7 jun. 2014

Del patio que quiso ser jardín y ahora pide ser patio de nuevo


Fui tonto, lo sé. Veía los jardines tan limpios, tan arreglados, que pensé que también a mí me sentarían bien el rigor y semejante compostura. Fue por eso que pedí ser jardín y, en el fondo, lo confieso, no esperaba que me fuese concedido. Inmediatamente vinieron las máquinas: el cortacésped, las turbinas, la pulverizadora, el aspirahojas. Me llenaban de ruido dos o tres veces por semana. Me llenaban de polvo, me golpeaban, me aturdían. Me quitaron las piedras, se las llevaron diciendo que eran feas e irregulares. Mis piedras queridas. Luego trajeron otras sintéticas, diminutas, pero las dispusieron en forma de sendero hacia la puerta del fondo. Trajeron también plantas que no conocía y enterraron tubos para lo que dijeron sería el riego automático. He intentado el soportarlo durante semanas, meses, años quizá. Pero ya no puedo más. 

Quiero ser como soy
asimétrico
y para nada perfecto. 

Quiero que se vea la tierra 
que contengo
que no me oculten 
con hierba
y nadie venga 
a segar
a cortar
a pulverizar.

Quiero que se acumulen las cosas
en los rincones
y de ser posible
que alguien encuentre la paz
acariciándome
con un rastrillo
arrancando yerbajos
con las manos
de vez en cuando
tranquilamente
buscando en mí la serenidad
necesaria
para continuar
el camino.

Ya que puedo elegir
a ser el de los senderos que se bifurcan
prefiero ser el patiecito
de Ramón Palomares.



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