No
podría asegurar que en estas semanas ha nacido un niño a quien sus padres han llamado Coronavirus. Pero si hablamos de Covid la situación sería absolutamente diferente. Claro que sí. Sin necesidad de evidencia, lo aseguro. En el registro civil de Manila, Sao Paulo, Moscú, Maracaibo y Cali están siendo presentados en este momento varios recién nacidos con ese nombre. Covid Alejandro, Covid Ernesto, Covidia Virginia. Ellos son apenas el aperitivo de lo
que sucederá a finales de año. Producto del confinamiento el mundo se llenará
de ellos y también de Confinados, Confinadas y Cloroquinas. Cuarentena María quizá sea uno de los nombres compuestos que más se escuche en los paritorios en diciembre de 2020. Estos niños crecerán a pesar del drama que su nombre invoca. En veinte años ya comenzarán a aparecer en los periódicos. La primera
en hacerlo será Covidia 17, una estrella musical de breve pero impactante carrera.
Habrá también un dramaturgo precoz, asunto que no deja de ser interesante ya que revela
que en 2040 todavía se representará teatro novel. Algún jugador de béisbol
también habrá y dos de fútbol. Progresivamente irán haciendo sus vidas, muchas sin publicidad ni estrellato. Médicos, fontaneros, panaderos, dependientas de tienda, taxistas y asesinos a sueldo. Cuando muestren el carnet de identidad o sus tarjetas de presentación harán llorar a los memoriosos más sensibles. En Colombia, Covidia Patricia Rentería será en año 2057 candidata a la Alcaldía de Bogotá. Perderá, pero tres años más tarde será elegida presidenta del país todo. Más lentamente, un publicista mexicano, Covid Alejandro Villoro, después de dos intentos autolíticos hará carrera en los organismos
internacionales y en el año 2075 alcanzará la Presidencia de la Organización Mundial de la Salud. Dos años
después, en un gesto de justicia poética con sus orígenes y su
trayectoria, la disolverá. Se habrá acabado entonces la OMS. Pocos de nosotros lo veremos y, si es posible hacerlo de antemano, desde ya lamentamos que tenga que pasar tanto tiempo para que todo el mundo sepa que la OMS sirve para tan poco, que apenas es un desván olvidado en el que se acumulan burócratas y médicos de carrera insípida y escrúpulos diminutos, que podría ser el primer decreto del Covid que mañana nacerá en Cachemira y que, dada su inutilidad, si desapareciera ahora mismo, no lo lamentaríamos.
Ni cuentos ni artículos. Tampoco articuentos o cuentartículos. Se trata de cuartientos.
15 abr 2020
4 abr 2020
Por si acaso no volvemos a besarnos
Me voy a la cama con las peores
imágenes y sensaciones del día en la cabeza, relacionadas con la pandemia
actual. Para tranquilizarme, recurro a dos detalles buenos que logro recordar. El
primero, un hombre junto a la estación de trenes. Vestía una chaqueta cuya espalda estaba
decolorada por franjas y, grapado sobre estas últimas, un cártel: “Balmis”. Es
necesario explicarlo. En España, la Unidad Militar de Emergencias ha prestado
un invalorable servicio pulverizando calles, estaciones de tren, hospitales y
paradas de autobuses con lejía. A este servicio (y otros añadidos alrededor de
la evolución de la pandemia) le han llamado “Operación Balmis”. Francisco de
Balmis y Santander fue un médico militar del siglo XVII que, entre otras cosas,
proyectó y ejecutó el transporte y difusión de la vacuna contra la viruela en
las colonias españolas utilizando como medio de transporte niños huérfanos en
un viaje que ha sido novelado por Julia Álvarez y Javier Moro. No puedo
asegurar que su biografía fuese conocida por el hombre de la chaqueta decolorada, pero sí que este se había
sentado en un banco público un momento después de que la UME pasara y, en vez
de llorar la chaqueta perdida, decidió quedársela como recuerdo del coronavirus,
la UME y la “Operación Balmis”.
A partir de ello, recuerdo un par
de chicos que vi a cien metros de la entrada del hospital. Se notaba en ellos la
alegría de encontrarse. Normalmente se habrían abrazado y dado dos besos. Los
codos parecían querer despegarse de las costillas y las mejillas se veía que
luchaban por contener el gesto de aproximarse. Mejilla contra mejilla. Labios y
saliva contra mejilla. Saliva que ahora consideramos microbiana, como si nunca
lo hubiéramos sabido. Prefirieron mirarse tiernamente y compartir palabras
dulces. Él preguntó: "¿Volveremos a besarnos? ". "No lo
creo", respondió ella. Yo tampoco. En ese momento estuve convencido de que
una de las cosas que se llevará el coronavirus será el beso social, pero eso
ante tanta tragedia y destrucción es una tontería. Dolorosa e importante sí, pensé antes de conciliar el sueño, pero una tontería.
