16 dic. 2015

Pescabros




Vuelven a su origen los pescabros. Se escapan de la bolsa en el puerto y empiezan a nadar junto al pescado congelado. Los libros se deshacen. El pescado también. Espanta la tragedia de la pobre merluza: pierde solidez pero luego se hunde y, sin que llegue al fondo, los bichos comienzan a desgarrarla. Así se funden letras y escamas. De El principito sólo quedan una "i" y una "c" perdida, que no sabe qué hacer. ¿Quién le dijo al pescadero que también podía vender libros? ¿Quién se lo permitió? Menos mal que de La soledad de los números primos se forma tu nombre. Pensar que no quería comprarlo y me lo traje no más porque estaba barato. Menos mal, menos mal. Esas siete letras y la infusión que bebimos es lo único que ahora queda de los pescabros comprados.

26 nov. 2015

¿Qué queda de tanto escribir?



La duda la tiene mi niño. ¿Por qué escribes? ¿Qué te queda de tanto hacerlo? La culpa la tengo yo por hablar a cada instante de los proyectos que tengo en mente. Lo hago para consolidar las ideas y sentirme comprometido a convertirlas en textos. Por eso me esmero en responderle. Con mis limitaciones, como bien puedo, pero también como él bien pueda entenderme. Por un lado siento que necesito transmitirle mi apego por este oficio desde que tengo más o menos su edad. Escribir me hace sentir bien, me multiplica. Es, después de leer, la cosa que más me gusta de la vida. Por otro, no quisiera que me viera como un tonto aunque lo sea. Escribir es ganar. Crear es la única cosa que nos aumenta. No se trata sólo de plasmar lo que somos, lo que tenemos, sino además, palabra sobre palabra, hacerlo crecer. Que se dispare, que alcance alturas inimaginables. Que derribe  fronteras. Hay algo en mi discurso que no le convence, que no le termina de convencer. Mi hijo necesita una verdad más cruda, con referencias concretas. Sabe porque me ha escuchado decirlo que deseaba ser un escritor cuando tenía su edad y quiere saber qué detalle concreto de la vida puede empujar a un niño de doce años a pretender tal cosa.  Por eso, he de decirle la verdad, la verdad de entonces que, mira por dónde, continúa siendo la verdad ahora.  “¿Quieres saber por qué escribo?” “Claro que sí, papá, es lo que te he preguntado”. Abro un frasco de aceitunas partidas. ”Entonces tenemos que hablar seriamente”, le digo ofreciéndole una y aprovecho que la disecciona con los dientes para contarle que cuando yo tenía su edad, en el periódico que se compraba en la casa escribía un columnista que me gustaba particularmente, Kotepa Delgado. “Ah, sí, qué bien”. Pues lo que más me gustaba era el nombre de la columna: “Escribe que algo queda”. “¿Y qué pasa?”, me pregunta mi hijo. “¿Qué tiene que ver eso con lo que te he preguntado?”. Coloco la cuchara de madera sobre la mesa y le respondo lentamente. “Que esa es la verdad más grande que he leído nunca. Comencé a escribir y continúo haciéndolo porque algo queda. Siempre”.

19 nov. 2015

El imbécil que leía a Pierre Vilar




Se sentó frente a mí en el tren abrazado a la Historia de España. Entre cuarenta y cincuenta años, maltratado, le deben haber dado desde hace poco unas horas en la universidad. En una edición vieja, subrayaba con un bolígrafo barato como quien lo ha leído hace mucho pero ha de enseñarlo en treinta minutos a unos alumnos a los que no respeta demasiado.Yo leía el periódico, el impreso, mientras esperaba en el móvil un mensaje de Méndez Guédez. De repente el aprendiz de profesor movió las piernas, alzó las botas y las colocó a mi lado, donde ya tenía su maletín. Protegía el asiento, es verdad, pero no le importaba ofrecerme la parte más distal de su cuerpo. Igual podía haberme ofrecido el culo, el muy patán. Fue un gesto iluminador de su parte: hay gente (mucha) a la que le da igual el culo que la cabeza y los pies porque en estos días fundamentalmente se carece de distancia.

9 nov. 2015

Médico jubilado busca compañía



Lo he visto en farmacias y ortopedias. Aquí y allá, pero siempre el mismo: un médico jubilado que quiere compañía y sabe qué hacer para encontrarla. A veces lleva sombrero. Otras no. A veces permite que se vean sus canas. En otras las lleva pintadas. Siempre vestido de manera correcta. Siempre gentil y sabio. Inevitablemente, tiene la belleza del siglo pasado y sabe pasearla. En las mañanas, luego de leer los periódicos y degustar un buen café, va de farmacia en farmacia, de ortopedia en ortopedia, y ofrece diagnósticos a las señoras que acuden solas y, se ve, albergan dudas sobre sus síntomas. "Seguro se trata de una rizartrosis". No sólo diagnostica, también encuentra soluciones. "La mejor ortesis es ésta, pero ha de llevarla por lo menos ocho horas al día". Si la cosa prosperase y fuese necesaria una receta, podría incluso extender alguna que todavía conserva para uso personal. Pero para ello sería necesario compartir un café. "Mejor una manzanilla", aconseja. Y hablar, hablar mucho. Las señoras disfrutan de sus anécdotas. Hay algunas que inventan patologías inexistentes para poder escucharlas. "El suyo es un síntoma curioso. Me hace recordar un paciente que..." Otras olvidan a sus maridos en casa y siguen su ruta de médico jubilado intentando toparse con él. "Doctor, ¿recuerda las pastillas que me prescribió la otra vez? Me ha ido de maravilla con ellas". Él entonces las invita a caminar junto a él. "Vamos a ver entonces si ya puede caminar la media hora". Así transcurre las mañanas. Él contento y ellas contentísimas porque su compañía no sólo es agradable sino que les da seguridad. "Sé que si me ocurre algo él sabrá que hacer". Y, en efecto, lo hace. Hace unas semanas una sufrió un síncope y él le prestó los primeros auxilios, llamó a la ambulancia e incluso firmó el parte. Por si fuera poco en las tarde se actualiza. Estudia y lee en la biblioteca del colegio de médicos. Cuando la señora fue dada de alta, revisó el informe. "Esto que te han hecho es una maravilla. Ya verás como con el tiempo conseguirás estar incluso mejor que antes". Así llega la hora de comer y se va a la casa de los hijos. Ellos celebran sus paseos matutinos. Comparten además su secreto. Hay una posible paciente que el médico jubilado espera. Es un amor de juventud. A ella, cuando le comente sus palpitaciones, le ofrecerá inmediatamente el electrocardiógrafo que conserva en casa. Está en óptimas condiciones.

26 oct. 2015

Tumbado bajo la sombra de un piano


Lo natural en la familia era ser pianista porque había un piano en cada rincón de la casa. En la sala dos verticales y uno de cola completa. En una habitación que tenía el presuntuoso nombre de "salón de los músicos", dos de media cola y un mueble que sostenía pequeñas esculturas con los creadores musicales más importantes de los últimos tres siglos. Guardábamos además en el depósito del fondo un órgano de iglesia, pequeño para una catedral pero grandísimo para una vivienda familiar. Estaba allí mientras hacían la reforma de la iglesia, que ya  llevaba por lo menos quince años. Mi abuela, mi madre, mis tíos y mi hermana los limpiaban, pulían, afinaban y tocaban. Todos menos yo que a los siete años me había trabado con las escalas del Hanon. No era que no me gustase la música, me encantaba, pero sabía que lo mío no era ejecutarla ni crearla. Prefería escucharla: en la casa se escuchaba música buena en todo momento. Si ninguno de los pianos estaba siendo tocado, se ponían los discos de la orquesta de Von Karajan o se escuchaba la radio. Obviamente, sólo música clásica, sin que importasen, sin que pudiesen importar las protestas de los vecinos. Además, se veía la música. Una de las imágenes más hermosas que atesora mi memoria es la espalda de mi abuela encorvada sobre el piano: sus dedos artrósicos acariciando el teclado, su cabellera blanca agitándose cuando alcanzaba el clímax de una sonatina. Se olía. Esa madera que en mi casa venía de tan lejos tenía olores especiales que se multiplicaban con el tiempo, con los aceites, con los paños que cubrían los instrumentos y con los sacos de perrubia que un primo violinista dejaba olvidados en los rincones. Pero yo era especialista en sentir la música. Me tumbaba como un gato bajo los pianos y sentía la vibración de las cuerdas. Mi tía tocaba a Chopin y todo dentro de mí se movía. Mi hermana ensayaba la “Patética” de Beethoven y mis piernas temblaban como si fueran resortes. Algunos de los músicos familiares protestaban, pero mi abuela me lo permitía todo. “Déjenlo que ésa es su forma de vivir la música”. “Pero parece más bien un gato”, decía mi hermana. “Déjenlo. Denle algún libro, quizá leyendo no tiembla tanto”.
Fue así como empezaron a dejarme libros bajo los pianos. Y yo comencé a leer y dejé de temblar. Tumbado bajo  la sombra de un piano pasé de gato a lector y, casi sin darme cuenta, con el tiempo me fui haciendo escritor.

