29 dic. 2014

Después de entregar los regalos, Santa Claus tiene guardia en el hospital




Al hijo pequeño le intriga que el día de Navidad
papá (que es Santa Claus y Papá Noel) deba trabajar
en el hospital,
y pregunta cómo será la guardia
quién acudirá, si el trabajo será más fuerte que traer millones de juguetes
desde Finlandia (No puede ser, ¿verdad?)
pero sobre todo quién trabaja además de papá
(¿Por qué? ¿Lo han elegido o simplemente les ha tocado?).

El hijo se sorprende al saber
que mayormente es un asunto voluntario:
(¿Por qué? ¿Acaso no quieren comer con la familia?).
No se trata de eso, le responde el padre.
Es que alguien tiene que trabajar.
(Pero, ¿y qué se come?).
Para ello al mediodía se reúnen médicos y enfermeros,
los que vienen de Finlandia y de Cirugía,
los de Medicina Interna y República Dominicana.
Parece una convención internacional de Santa Claus
y los camareros de siempre visten levita,
nada de camisas percudidas
ni pantalones manchados de bechamel,
y no permiten que Papá Noel agarre la bandeja
y se sirva él mismo lo que quiere.
(Siéntese en la mesa, doctor, enfermero,
usted que es Santa Claus y Papá Noel,
siéntese que nosotros le llevaremos
los aperitivos, el primer plato y el segundo,
los cafés y una bandeja de turrones).

Igual los pacientes luego comienzan a venir,
agobiados, sufrientes.
Ellos también han sido Papá Noel y Santa Claus.
(Felicidades a todos, pero no puedo más).
La convención internacional se ha multiplicado.
El día de Navidad, la ciudad toda es un gran centro de convenciones
y el hospital apenas una de sus salas.
Así la vida continúa. Y la enfermedad. Incluso la muerte.

Al día siguiente, el día de San Estebán,
padre e hijo armarán el juguete
que vino de tan lejos.
(¿Lo dices en serio? ¿Me lo prometes?).
Ya verás que sí, pero luego has de estar junto a mí,
mientras yo duermo.
La de Navidad es una semana difícil para papá.
(Es que no sólo eres Papá Noel y Santa Claus,
eres el médico de guardia también).

23 dic. 2014

Otra vez, Cuartiento de Navidad (porque la vida es cíclica)

Que te den todo lo que te han prometido.
Que te traten bonito. Que te vaya mejor.
Que no te toque trabajar en los días señalados y, si te toca, que te puedas conectar a la red para leer Cuartientos.
Que no te obliguen a cenar en compañía de la familia política. Y si lo hacen que te expliquen por qué. ¿Por qué la llaman familia, por qué política, si no es ni lo uno ni lo otro?
Que tengas huéspedes agradables en casa o un anfitrión generoso.
Que los niñitos te quieran.
Que te regalen lo que de verdad deseas o que no te regalen nada.
Que a nadie se le ocurra contar delante de ellos que una vez te disfrazaste de Papa Noel.
Que te inviten a comer una hallaca y puedas hacer en casa tu propio pan de jamón.
Que el vino sea tinto.
Que no te fotografíen borracho ni desnudo y, si lo hacen, que no cuelguen las fotos en ninguna parte.
Que no tengas que conectarte mucho a facebook.
Que recibas una llamada bonita e inesperada.
Que te deseen feliz navidad en tu lengua o con una voz bonita.
Que veas una flor. Mucho mejor si la planta crece en tu balcón.
Que te toque la lotería o que te des cuenta que la lotería ya te ha tocado.
Que te den un beso, pequeño o grande, un beso sincero.
Que se te escape una lágrima. Y una sonrisa.
Que comas y no te preocupes por engordar.
Que esta navidad sea intensa e interna, que ocurra dentro de ti. Que la máquina de coser no se dañe.


Mecanismos belén. Fotografía de Javier Roy. Reproducción autorizada por el autor.

13 dic. 2014

Final de guardia


A las cinco de la madrugada, mientras el frío y la lluvia no dejan salir a los pacientes de sus casas, un médico y dos enfermeras leen poemas de William Carlos Williams en las urgencias del hospital.
-El también era médico, ¿sabes? -le dice la enfermera más joven al galeno.
-Es que yo nunca he podido entender la poesía -responde él.
-No es cuestión de entender. Para eso ya tendrás tiempo -le dice ella convencida y empieza a leer en voz alta, invitándolos a que sigan el poema en la pantalla del ordenador.
Treinta minutos antes, esa misma pantalla permitió la lectura de un diagnóstico feroz. Y al inicio de la guardia registró dos electros planos. Ahora aparece en ella una mujer joven y alta, sin sombrero, que examina el interior de una zapatilla, intentando sacar el clavo que la lastimaba.
La enfermera continúa leyendo y el médico le pide ahora leer juntos el poema de la parturienta..
La otra enfermera, abstraída, piensa que en este hospital también hay parturientas. Hay incluso enfermas mortales, embriones que se pierden, fetos que comienzan a llorar. Alguna carretilla seguro habrá en la última planta y, en el patio psiquiátrico, cada cierto tiempo un casco de botella verde se convierte en alucinación con percepto.
Así han pasado por lo menos cinco minutos. Los tres parecen detenidos en el interior de un poema de William Carlos Williams. Gracias a él se sienten más humanos y los ojos del médico, hasta ahora imperturbables, dejan ver las durezas de la guardia. Igual ninguno quita la atención de la pantalla. No se dan cuenta que la lluvia ha amainado y los despierta el anuncio de una visita pendiente. 
Ha terminado la tregua, ya comienzan a llegar los pacientes. Pero el médico ahora sabe que no es necesario entender la poesía..

23 nov. 2014

Maletín




¿Qué lleva dentro de sí el maletín de un médico que hace visitas a domicilio?
Los pacientes no los saben porque el médico suele usar el maletín como el sombrero de un mago y va sacando de él instrumentos y medicamentos con sigilo.
Usualmente no se despliega el maletín. Apenas se abre una de sus bocas para que la mano galena extraiga la pieza necesaria.
Incluso muchos médicos que nunca han hecho visitas a domicilio no saben qué puede contener un maletín así aunque sea posible deducirlo: un estetoscopio no faltará, seguro. Y analgésicos, si antipiréticos mejor. ¿Un equipo de cirugía menor? Quizá, pero no es seguro: en la actualidad, toda situación quirúrgica, por menor que sea, es preferible abordarla dentro de las paredes de una institución de salud.
Puede haber incluso quien rice el rizo y suponga que su contenido depende de la especialidad. Estoy de acuerdo. En la época del electrochoque sin vaselina (no estoy hablando de la terapia eletroconvulsiva, sino del electrochoque, tal como lo inventaron Bini y Cerletti) recuerdo un psiquiatra (un querido psiquiatra) que incluía en su maletín un convulsiómetro con sus electrodos. Con el tiempo, agregó también unas ampollas de haloperidol y otras de sinogan. Ése era el contenido de su maletín sabatino, cuando atendía los pacientes a domicilio.
Desde la corriente antimédica alguno supondrá que un maletín de médico fundamentalmente contiene dinero. Suposición equivocada, seguro, al menos en la actualidad, pero sirve para remitir al lector a una novela querida: Los maletines, de Juan Carlos Méndez Guédez. 
Conozco también una versión telúrica, una especie de poema objeto: el maletín de William Carlos William (que en una esquina de la fotografía ilustra el cuartiento) además de un estetoscopio puede contener hojas secas y cascos de botella, como sus poemas.
Para solucionar estas dudas hoy le pregunto a un médico de pueblo que viaja conmigo en el tren cuál es el contenido del maletín con que hace las visitas domiciliarias.
-Está súpercompleto. Lo compré en Internet.
Su maletín originalmente estaba en el suelo del vagón pero tras mi pregunta ha levitado sesenta centímetros y se encuentra frente a nuestros ojos, los suyos y los míos.
No tiene la piel noble del maletín de William Carlos Williams, pero sí un tejido sintético que se supone impermeable. Parece más bien el maletín de una computadora portátil anacrónica y robusta.
-Mira todo lo que llevo dentro.
Abre la pestaña delantera y señala los talonarios de recetas: las rojas para los pensionistas, las verdes para los que no.
-Y esto de aquí -dice señalando una tabla rígida- es para apoyarme mientras escribo.
Luego abre el corazón del maletín. Señala el estetoscopio, la bata doblada, el tensiómetro, el saturímetro, el otoscopio, los depresores linguales, el termómetro.
En un bolsillo interior, ampollas: diazepan, matamizol, haloperidol, algún mórfico, dos ampollas de adrenalina.
Debajo del tensiómetro y del otoscopio, pastilleros con paracetamol, captopril, algún antianginoso.
-Los fármacos son del centro de salud -aclara-. No vinieron por Internet.
Luego abre el bolsillo de la cara posterior. Allí están los libros, el vademecum, un atlas de electros y un pequeño manual de urgencias. Detrás de ellos, una tableta electrónica.
-¿Y qué tienes allí? ¿Los algoritmos?
-No, nada que ver. Fundamentalmente las fotos de mis perros. Y la saca de maletín, cierra éste y comienza a enseñarme las fotos de dos simpáticos cachorros que en este momento, mientras él los muestra y describe, le estarán cagando todo el apartamento.

14 nov. 2014

Roncan los médicos


Roncan los médicos en el tren recién salidos de la guardia.
El cardiólogo se durmió leyendo una novela de Tolstoi, que también era médico.
El oncólogo de cansancio puro. Lo despertaron tres veces en la noche: una resucitación exitosa y dos exitus letalis. Ninguno era paciente de su consulta, pero igual abruma.
El de urgencias no pudo dormir siquiera un minuto. Hubo siempre pacientes en la sala de espera y, cuando pudo ir a la cama, sonaba estrepitosamente la cisterna del retrete de la primera planta.
El psiquiatra no tuvo tantos pacientes, pero con el penúltimo intentó una contención conservadora ("Apenas un Zyprexa y un Valium", se quejaban los enfermeros) que no funcionó.
El residente de traumatología ha trabajado treinta y dos horas seguidas. Una vez intentó quejarse y el jefe lamentó su actitud: "¿Quieres vivir como un mendigo estos cinco años y luego como un rey toda la vida? ¿O todo lo contrario? Eligió ser rey y por eso el dermatólogo lo ve pasarse de parada. De hecho los ve a todos dormir. No porque sus lentes estén mejor graduados sino porque es el único médico del tren que no hace guardias.

