27 sep. 2015

El ascensor de Moliterno,1964


Henri Cartier-Bresson (Magnun photos). foto de Internet.

Como si un gigante lo controlara con sus músculos desde el techo,
un gigante con olores de albahaca y peperoni cruschi,
fuerte y eterno como la piedra que da nombre al pueblo,
sube y baja seis pisos el ascensor de Moliterno.
Nunca habíamos visto algo así.
Sólo en las películas y en la referencia
de quienes han ido a Salerno
(por enfermedades o a comprar algo importante).
Pero ahora lo tenemos aquí, cerca de la Villa Comunale.
Podemos entrar en él, incluso tocarlo.
Por eso acudimos desde Sarconi y Tramutola,
desde Viggiano y Latronico.
Grandes y pequeños. Ancianos y niños.
Entramos en el edificio como si se tratase de visitar algún vecino.
Llamamos el ascensor y, cuando llega,
abrimos primero la puerta grande y pesada,
luego la corredera.
Una vez dentro, metemos la moneda en la ranura.
Los vecinos no pagan porque tienen llave.
Pero los visitantes sí. Igual el ascensor sube.
Al llegar al sexto piso por el ventanal se ven las montañas
y, después de la gasolinera, el valle infinito,
donde en sesenta años florecerán pozos petroleros.
Podríamos incluso entrar en las casas porque en Moliterno
es costumbre dejar la llave en la cerradura.
Pero no lo hacemos. Lo nuestro es subir y bajar
en el ascensor, convertirlo en noria,
para regresar siempre
y creer que estamos en la feria o en el circo.

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