28 mar 2016

Y los Beatles, ¿cuándo?




Una amiga me escribe desde La Habana y me cuenta que fue al concierto de los Rolling Stones. A pesar del gentío, la pasó bien, pero hubo una cosa que la impactó profundamente, hasta el punto de recordarla como la más importante de la velada. Al final del concierto, una anciana que estaba a su lado se dirigió a sus nietos y les hizo una única pregunta: "Y los Beatles, ¿cuándo?".
No intentaré reproducir aquí los apuros que pasaron los muchachos al intentar responderle, pero no puedo no aprovechar la oportunidad de su pregunta para evidenciar la boludez que significa, no presentar a The Rolling Stones en La Habana de hoy, sino intentar vender los siete minutos que esta vez duró "Satisfaction" como un gesto relacionado con la apertura, el cambio ("Las cosas están cambiando, ¿no?", preguntó Jagger al público) o el deshielo. No hay ninguna duda, The Rolling Stones es un gran grupo y los siglos que suman las caderas de sus integrantes nos llenan de esperanza a todos. Son tan buenos y obvios que es imposible hablar mal de ellos. Eso son Mick Jagger y sus amigos como músicos, pero como motor de esperanza política resultan pesados y anacrónicos como un avión soviético (de marca Lada). No tienen nada que ver con la Cuba de hoy. Primero porque al pueblo cubano los únicos Rolling que le importan son los propios Castro, que terminen de rodar y desaparecer. Segundo porque el evento tuvo más promoción en el resto de occidente que en la propia Cuba. Tercero, porque el daño que han hecho los Castro es irreparable y por eso es que, aunque lleven a los Rolling diez veces más si encuentran el dinero para pagarles, no pueden presentar ya a los Beatles. Porque por mucho que se intente retroceder el tiempo como si fuera la cinta de una película, hacerlo bien es imposible y John Lennon murió hace tanto tiempo y Cabrera Infante tuvo que partir y Reinaldo Arenas también y mucha gente desconocida ha sufrido y llorado en silencio (dentro y fuera de la isla) por culpa de Raúl y Fidel. 
No es que yo quiera vender desesperanza. Es que no veo razones para sostener la esperanza.Y la miseria que han sembrado los Rolling Castros no puede ser redimida por ningún concierto.

13 mar 2016

El tren



La primera vez que leí “El guardagujas”, de Juan José Arreola, nunca había subido a un tren. El tren del cuento, que el protagonista espera para llegar a T, fue el primero de mi vida, por lo que a partir de entonces, al menos para mí, todo tren es un asunto literario y cada vez que subo o bajo de un vagón, no importa que sea ave o mamífero, dentro de mí contacto con el pasajero del cuento, con su guardagujas  jubilado en la estación desierta y con el mismo Arreola, a quien alguna vez conocí mientras daba una charla, borracho perdido, a cuarenta kilómetros de Málaga.
Estoy hablando de mi tren, un tren que desde hace más de treinta años tiene forma de libro. Cada minuto es una página, cada estación un capítulo. En ocasiones, más que un libro, parece una biblioteca y, libro tras libro, el tren puede hacerse infinito: promete un viaje sin tregua en que el número de la página es la potencia de la ventana. Nada de locomotoras empujadas con fuego ni rostros cubiertos de hollín. Mi tren se mueve a la velocidad de los besos y, si se toca la tecla adecuada, puede llegar a la estación de destino en apenas un segundo.
Hay también momentos reales que he vivido como un usuario común. Recuerdo un coche cama en que compartí litera con un hombre de setenta años que me refirió que, cinco años atrás, su madre lo había denunciado por intento de homicidio. No pude cerrar los ojos ni siquiera un segundo y, cuando llegué a Salamanca, ni siquiera me despedí de él. O la historia verdadera de unos primos italianos que en tres generaciones nunca han pagado un boleto ya que siempre se casan con trabajadores ferroviarios.
En los últimos años, además,  el tren es mi lugar de trabajo. Desde el último asiento del primer vagón, no sólo he escrito capítulos enteros de novelas y leído libros magníficos, sino que también he escuchado conversaciones entre jueces y médicos, visto crecer noviazgos que incluso han llegado al divorcio y sobre mi hombro han caído lágrimas, migas de pan e incluso trozos de chorizo.