3 nov. 2014

Trenes

El tren se detuvo por la lluvia. En el vagón, alguien comenzó a hablar de un cortocircuito advirtiendo que la espera sería larga. Él decidió mirar a través de la ventanilla. Así vio cómo el tren que venía en sentido contrario también se había detenido. Los dos trenes estaban uno al lado del otro y él pensó que la chica que estaba a su lado, pero en el otro tren, podía llamarse Lucía. Junto al abrigo dispuesto frente a ella, había una bolsa con dos libros y una botella de vino tinto. “¿Leemos o bebemos?”,  le preguntó a través del cristal. “Ni lo uno ni lo otro”, respondió ella logrando sorprenderlo.
Sonriendo, se observaron amistosamente durante varios minutos.
Cuando los trenes partieron, ella le señaló la bolsa de la librería. 
Así ya él sabría dónde encontrarla.

29 oct. 2014

Primer teorema de Zupcic


EVENTO O NOCIÓN QUE LO SUSTENTA
En octubre de 2014, un joven madrileño es acusado de estafa y los medios de comunicación desvelan que para llevar a cabo su cometido hacía gala de supuestas relaciones de privilegio con la Casa Real, La Moncloa y el partido de gobierno. De hecho son publicadas fotos suyas al lado de José María Aznar y saludando al nuevo Rey, entre otras. En público y en privado, las aventuras de este joven se convierten en tema frecuente de tertulia y las explicaciones más usadas para su gesta son la psicopatomegalomanía (el estafador es un paciente psiquiátrico que ha engañado a todos, incluyendo los servicios de seguridad del estado) y la picaresca (el estafador es un delincuente, pícaro heredero del Lazariillo de Tormes, que ha engañado a todos incluyendo los servicios de seguridad del estado). 
El teorema de Zupcic no pretende ser psiquiátrico, literario ni criminalístico. Tan sólo contempla el asunto desde una perspectiva humana y aporta una tercera explicación en la cual no hay engaño sino connivencia y gracias a ella este efebo tenía acceso a círculos tan privilegiados.

PRIMER TEOREMA DE ZUPCIC
Causas y/o consecuencias del muchas actividades humanas están relacionadas con la búsqueda de tres agujeros. Otras obedece a la búsqueda de dos. Y las que quedan a la búsqueda de sólo uno.

23 oct. 2014

Esto es tenis, querido(s) Watson (y Crick)

(desde el Open de Valencia)



Creo en ello sinceramente: no hay mejor lugar del mundo para vivir que esta Valencia española, entre Alicante y Castellón. Por sus calles, sus montañas, porque desde aquí todo parece estar cerca y , fundamentalmente, por el carácter afable y generoso de sus habitantes.
Atrás, en sus memorias, quedan las palabras de Giacomo Casanova advirtiendo de la falta de buen vino, lugares de buen comer y hombres de letras. Esta provincia es una maravilla. Que nadie lo olvide ni deje de decirlo. Lamentablemente, está llena de paradojas. Eso es lo que con rabia pienso mientras visito el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe.
Me viene inmediatamente a la memoria un artículo escrito hace unos más de diez años en su contra por el gran José Pardo Tomás (a Pepe no debería bastar con nombrarlo en un cuartiento,.debería escribirle cien cuartientos seguidos porque fue él quien, en la Universidad Autónoma de Barcelona, me enseñó a construir textos decentes que no fueran de ficción). Pues mi admirado Pepe se quejaba del desmadre que era este proyecto, de la sinrazón y falta de orden que albergaba y de la ausencia de criterios científicos e historiográficos en su planificación.
Pues me tocó ir al museo y ya estaba preparado para lo peor. He visto tantas cosas en sus alrededores. Recuerdo que cuando vino el Papa colocaron cientos de retretes portátiles junto a sus paredes, muchos de los cuales ni siquiera fueron premiados con una defecación, sólo para generar gasto y ganar comisiones. Sé que un poco más allá está el Palau de la Música y que Calatrava todavía no sabe cómo solucionar el problema de su trencadís y que, lo que es peor, nadie sabe todavía quién terminará pagando todo ello aunque se sospecha que será el de siempre, el contribuyente. Pues hoy, en el Museo de las Ciencias, me he encontrado la reproducción de la doble hélice de Watson y Crick, la doble cadena helicoidal que reproduce la molécula de ADN, una escultura de aproximadamente cinco o seis metros de altura, en medio de dos canchas de entrenamiento de tenis porque se juega el Open de Valencia y la ciencia tiene que arrimar el hombro al deporte, como si no bastara con los anabolizantes.
Así, mientras David Ferrer practica, una pelota se escapa  y alcanza la doble hélice incorporándose a ella, como si fuera una base nitrogenada: guanina, citosina o ferretina. Luego vendrá una de Andy Murray: adenina no, andenina.
El público aplaude la fuerza de sus héroes, la velocidad que alcanzan sus envíos y este cronista se da cuenta que el gran Pepe Pardo tenía razón y que aquí nunca se debió construir un Museo de las Ciencias, sino que ya que aquí parece que lo único que se hace es deporte (como diría Benjamin Black) directamente se debieron construir cinco canchas de tenis, para lo cual por cierto no era necesario el concurso de Calatrava.

17 oct. 2014

Cercanías Castellón



Al vagón de los médicos suben ahora también los estudiantes de medicina. Menos empotrados que los de ingeniería en los celulares, pero más o menos los mismos, sobretodo porque en algún momento del trayecto sacan la comida casera y el vagón todo se llena de olores: ajo y chorizo, fundamentalmente.
Así íbamos. Los cardiólogos, uno en cada extremo, como si tuvieran miedo de encontrarse también en el tren. El oncólogo con una bolsa de comida que recoge en el mercado central antes de llegar a  la estación. La digestóloga del otro hospital leyendo los artículos del marido. Yo, debo reconocerlo, me debatía entre comenzar a leer la novela de Roberto Iniesta (el mismo de Extremoduro), El viaje íntimo a la locura, y terminar de leer Pulp, de Bukowski, una novela que es dura de coger por cualquier extremo.Fue por uno de los dos libros o por el estudiante de ingeniería que abrió la choricera que se detuvo el tren. Siempre lo hace, pero esta vez duro diez minutos. Luego avanzó cincuenta metros y llegó a la estación de Xilxes, donde estaba detenido el tren que había partido quince minutos antes que nosotros. Allí, mi compañera de asiento (estudiante de comunicación social o medios audiovisuales seguramente) comenzó  a ver una cartelera electrónica en el andén: "Por incidencia los trenes de cercanías tienen un retraso de treinta minutos".
-¿Qué pasó?- le pregunto la amiga con la que venía cruzando las piernas desde el inicio del trayecto..
-Seguro que alguien se tiró a las vías.
-El otro día también pasó. Espero que no. Da un mal rollo.
Pasaron otros cinco minutos y esta vez hicieron el anuncio por la megafonía del vagón:
-Por accidente ocurrido en las vías el tren demorará más de media hora en llegar a su destino y en este momento procederemos a engancharlo al tren que nos precedía.
-Qué putada - dijeron los estudiantes de ingeniería. -Ese tren se para en todas las paradas. Ahora nosotros con ellos.
Todo el mundo comenzó a agitarse, alguno insinuaba reclamación, pero otro en el fondo (no era médico ni estudiante de medicina, debía ser de ingeniería) interrumpió la zozobra con una llamada telefónica a todo pulmón.
-Mamá, saca tú a la perra que el tren va a llegar tarde.
Eso dio pie para que otro estudiante (¿de ingeniería, de medicina?) comenzará a vociferar apenas a dos filas detrás de mí:
-Es que si quedó con vida yo lo mato -no se refería a la perra ni al estudiante que procuraba que no defecase en el salón. hablaba del accidente, de lo que había generado el accidente en las vías del tren.
Lo repitió varias veces y quienes lo acompañaban más bien reían.
Los médicos conservábamos la calma. Cada uno en los suyo o simplemente pensando.
-Pero, ¿Por qué demoramos tanto? ¿Por qué no lo recogen y ya está?-pregunto la de comunicación social.
Me extrañó que diera por seguro que se trataba de un intento de suicidio. Sin embargo, le respomdí.
-Es que ha de venir el juez y el médico forense.
La niñata nada dijo y me miró casi con asco, como si le hubiera pedido salir con ella. Yo seguí entonces intentando leer a Bukowski.
A los quince minutos, el tren volvió a arrancar aunque muy lentamente.
Cuando pasamos por la estación de Les Valls, aminoró la velocidad todavía más y cambió de rieles.
La chica a mi lado comenzó a gritar.
-No miren. No miren. Es espantoso -gritaba y lloraba simultáneamente.
Obviamente todos miramos.Médicos, estudiantes y uno que otro trabajador de tribunales que también sube al vagón.
Sobre los rieles, había una cabeza, una cabeza sola, sin cuerpo ni nada aunque con mucha sangre alrededor. Y, dos metros más adelante, un brazo gordísimo. tan gordo que alguno discutió todavía por cinco minutos que podía tratarse de una pierna.
-Pero, ¿cómo es posible que no lo hayan recogido todavía? - me preguntó la muchacha del asco.
No le respondí. Yo también tenía la misma duda o, lo que es peor, tenía la sensación, quizá compartida con la mayor parte de los pasajeros, de haber llegado tarde, muy tarde. 
O de no haber llegado a ninguna parte.