7 mar 2020
Huir (de Italia)
Hay tantas formas de huir como de tomar café. Negrito, con leche o marrón. Ristretto, solo, cortado, con leche, el leche y leche canario. Por eso hemos sido testigos (y protagonistas) de huidas instantáneas (de sobre) en las que, como en el patio del colegio ante el adversario mejor dotado que ya ha zurrado a toda la clase, se sale corriendo en espantada. También es posible quedarse quieto, inmóvil, como una cafetera americana que apenas respira. Incluso así se huye, se está huyendo: te apunta un arma de fuego o estás escondido detrás de una piedra de cartón en aquel wéstern que filmaste en Almería. Y hay quien tuesta y muele los granos antes de introducir el café en la cafetera moka: primero selecciona lo más valioso de sus pertenencias, vende lo que puede, luego mete los restos en la maleta o en el corazón
y organiza meticulosamente la huida. Así lo han hecho pueblos enteros luego de perder una guerra o darse cuenta de que a la miseria en que vivían solo le podía suceder otra mayor. Lo hicieron los españoles que
llegaban a México, Venezuela y Argentina después de la guerra civil. También
quienes dejaron Europa después de la Segunda Guerra. Cuando llegaban a buen
puerto al menos un atadito de ropas tenían, una o dos fotos, algún resto de oro
viejuno. Pasó lo mismo con los cubanos que llegaban a las costas de Florida o
con los albaneses que llegaban a Italia hace 20 o 30 años. No llevaban consigo propiedades pero el viaje que los países ricos ridiculizaban habia sido planificado escrupulosamente. Igual los
subsaharianos que llegan a España, los venezolanos que huyen en avión o por
carretera de la estupidez de Maduro y los sirios que en las puertas de
Europa huelen a pólvora y explotación.
En las últimas semanas comienza a gestarse otra huida: los italianos. Organizan sus ropas (no es fácil hacerlo ahora que la primavera está a punto de tocar el timbre), meten varios kilos de pasta Garofalo en maletas infinitas y, aprovechando cualquier medio de transporte, se marchan rumbo a España, Francia o Alemania. Se sabe que huyen de sus casas, de sus propias vidas, por miedo al último virus, la gripe de 2020 que tiene nombre de misil aunque parezca no ser peor que otras, y el barniz de tragedia con el que las autoridades y los medios de comunicación lo han cubierto Quien ahora huye usa como excusa la precariedad de un sistema sanitario que aunque es puntero en varias áreas ha burocratizado (y abandonado) sus propias bases. Exagera, seguramente, y más ganaría previniendo y/o cuidándose en casa porque el monstruo de ahora se llama Covid 19, no Maduro ni Franco, tampoco Fidel Castro. Pero también es necesario considerar que debe ser difícil vivir en un país en que por orden gubernamental no puedes tocar la mano de quien conoces, mucho menos besar o abrazar, quizá quererse, con seguridad pedir un café en la barra del bar. Así, debe ser imposible.
4 feb 2020
Medellín
El último usuario, a priori, podría
ser colombiano. No se trata de características físicas que a estas alturas, al
menos hablando de gentilicios, aportan tan poco. Algo de bueno han de tener las
últimas décadas aparte de la obra de Roberto Bolaño y Claudio Magris. Y no se
puede negar que este siglo apuesta claramente por lo multicultural. Pero el
hombre en cuestión viste una chaqueta azul que, a la altura del corazón, lo
dice claramente: “Alcaldía de Medellín, Secretaría del Deporte y la Recreación”.
Le veo llegar, saludar y dar sus datos aunque una barrera de cristal me impide
escucharle. Aprovecho la circunstancia para construirle una biografía ficticia.
En Colombia es profesor universitario y ha venido a Castellón como miembro de
un tribunal de tesis doctoral. No me cuadra, no. Mejor que sea editor:
participó en el encuentro de editoriales que se celebró hace varios meses y,
después de haber sido iniciado en la cultura del café cremat, decidió quedarse
en Castellón hasta el último día de su páncreas. O que simplemente se trate de
un vendedor de azulejos. En las tres versiones ha dejado mujer e hijos en
Medellín, pero los llama todos los días. Esas “llamadas telefónicas” me hacen
recordar otra vez a Bolaño pero mucho más al gran escritor de Medellín, Héctor
Abad Faciolince. Hace diez años regalé varias veces su novela, El olvido que
seremos. Todavía recuerdo quién me recomendó que la leyera, Daniel
Mordzinski. “Es imposible que no la hayas leído”, fue lo que me dijo. Tenía
razón, es un libro maravilloso y, después de leerlo varias veces, recuerdo
haberlo usado para que sus páginas me dieran al azar un epígrafe para la novela
que entonces escribía. No he hablado todavía con el hombre, pero gracias a su
presencia me encuentro caminando por las calles literarias de Medellín. Tropiezo
con un vendedor de baratijas y, en la esquina, explota una bomba. Han matado al
padre de Héctor y yo mismo vuelvo a quedarme huérfano. “Ojalá se prolongue la
tregua, ojalá se prolongue”, sueño que digo sentado en el banco de una plaza
desierta. Me quedo allí encantado. Medellín. Medellín, qué querrán decir esas
ocho letras. Cuando me toca finalmente encontrarme con el hombre, no puedo
evitar preguntarle desde cuándo no va a su tierra. Pues resulta que nunca ha
visitado Colombia y libros ha leído más bien pocos. Realmente es de Tarragona,
pero hace dos días, luego de perder una apuesta, intercambió chaqueta con un
amigo.