Por si fuera poco, el tren ahora es cada vez más lento, como si regresara a los orígenes y fuera necesario introducirse otra vez en el cuento de Arreola. No hay problema, mi tren es literario y desde él puedo asegurar que el lector, el buen lector, es el único usuario que agradece los retrasos y las obras.

9 mar 2016

Mi hermana


Mi hermana en el cielo llora por mí.
Tanto que he llorado yo por ella
claro, no como mi madre y mi tía
pero ahora no es por ellas
que mi hermana llora
a raudales
es por mí
donde sea que esté
entre lágrima y lágrima
pobre Slavko, mi Slavkito
mira cómo estás hecho unos zorros
si es que tú no naciste para vivir
deja que juguemos otra vez
ven aquí lindo.

Pobrecita mi hermana
muerta y encima llorando
no llores por favor
no llores más
tus ojos míos
húmedos sabes que no puedo verlos
no te preocupes por mí
concéntrate en tus flores
vigila tus huesos
el araguaney
alimentado con tu sangre
no llores, mi amor
que yo voy a estar bien no te preocupes
cuidaré de todos
regaré las plantas podaré los árboles
me encargaré:
aunque siga vivo
me esforzaré para mejorar
y estar bien.

24 feb 2016

Quehacer del médico que escribe



Seguramente le sucedió a Alfred Döblin, a Antón Chéjov o a William Carlos Williams. Un poco menos a Carlo Levi y Pío Baroja, que medicina estudiaron pero ejercieron muy poco. En verdad puede pasarle a cualquier médico que compagine el cuidado de sus pacientes con la creación literaria. No sólo a los grandes y famosos, sino también a los pequeños y desconocidos ya que, al margen de la insípida división del saber en números y letras, literatura y medicina son ejercicios afines, pulseras que pueden convivir rodeando una sola muñeca sin rencillas ni problemas. Pudo haber sucedido y sucede todavía porque el paciente también conoce a su médico. Antes de acudir a la consulta, el paciente indaga, pregunta, busca. Equivale a la formación del médico antes de toparse con su patología. Durante el encuentro, también el paciente realiza su exploración: observa y ausculta aunque no registra en la historia. Luego, tiene en la casi totalidad de los casos la firma del médico, su nombre por complicado que sea, y en ocasiones no se resiste a introducirlo en google. A partir de allí, elabora su hipótesis, hace un diagnóstico y propone tratamiento. En ocasiones es solamente una pregunta que formula en el siguiente encuentro: “¿Usted es el médico que escribió el libro sobre…?” Allí el diagnóstico es apenas impresión, todavía no es juicio. El paciente duda y se enriquece al hacerlo. Piensa en la posibilidad de la homonimia, en que el escritor sea un primo del médico y no el médico mismo. No se deja convencer por la foto borrosa del periódico. En otras ocasiones, cuando la seguridad impera, el paciente arranca el coche desde la tercera: “A mí también me gusta escribir”. Un encuentro de este tipo no tiene por qué ser cien por ciento agradable. Por eso y porque definitivamente altera el encuadre, la ortodoxia lo recomienda fuera de la consulta. Mucho más si, para hilaridad del enfermero, la presentación es seguida de una recomendación: “¿No ha pensado en la posibilidad de acudir a un taller de escritura? Le ayudaría mucho”. Hay también una versión bonita en que a partir del mutuo reconocimiento se produce un intercambio de ideas o, ya que la escritura comienza como un ejercicio de lectura,  de fuentes bibliográficas. “El escritor del que hablo es una maravilla”, recomienda el paciente y el médico coge nota para, un mes después, con el libro definitivamente cerrado sobre la mesa de noche, agradecer la recomendación. Otra posibilidad, a pesar de ser literaria, no incluye palabras. Para bien o para mal, los ojos del paciente contienen el diagnóstico, pero su boca no lo pronuncia. La consulta es una película sin suspense: se trata de un espacio al que médico lleva su técnica, su saber y (el paciente lo sabe bien) su mirada (su herida) literaria.