25 sep. 2014

Bicicleta de médico


Pequeña y grande a la vez
Como una cuerda de violín
enrollada en el interior de un sobre blanco
junto al saco de perrubia
Como un estetoscopio, ligera
Precisa como un rayo de luz
o las ondas de un electro
Imprescindible como un ambú

Que el acto de abrirte
parezca inicialmente un malabar
que se simplifica progresivamente

Que prácticamente no suenes al rodar
como un diagnóstico feliz

Que se vea que has rodado
y tengas arrugas cicatrices óxido
pero que has sido cuidada por las manos
que ahora te cierran multiplicándote
haciéndote ocupar
un espacio mínimo en la consulta

Plegable



10 sep. 2014

El Previno, by Mario Puzo


En una librería médica, El Padrino estaría sin duda entre los libros de medicina preventiva.
Por ello, el escritor que  lo admira puede publicar crónicas de viajes ya realizados, pero no proyectos de escritura.
Lo segundo Don Vito Corleone nunca lo perdonaría.

4 sep. 2014

Sala de espera




Hablando de medicos y pacientes, no existe una única sala de espera. Es un asunto seguramente descuidado que se multiplica a partir de la observación detenida, el sentido común y, para advertir hacia dónde vamos, el aporte de Erving Goffman según el cual en las instituciones sanitarias no sólo existe un front space sino también un back space. Comencemos por el front space. La más conocida de las salas de espera es la del despacho o consulta privada. Normalmente es un espacio aséptico donde en horario de atención conviven miradas adustas, rostros preocupados, revistas caducadas y alguna decoración neutra que no permita saber de las inclinaciones políticas artísticas ni religiosas del médico que atiende sus detrás de la pared. Ciertamente esta situación tiene excepciones. Hay compañeros que prefieren que sus inclinaciones políticas y religiosas sean conocidas porque dependiendo del entorno eso les garantizará más pacientes o que los pacientes que ya tienen sientan reforzadas durante la espera su fe, sus creencias o simplemente su decisión al escoger galeno. Están también las salas de espera de hospitales, centros de salud y centros de consultas públicos. Mayor y universalmente atestadas de gente, lo cual en ocasiones garantiza calor, caos, ruido y una merma de las condiciones higiénicas. Esos espacios, privados y públicos, pueden también tener vida en horarios que no son de atención. Hélo aquí, éste es el back space: la sala de espera de una consulta privada puede ser el escenario de un encuentro amoroso o de su preludio y la de un hospital, ya que quizá en una de sus esquinas cuelga una pantalla, el lugar donde un grupo de vigilantes se reúnan para ver un partido de fútbol, el escenario de una asamblea de trabajadores o, en plena noche, el dormitorio improvisado de un enfermero. Sin pretenderlo, éste cuartiento ha sesgado el uso del back space y ha hecho parecer que sólo el personal sanitario puede hacer uso de él. Falso totalmente. También los pacientes: en instituciones públicas, la sala de espera es un lugar donde el paciente con problemática social asociada a su enfermedad en ocasiones pretende habitar: dos o tres horas hasta que termine la noche o, como me tocó ver alguna vez en un hospital sudamericano, todo la vida que la enfermedad permita. Este paciente era demasiado especial y había instalado una tienda de campaña en la entrada del servicio de traumatología y allí estuvo viviendo luego del alta hospitalaria durante por lo menos dos años.
Ahora bien en medicina el paciente no es el único que espera. El médico también lo hace. Espera la llegada del paciente. Y, aunque puede no hacerlo en la sala de espera convencional, lo hace en la consulta y la convierte así en su sala de espera. Se podría decir que su sala de espera es un espacio más psíquico que físico y se instala, se puede instalar, en la consulta, en la sala de juntas, en los pasillos, en el bar del hospital. Esta sala de espera puede ser un espacio dedicado a la búsqueda y/o consolidación del conocimiento, a la investigación o, ¿por qué no?, a las relaciones humanas, a la introspección o a la nada. Es el espacio en que el médico espera al paciente. Puede ser inexistente, breve o infinita. En los primeros casos, los pacientes entran uno detrás de otro, sin posibilidad de tregua o pausa. Sé de colegas que visitan pacientes en varias consultas (dos o tres) de manera simultánea. Uno detrás y al lado del otro, como churros. Y, además, lo hacen bien. Otros se toman una pausa entre paciente y paciente.
-Vamos a fumar -me decía un profesor a quien todavía venero-. Hemos estado trabajando con pacientes psiquiátricos  y esto hay que llevarlo poco a poco.
Los casos de sala de espera infinita son extraños, pero existen. Consultas con poco volumen de pacientes que existen por un capricho burocrático. O de colegas que deben cubrir una consulta durante un horario inusual. Un colega medritor que estuvo destinado en una de ellas durante dos meses me lo contaba así:
-Los viernes en la tarde no venía ningún paciente. En el primer mes, sólo leyendo los viernes, acabé 1Q84 de Murakami.
-Interesante - dije como pensando en voz alta.
-Claro que es interesante. Es un gran libro a pesar de que al final es una novela de amor.
-Perdona -lo interrumpí-. No me refería al libro de Murakami. Como empezaste a hablar de literatura, pensé en la posibilidad de escribir un cuartiento sobre salas de espera y terminar hablando de Max Aub.
-Pero, ¿por qué en Max Aub?
-Porque en México tenía una revista que se llamaba Sala de Espera.


28 ago. 2014

Canción de Moliterno




(cuartiento-sueño differenziato)
En la ferretería del pueblo el aire era espeso como una neblina caliente. Parecía que un elefante había estado allí, bebiendo entre las escaleras de aluminio y los capazos de paja una jarra de café con leche. Quizá fue por eso que yo pedí una hogaza de pan. Era una ferretería, pero igual me la dieron: una hogaza de pan y una especie de focaccia húmeda, manchada de tomate, que me dijeron se llamaba pipo.
Dudé cuál morder, pero me decidí por la hogaza. Qué maravilla, un buen mordisco en el centro, directo al corazón recién salido del horno de leña. Nada de cachos ni de nocachos arrancados con la mano. Éste fue un mordisco soberano, el mordisco que apenas había comprado una hogaza de pan en una ferretería. Por eso no me extrañó que aparecieran entonces muchas puertas frente a mí, cada una con la llave dentro de la cerradura. 
Comencé por la más grande. Apenas la empujé, la música me arrastró dentro. Cantaba el primo Peppino. Cantaba, bailaba y tocaba la guitarra, mientras los camareros servían vino y bocconcini di mozzarella.
En el fondo del salón había otra puerta. Detrás de ella un hombre de ojos y orejas grandísimas se ofrecía para acompañar y escuchar. Era el hombre oreja, un hombre inmensamente bueno a quien inmediatamente comencé a llamar fratello. Él me acompañó hasta la siguiente puerta. Al abrirla, un anciano que etiquetaba botellas de vino acudió a nuestro encuentro y nos ofreció una copa, mientras su mujer limpiaba concienzudamente, como si le fuera la vida en ello, una aspiradora.
-Sigue caminando-  me dijo el fratello y yo seguí abriendo puertas y recibiendo abrazos.
De una de las personas que me abrazó me impactaron sus ojos. No se lo dije pero igual lo pensé:
-Qué bonitos ojos tienes, ¿cómo te llamas?
-Valeria -me respondió la muchacha como si me hubiera leído el pensamiento-. ¿Ya fuiste a Capri? -me preguntó señalándome la puerta azul en medio de las piedras-. Allí entras, sueñas que vas a Capri y a  un autobús se le cae el cristal trasero mientras sube la cuesta. 
-Claro -le dije y le mostré una foto que había hecho con el celular.
-Te toca entonces empujar esa puerta. Es Napoli y en la pizzería del sueño debes salir bajando por la escalera de emergencia. Antes, seguramente un gigante te guiará entre las ruinas de Pompei.
Sucedió tal como Valeria había dicho pero luego desperté en la plaza del pueblo, la Villa Comunale. Yo llevaba dos bolsas de basura, una de residuos orgánicos y otra de plásticos, e intentaba dejarlas junto a un árbol sin que me vieran los policías.
-Esto es Moliterno -me dijo el fratello, que había aparecido nuevamente a mi lado-. Aquí es más fácil deshacerse de un cadáver que de una bolsa de basura.
-Tú no te preocupes, ya verás cómo me deshago de ellas y nadie me dice nada. Luego vamos a visitar la Chiesa Madre y, si nos da tiempo, subiremos hasta el Castello.
-No llegues hasta allí que no hay nada dentro. Por eso la puerta está cerrada y sin llave en la cerradura- el hombre oreja había desaparecido y quien me hablaba ahora era una muchacha que se presentó como Giuliana y cuidaba de dos niños morenos.
-¿Cómo se llama el pueblo? El hombre oreja me lo dijo pero ya se me olvidó. ¿Puedes repetírmelo?
-Por supuesto, esto se llama Moliterno. Mo-li-ter-no.


24 ago. 2014

División por género de las tareas domésticas en parejas menores de 44 años que habitan en la Comunidad Valenciana (2014)



El hombre hace la compra y cocina.
La mujer ordena la compra en la despensa y, mayormente, mete los platos sucios en el lavavajillas. Si le toca cocinar a la mujer, se come fuera y el hombre paga.
El hombre cuida del jardín, el coche y todas las reparaciones menores de la casa.
La mujer entrevista, selecciona y contrata a las chicas de la limpieza.
El hombre contrata, acompaña, supervisa y paga la actividad de fontaneros, electricistas, mecánicos y albañiles cuando son necesarios.
La mujer supervisa los deberes de los niños excepto los relacionados con ciencias y matemáticas que corren a cargo del hombre.
El hombre lleva a los niños al parque. 
La mujer visita a su propia madre.
El hombre paga los impuestos.
La mujer va al casal o al club y se reúne con las amigas.
El hombre hace bricolage en el sótano.
La mujer se encarga de meter y sacar la ropa de la lavadora y mayormente contrata una persona para su planchado.

Post-scriptum:
1) Registro objetivo de datos recogidos de forma aleatoria sin interferencia de la edad, sexo o estado civil de él o los recolectores de datos.
2) Según se ha evidenciado estas actividades son realizadas de forma egosintónica y no son motivo de discusión, separación, divorcio ni cambio de sexo.
3) Toda colaboración proveniente de investigador certificado será aceptada e integrada al estudio.


