Ni cuentos ni artículos. Tampoco articuentos o cuentartículos. Se trata de cuartientos.
31 dic 2013
¿Para que sirve un CUARTIENTO? Uno
Era una discusión banal, pero en ella mi hijo sintió vulnerados sus derechos.
-Oye -me amenazó-, si sigues así, te voy a escribir un cuartiento
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29 dic 2013
As-salaam alaykum
Del día en que me tocó por suerte entrevistar a Joan Brossa (1919-1998), una de las cosas que más y mejor recuerdo es la referencia que hizo a Leopoldo Fregolí (1867-1936), el transformista italiano que da nombre al síndrome de Fregoli, y que él mismo -estoy hablando de Brossa- de haber sido transformista, para diferenciarse del artista admirado, se habría hecho llamar Fregoli-no.
Eso fue en el siglo pasado y yo en éste uso su treta para escaparme de los pacientes que pretenden asignarme gentilicio.
-¿Es usted cubano?
-Cuba-no
-¿Dominicano?
-Dominica-no.
Su inquietud es sana, pero no siempre es posible ni intuitivamente conveniente (por lo de la neutralidad terapéutica quizá) una respuesta. Mucho menos una explicación detallada:
-Yo nací en tal parte. Mi padre era de aquella otra. Mis abuelos de allá. Pero atravieso las aduanas con un pasaporte que poco tiene que ver con los lugares que he nombrado.
En los últimos años -por la barba, por los años, porque al menos dos veces al día voy a la estación de trenes o por Mohammed, mi barbero- me abordan en la calle o en la estación hombres y mujeres que podrían ser del Magreb, quizá de Marruecos.
-As-salaam alaykum- me saludan antes de hacerme en árabe un planteamiento que no comprendo.
Es una situación difícil de la que sólo puedo escapar gracias a Joan Brossa:
-Marroquí no -les digo y para que no quede ninguna duda muevo el dedo índice de la mano derecha de uno a otro lado. -As-salaam alaykum.
22 dic 2013
Para cuando en el aeropuerto un vigilante te explore profundamente
En el aeropuerto, el vigilante me somete a una revisión exhaustiva, inusual en mi vida de viajero en todo caso. Me aliena un poco, pero no protesto porque en principio fueron los remaches metálicos de mi pantalón los culpables de que el arco detector de metales comenzara a cantar. Además, conozco de antemano la respuesta ("Yo estoy haciendo mi trabajo") y me resultará todavía más fastidiosa que la palpación inguinal bilateral.
Inicialmente, pienso en el racismo. Este vigilante hijo de puta no puede ver una persona que sea diferente a él porque en seguida piensa que lleva o trae lo que él seguramente desea consumir. Eso lo pienso mientras me pongo las botas y el cinturón, pero mi hijo, el mayor, me lo advierte.
-Estás hablando solo, papá, y el cinturón te lo estás metiendo por el lado equivocado.
Ciclo inmediatamente y abordo la situación desde el lado médico. Nosotros los médicos también tocamos y, por si fuera poco, estamos convencidos de que mientras más tocamos el paciente más nos lo agradece. Quizás no sea así aunque en este momento me resulta difícil dudar de la efectividad y eficacia diagnósticas de la palpación abdominal o de la exploración de rodillas. Para beneficiarse de ellas, es necesario acercarse, tocar, abordar esa otredad que es el cuerpo del paciente y se acepta el procedimiento, tanto de parte del médico como del paciente, porque se entiende que, a diferencia del cacheo policial hay un provecho mutuo. Hay, sin embargo, colegas que exageran. Recuerdo una compañera que se ufanaba de realizar una por una todas las exploraciones del reconocimiento médico laboral.
-Es que yo no dejo nada sin hacer y si escribo que los miembros inferiores están en buenas condiciones es que he explorado una por una todas sus articulaciones.
Esto en principio no tiene ni tenía nada de particular ya que así debe ser y hacerse, pero el tono marcial de sus indicaciones y la repetición de ciertas maniobras le otorgaba al asunto una deformación alienante por lo que en una ocasión cuando le tocó valorar a un traumatólogo brillante y amigo, como me topé con su rubor a la salida de la consulta y cometí el error de preguntarle cómo estaba, éste no pudo evitar el decírmelo:
-Mal, a esta mujer lo único que le faltó fue hacerme un tacto rectal.
Si ella lo hubiera escuchado lo habría entendido como un elogio y quizás lo habría citado nuevamente para hacérselo ya que este hombre tenía entonces más de cuarenta y cinco años y es de todos sabidos que la próstata ...
Mientras recuerdo a mi colega óseo ya estoy desayunando con los niños en el bar y las maniobras exploratorias del vigilante han perdido la mayor parte de su gravedad. Me río incluso del asunto. Por eso, en el momento de ir al baño, lo advierto:
-Si demoro mucho, es que me he encontrado al vigilante y le he pedido que termine el masaje.