15 oct. 2015

El amor literario


Que no se equivoque nadie: la literatura es un asunto de amor. No hablo de efluvios ni de piernas, tampoco de hipotecas, sino de amor comprometido, duradero, quizá para siempre. Todo comienza con la recomendación de un libro o la pata torcida del estante en una biblioteca. A partir de allí comienza la entrega, la multiplicación, el goce auténtico, verdadero.  En algunos casos, este encuentro fortuito es generado como castigo por la voz de una madre o de tres profesores: “ahora tendrás que leer todo el libro”, “de ahora en adelante leerás por lo menos veinte minutos cada día”. Allí es donde aparece la pata torcida, la página que atrapa, la línea que convierte. Todos comenzamos a escribir leyendo y la explosión literaria sucede a partir de una idea delirante: este libro que leo y me tiene atrapado es una continuación de mi propia cabeza, sus páginas y yo somos uno solo, si me lo arrancaran y yo no pudiera conseguirlo nuevamente mi vida quedaría huérfana para siempre.
Luego vienen los amores corporales. Y también los desamores, más proclives si cabe a la escritura. O nada de ello, simplemente un verso escuchado a lo lejos, con un final feliz aunque demasiado fácil. Una novela trepidante a la que creemos que el falta un último capítulo. O simplemente un guiño, otro, que nos intercepta en una esquina y nos hace ver aquel folio blanco junto al poste. Comenzamos entonces a escribir, creemos que podemos continuar el sueño, consideramos que es necesario tensar el sentimiento para que el amor explote en forma de letras, de palabras.
Para inocular el virus amoroso, para hacerlo tangible, será necesario un vehículo, un vector. No estoy hablando de mosquitos. Me refiero a un lápiz, a un bolígrafo, a un teclado, de ordenador o de móvil. El mío fue una máquina de escribir. De color naranja y de marca Underwood. Yo amaba su rodillo, sus teclas. Incluso cuando se rompían y herían el pulpejo de mis dedos. Enamorado como estaba, me sentía rápido y potente frente a ella. Creía incluso que era capaz de engañarla y, cuando me equivocaba, cambiaba párrafos completos cortando y pegando a la manera del siglo XX, con tijera y pegamento. Creía que era el rey de las máquinas de escribir y me costó desprenderme de ella y pasar a otros teclados. Parecía una fase fetichista de este amor siempre creciente, pero no lo era, en absoluto. Era literatura, amor literario.
En esa misma época, compartía sentimientos con otros compañeros escritores, a los que inevitablemente he terminado amando. Hace dos semanas, veía  al más querido de ellos hablar de esos días en una entrevista. El asunto amoroso era obvio y natural, también en su discurso: de tanto compartir sueños, proyectos  y lecturas, hemos terminado siendo como hermanos. Pasa también con otros compañeros y no es necesario haber compartido la primera juventud con ellos.

El compartir literario es absolutamente amoroso. Genera fundamentalmente alegría y buen rollo. La escritura cura. La escritura salva. La escritura redime. La escritura perdona. La escritura acepta que te pierdas y regreses. Claro, para que se multiplique el bienestar y no se pierda el buen rollo, no debemos pedirle más de aquello que nos pueda dar. Lo que pasa es que, como en cualquier otra relación, amorosa o no, no sabemos dónde termina esto y comienza aquello. 

6 oct. 2015

En busca de las líneas perdidas



Caminan casi a escondidas por las calles periféricas, lejos de la plaza de toros, de la estación de autobuses. Buscan una mercancía secreta que igual que la cocaína y la marihuana exige un trapicheo secreto. Parecen fumadores buscando un lugar donde ejercer de fumadores en el aeropuerto. Aquello que persiguen hasta hace muy poco era mercancía libre y se vendía en los lugares principales.Comprarla y abrirla a la vista de todos era un hecho común pero de la misma forma un acto noble. Ahora todo ha cambiado y los lugares de comprar, como los dinosaurios, han ido desapareciendo. Cada vez están más lejos de cualquier parte. Cada vez más. Y el mismo producto que antaño era motivo de orgullo ahora ante muchos resulta vetusto y anacrónico. Ésas son las razones del trapicheo. Por eso van de un lado a otro, cada  vez más lejanos. Sólo algunos bares y papelerías todavía los tienen, más como reclamo para que el cliente compre otras cosas que por el artículo en sí. Sus líneas de alguna forma se han perdido y pocos lo lamentan, porque no han dejado de existir aunque de otras formas. Que nadie estigmatice ya que no sólo tiene que ver con la lectura el asunto. Este artículo no sólo servía para leer, también para limpiar los cristales, para recoger la basura y para aplastar las sardinas. Era (la recordamos todavía, a veces incluso la tocamos, la leemos) la versión impresa del periódico.

27 sep. 2015

El ascensor de Moliterno,1964


Henri Cartier-Bresson (Magnun photos). foto de Internet.

Como si un gigante lo controlara con sus músculos desde el techo,
un gigante con olores de albahaca y peperoni cruschi,
fuerte y eterno como la piedra que da nombre al pueblo,
sube y baja seis pisos el ascensor de Moliterno.
Nunca habíamos visto algo así.
Sólo en las películas y en la referencia
de quienes han ido a Salerno
(por enfermedades o a comprar algo importante).
Pero ahora lo tenemos aquí, cerca de la Villa Comunale.
Podemos entrar en él, incluso tocarlo.
Por eso acudimos desde Sarconi y Tramutola,
desde Viggiano y Latronico.
Grandes y pequeños. Ancianos y niños.
Entramos en el edificio como si se tratase de visitar algún vecino.
Llamamos el ascensor y, cuando llega,
abrimos primero la puerta grande y pesada,
luego la corredera.
Una vez dentro, metemos la moneda en la ranura.
Los vecinos no pagan porque tienen llave.
Pero los visitantes sí. Igual el ascensor sube.
Al llegar al sexto piso por el ventanal se ven las montañas
y, después de la gasolinera, el valle infinito,
donde en sesenta años florecerán pozos petroleros.
Podríamos incluso entrar en las casas porque en Moliterno
es costumbre dejar la llave en la cerradura.
Pero no lo hacemos. Lo nuestro es subir y bajar
en el ascensor, convertirlo en noria,
para regresar siempre
y creer que estamos en la feria o en el circo.

18 sep. 2015

L'americano


a Vittorio Zenzola, el primer italiano
-Lo que hace Chaplin con las mejillas lo hace Renato Carosone con la lengua -me dijo mi barbero salernitano, Riccardo Ciliberti, hace más de quince años y yo no pude escucharlo porque estaba mas pendiente de mi cuello que de sus palabras.
Varias semanas después, encontré un cd recopilatorio en un bancone del Corso Vittorio Emanuele y lo compré por dos mil liras, una moneda que desapareció después de avisar,  igual que los dinosaurios y las pesetas.
Carosone, Carosone, Ca-ro-so-ne. Desde entonces lo he escuchado miles de veces y las canciones, en lugar de gastarse, con cada audición ganan y mejoran: nuevos sonidos, mejores matices, otras lecturas, renovadas interpretaciones. Les ayuda, es verdad, el napolitano, una lengua que para quien no ha nacido en la Campania, independientemente de que hable o no italiano, es una suerte de arameo, en que cada sonido, cada fonema, viene acompañado de un gesto y, juntos los dos, podrían ser resumidos por un filólogo contenido en un tomo de mil quinientas páginas.
Lo que más me interesa de Carosone, sobre todo de los trabajos en que el letrista es Nicola Salerno, es que sus canciones, divertidísimas mayormente,  nunca resultan anacrónicas. Al contrario, como se refieren a una parte del mundo en la que no sólo Cristo se detuvo, sino también el tiempo, cada vez son más actuales. Algo parecido, hablando de la parte de Italia que para bien o para mal más he visitado, también me sucede con Totò, Pino Daniele y Massimo Troisi: escucharles y verles es un asunto campano, fresco siempre como un bocconcino di mozzarella, cercano y remoto como una crónica de Matilde Serao, propio y ajeno, comprensible a medias (lo cual es una maravilla porque deja abierto todo un compás de posibilidades meióticas), agradable siempre.
Quienes crean que no conocen a Carosone y a Nicola Salerno se equivocan. Suya es la canción Tu vuò fa l'americano. De hecho es el primer trabajo que hicieron juntos en 1956. En ella (siguiendo quizá la estela de Un americano a Roma, donde Alberto Sordi encarna al inolvidable Nando Meniconi), un joven napolitano se empeña en bailar rock, jugar beisbol y, peor todavía, decir "I love You" mientras hace el amor bajo la luna. Se puede también escuchar en El Talento de Mr Ripley. Y, como no, en la versión discotequera que en 2010 hizo una banda australiana.


