije que el vello corporal se escribe y dice con la labial b de Barcelona.
-Es improbable -le digo-, porque los asuntos de la b y de la v siempre han sido importantes para mí.
-Sí, pero aquella vez tú lo dijiste y todos en la mesa así lo entendimos.
No pude ni puedo todavía entender qué pretendía, cuál era el objetivo de tanto afán didáctico y recriminatorio.
-¿Es que acaso es muy importante para ti? -le dije en un intento de conciliación, ya no con él, sino con el fin de semana.
-Es que tú lo dijiste. Todos los que estábamos en la mesa lo escuchamos -dice el hombre.
-Lo lamento en todo caso, pero no es así, se escribe con v.
-Es lo que yo digo.
-Pues sí, lo que pasa es que cada quien escucha y entiende lo que quiere escuchar y entender.

El sábado en la mañana veo una pareja jugar al tennis. Ella tiene fuerza, grita y pelea cada pelota, corriendo como una tigresa sobre sus setenta años. Él tiene un juego de fondo, más pausado, pero sumamente efectivo. Dos o tres años más que ella, cuando no le toca responder con el revés, se lleva la mano izquierda a la boca de la traqueostomía. Ganaron tres partidos seguidos, uno tras otro. Cuando regresaban del podio, la felicité y ella me dio una palmada en el pecho, del lado del corazón
  
 
En la tarde, acompaño a mi hijo que tiene partido. Él y un amigo juegan contra una pareja mixta. Ella, tres años mayor que el resto, altera con trampas permanentemente el puntaje. Toda pelota en contra intenta convertirla a favor a pesar de las evidencias.
-Canta cada pelota -le aconsejo a mi hijo, que se acerca a mí desesperado.
Así lo hace y al final, él y su amigo logran derrotar a los tramposos.
-¿Qué te parece? -me pregunta Alessandro cuando termina el partido.
-Que la niña ya puede casarse y divorciarse. Se lo llevaría todo.
 
Domingo en la mañana. Salgo en bicicleta con JC. En la subida más larga, debí bajar. Luego, las otras subidas me parecían un asunto de niños. Menos mal porque, ya al final, JC jugaba a despistarme. Casi lo hizo una vez y finalmente lo logró en la última.
Cuando nos despedíamos, me preguntó qué haría yo en el resto del día.
-Voy a hacer una paella para extranjeros.
JC lo sabe. Yo sólo cocino paella para personas nacidas fuera de la Comunidad Valenciana.
-¿Por qué? -me preguntó la primera vez que se lo dije.
-Porque para que un valenciano reconozca que a un venezolano la paella le ha quedado buena tiene que ser mucho mejor.
-¿Mucho mejor qué?
-Mucho mejor persona -le dije aquella vez.
-¿Y luego qué harás? -me preguntó hoy mientras se bajaba de la bici.
-En la tarde voy a escribir. Ya está bueno de no hacer nada durante tanto tiempo.

12 jun 2013

SOTNEITRAUC


-¿Qué ha dicho?
-Adan.
-Lo que no entiendo es porque usted insiste en hablar y escribir al revés.
-Orep, ¿lauc se le amelborp?
-Ninguno, ninguno, pero el lenguaje existe para comunicarse.
-Arap esraserpxe airid oy.
-Es igual, pero si usted habla al revés todo el tiempo a mí me cuesta mucho entenderle y este encuentro se hace cada vez más largo.
-Aroha le euq on edneitne adan yos oy. Detsu es ajeuq ed im, orep detsu ebed raredisnoc euq atse noislup aim on ereifretni arap adan noc im ojabart in noc im adiv railimaf. Ne sose sotxetnoc, oy erpmeis olbah lanrom.
-Entonces, ¿para qué me llama? ¿Para que viene e incluso me paga?
-Euqrop oreiuq ralbah noc detsu.
-¿Cómo? ¿Así, al revés?
-Es ecid la sever. Em añartxe euq seupsed ed sotnat soña sonodnartnocne detsu on apes olriced aivadot: la sever.