20 oct 2019
Cuando un libro te espera
Igual que la Biblia, el Quijote cada día baja de precio. "Aquí
estoy, querido. Me están vendiendo. Por cincuenta monedas me voy contigo", me dijo hace cinco años, bello y altivo. "Es una edición ilustrada de siete kilos de peso", apuntó el vendedor aquella vez, como si el peso del libro hubiese sido parte del proyecto de Cervantes, en medio de una calle que insolitamente se
llama Calle Enmedio. En estos años han crecido los hijos y los árboles. Quizá la próstata también ha aumentado de tamaño o se ha hecho menos elástica. Pero el Quijote jueves tras jueves siempre ha estado allí y cada día más barato. Lo llevan y lo traen. Los lunes lo intentan vender en Peñíscola, los martes en Torreblanca, los miércoles en Nules, los jueves en Castellón. Quién sabe dónde lo tienen los viernes y los sábados. En Benicasim los domingos. Cada día en una calle diferente, haga frío o calor. Pobre Quijote. Pobres libro y
caballero, pobres escudero y escuálido jamelgo. Cuando llueve lo cubren con un plástico
amarillo de puro viejo. Del frío y del sol no lo protegen. Por eso está cada vez más barato. El truco está en que pase el tiempo. No tanto para el libro, que es inmortal, sino para mí y el vendedor. Es también importante que yo pase preguntando por él cada seis meses como quien no quiere la cosa. Hace dos años me lo dejaban por cuarenta, hace un año por treinta y cinco. En esas ocasiones siempre lo he abierto hasta verle los ojos y escucharle la voz. De vez en cuando le he sacudido alguna mota de polvo. Hoy en la mañana el libro me ha hablado
como nunca. Eran las ilustraciones de Segrelles pero tenían los ojos de la enfermera de novio colombiano y del policía de paisano que atendí la otra noche.
En la página 49 me gritó la palabra tristor. "¿Qué haces hablando valenciano,
quijotico querido? No me jodas, tú no eres Tirant Lo Blanc. No ne vengas a joder". El libro sigue lindo,
estupendo. A pesar de tanto trajín no huele mal y las tapas no están para nada dañadas. "Lo estoy haciendo por ti, chamito lindo". El Quijote nunca deja de sorprenderme. "Pareces el puto Pentecostés", le digo en confianza absoluta: "ahora hablas todas las lenguas". El Quijote sigue altivo sobre la mesa, entre una enciclopedia de cocina y un atlas de anatomía. "Lo hago por
ti, compadrito. Para que levantes cabeza. Para que no sigas jodido. Si me sacas de aquí, te voy a ayudar, curaré todos tus males". ¿Qué le ha pasado a este Quijote que pretende psicoanalizarme sin cita previa ni nunca haber acordado honorarios? "Ya no puedo más". Creo que sigue hablando el Quijote
pero ahora quien habla es el vendedor. "Si no lo compras hoy lo destruyo, lo mato, le
clavo un cuerno de toro en la ingle izquierda". Me sorprende tanta virulencia en un hombre más bien pacífico. "No digas eso, por favor. ¿En cuánto me lo dejas?". El hombre ni siquiera se lo piensa. Se ve que lo tiene decidido desde hace varios meses. "Por quince, por ser tú, te lo dejo por quince". El hombre me tiene fichado y cada vez que he venido a saludar el libro me ha reconocido. "Recuerda que una vez te pedí cincuenta". Me da incluso vergüenza regatear. Solo pido una bolsa y le doy el dinero. "Ve allá, al fondo,
ese es el negocio de mi madre. Pídele la bolsa a ella", me dice y coge las monedas.
Ahora lo llevo conmigo. Es mi libro, mi Quijote con ilustraciones de Segrelles. Dijo que iba a curarme y me
está rompiendo los dedos de la mano derecha, también el corazón.
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26 sept 2019
La verdadera casa de papel
La casa de papel hubiera podido ser un título de Cortázar pero, se ve, prefirió "Casa tomada". Ahora es lugar donde imprimir valores y también una serie televisiva de éxito. No dudaré de la calidad de los billetes ni de los episodios del uno y la otra ya que para ello aquí están la Policía Nacional y el crítico de cine y televisión Carlos Boyero, pero en este cuartiento, a partir de un ejemplar de La muerte en Venecia de Thomas Mann comprado hace casi cuarenta años en una librería más cerca de Alicante que de Valencia, intentaré demostrar que la verdadera casa de papel es el libro, el libro literario, mucho mejor si impreso en papel y comprado en librería.
La librería en la que se compró originalmente este libro le roba el nombre a un poema del griego Contantino Cavafis, quien a su vez se lo roba a Odiseo a quien su creador, Homero, le atribuye el haber nacido en Ítaca, una pequeña isla jónica ubicada entre Cefalonia y Lefkada. Se trata de la librería Ítaca, situada entonces y todavía en Villena, que como pequeña ciudad bien podría ser el barrio en que se encuentra la casa de papel que estamos construyendo aunque visto lo visto también podría serlo Ítaca.