11 ago. 2014

Rodríguez (estar de)

En el salesiano colegio en que transcurrió mi infancia tenía, uno detrás de otro y ordenados alfabéticamente por el segundo apellido, once compañeros de apellido Rodríguez. De treinta o cuarenta que éramos, once eran Rodríguez. Incluso había dos que repetían: Rodríguez Rodríguez. Supe entonces desde pequeño que Rodríguez era un apellido común y alguna vez se lo dije a uno de los repetidores, JF Rodríguez Rodríguez, que era mi amigo.
-Y Zupcic seguramente será común en el país de tu padre -se limitó a responder éste mientras Viñas García, que con los años participaría en un golpe de estado, estaría exiliado en Perú y después dirigiría el principal aeropuerto venezolano, intentaba mediar entre nosotros, para evitar que la sangre no llegara al río.
De la España que habito siempre me intrigó que el Rodríguez, el estar de Rodríguez, significase estar solo en casa, sin la mujer y los niños. Mucho más en la última semana, que han aparecido dos artículos sobre el tema, el último de ellos escrito por el admirado Fernando Iwasaki en la revista dominical de El País. Ambos atribuyen el origen de la expresión a una película  más bien discreta de José Luis López Vásquez, El cálido verano del señor Rodríguez (1965) y se maravillan de que a pesar del escaso éxito de la película la expresión haya calado tanto y permanezcan su recuerdo y uso todavía.
No es extraño que ahora los escritores escriban o escribamos sobre el asunto. Es verano y, en el Mediterráneo, con la canícula, mujeres y niños abandonan las ciudades, se van al campo, a la playa o sencillamente a los lugares de origen, dejando a los hombres trabajando y cuidando las casas.
Cada quien hablará por su experiencia y según la mía la circunstancia es especialmente infeliz. Estar de Rodríguez significa en primer lugar un mal comer porque a pesar de la experiencia que se tenga entre fogones y sartenes no es lo mismo cocinar para seis o cuatro toda la vida que hacerlo durante una o dos semanas para una sola y por si fuera poco primera persona. Significa también lavar a mano los calzoncillos porque da la impresión que no tiene sentido llenar una lavadora con ellos a pesar del tamaño que han ido ganando con el tiempo.O que, dueños absolutos del televisor, en la tonta pantalla no hay nada digno de ver y en caso de cansancio se terminará viendo los programas que por idiotas normalmente se les prohibe a los niños.
El agravante radica en que todo el mundo presume que quien está de Rodríguez está feliz y cuando lo encuentran, en la calle o en el hospital, le dedican una sonrisa pícara:
-Así que estás de Rodríguez, ¿no?
-Pues sí, de Rodríguez. No me puedo quejar.
La capciosidad implícita en pregunta y respuesta obedece al verdadero origen de la expresión que obviamente no es la película de López Vasquéz aunque ésta recoge en parte su picaresca.
-La expresión se debe -me comentó hace años un querido y experimentado compañero de profesión - a que antes cuando los maridos se quedaban solos en casa aprovechaban el tiempo yendo a los lugares de mal vivir y, si las chicas les preguntaban el nombre, para no ser recordados ni identificados, decían el apellido más común, el primero que se les venía a la cabeza y que, obviamente, no coincidía con el propio: Rodríguez.
De allí viene la expresión, el estar de Rodríguez, ya que así estaban los machos de verano en el siglo pasado: bailando, bebiendo y acariciando. En este siglo más cruel, los Rodríguez seguimos existiendo y en verano todavía metemos mano, en la cocina y en la lavadora, pero mano siempre.



28 jul. 2014

La más mala



Todos conocemos o creemos conocer a la mujer más mala del mundo. Fue novia, esposa, compañera del trabajo, vecina o amiga de la infancia. Una de todas o varias. En los casos más desgraciados, todas. En los menos, se trató apenas de un encuentro esporádico. En los intermedios, es posible conocerla varias veces. Primero, como novia: rubia, espigada y arquitecta. Luego, vecina: morena, enana y gerente de un banco.
-Yo ya te conocí -se aconseja decirle al apenas verla-. Pero tenías otra piel. Eras otra cosa.
Lo que siempre se repite cuando habñamos de la mujer más mala del mundo es que se trata de un espécimen dedicado al ejercicio de la maldad. Es una mujer mala, verdaderamente malvada, MALUCA.
Siendo tan mala se especializa en ocasiones en ocultarlo. Por lo que hay personas que creen que uno exagera al dedicarle un cuartiento.
Pero es muy mala. Basta mirarla detenidamente. Recordarla en dos o tres ocasiones distintas en que su maldad era instilada de forma aparentemente casual.
Es la mujer más mala del mundo aunque no todo el mundo la llama así.
-Es terrible, muy fuerte -dicen sus propios padres cuando están lejos de su influjo.
-Es como un vicio que tiene y le gusta dañar y fastidiar -dice la segunda ex-suegra.
Su psiquiatra ve en ella una paciente e intenta una mirada objetiva.
-Es un trastorno límite de personalidad.
-Pero, ¿le puede dar cita para hoy?- le pregunta la secretaria.
-Sería mejor dentro de quince días.
El sacerdote cada vez que la confiesa, sin que ella pronuncie ninguna palabra, la manda a rezar diez padrenuestros. La exime, no se sabe por qué, del avemaría.
El juez siempre le dedica dos palabras: "culpable" y "reincidente".
Siendo una y muchas, posee dones que la iglesia atribuye a sus mejores santos: es ubicua y omnipresente.
Yo la recuerdo en la universidad, maquinando la destrucción de colegas, disfrutando mientras nos hacía quedar como imbéciles, villanos y culpables simultáneamente.
La recuerdo también en uno de mis primeros trabajos en Barcelona: cinco minutos antes de la partida del tren, me pedía informes exhaustivos sólo para que yo no pudiera llegar a la estación a tiempo y tuviera luego que esperar media hora.
De su maldad no se libraba nadie y, para no ser víctimas de ella, todos la evitábamos y, si por casualidad era imposible hacerlo, sonreíamos frente a ella. Creíamos que escaparíamos así de su maleficio. Mentira también. Igual su maldad nos alcanzaba. No era que matase gatos o atropellase viejitas con el carro. Hacía, puedo jurarlo, cosas peores, mucho peores y no voy voy a desgraciar este cuartiento refiriéndolas. 
Créanme, se trata de una mujer mala, demasiado mala. Y lo que faltaba, lo poquito que faltaba para comprobarlo ha sucedido hoy mientras navegaba en Internet. Cuando en una red social tropecé con su nombre, el antivirus se dio cuenta e inmediatamente alertó:
-Se ha detectado una amenaza.
La mujer más mala del mundo es tan tóxica que incluso el antivirus gratuito la detecta. 
Pues inmediatamente apagué la computadora y salí a pasear. Necesitaba quitarme su mala influencia.

7 jul. 2014

La escritura

En cuanto a la realidad, la escritura es un proceso no sólo de registro sino de interpretación. Primero completa y luego interpreta y, más que curar, previene. Se me ocurre un ejemplo. Si a un hombre le interesa una mujer, fundamentalmente tiene tres alternativas. 1: No prestarle atención a su interés que para comenzar siempre habrá tiempo. 2: Prestarle atención y actuar en consecuencia: comenzar a seducir o dejar que se lo hagan. Y 3: Escribir un cuento a partir de su interés (recomendada).
Si ha seguido nuestra indicación, el lector sabrá cómo es esta mujer, la conocerá más que nadie, habrá estado presente en sus sueños y ella en los de él, posiblemente incluso conviva con ella y juntos realicen viajes inmemoriales. Luego, a las catorce semanas, lo dejarán y durante unos meses, cuando le pregunten por el amor, el lector dirá que se trata de una mentira.
Tal como lo habíamos dicho, la escritura completa e interpreta la realidad, fundamentalmente previene sus efectos más nocivos.

5 jul. 2014

Cuartientos veredes


1. Admítase que hay partidos de fútbol divertidos y que ciertos jugadores, eventualmente, construyen sobre la hierba dibujos (por jugadas) deliciosos. Se admite. Pero de allí a convertir el fútbol en un nuevo orden mundial en que los jugadores y su público se preparan con ánimo bélico, animados por políticos y artistas, admirados por niños y jóvenes, hay una clara y exagerada diferencia. Eso es terrible, pero no es de muy lejos lo peor. Da la impresión que el planeta todo es gobernado por los caprichos de un hombre, un hombre solo, del que poco o muy poco conocemos a excepción de alguna fechoría. No es Obama, tampoco el Papa Francisco, Putin o el extinto Bin Laden. Se trata de Josep Blatter y sólo mencionarlo da grima.

2. Ciertos vecinos han elegido el camino del fondo para que defequen sus perros, Al menos dos o tres kilos de heces fecales son depositados diariamente allí, junto al jardín de un hombre taciturno, de quien nadie hasta ahora podía referir la tesitura de su voz. Hace dos semanas, cansado de tanto perro, distribuyó entre los vecinos hojas que tenían  impresa una sola palabra aunque con letras muy grandes: "RECÓGELA". Como su intervención no fue entendida o, si lo fue, no surtió efecto, hace una semana comenzó a amontonar en el inicio del recorrido una mezcla de heces fecales y pegamento. Todos los días los recoge y los coloca sobre el trabajo de días anteriores. La figura ya tiene por lo menos un metro y, más que un perro, parece un hombre. Me le he acercado y, dando por obvio que se trata de una escultura, le he preguntado por el título. "Recógela". Esa fue su respuesta. Apenas.

3. La belleza ahora multiplicada de las mujeres de mi infancia. No puedo evitarlo. Veo las fotos actuales de las mujeres que conocí en el siglo pasado y me detengo, no puedo hacer otra cosa, en sus ojos, su sonrisa y su pecho. Algunas incluyen incluso cintura y piernas. También las veo. Encantado frente a ellas, contemplo la multiplicación de una belleza que cabalga inevitablemente entre los cuarenta y los cincuenta años. Imagino que si las tuviera frente a mí, escucharía sus discursos o recibiría sus libros, pero a través de Internet, vulgar usuario de facebook, no puedo hacer otra cosa que ver sus fotos y comprobar mayormente que en ellas la maravilla ha crecido, se ha multiplicado, que sus labios y sus pechos se han enriquecido con el tiempo y seguramente el quirófano. Lo advierto públicamente y mi hijo me pregunta qué veo de extraño en ello.
-Realmente nada. Es que si las hubiera visto así de bellas hace treinta o veinticinco años, nunca habría publicado ni siquiera un libro.
-¿Por qué?- Alessandro tiene diez años y, se ve, le gusta el asunto de pedir explicaciones.
-Porque me habría dedicado a contemplar su belleza todo el tiempo.