18 dic 2013
Tu sujetador tus calcetines
Para entender qué significaba el mensaje recibido ("Tienes mi sujetador y mis calcetines") el médico de guardia tuvo que recordar, entre fractura de rótula izquierda y abdominalgia inespecífica, que desde hacía tres meses salía con Raquel, que seguía creyendo que Raquel estaba buenísima, que tenía una mochila para las guardias, que la noche anterior a las guardias preparaba un juego de calzoncillos y calcetines, que quizás lo suyo con Raquel tenía todavía un largo recorrido, que colocaba calcetines y calzoncillos sobre el galán para recogerlos en la mañana antes de partir y meterlos en la mochila, que Raquel se quedaba ciertas noches en el apartamento, que a veces ella también colocaba sobre el galán su sujetador y sus calcetines, que esa mañana se había despertado con cinco minutos de retraso y lo había hecho todo muy de prisa, que la prisa es una mala compañía, que cuando se despertaba no encendía la luz para no despertar a Raquel y que seguramente en lugar de coger su juego había cogido el de Raquel. Todo para darse cuenta que después de una guardia de veinticuatro horas, luego de ducharse, no podría cambiarse de calcetines ni de calzoncillos porque los había dejado sobre el galán, a sesenta centímetros de sus cuarenta y siete kilos.
12 dic 2013
Diana y Mandela
Más de quince años después de la muerte de la primera esposa de Carlitos, viendo a la gente llorar por Mandela, vuelvo a descubrir que esto de las exequias televisadas me da grima, asco y arrechera. Lo sé, cada vez soy un hombre más anticuado, pero es que no le encuentro sentido a estos melodramas colectivos en que personas que cobran por ello (periodistas, celebridades y políticos) fingen llorar y haciéndolo logran que las personas normales lloren realmente. Podría también hablar de la muerte de Chávez, pero no lo hago para que no digan que aquí estamos otra vez los escritores venezolanos oliéndonos el ombligo. O de la muerte de Juan Pablo II, pero pretendo evitar los reproches maternos. Además, al asunto católico le concedo la gracia de la resurrección, evidenciada en la muerte papal a través de la elección del nuevo papa. De todas maneras es más de lo mismo, un ejercicio catártico que no lleva a ninguna parte. Se parece un poco a la alegría deportiva. Imbecilidades todas. Ganó Nadal, el Real Madrid o el Barcelona, Magallanes en Venezuela. Pero al menos ésos son eventos que despiertan ánimos positivos, generan la vivencia de una victoria que quizás cada uno de nosotros nunca podrá tener por vía natural. No pasa lo mismo con la muerte, que la tenemos garantizada.
Son los deudos los que lloran a sus muertos. Los deudos reales. Las personas que los quisieron o los odiaron, pero con los que tuvieron contacto y relación. Ése es un sentimiento verdadero. Este otro es una representación caricaturesca del dolor. Hacer un funeral multitudinario para realizar minicumbres de estado, para que Obama salude a Castro y se cepille a la ministra danesa (o viceversa) o para que los sudafricanos muestren al mundo un falso intérprete del lenguaje de los sordos es un ejercicio de estupidez. Habrá, lo sé, quien se siente atraído por el asunto e incluso se conmueve. Luego irá a la librería y comprará toda la colección de premios planetas. Lo lamento, compadre. Lo lamento mucho. Para evitar su dolor, en voluntades anticipadas, las celebridades deberían pedir exequias privadas y silenciosas.
Ésa es una buena idea que recomiendo sinceramente. Si Google le ofrece más de mil resultados cuando usted teclea su nombre lo mejor que puede hacer es un poco de psicoterapia. Apenas dos o tres horas de diván le ayudarán a comprender que la mejor manera de partir es hacerlo en silencio.
7 nov 2013
Elogio de los bancos
Actualmente y casi para todos, resulta inevitable asociar la palabra banco a un pecado bíblico, un engaño, un dolor de cabeza mal curado, una factura pendiente, una carrera constante entre un monopatín oxidado y un Lamborghini recién salido del taller.
En mi caso, sin ir más lejos, hoy me tocó comunicarme telefónicamente con mi agencia. Inicialmente hablé con una señora que, eso sentí, me maltrataba.
-Ustedes, los clientes, créeis que... -decía usando ese odioso plural que siempre me hiere-. Veré lo que puedo hacer.
Le hice notar lo incorrecto de su actitud y, luego, escribí una nota de reclamación en la página web del banco. Fue una nota calmada en la que protestaba el tono perdonavidas de la empleada.
Al rato llamó la directora.
-No es para disculparla -me dijo- pero esta mujer ha estado sometida a mucha presión porque yo he tenido una niña y ella ha estado sola allí, acompañada por un sindicalista que no hace nada.
Felicité a una y disculpé a la otra, de alguna manera, aunque no terminé de entender la referencia sindical.
A los cinco minutos la directora volvió a llamar. Nuevamente gentil, pero ahora con una trampa en la boca. La escuché y no prometí nada.
Luego de despedirme fui al parque y me senté en uno de los bancos a los quiere referirse el título de este cuartiento. Son los primeros a los que se refiere el diccionario. Son los primeros que hemos conocido. A ellos representa la palabra banco. Éste es de concreto, pero también los he conocido de madera y de hierro, con o sin respaldo. Cómodos en su perfecta incomodidad, concebidos para cavilar unos minutos, leer quince páginas o robar un beso. Obviamente, yo he hecho muchas más cosas. Sobre ellos he escrito y leído, he comido, he dormido. Incluso en una ocasión -era la primera juventud, hace más de veinte años- me tocó amar y pude hacerlo.
