28 dic. 2011

El hijo



El hijo camina
y crecen
sus huesos
sus cabellos
cambia los dientes
sonríe
aprende a decir
sobaco
hueco
axila
se ruboriza
cuando ve escenas de amor
en la tele
niega que ame
a la niña más bella
de su clase
y quizás sea cierto
porque miente poco
el hijo
mi hijo mayor

nada más reconfortante
que su abrazo

18 dic. 2011

CUARTIENTO DE NAVIDAD

Que te den todo lo que te han prometido.
Que te traten bonito. Que te vaya mejor.
Que no te toque trabajar en los días señalados y, si te toca, que te puedas conectar a la red para leer Cuartientos.
Que no te obliguen a cenar en compañía de la familia política. Y si lo hacen que te expliquen por qué. ¿Por qué la llaman familia, por qué política, si no es ni lo uno ni lo otro?
Que tengas huéspedes agradables en casa o un anfitrión generoso.
Que los niñitos te quieran.
Que te regalen lo que de verdad deseas o que no te regalen nada.
Que a nadie se le ocurra contar delante de ellos que una vez te disfrazaste de Papa Noel.
Que te inviten a comer una hallaca y puedas hacer en casa tu propio pan de jamón.
Que el vino sea tinto.
Que no te fotografíen borracho ni desnudo y, si lo hacen, que no cuelguen las fotos en ninguna parte.
Que no tengas que conectarte mucho a facebook.
Que recibas una llamada bonita e inesperada.
Que te deseen feliz navidad en tu lengua o con una voz bonita.
Que veas una flor. Mucho mejor si la planta crece en tu balcón.
Que te toque la lotería o que te des cuenta que la lotería ya te ha tocado.
Que te den un beso, pequeño o grande, un beso sincero.
Que se te escape una lágrima. Y una sonrisa.
Que comas y no te preocupes por engordar.
Que esta navidad sea intensa e interna, que ocurra dentro de ti. Que la máquina de coser no se dañe.


Mecanismos belén. Fotografía de Javier Roy. Reproducción autorizada por el autor.

2 dic. 2011

BARBIE, la novelita



Parece que fue ayer, pero ya han pasado dieciséis años de la publicación de Barbie por Memorias de Altagracia, la pequeña gran editorial de Israel Centeno y Graciela Bonnet. Era el siglo pasado: Chávez estaba en la cárcel o acababa de salir de ella, los carros se alimentaban de gasolina y Óscar Palacios intentaba convencerme de que aprendiera a navegar en Internet.
Acompañado de Israel y Juan Carlos Méndez Guédez, presenté la novelita en la Feria del Libro de Caracas. Era yo y no quisiera volver a serlo, porque ése fue un año de mierda, de mucha mierda, que fracturó mi vida y estuvo a punto de dejarme sin arreglo ni compostura posibles.
Lo recuerdo, sí, lo recuerdo muy bien. Cuando me invitaban a alguna lectura, yo sacaba mi librito y comenzaba:
-Bla bla, chaca chaca.
No habían pasado ni siquiera sesenta segundos e inmediatamente se me atravesaba la parte más procaz del libro. Igual la leía. 
-Barbie, putica linda, qué bien te ves con las piernas amputadas. Barbie lesbiana, bella, tú que sólo sirves para masturbar ...
Así las viejitas se horrorizaban. E incluso algún muy joven escritor.
-Eso no es literatura. La literatura venezolana debe ser... Chaca chaca, bla bla.
Evidentemente, alguien, ellos o yo, estaba en el lugar equivocado. Seguramente yo.
En todo caso, no fue por eso que dejé de leerla. Simplemente vinieron otros textos, algunos más procaces, y yo, ocupado en el asunto de suturarme las heridas y escayolarme el cerebro, dejé de asistir a lecturas.
Luego, en 2006, la generosidad de Víctor Bravo permitió que la novelita saliera junto a otras dos novelas, Círculo croata y Pésame mucho, en un volumen: 3 novelas. Claro que sí, en ese momento volví a releerla en silencio, buscando gazapos.
Hoy, nada es casual, la he encontrado de nuevo, metida en una página web que monté cuando vivía en Salerno y fingia ante los ojos de mi suegra y la barbie (por decir algo) de su hermana que escribía la tesis doctoral. Alguna vez había intentado leerla, pero el exceso de publicidad lo impedía. Hoy, en una primera lectura que hice a través de un servidor más seguro que el de la casa, no he visto publicidad ninguna y pensaba invitar a los amigos de cuartientos a visitarla. Pero, ahora en la casa, la publicidad ha vuelto a la novelita. Si ya era difícil sin publicidad, con mensajes que te invitan a bajar de peso, a volar en aereolíneas estrechas o a calcular tu índice de masa corporal, pues ahora lo es un poco más.
 

Post-scriptum (por Alfonso M: M de Morfinómano, Mujeriego y Materialista). Barbie, bípeda multiforme. Si no tienes whisky, no toleras la publicidad y no quieres meterte en una historia de santos, huesos y ministros del gobierno de Ante Pavelich, pero quieres leer Barbie, te quedan dos posibilidades todavía: intentar comprar el ejemplar que presuntamente firmó Enrique Vila Matas haciéndose pasar por Zupcic (nunca llegó a sus manos, seguramente todavía está a la venta) o simplemente esperar una próxima edición. Próxima, muy próxima.



22 nov. 2011

Asamblea los martes


INSÓLITOS JUEGOS AMOR SERVICIO UNO NECESITA. Que el papa vendrá en marzo y dará una bendición frente al servicio, eso era lo que decía la carta que se leyó en la asamblea del miércoles. Fue el último punto tratado. Obviamente, antes hicimos la presentación de los participantes. Primero el doctor, que para eso es el que manda. «Yo soy Ismael, psiquiatra del servicio». Él pasó el derecho de palabra a la izquierda y esta vez le tocó seguirlo a Pedro, de los deprimidos. Después de éste, Jesús y Zambumbia, deprimidos también. Como siempre, ellos apenas dijeron sus nombres y, en seguida, comenzaron a mirar el suelo. Luego, vinieron los bipolares. Óscar, que era el que estaba más excitado, se lanzó con un discurso que el Doctor Ismael tuvo que parar. «Luego nos podrás contar todas tus cosas, Óscar. No te preocupes. Por ahora, sólo debes decir tu nombre».  

15 nov. 2011

El mejor vino del mundo

Confeccionar listas y clasificaciones parece ser cosa de humanos, no sólo de obsesivos. El problema es que si se elabora una lista, algo o alguien la encabezará y ese primato, esa "pole position", lo convertirá en la mejor cosa de... O, si se trata de una antilista, en la peor. Hablemos más bien de las mejores. En una época, me tocó vivir en la misma calle de un restaurante que se llamaba a sí mismo el mejor restaurante del mundo.
Cuando daba mi dirección, si el interlocutor conocía la ciudad, decía inmediatamente:
-Ah, en esa calle está el mejor restaurante del mundo.
La primera vez me quedé mirándolo sin saber a qué se refería:
-¿Qué?
-El mejor restaurante del mundo, el que está dos puertas más allá de la panadería.
-Ah.
Creí que se trataba de una broma hasta que varias semanas después vi el letrero luminoso sobre la puerta: "El mejor restaurante del mundo".
Una vez me atreví a entrar. Reconozco que fui intrépido y pedí un plato arriesgado para el hijo menor de una familia con dispepsia: solomillo de ternera a la pimienta verde. Demasiado verde, verdísima. No pude mirar un plato durante varios días. Entonces comenzó mi dependencia del omeprazol.
Ésa es tan sólo una forma de ser la mejor cosa del mundo. Hay, seguro, otras y, para terminar, comentaré una.
El otro día estaba en Santiago de Chile. No me suele pasar, pero ese día de verdad estaba en Santiago de Chile. Se trataba de una cena ministerial en un lugar estupendo. Yo conversaba con Jacinta y de repente se acercó un colega chileno. No daré su nombre porque mi primera novia me enseñó que en este tipo de situaciones se habla del pecado, no del pecador, pero sobre todo porque no lo recuerdo. El asunto es que el escritor del patio se acercó con ánimo de saludar, pero una botella de vino tinto que estaba en el centro de la mesa lo distrajo de su propósito:
-¿Acaso has visto lo que tienes delante de tus ojos? ¿Cómo han podido poner esto aquí? ¿Quieres que la abra?
Por supuesto le dije que sí, pero juro que no esperaba que sacara un sacacorchos de uno de los bolsillos de la chaqueta. Así no más, como quien frente a un micrófono se dispone a leer un discurso. Inmediatamente abrió la botella, escanció tres copas y, sin tregua ni pausa, sin respiración ninguna que el vino no tiene pulmones, eso fue lo que dijo, empezamos a beber.
Era, lo juro, el mejor vino que había bebido nunca. Bueno, buenísimo, sustancioso. El mejor vino del mundo.
-¿Qué vino era? ¿Cómo se llama? ¿Cuál es su denominación de origen: la marca, el nombre, el título? -me preguntan los amigos cada vez que refiero el encuentro.
Pues no lo sé, realmente no lo sé. Mientras lo bebía, no pude hacer otra cosa que paladearlo. Además, no volví a ver la botella. No sé cómo pero desapareció. Sólo sé que lo bebí en Santiago de Chile, el 3 de noviembre de este mismo año, a siete calles de la Estación Mapocho. ¿Servirá para elaborar alguna lista?