4. La familia organiza una fiesta entre primos desde hace tres generaciones. Cada vez hay menos interés pero, como las mujeres han parido tanto, también este año somos más.



7 jun. 2014

Del patio que quiso ser jardín y ahora pide ser patio de nuevo


Fui tonto, lo sé. Veía los jardines tan limpios, tan arreglados, que pensé que también a mí me sentarían bien el rigor y semejante compostura. Fue por eso que pedí ser jardín y, en el fondo, lo confieso, no esperaba que me fuese concedido. Inmediatamente vinieron las máquinas: el cortacésped, las turbinas, la pulverizadora, el aspirahojas. Me llenaban de ruido dos o tres veces por semana. Me llenaban de polvo, me golpeaban, me aturdían. Me quitaron las piedras, se las llevaron diciendo que eran feas e irregulares. Mis piedras queridas. Luego trajeron otras sintéticas, diminutas, pero las dispusieron en forma de sendero hacia la puerta del fondo. Trajeron también plantas que no conocía y enterraron tubos para lo que dijeron sería el riego automático. He intentado el soportarlo durante semanas, meses, años quizá. Pero ya no puedo más. 

Quiero ser como soy
asimétrico
y para nada perfecto. 

Quiero que se vea la tierra 
que contengo
que no me oculten 
con hierba
y nadie venga 
a segar
a cortar
a pulverizar.

Quiero que se acumulen las cosas
en los rincones
y de ser posible
que alguien encuentre la paz
acariciándome
con un rastrillo
arrancando yerbajos
con las manos
de vez en cuando
tranquilamente
buscando en mí la serenidad
necesaria
para continuar
el camino.

Ya que puedo elegir
a ser el de los senderos que se bifurcan
prefiero ser el patiecito
de Ramón Palomares.



30 may. 2014

Perro verde a la salida de la guardia


Un perro verde
se alza
tercero
sobre dos mochilas
una sobre otra.

Un perro verde sostenido
con hilos desde el cielo
de ojos vivos
defiende
vida y propiedades
ajenas.

Un perro verde
saluda
el final de la jornada
el comienzo de otra.

Un perro verde
demuestra.

Un perro verde
veinticuatro horas son muchas
fueron tantas cosas
hubo tanto dolor
se escapó tanta sangre
pero ni multiplicadas por mil
serían suficientes
para sanar
pobre médico de guardia
no digo las heridas del mundo
sino las de una comunidad
apenas
que comienza a partir
de este perro
monolito
sereno
preguntando qué has hecho
señalando
qué has dejado sin hacer
aquello imposible porque no vino.

Un perro verde no azul
que se atraviesa
en el camino a casa
justo en la salida del hospital.

18 abr. 2014

De cómo incluso un caimán puede parecer un intelectual

Se trata de un procedimiento sencillo. Sólo son necesarios dos requisitos: tener más de treinta y cinco años y comprar un dispositivo electrónico (teléfono, tableta o simple reproductor de contenidos) de pantalla táctil. El deterioro oftalmológico, la lentitud de los dedos desplazándose sobre la pantalla (intentando cambiar el instintivo pinchar por el roce) y la necesidad de saber cómo funciona el aparato se encargarán del resto. Por su aspecto, todos creerán que el caimán (o la caimana, recuerda que Cuartientos es un espacio plural que cree firmemente en la superioridad del género femenino), que el bicho en cuestión es un intelectual. No importa que esté jugando Zombie highway, Crazy dentist o Candy crush.

5 abr. 2014

Heraldo en Bárbula



Hoy tengo ganas de morir no sé por qué dijo el paciente y parecía César Vallejo luego a la puta rubia la voy a matar si me la llego a encontrar fuera del hospital se enterará no sabe lo que le espera en un tono destripador inspiraba algo terrible miedo Jack mucho miedo y seguramente un gran dolor un inmenso dolor capaz de cualquier cosa fue entonces cuando comenzó a agitarse parecía un animal quizá lo era ¿no había sido hacia tan poco Vallejo? igual mordió la mano de la celadora le arrancó casi un dedo estilo Mike Tyson la enfermera decía yo no me le acerco qué va me da miedo a pesar de que llevaba la olanzapina en la jeringa zyprexa así no es imposible que lo sujeten y lo hicieron se fue quedando dormido grande y tranquilo no se movía y apenas abría la boca para respirar y pedir comida un niño ahora dulce angelical esperando crecer y vivir aprovechar la primera oportunidad de recitar a Vallejo sin ni siquiera leerlo.



30 mar. 2014

Me gusta: narcisismo, histeria y banalidad en las redes sociales




Quizá todo comenzó con la canción de Manu Chao: "Me gustan las estrellas, me gustas tú". No me extrañaría, es tan precaria esta historia. O simplemente a partir de la facilidad y ambigüedad del gesto. Con lo difícil que antes era expresar atracción o simplemente decirlo: se temblaba, se sudaba frío, hasta finalmente balbucearlo, "me gustas". En cambio ahora sólo basta tocar una tecla o un trozo de la pantalla. A partir de entonces, una persona le puede decir a otra que le gusta, se puede gustar a sí mismo o puede decirle al mundo que le gusta el comentario sobre una tragedia, dejando a la interpretación libre si lo que te gusta es la tragedia o el comentario que se ha hecho sobre ella. Por si fuera poco no existe el no me gusta. Sólo te puede dejar de gustar algo que te ha gustado previamente. Se trata -¿lo he dicho ya?- de una forma de vida en que todos nos gustamos, en que nos tenemos que gustar, como si el gustarse fuese de antemano positivo. La red social ha sido programado para que nos gusten las cosas, buenas o malas, no para otra cosa. Antes la gente se medía por centímetros y monedas. Ahora se hace por contactos (que antes tenían mayormente una connotación negativa) y , fundamentalmente, por likes. Esos bichitos crecen, se multiplican, prometen algo que no dan. Cuestan tan poco, pero son la más viva ejemplificación de la histeria del siglo XXI. Hacen posible lo imposible: que a una persona le gusten diez, cien, mil cosas en un solo día. Es imposible. Que  a una persona le guste todo, como si estuviera en manía; que lo exprese a diestra y siniestra, como si la histeria que habita quisiera seducir constantemente, a diestra y siniestra, por delante y por detrás. 
Por si fuera poco, como sucede con las peores substancias, el like agrada y recompensa inmediatamente. Una vez consumido un like, es necesario un segundo. Lo gustado o quien lo ha posteado se siente narcisísticamente acariciado, consentido, multiplicado por cada uno de los roces que se han hecho sobre su idea o su imagen. Así se alimenta Narciso. Así aumenta su pene o crecen sus tetas. "Tengo sopotocientos likes", dice cualquiera y todos quedamos estupefactos como si fueran millones en la cuenta, que es más o menos lo mismo y no merece tampoco estupefacción, o como si fuera una idea, una sola idea realmente interesante. "Tengo sopotocientos likes", digo o pienso yo mismo -todos estamos en esto, compadre, y da grima sólo hablar en tercera persona, como hacen los jóvenes psicólogos- y puedo llegar a creer que mi idea es buena. Mentira podrida, la idea o la foto puede ser malísima, pero los likes han sido dados por razones que no tienen que ver con su calidad. Venga, vamos a inventarnos ocho, así, para salir del apuro, sin pensarlo mucho:
1) Porque es barato, porque no cuesta nada.
2) Porque es una forma de decir que yo pasé por aquí.
3) Porque así tú recuerdas que yo siempre te tengo en cuenta.
4) Porque ayer tú me diste cuatro likes y si no te devuelvo algo quedo en deuda contigo.
5) Porque no tenía nada que hacer.
6) Por error: estaba manipulando el celular y sencillamente quería agrandar la foto.
7) Por que luego el dislike puede ser ofensivo.
8) Por histeria, por una histeria que conozco, ya que estoy psicoanalizado.
Histeria y banalidad hasta ahora. Pura histeria y banalidad. Así, sólo así, se puede explicar que una estupidez como "Tengo cuatro pares de zapatos y no sé cuál ponerme" pueda acumular más likes que dedos puedan albergar los ocho zapatos en cuestión. El problema es que esos cuarenta y cuatro likes pueden satisfacer de tal forma al emisor inicial que se creerá en la obligación de repetir al día siguiente una huevonada parecida. Es el Narciso en acción y, para que no se crea que sólo estoy hablando de putas (una disgresión obscena alrededor de la duda de los zapatos) lo mismo puede decirse y hace algún profesor con los libros: "Tengo cuatro libros sobre la mesa de noche y no sé por cuál comenzar". Likes como páginas. Mil, mil quinientos likes que luego lo obligarán a revelar en un post el libro que Narciso escogió, en cuánto tiempo lo leyó (rápidamente, seguro, ¿acaso no es Narciso?) y las siete razones por las que no le gustó el libro en cuestión. Muchos más likes.
Como pienso entonces que está demostrado, narcisos, histéricos y banales podemos ser todos, incluso los que más lo nieguen, grupo en el que por cierto no me encontrarán. El asunto es que la red social vive y se multiplica (en dólares, no en likes) explotando conscientemente nuestras posibilidades, concientes o no,  de serlo.
Eso es lo que hay. Pero cada uno de nosotros puede abolirlo si quiere. Es lo que yo propongo, no usar el like de la red social. Tampoco el compartir, que es un sucedáneo imbécil. Si te gusta algo, divúlgalo como se hacía en el siglo pasado: llama a un amigo y se lo cuentas. O si eres demasiado moderno, envíale un e-mail con el link. Si no lo haces así y sigues usando el like, voy a pensar que no te ha gustado mucho este cuartiento. 