2 jun 2013

HUEVOS CAMPEROS

Una amiga del colegio de los niños me propone que le lleve un ejemplar de Médicos taxistas, escritores.
-Te lo pagaría, ¿sabes? -me promete-. Asi lo he hecho con los otros padres que me han traído sus libros.
No me extraña porque esos trapicheos son frecuentes en el colegio. Dinero para los cumpleaños, para el regalo de las profesores. Siempre estamos en eso, intercambiando monedas, mientras les pedimos a los niños que no lo hagan con sus juguetes.
Pero me abruma recibir de ella algunas monedas por este libro. Es una tontería mía, porque ejemplares tengo y las monedas nunca sobran. Pero es que ella es una persona especial y compartimos tácitamente varias cosas, sobre todo una mirada particular del patio en el que coincidimos cuidando nuestros hijos. Además, sé que ella tiene gallinas ponedoras.
-Mejor me traes unos huevos. ¿Te parece?
-¿Por qué no?
Pues hoy me los ha traído y yo le he dado un ejemplar del libro y de sólo verlos de tamaños y colores diferentes, irregulares en este mercado sosomonótono que hemos construido en occidente, de sólo verlos, estoy convencido de que en el trueque que hemos hecho el ganador tiene nombre de Slavko.
Yo conozco uno, ¿sabes?: todavía tiene la boca manchada de amarillo.

28 may 2013

Los tomates de mi madre Leticia

 


Hoy he plantado siete tomateras. Mica las trajo hace unas semanas y por días las he visto crecer amuñuñadas en una maceta hasta que finalmente me decidí a comprar la tierra y las cañas. Me emociona, claro está, la posibilidad de que dentro de unas semanas pueda buscar en ellas el rojo de la ensalada y por eso seguramente me he decidido a hundir sus raíces en una tierra verdadera. Pero, además, al plantarlas he regresado al huerto que en la Entrada construyó mi madre una vez. Yo tendría unos nueve o diez años y mi hermana once. En esa época, mi madre estaba ocupadísima en labores comunitarias. Pocas veces en mi vida he visto a alguien tan involucrado con su entorno. En las mañanas, visitas que llamaba diligencias al ministerio, a los tribunales, al municipio. En las tardes, talleres de formación con los vecinos. Y, luego, después de la cena, reuniones con los líderes de las comunidades aledañas. Parecía un motor mi madre entonces. Puro nervio, energía y carisma. Esto sucedía alrededor de 1980. Ella, adelantada, impulsaba iniciativas ecológicas que pocos entendían entonces en nuestro entorno. No se amilanaba, iba de casa en casa, de vecino en vecino, de burócrata en político. Luchaba por salvar unas montañas que sentía suyas para así purificar el aire que respiraban sus hijos. No todo el mundo comprendía entonces la pertinencia de su lucha, pero ella seguía. Era un motor encendido, un motor verdadero. Con esa potencia en su último trabajo había logrado construir un templo a su santo preferido: San Pancracio. Por eso yo cada vez que veo una estampita de San Pancracio la pido o la compro. Para motivar a los vecinos, ideó la posibilidad de un taller de horticultura. Se apuntaron varios vecinos, pero no había lugar para el huerto. Eso tampoco amilanó a Leticia Rivas. Como las autoridades locales negaron todos los espacios públicos posibles, ella propuso que el huerto se hiciese allí, en el jardín de nuestra casa. Todas las tardes entonces venían el profesor y los alumnos. Primero el semillero. Luego los surcos y los camellones. Todo allí, en el jardín en el que yo había construido un campo de fútbol y otro de béisbol, imaginarios. Alrededor de la primera base, plantaron las cebollas. Más allá las lechugas y las berenjenas. Junto al terreno de los Berrizbeitia, en la portería visitante, las tomateras. El jardín de la casa se convirtió en un aula de clases, luego en un huerto y finalmente en una tienda de verdura. Las lechugas eran verdísimas y de las cebollas por años mi madre dijo que no había probado mejores. Tomates había, de varias variedades. Nosotros, mi hermana y yo, supervisábamos el riego y recogimos la verdura. Fuimos felices con ese jardín que de pronto dejó de producir flores y comenzó a darnos verdura. Fuimos absolutamente felices acariciándola y, cómo no, comiéndola, pero mucho más viendo a mi madre tan dinámica y completa. Una madre roble, hasta el punto que en la dedicatoria de mi primer texto aparece así, tal cual: Leticia árbol. Pocas veces fuimos tan felices como en aquellos días y hoy las tomateras de Mica me lo han hecho recordar. Mi madre bella. Árbol noble. Mi madre buena.
 