Allí, entre Ítaca y Villena, debería estar el primer jardín de esta casa. Un jardín pequeño porque se trata de una edición de bolsillo y con árboles altos porque el libro fue editado por Destino hace 37 años. Sería necesario hablar también de un segundo jardín más cerca del lugar que yo habito, Puzol, no Pozzuoli a pesar de que estamos hablando de Venecia, ya que fue en su mercado (el de Puzol) donde, entre puestos de frutas, bragas y embutidos, le compré por un euro el ejemplar al vendedor de libros usados. Este jardín sería frutícola y nada ornamental: naranjas y olivos, quizá alguna tomatera.
Entre ambos jardines, en una casa de tres alturas se desarrollan las idas y venidas de Gustav Von Aschenbach. Este tipo de casas se componen de espacios y habitaciones, pero cuando se entra en confianza se entiende que también son capítulos y páginas, párrafos y líneas. En una de los primeros espacios está la calle de Múnich donde comienzan los devaneos de Von Aschenbach. En la siguiente, Trieste: es impresionante que una ciudad tan bella quepa en una sola habitación pero mucho más que Thomas Mann solo la nombre en una línea del libro. Junto al jardín posterior está Pula, la isla ahora croata donde Von Aschenbach solo resiste cinco días. Y en las dos alturas superiores, se encuentra el Lido veneciano. Cerca, muy cerca, morirá el personaje para hacerle justicia al título y, como suele pasar con los protagonistas, no tendrá posibilidad de conocer la dedicatoria que en el tejado dejó registrada el comprador original, a quien siento más padre que amante o hermano: "¿Que siempre te regalo libros? Sí, ya sé. Pero no lo puedo evitar. Debe ser mi obsesión. Me gusta transmitir mi entusiasmo hacia ellos. Quiero que tú lo compartas. Disfruta leyéndolo".
Hoy, entre mis manos, La muerte en Venecia es la verdadera casa de papel.
Hoy, entre mis manos, La muerte en Venecia es la verdadera casa de papel.
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20 sept 2019
Enterrar el perro
Mi perro, Lazarillo, hubiera podido morir de viejo pero, escapándose de casa, se adelantó unos días y fue arrollado por un camión en la carretera al borde la cual vivíamos. No es que fuese tan fuerte que necesitase un camión para morir. Simplemente le tocó al camión. Igual hubiera podido ser un carro pequeño o, con lo mal que estaba, incluso una bicicleta. Pero le tocó el camión.
Lazarillo era un perro negro con manchas blancas. Más grande que pequeño, en casa fantaseábamos con la posibilidad de que fuese pastor alemán, pero yo creo que realmente no lo era. Nos habíamos encontrado en la calle y él había decidido venir conmigo. Mi madre Aura inmediatamente interpretó su cara y le preparó un tazón de sopa de leche que él en menos de un minuto devoró. Luego se fue quedando con nosotros. Era una casa abierta, sin vallas ni empalizadas, pero él no salía. Había asumido la casa como recinto y, aunque ambulante, se había convertido en árbol de su patio.
Mientras yo crecía Lazarillo hizo familia. A la casa llegó una perra más pequeña que él de la que mi hermana dijo que estaba embarazada. Él la acogió y, porque así pasaban las cosas en el pueblo, la noche en que ella se retiró a parir, Lazarillo fue quien la acompañó. Recuerdo la mañana siguiente como una fiesta de la saliva. Lazarillo la lamía a ella y ella los lamía a él y a los cachorritos. Uno de ellos se quedó en casa y, por largo que parezca, lo llamamos Lazarillo Segundo.
Él estaba conmigo cuando Lazarillo murió. Yo, que tenía catorce años, escuché un frenazo y luego vi el cadáver de Lazarillo desde la ventana. Bajé inmediatamente por la escalera que en la piedra habían esculpido los hombres de la familia Aular y, sin pensar mucho en lo que hacía, empujé el cadáver de mi perro hacia el bordillo. No recuerdo haber llorado ni gritado. Ni siquiera llamé a las mayores, yo que era hijo de dos madres. Regresé a la casa, que permanentemente estaba en obras. Nadie me vio mientras iba y venía, tampoco cuando regresé junto a Lazarillo provisto de carretilla, pico y pala. Me guiaba, más que el sentido común, la necesidad de hacer lo que creía que debía. Desde el momento en que había sido yo quien había llevado a Lazarillo a casa, Lazarillo era mi perro y yo sentía que debía ser yo quien se encargase del asunto ahora que Lazarillo no era perro ni nada sino esa masa enorme inanimada con apenas un hilo de sangre que le salía por una de las fosas nasales.
Así, con ayuda de la carretilla, trasladé lo que quedaba de Lazarillo hasta la iglesia del pueblo, apenas separada de la casa por una rambla cementada que a veces usábamos como estacionamiento. Realmente lo llevé hasta el patio de la iglesia, del lado izquierdo mirando desde la cocina de mi casa, a la altura del altar que el Padre Pedrón usaba para gritar e insultar (con la sana intención de convertir, de terminar de convertir) a sus escasos feligreses, y allí comencé a cavar una fosa. La tierra era blanda y no tuve mayor problema en cumplir mi cometido. Volqué el cadáver en la fosa y lo cubrí. Luego recogí mis cosas y regresé a casa.