21 feb 2016

Club de lectores busca



(de la prensa de hoy)
Club de lectores (atléticos, buen rollo, inmejorable compañía, excelente conversación, gran capacidad de comprensión, con más de diez horas a la semana de actividad lectora) busca escritor (interesante, prometedor o ya consolidado, pero fundamentalmente sano) para actividad literaria a realizar en ambiente privilegiado (buen rollo otra vez, en medio de la naturaleza, con vistas a ciudad importante y al Mar Mediterráneo, excelentes vinos y mejor atención) en las próximas semanas. 
Debido a que nuestros tres últimos invitados han fallecido en los días previos a la actividad señalada (uno por accidente de tráfico, otro en la la silla del odontólogo sin que se le conocieran antecedentes alérgicos y el último por infarto al miocardio) generando así grandes pérdidas materiales (programación y anulación de la actividad, alquiler de espacios, publicidad, catering y cata de vinos) y espirituales (lectura de la obra, sesiones de estudios, preguntas no formuladas, sensación de vacío y duelo al conocer la noticia del deceso), los escritores interesados deben enviar junto a la nota biobibliográfica copia de informe de reconocimiento médico* realizado en los últimos tres meses y  nota certificada declarando ser no fumadores o ex-fumadores durante por lo menos cinco años y no consumir más de quince unidades de alcohol a la semana.
Esperamos de esta forma contribuir a mejorar el estado de salud de nuestros escritores, manifestamos que gustosos atenderemos todas las solicitudes que sean enviadas si las postulaciones cumplen los requisitos mencionados previamente y, aunque sabemos que ninguno lo piensa, nos reafirmamos en la idea de que nuestro club no tiene nada que ver con la muertes sucedidas ya que sólo habíamos sostenido conversaciones telefónicas o intercambio de e-mails y mensajes de whatsapp con los tres autores en cuestión .
Animaos ya. Os estamos esperando. Venga. No seáis cobardes. Juntos podemos revertir esta macabra tendencia con la que, a pesar de lo que insinuado por los otros clubes de lectura, nosotros no tenemos nada que ver.

* El informe ha de incluir resultados de analítica (hemograma, bioquímica y coagulación), copia de electrocardiograma y de informe de prueba de esfuerzo, curva espirométrica e informe de bodytac, realizadas todas estas pruebas en los últimos tres meses. La analítica ha de contener perfil lipídico, función renal, transaminasas hepáticas, hemoglobina glicosilada en caso de padecer diabetes mellitus, CEA y  PSA si el escritor es de género masculino y su edad es mayor de cincuenta años. 

15 feb 2016

Kalalú


Es menester que los amigos de un escritor publiquen libros: la mayoría son escritores. Cuando los libros son buenos, apetece reseñarlos y  a menudo se imposta una voz con pretensión objetiva que intenta convencer al lector de la maravilla encontrada.
Esta vez no puedo hacerlo porque se trata de Juan Carlos Méndez Guédez, mi amigo, mi gran amigo, cuya novela, El viaje de Madame Kalalú, ha sido recientemente editada por Siruela. En sus páginas, no sólo encuentro un libro magistral que me permite conocer un personaje, Emma Sáez, quien como si fuera hija del gran Fregoli cambia permanente (de nombre y aspecto), viaja sin parar a lo largo y ancho del mundo, destruye y construye fortunas, crece y se multiplica, sino que también me paseo por la amistad prolongada con Juan Carlos.
El escritor  lleva más de veinte años haciendo viajar sus personajes. No hay historia de Juan Carlos Méndez Guédez que comience y termine en el mismo continente. Sus personajes no paran y, de un avión a otro, desconocen la posibilidad del siniestro aéreo. Eso desde El Libro de Esther que en 1999, en el siglo pasado, publicara Lengua de Trapo. Pero mucho más en las tres últimas novelas: Chulapos mambo, Los maletines y El viaje de Madame Kalalú. En esta última, Emma Sáez se confiesa ante una monja en estado vegetativo: le dice que fue bailando cómo descubrió su poder transformista y a partir de él cómo puede hacer desaparecer una obra de arte de su locación original en Noruega y, sin moverse de la silla, sólo haciendo una o dos llamadas telefónicas, hacerla aparecer en El Prado. Es un prodigio la novela. Suave y profunda, llena de sentencias que desvelan la gran inteligencia del autor: un escritor que ha crecido tantísimo, que se ha hecho mayor, verdaderamente grande, en este momento uno de las mejores referencias de la literatura hispanoamericana.
El amigo, Juan Carlos, es mi amigo de siempre, mi hermano grande. No ha cambiado, desde que lo conocí hace veinticinco años siempre está allí. Él para mí, para lo que yo necesite. Y yo para él: es el hermano que la literatura me ha dado.