Estos bancos que te ofrecen alivio son una maravilla y se merecen un elogio en forma de cuartiento.
Sentado en uno de ellos, suspiro y recuerdo un paciente moribundo que fue director de un importante banco de V. Antes de despedirse, el hombre se empeñó en regalarme un consejo:
-Doctor, quizá es lo último que digo, pero hágame caso, nunca crea que un bancario puede ser su amigo.
Lo tendré en cuenta si vuelve a sonar el teléfono. No asentiré y diré muy pocas cosas. Lo que no puedo garantizar es si la directora se dará cuenta que desde hace unos minutos soy rico. No me he ganado la lotería todavía pero, sentado en este banco casi perfecto, acabo de salvar una palabra.
3 nov 2013
Otro encuentro feliz en la medritura
La medritura es un oficio que se ejerce con el conocimiento, la experiencia, los sentidos, la imaginación pero, clave, para su ejercicio es fundamental haber estado frente a un paciente.
Así como no hay escritura sin texto ni crimen sin cadáver, no puede haber medritura sin paciente. Independientemente de que uno de los resultados de su ejercicio sea un texto, la medritura no se construye a partir de él, sino a partir del paciente.
El encuentro entre el medritor y su paciente podría ser abordado desde la perpectiva que la tradición médica conoce como relación médico-paciente: el paciente acude a la consulta solicitando un servicio que el medritor presta gracias a su saber entablando ambos una relación en la que cada uno tiene haberes y deberes.
O desde la transferencia-contratransferencia freudiana. Al paciente le son transferidos parte de los haberes del medritor y el medritor ha de valorar lo que el paciente hace que evoque.
Si el psicoanálisis considera que para la valoración y uso adecuado de la contratransferencia es necesario el análisis previo del psicoanalista, en el caso del medritor es necesaria la escritura.
El medritor no ha de ser neutral, como se le solicita en ocasiones al analista. Lo que el análisis llama neutralidad terapeútica, en la medritura significa la posesión de dos apéndices auriculares (dos orejas) que siempre juegan a favor del paciente y permiten que este se revele y desvele en la consulta como persona.
He aquí una diferencia fundamental. La medritura no encuentra pacientes, encuentra personas. Y las personas pueden tener un problema médico, pero tienen también un oficio, aficiones, anécdotas.
Todos los pacientes son personas, pero también es cierto que en ocasiones no todos están, no tienen por qué estar dispuestos a ser hurgados como tales. De la misma forma en que a un paciente en coma no se le puede pedir que interrelacione con su entorno, a un paciente que sólo pretende del médico la solución de un problema (una herida en el dorso de la mano por ejemplo) y que no está dispuesto a otra cosa no se le puede pedir que sea un paciente de la medritura.
Un encuentro interesante es el del medritor con el lletraferit. Cabría suponer que es el encuentro más feliz de la medritura, pero no necesariamente tiene por qué serlo. El lletraferit puede ser una persona complicada y suele ser quien en la consulta del medritor al menos inicialmente resulta más arisco, menos propenso a revelarse como persona, mucho más como lletraferit. Suele haber, sin embargo, un instante en que la mirada de ambos es atravesada por un puente de reconocimiento o complicidad. "Me equivoco o tú eres un medritor", ésa puede ser la idea que atraviesa el pensamiento del lletraferit. A partir de allí es posible que alguno de los dos se le escape una referencia literaria y que, si el encuentro se repite, se desvelen el uno ante el otro con sus verdaderos intereses.
Conozco el caso de un médico que es medritor sin saberlo y, una vez que encontró un paciente lletraferit, terminó escribiendo con éste una novela.
Pero mayormente todo paciente significa un encuentro feliz para el medritor porque es una ventana a través de la cual contempla el mundo y la vida.
Mi encuentro más feliz de esta semana sucedió con un empresario que terminó la consulta regalándome una máxima:
-El dinero no es importante para tenerlo. Es tan solo importante para no necesitarlo.
En principio, para la medritura todo paciente es, puede ser, un encuentro feliz.
4 oct 2013
Una silla
La silla número cuatro se dañó hace tiempo. Fue comprada en M, pero la hicieron en H. No resistió ni siquiera una novela. También es verdad que yo con cada novela me demoro un montón. Quedaron separadas sus patas y su espalda, sin piernas y sin nada más. Yo las guardé en el trastero: "Algo haré con ellas", me dije como los viejos. "Algo haré". Y los amigos me decían: "Tire eso, compadre. Deje de acumular cosas, basura".
Hace dos días, comencé a buscar una silla, una simple silla para sentarme un rato y descansar.
Hace dos días, comencé a buscar una silla, una simple silla para sentarme un rato y descansar.
"Ahora, lo que necesito ahora es una silla", me dije a las cinco de la tarde.
Sillas libres no había. Todas estaban ocupadas. Sobre cada una dos libros o un juguete.
Bajé al trastero y cogí la espalda de la silla desmontada. Por la ventana vi un tronco viejo en el patio del vecino y se lo pedí. Luego cuatro tornillos y un cojín.
Lo dispuse todo en apenas dos o tres minutos.