9 nov. 2011

Las cuatro hermanas

Cuando vi por primera vez el letrero varado sobre una construcción en progreso en la España próspera de hace cuatro o cinco años, pensé que ese nombre sólo podía ser el de un burdel: "Las cuatro hermanas". Pensaba en uno al estilo de Álvaro Mutis en el que las putas, en lugar de disfrazarse de aeromozas, mentían diciendo que eran hermanas y así vendían al cliente la posibilidad de poseer una familia completa. La ministra que más manda (mi mujer, pues: la profesora más querida) en cambio me dijo que nuevamente se trataba de una tontería, de un desvarío, de otro de mis desatinos.
-Ya verás, seguramente es un hotel, nada que ver con tus obsesiones.
-Yo no digo que no sea un hotel, querida, pero ya verás que está lleno de putas.
-Cállate ya y arregla de una vez el portón que está roto.
El tiempo pareció darle la razón. al menos inicialmente, porque cuando terminaron las obras e inauguraron el negocio sólo se publicitaban como hotel.
-Pero seguro es un burdel.
-Pues no lo parece, es un hotel.
Claro, siempre quedaba la posibilidad de visitarlo y comprobar, pero habría perdido un cuartiento y al menos entonces no parecía tener mucho sentido reservar un hotel a cinco kilómetros de la casa.
A los meses, debajo del letrero principal, colocaron uno más quequeño: "Se alquilan habitaciones para siesta".
-¿Viste que es un burdel? - fui y le dije a la ministra.
-Para siestas, allí no dice nada de putas. Todo el mundo hace siestas, al menos en el Mediterráneo.
-Entonces es un matadero, porque eso de siestas ...
-Nada que ver, muchacho: allí sólo dice siestas.
A los seis meses vino otro cambio. Junto a la estructura original, apareció una torre gigante, coronada por un cartel: "Paris, Club".
-¿Has visto que es un burdel?
La ministra no dijo nada hasta que los del burdel empezaron a llenar las ventanillas del carro con invitaciones: tarjeticas impresas con culos, tetas y labios que suplicaban una visita.
Realmente ni siquiera entonces dijo nada, pero su silencio era una manera de asentir y yo me cansé del tema: era un burdel y ya, no tenía sentido discutir por algo tan obvio.
Hoy, sin embargo, al pasar por la carretera, he visto otro cambio. Debajo de las habitaciones para siestas, han puesto otro letrero que invita a un menú de precio popular. La inventiva incesante de este empresario seguramente apremiado merece otro enfoque y quizás incluso una visita.
-Es una estructura de servicios públicos, seguramente vinculada a la caridad. Nada de burdel ni nada. Comer por ese precio. ¿Puedo?

28 oct. 2011

PAPILLON'S WAY


EL EXTRAÑO CASO DEL ESCRITOR VENEZOLANO ENRIQUE CHARRIERE

(foto tomada de Letralia, 2006)

Escapista perseverante y malogrado, un verdadero anti-Houdini, después de nueve intentos de fuga, once años de presidio y casi quinientas páginas de novela, en 1944 Henri Charriere (1906-1973) logró huir de la Isla del Diablo en una balsa de cocos y llegar a Venezuela en compañía de otros cuatro delincuentes. Aunque su carrera de presidiario escapista comenzó en el momento de 1932 en que un tribunal parisino lo condenó a cadena perpetua por un crimen que en sus dos libros —Papillon (1969) y Banco (1972)— asegura no haber cometido, su vida de escritor se inició en el momento en que —ya que la balsa de cocos sólo había servido para llegar a Georgetown, desde donde saldrían nuevamente en una embarcación menos precaria pero cuya vela estaba hecha de jirones de camisas, pantalones y chaquetas— él y sus compañeros de travesía debieron elegir un destino hacia donde dirigir los retazos de su vela: el Golfo de Paria, en Venezuela, o Trinidad, la isla de Naipaul.
Desastroso comienzo. Después de una discusión concienzuda, en la que fueron consideradas las relaciones de ambos países con Francia y la forma en que éstas habían cambiado con motivo de la guerra en curso, los cinco fugitivos decidieron esperar la luz del día. Para ello, arriaron la vela y ataron la embarcación a lo que parecía ser una boya flotante. La boya resultó ser una mina, pero de eso sólo se darían cuenta en la mañana siguiente luego de la advertencia que les hiciera un guardacostas venezolano.
Atado a esa mina flotante, que hubiera terminado con su carrera de escapista anti-Houdini sin permitirle iniciar la de escritor, el destino de Henri Charriere lucía absolutamente diferente de lo que conocemos actualmente: se trataba de un hombre fuerte y noble, con muchas habilidades manuales, que había ocupado los últimos años de su vida en intentar huir para vengarse de quienes lo habían condenado a un presidio injusto y en vigilar los dos estuches contentivos de dinero que cada mañana debía introducirse a través del ano. Que se sepa sólo había leído un libro, El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, y nunca leería algún otro. En todo caso, el mismo hombre que les advirtiera sobre la naturaleza mortífera de la boya les aconsejó, como si se tratara de Rainer María Rilke en Cartas a un joven poeta, el destino a elegir:
Vayan a Venezuela, serán bien tratados, se los aseguro.
Horas después, Henri Charriere y sus compañeros llegaron a Irapa, en Venezuela. Luego de algunos días de descanso y atención médica, fueron trasladados a la prisión de El Dorado, donde el milagro comenzó a ser notorio. No se trata de que allí escribiera sus primeras páginas sino que por primera vez Henri Charriere —conocido desde su primera juventud como Papillon por la mariposa que se había hecho tatuar en el cuello— no pensaba evadirse. Había dejado de ser un escapista y comenzaba a buscar un oficio productivo, sin saber que esta búsqueda incesante lo terminaría convirtiendo en escritor.
A partir de su salida de El Dorado, ya en las páginas de Banco, Henri Charriere se convirtió, gracias a la influencia de Rita, su mujer, en un antecesor de Maqroll El Gaviero. Le quitó y agregó algunas letras a su nombre: Enrique. Fue minero en Guayana, vendió la rifa de un Cadillac que no era suyo ni de ninguno de sus amigos en Caracas, trabajó como cocinero y hostelero en Maracaibo. Quizás fue dueño de un burdel, ya que —según él mismo confiesa— en su hotel se alojaba un grupo de putas francesas e italianas. Fue apresado en dos ocasiones —una por haber desvalijado un Monte de Piedad fuera de Venezuela y otra por un robo que parece no haber cometido— y se instaló en Ciudad Bolívar. En 1956, le fue concedida la nacionalidad venezolana y pudo viajar para encontrarse con su familia en Barcelona de España. A su regreso, compró algunos bares en Caracas, entre ellos el Gran Café de Sabana Grande, pescó langostinos que exportaba diariamente a Miami, buscó cobre electrolítico en Oriente y, en 1967, ya prescrita su condena, viajó a Francia.
Ese mismo año leyó en El Nacional la noticia de la muerte de Albertine Sarrazin y compró su novela, El Astrágalo. Fue esta lectura la que la que impulsó al novelista que había en él desde hacía veintitrés años —bajo la premisa de que si Albertine Sarrazin con su hueso dañado, el astrágalo que causaba su cojera, había vendido tantas copias, ¿cuántas no vendería él que por ocho veces no había aceptado convertirse en Houdini?— a escribir su propia novela. Primero infructuosamente con ayuda de un magnetófono de quinientos dólares. Luego directamente, bolígrafo sobre cuaderno, en el despacho de su último bar, el Scotch.
En dos meses y medio escribió su odisea y cuatro mecanógrafas que por sus nacionalidades —una rusa, una yugoslava, una alemana y otra de Martinica— bien podrían haber formado parte del staff de secretarias de la ONU la transcribieron en ocho semanas a cambio de tres mil quinientos dólares. Resultado: cuatro mil dólares y seiscientas veinte páginas que un escritor francés le prometió corregir sin que Enrique Charriere aceptara ya que ni a él ni a su mujer les gustó el capítulo edulcorado que éste había enviado como prueba. Enrique Charriere ya quería merecer la contraportada de sus libros y luchaba por ello. Llegada la hora de hacer saber a todos que era un escritor, intentaba hacerlo en un estado puro y salvaje que justificara la advertencia del director editorial —«Charriere no escribe, habla. O mejor aún, escribe como habla»— y colocara su novela en los remates de libros de todo el mundo.
Luego de una azarosa búsqueda, que más que una ronda de conocimiento de las editoriales francesas de la época parece un periplo por varias islas del Caribe rodeado de malhechores fugitivos, en enero de 1969 firmó un contrato con Robert Laffont y, el 19 de mayo del mismo año, Papillon comenzó a ser vendido en las librerías francesas. Este libro, al igual que Banco, está dedicado «al pueblo venezolano, a sus humildes pescadores del golfo de Paria, a todos, intelectuales, militares y otros que me dieron la posibilidad de revivir».
Es obvio o nosotros queremos que así lo sea. En esas palabras, el escritor se refiere al momento de 1944 en que, dándole dos metros de ventaja a Dustin Hoffman, dejó de ser Papillon, el escapista anti-Houdini, y se convirtió en Enrique Charriere, el escritor venezolano.


24 oct. 2011

MaraVillas de Italia


Casi todos los recuerdos que conservo del año que me tocó vivir en Italia están vinculados a la comida a pesar de que yo en esa época creía que me dedicaba exclusivamente al trabajo. Había tenido mucha suerte, eso decían mis amigos, y un equipo de fútbol de la Basilicata me había contratado como médico deportivo. No voy a hablar del Cristo de Carlo Levi aunque mucho lo leí en esos días, pero tampoco de la pasta, los latticini, la buena carne ni los dulces exquisitos.
Quiero recordar en estas líneas dos maravillas que me permitió conocer Armando, el propietario del equipo, en cuya casa debía comer todos los domingos.
La primera: "la pesca col vino".




Mientras comíamos, después de la pasta y antes del segundo plato, zio Armando sacaba una botella de vino de su propia cosecha, retiraba el corcho y la ponía a respirar. Cuando las berenjenas y la carne ya habían desaparecido, llenaba las copas hasta la mitad y comenzaba a quitarle la cáscara a dos melocotones amarillos en un gesto repleto de respeto y cariño, por lo que yo tenía que abortar cualquier intento de higiénico reproche.
Vedi, si fa cosi —decía mientras hacía caer trozos de melocotón en cada copa—. Adesso, devi aspettare: due, tre, quattro minuti. Mientras el tiempo pasaba, probábamos los dulces que iban llegando a la mesa. Ya al final, antes del café —en verdad habían pasado, veinte o treinta minutos— cada uno cogía una cucharilla y empezábamos a sacar y comer los trozos de melocotón
Enriquecido, el melocotón había ganado al menos dos meses más colgado del árbol de la vida y se convertía de golpe y porrazo en el sabor más corposo de toda la comida. Lo masticábanos lentamente como si fuese la carne de un animal noble y a cada rato zio Armando interrumpía su rito deglutorio para cantar las maravillas de la fruta local.
Madonna mia, come è buona questa pesca.
Luego atacábamos el vino. Era como venir de vuelta, deconstruyendo el sabor del melocotón, también el del vino, convirtiéndolos a los dos en uva dulce pero con un toque ligeramente amargo y a nosotros en armadores de un barco ebrio, como un poema de Teófilo Tortolero.
Ti piace, vero?
Claro que sí, me gustaba muchísimo. Así, el rito podía multilplicarse por dos o tres.





