12 jun. 2017

Revólver nuestro de cada día


Confiamos en él. Con los años ha perdido curvas y se ha hecho más bien rectangular pero los hay de todas las formas posibles. Ruidoso en cambio continúa siendo. De hecho no sólo emite ruidos él sino que nos hace más ruidosos a nosotros mismos. Se acabaron los días de los cow boys silenciosos. Ahora, revólver en mano, somos más ruidosos que nunca.  Es que él nos defiende y nos sirve (eso creemos) para todo. Con él no hay cosa que no podamos hacer. Rotos y descosidos. Hay incluso quien se siente no sólo defendido por él sino también representado. Por eso se elige el más caro, el de más oropel. Pocas veces un arma ha sido tan mimada. Mucho menos tan tolerada y vendida. Lo llevan niños y ancianos. Con él se puede entrar en cualquier lugar. Es de uso permanente. Se  lleva  en la mano o en el bolsillo. Hay incluso quien va al retrete con él. Resulta natural y ningún bando lo impide. Este revólver incluso se ha apoderado de la mesa de noche. Nada de pudor. Ninguna discreción. Se pone donde sea y hay que aguantarse. El que no lo haga es como el que no bota. El que no lo tenga también. Aparte de extraño, quizá se trate de un perdedor. Él es nuestro revólver y, no sólo hay que tenerlo, sino también hacer gala de él. Por eso vamos armados a todas partes. Por eso nos sentimos desnudos sin él. Somos vaqueros aunque viajemos en tren. Vivamos donde vivamos, ya que estamos permanentemente armados, somos protagonistas de una película del Lejano Oeste. Esto es gracias a él. Nuestro revólver nuevamente.  Quizá no mata tanto como los de antes, pero igual nos hace cada vez más estúpidos, cada vez menos respetuosos. Es lo que hay. Por eso, si vamos a la consulta del médico, desenfundamos y colocamos el revólver frente a su bata blanca. Si estamos en una terraza y toca una cerveza, el revólver no puede faltar sobre la mesa: entre el plato de las aceitunas y el cenicero. Es una desgracia. Nos protege poco, pero a la mínima tentación la cogemos y comenzamos a disparar sus balas. No puede ser bueno esto de  ir armado a todas partes. No basta con usar silenciador, quizá sea necesario impedir su entrada en ciertos recintos. Pobre revólver cansado de tanto uso y disgusto: puto móvil.

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