16 may 2013

POLIZÓN




Me gustan estas montañas. He terminado queriéndolas y me gustan en todas las formas: sentado en una terraza (viéndolas a  través de una jarra de cerveza, como si fuera un personaje de País de nieve), caminándolas, besándolas con las rodillas cuando caigo de la bicicleta, como aperitivo antes de comer, después de comer para mitigar con su olor a romero la modorra postprandrial.
En general, siempre me ha gustado este asunto de subir y bajar, de dar vueltas en estos y otros senderos. Lo hacía en La Entrada, en Caracas, en Barcelona, en Salerno. Ahora lo hago en la Huerta del Norte. Aquí me maravillo de la cantidad de caminos que se adentran en la sierra.
-Es como si un ciego hubiese trazado muchos círculos sobre esta página de tierra: a veces coinciden, otras no -dijo alguna vez un amigo con más de tres cervezas entre pecho y espalda.
Eso me encanta. No estoy hablando de la cerveza, sino de la posibilidad de perderme en este jeroglífico de caminos para luego creer que encuentro algo, quizás el camino de regreso, quizás a mí mismo, quizás unos eslabones de hierro oxidado.
Hoy, por ejemplo, me ha tocado salir a caminar con una gorra de polizón. Realmente quería ir con la de almirante, pero mi hijo, que es el dueño de la colección, dijo que me quedaba mejor la de polizón.
-Pero, ¿por qué lo dices si son todas iguales? -intenté protestar-. Sólo cambia la palabra.
-Confía en mí -fue su respuesta, su única respuesta, mientras escondía la de almirante y otra que tiene de grumete.
-Ya verás cómo me detiene la policía por tu culpa -intenté plantar en su corazón una semillita de culpa. Obviamente, sin efecto.
Yo igual me fui de polizón y puedo jurar que hice quince o veinte kilómetros. Me fui por un camino y regresé por otro señalando siempre las arrugas de la montaña, inventando recorridos por caminos inventados hace mucho tiempo, jugando con la hora de regreso, arriesgando moléculas de ATP y celulas de tortilla convertida en bocadillo a la hora del almuerzo.
Ya de regreso me conseguí con la patrulla de policía que estúpidamente había invocado. Recordé a mi hijo y me calcé la gorra de polizón.
Ellos tonteaban con el GPS y yo pasé a su lado. Me alcanzaron luego, bajaron los cristales y el que conducía me confesó que se habían perdido y que no sabían regresar.
Los ayudé. Yo, polizón, ayudé a los policías. Les indiqué el camino e incluso les señalé el desvío para conseguir un buen café.
Cuando llegué a casa, se lo dije a mi niño.
-Gracias a ti, en el paseo de hoy, conseguí un cuartiento.
-¿Sí? ¿Y cómo se llama?
-Polizón, eso creo. O del día en que Slavko el polizón terminó ayudando a dos policías. Aún no lo tengo claro.

3 may 2013

Cuartiento de los amigos de CUARTIENTOS



CUARTIENTOS tiene amigos que se acercan a su autor, protestan cuando éste demora en actualizar la página, agradecen algún texto, critican otros, formulan opiniones y, en ocasiones, dan ideas, felices sugerencias. Son, sin lugar a dudas, los amigos más queridos de CUARTIENTOS y gracias a ellos este proyecto continúa y su autor se alimenta de él y enriquece su voz para aplicarla luego a otros proyectos.
Las sugerencias son todas maravillosas, nutritivas, hiperproteícas, y el autor, como una radio de pueblo, quisiera complacerlas todas, pero obviamente no es posible.
 
 
 
 
Hoy, sin embargo, ha recibido dos que es imposible no desarrollar aunque sea mínimamente.  La primera tiene que ver con la mejor forma posible de pagar la cuenta en un restaurante. En este tipo de situación, el cuartientólogo ha visto de todo. Está el comensal que salta de la mesa y paga él solo toda la cuenta a pesar de las protestas o en virtud del agradecimiento de sus compañeros. Está también el comensal que huye y, en el momento de pagar, sufre una urgencia miccional. Ha visto también el grupo de comensales, catalanes en su mayoría, en que cada uno aporta el importe exacto de su consumición o, mejor aún, aunque esto lo ha visto hacer a alemanes, no a catalanes, el grupo en que cada comensal pide que el camarero le cobre directamente el importe de lo consumido. Pues, un amigo de CUARTIENTOS ha referido el conocimiento de un grupo de amigos que se reunen en su restaurante y, en el momento de pagar la cuenta, aparece una bolsa en que cada comensal introduce de manera secreta su contribución. Cuando la cuenta regresa al punto de partida, se cuenta el dinero y, si no se ha alcanzado la suma necesaria, la bolsa vuelva a rodar de comensal en comensal.
 
 
 
 
La segunda sugerencia está relacionada con la lotería. Se trata de un vendedor de lotería que por años ofrece infructuosamente sus billetes a un parroquiano. Un viernes, el parroquiano finalmente accede y compra dos décimos.
-¿Para cuándo es esto? -le pregunta al vendedor después de pagarle.
-¿Y qué importa? -le responde éste marchándose-. Nunca toca.