—Pure oggi abbiamo mangiato —interrumpía la nonna y señalaba el café.
Sì, pure oggi abbiamo mangiato — repetía alguna voz en el fondo, quizás en la cocina.
Finalmente, era zio Armando quien cerraba cualquier intento de discusión y levantaba la sesión pronunciando las palabras mágicas de cada domingo:
Tarallucci e vino.
Ésa es la segunda maravilla a la quería referirme hoy. Tarallucci e vino. Los taralli —una suerte de rosquilleta torcida, pero mucho más sólida y especiada— mojados en vino. No se trataba de una nueva invitación a la comida, sino de que zio Armando usaba la expresión para señalar que todo había transcurrido bien, felizmente.
Se refería a una felicidad máxima, terrenal y sublime al mismo tiempo, la del goce de estar en la mesa conversando en familia y comer tarallucci e vino mientras el tiempo pasa, el tarallo se ablanda y el vino humedece sus poros y nuestras papilas.
Tarallucci e vino. Si los delanteros no se hubieran lesionado, el equipo no habría descendido a la Serie C y yo me habría quedado en sus sabores para siempre.


18 oct. 2011

LIBROS USADOS: BARBIE, POR ENRIQUE VILA MATAS



No sé si lo volvería a hacer, pero en el año 2000, yo hubiera dado mi mano derecha por estrechar la de Enrique Vila Matas. Había leído la mayoría de sus libros y tenía sobre la mesa de noche un ejemplar de Bartleby y compañía. Incrédulo de que ese invento hubiera sido posible, lo abría cada treinta minutos y, en cada línea, me detenía para sonreír, pensando que ya había leído la siguiente, que sabía hacia dónde iba Enrique y que por eso era que cada vez me gustaba más y más el libro.
¿Cómo saber entonces si fui yo quien la ofreció o si el periódico para el que eventualmente colaboraba en Caracas me lo pidió? El asunto es que, gracias a los favores de un amigo, conseguí el número telefónico de Vila Matas y lo llamé pidiéndole una entrevista para El Nacional. Cuando finalmente aceptó, salté -debería escribir "caí"- de alegría y me fracturé el escafoides de la mano derecha: "Fx de escafoides derecho", escribió el médico de la Universidad Autónoma de Barcelona.
El encuentro terminó en la Librería Central, pero no comenzó allí, porque me recuerdo esperando junto a él la salida de los niños de Colegio Italiano, cerca de Paseo de Gracia.
Al final de la entrevista, que incluyó una comida en la que yo no pude comer mucho porque tenía la mano derecha escayolada, le di a firmar un ejemplar de Bartleby ... y, no pude evitarlo, le entregué un ejemplar de Barbie, una noveleta que yo había escrito cinco años atrás y que Israel Centeno había publicado en Caracas.
Hubiera querido dedicársela, pero no podía. Lo recuerdo todo muy bien: cuando le entregué con la mano izquierda el libro, Vila Matas lo sopesó y, abanicando sus treinta hojitas, hizo referencia a lo pequeños que podían resultar algunos libros publicados en Latinoamérica.
Ese encuentro me hizo más devoto de Enrique y me ayudó a tener una relación más completa con su obra. Luego, incluso, creo que en una ocasión cambiamos algún mail y, en otra, un saludo con ocasión de un viaje suyo a Venezuela, donde debía ser jurado del premio Rómulo Gallegos.
Lo había olvidado todo hasta hace dos días que me puse a hurgar en una página de libros usados en Internet: los libros usados son un género que siempre me ha gustado y que, como se ve, no he dejado de frecuentar.
Entre las cosas que encontré había un ejemplar de la novela Barbie "dedicado por su autor", yo, yo mismo, "a Enrique Vila Matas".
Alguien podría pensar que me disgustó el encuentro y seguramente se equivoca. Siempre he amado los remates de libros y prefiero encontrar un libro mío allí que en una librería glamurosa aunque esto último nunca me ha sucedido. Me encantó el encuentro y, de hecho, he comprado el ejemplar, que en estos momentos se desplaza hacia mi casa desde Madrid.
Lo único que deseo aclarar es que yo nunca dediqué un ejemplar de ese libro a Vila Matas, que cuando se lo di ni siquiera lo firmé. No podía, soy diestro y entonces tenía la mano derecha escayolada.
¿Quién lo hizo entonces? Quizá lo sepa dentro de poco, cuando el libro llegué a mi atalaya en Puzol, junto a Valencia.
Por si acaso, el primer sospechoso es Enrique, Enrique Vila Matas.

12 oct. 2011

Cien razones que convierten a El Padrino en la mejor novela del mundo

(Después de la Biblia, El Quijote, la Constitución Italiana y Berlin Alexanderplatz)




  1 - Porque sí.
  4 - Porque la leí por primera vez a los trece años.
  9 - Porque en ese momento sentí que me salía demasiado barata: le robé a mi madre un libro, Historia de la mafia, y se lo cambié a Salas Bustillos por un ejemplar sin tapas de la novela de Puzo.
 12 - Porque desde entonces la he leído u hojeado al menos una vez cada año
 19 - Porque todavía me excita leer las páginas donde Puzo narra el primer encuentro entre Michael Corleone y Apollonia.
 24 - Porque aprendí a cocinar la pasta con la receta de Clemenza.
 32 - Porque de vez en cuando me sucede el encontrarme en una situación en que podría hacer una oferta irrechazable.
 33 - Porque la mejor novela también tiene que enseñarte a defenderte.
 35 - Porque fue a través del libro que le cogí cariño a las películas.
 39 - Porque nunca he entendido a quienes dicen que las películas son muy mucho mejores que la novela.
 42 - Porque en una época cada vez que la mujer que amaba me dejaba sólo sus páginas refugiaban mis planes de venganza.
 47 - Porque todo es personal, como decía Don Vito.
 51 - Porque la mejor novela debe ser lo suficientemente gruesa como para sostener tu cama en caso de que falle una pata, pero nunca tan gorda como para hacerte dormir y que tus ronquidos arruinen una por una las cuatro patas de tu cama.
 62 - Porque Puzo me resulta mucho más simpático que Coppola.
 67 - Porque conviene saber a los trece años que el hombre más malo del mundo es Luca Brassi para así no estigmatizar al gordito Salomón que maltrataba a sus compañeros simplemente porque quería ser Presidente del Colegio de Médicos.
 69 - Porque por años estuve buscando pistolas detrás de la cisterna de los retretes en las pizzerías.
 74 - Porque a pesar de su disgusto esta novela fue el primer tema de conversación que abordé con Giuliana.
 81 - Porque si entonces no se hubiera disgustado quizás no tendríamos ahora dos hijos.
 88 - Porque es un libro que se puede leer muchas veces.
 89 - Porque el mejor libro no tiene por qué ser perfecto.
 92 - Porque me gusta saber que es un libro prodigioso y que los demás sepan que yo lo sé.
 99 - Porque si hubiera que agregarle algo sólo le añadiría la música de Nino Rota.
100 - Porque sí.

21 sep. 2011

CUMPLEAÑOS

Siempre han sido extraños y bellos los días de cumplir años.

Recuerdo los treinta rodeado de amigos en Barcelona, la promesa incumplida de hacer una gran fiesta para los cuarenta y, especialmente, dos de esos días: el de cumplir veinte y el más reciente, los cuarenta y uno.


A los veinte, como todo el mundo quería cumplir veinticinco y no tenía nada preparado. Por si fuera poco, ese mismo día mi tío Pablo protagonizó una pequeña desgracia familiar y las mujeres de la familia corrieron en su auxilio. Eso significó que, a pesar de ser el día de mi cumpleaños, me quedé absolutamente solo durante toda la tarde y parte de la noche. Menos mal que a las cinco de la tarde sonó el timbre: era Gustavo, mi amigo de entonces y de siempre, el padrino de mi hija Letizia. Me hizo compañía, grata y amable, durante más de dos horas. Nos recuerdo sentados junto a la casa y frente a la montaña, hablando de cualquier cosa, celebrando sin saber qué celebrábamos, pasando el tiempo sin pensar que construíamos un momento bonito, fundamental e insuperable de la vida.


El cumpleaños más reciente fue hace muy poco. Empezó a comienzos de mes cuando vi la plantilla de guardias en el hospital. Día veinte, ¿médico de guardia?: Slavko Corazón de Jesús Zupcic Rivas. Guardia el día de mi cumpleaños. Lo asumí sin rechistar: un poco fatalista, otro realista. Además, guardia cambiada, seguramente mala. Mejor no hacerlo. La noche anterior, mis hijos me dijeron que no importaba. Y la guardia comenzó buena. Sólo me quejé en un momento durante la tarde. Hablaba con mi madre al teléfono y le dije que nadie me había cantado las mañanitas. Es una costumbre de la casa materna, de cuando éramos cuatro, que yo pretendo prolongar con mis hijos, pero como salí temprano de la casa mientras todos dormían esta vez había sido imposible. Era entonces un cumpleaños sin mañanitas y me hacían falta, pero no tanto porque estaba bien, muy bien. Trabajé un poco, otro, y cuando la guardia se relajó respondí algunos mensajes. Luego, a las doce y media, me fui a la habitación, a leer el periódico, y me quedé dormido. Al rato sonó el teléfono: era el supervisor que anunciaba un paciente. Me alcé sin quejarme y me asomé al pasillo. Pensaba entrar directamente a la consulta, pero el supervisor me hizo saber con sus gestos que el paciente estaba en la sala de espera. Fui hasta allí. Al apenas entrar, los vi a todos, los enfermeros y celadores con quienes había trabajado durante el día sosteniendo una torta de chocolate y una guitarra imposible. No lo podía creer entonces y todavía me cuesta. De sus bocas y de sus manos salían los acordes de una canción que he escuchado casi cuarenta y un veces en mi vida: las mañanitas, las mañanitas del Rey David. Los abracé uno por uno y, acariciando con la lengua un trozo de torta, terminé de pasar un cumpleaños bello y extraño, seguramente especial.