"Ésta es mi silla, mi silla de hoy. La he inventado yo".
1 oct 2013
¿Acaso la narrativa es una especialidad médica?
(fotografía de J. Sánchez)
Por supuesto que sí, qué duda cabe, siempre que el especializando sea un medritor y la narrativa no sea su única especialidad. Si cumple estas condiciones, la narrativa incorpora una comprensión global de la historia de la enfermedad, profundiza en sus precedentes y visualiza sus consecuencias. Aun más, la capacidad narrativa de detenerse en lo aparentemente nimio multiplica el sentido de la medicina. Se me ocurre un ejemplo. Un hombre que llora todas las tardes desde hace 36 meses no es simplemente un distímico si el llanto es propiciado por su hijo -que hace sonar en el ordenador canciones de su infancia- ni mucho menos si el niño lo hace porque casi contemporáneamente con el llanto el padre ríe celebrando la ocurrencia.
¿Es posible entonces que muchos médicos sean medritores sin saberlo? Es posible, sí, y para asegurarlo habría que revisar sus historias médicas e indagar en sus aficciones.
Puestos ya en el tema, se me antoja casi natural una tercera pregunta: Y la poesía, ¿también es una especialidad médica? Seguramente sí. Aporta sensibilidad, mejora el trato con el paciente. Pero yo (yo mismo, yo del yo, el ello y el súper yo), yo casi no la ejerzo.
28 sept 2013
EXERESISDOLOROTOMÍA DEL ÚLTIMO PACIENTE
(un minuto antes del segundo de partir)
me duele mucho me duele mucho más de lo que puedo resistir urge que
mi sufrimiento sea calmado no puedo más que alguien me escuche que al
menos me escuchen lo necesito por favor yo no conozco los horarios no
lo sé no creo que sea mucha molestia tanto no cuesta nada es mi dolor
mi sufrimiento y usted puede calmarlo sólo soy un paciente más y
aunque veo que su teléfono parpadea sé que usted tiene tiempo para
mí yo lo haría por usted seguro que sí yo lo haría si pudiera si
estuviera en mí si yo fuera el médico es un asunto de humanidad de
sentido el ayudarnos unos a otros cuando sea necesario que parpadee no
importa en tanto yo no soy egoísta yo soy paciente y éste es su
trabajo ayúdeme carajo escúcheme dígame si aún me queda mucho o
poco si este dolor la pena va a pasar si podré ver a mis hijos
nuevamente algún día es imprescindible para mí saber lo que va a
pasar pero mucho más saber que usted está allí dispuesto a
escuchar a calmar mi dolor sé que usted tendrá los suyos pero no
importan ya le llegará el día todo llega hoy soy yo hoy es mi día
y yo se lo agradezco mucho no se aflija no se ponga triste con mis
palabras no escuche por favor su tren partir escúcheme a mí
concéntrese en mi voz en su cabeza halle inténtelo la forma de hacerme mejorar y cabalgar nuevamente volar con todo lo fuerte que yo he sido en la vida volver a ser como antes recuerde que cualquier otro día usted puede ser el
paciente.
25 sept 2013
¿Era Joan Baptista Campos un medritor?
Todavía no sé si es conveniente usar la palabra medritor para designar a otros colegas. Aunque el término nació en los dias de la presentación del libro Médicos taxistas, escritores y la consolidación del personaje Fausto Porai en una novela todavía inédita como una forma de representar la integración en el desempeño humano y profesional de lo que muchos piensan son dos escuelas diferentes, la literatura y la medicina, sé que muchos lo reducen a la posibilidad de ser médico entre los escritores y escritor entre los médicos. No es así, obviamente no es así. Mucho más todavía, no se trata de una fusión que ocurre por azar. Si bien en este siglo es posible e incluso conveniente fusionarlo todo, no es lo mismo fusionar la medicina y la literatura que hacerlo con la ingeniería y la literatura (¿la ingenietura?). ¿Por qué?, preguntará el lector interesado o quizás también el novicio. Porque la medicina, a pesar de las estadísticas, las comisiones de calidad y la tecnología, no se ha convertido y no sé bien si lo logrará alguna vez en una ciencia apodíctica. ¿Por qué nuevamente? Porque se ocupa del cuerpo humano y de algo que aunque frecuente no deja de ser perverso en él, la enfermedad. Pero esto es necesario aprenderlo muy poco a poco y, mientras tanto, es posible que alguien utilice la medritura, la condición de medritor, como un dardo (envenenado, claro: si no, qué sentido tiene usar la palabra dardo).
Recordando lecturas me gustaría decir que William Carlos Williams era un medritor. Esa foto que Marta Aponte colgó en su facebook hace unas semanas, con el medritor frente a su escritorio (libros, un telefono de baquelita y el maletín médico) y aquel poema de la botella de cristal en el patio del hospital, esas dos cosas me permitirían pensarlo. Pero aunque lo he leído tanto desde hace mucho tiempo y creo conocerlo bien, no podría asegurarlo. Igual me sucede con Alfred Döblin, el autor de la monumental Berlin Alexanderplatz. Claro, dira el lector espabilado, este hombre, el cuartientólogo, pretende haber creado una nueva raza, la de los medritores, dice que el es un medritor y que William Carlos Williams y Alfred Döblin quizás también lo eran: ¿quién no va a querer tener algo en común con dos escritores asï?