27 abr 2013

El colmo del escritor

 
A mi príncipe de nueve años, en lás últimas semanas le interesan los colmos. Se la pasa así todo el día, de colmo en colmo, colmándome de preguntas.
-¿Cuál es el colmo de un jardinero?
-¿Cuál es el colmo de un calvo?
-¿Cuál es el colmo de un electricista?
Así, ha llegado incluso al mismísimo colmo, preguntar cuál es colmo de los colmos.
La respuesta es complicadísima e implica un ejercicio de virtualidades entre un calvo, un sordo, un mudo, un ciego, un pingüino volando, la playa de una ciudad sin salida al mar y vaya usted a saber. Sería imposible acertar. Lo mismo pasa con todos los otros colmos. Igual de imposibles, no por dificultad intrínseca, sino porque el proceso a través del cual se llega a la respuesta no está casado con ninguna lógica. Es más bien una suerte de ejercicio creativo, precario pero creativo, en que el disparo puede salir por cualquier parte de la pistola, gatillo incluido. Sin embargo es necesario intentarlo, el responderle, no tanto por conocer la respuesta -aunque ésta en ocasiones consigue la risa- sino por ver la cara de mi príncipe mientras escucha el intento fallido de respuesta. Seguro de sí mismo, sonríe, muestra los dientes y ni siquiera parpadea. Provoca detener el tiempo y quedarse en esa playa de la vida para siempre. Que se jodan los bancos y las panaderías, que se joda Humphrey Bogart: mi hijo sonríe, a punto de disparar su colmo.
Hoy, se ha atrevido con su plato fuerte. Yo llegaba de la guardia hospitalaria y él me esperaba en la puerta de la casa, vestido de antemano de sonrisa.
-¿Cuál es el colmo de un escritor? 
Lo saludé, besé sus mejillas y, como siempre, me puse a pensar. En esta ocasión la respuesta podía satisfacer una duda biográfica, resolver un misterio. Recordé que hacía apenas unas horas le había preguntado a un compañero de guardia si sabía los apodos que los trabajadores del hospital nos ponían.
-A ti y a mí ninguno.
-¿Estás seguro? Yo creo que a mí me dicen "El cubano".
-Pero, ¿tú no eres venezolano?
-Venezolano, sí, pero creo que me dicen "El cubano".
-No lo sabía.
Pues no lo tengo claro todavía, creo que el compañero no se atrevió a decírmelo. Igual yo tampoco me habría atrevido si él me lo hubiera preguntado. Pero mi príncipe, sí. Allí estaba, sonriendo, disfrutando mi duda, dispuesto a disiparla con su voz cándida.
-El colmo de un escritor es que su mujer le cocine una sopa de letras y que cuando muera le ponga un punto final a su vida.
Quién lo sabe, por qué no, quizás tiene razón. ¿No es un príncipe?

14 abr 2013

Oración del médico de guardia


(Agradezco el trabajo, sí,
pero mucho más
la levedad
en su ejercicio).

Que no sufran las personas.
Que toleren el dolor
y no siempre
se transformen en pacientes.

Que no vengan hoy
y si lo hacen
que el motivo sea banal
y en mi conocimento
encuentren
la ayuda posible.

Lo pido por ellos
y sólo por mí
cuando yo sea uno de ellos.

Que el día y la noche dejen
como huella
la sonrisa del paciente
atendido.

Y a la hora de partir,
el tren me espere
cobije mi sueño
y haga mi vida
más apetecible
que la de un perro.


(publica tu testimonio en los comentarios)

24 mar 2013

Del día en que por culpa de Juan Carlos Méndez Guédez terminé discutiendo con un policía

 