18 sep. 2011

Cuando muere un vecino

De la muerte del vecino me enteré a través de su jardinero. Ese día, el de su muerte, cociné una paella para mis amigos apenas a diez metros de su lecho vacío. No sabía nada, ni siquiera conocía su enfermedad. Además, si bien es cierto que él moría mientras el arroz burbujeaba, su muerte no se producía allí, a mi lado, sino en el hospital, a casi veinte kilómetros. Igual me extrañó que no hubiera ruidos en su casa, últimamente casi escandalosa. Nada dije. Preferí hablar del fastidio que me produce que en el colegio de los niños haya un presidente. Si lo hubiera sabido no habría hecho la paella, ni habría gritado invectivas en contra de los presidentes, mucho menos cantar mi cumpleaños, nada parecido.
De todas maneras es necesario reconocer que todo ha sido muy aseado. No ha habido gritos ni llantos. No he visto carros fúnebres ni mujeres de luto. Mucho menos afiches en la calle anunciando el deceso como he visto hacer en Grecia y en Italia.
Simplemente un vecino muerto y un jardinero que me lo ha dicho cuando intentaba contratar sus servicios.
Ahora ya lo sé todo: que ha muerto, que la casa está en venta, que en los últimos días había estado muy mal. Incluso he hablado con su viuda. Me he puesto a la orden. No sé para qué. Imagino que para algo que tenga que ver con la casa: regar las plantas, darle la llave al agente de la inmobiliaria, esas cosas.
Hoy nuevamente había ruidos en su casa. Estaban los hijos y los nietos. Y, cuando salimos a tirar la basura, vimos junto a la puerta del garage algunos libros y dos televisores. Estaban allí para que alguien los cogiera, pero no me atreví. Pienso en los libros. Si alguno vale la pena, llegará a un negocio de libros usados y quizás allí lo encuentre. Pagando, claro. Como tiene que ser.

13 sep. 2011

TODOS LOS DÍAS EL TREN

A las siete y treinta y nueve, todas las mañanas subo al tren. Cuarto andén, primer vagón. Cercanías. Yo subo a mitad de camino. Se trata del tren de los médicos Por el horario. Se llega a la estación de destino a las ocho y tres. Eso significa que se puede entrar al trabajo a las ocho y cuarto.
Somos los médicos de tres hospitales, fundamentalmete. Allá el internista. Más allá el nefrólogo, algún psiquiatra. Muchos residentes y ningún traumatólogo ni cirujano, que siempre tienen prisas y prefieren la gasolina.
El resto del pasaje son empleados de tribunales, educadores y algún vecino, paciente o acusado, que debe curarse o defenderse.
El otro día, en el momento de llegar al destino, uno de los acusados se desmayó. Se veía que no era nada muy grave, más actuación que cualquier otra cosa. Y, además, el que se detuviera llegaba tarde a la sesión.
Todos los médicos desaparecimos. Nos escurrimos por las puertas del vagón, silenciososamente.
Así, el paciente fue atendido por sus abogados.

9 sep. 2011

MÉDICOS FRUSTRADOS

No sé por qué hay tanto médico frustrado, pero los hay. Será consecuencia de las dificultades de acceso a la carrera, de lo larga y exigente que ésta es o de que su saber reviste y contiene algo, el cuerpo, que cada uno de nosotros posee y cree conocer muy bien. El caso más obvio de médico frustrado es la enfermera que quiso ser médico, pero se equivocó a la hora de matricularse en la universidad y se metió en la cola de enfermería. Primer modelo de médico frustrado: a partir de su primer empleo pretenderá siempre saber más que el médico, hablar más complicado que el médico, adoctrinar y/o sabotear al médico con el que trabaja.
Otro modelo es el cuidador informal: alguna vez pretendió estudiar medicina o quizás no, pero de tanto cuidar a su pariente cree que lo sabe todo sobre la enfermedad y cada vez que se encuentra frente a un médico (especialmente si se trata de un especimen joven) intenta apabullarlo con su saber y su maltrato. El paciente también puede ser un médico frustrado e incluso el mismo médico: este último en la fase formativa y al final de la carrera fundamentalmente. De estos últimos recuerdo un oftalmólogo que justificaba su desidia en la convicción, adquirida al terminar la universidad, de que nunca ganaría el Nobel de medicina.


Esta taxonomía, en los apartados de cuidador y de paciente, tiene una sub-clasificación de acuerdo al sexo, edad, condición social y profesión del médico frustrado. En este caso, intentaremos desglosar qué sucede cuando el médico frustrado es presidente de una república caribeña. Iremos poco a poco. En primer lugar, hará de la salud una de los pilares de su programa de gobierno, pero esa situación no es patonogmónica porque eso hacen casi todos los presidentes caribeños. Más todavía, en caso de enfermedad, no se conformará con que un simple médico le comunique el diagnóstico. No, no. Tiene que ser una figura de importancia histórica, de talla mundial: Fidel Castro, el Dalai Lama o Mike Tyson, por ejemplo. Obviamente, ninguno de ellos es médico, pero un médico frustrado, si es presidente de un país caribeño querrá que sean ellos y no un simple licenciado en medicina, especialista o muy doctor que sea, quien le comunique la razón diagnóstica de su padecimiento. El personaje hablará como si fuera un médico y el médico frustrado lo escuchará como si fuera un paciente. Inicialmente habrá secretismo sobre su enfermedad, no por médico frustrado, sino por presidente caribeño, pero luego -ahora sí por médico frustrado- bombardeará los medios de comunicación con un inmejorable repertorio de la jerga médica: es así como palabras como salud, enfermedad, prevención, células, biopsia, peritoneo y metástasis inundarán sus discurso y éste las televisiones y radios de su país. Dirá mucho, pero no dirá nada: es un médico frustrado casi perfecto. Por si fuera poco, convertirá sus entradas y salidas hospitalarias en asunto de estado. Normalmente un paciente elige para ciertos tratamientos la discreción, pero un médico frustrado prefiere el bombo y el platillo. Recuerdo un amigo que sin ser presidente aceptó que su mujer pariera frente a las cámaras de la televisión italiana. Era, sin lugar a dudas, un médico frustrado. El otro, el presidente caribeño, cada vez que deba aplicarse una sesión de tratamiento (diálisis, quimioterapia o lo que sea) convocará las cámaras y partirá en avíon, con zafarrancho de trompeta. A la hora del alta hospitalaria lo mismo: un aeropuerto como puerta hospitalaria y no un simple avión., una caravana de aviones . Médico frustrado, no se aceptará paciente y, frente a las cámaras, cantará, enamorará, parloteará y dirá que se encuentra bien, en inmejorables condiciones, que la enfermedad es un asunto de nada y que aunque ha viajado en un avión-ambulancia simplemente se trataba de una inyección que se hubiera podido administrar en el bar de la esquina. Peor todavía, entre sesiones este médico frustrado intentará aleccionar a sus ministros sobre prevención y vida saludable. No es una mala idea, pero él no lo hará en privado, sino pública y televisivamente, para que todo el mundo se dé cuenta de que todo lo que él sabe, de la facilidad con que lo ha aprendido: en fin, de que él es mucho más que un presidente, muchísimo más. Por eso podrá permitirse sesiones de ejercicio ante las cámaras, parrafadas dietéticas, discursos contra el tábaco y el alcohol. Los ministros sonreirán desde el principio o no sabrán qué hacer, por lo que volverán a sonreir. Incluso harán ejercicio con él frente a todo el país: moviendo las piernas, las rodillas, trotando mientras el médico frustrado habla de millones de dólares y de leucocitos. Lo último ya será administrarse públicamente el tratamiento. Una pastilla vía oral y que todo el país la vea. Una inyección intramuscular, en el biceps claro. O en cualquier parte que aunque no está descrito un médico frustrado si es presidente de un país caribeño puede también administrarse un enema frente a sus electores, un enema gigante.
Cuando eso suceda, que sucederá pronto, volveremos a leer el Fausto de Goethe: refiriéndose al médico decía "no quisiera tal vida un perro". Es una verdad absoluta y, aunque no es así en el planteamiento original, el de Goethe, seguramente ahora ese desdén estaría relacionado con las noches sin domir, la presión asistencial, las secreciones y la batalla mayormente perdida frente a la muerte. Pues aunque parezca imposible la vida del médico frustrado es mucho peor.

20 ago. 2011

ENCUENTRA EL AMOR: LEE CUARTIENTOS

El odontólogo ha curado la boca de mi amiga en las últimas semanas, pero ella quisiera algo más. Por eso, mientras comemos, cuenta de las palpitaciones que la agobian cuando su rostro se aproxima al de ella con afán exploratorio.


-Un buen odontólogo es como si fuera un Kama Sutra -dice un amigo procaz que comparte la tertulia.


Ella suaviza el asunto y habla con emoción del sentimiento que la ha acompañado en las últimas semanas.


-Es que parezco una quinceañera y, antes de ir a la consulta, me pruebo diez vestidos.


El amigo procaz hace ahora referencias literarias. Habla primero de Hollywood. Luego recuerda un cuento de Israel Centeno, lleno de sexo odontológico, y finalmente alguna escena de "Tamaño Natural", la película de Berlanga: cuando Michel Piccoli sienta a la muñeca en el sillón.


Mi amiga lo mira despavorida. Sólo quiere una solución que le permita acercárse y quitarle dientes a la relación. Llueven las ideas.


-Díselo simplemente -proponen las amigas.


-Regálale una botella de champagne en la última visita. O un libro de poesía.


-Nada de eso- dice el procaz -. Haz el amor antes de ir a la consulta. Ël te pedirá sexo inmediatamente. No falla.


A mi amiga no le gusta ninguna opción. Lo veo en su mirada. Quizás por eso escucho mi propia propuesta.


-Dile que visite "Cuartientos". Yo me encargo del resto.


Sus ojos ahora brillan, se emocionan: agradecen la escritura de un cuartiento, de un cuartiento de amor.




14 ago. 2011

Dos (cuar)tientos

COMIDA MATERNA



Se marchó la mujer y te hartas de comer comida materna. Se acabaron los spaguetti, la pasta, la lassagna, el gatò di patate. Bienvenido al reino de la arepa, la hallaca, la ensalada de gallina y el dulce de lechoza, conseguido casi de contrabando. Esto no puede durar mucho. Eres lo peor, la mierda del mundo, lo nunca visto, lo inimaginable. Come entonces, aprovecha, límpiate la baba. Tonto del culo, estúpido. Dentro de poco volverá el ministerio de justicia y gastronomía y todos te leeremos comiendo carpaccio, relamiéndote los labios, escribiendo textos que no sé por qué llamas cuartientos, diciendo que la comida de tu mujer es la mejor comida del mundo. Imbécil. No tienes, ¿sabes qué?, personalidad.




LA JOVEN DOCTORA
Como una niña sin padres, que ha ganado recientemente la primitiva, la joven doctora va y viene, mueve las piernas, se agita y grita, reclama, ordena, camina y atiende, siente que puede curarlo todo, hacerlo todo, destruirlo todo.
Nada le es ajeno, tampoco indiferente. Es niña, es doctora, es primitiva y hace apenas dos días, convirtiéndose en especialista de urgencias, ha ganado la lotería.