Pues creo haber conocido otros medritores. Uno de ellos, Joan Baptista Campos (1961-2013). Lo conocí como médico de ambulancias siendo yo residente en la Urgencias del Hospital General de Castellon. No recuerdo el primer saludo, pero debieron ser dos o tres palabras serenas y la certera presentación de un paciente. El medico de ambulancia es un especialista en transporte precioso que salva, recoge y luego entrega la mercancia: un accidente cerebrovascular, una sobreingesta o un infarto cardiaco. Joan, sin embargo, hacía algo mas, acompañaba humanamente al paciente y sus cuidadores y cuando se suponía que había terminado su tarea no se limitaba a nombrar una enfermedad sino que transfería la responsabilidad humana adquirida frente a una persona y sus familiares. Así fue cómo terminamos hablando de literatura y, en alguna ocasión, intercambiamos nuestros libros. Nunca pude ir a las presentaciones a las que me invitó (los niños, los kilómetros, las presentaciones), pero sí leí dos libros suyos que me sobrecogieron, Aquesta estranya quietud y El regal en la mirada. Además, seguía su blog, La garfa del dies, y recuerdo la explicación que él, un hombre de El Grao (el puerto) de Castellón, me regaló sobre lo que significaba la palabra garfa: el género que el pescador lleva a casa todos los días al terminar la faena. En su poesía, en su blog, en las conversaciones sobre pacientes y medicina, siempre lo escuché hablar con la misma voz, la voz de la medritura.
Era, sí, un medritor y, cuando murió, en marzo de este mismo año, sentí un dolor especial. No sólo me dolía su muerte sino el fastidioso hecho de que, a pesar de compartir una ciudad y una profesión especial (la medritura), no había podido frecuentarlo más, escucharlo mejor, más lentamente, como Joan Baptista Campos, el medritor de El Grao, se lo merecía.
13 sept 2013
Consejos de una madre sobreprotectora a un escritor no tan joven
No escribas sobre el vecino que antes de morir ha cambiado su dirección postal por la tuya dejándote así encargado de la correspondencia con sus acreedores. Es mejor no escribir sobre los muertos o las personas a punto de. Recuerda lo que te pasó cuando escribiste un cuartiento sobre Chávez: te fracturaste el radio derecho y el gancho del ganchoso. Es necesario cuidarse mucho, hijo mío.
No escribas sobre la Virgen María ni sobre apariciones marianas. Hay mucho psicópata alrededor, muchos estafadores, y pueden terminar haciéndote daño.
No escribas sobre política porque tú no eres político. Además, de la venezolana sabes poco porque hace mucho que no vives en Venezuela. Y de la española ni te digo. Eres demasiado extranjero y si ni siquiera entiendes la pertinencia de la monarquía en un país europeo del siglo XXI. Así, ¿cómo vas a entender los silencios de Rajoy, las manos voladoras de Rubalcaba?
No escribas sobre la escasa calidad del inglés de Ana Botella porque el tuyo no es mucho mejor.
No escribas sobre las ex-novias porque seguramente algo tendrás que agradecerles.
No escribas sobre la familia política porque tienen la misma sangre de tus hijos.
No escribas sobre el fútbol porque a Enrique Vila Matas le gusta el tema. Y a Vásquez Montalban. Y a Javier Marías.
No escribas sobre cosas que has visto en tu centro de trabajo. De eso comes, hijo mío.
No escribas cosas buenas de los amigos porque algún día serán tus peores enemigos.
No publiques cosas nuevas en el blog los viernes en la tarde porque los fines de semana nadie lo lee.
No digas que te gusta El Padrino porque quedas fatal, como un psicópata.
No cuentes cosas de tu vida privada porque en la vida es necesario preservar la intimidad.
No expreses tu opinión sobre temas difíciles porque mayormente te equivocarás.
No escribas textos de amor ni literatura erótica ni nada de eso. El amor es para sentirlo, no para escribirlo.
No escribas sobre asuntos agrícolas porque de pequeño siempre te negabas a regar el huerto de la casa.
No escribas sobre asuntos religiosos porque ése es un tema muy complicado.
No escribas sobre enfermedades psiquiátricas porque todo lo que digas puede ser usado en tu contra.
No escribas sobre muñecas de plástico porque quedas mal, demasiado mal.
No escribas sobre bebidas alcohólicas porque parecerás un borracho.
No escribas nada, ni bueno ni malo, sobre el matrimonio porque se enfadarán contigo.
No escribas sobre pelirrubias, pelirrojas ni morenas. El color del pelo no es transcendente y puede cambiarse en cada esquina.
No escribas sobre frutas ni flores porque se pudren.
No escribas con ilusión y esperanza porque pareces un imbécil.
No escribas sobre la infancia porque te da un tono melancólico que no pega con tu personalidad.
No escribas sobre el futuro porque lo desconoces.
No escribas sobre el presente porque pones en riesgo el futuro.
No creas que te estoy diciendo que no escribas.
Al contrario, escribe mucho, muchísimo, pero no sobre las cosas que he mencionado anteriormente.
Recibe un beso.
Tu madre que te ama.