Allí le conté a mi madre Leticia lo que había pasado. Ella recordó que Lazarillo se llamaba así en homenaje al de Tormes y me sirvió un taza de leche tibia con trozos de arepa que yo ingerí poco a poco, sin saber que olvidaría lo ocurrido durante casi treinta y cinco años.
13 sept 2019
Cajón de médico
Todo
médico tiene su cajón, qué duda cabe. Y aunque el médico pueda usar
eventualmente un cajón de sastre, poco tiene que ver uno con el otro
fundamentalmente porque en el de sastre según parece cabe todo, mucho más si no
tiene cabida en ningún otro lugar, y en el de médico solo caben (o han de
caber) aquellas cosas que tienen que ver con el ejercicio de la profesión.
El
cajón de médico se distingue de cualquier otro cajón por su discreción. De un
gris oscuro que se aleja del negro, casi siempre junto a la rodilla derecha del
facultativo, incluso para declinar ha elegido el silencio. Nada dice y en ningún
parte se queja, pero en él cada vez se meten menos cosas. Es un cajón pobre,
venido a menos. Desde ese punto de
vista, incluso el denostado cajón de sastre es actualmente más ambicioso porque
entre retazos y trastos diversos el sastre todavía conserva en él hilo y aguja.
El cajón de médico en cambio no se puede vanagloriar de nada ya que en la
consulta del médico los instrumentos más útiles están en la superficie, a flor
de piel, o escondidos detrás del cableado en máquinas mastodónticas. Ello
condena al cajón a un uso secundario, absolutamente secundario, en que se
depositan objetos que una parte de la medicina quiere convertir en antiguallas.
Pero
no por ello este cajón deja de tener encanto. Al contrario, ahora, en esta
circunstancia, es cuando empieza a tenerlo. Por si fuera poco no resulta fácil
dudar de su utilidad ya que para el desarrollo de cualquier consulta, por
escrupulosa que esta sea, siempre será necesario un espacio cerrado donde
conservar el cuño, un recetario manual para el momento en que falle la informática,
las tarjetas de visita que se van recibiendo y alguna guía de terapia
farmacológica.
Pero
esto es solo el comienzo, los primeros diez centímetros. El cajón de médico
también puede albergar el fonendo, un par de olivas de repuesto, dos reglas de
electrocardiograma, el martillo de reflejos y un pulsioxímetro de repuesto. Ofrece
además la posibilidad de albergar algún objeto de uso estrictamente personal.
El monedero, el estuche de las gafas, el móvil o el reloj si acaso es necesario
despojarse de este último. Se fundirían en esta posible instancia hacienda
pública y privada, lo cual tiene tanto encanto como peligro.
Así es
el cajón de médico, anticuado, útil y universal, entrañable como una cabina de
teléfono o un bebé de dinosaurio perdido en la estación de autobuses, que hoy
nos ha permitido construir un cuartiento.
28 jul 2019
Barbería delirante, 6
Publicado en el Dietario del Papel Literario, El Nacional (28/07/2019)
Las instrucciones que han
recibido las espías gringas que trabajan aquí son claras. No importa que vayan
de mormonas, testigas de Jehová o que simplemente den clases a los pequeños
espías. “Cuidado con el tío Teo”. Ellas lo dicen en su lengua y casi nadie las
entiende: “Atention with uncle Theo”. Al final casi nadie dice qué fue lo
que pasó con este hombre, quién era o es, qué hacía o hace. No aparece ninguna
información sobre él en los archivos desclasificados, pero el director del
colegio, que caminando por la Avenida Bolívar se topó con mi negocio, me lo hizo
saber (sin necesidad de pronunciar palabra) mientras le pulía la calva. Es un
hombre extraño y, se nota, tiene problemas. El primero, la calva: ¿qué
necesidad tiene de hacérsela pulir? El segundo, el tercero y el cuarto seguro
tienen que ver con los genitales. Las placas de seborrea en la coronilla hablan
de una denuncia que alguna vez se cursó en Ohio. Por eso, apenas un alumno o un
profesor hace alguna referencia sexual, el hombre se tensa y envía telegramas al
Pato Donald, en Washington. Para curarse en salud. No quiere que la denuncia de
Ohio se ventile nuevamente y entorpezca su carrera. Él es el tío Teo. Castrado
farmacológicamente desde hace años. Lo noto mientras lo unto con aceite de
Argán. Antes de llegar a Venezuela, un sábado en la tarde llamaron a su puerta
dos jovencitas vendiendo el perdón de los pecados. Después de escucharlas
durante dos minutos, que si Jehová, que si el Armagedón, que si Joseph Smith,
se dio media vuelta y les dijo: “Si lo que quieren es sexo, pasen, que aquí
afuera no puedo”. El director no lo contaba, su cuero cabelludo lo dejaba
saber, pero pude notar que sus poros se dilataban mientras yo me iba enterando
del asunto.