Lo que nadie sabe es que permanentemente escucha una sirena de ambulancia.
Incluso cuando en la mitad de una guardia entra al baño y enciende la luz, una ambulancia la persigue generándole miedo, mucho miedo.
Por eso corre y grita, se agita y maltrata.


Es, en fin, muy joven.
La joven doctora.









5 ago. 2011

Colector de eses


-Es necesario recoger las heces -indiqué como médico de urgencias mientras atendía una diarrea. Al rato los vi -eran padre e hijo- en el patio del hospital atrapando volutas de humo en una bolsa de plástico.
El padre fumaba y el hijo intentaba atrapar las volutas más delgadas.
-Atrapamos las eses -me dijo el padre sonriendo luego de apagar el cigarrillo.
-No se trata de eso -le respondí seriamente.
-No me diga que había que atrapar las ces: hemos desechado tantas.
-Oíga. Está hablando con un médico -dije impostando la voz como si fuera el gran F. -Usted sabe muy bien que dije heces, no eses.

-Si es por letras, podríamos más bien atrapar la zetas -insistía el padre. -Zeta del Zorro, de Zaragoza, del Zodíaco.
Entonces vi que el niño sonreía: con los dientes y con los ojos. Seguramente la fiebre ya había bajado.
-O buscar setas -dije sonriendo yo también, pensando que su mejoría bien merecía un cambio de tono. -Recuerde que ayer llovió.

1 ago. 2011

Campamento de verano: esto es fútbol




(Agacha el culo: así es el deporte)



Hubo un tiempo en mi vida en que me gustó el fútbol. No fue ciertamente en la infancia, una época en que mis compañeros se hartaron de meterme goles, hacerme sombreritos y pegarme balonazos en la cara y en los testículos. Tampoco en la primera juventud. Entonces prefería el baloncesto: para jugar a pesar de mis precariedades, para asistir como público a sonados partidos e incluso para ver las transmisiones de la televisión. Fue después, casi a los treinta, cuando me pasé al fútbol. Debió ser consecuencia del asunto migratorio y de la necesidad de hablar, de conversar: en España e Italia, seguramente el fútbol es el tema de conversación más frecuente entre desconocidos.
Poco a poco fui aprendiendo los equipos, sus camisetas, sus jugadores, sus particularidades de juego cuando éstas existían, el puesto conseguido por el equipo en la clasificación, en tal año y en el otro. Llegué incluso a interpretar el mercado de verano e identificar sus consecuencias. Pero, mucho más importante, al menos para mí, creí comprender que el fútbol se trataba de un dibujo en que el balón, empujado o no por los pies de los jugadores, era la punta del lápiz y que era ella, la punta del lápiz, no el balón mismo, mucho menos el pie o la cabeza del jugador, la que lograba el gol al traspasar la raya blanca de la portería.
Como si esto no fuera suficiente, cuando Alessandro, mi hijo mayor, cumplió tres años le regalaron dos balones de fútbol y fue necesario patearlos frente a él primero en el corredor de la casa, luego en la calle y finalmente en el patio del colegio, a la hora de recogerlo. Más todavía: después del balón, los cromos: cada septiembre de los últimos cinco años hemos comprado el álbum de la liga y en una ocasión apenas nos faltó un cromo para acabarlo.
Nunca pensé que esto podría ir a más hasta que en mayo de este mismo año la italiana que cuida a mis hijos (Giuliana, mi novia de toda la vida) me comentó que Alessandro quería ir en el verano a un campamento de fútbol. Me pareció natural y, aunque no era necesario porque ya ellos así lo habían decidido, bendije el proyecto.
Por ello, todas las tardes de la primera quincena de julio me tocó recoger a mi hijo en un antiguo campo de naranjas que hace siete años fue convertido en academia de fútbol. Ël siempre se mostró entusiasta, pero desde el primer día lo vi un poco aplanado.
-¿Qué has hecho hoy? -le pregunté después del abrazo.
-Fútbol. Mucho fútbol.
-¿Todo el tiempo?
-Sí, todo el tiempo.
No insistí, pero al día siguiente, aprovechando la libranza de una guardia, estuve rondando la academia en horas de la mañana. Era de manera absoluta un campamento de fútbol, sólo de fútbol. Cuando los niños no estaban entrenando en el campo, escuchaban una clase teórica o veían una película siempre temática: el balón rodando sobre la hierba empujado por el cuerpo sin manos de los jugadores. Fútbol al cien por ciento. Incluso en los descansos o durante las comidas a través de los altavoces transmitían canciones a tema donde todas las rimas, gracias a Shakira fundamentalmente, buscaban el gol.
En las tardes, venían los padres y la organización ponía a los niños a jugar. Los padres obviamente hablaban de fútbol, sólo de fútbol, aunque en ocasiones también parecía que hablaban de traumatología:
-Dale fuerte. Abajo, Rómpelo.
Esas palabras iban acompañadas de un brillo oftálmico que mi imaginación relacionaba con la parte más tangible de lo intangible: la hipoteca a pagar, el futuro, los nietos. Había allí, era obvio, mucho más que el descerebrado plan de divertir a los niños durante las vacaciones. En esas miradas había un proyecto, una forma de vida, un sueño quizás.
Los entrenadores, no podía ser de otra manera, participaban del asunto y en ocasiones se acercaban a los padres más ávidos alimentando su ilusión:
-El muchacho promete, ya verás.
Mayormente se limitaban a hablar con los niños, a gritarles a veces.
-Venga. Si te han hecho gol, ve a por el balón y prométete que la próxima vez no te lo meterán.
Ëse era el entrenador de porteros a quien, puedo jurarlo, en una ocasión le escuché decir la mitad del título de este cuartiento:
-Agacha el culo, esto es fútbol.
Pero fue el decano de los entrenadores, un buen hombre sin lugar a dudas, quien me ayudó finalmente a entender de qué cosa se trata el fútbol.
-El balón es parte de tu cuerpo -les decía a cada rato a sus niños, ninguno mayor de diez años, ninguno menor de siete.
-El balón es parte de tu cuerpo. Y va a ser así por el resto de tu vida -les gritaba mientras los padres sonreían y pensaban en cómo pedirle un préstamo al banco para que los niños se quedaran en la academia luego del verano y de la academia saltaran a las escuelas de fútbol de los grandes equipos y de éstas al estrellato.
Eso es lo que hay y finalmente lo entiendo. Nada de poesía estilo Valdano ni de filosofía Guardiola. El fútbol es una gran empresa -lo intuía, la fábula del lápiz era demasiado bonita- en que luego de captar a los niños valiéndose de las redondeces del balón, de su parecido a una manzana podría decirse, les aplanan el cerebro, les impiden el uso de las manos, amputándoselas casi a pesar de la importancia de ellas para la especie humana, y como les han quitado una parte del cuerpo le dan otra: el balón.
Asi nace el dibujo que vemos en el campo de fútbol y mayormente en la pantalla del televisor. Pues no vale la pena y la Sociedad Protectora de los Niños (¿existe?), o la de los animales, debería protestarlo.

28 jul. 2011

CORAZÓN DE JESÚS




Comienzo a trabajar en un nuevo hospital y al entrar veo que en el centro del patio se alza una iglesia, con campanario y todo. No me sorprende: curas y médicos usamos uniformes largos y en incontables ocasiones hemos trabajado de la mano.
-Entraré, lo sé -me digo en voz baja mientras subo las escaleras en dirección a las oficinas administrativas.
Cada vez más hablo más solo y mi hijo me llama soliloco.
-No se dice así, se dice soliloquio -lo corrijo por si acaso.
-Cállate un poquito, soliloco.
Cuando llego al segundo piso, por la altura alcanzada, me encuentro frente a la imagen que corona la fachada de la iglesia. No es un crucifijo, tampoco una Virgen, es el Corazón de Jesús, el Sagrado Corazón de Jesús: ese invento imposible aunque sangrante y hermoso que multiplicaron los jesuitas en éstas tierras en el siglo pasado y en el otro.
Comienzo entonces a recordar la historia de un niño, un niño cualquiera al que su madre le cambia el segundo nombre a los dos años y le pone éste: Corazón de Jesús. Este cambio lo hace aduciendo un milagro pero quizás tan sólo se trataba de quitarle el nombre del abuelo paterno.
Cada vez que de pequeño el niño protesta -quizás algún día en que los compañeros del colegio se burlaron de él al descubrir su secreto- la madre le responde:
-Pero, ¿es que acaso te ha ido mal teniéndolo como segundo nombre?
El niño no sabe qué responder, pero en el fondo se ha acostumbrado a presumir de que le ha ido bien. Por eso no insiste y ahora, que comienza a envejecer, cualquier cambio es imposible o no tiene sentido.
No tengo que esforzarme mucho para recordar esta historia porque ese Corazón de Jesús soy yo, yo mismo, Slavko Corazón de Jesús, aunque todavía me cuesta decirlo. Hoy he comenzado nuevamente a trabajar en Castellón donde, se ve, abundan las referencias religiosas, específicamente las dedicadas al Corazón de Jesús.
-¿Por qué? ¿Por qué? -se lo preguntaré al párroco dentro de dos o tres días.
-Porque la provincia fue dedicada al Corazón de Jesús en mil novecientos no recuerdo cuántos -me responderá regalándome dos escapularios y un rosario.
No tendré ningún problema en creerle. Si mi madre hubiera sido el obispo de turno, tambien lo habría hecho. Me consta. Por eso me llamo Slavko Corazón de Jesús Zupcic Rivas.