Escucharlo ahora es un privilegio en el que  no sólo admiramos a Carosone, sino que recordamos a Alberto Sordi rescatando el plato de pasta que le había dejado la madre sobre la mesa en Un americano a Roma, a Totò y Peppino que en 1958 incluyeron a la fuerza la canción en Totò, Peppino e le fanatiche o a Jude Law cantando la canción en Napoli ante los ojos embelesados del Matt Damon.
Todas sus canciones en general retratan perfectamente la belleza y la tristeza, la dulce fatalidad del Sur de Italia: un pueblo que sabe que está mal, que irá a peor, pero que permanece embelesado pensando en la calidad de la pasta que come todos los días, en la melódica melancolía de su música y en sus bellezas naturales. Para tolerar y comprender una situación tan complicada, quizá sea necesario escuchar Pigliate 'na pastiglia, una canción en la que Carosone describe la vitrina de una farmacia donde se puede pedir además de aspirinas un bistec alla fiorentina.


Otra canción cantada por Carosone que me gusta mucho y me hace recordar a Matilde Serao y a Massimo Troisi es Tre numeri al lotto. No es producto de la colaboración con Nicola Salerno, pero evoca la pasión lúdica del pueblo campano y el significado que en la tómbola napolitana cada número tiene. En Tre numeri al lotto, soñando con el terno, pero también con el ambo, ¿por qué no?, Renato Carosone apuesta por Natale, il male y le botte: 25, 60 y 38, tres números que podríamos jugar hoy, a ver qué pasa.




Finalmente, ya que fue la canción que me recomendó Ciliberti, dejo Io mammeta e tu, un clásico napolitano cantado esta vez por Carosone que describe la estrecha relación de toda joven italiana con su familia y lo difícil que es entrar y abrirse un espacio en ella..


-Lo que hace Carosone con la lengua no lo hace nadie con las manos -podría responderle hoy a mi barbero salernitano.

16 sep. 2015

El periojano: ¿periodista o cirujano?


La voz iluminada de Susan Sontag la refería como metáfora, pero sin lugar a dudas en una época mucho más concreta, donde se pretende crear morbo incluso de la nada, para algunos periojanos la enfermedad es espectáculo aunque para el paciente no puede significar otra cosa que sufrimiento. Consideran que el público necesita leer cómo corre la sangre, si no puede ser del toro que sea del torero, y es necesario dársela a través del verbo estreñido de un cirujano y por lo menos dos periodistas. 
Ayer, en Salamanca,  un torero fue corneado, terriblemente corneado. Y hoy el informe quirúrgico ha sido publicado con puntos, acentos y comas por el crítico taurino de El País. No nombraré al torero aunque no fue mi paciente, pero sí al crítico que ha aplicado al asunto una transparencia más propia para declaraciones fiscales de políticos que para entrañas de persona, torero o no. Se llama Antonio Lorca. En la reseña que hoy publica reproduce la nota quirúrgica. Allí se describe lentamente el paso del asta y la forma en que tras el destrozo el bisturí intenta limitar el daño. No me disgusta la prosa técnica del cirujano convertido hoy en periojano, gracias a la abundancia de datos y a la rapidez con que sus palabras han llegado a la prensa y a través de ésta a los lectores. Cuestiono, sí, la publicación íntegra de una página de la historia clínica del paciente. Allí ya se derribo una barrera protegida incluso por la ley. Pero además, al menos un periodista y un editor, ¿periojanos también?, aprobaron su publicación. El primero y los segundos creen y quieren hacernos creer que los lectores necesitamos detalles de la intervención y ponen ante los ojos de todos el "punto de Mac-Burne", "el drenaje de Penrose" y la técnica de Friedrich, además del peritoneo del paciente. 
Por si fuera poco, en un apartado que nada tiene que ver con la cornada ya que se trata de una situación congénita el cirujano hoy convertido en periojano refiere que ha encontrado hurgando en las tripas del torero un "Divertículo de Meckel". El primer periojano lo escribe y los segundos, los del periódico, lo publican. Es un resto de la unión umbilical del torero con su madre y ahora todos sabemos que el torero lo tiene. ¿Y si en lugar de divertículo el periojano salmantino hubiera encontrado plexos hemorroidales trombosados también nos lo habrían dado a conocer? Obviamente no daré ningún diagnóstico porque me estaría contradiciendo. Sólo me permito decir que, periojanos o no, cirujano y periodistas, hoy se han pasado cuatro pueblos y deberían hacérselo mirar.

14 sep. 2015

¿Qué ha de hacer un vecino para merecer un cuartiento?

El cuartiento se produce a partir de una mirada torcida que se posa por búsqueda o distracción sobre un evento particular. No se trata de la espectacularidad que recomendaba Juan Bosch a los jóvenes cuentistas. Simplemente un detalle que diferencie al asunto del resto: una voz esdrújula, un ombligo bífido, una nariz que escucha, un médico que confunde las palabras "óptica" y "ótica" generando confusión entre farmaceuticos y pacientes. En caso de estos ´últimos, es necesario aclarar que no son asunto de cuartientos. Para ellos, la atención del médico, del medritor. Pero si  durante la consulta el paciente refiere que de niño trabajó vendiendo periódicos y que éstos venían en paquetes de hojas que él tenía que compaginar, el asunto de los periódicos, no el paciente,  genera un pico de atención que bien vale, previa heurística, un cuartiento. Si se trata de vecinos, no basta con ser conflictivo para merecer un cuartiento. No es suficiente organizar fiestas ruidosas. Por concepto toda fiesta es ruidosa cuando no es de uno. Tampoco ser antipático y no saludar. A veces estos especímenes son los mejores.Pero si se trata de un vecino que no saluda y organiza fiestas ruidosas, si en una de ellas se comienza a escuchar el llanto desgarrador de una mujer llamando a su hijo, como si éste hubiera muerto o desaparecido. Si luego los hombres de la fiesta comienzan a correr hacia arriba y abajo por toda la calle gritando el nombre del niño. Si el medritor tiene que interrumpir su lectura y piensa en la posibilidad de que más temprano que tarde terminarán pidiendo a gritos la ayuda de un médico. Si el medritor espera a que esto suceda apostado en la puerta de su vivienda. Si cuando su mirada se tropieza con la del vecino ruidoso y ahora pasado de ginebra éste lo saluda por primera vez y le dice que han perdido un niño, así no más, como quien dice que ha perdido un paraguas o una piña. Si luego aparece una patrulla policial y dice que el niño de tres años ha sido encontrado a quinientos metros de la casa, que al parecer mientras nadie lo veía había salido de la casa y había iniciado su exploración de los alrededores.. Si el medritor escucha cómo uno de los participantes de la fiesta anuncia su partida y reprocha que los padres no estuvieran pendientes de un niño tan pequeño. Si todo eso sucede en una tarde de sábado en que el medritor está de animo y no quiere continuar corrigiendo la novela, quizá entonces empiece a pensar en la posibilidad de que el nuevo vecino se merece un cuartiento.