Juan Carlos Méndez Guédez es mi amigo desde hace exactamente veinte años. En una tarde de marzo de 1993, nos conocimos en el aeropuerto de Maiquetía. Los dos íbamos a Málaga, precisamente a Mollina, donde participaríamos en un evento prodigioso aunque de nombre extraño: Foro joven, literatura y compromiso. Ya nos habíamos leído y compartíamos demasiadas cosas, por lo que encontrarnos finalmente lo vimos y vivimos como una cosa absolutamente natural. Desde entonces hemos sido tan amigos que incluso nos hemos dado el lujo de alejarnos sin discutir y al volver a encontrarnos retomar el hilo de la última conversación y, con el mismo nivel de afecto y amistad, darnos cuenta de que no tenía sentido recordar el tiempo que había transcurrido. Para mí ha sido una fortuna tenerlo como referencia y debo reconocer que me ha acompañado en las malas y en las buenas, pero incluso en una época en que las malas fueron mucho más frecuentes y seguidas, si sonaba el teléfono era Juan Carlos que me llamaba desde Caracas, si una persona me buscaba o me proponía un proyecto que hacía respirable la vida sus apellidos sólo podían ser dos, Méndez y Guédez. Por si fuera poco es un gran escritor con el que he pasado cientos de horas discutiendo de literatura y del que he leído, siempre disfrutando, toda su obra, desde Historias del edificio hasta Arena negra. Él es, en la ficción literaria y en la realidad de la vida de todos los días mi amigo, mi gran amigo. Por eso no pude rechazar su solicitud de amistad en facebook y debo admitir qe todos los días disfruto de los links que propone y los comentarios que hace. Pues hoy publicó en ese recuadro extraño en que la máquina te pregunta cómo estás, cómo te sientes, algo parecido a "habitar estos dos países es como vivir dos desolaciones". Se refería a estos dos países que compartimos, Venezuela y España. Yo, dentro de mí, le agregué Italia e inmediatamente le escribí un mensaje pensando que tanta desolación convierte a quien la habita en apátrida, que en italiano se dice apolide. Apolide, sensa polis, le escribí, pero luego, en una heladería le comentaba a Alessandro, mi niño con ambiciones lingüisticas, que sensa polis no significa "sin polis" (polis por policías). Apenas lo terminaba de decir cuando vi que un policía fumaba apenas a dos metros de nosotros, dentro de la terraza cerrada de la heladería. Méndez Guédez, apatrida, apolide, sensa polis, sin polis. Se me fundió y confundió un poco el todo, me alcé de la helada mesa y, dirigiéndome al policía le dije que no podía fumar en el sitio en el que estábamos. El muchacho se ofendió. Creo sinceramente que a pesar del helado de chocolate apenas degustado tenía algún problema importante entre la nariz y el cérebro.
-Según la ley española sí -me dijo, pero dijo española con mayúsculas, como insinuando que mis desolaciones quizás no sabían de qué ley estaba hablando.
En eso se equivocó porque, desolado o no, la española es la única ley antitabaco que conozco y con ella y los reglamentos absurdos que ahora la acompañan he tenido que trabajar en más de una ocasión.
-Pues no -le dije. -En una terraza cerrada, usted no puede fumar.
Cuando terminamos el helado, el taquicárdico helado, el poli todavía estaba allí, como el dinosaurio de Monterroso. Pretendía que yo lo esperase mientras un compañero le traía la ley y sus reglamentos. Quería demostrarme que él si podía fumar allí.
-Lo lamento mucho, pero me tengo que ir. Hoy no tengo tiempo, querido -me despedí y él que, a pesar de sus problemas, sabía que no podía  obligarme a permanecer allí, se limitó a fotografiar la máquina de cuatro ruedas en que me movilizo.
 
 
 
Ya estoy en casa y sé que tiene mis datos, que sabe dónde vivo y puede venir en cualquier momento a enseñarme su versión de la ley en esta desolación neoespañola.
Pues aquí lo estoy esperando. Tengo las dos mil páginas que Juan Carlos Méndez Guédez ha escrito en estos útimos veinte años para darle fuerte, muy duro, en la cabeza.
Mi amigo, que me metió en este lío, me sacará ahora de él. Seguro.

8 mar 2013

El tiempo en Valencia: ¿lluvia?

 