22 jul 2019
El afecto agrandado (de las redes sociales)
Habiendo sido niño solitario, lletra
ferit precoz, que tenía por amigos libros, santorales, volúmenes de
enciclopedia y, fundamentalmente, el sueño de escribir algún día un cuento
decente, cuando hace unos años vio que tenía más de cien amigos en Facebook
le costó creer que fuera cierto. Nunca se lo había planteado como meta, nunca
lo había creído posible y, por ende, le resultaba inaudito que hubiera
sucedido. Sin embargo, encontró explicación en los cambios geográficos (no era
marinero, pero igual siempre había trabajado aquí y allá) y, por qué no, en la
pasión multidisciplinar de su vida (sus amigos venían de fábricas, librerías y todo
tipo de garitos). Cuando sobrepasó los mil, a su asombro se agregó el de sus
hijos. Algo así como “míralo, quién lo hubiera dicho”. Cuando los cinco mil, abrió una segunda
cuenta y se sentó a verla crecer.
Supo (o creyó) desde el primer
momento que la pantalla a través de la cual veía a sus nuevos amigos
magnificaba los eventos de la vida a pesar de que minimizaba la realidad. “No
está mal el invento”, publicó a manera de pensamiento. Era y sigue siendo
bonito. Los likes gustan incluso más que los dulces: son caricias que alimentan
y refrescan al Narciso, gigante o diminuto, que imprescindiblemente llevamos
dentro. Los mensajes, las fotos, los videos, los textos y las felicitaciones
acercan. “Amigos, somos y seremos amigos, no es mentira”. Por si fuera poco,
aunque siempre es posible discutir, las posibilidades son menores que en la
vida real y con el contacto frecuente. Esa es, se dijo, la parte positiva del
afecto agrandado en las redes sociales.
Pero con los años en la medida en que
la segunda cuenta crecía y el invento de Zuckerberg se fue haciendo mayor, pudo
comprobar que este afecto agigantado tiene también un lado negativo. “Tantos
amigos aumentan la alegría pero también la tristeza”, escribió una mañana en
que el caralibro le preguntó que pensaba. No se refería, no quería decir que en
las redes sociales se encuentra alivio, pero también desazón: algo así como que
si es posible el gusto será también lo será el disgusto. No se trataba de eso.
Se trataba, en su cabeza al menos, pero también en la forma en que vivía la red
social, de que si se aumenta la masa de relaciones de la misma manera en que
crecen las buenas noticias también aumentarán las malas. Tenía razones para
pensarlo porque en las semanas precedentes se había enterado por Facebook
de la muerte de cinco contactos y todas le habían dolido verdaderamente. Tanta
alegría como dolor. “No es exclusivo el asunto de las redes sociales”, le dijo
al programa cuando le volvió a preguntar en qué pensaba. “Puede pasar también
con la poesía que leo todos los días. Cuando el poeta muere, no importa que no
lo haya conocido, igual duele”. Pero cinco muertes son muchas en cualquier
circunstancia y por unos días pensó que aquellos días de la infancia, sin
tantos amigos, se vivía mejor, mucho mejor.
6 jul 2019
La trampa gringa, by Chester Himes
Se trata de un resto diurno, seguro, porque ayer encontré dos novelas de Chester Himes que no conocía y leí una interesante crónica sobre el final de su vida en Moraira, Alicante. El asunto es que soñé con un libro inédito de Chester Himes que aparecía como si nada justo entre el cortacésped y la motosierra, "La trampa gringa", decía a manera de título, dice todavía en mi recuerdo, entre una mancha de grasa y un resto de gasolina. En la novela, Ataúdes aunque no se apellida Johnson sino Hojelade es el mismo burro maltratador de Cuando el calor aprieta o Por amor a Imabelle. Sepulturero tampoco se apellida Jones sino Flechina. Juntos acuden a una escuela mormona que a pesar de la lectura detenida que hice durante el sueño no puedo recordar si estaba en Panamá, Alicante o Valencia. Puedo asegurar, sí, que no se trataba de Harlem. Acuden a la escuela, "La trampa gringa", para investigar los antecedentes sexuales del director Albino Smith. Era un tema oscuro, pero en la novela la atención de Himes (que sí se apellida Himes) se desvía hacia el encuentro de Sepulturero con la profesora de religión. Se conocen como consecuencia de la vida delictiva del hijo de ella. Hablan inicialmente de sus sustancias y trapicheos, pero un guiño de ella es suficiente para que empiecen a flirtear, Ataúdes llama a Sepulturero, se lo lleva aparte e intenta convencerle de que comete un error: "Pero, ¿acaso no te das cuenta de que es una mujer rara?". Rara era, en verdad, y también fea. En el recuerdo parece una puta verbenera. "Además, se entiende con Albino". "¿Con Albino Smith? ¿No está casado?". No sé cómo hago para recordar claramente el diálogo. "Sí, pero son mormones". Yo en ese momento pensé que más que mormones parecían espías del FBI y cerré el libro No he debido hacerlo porque inmediatamente desperté y de "La trampa gringa" solo me queda la sensación de que Chester Himes quería mandar a la mierda a todos los personajes. A Hojelade, a Sepulturero Flechina, a Albino Smith y obviamente a la profesora de religión. Uno por uno, a la mierda todos.