8 feb 2016

Hacia una comprensión patológica de la literatura

No es maníaca la emoción literaria. No figura en el DSM, tampoco en la CIE, ni en la IX ni en la X. No  es posible saber de ella buscando en el índice del Harrison, tampoco en el Vademecum. Y, en una historia clínica informatizada, ni siquiera haciendo trampa sería posible introducirla. Igual que el (des)amor, la emoción literaria no cabe en ninguna de estas listas. No está, es imposible encontrarla. A priori, parece demasiado sencilla la respuesta si acaso su ausencia ha generado alguna pregunta: no es patológica, la emoción literaria no es patológica, no tiene por qué formar parte de estos elencos taxonómicos, ni de los viejos ni de los que vendrán. Además, es egosintónica: porque si no fuese así bastaría con cerrar el libro, salir al jardín y podar las palmeras. Y, ya que ha quedado demostrado que el miedo que las novelas de caballería generaban en la sobrina y el cura amigo de Don Quijote era infundado, sabemos que no es dañina. Pero que nadie diga que es normal aunque para algunos resulte frecuente. No puede ser normal tanta maravilla, tanto goce. Que una persona sienta que su pensamiento se multiplica en o por las quinientas páginas de una novela es un milagro, es el milagro literario. Páginas, universos que se abren ante nosotros y nos permiten ingresar en ellos. Miradas convertidas en letras que nos seducen a cincuenta centímetros de nuestra presbicia. La posibilidad de creer que somos capaces de incluso mejorar el desenlace en un arranque taquipsíquico que nunca se concreta. “Así es la literatura”, podríamos decir a viva voz. En efecto, así es: absoluta y complementaria al mismo tiempo. Con la ventaja de que es posible gozar siempre de su compañía. Desde los cuentos revelados en la primera infancia hasta los que nos puedan leer más allá del deterioro cognitivo. La literatura, en forma de lectura o de escritura, se ofrece para acompañarnos siempre con emoción e inteligencia. En lo bueno y en lo malo. En la salud y en la enfermedad. Muy mucho en la enfermedad. En la montaña, en la playa y en el desierto. A través del libro o del e-book. Sólo la medicina, el amor y la música pueden ufanarse de cubrir un espectro tan amplio, pero con la literatura no hay régimen laboral, no hay guardias nocturnas ni complementos extraviados. No hay ni siquiera desengaños, tampoco promesas. ¿Sólo emoción y pensamiento? También palpitaciones, ciclotimia, exoftalmos, insomnio o hipersomnia, cérvicodorsalgia, rizartrosis quizá. Literatura pura, nada de patología.

30 ene 2016

Los pederastas



Los pederastas trabajaban en el Colegio Don Bosco de Valencia, en el siglo pasado. Valencia, la de Venezuela, justamente frente a la casa en que nació José Rafael Pocaterra. Eran curas y profesores aunque ninguno llevaba sotana. Estaba el cura administrador que daba besos sentidos detrás de las orejas. Otro cura, el consejero, invitaba a los niños a su habitación y les pedía que se masturbasen mientras él apuntaba detalles para su tesis. A los alumnos destacados de las recientes promociones los habían convertido en profesores, en jóvenes profesores, y éstos abusaban de los alumnos más pequeños. Era como una cadena en que el producto se convierte inmediatamente en productor. Una cadena asquerosa a la que muchos se acercaban bromeando, simplemente para sobrevivir. Era también una especie de clan, de difícil salida, imposible de advertir, difícil de denunciar a pesar de que el director del colegio luego sería cardenal y era amigo del presidente Herrera Campins. Algunos de mis compañeros se convirtieron por esa vía en profesores. Otros lloran cuando recuerdan lo que sucedió o piensan en lo que pudo haber sucedido. Otros no recuerdan nada pero no lo descartan. Sin formación ni diván se han convertido en psicoanalistas rudimentarios y advierten sobre los posibles rincones oscuros de la memoria. Otros lo consideran normal e ignorando su gravedad se alegran de haberla sobrevivido.Cuando se reúnen, realmente o en la virtualidad de la red, alguno siempre hace un comentario sobre el cura consejero, pero los otros lo invitan a callar. Es un secreto a voces que no tiene sentido ventilar. Eso es lo que seguramente piensan, sobre todo ahora que los curas son ancianos y los jóvenes profesores de entonces se acercan a la decrepitud a pesar de la cirugía plástica. Mañana, 31 de enero, día de Don Bosco, se reunirán en el descascarado colegio. Curas, antiguos profesores y otros más jóvenes, algunos ex-compañeros. Me dan asco y miedo sus manos posando sobre hombros y cinturas de los alumnos actuales. Agradezco no publicar fotos en las redes sociales.