7 jul. 2011

Cuatierno de O

Fue reveladora la visita a O.
.Hay que ir. Venga –me dijeron los compañeros del trabajo.
-¿Hay que ir ya, inmediatamente? - pregunté,
-No, todavía no. Cuando venga el Inspector, nosotros lo acompañaremos. Nosotros contigo, tú con nosotros.
Fue entonces cuando comencé a sentirme nervioso. ¿Cómo será O? ¿Cómo llegaremos? ¿Qué hay que hacer antes de llegar?
El día que tocaba los compañeros lo habían preparado todo y O ya no era un globo lejano en el aire, llevándole un saludo a las abuelas, sino más bien una i latina, un hilo cogido de la mano, sujetándolo todo.
Por el calor y la sequedad, yo pensaba que O se parecería más a Pedro Páramo que a el llano en llamas, pero al final resultó ser que parecía más bien una montaña mágica.
Estábamos en su hospital -era el motivo de la visita del Inspector- y todo parecía bonito y limpio, muy limpio. Incluso los pacientes estaban contentos. Saludaban y sonreían a nuestro paso. Yo no pude evitarlo, recordé dos cosas. Una: un hospital del siglo dieciocho en que todos lucían felices porque el Doctor Roeschlaub les prescribía vino. Dos: un inspector sanitario que alguna vez vino a visitarme en el ambulatorio de La Guásima. Pero nada dije. Menos mal, menos mal.
-Este hospital es bellísimo -apuntó el Inspector y también nosotros sonreímos, tranquilos ya.
Fuimos entonces a la Dirección, que estaba en la que una vez había sido la casita del guarda.
-Es muy bonito todo, parece la montaña mágica -esta vez fui yo el que habló pero nadie intentó escucharme.
Así fue cómo me separé el grupo y comencé a hablar, frente al mortuorio, con uno de los trabajadores. Dijo llamarse Desi.
-¿Cómo que Desi? ¿Por qué?
-Es que me llamó Desiderio.
En apenas un minuto se lo conté todo. Desiderio es mi santo preferido. De pequeño rezaba ante sus huesos en el Colegio Don Bosco. Luego supe que había muerto junto a San Genaro en Pozzuoli, donde nació Sofía Loren.
El hombre estaba contentísimo. Prometió que alguna vez iría a Venezuela a visitar las reliquias. Yo tuve que despedirme de él y, cuando me encontré con mi grupo, lo dije:
-He conocido a Desiderio.
-¿De verdad? ¿Y le dijiste que tienes una novela dedicada a su santo?
-No, eso no se lo dije.
-Pero, ¿por qué?
-Es que eso sólo lo saben los amigos -contesté y fui a despedirme del Inspector.
-Su visita ha sido reveladora. Rebelladora.

29 jun. 2011

Consulta 184



Los pacientes vienen y se van, a veces vuelven. El primer día en este hospital un hombre intentaba venderme un automóvil.
-Veinticinco mil, apenas vinticinco mil. Prácticamente nada.
El segundo día lo vi, el mismo hombre, en un concurso de la televisión. Ganó quince mil: saltaba y gritaba, anunció que se iría a Egipto con toda la familia.
El tercer día un paciente dijo llamarse Winston Churchill. Tenía un brazo roto, pero no vino a mi consulta por eso, sino porque necesitaba un informe para que le dieran la pensión.
-¿Seguro que usted es Winston Churchill? -le pregunté porque lo vi muy joven y negro, demasiado diferente al de los libros de historia.
-Sure.
Pues hice el informe.
Al día siguiente, el cuarto, vino la policía a decirme que se trataba de un error. Realmente hablaron de délito: el hombre que vino a mi consulta, como no tenía documentos, había usado el pasaporte de un compatriota liberiano, más o menos de su misma edad, muy parecido físicamente.
-Ya lo sabía yo -le dije al de la consulta contigua. -El hombre que dijo llamarse Winston Churchill no era Winston Churchill.

19 jun. 2011

Béisbol o fútbol: una historia de amor






a RD
Recuerdo sus ojos y, sobre todo, los rápidos movimientos de su boca mientras contaba esta historia, una historia de amor, pero no recuerdo el país en que lo hacía.
Absolutamente cierto, no logro recordar si se trataba de Venezuela o de España. Y mira que es importante en este caso el lugar, porque si se trataba de Venezuela el deporte en que se escenifica esta historia es el béisbol. Si de España, el fútbol.
El asunto es que se trataba de la historia de dos personas, él y ella, que se amaban apasionadamente. Ella era la persona que deseosa de librarse de una duda me regaló un pedazo de su vida, en un encuentro literario o en un despacho de hospital. Y él era un renombrado jugador: de béisbol o de fútbol. Ambos adoraban los automóviles alemanes. Ella los Volkswagen de color rosa. Él prefería los Mercedes azules.
Cuando él llegó para reforzar el equipo local, ella lo conoció gracias a la hija del presidente, el del equipo. Comenzaron a salir casi inmediatamente y el equipo se cansó de ganar esos dos años. Pero él no podía jugar con el equipo una tercera temporada. Tenía que partir: su carrera debía continuar y un equipo más fuerte pretendía contratarlo.
Inicialmente estaba contento, formaría parte de un equipo con el que todos querian jugar. Pero luego no, ella no podría acompañarle: los prejuicios, la familia, la falta de tiempo para organizar una boda, esas cosas.
-Si me lo hubieras dicho aunque sea un mes antes. Pero así no puede ser.
Él finalmente partió y nunca más volvieron a verse.
Cinco o diez años más tarde, ella viajaba con su familia (marido e hijos) en el infaltable Volkswagen. Lejos, bastante lejos de casa, sintieron cómo un Mercedes azul se aproximaba e inusualmente permanecía más de tres minutos detrás de ellos. Luego los superó lentamente, como si el conductor quisiera ver quiénes viajaban en el Volkswagen rosa. Ya adelante, en lugar de perderse inmediatamente en el fondo de la carretera, por otros dos o tres minutos estuvo allí, entorpeciendo la marcha.
-Es como si quisiera decirnos algo, pero no se atreve -dijo su marido y ella no respondió.
Quería mirar, pero tampoco podía. Prefería permanecer con la duda. Y así se quedó, con al duda para siempre, porque el Mercedes finalmente se marchó.
-Siempre he pensado que se trataba de él, pero no lo sé. Si algún día lo encuentro, se lo preguntaré, pero con pocas palabras, Slavko. A los futbolistas hay que decirles las cosas con muy pocas palabras.
Era un jugador de fútbol, ¿ves? Y seguramente escuché su historia en la Valencia que habito, a trescientos cincuenta kilómetros de Madrid.








9 jun. 2011

Hospitales queridos: elefantes cariñosos






¿Es posible querer a un hospital? Seguro que sí. He escuchado verdaderas declaraciones de amor al respecto:
-En este hospital nací, aquí murió mi padre Y nacieron mis hijos. Aquí quiero morir.
Nada más parecido a un matrimonio bien llevado, mejor avenido.
En el caso de los médicos es diferente: pocas veces se asocia el hospital a las transformaciones del cuerpo aunque éstas inevitablemente terminen llevándonos a él. Se prefiere el relacionarlo con el cambio psíquico que, contra toda evidencia científica, se presume evolutivo, y la adquisición de destrezas, construyendo así una especie de Bildungsroman en que los capítulos son las plantas y los servicios del centro en cuestión.
-En este hospital me formé. Es mi alma mater. Aquí, en el sótano, diseccionábamos los cadáveres antes de que pasaran a la morgue. Allí, en la primera planta, conocí a mi primera mujer. Era enfermera de la consulta de venéreas ...
Todo esto se dice (y se vive) también a través de la obra que se cree realizada:
-En mil novecientos cincuenta y tantos, fundé este servicio. Cuando llegué, era el único especialista en ... Y desde entonces soy jefe de ...
En mi caso, no puedo evitar relacionar los hospitales con las personas que dentro de ellos he querido. También los ambulatorios. Reconozco que a mi modo es también una especie de Bildungsroman.
Así mi vida ha pasado por los corredores de cinco o seis hospitales, los mismos por los que mi cuerpo ha paseado. Los recuerdo, uno por uno.
El Hospital González Plaza, en mi Valencia natal, con mi primera ex-novia seduciendo al imbécil de GH, a quien tengo tanto que agradecer. Con Pedro Téllez y su búsqueda del himen filosofal. Con Reynaldo Pérez So, que entonces escribía el poemario Px.
El Hospital Central de Valencia: Víctor, Diana y Perecita sosteniéndome entre sus brazos luego de la muerte de Leticia, mi hermana.
El Centro de Salud de La Guásima, con Rosario, la enfermera gigante y cirujana que multiplicó mi negligencia.
El Peñón, con Elena, Alberto y Ana Lourdes. Con Katy y Rafael. Con Virginia y Jeannette. Carretera por pasillo. Árboles en lugar de ventanas. Y una ambulancia convertida en tiesto en uno de los patios.
Ahora he agregado un nuevo hospital a mi lista de elefantes cariñosos: el Hospital General de Castellón. En su recuerdo estárán para siempre Joan, Jose, Laura, Ana, Mamen, Idoia y Viviana. María Ana y Carmen. Paqui y Emilio. Félix y Mayte. Raúl y José Luis.
Hospitales del alma. Elefantes tan queridos. Si tengo que volver, espero que me atiendan mis amigos: que estén ebrios.

5 jun. 2011

El nombre del padre

Mi padre, que tambien se llamaba Slavko, nació en un rincón de tierra húmeda. Mentira, mentira, realmente no sé bien dónde nació aunque alguna vez creí visitar un pueblito de Croacia que se llamaba Netretiċ.
-Salamanca, Lisboa, América, Valencia, kilo, Oviedo -cuando estoy en España.
-Zaragoza, Úbeda, Palencia, Cáceres, Italia, Cáceres otra vez.
A mi padre seguramente le agradaba su nombre porque no sólo me lo legó a mí sino que a una mediohermana se lo regaló vestido de tul y aunque más largo empequeñecido: Slavkina. Es necesario decir que entonces mi padre vivía en Maracaibo, donde es posible encontrar personas con nombres mucho más extraños todavía.
-Sanare, Lara, Apure, Valencia, kilo, Orinoco.
-Zaraza, Uchire, Petare, Caracas, Isnotú, Caracas -en Venezuela.


Alguna vez, alguien me habló de un comic yugoslavo en que uno de los personajes se llamaba Slavko. Mirko i Slavko: ellos, dos niños partisanos que luego del comic fueron película y ahora suenan en las canciones de Gustafi y Bad copy, son el verdadero tema de este cuartiento.

-Salerno, Livorno, Ancona, Vibonati, Kilogrammo, Otranto.

-Zagrabria, Udine, Piemonte, Cagliari, Italia, Cagliari -en Italia.