10 sept 2013
CUARTIENTO SANTO
Crecí en un hogar en que las dos cosas más importantes eran alabar al Señor y cuidar los pianos que mi tía atesoraba. Soy absolutamente consciente de lo que he escrito. En mi casa, durante la infancia, antes de cualquier otra cosa, se nombraba a Dios. Al encontrar a mi madre o a mi tía, yo les pedía la bendición y, sólo depués que ellas me la daban ("Dios te bendiga, hijo. Te haga bueno, puro y santo y te dé vida y salud") yo podía hablar y decir que me estaba quemando, que me había herido un dedo o que necesitaba dinero para comprar cualquier cosa. Así era la vida en familia. En los dos primeros años, mientras vivió mi abuela Amalia, todas las tardes venía el sacerdote a celebrar la misa junto a su lecho y darle la comunión. Fueron sus palabras, las de la misa católica, las palabras con las que yo aprendí a hablar para orgullo de las mujeres de mi casa y, luego de la muerte de mi abuela, luego de su muerte, todos los días, antes de ir al colegio, éramos nosotros -mi hermana, mi tía y yo- los que íbamos a la iglesia. Así, la primera cosa que yo aprendí desde el comienzo hasta el final fue la misa y ya a los dos años la repetía junto al cura y las mujeres de mi casa, en el apartamento o en la iglesia, los dos en El Viñedo de Valencia. Y por eso fue también, ayudado porque la casa a la que luego nos mudamos en La Entrada quedaba al lado, justo al lado, de una capilla, que me convertí en una especie de sacristán: tocaba la campana para llamar a los parroquianos y, cuando venía el Padre Carlos Reschop (sólo cuando venía el Padre Carlos) lo asistía como monaguillo.
Crecí, así, rodeado de referencias religiosas y sin la posibilidad de atesorar lo que mi entorno decía que eran impurezas en forma de pensamientos. Recuerdo una vez que mi hermana dijo "coño" y "nojoda" consecutivamente, pues inmediatamente fui y se lo dije a mi tía: castigada. Otra en que un compañero de cuarto me dijo que fuéramos a verle el culo a las niñas del colegio de al lado. Yo no sabía qué significaba la palabra culo y fui a preguntárselo al Padre Carlos. Castigados los dos por observadores de culos. Es que también iba a colegios de curas: hasta segundo año, salesianos. Luego, escolapios, hasta el final del bachillerato..
Pasó algo a los catorce años. Fue una mezcla de varias cosas: la visita de Juan Pablo II a Pinochet, el primer taller de literatura al que asistí, el paso del colegio a la universidad, el recuerdo del Padre Luciano Tenni abusando de algunos de mis compañeros en primaria o la pretensión de parte de mi familia de que yo ingresara en el seminario. Tambaleó mi fe. Comenzó a desmoronarse. Se rompió en mil pedazos.
Por años creí que había sucedido porque tenía que elegir entre ser católico practicante o quizas cura y ser escritor. Y me vanagloriaba de que a pesar de haber cruzado el charco de la fe, dominaba absolutamente la jerga de los creyentes.
Así ha pasado el tiempo y de mi experiencia religiosa sólo quedó el reproche tácito de mi tía por mi deserción y, sin necesidad de acudir a la iglesia, la dificultad de dañar a alguien gratuitamente.
En los últimos años, un poco también empujado por mi trabajo, muy cerca del dolor y casi a un costado de la muerte, he entrado en contacto con personas verdaderamente especiales que me hablan de la religión y de la fe, no sólo con profesión sino con sabiduría.
Por si fuera poco hace cuatro semanas llamé a mi madre en Venezuela y estaba con ella el Padre Salazar, que era durante mi infancia el director espiritual de mi tía Aura.
Aquí debo hacer un aparte. El Padre Salazar es una de las maravillas de la vida de mi familia. Cuando yo tenía 8 o 9 años se fue a las misiones, al Amazonas, al Orinoco, y desde entonces una vez al año viaja a Valencia o a Caracas y entre las cosas que hace le dispensa una visita a mis mujeres venezolanas. Ahora tiene 85 años y el otro día mi madre me propuso que hablara con él al telefono.
-Buenos días, Padre. ¿Cómo está?
-Un abrazo, Slavko. Te quería decir una cosa.
-Lo que usted quiera, Padre. Diga.
-Recuerda que no debes perder la fe.
Obviamente no fui capaz de ponerme a discutir con el Padre Salazar, de contarle mis dudas, mis incertezas, mis limitaciones.
-No se preocupe, padre. Sobre eso no hay ninguna duda.
Dos días después, regresando del hospital a la casa, en el tren, comencé a escuchar las palabras de un anciano que había subido en Burriana y realizaba una llamada telefónica. Su discurso me resultaba conocido y no sabía bien de dónde provenía: si era sacerdote, médico o escritor. En todo caso, era un discurso que podía ser mío. El hombre hablaba como hablo yo e incluso decía cosas que algunas veces escribo o le digo a los pacientes. Finalmente, fue necesario descartar la medicina y la literatura. Era cura, era un sacerdote salesiano.
Yo que alguna vez pensé que había dejado la religión por la literatura, en sus palabras me encontré a mí mismo y el origen de muchos de mis textos.