Siempre, desde pequeño, he confiado en la capacidad de predecir el tiempo de la gente de campo. Esos hombres y mujeres que con sólo ver el cielo durante diez o quince segundos, fruncir el ceño y, gracias a una hiperextensión del cuello, invertir el sentido de las fosas nasales dirigiéndolas hacia lo alto, con todo ello, podían decir la hora, recordar la fase lunar y predecir si llovería o no en las próximas doce o veinticuatro horas.
Crecí viendo gente así y mi madre, a la hora de llamarlos o de referirse a ellos, anteponía a su nombre el título de Don. Don Miguel, Doña Alicia, Don Lino. Este último una vez mató dos gallinas frente a mí y me dejó impresionado. Simplemente con un suave pero rápido movimiento de la muñeca derecha les torció el cuello y la única huella que dejaron los animales fueron mis ojos desorbitados. A la semana siguiente intenté emularlo. Don Lino trajo las gallinas que mi madre le había encargado y, cuando se disponía a matarlas, yo me ofrecí de voluntario.
-Que lo haga el niño -aceptó Don Lino. -Así se construye el hombre, poco a poco.
Mi madre no protestó. Su posible protesta era mi única esperanza, mi salvación, pero sus palabras no llegaron y me vi obligado a caminar hacia la gallina.
-Ánimo - decía Don Lino. -Hágalo que usted sabe.
Pues me animé. Con la gallina entre las manos, di un paso adelante, respiré profundamente e inicié el movimiento de muñeca.
Quizás no fui tan delicado como Don Lino. Algo en mis movimientos debió fallar y la gallina, en lugar de quedar inerte junto a mí, como le había sucedido a Don Lino la semana anterior, salió volando -volando he escrito- dejándome confundido y avergonzado ante todos y, por si fuera poco, con su cabeza, que se había desprendido del cuerpo que no sé cómo seguía todavía volando, con su cabeza sangrante en mi mano derecha.
Nunca aprendí a matar las gallinas y, con el tiempo, mi madre comenzó a comprar pollos en el supermercado. Pero el respeto por la gente de campo nunca lo perdí y donde voy cuando los encuentro creo distinguirlos inmediatamente y confío en su sabiduría, en su sentido común, y tanteo ocasionalmente su capacidad de leer en el cielo los mensajes de las nubes.
Hoy esta aficción pudo haber sufrido un serio varapalo. Llegué en el tren al pueblo que habito desde hace años y sentí en el aire un cambio de tiempo. Mientras caminaba, me crucé con un hombre de campo. Se le veía en los ojos, en las manos callosas. Podría incluso jurar que venía de entregar las naranjas de sus campos en la cooperativa. Se lo pregunté. Con toda la naturalidad del mundo, sin que mediaran muchas palabras, le pregunté si llovería en el día.
El hombre no miró el cielo ni nada. No fue tampoco descortés, pero me dijo que no.
-En la televisión no han dicho nada. No puede llover.
Yo no me atreví a decir nada. Hubiera querido advertirle que lo evidente era el olor a humedad y las nubes grises que se acercaban a nosotros, pero no tenía sentido contradecirle y me vine a la casa.
Ahora que he llegado y, a través de la ventana veo llover a cántaros, no puedo dejar de creer en la gente de campo. Sencillamente advierto que la vida dinámica me está diciendo que en este cuartiento, en el día de este cuartiento, el hombre de campo soy yo.
Si consigo una gallina, fijo la mato. Seguro.

3 mar 2013

Hoy que la tristeza viene nuevamente de Salerno



Cuando llegué, dispuesto a vivir, a Salerno, me recibieron las calles tapizadas con el anuncio de la muerte de Izet Sarajlic. Fue un duro golpe porque uno de los motivos que me había inventado para trasladarme a Salerno era precisamente la posible inclusión de sus conversaciones en un proyecto de novela que incluiría a mi admirado Salvador Prasel y a Danilo Kis. No pudo ser, es obvio, y me lo explicó Nonna Rosa, una anciana siempre sentada, jugando cartas o simplemente viendo la gente pasar, frente al palazzo que yo habitaba.
-Non è come quando sei venuto la prima volta -me dijo, en un gesto cómplice de su memoria, refiriéndose a que la primera vez que yo visité Via Arce quedé sorprendido porque de todas las ventanas salían banderolas y flores e incluso en la fachada de mi palazzo habían colgado un cartel gigantesco que decía "Sei la cosa più bella, ti amiamo".
Obviamente, no era mi llegada la que motivaba ninguna de esas manifestaciones. No era para tanto aunque hubo un momento en que lo dudé.
-È che la salernitana è stata promossa alla serie A -Nonna Rosa apareció por primera vez a mi lado y me lo explicó: simplemente que el equipo de fútbol de la ciudad había ascendido a primera división. Luego se presentaría y me diría que siempre podría contar con ella allí, frente a su casa, en una silla dispuesta al lado de la puerta.
Desde entonces Nonna Rosa se convirtió en mi intérprete de todo lo que sucedía alrededor del palazzo y de algunas cosas importantes de mi vida. Cuando yo salía me saludaba y me presentaba a sus amigas.
-Guarda come è bello. È venezuelano. E lavora come medico.
También me advertía del tiempo, si vendría el frío o el calor. Y relacionaba esta información con mi vestimenta: si era propiada o no. Cosa que yo le agradecía infinitamente.
Lo mejor de todo era su sonrisa y, sin lugar a dudas, comenzar a caminar por Via Arce luego de haberla saludado era un gesto de confirmación de la vida (una botta di vita), un augurio bonito y delicado, una bocanada deliciosa, telúrica y vital, que me permitía continuar hasta el Corso Vittorio Emanuele  para luego soñar desde el Lungomare que regresaba a Venezuela.
Por si fuera poco, su hijo era amigo de la familia que me albergaba y, cuando me tocó despedirme de Salerno, fue él quien me llevó a Fiumicino, consoló mis lágrimas y me dio consejos sabios para comenzar una nueva vida.
Una de las cosas que le mostré durante el trayecto fue una foto que me había hecho hacer por Armando Cerzosimo con motivo de una fiesta local. Era al final de Via Arce, en la Piazza Portarotese. Yo estaba sentado junto a su madre y vino un vendedor ambulante ofreciendo espejos y pañuelos. Nonna Rosa sonreía y Armando Cerzosimo disparó, encontrando así una de las mejores fotos de mi vida.
Hoy que de Salerno llega la noticia de su muerte -Nonna Rosa murió plácidamente, de vieja y sabia, a los noventa y tantos años, rodeada de nietos y bisnietos-  desaparece un ángulo de la foto, como si lo hubieran comido las hormigas, y mi recuerdo de Salerno continúa impregnándose de tristeza.
 