24 mar. 2014

Venezuela, la nueva Yugoslavia

(publicado en NAR, Nuestra Aparente Rendición, el sábado 22/03/2014)



1) A la Venezuela petrolera de mediados del siglo XX llegaron europeos de todas las nacionalidades. Venezuela era entonces un país que recibía italianos, españoles, portugueses, alemanes, holandeses. Extrañamente, un país de diásporas, Yugoslavia, mandó pocos emisarios y algunos de los que llegaron realmente querían ir a América (la de habla inglesa en el Norte) y llegaron a Venezuela por un error que pretendían subsanar con prontitud. Ellos entonces poco tienen que ver con que Venezuela se haya convertido, en lo que va de siglo XXI, en una nueva Yugoslavia. Sin embargo, entre los que llegaron, había un escritor, Salvador Prasel, que escribía perfecta y maravillosamente en castellano y que se quedó en Venezuela hasta dejar familia, obra y luego morir. En una joyita de novela (Adiós, hogar), retrata la disolución del Hogar Yugoslavo que alguna vez fue constituido en Caracas. Los croatas se pelearon con los serbios. Unos y otros creían tener la razón, pero igual arrasaron con el hogar. Incluso se pelearon por el retrete y lo destruyeron, lo terminaron destruyendo. Los bosnios los vieron. Algunos tomaron parte. Otros, Salvador Prasel entre ellos, se limitaron a escribir. Sus paisanos no paisanos (los otros yugoslavos) miraban con verdadero odio su irreverancia. Decían del gran Salvador Prasel que era un un tipo raro, demasiado extraño.

2) Antes de este odio infinito entre unos y otros venezolanos, la comparación más evidente que se podía hacer a partir de Venezuela era con un rico país petrolero africano, Nigeria o Camerún. Pero esa posibilidad siempre ha molestado a unos y otros venezolanos, que siempre han mirado por encima del hombro a cualquier país africano y a la mayoría de los latinoamericanos. Los venezolanos estamos acostumbrados a la grandilocuencia. Nos viene de Simón Bolívar, que liberó y fundó países a diestra y siniestra; de Pérez Jiménez, que pretendía un país modélico, el mejor de Latinoamérica; de Carlos Andrés Pérez, que con una mano metía de contrabando a Felipe González en España y con la otra daba discursos en Nicaragua celebrando la caída de Anastasio Somoza; de Hugo Chávez Frías, que creyó o hizo creer a varios millones de venezolanos (los serbios-los croatas fundamentalmente) que el petróleo de su subsuelo podía sostener a Latinoamérica toda. Venezuela siempre se ha creído grande, demasiado grande, muy superior a todo lo que la rodea, hasta el punto de que el único parangón aceptado con naturalidad ha sido con Arabia Saudi: hijos de la Venezuela saudita, se llamaban a sí mismos los venezolanos antes de que el siglo XXI y el chavismo estallaran como una granada demostrando su verdadera pobreza. Un país que ahora resulta hermano, Cuba, siempre fue visto como un primo desventurado al que se le daban ayudas pírricas a pesar de que desde sus entrañas se alimentaban conspiraciones contra la Venezuela bipartidista, de Acción Democrática y Copei. Con la Yugoslavia que reventó Europa en los noventa, hasta ahora no parecía haber razones para plantear paralelismos. Demasiado lejana, llena de nombres impronunciables, muchos muertos, muchas violaciones. Quizá ahora ha llegado el momento iniciar la búsqueda de similitudes. Yo comenzaría por la belleza. Seguramente, todos los libros escolares cantan la belleza de su país, pero cuando los libros escolares venezolanos cantan la belleza venezolana y dicen que es uno de los países más bellos del mundo seguramente no se equivocan. Hablo de las playas a pesar de la industria petrolera. Hablo de sus islas, de sus montañas, hablo de la Gran Sábana, de los Tepuyes, del río Orinoco, de los Andes. Pero también hablo del ambiente multicultural, rico y plural que alimentaba sus ciudades hasta hace bien poco. La antigua Yugoslavia y los países que nacieron de ella también conocen la belleza. Como muestra dejo un botón: el maravilloso archipiélago que crece en el Mar Adriático, frente a las montañas, apenas separados uno y otras por una franja de mar y una carretera estrecha, estrechísima. Hay otras comparaciones posibles, su infinita riqueza. Con y sin el subsidio de la URSS, Yugoslavia era un país muy rico antes de que estallara la guerra de los Balcanes. Venezuela tambien, hasta el punto que no ha sabido que hacer con su riqueza. En los años setenta, los políticos socialdemócratas impulsaron la creación de infraestructuras que ahora, sin el mantenimiento adecuado, parecen elefantes a punto de morir. Otros dineros, cantidades ingentes, infinitas, siempre han sido devorados por la corrupción. Antes de Chávez y con él. Éste, además, con el dinero, creó las misiones, nacionales e internacionales. Tenía tanto dinero que no sabía qué hacer con él. Habrá seguramente quien piensa, los croatas-los serbios, que más le hubiera valido comprar millones de rollos de papel higiénico y guardarlos en la reserva, pero él decidió, con el permiso de muchos venezolanos, los serbios-los croatas, impulsar una Latinoamérica nueva, la misma de siempre según los croatas-los serbios, pero embadurnada con un lenguaje empalagoso, raro, a veces delirante: el verbo de Chávez, del Supremo Comandante Hugo Rafael Chávez Frías, según los serbios-los croatas.

3) Allí hay otra comparación posible. Para que Yugoslavia se disolviera y se rebalcanizara, no sólo debió desaparecer el Muro de Berlín y disolverse la URSS. Primero, diez años antes, murió Josip Broz Tito. Él amalgamaba ese crisol incomprensible. Su poder, su carisma lo permitían. Bastó que muriese para que ese parapeto, que era innatural, que juntaba la chicha con la limonada, se desvaneciese y unos y otros se convirtiesen en enemigos capaces de matar y violar, de robar y morir. En Venezuela, no sólo debió morir Chávez. Se pretendía inmortal, pero murió precozmente (los serbios-los croatas) aunque nadie podrá decir jamás con exactitud cuándo lo visitó la muerte (los croatas-los serbios). Murió porque lo envenenaron (los serbios-los croatas), pero algo de culpa seguramente tuvo Fidel Castro (los croatas-los serbios) que pretendía que un discípulo suyo administrase el grifo petrolero (los croatas-los serbios), un discípulo, Nicolás Maduro, que es el hijo de Chávez, que es su imagen y semejanza, que es lo mismo que él como igual podría serlo cualquiera de los venezolanos (los serbios-los croatas) que crean en su palabra, que desayunen escuchando canciones de Alí Primera, que se crean negros hijos de negros, descendientes de esclavos, aunque sean hijos de adecos y copeyanos y sus padres hayan pateado Miami en los años setenta comprando artículos por pares, por docenas. Pero es que no sólo murió Hugo Chávez. La noticia de su muerte vino acompañada de deudas, de préstamos chinos, de carestías, de desabastecimiento. Con ellos, Venezuela ha evidenciado la Yugoslavia que tenía dentro.

4) Cuando en Europa o en Asia, incluso en Estados Unidos, se encuentran dos o más latinoamericanos empiezan a hermanarse, recuerdan algunas canciones comunes, elogian el maíz y coinciden alabando las virtudes futbolíticas de brasileños y argentinos. Sólo discuten cuando se trata de decidir cuál es el país más peligroso. Cada quien escoge el suyo, seguro. Pues ahora no hay duda: la violencia de Venezuela, de todas sus ciudades, grandes y pequeñas, es tan grande que las madres (las croatas-las serbias) llaman a sus hijos en el extranjero y les piden que no las visiten, que por favor no vayan, que no vengan, que no vale la pena. Las otras madres también lo hacen (las serbias-las croatas) aunque con un discurso diferente: éste es el momento de la lucha, no vengas, quédate allí donde estés y divulga nuestro credo, multiplica la palabra que nos dejó el Comandante. La violencia venezolana tiene en todo caso dos ingredientes que la diferencian de la violencia natural del sub-continente. En primer lugar, la degradación del lenguaje propiciada por Hugo Chávez Frías que, en lugar de contener, multiplicó la furia del pueblo. Para él simplemente era una herramienta que consolidaba su liderazgo y lo mantenía en el poder. Por si fuera poco, después de su muerte, a pesar de los esfuerzos y de los antiprofesores contratados, ni Maduro ni Cabello logran repetirla. La gente en la calle sí la tiene y la llaman arrechera. Con ella, con esa arrechera, es más fácil (para los serbios-los croatas y para los croatas-los serbios) ofender que disculparse, disparar que hablar. Es un hecho anecdótico, pero refleja algo de la situación. Dos curas fueron asesinados hace ocho semanas en Valencia. Los asesinos no eran croatas ni serbios, quizás eran tres adolescentes bosnios. Y los mataron porque sí, para robar un poquito un cáliz, los huesos de un santo, la limosna de la semana vaya usted a saber por qué. El problema es más grande porque Chávez repatió armas por todas partes, invocando la defensa popular del estado, la unión de pueblo y gobierno, de la sociedad civil y los militares. Así, en un ambiente violento por naturaleza, con odio, sin lenguaje, con armas, la mesa está servida. Actualmente en Caracas es más fácil conseguir un revólver que un rollo de papel higiénico, una escopeta que un kilo de harina de maiz.

5) No hay papel higiénico, harinas, jabones. No hay café, no hay azúcar. No hay nada casi nunca, pero cuando hay la gente no permite que los productos lleguen a los anaqueles de los supermercados, interceptan el paso de las cajas, las abren y cogen tres y cuatro paquetes. Acaban con el suministro en un santiamén. Eso lo hacen los serbios-los croatas y los croatas-los serbios, lo hacen todos porque ni la nevera ni la despensa, mucho menos el hambre, conocen sutilezas. Hay, sí, ciertas diferencias. En parte es una carestía creada artificalmente por el gobierno. Sólo en parte, porque debido a la mala gestión, abolidos la producción local y muchos mecanismos de distribución y comercialización, el estado carece de recursos y mecanismos para resolverla. Sólo lo hace episódicamente, cuando puede y cuando quiere, donde quiere y donde puede, preferiblemente en las zonas donde habitan más los serbios-los croatas. Por eso es más fácil que un serbio-un croata tenga una buena reserva de harina de maíz a que la tenga un croata-un serbio.