19 ene 2016

Aquello que Einstein no dijo


Desde el primer momento  le interesó su pasión por Einstein. Se veía que ella conocía a fondo su biografía y, como él había comenzado un máster en física teórica, le solicitó amistad y comenzaron a chatear. Ella dejó entonces de publicar pasajes biográficos y comenzó con las citas. ”Locura es hacer lo mismo una y otra vez. Albert Einstein”. A él le extrañó que Einstein hubiese escrito eso, pero era probable: había escrito y dicho tantas cosas. No le comentó nada y, al día siguiente, acordaron pasar un fin de semana en Port Saplaya.
Antes de encontrarse, en la estación de trenes de Valencia, ella publicó cinco palabras que igualmente atribuyó a Einstein: “Nadie entiende la mecánica cuántica”. Vivieron un fin de semana de sol y playa. El asunto prometía y sentían que casi seguramente volverían a encontrarse.
Cuando él llegó a casa, leyó lo que ella había publicado: “Mi amor nació en un barquito frente a los edificios de Port Saplaya. Albert Einstein”. Así  él pudo comprobar que las otras dos citas también eran falsas por lo que, en lugar de llamarla para decirle que ya la extrañaba, la eliminó de su lista de amigos.

12 ene 2016

Libros y navajas



En la venta de libros, el kilo de navajas hoy cuesta seis euros. Una mujer discute con su marido la posibilidad de comprarlas ya que él prefiere las gambas peladas. Yo, en cambio, me conformo con un libro de Jorge Edwards que quisiera regalarte, pero que no sé si podré porque la discusión se hace interminable.
Quizá por ello cierro los ojos y sueño que compro un libro de Vicente Gerbasi y una planta de guanábana. Estoy en una venta de congelados en Castellón, a quince metros del hospital, pero mi sueño sucede en un mercado de Italia, más allá de Éboli. Me detengo frente a las frutas, los detergentes, la carne y los pescados. Caminando hacia la iglesia, la anciana de negro ofrece libros que ha esparcido sobre una mesa. Allí está la traducción al italiano de Mi padre, el inmigrante. Y, a su lado, entre sobres de semillas y flores de invierno, la planta de guanábana con un cartelito amarillo clavado en forma de pincho en el fondo de la maceta: "wanabana americana".
Me despierta la letra doble. No le encuentro sentido, pero la discusión entre navajas y gambas ha terminado y finalmente puedo pagar el libro.
Al salir de la pescabrería, la furgoneta que pasa es toda ella publicidad. Anuncia una cura milagrosa contra el cáncer. En la última línea, está la palabra guanábana. Veo la u, cuatro veces la letra a y, cómo no darme cuenta, al inicio la g.