 
 
 

17 feb 2013

Haz el favor de no reconocerme, por favor




Hay gente que no debería reconocernos cuando vamos por la calle. Y gente que sí porque, desde los tiempos lejanos de La Entrada, el pueblo de las montañas en la infancia, a mí siempre me ha gustado caminar y ser reconocido entonces era también un asunto de seguridad , una suerte de garantía que en una época sin móviles -o sin dinero para comprar los que entonces carísimos se vendían- aseguraba el regreso a casa en caso de infortunio. Luego, cuando salí de La Entrada, caminar por el Carrer de Balmes en Barcelona o por Vía Arce en Salerno y que te saludara el vendedor de periódicos, el pescivendolo o la madre de Silvio era una forma de integración y, en el caso italiano, la posibilidad de respirar más allá de la familia política que, siempre lo digo, no sé por qué la llaman así si no es familia ni política.
-Claro, como eres un perfecto desconocido, te gusta que te conozcan - es lo que más de una vez me ha dicho el más exitoso de mis amigos.
Nunca he podido responderle y quizás tenga razón. Lo que nunca le he contado es que, como él, yo también he querido ser invisible en alguna ocasión y no ser reconocido. Recuerdo el día en que empeñé una cadena de oro para salir, para poder salir con la mujer más bella del hospital en que hacía las prácticas de la carrera. Se ve que le di conversación al comprador de oro roto, éste se quedó con mi cara y, cuando dos días después el destino (¿El destino? Imposible, seguro era un acto fallido) quiso que yo pasara frente a su pequeño local acompañado por la mujer maravilla, el hombre me llamó, como yo fingía no escucharlo se plantó delante de mí y luego de abrazarme me dijo que se había equivocado en la tasación y que, cuando quisiera, podía pasar por el local a recoger no sé cuántos bolívares.
También he vivido lo otro. En alguna ocasión he sido yo el comprador de oro y he visto en la cara de los pacientes un deseo, el de no ser reconocido fuera de ambiente hospitalario, que obviamente he respetado. No se trata en este caso de las personas, del reconocimiento interpersonal, sino más bien de la patología y su estigma, de la asociación que el médico pueda hacer entre una persona -paciente, sí, pero también ciudadano- y el estigma que rodea la patología que padece. En la década pasada, me sucedió con algún paciente psiquiátrico. Hace unas semanas, con una enfermedad sexual en aparente desuso, la gonorrea.
Ahora que el cuartiento ha empezado a oler a hospital, no puedo dejar de recordar una escena contemplada por mí en el siglo pasado en un ambulatorio catalán. De la cuidadora de un paciente, un compañero de trabajo aportó, de manera inevitable, la información de que por años había trabajado en una whiskería.
-¿Whisquequé? -pregunté sin saber que se trataba de un bar de putas.
Al rato, la señora entró en el consultorio para terminar de referirme los antecedentes de su pareja. Ella tampoco pudo evitarlo y comenzó a hablar con cierta confianza.
-Es que yo los conozco a todos. A usted no porque se ve que es de fuera. Pero a todos los otros sí. A éste -dijo señalando al que había venido con el cuento de la whiskería- lo conozco desde que era un muchacho. Y a él también -dijo señalando esta vez al enfermero que me acompañaba, un hombre muy serio, conocido en el ambulatorio por su pulcritud, los hábitos higiénicos que practicaba y divulgaba y la seriedad con que vivía el asunto familiar.
-Señora, ¿qué dice? Yo a usted no la conozco - protestó enérgicamente el enfermero.
-Claro que sí -insistió la mujer en la continuación de una escena en la que yo había desaparecido y era tan sólo un espectador.
-Que no señora, yo a usted no la conozco -volvió a protestar el enfermero avanzando hacia ella, casi amenazadoramente. En todo caso, con demasiado vigor para tratarse de un acto inocente.
-Está bien, no te conozco -retrocedió la mujer.
Le había sucedido tarde en la vida, pero en ese momento acababa de comprender que hay gente que no quiere y no debe ser reconocida.