6) Los serbios-los croatas eran bosnios hasta hace quince años y votaban por Acción Democrática y Copei. Pero Chávez contactó con ellos, con algo muy interno e intenso, incendió una llama apagada y les hizo recordar que los serbios-los croatas venían de Bolívar, pero que antes venían (tenían que venir) de los negros esclavos, que debían asumir que venían del desamparo a pesar de que hubiesen estado becados toda la vida por los gobiernos social-demócratas o demócratas-cristianos. Todos hicieron la primera comunión y fueron bautizados, pero gracias a las ideas del comandante se hicieron esotéricos, brujos, eclécticos, sincréticos, yorubas, y comenzaron a sacrificar animales. Cuando en 1989 Fidel Castro visitó Venezuela, invitado por Carlos Andrés Pérez, estos serbios-estos croatas lo criticaron, como todo el mundo. Luego, con Chávez, aprendieron a amarlo y comenzaron a cantar canciones en las que Cuba y Venezuela son países hermanos. Los serbios-los croatas son cinco o seis millones y odian, fundamentalmente odian a los croatas-los serbios. Porque dicen que éstos son ricos, porque son proyanquis, porque son extranjeros, porque son los amos del valle, porque son los culpables de todas las desgracias del país a pesar del tiempo transcurrido desde que Chávez comenzó a mandar. Para un serbio-un croata si no hay harina de maíz (qué importante es la harina de maíz en el país de las arepas) la culpa la tienen los croatas-lo serbios o sus valedores políticos: Capriles Radonski (el Chuki Luky según Maduro), María Corina Machado (la Chuky Loca), Leopoldo López (el Chuky Nosequé). Los serbios-los croatas defendían a Chávez, lo amaban, se sentían identificados con su discurso. Chávez efectuó una transmisión de poderes con Maduro que aunque no ha sido cien por ciento efectiva, como diría Michael Corleone, ha dejado atados la mayoría de los contactos. Ahora los serbios-los croatas defienden a Maduro. Se han llamado pueblo, milicias, comunas. Ahora se llaman colectivos. Algunos van en moto, con pistolas, escopetas, parecen tonton macoutes, prometen arrasarlo todo. Lo importante no es Venezuela, es Maduro, a mi Comandante Chávez no lo toca nadie, carajo. Los serbios-los croatas son buenos, son hijos y nietos de buenos venezolanos. O de buenos canarios, sicilianos, piemonteses, gallegos, holandeses, alemanes. Pero han sido convencidos con el verbo del comandante, con una ayuda, una casa, un mercado popular cerca de casa, una operación milagrosa, con el bombardeo constante de los medios de comunicación o la posibilidad de graduarse de médico en el extranjerode la necesidad de odiar a los croatas-los serbios. Gracias a esa convicción, a pesar de su bonhomía habitual, son capaces de insultar, de atropellar y, si fuera necesario, matar a uno o a mil croatas-serbios por un quítame aquí esta paja, que en este caso quiere decir "no te metas con mi comandante Chávez, tampoco con su hijo Maduro". A ese ánimo, es necesario agregar que cuentan con el apoyo de las fuerzas policiales y militares porque los serbios-los croatas son el pueblo y el lema que ahora impera es el de la unión cívico militar. Por ello, cualquier atropello o barbaridad cometida merece la indulgencia no sólo porque ha sido cometida defendiendo una creencia santa, cuasi religiosa, sino que además ha sido perpetrada contra uno o varios fascistas (hijos de puta, coños de madre), imperialistas, proyanquis, culpables de la ruina del país y del subcontinente todo, capitalistas cabrones que sólo quieren enriquecerse cada vez más y más: los croatas-los serbios.

7) Los croatas-los serbios también eran bosnios hace quince años. Es que sencillamente hubo una época en que todos éramos venezolanos. Como todos, alguna vez fueron adecos o copeyanos o hijos de adecos y de copeyanos. Otra cosa es imposible porque los partidos de izquierda en Venezuela nunca obtuvieron más de doscientos o trescientos mil votos. Están obstinados, no los toleran ya, les dan grima los cambios que ha sufrido el país. Donde antes había un centro comercial ahora hay una tienda estatizada, decorada con la bandera de Venezuela, donde no se consigue un carajo. En el canal en que antes veían una telenovela ahora les ponen a cada rato una cadena recordando a Chávez o, gracias a Maduro y a Diosdado Cabello, imitándolo. No toleran esas voces, esas canciones, esa palabra que se repite: revolucionario, revolucionario, revolucionario. Se sienten comprometidos con la necesidad de salvar al país. Sienten invadido al país. No toleran la intromisión cubana. Creen que Cuba hace todo esto por interés, para quedarse con el petróleo, con el dinero del petróleo. No entienden de misiones porque las misiones no los benefician. La mayoría están metidos en listas negras y, ni siquiera pidiendo perdón, tendrían acceso a las prebendas del gobierno. Ven cómo el país se está desmoronando. No entienden cómo en medio de tanta ruina, Chávez-Maduro entrega miles de millones de dólares a otros países a cambio de médicos y técnicos deportivos, pero también de putos votos en la OEA. Son, cómo no, acusados de fascistas, pero ellos creen que los fascistas son los serbios-los croatas. Cuando un policía utiliza la fuerza de manera desmesurada en una manifestación creen que se trata de un policía cubano y eso es posible porque las fuerzas de seguridas están tomadas por Cuba. Se irritaban por la rimbombancia de Chávez y, ahora mucho más, por la eternidad que los serbios-los croatas parecen atribuirle. Ven en Maduro un hombre sin estudios ni preparación, un chófer de autobuses que ni siquiera es venezolano. Cuando ven viajar a las hijas de Chávez se les ponen los pelos de punta. De un lado al otro del mundo, en primera clase, gastando un dinero que nadie explica de dónde proviene. Cuando escuchan cantar a la hija de Diosdado Cabello una canción dedicada al Comandante, obviamente les vienen la nausea y el vómito, no importa que no hayan comido. Se sienten odiados y tienen miedo. Pero están dispuestos a defenderse, a riesgo de perder la vida, como y cuando sea necesario.

8) Hay también otra forma de ser yugoslavos en Venezuela: ser bosnio. Este es un venezolano al que no le importa mucho la política, que nunca se benefició de los derroches bipartidistas y que tampoco ahora tiene acceso a las misiones. Los bosnios siempre se han quejado del precio del plátano, de las caraotas. Pues ahora no sólo están caros sino que no se consiguen. Se quedan encerrados en sus casas y ven desde la ventana cómo pelean los-serbios-los croatas y los croatas-los serbios. Tienen miedo desde el principio de la película y ahora, además, hambre. Los serbios -los croatas les ofrecen protección, pero ellos desconfían. Los croatas-los serbios les piden que se animen, que se incorporen a la lucha para salvar el país, pero los bosnios no se animan. Hay falsos bosnios, como el empresario Gustavo Cisneros que ahora aparece pidiendo la intermediación del papa a pesar de haberse convertido en serbio-en croata para salvar sus empresas y que le permitieran trasladarlas a Estados Unidos. Pero también hay hijos y nietos de bosnios que, sin beber la leche de los serbios-los croatas ni la de los croatas-los serbios, salen a la calle porque sienten que la situación es insostenible, que no tiene sentido vivir así, que seguramente hay otra forma de vivir en Venezuela que no sea hacer colas larguísimas en el supermercado para que en él no haya nada. Son jóvenes imberbes en su mayoría que se alimentan de las redes sociales. Van a manifestar y allí los matan. Van más de veinte, pero podrían ser cien o mil: ¿acaso los números importan cuando se habla de cadáveres?

9) Así las cosas, Venezuela (la nueva Yugoslavia) tiene que terminar mal. No hay que ser militar estadounidense para darse cuenta. De hecho ya ha terminado mal porque este odio, este enfrentamiento, significa la disolución práctica del país y el venezolano, el ser venezolano, ya no existe: ahora están los serbios-los croatas y los croatas-los serbios. Quizá alguien pienso sobretodo en los militares venezolanos, en los intelectuales foráneos que creen que éste es un asunto de izquierdas o de derechas y en las personas todas que se niegan a dialogar quiera ver más sangre, más hambre, más miseria. A saber si las verán. No tiene sentido hacer predicciones sobre algo tan vivo, tan doloroso. En todo caso, algo de lo peor ya ha pasado y es que, sin papel higiénico para limpiarnos el culo, como si estuviéramos en la última página de una novelita de Salvador Prasel, los serbios-los croatas, los croatas-los serbios y los bosnios nos estamos peleando por el retrete del Hogar Yugoslavo.