29 may 2019
¿Para qué sirve escribir? (últimas regulaciones)
Asociada
al ideal de belleza que impregna la mayor parte del quehacer artístico de la
escritura se cree y se dice que sirve para cantar, amar y enarbolar los valores
positivos de la especie humana y de su tránsito por el universo. Esta
circunstancia permite que le dé belleza al dolor y al sufrimiento, incluso al
amor, que es un sentimiento que por sí solo no tiene que ser bello por fuerza. Hay
también una posibilidad, asociada mayormente a la narrativa, que permite que la
escritura sea útil para describir y retratar la realidad, mayormente con
intención de mejorarla.
Sin
embargo, la escritura sirve también para fijar posición y exigir respeto a
ella. No me refiero a los insultos que recibía Lesbia de Cátulo. Tampoco a la
canción de protesta ni a la novela negra. Me refiero, sí, a la defensa de los
derechos en una sociedad que, reduciéndonos al rol de usuarios y consumidores,
nos trata a través de programas informáticos y, cuando es necesario argumentar
razón y reclamar los errores cometidos a partir de sus algoritmos, nos dirige a
oficinas virtuales que sustituyen las antiguas hojas de reclamación o el trato
directo con proveedores.
Ese
es también ahora uno de los usos de la buena escritura. Reclamar, defender los
derechos del ciudadano expuesto. Lo ha hecho siempre el escritor desde la
tribuna periodística y lo hace también ahora como ciudadano defendiendo sus
derechos y los de su grupo ante las defensorías y centros de reclamación. No es
mentira, ni siquiera ironía. Una reclamación sutilmente escrita surte más
efecto que una que carezca de espíritu literario. Se genera de esa manera una
nueva utilidad del quehacer escritural. Si hace veinte años llorábamos de
alegría viendo a la escribiente que en Estación
central de Brasil escribía por encargo cartas de amor, ahora puede ser el
escritor quien ofrezca sus servicios frente a los bancos y las grandes
superficies, a un lado de las telefónicas y los colegios. “Escríbeles que me
han robado, que han abusado de mí”. “Diles que es inadmisible lo que han hecho
con mi hija”.
El
escritor les escucha y, solo si es bueno y sensible, puede escribir
adecuadamente el reclamo de tanto dolor burlado.
20 may 2019
Bruno Martí, la última víctima de Josu Ternera
Un asesino solo puede ser un asesino aunque quiera ser otras
cosas. Una vez irrespetado el derecho a la vida de los otros, el asesino puede intentar
ser un padre ejemplar, un parlamentario excelente o un hábil negociador, pero nada
de eso importa ni debe hacerlo. Es un asesino y de él recordaremos el rostro de
sus víctimas y de los hijos de sus víctimas. Todo palidece ante los cadáveres
que dejó diseminados, los cuerpos destrozados, las viudas, los huérfanos. Es lo
que pasa con el asesino Josu Ternera: después de la explosión de Zaragoza, nada
de lo que haya hecho antes ni después puede redimirlo. Ni siquiera la enfermedad
importante. Sus dos cánceres, si acaso son ciertos, no alivian el dolor
sembrado. Que no haya podido conocer a sus nietos tampoco. Para él la situación
tiene un lado positivo: poco importan también sus delitos menores. El que
parece ser el último es la creación de un personaje doblemente literario para sobrevivir en su
huida. En la última estación de esta, el terrorista asesino se inventó al escritor
venezolano Bruno Martí y decidió esconderse detrás de su falta de estímulos creativos para vivir con tranquilidad en los Alpes franceses. No es casual la
escogencia: son cientos los escritores venezolanos que actualmente viven fuera
de Venezuela. Además, en unos años en que hasta los periódicos carecen de papel, Venezuela es uno de los pocos países del mundo en que los escritores pueden ser personas
absolutamente desconocidas y aunque escriban permanentemente carecen de
bibliografía. No se editan libros, desaparecen los periódicos y las editoriales
de fuera apenas publican unos pocos.
Josu Ternera lo sabe y se aprovechaba de ello. Creando a Bruno Martí (un
escritor que no existe y por lo tanto carece de publicaciones, pero que si
existiera, aun escribiendo todos los días, igual Google desconocería) se burla
de una literatura que obviamente le importa un comino pero (comino mediante) se
aprovecha de ella. No es tonto el Ternera, nunca lo fue a pesar de sus crímenes.
Por si fuera poco, en la génesis de su último delito, el asesino políglota se
permitió un guiño: llamar Bruno (moreno, en italiano) a su personaje. Si fuese
una persona normal, incluso un delincuente menor, lo dejaría pasar. Siendo el
asesino que nunca dejará de ser, invoca sin nauseas el vómito en escopetazo.
29 abr 2019
El interventor
Hace 25 años
conocí al escritor mexicano Juan José Arreola. Hablaba para un grupo reducido
y, joven de mí, me pareció que había bebido. Ahora no podría asegurarlo y daría
por válidas las posibilidades de que sus palabras rápidas como balas, que yo pretendí
regadas con vino, sencillamente formasen parte de un discurso habitualmente
maníaco, acelerado, o que entonces ya empezasen a manifestarse en él los
síntomas de alguna neuropatía. Las tres posibilidades son válidas y dudar sobre
ellas ha sido vicio mío rumiado y solo a veces escrito a lo largo de estos años
pero pierden toda importancia cada vez que me topo con «El guardagujas».