31 ago. 2015

Amargo y celeste, el testimonio de Albor




Todo libro puede y debe tener innumerables lecturas. Pero me sucede con Duelo que desde hace más de un mes lo leo y releo sufriendo con él, temiéndole y buscándole. Lo digiero lentamente: como amigo que he sido de Albor, como lector que ha encontrado este libro navegando en la red, como escritor que admira el cuidado con que la brillante periodista escarba en su pena hasta editarla de forma magistral, como padre consciente de que los hijos son el evento más importante de la vida hasta ahora, como médico en contacto permanente con el dolor e, imposible olvidarlo, como deudo de mis muertos que he sido y sigo siendo, seguramente para siempre.
Leyendo cómo se multiplica la narradora de este testimonio es imposible no sufrir también porque el mismo título y uno de los primeros párrafos advierten lo que siempre parece que está a punto de suceder, pero que la escritora tensa, no porque quiera añadir suspense sino porque su vida a partir de la maternidad se ha hiperdimensionado.
Su logro más importante es nombrar a la muerte y hacerlo sin tapujos. Me explico y no será difícil porque de alguna manera las fases del duelo propuestas por Kübler Ross se han popularizado. La primera es la negación. Recordaré siempre una escena funeraria de mi infancia. Crecí en un pueblo en que morían unas diez personas al año y mi madre me llevaba a todos los velorios y en ocasiones me tocaba besar los cadáveres. En el velorio que ahora recuerdo, el suegro del difunto se quitó la correa y golpeando con ella el ataúd le gritaba al cadáver: "despierta, despierta, tú no estás muerto". Esa es una forma primitiva de la negación. Otra más común es la dificultad de ver el cadáver y luego, en la vida familiar, de  nombrar su muerte. Albor, que en los años noventa escribía con claridad y cercanía sobre el SIDA, Albor trasciende con mucho esa fase y nos dice a cada instante que la maravilla de su vida se llama Juan Sebastián. Narra su grandeza, su pequeña grandeza, y nos describe su muerte. Ella ha escrito Duelo para que su niño siga presente en su vida, en sus palabras, en el recuerdo permanente de sus lectores.

Duelo. Albor Rodríguez. Oscar Todtmann Editores. Caracas, 2015.

10 ago. 2015

Libros congelados a mitad de precio




En la venta de pescado junto al hospital, desde hace un año también venden libros por lo que podría decirse que ahora se trata de una pescabrería.
Los pacientes entran y salen. En la esquina está la óptica y, justo al lado, la pescabrería.
Tiene una entrada amplia: con escalera y rampa para minusválidos.
Ya desde el primer escalón huele a frío con un fondo de pescado. Y, al final de la rampa, está la mesa de los libros.
Como en todas las librerías, hay libros buenos y malos. Espero que no pase lo mismo con el pescado.
Me quedo con dos libros y voy a pagarlos.. Mientras espero, veo las cajas con filetes de merluza, gambas argentinas y rodajas de emperador. Un cliente se ha llevado cinco kilos de atún.
-¿Quién es el dueño de estos libros? - le pregunto a la dependienta intentando apoderarme de una historia: un muerto en familia, un hombre que ha decidido no leer más, una ceguera de instalación abrupta.
Su respuesta es cuando menos glaciar.
-Son de mi jefe. Él los compra y los vende.
-Se ve que le va bien - digo por decir algo.
Ella no responde y me da el vuelto. Además, ha agarrado los libros y anotado sus códigos en una lista cuadriculada.
Cuando me regresa los libros, siento la contraportada húmeda de uno de ellos. Se trata de Cinco horas con Mario, de Delibes.
No lo hago mientras estoy en el local pero, una vez en la rampa me llevo la mano derecha a la nariz: lo sabía, huele a pescado.

28 jul. 2015

Metrónomo chancleteo


Igual que hacían mi madre y mi suegra
apenas me alzo
comienzo a abrir puertas y ventanas.
Lo entiendo
como una de las funciones de la paternidad
del paso del tiempo.
No sólo pretendo el recambio del aire.
Necesito comprobar que el aire existe
allí, afuera
más allá del microclima que durante la noche
hemos creado con nuestros sudores
el olor de los  libros y la respiración de los celulares.
Necesito ver las flores, los árboles
saber si ha llovido.
Comprobar que es seguro salir luego.
Por eso abro puertas y ventanas
subo las persianas.
Por eso todo comienza a sonar
(las persianas el viento que pasa y mueve las hojas las cortinas)
y los otros habitantes de la casa se despiertan
refunfuñando maldiciendo
quejándose de la luz del ruido
preguntando por qué
qué me pasa
si acaso no puedo esperar
si no sería mejor colocar una sonda en el jardín
que me informase de todo.
Igual que hice yo toda la vida
con mi madre y mi suegra
mientras las tuve cerca
y pude aprovecharme
de su espíritu previsor
escuchar el ruido de sus faldas
aprender de su metrónomo chancleteo.

23 jun. 2015

¿Es Ronaldo Menéndez un medritor? (a propósito de una actividad de Billar de letras)





Con la medritura encendida, sobre todo en las mañanas de postguardia, el medritor encuentra rasgos de medritura incluso en la ingeniería. Es como la poesía, que no está en el mundo (aunque sí) sino en la mirada del poeta (y el lector) que lo contempla (y sufre). En todo caso tiene mucho de bonito esto de ir por la vida buscando y encontrando medritores. Yo al menos lo disfruto muchísimo y no me he cansado todavía de decirlo, de participar de la perplejidad del interlocutor al escuchar la palabra medritor y luego explicarle qué cosa significa y qué dosis de escritura y cuál de medicina ha de tener la pócima para lograr el efecto adecuado.
Así, en esas condiciones (en una de mañana de postguardia, con un tanto de hipomanía y otro de halitosis, inevitables aunque controlables las dos), hace unas semanas me llegó al buzón un e-mail de un escritor que conozco, Ronaldo Menéndez, que es una verdadera postulación a la medritura. De Ronaldo leí en mi segunda juventud El derecho al pataleo de los ahorcados (Lengua de trapo, 1997) y luego coincidí con él en dos o tres eventos literarios, incluido el siempre mentado Bogota 39. Sin lugar a dudas, es un buen escritor y, en los últimos años, según entiendo de lo que he pescado en la web, se ha embarcado en una bonita historia amorosa y literaria anclada en Madrid: una escuela de creación literaria, Billar de letras.
Es un reclamo publicitario de su escuela el que me sirve para postular a Ronaldo Menéndez como medritor. En él, entre muchas otras actividades, Ronaldo propone una clínica de escritura y la presenta como un lugar donde analizar (¿diagnosticar?) y operar (sic) los textos. No me extraña lo de clínica de escritura porque alguna vez he tropezado con el término. Me recuerda además la forma en que los italianos llaman al taller literario: laboratorio di scrittura. Me interesa mucho más lo de operar, que es una voz más viva que el diseccionar (alguna vez encontrado en textos de crítica literaria), más asociado a la anatomía patológica. Esta fusión de términos literarios y quirúrgicos, fundaría sin lugar a dudas una especialidad de la medritura, la cirritura.
Obviamente, la clave del asunto (y con él la respuesta a la pregunta que formula el cuartiento) es que no hay paciente ni paso del postulado a medritor (al menos que se sepa) por la facultad de medicina. Pero me queda la alegría de saber que en la ciencia en que poco a poco me estoy ahogando ya comienzan a emerger las especialidades.

12 jun. 2015

Mario Vargas Llosa:un latin (and lover) writer



Como padre de familia, poco tengo que decir sobre la relación entre Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler que los medios de comunicación comienzan a ventilar. No importa que vea fotos que retratan sus manos entrelazadas o que los periódicos desvelen el menú de su penúltima cena. Nada de eso me importa. Soy un padre de familia y, como tal, sé que todo eso es falso incluso cuando se demuestre lo contrario. Falso de toda falsedad. A pesar de que la tía Patricia haya escogido una defensa elegante, muy similar a la que usó Veronica Lario para denunciar a Berlusconi, que más que negar la evidencia pretende ocultarla. Igual es falso, no me cabe la más mínima duda. Es una tontería, es un montaje. No te preocupes, Patricia, que yo no tengo nada que ver con eso y las fotos del quincuagésimo aniversario nadie nos la quita aunque luego yo mismo aparezca en telecinco diciendo que estoy separado de ti desde hace años.
Como lector, todo eso me importa un rábano. A mí de Vargas Llosa, me interesan fundamentalmente dos libros: Pantaléon y las visitadoras y La fiesta del chivo. Después de ellos, por mí Vargas Llosa puede recibir un Nobel de Literatura, salir del armario diciendo que es gay o resucitar a la Duquesa de Alba y casarse con ella. Non me ne frega niente. No me importa un carajo. Como lector, sólo me importan sus libros, esos dos, y la alegría infinita que me dieron cuando ejecutaba con a ellos la acción más placentera de la vida, leer.
Como escritor, me importa todavía menos. Yo soy escritor desde el sufrimiento y esas tonterías no tienen nada que ver con la literatura ni con el compromiso de la creación. En los treinta años que han pasado desde la publicación de mi primer artículo en un periódico, Mario Vargas Llosa ha sido candidato a la Presidencia del Perú, se ha abrazado con José María Aznar, todos los años publica por lo menos un libro e incluso se permite actuar eventualmente junto a mi adorada Aitana Sánchez Gijon. A pesar de eso yo todos los días me he despertado con una idea de texto en la cabeza y he intentado llevarla al papel o a la pantalla, con resultados desiguales pero siempre con la firme creencia de que el editor (el que no es ni ha sido nunca escritor) es el peor enemigo del escritor.
Ahora como habitante de letras de la España actual, este affaire me tiene muy contento. No por Vargas Llosa, sino por España y por Isabel Preysler. Celebro que en un país de políticos y folclóricas en prisión, esta España cada vez más idiotizada y homogénea, narcotizada a fuerza de gin tonics, corrupción y telebasura, celebro que su viuda con más glamour haya elegido posar en la entrada de un hotel junto a un gran escritor y no al lado de un entrenador de fútbol o de un cocinero convertido en artista. Ese pequeño gesto, sin necesidad de lascivia o de caminata al juzgado, esa posibilidad que ahora tiene Lituma de coronarse en los Alpes quizá sea más importante para España que el resultado de las últimas elecciones.  Es posible que algo esté cambiando verdaderamente, que España se deje de una vez de tanta tontería y, si todo va bien, que vuelvan a transmitir las entrevistas de Camilo José Cela en un horario con audiencia.