1 ene 2016

Sacar a pasear la novela


(foto regalo del querido Javier Sánchez, nada de cortesía)

Como si se tratase de un perro (que duerme, que ladra, que come, que acaricia, que destroza y pide, pero siempre da) de vez en cuando toca sacar a pasear la novela.
Hay quien para ello se maquilla y se viste, se perfuma. Sale a caminar e inicia una ruta de confianza que ha elaborado a lo largo de la vida. Esta calle, el paseo marítimo, la placita más allá, aquella tienda, para seguramente terminar en un bar o en una librería. Ha sacado así a pasear la novela de su vida, editada en las páginas de su cuerpo: los años y amores, la experiencia, algunas cicatrices. Hombre o mujer, no importa el género, la novela vive en sus piernas, respira con sus pulmones, tiembla con sus párpados.
Otros la hacen pasear sin mover el cuerpo, sin apenas desplazarse. Quizá un paso o dos, como quien baila pegadito, sobre un centímetro cuadrado de pavimento. Llevan la novela en la cara, en las manos arrugadas. La novela pasea en sus ojos, en su mirada. Se puede leer en un segundo, pero también en un millón. En ocasiones se trata de una novela sencilla, esencial, pero no por eso deja de ser poderosa. Mayormente deja huella.
Del novelista en cambio, ahora que todos esperábamos sus metáforas, tenemos un ejercicio litera, concreto por demás. Antes de salir de casa, mete cuidadosamente el portátil en la mochila. Sube al tren o al coche. En el portátil está la novela de estos días. Novela y portátil son dos o tres kilos de más. A veces pesan como una deuda, pero en otras la carga es ligera como una novia en la adolescencia. Por ello camina con la mochila hacia su trabajo. La novela espera un día de suerte, tranquilo, en el que al menos le puedan dedicar diez minutos. Es la novela en la mochila, es la vida del escritor en estos días. Hoy no pudo ser abierta porque el trabajo lo impidió. No importa, la novela ha salido a pasear y, en la cabeza del escritor, hay dos o tres imágenes nuevas, extraídas de la vida, del mismo trabajo, que poco a poco se agregarán a sus páginas. Ya se encontrará la forma y el momento.

16 dic 2015

Pescabros




Vuelven a su origen los pescabros. Se escapan de la bolsa en el puerto y empiezan a nadar junto al pescado congelado. Los libros se deshacen. El pescado también. Espanta la tragedia de la pobre merluza: pierde solidez pero luego se hunde y, sin que llegue al fondo, los bichos comienzan a desgarrarla. Así se funden letras y escamas. De El principito sólo quedan una "i" y una "c" perdida, que no sabe qué hacer. ¿Quién le dijo al pescadero que también podía vender libros? ¿Quién se lo permitió? Menos mal que de La soledad de los números primos se forma tu nombre. Pensar que no quería comprarlo y me lo traje no más porque estaba barato. Menos mal, menos mal. Esas siete letras y la infusión que bebimos es lo único que ahora queda de los pescabros comprados.

26 nov 2015

¿Qué queda de tanto escribir?



La duda la tiene mi niño. ¿Por qué escribes? ¿Qué te queda de tanto hacerlo? La culpa la tengo yo por hablar a cada instante de los proyectos que tengo en mente. Lo hago para consolidar las ideas y sentirme comprometido a convertirlas en textos. Por eso me esmero en responderle. Con mis limitaciones, como bien puedo, pero también como él bien pueda entenderme. Por un lado siento que necesito transmitirle mi apego por este oficio desde que tengo más o menos su edad. Escribir me hace sentir bien, me multiplica. Es, después de leer, la cosa que más me gusta de la vida. Por otro, no quisiera que me viera como un tonto aunque lo sea. Escribir es ganar. Crear es la única cosa que nos aumenta. No se trata sólo de plasmar lo que somos, lo que tenemos, sino además, palabra sobre palabra, hacerlo crecer. Que se dispare, que alcance alturas inimaginables. Que derribe  fronteras. Hay algo en mi discurso que no le convence, que no le termina de convencer. Mi hijo necesita una verdad más cruda, con referencias concretas. Sabe porque me ha escuchado decirlo que deseaba ser un escritor cuando tenía su edad y quiere saber qué detalle concreto de la vida puede empujar a un niño de doce años a pretender tal cosa.  Por eso, he de decirle la verdad, la verdad de entonces que, mira por dónde, continúa siendo la verdad ahora.  “¿Quieres saber por qué escribo?” “Claro que sí, papá, es lo que te he preguntado”. Abro un frasco de aceitunas partidas. ”Entonces tenemos que hablar seriamente”, le digo ofreciéndole una y aprovecho que la disecciona con los dientes para contarle que cuando yo tenía su edad, en el periódico que se compraba en la casa escribía un columnista que me gustaba particularmente, Kotepa Delgado. “Ah, sí, qué bien”. Pues lo que más me gustaba era el nombre de la columna: “Escribe que algo queda”. “¿Y qué pasa?”, me pregunta mi hijo. “¿Qué tiene que ver eso con lo que te he preguntado?”. Coloco la cuchara de madera sobre la mesa y le respondo lentamente. “Que esa es la verdad más grande que he leído nunca. Comencé a escribir y continúo haciéndolo porque algo queda. Siempre”.