28 ene 2013

La furgoneta Volkswagen

 
a mi amiga Rosa Ch, que siempre pide otro cuartiento
 
La primera vez que la vi, la furgoneta irrumpió en el patio abierto de la casa materna. Era roja y blanca, más bien roja y crema, sumamente ruidosa, y de su interior salieron dos muchachos morenos de los que mi madre dijo que eran jipis. Él tendría unos treinta años y ella veintidós o veintitrés. En todo caso a mí, que entonces tenía séis o siete años, me parecieron muy mayores, casi ancianos, aunque ella no tanto: vestía unos bluyines recortados a media pierna  y el nudo con que cerraba abajo la blusa de algodón parecía más bien un bigote alrededor de su ombligo. Jipis o no, saludaron a mi madre y le pidieron permiso para pasar la noche allí, en el patio de la casa, protegidos sólo por su furgoneta y nuestro árbol prodigioso, un mamón de unos treinta metros de altura que era la envidia de todo el vecindario. Mi madre extrañamente aceptó y, a partir de ese momento, contemplamos el milagro. La furgoneta se transformó en casa. Las ventanas se abrieron, la puerta se hizo toldo y, lo más maravilloso, el techo se extendió, como si fuese un acordeón y, según nos dijo mi madre, a quien se lo había dicho un vecino, en su prolongación instantánea nació una habitación o por lo menos una cama.
-Allí duermen - me dijo mi hermana mientras los espiábamos desde la ventana del salón de los pianos. Es que no queríamos ir a dormir, pretendíamos ver durante toda la noche la furgoneta maravillosa que permanentemente emitía una música lenta, más bien discreta, algunas risitas y, como negarlo, movimientos basculantes que, sin saber de qué se trataba, me produjeron mi primera erección.
Al día siguiente se marcharon a primera hora y, según mi madre, habían dejado sin flores las plantas de campana, una especie de Datura, con la que habíamos marcado el perímetro del terreno.
No volví a ver un vehículo similar hasta la adolescencia cuando en las madrugadas del Colegio Calasanz Occhipinti llegaba transportado por su padre en un camión que había transformado en motor home. Los compañeros de entonces, la mayoría unos hijos de puta, se burlaban de él y, cuando las burlas eran insostenibles, Occhipinti lograba convencer a su padre para que lo llevara caminando o en un vehículo más pequeño que también tenían.
Nunca me gustó el motor home de Occhipinti, pero me agradaba verlo porque me permitía recordar la furgoneta Volkswagen de mi infancia y la morena fabulosa que hacía de copiloto.
-Cuando trabaje -dije alguna vez, según Víctor Zenzola, mi amigo de siempre- quiero tener una así.
Eso dije y nunca se supo si me refería a la furgoneta o a la morena.
Hace unos años, un amigo de Ceuta, el gran Emilio Chinchilla, me mostró su furgoneta Volkswagen. Ésta  era verde y él tambien en ocasiones la usaba para ir al trabajo. Me gustó mucho a pesar de que tenía más de cuatrocientos mil kilómetros encima y volví a pensar en la posibilidad de alguna vez comprarme una. Visité alguna página web, pregunté precios y, al rato, desestimé el proyecto, sobretodo porque la verdad es que no me gusta mucho manejar  y, de haber tenido el dinero para comprarla y haberme atrevido, la habría tenido como pieza de museo y ésa era y es una opción carente de sentido.
Pero la furgoneta Volkswagen ha vuelto milagrosamente a casa, esta vez gracias al deseo de mi hijo que la pidió como regalo de navidad en una caja de piezas de Lego. La única objeción era que Alessandro tiene sólo 9 años y Lego recomienda tener al menos 16.
-Pero tú me ayudas a montarla, papá. Entre los dos tenemos 51 años.
Claro que acepté, pero en el fondo no me sentía del todo capaz. El asunto Lego no siempre se me ha dado con facilidad y hubo incluso una ocasión en que no tenía en buen concepto a los adultos que se dedicaban a juntar sus piezas.
Si había dudas, Alessandro las disolvió y en la última semana de diciembre, permanentemente juntos, Alessandro y yo pasamos decenas de horas organizando las piezas, siguiendo paso a paso las instrucciones y ensamblando muy poco a poco la furgoneta de nuestros sueños.
 
 
 
El 2 de enero terminamos el montaje y mi niño me dio un abrazo gigantesco:
-Es un regalo doble, papá: el primero la furgoneta y el segundo haberla montado contigo.
Yo respondi a su abrazo.
-Es también un regalo para mí, Alessandro -dije mientras recordaba la primera que vi una furgoneta así en mi vida, treinta y cinco años atrás, en el patio de aquella casa de La Entrada.