5 jun. 2015

Noticias del periódico en que (eventualmente) escribo




Desde hace unos meses colaboro (eventualmente) con el cuaderno literario del periódico que leen mis pacientes. Ésa es una perspectiva que me encanta porque también podría haberlo llamado el periódico de la ciudad en que trabajo. O, simplemente y debido a que diciéndolo no estaría faltando a la verdad, el periódico más leído en Castellón. Pero yo soy un medritor  (no lo olvides) y, como había escrito antes, colaboro desde hace unos meses con el periódico que leen mis pacientes. Su nombre es "El Periódico Mediterráneo", cuesta ciento veinte céntimos de euro, pero trae consigo (a manera de regalo) otro periódico, de circulación nacional, que cuesta diez céntimos más. Esto último es una maravilla que sólo sucede en Castellón y que, obviamente, no es fácil de explicar. Una posible explicación (libre y arbitraria) sería que el periódico en que escribo te regala ciento treinta céntimos si tú le entregas ciento veinte y que con estos céntimos de euro es posible tener acceso a una visión muy especial de las noticias que suceden en el mundo y en este cacho de tierra que se llama España. Yo lo compro una o dos veces a la semana y, si el domingo en que es publicado mi artículo, no estoy de guardia o de postguardia, hago malabares para encontrarlo luego. Me entero de la publicación porque Joan, mi querido Joan, me envía un mensaje de WhatsApp con una foto del artículo en cuestión y, si le ha gustado, una o dos palabras de ánimo. Es entonces cuando yo comienzo la búsqueda del periódico e invento proyectos familiares que me acerquen a la provincia y al periódico en que he publicado el artículo. Casi siempre lo logro y, sinceramente, disfruto del suplemento literario que coordina Eric Grass.  No por mi artículo, que no necesito leer, sino por los ajenos, por el buen hacer de Eric y las entrevistas milagrosas que sinceramente no sé cómo logra. Cuando he terminado con el suplemento, comienzo con el periódico nacional y dejo para el final las noticias del periódico en que (eventualmente) escribo. Me detengo en las noticias de cada uno de los pueblos que conforman la provincia: fiestas en Segorbe, toros en la Vall de Uxo, comida popular en Almassora. Hay una página que siempre reviso, "Gente de Castellón": en ella, los lectores publican felicitaciones (acompañadas mayormente de fotos) a sus seres queridos por cumpleaños, logros y aniversarios varios. Dejo para el final las páginas de sucesos, que siempre me han gustado, en éste y en todos los otros periódicos. En ellas, en la edición del 26 de mayo de 2015, pude leer como si se tratase de la cosa más normal del mundo que un hombre había sido detenido por grabar vídeos en el vestuario de un equipo de futbolas y que otro estaba siendo juzgado por haberse amputado la mano (¿izquierda?) para cobrar dinero de los seguros. Así, como si nada, éstas son las noticias posibles de leer en el periódico en que escribo. Junto a ellas, (eventualmente) encontrarás mis artículos.


24 may. 2015

Una infusión llamada "Cuartientos"



¿De dónde viene esta infusión de nombre "Cuartientos" que aparece sobre mi escritorio hoy?
¿Por qué se llama "Cuartientos" si podría llamarse simplemente "Noches largas", "Pare de sufrir" o "Un colpo di sonno"?
¿Acaso es una broma de los amigos por algún cuartiento sosegado?
¿O, desde el cariño, el regalo (un poema objeto) de un afecto sensible y creativo?
Sea lo que fuere, no me abruma. Cuartientos es una palabra que me gusta. Igual que medritor. En este último caso, agradezco que mi oficio nazca de la fusión entre medicina y escritura. Si no fuese así y se tratase de un entreverado entre medicina y filosofía, yo sería un un medisofo. Mal asunto. Si entre medicina y aeronaútica, mediloto, como si se tratase una lotería promovida por el colegio de médicos.. Si entre medicina e ingeniería, mediniero. Peor todavía.
Continúo pensando en posibles combinaciones cuando el ruido de la calle crece y me arranca del teclado. En esta tierra de toros, están por soltar uno a la calle y para mi maravilla le han puesto el nombre de la manzanilla: "Cuartientos" otra vez.



Quien pensó que yo iba a escribir un cuartiento sobre un toro llamado "Cuartientos" se equivocó. El cuartiento de hoy ya ha sido escrito sobre una infusión.


13 may. 2015

25 años de Dragi sol




Sus cuentos aparecieron entre mis manos cuando yo tenía quince años y asistía a todos los talleres de literatura de Valencia, en Venezuela. Al principio creí que se trataba de una novela y escribí los cuentos como una forma de prepararme para la escritura de ésta. Los cuentos iban saliendo poco a poco y, para la novela, me limitaba a tomar apuntes en cuadernos que, con el tiempo, se hicieron indescifrables. En esos días leía a Stendhal y el libro estuvo a punto de tener un nombre con colores. Se salvó de milagro o porque, ante la orden materna de guardar las cartas intraducibles de mi padre, tropecé más de una vez con la palabra “dragi” y, sin tener la seguridad de que significase querido, tecleé sus cinco letras en mi anaranjada Underwood. Del sol no sé cómo apareció ni cuándo lo hizo. En todo caso debió ser antes de enviarlo al concurso que permitió su publicación. Mi madre llevó personalmente la tres copias firmadas con seudónimo a Maracay y, mientras yo esperaba que regresara, devoré El Osario de Dios de Alfredo Armas Alfonso, quien era uno de los miembros del jurado. El veredicto me favoreció. Durante la entrega del premio, el ganador de la mención dramaturgia se apoderó de la escena y pronunció palabras a nombre de toda su familia y también de la mía. Con los cinco mil bolívares del botín, que entonces para mí eran dinero, mucho dinero, compré un reloj que marcó mis horas durante casi diez años. Cada vez que lo mandaba a reparar el relojero decía que era de un metal especial y por eso yo siempre lo mandaba a reparar y no compraba otro. Un año después de la premiación, una tarde en que yo regresaba del cine o de espiar a Mary Monazin en la iglesia de San Francisco, mi madre me dijo que había llegado una carta de Caracas. El sobre contenía una carta de Roberto Lovera De-Sola y un ejemplar delgadísimo de Dragi Sol. La felicidad que entonces me inundó frente a su portada cumple ahora veinticinco años.