10 mar. 2014

Si estuvieras aquí




Durante meses, mucho más en las últimas semanas, en los últimos días, he pedido a las personas de mi afecto que me expliquen qué es lo que sucede en Venezuela, cómo se come -con qué cuchillo, con qué tenedor- ese arroz con mango en que ha terminado convirtiéndose el país en que crecí y aprendí a vivir, amar y escribir.
-Es complicado - me dice mi madre-. Es demasiado complicado.
Su respuesta no me vale. Por eso sigo preguntando. Alguien me tiene que explicar cómo hace un venezolano de bien -y conozco varios- para tolerar y aplaudir los discursos de un Nicolás Maduro que a mí me parece un mequetrefe o por qué otros que también son de bien -me consta- permanecen apostados en la calle durante casi un mes como rezándole a las nubes para que de un solo aguacero se lleven a un hombre que seguramente quiere parecer más mequetrefe de lo que es.
-No es fácil - me dice el compañero más brillante de la facultad y luego me  envía el link de un video donde los vecinos de El Hatillo cacerolean a un cantante identificado con el gobierno.
No me basta obviamente aunque recuerdo que hubo una época en que una canción de ese cantante me gustaba.
-No te preocupes por estas cosas -me dice mi tía-. ¿Tú no estabas terminando una novela? Pues trabaja y ya está. Esto no tiene solución.
Eso me dice, pero inmediatamente comienza a contarme todo lo que no hay, lo que no se consigue: leche, pan, harinas, papel higiénico.
-Tenemos cuatro rollos porque una amiga nos los trajo y a cambio le dimos no sé cuántos plátanos.
Luego me describe a una de las estudiantes asesinadas en las manifestaciones.
-Era bellísima. Fíjate que fue Miss Turismo hace apenas dos años.
-Pero, ¿por qué? - insisto en preguntarle.
-¿No te dijo tu madre que era complicado, que no hay palabras para explicarlo?
Es absurdo, pero en el fondo entiendo el fondo de lo que dice. A pesar de que siempre he creído en las palabras, sé que hay cosas que no es fácil explicar con ellas. Pongo como ejemplo el sur de Italia: la belleza generosa que en ocasiones se torna ruin, la mafia, el arte, la camorra, la historia, el silencio y la resignación de sus habitantes.. Hay que vivirlos de cerca, comer cientos de kilos de buena pasta, escuchar a Pino Daniele, leer a Carlo Levi, enterrar un ser querido allí, haber hablado con sus habitantes naturales miles de horas para luego, finalmente, tener una idea de por qué sucede todo eso en una parte del mundo.
Algo parecido también pasa con los gitanos en España:
-Es que nosotros somos así - me dijo alguna vez un paciente vestido de flamenco.
Su así era largo y terrible, un así que significaba muchas cosas: inexplicable, profundo, intrincado.
Pero yo sigo preguntando. ¿Por qué tanto dolor? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué tanta violencia en las calles en que aprendí a caminar? ¿Quién organiza las marchas, las manifestaciones, las contramarchas, las guarimbas, los colectivos, las barricadas?  ¿Quién enseña a los soldados a matar? ¿Cómo es posible que la guardia nacional dedique sus saberes a maltratar adolescentes y minusválidos? ¿Por qué no se consigue la leche, la harina de las arepas? ¿Cómo puede hacer una anciana que conozco para saltar una barricada y procurarse una bolsa de alimentos?
Lo ignoro casi todo, qué duda cabe. También es verdad que siempre he sido un analfabeta político,que nunca en mi vida, ni siquiera pretendiéndolo, he acertado en un proceso electoral o que he tenido frente a mí personas que ahora son líderes o incluso semidioses -hablo del mismo Chávez, de algún gobernador actual, de varios diputados de la Asamblea Nacional o de algún director regional de salud- y pensé que eran idiotas u orates.
-Mejor no sigas preguntando -me dice un amigo en un mensaje de facebook, como si yo estuviera haciendo algo peligroso.
-Pero, ¿por qué? Tiene que haber alguna razón, alguna causa. Tiene que haber palabras que lo expliquen.
-Si estuvieras aquí lo entenderías -me dice cariñosamente-, aquí con nosotros.
Me impresiona la belleza de sus palabras, pero obviamente ésta no basta, Yo continúo sin entender y sigo preguntando. Tiene que haber alguna forma verbal de explicar y entender cómo y por qué la Venezuela que conocí decidió irse al carajo.



8 mar. 2014

Messi: vómito gratuito



Es característica de nuestro cuerpo el emitir secreciones o expulsar contenido por los orificios naturales. Así defecamos, orinamos, escupimos, tosemos. Eventualmente, vomitamos sin que sea necesario estar enfermo para hacerlo. Al futbolista Lionel Messi le ha sucedido, al parecer en varias ocasiones, el vomitar delante de miles y/o millones de espectadores, la última vez en un partido que la crónica dice que no tuvo mucho fútbol. No pasa siempre y eso lo convierte en noticia. El médico puede vomitar, pero procura no hacerlo delante de sus pacientes. El bombero se aparta del fuego. El actor corre al servicio o al camerino. Messi no pudo (o no quiso) y las cámaras se concentraron en su vómito. Parafraseando a Erving Goffman, Lionel Messi vomitó en el espacio anterior de su vida y así la enfermedad proporcionó el espectáculo ya que el fútbol no lo tenía. En su edición del viernes 07 de marzo, junto a la crónica del partido, el periódico que leo en España (El País) propone una foto de casi media página en la que el chorro líquido-alimentario que sale de la boca del futbolista pretende eternizarse en la mirada del lector. Como lector, como médico, como persona, como escritor, como paciente potencial que lo somos todos, me resulta una ilustración gratuita e innecesaria del partido.
Ya para terminar, una pregunta, una preguntita posible en medio de esta pérdida posible de pudor, buen gusto y educación elemental. Si en lugar de emético el síntoma hubiera sido diarreico, ¿cómo habría sido la foto publicada por los medios de comunicación? ¿Messi defecando?



19 feb. 2014

La ladrona de figuritas


Me cuenta una amiga que todas las semanas va una mujer a su casa y le roba una figurita. 
-Eso pasa desde hace dos o tres meses. 
Inicialmente se robó un pequeño busto de Mozart que mi amiga había comprado en Viena.
-No pude creer que era ella -refiere ahora mi amiga, que tiene algo mas de ochenta años-, porque esta mujer siempre había gozado de mi aprecio. Por eso preferí pensar que se trataba de un descuido mío.
Pero a las dos semanas desapareció una figurita del niño Jesús.
-Era obvio que era ella.
-¿Por qué?
-Es que casualmente había limpiado la imagen antes de su llegada y, después, cuando ella se fue, el niño Jesús ya no estaba.
-Qué hija de puta.
-Te agradezco que no digas groserías cuando hablas conmigo -mi amiga en su tiempo fue una mujer irreverente y de vanguardia pero las malas palabras nunca las ha digerido.
-Perdóname, no lo volveré a hacer -el secreto de nuestra amistad radica en que yo no discuto con ella por esas cosas.
A las dos semanas, la ladrona de figuritas volvió a atacar. Se ve que esta mujer, llamémosla la mujer Ch ya que su apellido es Chirinos, tiene la perseverancia como virtud y el robo como defecto.
 -Pero, ¿por qué se lo permitiste? ¿Por qué no le dijiste nada?
-¿A qué te refieres?
-A que no tiene sentido que aceptes todas las semanas la visita de alguien que sabes que te va a robar.
-Y tú, ¿qué hubieras hecho?
-Y yo qué sé. Ponerle alguna trampa. Embadurnar de mierda una figurita.
-Recuerda lo de las groserías.
-Perdón. O meter un micrófono en una.
Mi amiga ríe. Está en ello por lo menos medio minuto y luego vuelve a hablar.
-Yo he hecho una cosa diferente.
-A ver, cuéntame.
-Todas las semanas, cuando sé que viene, voy a la tienda de los chinos, compro una figurita barata y la coloco sobre el piano, donde sé que ella cuando venga la va a robar.
-Pero, ¿para qué?
-Es que me gusta ver cómo tiembla esperando que yo voltee o vaya a la cocina. Me gusta ver su mirada culpable, la rapidez con que luego se despide. Para mí es como una obra de teatro.
-Si es así, yo ya tengo su título.
-A ver, ¿cuál?
-La doctora Ch.

12 feb. 2014

Adiós, abrazos



Hace más de un año escribí un cuartiento relacionando la merma progresiva de los periódicos impresos con la desaparición de los abrazos. Me refería entonces fundamentalmente a lo que ahora se llama transición digital: la migración de lectores del formato impreso al digital a través del ordenador, las tabletas y la telefonía móvil. Aunque suena a tonto y simplemente bonito, a mí me sigue gustando y pareciendo pertinente la idea de que si los periódicos impresos desaparecen se irá produciendo progresivamente una abolición de la musculatura necesaria para su apertura que, mira por dónde, es bastante parecida a la de los abrazos. De eso se trataba entonces y se sigue tratando todavía, empeorada la situación porque la venta de la versión impresa de los periódicos es cada vez menor y por situaciones como la de Venezuela, donde el gobierno ha sitiado en las últimas semanas a la prensa escrita no permitiéndole acceder a la compra de papel.
Se maravillará el lector de que no me haya manifestado cuando la carencia tenía que ver con el papel higiénico y me manifieste ahora en una situación que sólo tiene que ver con los periódicos y sus noticias, de las cuales hay quien dice que no vale la pena leer porque siempre son catastróficas. 
Pues yo sí lo hago porque lo que sucede ahora no sólo tiene que ver, como en el caso del papel higiénico, con la carestía y la necesidad de desviar la atención de temas prioritarios para darle folklore al gobierno de Nicolás Maduro y así hacerlo parecer un poco más a Chávez, sino que es una maniobra burda de censura, adoctrinamiento y coacción. Intentan silenciar y comprar voces disonantes, no complacientes, y para hacerlo no les importa agredir a los que siempre, desde que aprendíamos a leer y nos manchábamos las manos con su tinta, hemos sido sus lectores.
En la misma onda de maravillas, seguro habrá quien diga que yo no debería hablar de estas carencias porque estoy fuera del país y no son esas páginas impresas las que compro todos los días. A ellos he de decirles que gracias a esos periódicos aprendí a leer y escribir, que me hice escritor leyéndolos y queriendo escribir en ellos y que, debido al entorno rural en que viví durante la infancia y la primera juventud, para leerlos debía caminar los domingos catorce kilómetros (siete de ida y siete de vuelta), pero que luego mi sudor y mi cansancio eran finalmente recompensados con la posibilidad de oler, abrir, hojear, leer con lentitud y finalmente detenerme en sus páginas.
Ésa es la razón por la que habrá que despedirse de los abrazos. Es la más vil de las razones y, como si poco fuera, me doy cuenta que la migración digital es indetenible. Ella no me causa dolor, sino incomodidad. En un mundo falsamente global, aunque absolutamente globalizado, en que sincrónicamente conviven situaciones absolutamente diferentes, hay países que piden papel y otros que sólo quieren Wi-Fi. En uno de los últimos, a pesar de la crisis o por ella, he visto cómo las chucherías le quitan en el quiosco el puesto de privilegio a los periódicos. Éstos -pensaba escribir "los pobres" refiriéndome a los periódicos, pero el lector podrá comprobar que habría quedado fatal-  cada vez son menos y están más arrinconados.
-Es que no se venden - me dijo la amable quiosquera hace apenas dos o tres días.
-Y por eso también desaparecerán los abrazos -le respondí sin que a ella le fuera posible comprenderme, arriesgándome a perder el tren.