Esto no quiera decir que me haya convertido ni que mañana deba ir a la iglesia o, de manera imposible, ya que sigo casado y con hijos, hacerme cura. Simplemente que continúo en esto de conocerme, de hurgar dentro de mí, y que como escritor también soy un poco religioso, igual que también lo soy como persona.
Quizás por eso mi hijo de diez años cuando me ve apenas vestido siempre me lo dice.
-Pareces un cura, caramba. A ver si te pones algo de color.
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30 ago 2013
PENÚLTIMAS REVELACIONES DE UN BARMAN EVENTUAL
1 Varios años pidiéndole a Eugenio que me dejara trabajar como barman durante seis horas en su salón de banquetes y finalmente me dice que sí una tarde en que se habían enfermado el titular y sus cuatro posibles sustitutos.
2 No es necesario disfrazarse. En la reunión de hoy, que es informal, el barman se viste como quiere.
3 Pienso prescindir del trapito. Usaré papel absorbente. El trapito me da mala espina.
4 Recuerdo a uno de mis mejores amigos que se pagó los estudios trabajando como camarero.
5 El trabajo es continuo. Menos mal que no tengo máquina de café y que no debo manipular dinero.
6 Las neveras no enfrían mucho y hay que ingeniárselas con el hielo.
7 Los niños piden agua y coca cola, fanta a veces.
8 Cuidado con los vasos de plástico que se van a acabar.
9 Sobre la mesa, las bandejas para las aceitunas y las almendras.
10 Un usuario pregunta por San Pancracio. No hay ninguna imagen de él detrás de la barra. "Si la hubiera", le digo, "habría que ponerle un vasito de anís".
11 Me gusta servir los gin tonics y, cuando alguien pide un ron con cocacola, impongo el ron cacique: "Es el que yo bebía en Venezuela", le digo aunque no le importa.
12 Cuando tengo varios pedidos frente a mí, me confundo un poco: dos cocacolas sin cafeína, una cocacola zero, una light y dos normales. Cocacola normal para todos.
13 Mi cerveza la tengo bajo la barra. Se calienta y la cambio, a cada rato.
14 El hombre que bebe whiskey se sienta frente a la barra y se presenta como presidente de una empresa pequeña, una empresa de pueblo.
15 Una cerveza sin alcohol para los que regresan dándole vueltas al volante.
16 El presidente dice que su problema son los discursos.
17 Tiene que dar dos o tres discursos a la semana.
18 No puedo darle mucha cuerda porque se me amontona el trabajo. Algo le digo sin embargo: "Se ve que en este pueblo son importantes las palabras".
18 Para aprender ve y escucha discursos de políticos en el l-pad.
19 O invita a los amigos a que escuchen sus ensayos.
20 "Es horrible", dice. "Pero de eso depende mi empresa".
21 Lo digo nuevamente: "Se ve que en este pueblo son importantes las palabras".
22 No insisto más. Eugenio me llama para cortar la torta.
23 Estoy cansado.
24 Cuando regreso a la barra, el presidente se ha ido. Lo busco con la mirada.
25 Está en un rincón, hablando solo.
26 "Practica", me dice Eugenio. "Es el presidente de tal compañía y debe dar muchos discursos".
27 "Sí, ya lo sé".
28 "Dos gin tonics", pide un anciano barbudo y empieza a hablar de tennis con un similar.
29 Hablan mucho, pero no saben qué es un tie-break.
30 No aclaro sus dudas. Tengo que destapar seis cervezas.
31 El grupo ahora es cada vez más pequeño. Y la música se escucha mejor.
32 Me sirvo un ron con hielo.
33 Los que hablaban de tennis, intentan ahora abordar el sexo anal. Mal asunto.
34 "Buen provecho", le dice el presidente a una señora que repite postre.
35 Estoy muy cansado.
36 Mi ron está exquisito y Jovanotti canta "A te".
37 Quedan pocos.
38 Sirvo otros gin tonics.
39 Eugenio dice que falta poco. "Contrataron el salón hasta las once".
40 "Qué bien, porque yo estoy muy cansado".
41 "Pero todavía falta limpiar la barra, sacar la basura y reponer".
42 "¿Todo eso? ¿No es mucho?"
43 "Venga que yo te ayudo"
44 "Te lo agradezco. Y cuéntame cosas del presidente. Quizás le dedique un cuartiento".