9 may. 2015

Primera comunión (literaria)




Mi primera comunión, hace casi cuarenta años, fue también en una mañana de sol. Un domingo salimos de casa y, al margen del asunto espiritual, yo sabía que algo importante estaba ocurriendo  y que a partir de ese día yo sería un niño diferente.
-Te haré un regalo que cambiará tu vida –me había prometido  mi madre.
Yo, por si acaso ella se olvidaba, intentaba cambiarla a cada instante. Antes de partir rumbo a la iglesia, pedí permiso para ir al baño y aproveché la circunstancia para cambiar los zapatos de suela por unas zapatillas deportivas cuya comodidad era inversamente proporcional a su aspecto exterior. Mi madre no se dio cuenta hasta que llegamos y ya el daño era irreparable.
-Ahora no te voy a dar ningún regalo –me chilló mi madre cuando me vio entre los compañeros de clase exhibiendo de mis zapatillas desgastadas.
Aun así, al regresar a casa, mi madre me lo dio, su gran regalo. Era un volumen de color aguamarina que recogía varias novelas y estaba autografiado por el autor.
-No lo empieces a leer todavía, no tienes edad. Pero consérvalo siempre.
Yo no le hice caso. Comencé a leerlo inmediatamente y, durante dos años, a partir del momento de mi primera comunión, no hice otra cosa que leer las novelas del volumen que mi madre me había entregado. Me gustaban esas novelas y por eso las leía y las releía. Cuando no las entendía, me gustaban más y las volvía a leer. Me emocionaba además que el libro estuviese firmado por el autor.
-Yo tuve que hacer una cola de tres horas en las puertas del ateneo para lograr esa firma –me contaba mi madre cuando me veía con el libro.
Yo seguía leyendo y a partir de ese volumen conseguí las otras novelas y, antes de que hubieran pasado cinco años, cuando mis compañeros estaban ya pensando en la confirmación, yo ya me había leído todas las novelas de William Faulkner.
Aquel volumen lo conservo todavía. Me ha acompañado en todos mis viajes, en todas mis mudanzas. Él es, en la vida real y en la literaria, mi primera comunión

29 abr. 2015

Elogio de la guardia buena


-Buenos días, señoras y señores. He venido hoy a hablar ante ustedes de la guardia buena. La guardia buena no es como la mala que tiene muchos pacientes en el día y pocos pero muy importantes en la noche. No se parece a ella. No, señor. Porque las malas son muy malas y, en ellas, aunque se logre dormir unos minutos, siempre se está pendiente de la posible llegada de una ambulancia, de una camilla o del paciente que está todavía en observación.Además, las malas son malas incluso cuando se acaban porque entonces uno va a desayunar y los compañeros desguardiados te miran con cara de lástima y la mujer de la panadería te da la barra de pan más grande y suave y luego le dice a los otros clientes: "Pobrecito, es que él es médico". Por eso es que Goethe, pone a su  Fausto a decir "No quisiera tal vida un perro" Se refería seguramente al médico de las guardias malas. Es lo peor que le pueda pasar a uno en veinticuatro horas, una guardia mala. Sólo superada por un sandwich de guardias malas, en el que intercalan 24 horas de halitosis, ojeras y compasión. Las guardias malas son tan malas que nadie las compra ni las cambia. porque se sabe que así serán peores. Eso, fundamentalmente, una guardia mala es tan mala que sólo puede empeorar. Lo único bueno que tienen es que ocasionalmente permiten aliviar el sufrimiento de algún paciente, pero sólo ocasionalmente, porque hay mucho pícaro que ...
-Pero, medritor, ¿Usted no había dicho que iba a hablar sobre las guardias buenas. ¿Por qué no deja entonces de hablar de las malas?
-Es que las guardias buenas no existen, compañero. Por eso es que estoy hablando de las malas.

23 abr. 2015

La locura del Quijote



Se cumplen quinientos años de la aparición de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha. Quinientos años y el libro todo se sostiene firme, erguido, maravilloso. Sigue siendo la mejor y más divertida obra escrita alguna vez en castellano. Para celebrarlo, incluso han encontrado algún hueso de Miguel de Cervantes. También se organizan controversias sobre la locura del personaje. Melancólico por deprimido, ingenioso por maníaco, delirante por psicótico. Estos son algunos de los diagnósticos que los filólogos regalan a Don Quijote. Yo defiendo una lectura menos intervencionista. A la hora de adentrarse en un libro, buscando signos y síntomas, identificando patologías, diagnosticando enfermedades a las que no se le podrá ofrecer ni siquiera remotamente alivio, hemos de ser cautos para que no nos suceda lo que al personaje de “El alienista” de Joaquim Machado de Assis (1839-1908) quien, puesto a juzgar desde la psiquiatría del siglo XIX la realidad de un pueblo del interior brasileño, terminó indicando uno tras otro tantos ingresos hospitalarios hasta darse cuenta que él, el psiquiatra, el alienista, era el único habitante del pueblo que estaba fuera del hospital. Es imposible, carece de sentido diagnosticar a los personajes de este libro mágico. Don Quijote de la Mancha es un tratado vivo aunque irreal de psiquiatría en el que las enfermedades parasitan a diestra y siniestra el esqueleto psíquico de los personajes. En un capítulo sí y en el otro también. Esto sucede porque el protagonista verdadero no es don Quijote sino la locura que lo parasita. El libro en sí es una fiesta de la locura a la que todos estamos invitados, no para juzgar ni diagnosticar sino para enloquecer también o para pedir, como hace permanentemente Cervantes al introducir nuevos elementos a la locura de sus personajes, que la fiesta no termine, que la locura continúe página tras página, hasta convencer al lector que el Quijote y los caballeros andantes existieron y que la mujer más bella y virtuosa del mundo se llama, se sigue llamando, Dulcinea del Toboso. Nosotros los pacientes, los lectores enfermos, locos para siempre después de haber leído el Quijote.


14 abr. 2015

Del día en que cambié mi vida por un cuartiento




El que no estaba al principio era el cuartiento. Lo busqué por arriba y por abajo y no aparecía. Nada. Incluso recurrí a un truco que casi nunca falla: en el tren, saqué la libreta y el bolígrafo rojo. Tampoco. Cuando, antes de llegar a Castellón, volví a meter la libreta y el bolígrafo en la mochila, más que frustrado, estaba vacío. Pensé que era un mal día no sólo para el blog sino para mí en general, como si estuviera a punto de renunciar a un trabajo. Empecé a sentirme mal y, tácitamente, sin necesidad de gritarlo, me dispuse a aceptar cualquier trato con tal de que apareciera el cuartiento. Fue entonces cuando firmé el cheque en blanco. En el momento de salir del tren y comenzar a caminar hacia la salida de la estación. Pasé delante de un grupo de jubilados y, de improviso, un policía me pidió la documentación. A excepción de los aeropuertos nunca me había pasado eso en los últimos veinte años. Como nunca me la han pedido, pues no la tenía. Deletreé mi nombre y el policía lo transmitía por el walkie talkie. Entre los dos, yo por los nervios y él por las letras de mi nombre, la terminamos de fastidiar y quién sabe qué nombre le llegó al policía nacional que me buscaba en los archivos extranjeros.
Mientras esperábamos la respuesta, recordé que en el fondo de la mochila siempre llevo el carnet del colegio de médicos. 
-Soy médico, ¿sabes? Trabajo en ese hospital.
-Menos mal –me dijo el muchacho (seguía siendo policía pero en verdad era apenas un muchacho)-. Porque aquí en el sistema no apareces. Es como si no existieras.
-Es por el trato. El cuartiento estará a punto de llegar –le dije antes de despedirme sin importar que él no supiera a qué trato me refería.

30 mar. 2015

Olivos milenarios



(fotografía de Arturo Esteve)

Mientras yo revisaba el libro Olivos milenarios y monumentales de la provincia de Castellón, hermoso trabajo de Arturo Esteve, ayer mi niña pequeña trajo de la iglesia una rama de olivo. No era una ramita ni una colección de hojas: era una rama, una rama verdadera que, puesta sobre la mesa, ocupaba cuatro veces el espacio del libro abierto. No era una simple casualidad. En primer lugar, en estas provincias el olivo (el árbol, sus frutos y derivados), omnipresente, está en la ducha, en el desayuno, en el almuerzo, en la comida, junto a las cervezas con los amigos, en la iglesia, en el jardín, en el camino, frente al hospital e incluso en el cementerio. En segundo, ayer era domingo de ramos y quizá yo sabía que a mi hija, que prepara con esmero su primera comunión, le darían en la iglesia una rama de olivo y que ella la traería luego a casa: no la acompañé, pero me preparé para recibirla, a mi manera, en el tema de su llegada. En tercero, las casualidades no existen.
-El problema es que no puedo hacer una cruz con esta rama.
-¿Cómo una cruz? -preguntó ella, que por mi negativa a acompañarla los domingos a misa no tiene ni remota idea de las horas que yo de niño empeñé como monaguillo en la iglesia de La Entrada.
-Es que el Padre Pedrón nos daba una o varias hojas de palma y, con ellas, hacíamos cruces y todo tipo de figuras.
-Qué pena -lo lamenta un poco, pero inmediatamente se interesa por el libro: -¿De qué va?
-Casualmente de olivos. ¿Me acompañas?
Juntos disfrutamos sus fotos. Nada como un olivo para retratar el paso del tiempo. En su corteza, dejan huellas las heladas, los incendios, las sequías prolongadas. Estos árboles arropan con su tronco. Hablan, recitan la historia de la zona y, por si fuera poco, producen un aceite inmejorable, destilado de sí mismo, que alguna vez ha bañado las tostadas de mi desayuno.
Luego, fue ella quien, a la altura del sexto o séptimo olivo milenario, se dio cuenta que junto a cada fotografía había un refrán, una voz popular relacionada con el tema. 
-Mira lo que dice allí: "Hombre fantasmón, poco aceite y mucho algodón".
Comenzamos entonces un nuevo paseo dentro del libro.
-Éste está mucho mejor -le dije yo: "A la miel las golosas. Al aceite las hermosas".
-O éste -replicó ella-, con él incluso podrías escribir un cuaratiento.
-No son cuaratientos. Se trata de cuartientos.
-Los tientos esos. Lee bien y copia. Tiene que ver con la medritura: "Con aceite de candil, mil males curar vi".