Mi padre tenía un hermano que se llamaba Mirko, pero ellos no se llamaban así por la serie, que fue posterior a su nacimiento, ni la serie se llamaba así por ellos, que llevaron siempre una vida muy discreta y nada partisana.
Al final, a mí me ha terminado gustando mi nombre, a pesar de las dificultades para deletrearlo y si me lo hubiesen permitido se lo habría regalado a mi hijo.
-¿Y en otros países? ¿Cómo haces en otros países?
-Realmente no viajo tanto. Y si me toca pisar otras tierras, me quedo callado, no digo nada, ni siquiera mi nombre. Me limito a recordar la canción de Gustafi:



29 may. 2011

Quien escribe

Quien escribe es una persona normal, absolutamente normal. Con mujer e hijos. Y un trabajo que ama u odia dependiendo del clima, las colas o los días que faltan para la fecha de pago.
Cuando le preguntan qué hace, responde agricultor, estudiante o recurre a ese otro oficio, el de la fecha de pago: médico, taxista o profesor de idiomas.
Le gustaría decir “escribo, simplemente escribo”, pero dos cosas se lo impiden. En primer lugar, si así dijera, el interlocutor seguramente formularía dos o tres preguntas más: ¿cómo es eso?, ¿de qué vives?, etcétera, etcétera. O incluso se atrevería a decir alguna cosa ingeniosa como: “Bueno, pero todos escribimos, ¿acaso no aprendimos a hacerlo en los primeros años de la escuela?”. La segunda cosa es no estar seguro de poder decir “simplemente escribo” porque sabe que en sus días hay varios momentos extraordinarios que no tienen nada que ver con la literatura.
Cuando le preguntan para qué sirve la literatura, a veces se equivoca y responde cualquier cosa, lo primero que se le ocurre, pero progresivamente se ha ido dando cuenta que ésa es una pregunta que no debe responder él sino los otros: los lectores, los editores, los no lectores sobre todo.
Constantemente pierde. Ideas principalmente. Se le ocurren en el metro, en el otro trabajo o hablando con los amigos y, si no las escribe, se van volando, como vinieron. También pierde el paraguas y el celular, constantemente, hasta el punto de que ya es un parroquiano fijo de la oficina de objetos perdidos.
Pocas veces, sí, pierde sus manuscritos. Las editoriales constantemente se los devuelven, él los conserva y, aunque lucen en desorden, bastaría apenas un segundo para que él encontrase uno si alguien así lo quisiera..
Envía a concursos en ocasiones y casi siempre no pasa nada. No sabe bien si lo hace para publicar el libro rápidamente, por el dinero del premio —que, a pesar de los discursos de su mujer, no relaciona con mejoras en la casa sino con el crecimiento de su biblioteca—, para hablar con la chica de la fotocopiadora o simplemente para sentir que ha terminado el libro.
Cuando falta un día para la entrega del premio y nadie lo ha llamado, entiende que la cosa no va con él y empieza a desear que la fortuna le sonría a una persona que no sea uno de sus amigos: no le gustaría depositar en ellos su envidia.
Cuando gana, las pocas veces que eso pasa, sonríe apenas. La celebración de quien escribe no se parece a la de los ciclistas, los nadadores o los tenistas. Ni siquiera a la de los físicos cuando reciben un premio importante. Más que una alegría contenida, evidencia una preocupación. Alguien incluso ha dicho que quien escribe no sabe ganar. Parece más bien que hubiera sucedido una diminuta catástrofe en su vida y quien escribe, para subsanarla, se sienta urgentemente frente a la computadora o la máquina de escribir.
Quien escribe no se lo ha dicho a nadie, quizás ni siquiera lograría verbalizarlo, pero dentro de sí lo sabe o lo presiente: la única victoria posible en la escritura es seguir escribiendo.

18 may. 2011

Sobre el valor terapeútico de la máquina de cortar césped



Telúrico y nostágico. Siempre creí que la tierra, el contacto con la tierra y sus excrecencias naturalizaba mi presencia, la justificaba, me daba raíz. Era como si a través de un terrón, de un puñado de tierra de cualquier parte del mundo, yo lograse comunicarme con aquelllos cuatrocientos metros primigenios, el patio de la casa de La Entrada, donde aprendí a vivir y pasé horas viendo cómo se movían de un lado a otro las montañas cada vez que llovía. No sé por qué, o intuyéndolo pero sin ganas de profundizar en ello, apenas escribo estas líneas recuerdo el poema de Teófilo Tortolero, "Terrón sin amo", que siempre he pretendido saber de memoria: "Cuando la última tierra sea un terrón sin amo/ la cola de un caballo tirado en el barro por su dueño loco/ y los cándados escapen de sus nidos ...". Teófilo, que se refugió en un paraje rural a cien kilómetros de mi natal Valencia y a quien sólo vi una vez aunque leí mucho, Teófilo sería también una de las razones por las que a la hora de elegir entre vivir en el centro de la ciudad y en un pueblo cercano, siempre he optado por este último, apostando por el patio, el jardincito, la posibilidad de tocar la tierra, de plantar un rosal o de tener un árbol, no importa que no sepa su nombre. Esto, por un sendero que no logro precisar, pero que intuyo vinculado al aburguesamiento, el matrimonio y cierta estética occidental, significa también cubrir la tierra con hierba, césped o grama y, natural si se trata como yo de un muchacho de pueblo, la obligación de cortarlo semanal, quincenal o mensualmente según el tiempo. Cortarlo es un acto pesado físicamente que sólo recompensa luego con el olor, sobre todo si la fortuna humedece los tallos sangrantes, y la visión desde cierta altura. Pero, en los últimos años le he venido atribuyendo un rol terapeútico a esta acción. Inicialmente creía que se trataba del contacto con la naturaleza, el apego a la tierra, el inclinarse ante ella constantemente y darse cuenta que todos los días pueden ser miércoles de ceniza. Todo eso quizá sea cierto. Pero también lo es el calor y la fuerza que desprende la máquina de cortar césped. Catarsis pura el empujar a tres kilómetros por hora ese portento que corta, desbroza, aspira y resopla mientras construye carreteras insólitas que intersecciona al segundo y destruye casi inmediatamente después. No voy a recomendar entonces a cada amigo, paciente, lector o conocido que se compre un terrenito porque entre estafas bancarias e impuestos podría resultarle oneroso. Simplemente sugiero la tenencia parcial de una máquina de cortar césped (comprada, usada o tomada en préstamo), salir con ella todos los sábados y comenzar a cortar el primer montón de hierba que se encuentre.
Si lo hace en mi terrenito, mucho mejor.

10 may. 2011

Paradojas del amor binacional

Yo te amo y tu mi vuoi bene. Tú le llamas arepa y yo cachapa. Tú eres negrita y yo casi parezco un albino. Yo catira y tú guapo. Tú te enfadas y yo me arrecho. Yo estoy cerca de la casa de mis padres y tú tan lejos de los tuyos. Yo me siento fundador de Skype y a ti te basta con la tárifa plana. A ti te gusta el bacalao. A mí la pizza y la tamburriata. Tú eres proteíca y yo farináceo. Yo vivo en la casa de mi suegra y tú no conoces a la tuya. Amárico es mi lengua y podría ser tu profesión. Tú bebes marrasquino y yo cerveza. Yo grappa y tú tequila. En el aeropuerto, necesitaríamos brazos de diez metros para rozarnos los dedos. Tú cuentas en dólares y yo en euros. Yo en bolívares, tú en pesos. Yo necesito visa para entrar a tu país, tú para pagar en el mío. Tú naciste en La Habana y yo en Tindouf. Tú jugabas metras en Caracas y yo canicas en Madrid. Nuestro amor es posible gracias a la guerra de los Balcanes. El nuestro al tratado de Shengen, al corralito, a la promesa literaria de Barcelona, a la beca que me dio Lula. Nosotros nos conocimos en la Delegación de Gobierno. Tú y yo, en la Questura: los dos teníamos en la mano derecha il permesso di soggiorno. Nuestro primer hijo se debería llamar Erasmo. El nuestro Fidel. El nuestro Chávez. Pero lo bautizaremos en la iglesia del pueblo. Yo realmente prefiero que sea musulmán. O que no sea de ninguna religión. Pero que sea comunista. O republicano. O monárquico y del centrosinistra. Pero que tenga los ojos rasgados como tú. Que luego sea fotógrafo en la selva o cirujano en Beijing. Que sepa siempre que nos quisimos. Que sufrimos para querernos. Que aprendimos mucho el uno del otro. Que disfrutamos haciéndolo.

3 may. 2011

Un bar, por favor. Si es posible que sea de urgencias.




Junto al hospital, a tan sólo cien metros de la puerta de urgencias, hay un bar. Suele suceder. De hecho alrededor de este hospital hay cinco bares. Y así ha pasado en todos los hospitales donde he trabajado. También en aquéllos que he visitado dando trabajo. Un bar, siempre un bar. Con café, desayunos, cervezas y todos los destilados posibles. Estómago y enfermedad. Ella no exime del hambre. Y, además, tiene parientes y cuidadores, médicos y enfermeros, golosos siempre. Estos bares, por cierto, son por sí solos iatrogénicos: inducen, con los alimentos y las bebidas que sugieren, la enfermedad. Pero, harina de otro costal, prácticamente todos los bares adolecen del mismo mal y generan otros males.

La particularidad de este bar es que se llama "Bar Urgencias". Así no más. Como si fuera otro servicio del hospital. "Bar Urgencias". Por ese nombre, cuando los colegas dicen que van a urgencias, uno se queda sin saber si se trata del servicio (la cara del hospital, su puerta de entrada) o del bar.

Yo mismo más de una vez he entrado al bar dispuesto a desayunar y, al ver tantas batas blancas y el letrero que lo dice clarito, "Urgencias", más de una vez he estado a punto de llamar el próximo paciente.

Si sólo se tratara de eso, el cuartiento se quedaría aquí y no daría ni para otra línea. Pero es que además el propietario se desplaza por la ciudad en una camioneta (una furgoneta) blanca que lleva el nombre del negocio: "Bar Urgencias". El otro día la vi en el centro de la ciudad, junto al supermercado. La camioneta estaba a un lado de la calle. Y al otro una ambulancia. Los chicos de la ambulancia venían con una camilla en la que transportaban una intoxicación etílica. No sé bien si se trató de un espejismo, de algo que sólo pasaba dentro de mi cabeza y que no tenía nada que ver con lo que sucedía en la calle, pero por un segundo sentí que dudaban entre meter al paciente en la ambulancia o en la camioneta. Es que las dos eran blancas, de colores claros y tenían pintadas en ambos lados la palabra "Urgencias".

29 abr. 2011

Gusanos de seda





Cuando llegaron eran pequeños, diminutos, como deditos de bebe.

Los trajo mi hijo mayor, a quien se los había dado un compañero de colegio.

A mí ya el día anterior la madre del compañero me los había ofrecido.

Le dije que no, porque entre el jardín, las reparaciones cotidianas, los deberes paternos y el trabajo siento que ya no puedo más.