19 nov 2015

El imbécil que leía a Pierre Vilar




Se sentó frente a mí en el tren abrazado a la Historia de España. Entre cuarenta y cincuenta años, maltratado, le deben haber dado desde hace poco unas horas en la universidad. En una edición vieja, subrayaba con un bolígrafo barato como quien lo ha leído hace mucho pero ha de enseñarlo en treinta minutos a unos alumnos a los que no respeta demasiado.Yo leía el periódico, el impreso, mientras esperaba en el móvil un mensaje de Méndez Guédez. De repente el aprendiz de profesor movió las piernas, alzó las botas y las colocó a mi lado, donde ya tenía su maletín. Protegía el asiento, es verdad, pero no le importaba ofrecerme la parte más distal de su cuerpo. Igual podía haberme ofrecido el culo, el muy patán. Fue un gesto iluminador de su parte: hay gente (mucha) a la que le da igual el culo que la cabeza y los pies porque en estos días fundamentalmente se carece de distancia.

9 nov 2015

Médico jubilado busca compañía



Lo he visto en farmacias y ortopedias. Aquí y allá, pero siempre el mismo: un médico jubilado que quiere compañía y sabe qué hacer para encontrarla. A veces lleva sombrero. Otras no. A veces permite que se vean sus canas. En otras las lleva pintadas. Siempre vestido de manera correcta. Siempre gentil y sabio. Inevitablemente, tiene la belleza del siglo pasado y sabe pasearla. En las mañanas, luego de leer los periódicos y degustar un buen café, va de farmacia en farmacia, de ortopedia en ortopedia, y ofrece diagnósticos a las señoras que acuden solas y, se ve, albergan dudas sobre sus síntomas. "Seguro se trata de una rizartrosis". No sólo diagnostica, también encuentra soluciones. "La mejor ortesis es ésta, pero ha de llevarla por lo menos ocho horas al día". Si la cosa prosperase y fuese necesaria una receta, podría incluso extender alguna que todavía conserva para uso personal. Pero para ello sería necesario compartir un café. "Mejor una manzanilla", aconseja. Y hablar, hablar mucho. Las señoras disfrutan de sus anécdotas. Hay algunas que inventan patologías inexistentes para poder escucharlas. "El suyo es un síntoma curioso. Me hace recordar un paciente que..." Otras olvidan a sus maridos en casa y siguen su ruta de médico jubilado intentando toparse con él. "Doctor, ¿recuerda las pastillas que me prescribió la otra vez? Me ha ido de maravilla con ellas". Él entonces las invita a caminar junto a él. "Vamos a ver entonces si ya puede caminar la media hora". Así transcurre las mañanas. Él contento y ellas contentísimas porque su compañía no sólo es agradable sino que les da seguridad. "Sé que si me ocurre algo él sabrá que hacer". Y, en efecto, lo hace. Hace unas semanas una sufrió un síncope y él le prestó los primeros auxilios, llamó a la ambulancia e incluso firmó el parte. Por si fuera poco en las tarde se actualiza. Estudia y lee en la biblioteca del colegio de médicos. Cuando la señora fue dada de alta, revisó el informe. "Esto que te han hecho es una maravilla. Ya verás como con el tiempo conseguirás estar incluso mejor que antes". Así llega la hora de comer y se va a la casa de los hijos. Ellos celebran sus paseos matutinos. Comparten además su secreto. Hay una posible paciente que el médico jubilado espera. Es un amor de juventud. A ella, cuando le comente sus palpitaciones, le ofrecerá inmediatamente el electrocardiógrafo que conserva en casa. Está en óptimas condiciones.