Post-scriptum a  manera de fe de erratas: durante cuatro días, este blog (y en su corazón, este cuartiento) ha atribuido la autoría del libro Olivos milenarios y monumentales de la provincia de Castellón a una persona que no era Arturo Esteve. Molt mal fet. No culpo a nadie sino a mí mismo y mucho agradezco la oportuna observación de Don Miguel Rosa, que me ha permitido corregir el terrible error hoy sábado santo de 2015. Moltes gracies. S.Z.

13 mar. 2015

Dos posibles medritores (desconocidos): el radiólogo y el inspector


Wilhelm Roentgen (1845-1923)


a I.P. y V.M., mis amigos radiólogos.
a P.D., J.A., P.C. e I.R., mis amigos inspectores.

¿Es posible ser un(a) medritor(a) sin pretenderlo? ¿Y por qué no? Una de las situaciones posibles es la del radiólogo, un especialista que a partir de virtualidades (la proyección de un rayo en una placa, en su versión primigenia) construye, crea un edificio verbal de descripciones procurando que el resultado encaje en un constructo, la enfermedad, también virtual en cuanto teórico. Desde este punto de vista, incluso se podría decir que el radiólogo es más escritor que médico porque si bien su prestigio depende de su acierto su labor se realiza con palabras escritas y una parte del acierto depende de la corrección con que éstas, las palabras, hayan sido dispuestas.
Imagino a los radiólogos del hospital en que trabajo leyendo este cuartiento y excusándose ante sus amigos, advirtiendo que ellos no pretenden ser medritores. 
-Yo no soy medritor -me va a decir J.H. la próxima vez que nos encontremos en la cola del café.
-Fundamentalmente tú -le responderé haciendo malabarismos con el café con leche y el cruasán integral-. Lo que pasa es que no los sabes. En todo caso piensa en la cara de escritor que tenía Roentgen.



Luego comentaré con él la situación del inspector médico. Le hablaré de algunos con los que he compartido escritorio como discípulo y de otros a los que eventualmente llamo para compartirla realidad del ejercicio diario de la medicina. Ellos se reúnen con el paciente, en el noventa y cinco por ciento de las veces sin ni siquiera tocarlos, y van almacenando sus informes. Luego, a los seis, a los doce o a los dieciocho meses, emiten un veredicto: dos o tres palabras que resumen un edificio verbal, un informe, que es un relato, un verdadero relato de la enfermedad.
Son, sin lugar a dudas, dos medritores: uno representa la enfermedad, el otro la cuenta y construye su desenlace.

18 feb. 2015

El puente de Mostar


«Mostar1» de Josephine W. Baker 

-Yo dinamité el puente de Mostar.
El hombre está en mi consulta, sentado frente a mí, pero no es el paciente. Acompaña a su pareja. Es la tercera vez que vienen y siempre se sientan juntos: él a la izquierda y ella a la derecha. Así, nada a excepción del escritorio, interfiere entre el paciente y yo. Así debe ser, así ha sido incluso hoy, pero sus palabras igual han volado por encima del ordenador.
-Yo dinamité el puente de Mostar.
Se trata de hombre de cabellos blancos y cuerpo enjuto. Incluso hoy su voz me resulta agradable. pero le ha robado el espacio de la consulta a la paciente y ella da por buenas sus palabras, como si quisiera que lo escuchara a él, más que a ella.
-Yo dinamité el puente de Mostar.
Primero había hablado de los militares argentinos, de la invasión de Granada y de la guerra de Vietnam. Luego, viendo que yo no le prestaba atención a pesar de que se presentaba como un compendio de historia universal del siglo XX, soltó la prenda yugoslava.
-Yo dinamité el puente de Mostar.
No pensé en mi padre. Se fundieron muchas imágenes en mi cabeza pero en ninguna aparecía mi padre. Lo primero que recordé fue el libro de Ivo Andric, Un puente sobre el Drina. Lo di por válido, Es natural que cuando alguien nombra el puente de Mostar uno piense en otro puente de la antigua Yugoslavia. Luego pensé en Danilo Kis, en La enciclopedia de los muertos. Es natural. El hombre estaba hablando de destrozos y matanzas y yo pensé en un escritor yugoslavo cuya lectura nos puede hacer eternos. Después, todo en un segundo, pensé en Izet Sarajlic. Lo conocí en Salerno, en un recital de poesía: el traductor leía sus poemas sobre el sitio de Sarajevo y él, al final, saludaba. A mí me dio un abrazo y me preguntó sobre cómo mi padre había llegado a Venezuela y no a Argentina. Fue después de recordar los afiches que empapelaban Via Arce anunciando su muerte que supe que a quien yo realmente quería recordar era a Salvador Prasel.
-Yo dinamité el puente de Mostar.
Salvador Prasel. Junto a su nombre fue donde yo por primera vez leí la palabra Mostar. Era su lugar de nacimiento.Veinticinco años después, llegó a Venezuela y se convirtió en uno de sus mejores escritores. Yo pude hablar con él dos  o tres veces al teléfono. Luego, en 1990, murió..
-Yo dinamité el puente de Mostar,
-¿Por qué Mostar? ¿Por qué? -me pregunto en voz alta a mí mismo, pero el dinamitero obviamente me escucha.
-Es que se mataban los unos y los otros y había que volar el puente para que no se encontraran.
Es entonces cuando me doy cuenta que no tiene por qué ser cierto cuanto dice. ¿Acaso este hombre tan frágil que relata sus asuntos como si fueran travesuras pudo destruir una obra tan bella? ¿Y por qué no? El lugar en que trabajo está lleno de sorpresas y hay muchos jubilados que eligen esta provincia para olvidar su vida y alcanzar la muerte. Además, ¿no es un general croata a quien se le atribuye la fechoría? Se lo preguntó tal cual y el hombre se explica tranquilamente mientras su mujer lo mira con un poco de miedo y otro de admiración.
-Sí, él fue quien me lo ordenó. En 1993. Yo trabajaba entonces para los americanos.
¿Por qué? ¿Por qué? Por qué viene este hombre y dice que voló el puente de Mostar.
-Disculpe, doctor, quizá usted está recordando a su padre. No me había dado cuenta de su apellido.
-No se preocupe, no.
Él insiste que sí y cambia de tema. Habla ahora de su experiencia con los Jemeres Rojos. Decido que es hora de terminar y voy cerrando la visita.
-¿No le gustaron mis cuentos, doctor? - me pregunta el hombre mientras recoge su chaqueta y abre la puerta para que salga su pareja.
-No lo sé muy bien, es que yo tuve un amigo que de haber estado vivo habría llorado al enterarse de lo que usted había hecho.