-Nada de eso importa, será tu hijo quien los cuide -me respondió ella haciéndose la simpática-. Además, tú tienes una morera en el patio.

-He dicho que no, no los quiero.

Nada de eso importó, en efecto, porque al final se los colaron a mi niño.

Los trajo en una caja de zapatos que, según dijo, se la había regalado la directora del colegio.

Debían crecer en unas pocas semanas hasta construir sus capullos y luego convertirse en crisálidas y mariposas.

-Yo me encargaré de cuidarlos -se comprometió mi hijo.

-Bueno, tú mismo.

No hice nada el primer día. Y él tampoco. El segundo, me empecé a preocupar y les llevé unas hojas de morera.

-No has cuidado de los gusanos -le dije a mi niño que estaba frente al televisor.

Él no respondió y desde entonces todos entendimos que los gusanos quedaban a mi cargo.

En ésas estoy. Cogiendo y llevando hojas. Inicialmente eran de morera. Pero ya pueden ser de cualquier cosa. De hecho todos los árboles del jardín y los del terreno de al lado están pelados, sin nada de verde.

Mi mujer y mis hijos se fueron de casa hace dos semanas, con un poco de miedo.

-Cuídate mucho. Vente tú tambien.

No les hice caso.

El problema es que los gusanos no dejan de crecer. han transcurrido ya más de tres meses de su llegada y los bichos no paran. Comen y crecen. Nada de capullos ni crisálidas. Aquí lo que hacen es comer y crecer. Yo he tenido que dejar mi trabajo para alimentarlos y a cada uno lo he puesto en una caja grande, muy grande, que también se han comido.

He intentado hablarles, pero tampoco me hacen caso. Sólo comen y crecen. Comen y crecen.

Se han comido ya varios muebles y algunos electrodomésticos.

No me extrañaría que de un momento a otro me comieran a mí también.

Para intentar detenerlos, esperando que sepan leer, escribo este cuartiento.

Ojalá al menos sirva de aviso a los vecinos.

O a los otros padres del colegio.

20 abr. 2011

Princesas: mujeres desangeladas





Nuevamente un príncipe se casa, lo cual no tiene nada de particular ya que casi todos, príncipes o no, nos casamos. El problema es que éste para hacerlo ha elegido una mujer normal. Los procedimientos a los que someten a estas mujeres para convertirlas en príncesas son espantosos y sus resultados pueden verse en Mónaco, Amsterdam, Madrid y dentro de poco en Londres. El objetivo es desangelarlas, convertirlas en momias vivas, mucho menos expresivas que sus réplicas de cera. Para ello, lo primero que hacen es inyectarles ácido clorhídrico en el lóbulo frontal. Se trata de por lo menos veinte sesiones. Como si éstas no bastaran, para terminar de quitarle expresión al rostro y así las jóvenes momias nunca más puedan mirar directamente a nadie, les malogran el recto superior de cada ojo. Además, les fracturan el codo derecho para que siempre quede semiflexionado, entregando la mano a punto de saludar. Es terrible, terrible, terrible. Y pensar que todavía se leen cuentos a las niñas en que los príncipes las besan y las convierten en nubes de tul. Yo, obviamente, no soy de esos. A mi hija se lo digo todas las noches:


-Querida mía, si conoces a un príncipe, huye de él como de la peste. Si él insiste, dale el número de teléfono de la prima más puta. Si todavía fastidia, dale a leer un ejemplar de la noveleta Barbie y dile que el autor es tu padre. Él sabrá irse, solito.

19 abr. 2011

Vibonati, de Vicente Gerbasi



-¿Le gustan las estatuas? -me preguntó navaja en mano el barbero salernitano, Renato Ciliberti, luego de decir que él era quien todos los miércoles ajustaba la barba de Alfonso Gatto.

-Las de militares no -respondí distraído-. Tampoco las de escritores y curas.

-Es que en Vibonati hay una de Vicente Gerbasi.

Vibonati, Vi-bo-na-ti. ¿En qué dirección de mi vida sus mujeres recogían las sábanas tendidas entre dos balcones, con los ojos cerrados porque escuchaban a Mario Lanza cantar O sole mio? ¿Dónde resonaba la voz de sus aldeanos el día de la vendimia? ¿Donde se estrechaban sus manos manchadas antes de iniciar la caza de un leopardo imposible? ¿Dónde esperaban el tren de un viaje infinito? ¿Dónde se agolpaban antes de trepar la escalerilla del barco que les permitiría convivir alguna vez con las figuras de Viviano Vargas, en Canoabo de Venezuela? ¿Dónde, dónde?

-Frente al Golfo de Policastro, exactamente frente al Golfo de Policastro -repitió Ciliberti, creyendo quizás que adivinaba mis pensamientos.

Otra vez se equivocaba el barbero. Alfonso Gatto había muerto en 1976 y, en mi caso, no se trataba de saber las coordenadas en el mapa italiano del pueblo donde nacieron los padres de Vicente Gerbasi, tampoco escuchar que para llegar allí desde Salerno debía tomar un tren hasta Sapri y luego buscar, en el horario de la compañía de autobuses Lamanna, las ocho letras de su nombre: Vibonati, Vibonati, Vi-bo-na-ti. Apenas pretendía hurgar en mi memoria, con los ojos cerrados y la loción alcoholada ardiendo en las mejillas, hasta encontrar el lugar en que la pequeña aldea viñatera del Sur de Italia había abierto por primera vez las puertas de sus casas ante mis ojos, invitándome a pasar y hundirme en sus «volcanes adustos», «sus selvas hechizadas».

Nada logré recordar hasta el momento del día siguiente en que el autobús al que había subido en Sapri -uno de esos autobuses que no se detienen ni continúan sino que simplemente giran, dan la vuelta y regresan como si hubieran llegado a un destino inconcebible- me escupió en Vibonati en compañía de una anciana vestida de negro y las gallinas que no había logrado vender en Maratea. Mientras veía a la anciana y deseaba que dejase de mirarme para caminar tranquilo o tomarle una foto a las gallinas, lo recordé: casi veinte años atrás, junto a mi gigantesca profesora de literatura venezolana en el bachillerato escolapio, llorando los dos luego de leer Mi padre, el inmigrante, escondiéndonos para no ser víctimas de las burlas de Manzo o del mismísimo cura Manolo. Allí, luego de repetir mil veces -como si fuera un miércoles de ceniza- el único verso del último canto, el primero del primero y del segundo, «Venimos de la noche y hacia la noche vamos», yo pregunté por la noche y ella dijo que la noche era Vibonati, Vi-bo-na-ti. La noche y la calle.

-Signora, ¿es verdad que aquí hay una estatua de Vicente Gerbasi? -le pregunté finalmente a la anciana de las gallinas.

-¿De quién? -repreguntó ella mientras las gallinas revoloteaban dentro del saco-. No, la única estatua que hay en Vibonati es ésa del Padre Pío -señaló la piedra pintada de bronce de este Garibaldi del siglo XX que los italianos colocan ahora en todas sus plazas.

Frente al Padre Pío, me persigné y empecé a calcular las dimensiones de un pueblo en el que ya -a la una de la tarde del primer sábado de mayo, con los dos únicos negocios cerrados- se habían ido las uvas y los panini y, a través de las ventanas, los vecinos se preguntaban qué hace el extranjero que no nos deja comer en paz, por qué un extraño tiene que venir un sábado a la hora del almuerzo a un pueblo donde nadie viene y comenzar a amargarnos la tarde antes del partido de fútbol.

Los llamé o soñe que los llamaba, uno por uno. Tocaba sus puertas. Les preguntaba por la estatua. Sediento, bebía el agua de la fuente. Pero ninguno sabía nada.

-No, no, la única estatua de Vibonati es la del Padre Pío que le mostró la señora -decían y volvían a decir mientras señalaban a la anciana de las gallinas.

Yo me limité a recordar Casa Natal, el cuento de López Ortega que relaciono con todos mis fracasos: un padre lleva a sus hijos a conocer la casa en que ha nacido y, luego de horas de viaje, comprueban que donde debía estar la casa no hay nada o, peor aún, un estacionamiento. ¿Cómo había podido desaparecer el busto? ¿No se trataría más bien de un engaño de Ciliberti? Barbero charlatán, igual ni siquiera sabe quién es Alfonso Gatto. En eso estaba, maldiciéndolo, cuando un grupo de tifosi de la Salernitana se apiadó de mí.

-¿Gerbasi? Sí. Quizas se trate del acto que hicieron hace como cinco años en el Comune.

-Seis o siete, más o menos. Vino el embajador venezolano y el vice-presidente del senado -agregué yo a punto de llegar a un acuerdo.

-Está allí, adentro -dijó el menos joven sonríendo, presintiendo mi Casa Natal, mientras señalaba la reja encadenada de una alcaldía que más bien parecía una escuela pérezjimenista.

Fui hasta la reja. Quizás detrás de ella había un patio y, en el centro, la estatua de Vicente con una taza de café en la mano izquierda. Pero no, no detrás de la reja, allí sólo había una escalera, la cartelera de los matrimonios y dos afiches de las últimas elecciones.

-¿Y la iglesia? ¿Dónde queda la iglesia? -pregunté pensando en una bilocación imposible o en el patio de la lejana iglesia de mi infancia: algunas matas de mango y los bancos durísimos que había donado la familia Dao.

-Su -dijeron ellos y señalaron la cuesta.

Decidí caminar hasta alcanzarla. Emprendí la subida infinita y, como la única persona en invitarme a comer fue la loca del pueblo, le dije que no, muchas gracias, preferiría no hacerlo, como si fuera Bartleby.

Frente a la iglesia, me detuve para ver el mar. Era hermoso, pero no valía el viaje hasta Vibonati. De todas maneras, comencé a hacer fotos. Para sentirme como un turista o para aprender a hacer fotos.

Iba por la cuarta o la quinta cuando una voz se atravesó entre el objetivo y la plaza:

-¿Qué hace?

Era la sacristana que, sorprendida, no podía entender que alguien le hiciera fotos a los tejados de Vibonati.

Le conté mi desgracia y ella prometió ayudarme: su hermana era secretaria del Comune y, si yo la esperaba, descendería conmigo, me abriría las puertas de la alcaldía, subiría en mi compañía hasta el primer piso y, en un rincón, entre dos carteleras y una caja de resmas de papel dispuesta en el suelo, me mostraría el busto -así lo dijo varias veces, el busto, el busto- de Vicente Gerbasi.

-La única estatua que hay en Vibonati es la del Padre Pío.