No hay cuento más bonito y sencillo, como un bocadillo que relleno con solo una
hoja de lechuga se apodera de la boca del comensal. Fundamental, delirante no
por locura sino por obviedad, por sencillo y obvio. En sus páginas Arreola
construye un manto de palabras para que el minúsculo guardagujas convenza al
pasajero con prisas por llegar a T de la conveniencia de alquilar una
habitación cerca de la estación. Ningún otro escritor hubiera podido escribir
ese cuento, quizá solo Orham Pamuk, pero cincuenta años después y varios miles de
kilómetros al Este. Ahora ya no existen guardagujas. Lo que ellos hacían con
las manos, desviar las agujas de los rieles para cambiar el recorrido de los
trenes, lo hacen ahora computadoras y máquinas. Es una pena porque la palabra
es bellísima. No pasa lo mismo en otros idiomas. En italiano al guardagujas se
le llamaba simplemente deviatore. En
inglés, switchman. La belleza es del
español y del valenciano. O quizá simplemente de Arreola. Imagino que no
existiendo el oficio el cuento ya no podría escribirse o que en caso de
estricta necesidad se llamaría el interventor. Ese oficio sí existe aunque
también desaparecerá con el tiempo. Lo desempeñan mayormente hombres, vestidos
con trajes planchados y casi siempre repeinados, que en el tren caminan entre
un asiento y otro haciendo gala de equilibrio y revisando los títulos de viaje
de los pasajeros. Llevan máquinas para leer billetes y también aceptan billetes
o monedas. Tienen que dar todo tipo de explicaciones. Hay uno que me saluda
siempre con afecto. Un día me preguntó en que trabajaba y le hablé de libros y pacientes.
Le gustaron mis asuntos y progresivamente me contó los suyos. Le agobiaba que
pronto le cambiarían a una línea en que debía hacer de altavoz, de interventor
altavoz. “¿Qué significa?”, le pregunte. “Es sencillo, como los trenes no tienen
sistema de sonido, yo debo ir entre uno y otro vagón anunciando el nombre de
las estaciones y el final del recorrido. De todos los interventores que han
revisado mis billetes es el único que no usa gomina y más bien va despeinado. Habría
sido un buen personaje para Arreola, pero habría tenido que nacer ochenta años
antes y doce mil kilómetros al Oeste. Claro, en esa situación quizá él no
habría sido interventor, sino simplemente guardagujas. Qué palabra tan bonita.
19 abr 2019
Viernes Santo: estriptís en cercanías
Empiezo a escribir, a intentar escribir en el tren a partir de una línea que reposa en el cuaderno de notas desde hace dos o tres semanas. Aunque tengan veneno sus espinas una rosa no es psicópata. Es un tren solitario por la hora y la festividad. Quisiera seguir escribiendo. Realmente no tengo idea del recorrido que pueda tener esta rosa: quizá una descripción de sus pétalos y hojas, de su tallo que se contorsiona para pinchar a quien pasa a su lado. Pero los vigilantes de seguridad hablan entre sí y decido
verles. Entre ambos suman cuarenta uñas y casi cien años. Tienen calvas, cicatrices, arrugas, ojeras y barrigas prominentes. De
improviso el que está más cerca de mí le pide al otro que le haga una foto.
Pienso inicialmente que, orgulloso de su uniforme, quiere una foto para
mostrársela a los hijos. En principio no tiene nada de malo. Yo más de una vez
me he hecho una foto en el hospital: reconozco que me gustan los selfies lleno de ojeras en las noches en que creo que es imposible continuar. Pero lo de este vigilante de seguridad es otra cosa. Ahora quiere una
foto con las gafas de sol, a las siete de la mañana. Luego una foto sin el
chaleco de seguridad. Ahora una con la porra entre las manos y el bote de gas (¿paralizante?) en el suelo. Habiendo solo pagado por el transporte, asisto a una sesión de estriptís patrocinada por la empresa española de trenes. La
situación es absurda y bonita al mismo tiempo. Por un lado apetece sacar el móvil y hacerle una foto. Sería interesante que eso le gustase y que, motivado por la posibilidad de más fotos, se empeñase todavía más en esto de quitarse y ponerse accesorios. Pero lo más probable es que no: que no le guste mi foto (suya y de su compañero) y se aproxime a mí intentando quitarme el móvil. Yo tendría que recordarle mis derechos y, bla bla bla mediante, me quedaría con el móvil y la foto. Podría pasar que no se diera cuenta de mí ni de mis actos, mucho menos de mis dudas. Él está tan concentrado en su performance que realmente resulta simpático verle, tan grandote e ingenuo, tan narciso, y no es plan advertirle que (alguien podría pensar que) está haciendo algo inadecuado. El estriptís de todas maneras está a punto de terminar, ha terminado ya. Un pasajero insomne en el otro extremo del vagón se niega a mostrar el título de viaje al revisor porque seguramente no lo tiene. Los dos vigilantes de seguridad acuden rápidamente y yo, gracias a ellos, a partir de una línea floral que carecía de adónde, hoy viernes santo, he podido
escribir un cuartiento sobre la vanidad. Humana es, sin duda alguna.
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