13 feb. 2015

Efectos adversos de la literatura


Entre escritores y buenos lectores, es común pensar en la literatura como una actividad absolutamente positiva. Nos resulta difícil encontrarle defectos a una pasión que seguramente nos tiene como rehenes desde la infancia o la adolescencia. De aquella época conservamos muchas novelas manoseadas, algunos recortes de periódico o el manuscrito de un colega a quien venerábamos. Si alguien nos propusiese cambiar alguno de esos efectos por un balón de fútbol (por autografiado que estuviese y por muchos artículos sobre fútbol que hayamos escrito) nos negaríamos de antemano. Si alguien nos ofertase la posibilidad de cambiar nuestra vida por la de un futbolista de primera (por millonario que fuese) la rechazaríamos también. Creemos en la belleza del oficio literario y si nos dijesen que en esa fe casi religiosa se encuentra el primer y más importante de sus efectos adversos, inicialmente lo descartaríamos. Mejor haríamos escuchándolo porque así la palabra dependencia sería pronunciada. El interlocutor la ha mencionado en el sentido de que la literatura genera dependencia. Éste es en su voz el principal efecto adverso de la literatura y tiene toda la razón. Claro que somos dependientes de ella. Nos falta durante el sueño y por eso soñamos que escribimos. Nos falta al amanecer y por eso en ocasiones lo primero que hacemos al despertarnos es escribir. Nos falta al mediodía y por eso sacamos una libreta o incluso el móvil, para hacer una anotación. Nos hace falta en la tarde y por eso visitamos la librería, incluso cuando no llevamos dinero. Es suficiente el aroma de los libros en las estanterías, como si fuesen sardinas en la freidora. Basta rozarlos y luego llevarse la mano a la nariz, como si hubiésemos acariciado mandarinas. Tiene usted toda la razón, admitimos ante un interlocutor que no desiste. Ahora menciona las palabras vanidad y orgullo. Creo que incluso ha dicho narcisismo. No nos parece tan obvio en un principio. Se equivoca usted. El nuestro es un asunto de humildad. Lo hacemos porque no nos importa mostrarnos desnudos ante los demás, porque creemos en esto. El otro insiste, protesta y nuevamente le damos la razón. Pues sí, la tiene. Estamos orgullosos de lo que hacemos. Es para estarlo. Hay razones para sentirse contento. ¿Por qué no? El hombre ya se está molestando. Quizá es un pariente y no entiende cómo nos resulta tan difícil entender que quiere ayudarnos. Quizá sea un cuñado, un primo político. En ellos siempre ha habido una importante cantera anti-literaria. Sea quien sea, el muy listo se ha guardado para el final su bala de plata. Con ella seguramente nos herirá. Comienza a hablar de dinero, de royalties inexistentes, de libros que no se venden o si se venden no son suficientes para nada, de proyectos sin fines de lucro en que constantemente nos embarcamos y de que las palabras se las lleva el viento. Es doloroso lo que ha dicho y no solo tiene razón sino que llevamos escuchándolo mucho tiempo. Nos fue dicho al inicio. Venía con el medicamento. Cuando compramos el primer libro o escribimos el primer poema, varias personas nos lo advirtieron. Pero el hombre ha cometido un error. Ha juntado la chicha con la limonada y ha dicho que las palabras se las lleva el viento. Pues claro que sí, se lo decimos en la cara. Eso es lo más hermoso que tiene esto: que las palabras son transportadas por el viento.

4 feb. 2015

Quijote



Es un asunto personal, pero en las últimas semanas he llevado uno de los tomos de Don Quijote de la Mancha en la mochila y, sentado o de pie, en el lugar o instancia que sea, saco el tomo en cuestión, lo abro en la página indicada y comienzo a leer. En silencio, obviamente, faltaría más. Es mi lectura, es un asunto personal. Pero igual mi conducta genera estupor e intervenciones disímiles. No es porque leo. Otros lo hacen, los veo mientras lo hacen, y no les dicen nada. Al que saca el libro de Ken Follet o el ladrillo (por volumen) de Posteguillo nada le dicen. Pero a mí sí y, no sin antes haber buscado otras explicaciones, he concluido que lo hacen por el libro elegido.
-¿Qué lees? ¿El Quijote?
-¿Lo lees o lo relees?
-Madre mía, qué valiente.
Inicialmente había atribuido los comentarios a que este libro maravilloso es víctima de su propia grandeza. Se prefiere una lectura insípida e insignificante a este libro que se sabe que es el madre y la padre (sic) de todos los libros escritos en lengua castellana. Por si fuera poco, todos consideran que es imprescindible haberlo leído y la mayoría, que no lo ha hecho, esconde su culpa fingiendo que lo ha hecho o conformándose con haber revisado resúmenes o versiones infantiles. Además, es un libro extenso, escrito en castellano antiguo y muchos lo tienen en ediciones que, por su belleza o importancia familiar, no se atreverían a a hojear.
-Ánimo.
-Qué barbaridad: ¡El Qujjote!
En este proceso, incluso me he cuestionado a mí mismo. Yo, aunque tengo una versión literaria de mis recorridos, reconozco que éstos no tienen nada que ver con el asunto literario (a veces lo lamento), mucho menos con el académico (lo agradezco). El hospital, el tenis y la piscina de Letizia, el campo de fútbol donde entrena Alessandro, alguna sala de espera, aquella oficina, el metro, la ferretería, la montaña, el camino de piedras.
-Yo lo comencé a leer, pero no pude.
-Yo vi los dibujos animados.
-A mí lo que me pasó es que no lo entiendo.
-Lo de los molinos de viento es lo mejor, sin lugar a dudas.
Esto último lo escuché en un bar en el que a veces desayuno. Un cliente le hablaba de mi lectura a la camarera y luego vino otro (un poco achispado,también tonto) y le entregó a la chica un libro grueso en cuyo título apenas distinguí la palabra amor. Era el regalo de un cliente enamorado (tonto otra vez) que sabe que regalarle un libro con esa palabra dentro del título es lo más cerca que puede estar de sus sentimientos.
-Siempre me trae libros. No sé que voy a hacer con ellos. El otro día me trajo La catedral.
-Eso son palabras mayores - le respondió el cliente inicial con una cara en que se veía que creía que la camarera se refería La catedral del mar, que no había leído el libro de Falcones, pero que si lo reconocía quedaba mal, muy mal.
A partir de su rostro fingidor y confundido, he empezado a creer que a Don Quijote de la Mancha lo impregna el mismo estigma que rodeaba a su personaje: la dificultad a priori de entenderlo (atribuida mayormente a una locura que no es tan obvia y bien se podría discutir) porque se sabe que nos va a plantear un escenario mental diferente, nuevo a pesar de haber sido creado hace más de quinientos años, en el que nosotros, los castellano hablantes, seguimos siendo personajes.

12 ene. 2015

Venezuela


(foto cortesía de A. Acosta)

Por los venezolanos que sufren. Por los venezolanos que lloran. Por los que se lamentan. Por los que odian y se burlan. Por cada venezolano que necesita y no puede. Por los venezolanos que participan y no ven. Por cada venezolano que va al mercado y no encuentra. Por los venezolanos que van a la farmacia y regresan sin. Por los que se arrechan. Por los venezolanos que se cansan de hacer colas para. Por los que dicen que ya no pueden más con el dolor de piernas. Por los que se aprovechan. Por los que no están satisfechos. Por los que se preocupan y tienen miedo de salir. Por los que tiemblan al escuchar tiros y discursos. Por los que se preocupan por el silencio. Por los que han conocido la muerte y la necesidad. Por los que están en la cárcel por hablar o por pensar. Por los que están obligados a cuidarlos. Por los que no entienden. Por los que creen que ganan aunque se ve que pierden. Por todos los venezolanos que pierden. Por los que se separan. Por los que no pueden salir. Por los que no pueden volver. Por los que no pueden escuchar más. Por los que no escuchan. Por los que ven grietas. Por los que creen a ciegas. Por los agraviados. Por los heridos. Por los dolientes. Por los preocupados. Por los jodidos. Por todos ellos y por mí, sin importar bando o condiciones, escribo estas palabras. Para que recuerden que existimos.

7 ene. 2015

Talar el árbol de navidad, destruir el pesebre


Cuando a mi hija se le ocurrió la idea de adornar nuestro árbol con luces y motivos navideños, yo protesté tímidamente:
-No tiene sentido, es un gasto innecesario.
Como vi que, sin escucharme, todos daban ideas y dibujaban sobre la mesa triángulos, estrellas y angelitos, me alcé y dije que no, que yo no lo haría.
-Pero, ¿por qué? -protestaron los gemelos.
-Porque sería un derroche de energía -dije pensando más en la energía mía, la de mi propio cuerpo, que en la eléctrica.
En ese momento intervino el hijo mayor:
-Pero es una tradición, igual que el pesebre.
Luego, al unísono, mis suegros:
-Además, la tarifa eléctrica nocturna es casi conveniente..
No fue posible resistirse. Al contrario, con toda la familia convertida en oposición y gobierno, la única forma que encontré de sobrevivir fue sumarme (discretamente) al proyecto.
Así presté algún trozo de cable y fui a comprar los bombillos.
La navidad ya ha pasado. De ella recuerdo, mucha (muchísima) comida, el encuentro con los amigos y un sueño en el que Santa Claus (la imagen de San Nicola, de la Catedral de Bari) visitaba el hospital para hacerse una tomografía.
Frente a mí tengo el árbol lleno de luces y adornos navideños y ningún miembro de la familia se ofrece a desmontarlo.
-Es ley de vida -decía mi primer profesor de filosofía en mi Valencia natal-. Puestos a elegir entre acudir a un bautizo o a un entierro, la gente siempre elige el primero.
Por ello y por mi soledad ante este árbol luminoso del que tantas maravillas cantaron mis hijos y sus amigos en las últimas semanas, podría fácilmente talar el árbol de navidad, destruir el pesebre, pero he decidido desmontarlo, muy poco a poco, paciente y serenamente, como siempre.