25 ago 2013
El ladrón de chanclas (única crónica del verano)
Conocí los hechos en el año 1993 leyendo una crónica del peruano Jaime Bedoya en un libro que recuerdo con placer: Ay qué rico. Al parecer, en las playas de Lima, un desalmado y habilidoso ladronzuelo, serpenteando entre hámacas, chinchorros, toallas y tumbonas, se había especializado en robar sandalias y chancletas. No sólo perdí el libro, sino que también el contacto con Bedoya, y para reparar el entuerto he pasado veinte años recordando el asunto del ladrón de chancletas. Basta que llegue a una ciudad y beba dos cervezas, comienzo enseguida a contar la crónica de Bedoya. A veces olvido el nombre de Bedoya y lo llamo Javier o Jorge, siempre con jota. Otras olvido el título del libro: Ay qué rico se transforma en Pollo sabroso o Qué bien me sabes. Lo he hecho en España, en Italia, en Cuba, en Chile, en Marruecos, en Croacia y en Venezuela. Seguramente también lo he hecho en otras partes, pero tampoco se trata de escribir un libro de viajes. De verdad verdad nunca he dejado de divertirme repitiendo la anécdota, a veces nombrando a Bedoya, otras ignorándolo descaradamente, y siempre he recibido la sorpresa como respuesta. "Imposible", "mentiroso", "fabulador", "cuentero", "realismo mágico", son sólo algunas de los improperios que he escuchado, que he tenido que escuchar. Eso hasta hace dos meses en Madrid. Estaba compartiendo unas cervezas con mi amigo Juan Carlos Méndez Guédez y se me ocurrió hacer referencia a las chancletas de Bedoya, no para impresionar a Juan Carlos, quien tiene el libro y conoció igual que yo a Bedoya hace veinte años, sino para callar al dueño del bar, un uruguayo talentoso que había pifiado asegurando que Gardel había muerto en 1935 y no en 1933, que era la verdad que yo defendía y que recuerdo siempre porque ése es el año del nacimiento de mi madre. El hombre se había enrollado con el asunto de Gardel y yo para cambiar de tema dije que alguna vez había leído que un desalamado y habilidozo ladronzuelo limeño, serpenteando entre ...
-Pues eso también pasa aquí - me interrumpió el uruguayo.
-Pero, ¿qué estás diciendo, hombre? Si Madrid no tiene playas.
-No me refiero a Madrid, imbécil -seguramente yo era el culpable de la confianza que se tomaba-. Estoy hablando de España. Eso también pasa aquí. Vete a Valencia y verás.
-Pero, ¿a qué playa?- le pregunté.
-No te lo puedo dar todo, hijo mío- se despidió el portento.
Apuré la cerveza y me despedí de Juan Carlos. Resistí la tentación de meterme en un locutorio para preguntarle a Wikipedia el año de la muerte de Gardel y, como igual tendría que llevar a los niños durante el verano a la playa, cuando llegué a la casa lo dije:
-En agosto vamos a recorrer las playas de la Comunidad Valenciana.
Primero, claro, me compré unas chanclas rebonitas en un outlet italiano. La idea no era usarlas, sino llegar descalzo a la playa y dejar las chanclas impolutas frente a la tumbona mientras construía castillos de arena con los niños a dos o tres metros, tentando al demonio, comprobando si el uruguayo me había engañado o no. Tal cual. Comencé construyendo castillos de arena en Oropesa. Nada de nada a excepción de una quemadura de primer grado en la planta de los pies. Luego en Torreblanca: nada tampoco. Allí, todo lo contrario, la playa es tan segura que un parroquiano me contó que los vecinos llevan sus sombrillas a principios de junio y allí las dejan hasta septiembre. Luego me fui al sur: Javea, Denia y Benidorm. Nada. Vi robos, venta de drogas, pero nada relacionado con las chanclas. Mis hijos ya habían entendido de qué se trataba el asunto y, cansados de playa, intentaban ayudarme:
-Pero, ¿el hombre no te dijo Valencia, papá? Vamos a la Malvarrosa o a Canet -me dijo Alessandro hace una semana antes de abrir la puerta del automotor.
Le hice caso. Sábado, la Malvarosa. Domingo, Canet. Nada tampoco.
Para ayer sábado, que se suponía el último sábado de playa de nuestro agosto, dejé un pueblo que se llama Puzol. Me interesó porque en alguna parte leí que sus propios habitantes desaconsejaban la playa por fea y artificial. "Algo tendrá", me dije. Busqué además información en Internet y así supe que sus habitantes más ilustres eran un escritor romano llamado Santiago Posteguillo y un muchachote con veleidades artísticas conocido como John Cobra.
Cuando llegué, pregunté por ellos. Al primero nadie lo conocía y del segundo me dijeron que desde el año pasado vive en Colombia:
-¿Igual tendremos que bañarnos en la playa?- me preguntó la niña y yo le respondí que sí y fui a motar la paraeta de las chanclas, la tumbona y el castillo de arena.
Estaba ocupado construyendo la torre sureste cuando vi que un muchacho delgado y moreno -alguien me diría luego que aparece como discípulo de John Cobra en una serie de videos que se llaman Valetudo- de unos diecinueve años, con un bañador azul y un collar de madera alrededor del cuello, corría descalzo por la playa en dirección a Sagunto. Como mi castillo interrumpía su carrera se internó en la arena y, cuando pasó frente a mi tumbona, sin ni siquiera detenerse, como si estuviera haciendo un pase de fútbol, calzó las sandalias y continuó la carrera, ya no siguiendo la playa, sino en dirección a las casas.Imposible e innecesario perseguirlo. La niña fue la única que hizo algo:
-Ahí va el ladrón de Bedoya, papá- gritó, pero no con intención de generar alarma, sino más bien con alegría.
Yo ´me quedé más contento todavía. Invité a los niños a destruir el castillo y, cuando llegué a casa, me puse a a revisar la biografía de Gardel. El uruguayo tenía razón: Carlitos murió en 1935, el año en que nació mi madre. Ay qué rico, escribió Bedoya: qué rico es equivocarse en verano.
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