31 dic. 2013

¿Para que sirve un CUARTIENTO? Uno


Era una discusión banal, pero en ella mi hijo sintió vulnerados sus derechos.
-Oye -me amenazó-, si sigues así, te voy a escribir un cuartiento

29 dic. 2013

As-salaam alaykum


Del día en que me tocó por suerte entrevistar a Joan Brossa (1919-1998), una de las cosas que más y mejor recuerdo es la referencia que hizo a Leopoldo Fregolí (1867-1936), el transformista italiano que da nombre al síndrome de Fregoli, y que él mismo -estoy hablando de Brossa- de haber sido transformista, para diferenciarse del artista admirado, se habría hecho llamar Fregoli-no.



Eso fue en el siglo pasado y yo en éste uso su treta para escaparme de los pacientes que pretenden asignarme gentilicio.
-¿Es usted cubano?
-Cuba-no
-¿Dominicano?
-Dominica-no.
Su inquietud es sana, pero no siempre es posible ni intuitivamente conveniente (por lo de la neutralidad terapéutica quizá) una respuesta. Mucho menos una explicación detallada:
-Yo nací en tal parte. Mi padre era de aquella otra. Mis abuelos de allá. Pero atravieso las aduanas con un pasaporte que poco tiene que ver con los lugares que he nombrado.




En los últimos años -por la barba, por los años, porque al menos dos veces al día voy a la estación de trenes o por Mohammed, mi barbero- me abordan en la calle o en la estación hombres y mujeres que podrían ser del Magreb, quizá de Marruecos.
-As-salaam alaykum- me saludan antes de hacerme en árabe un planteamiento que no comprendo.
Es una situación difícil de la que sólo puedo escapar gracias a Joan Brossa:
-Marroquí no -les digo y para que no quede ninguna duda muevo el dedo índice de la mano derecha de uno a otro lado. -As-salaam alaykum.

22 dic. 2013

Para cuando en el aeropuerto un vigilante te explore profundamente

En el aeropuerto, el vigilante me somete a una revisión exhaustiva, inusual en mi vida de viajero en todo caso. Me aliena un poco, pero no protesto porque en principio fueron los remaches metálicos de mi pantalón los culpables de que el arco detector de metales comenzara a cantar. Además, conozco de antemano la respuesta ("Yo estoy haciendo mi trabajo") y me resultará todavía más fastidiosa que la palpación inguinal bilateral.
Inicialmente, pienso en el racismo. Este vigilante hijo de puta no puede ver una persona que sea diferente a él porque en seguida piensa que lleva o trae lo que él seguramente desea consumir. Eso lo pienso mientras me pongo las botas y el cinturón, pero mi hijo, el mayor, me lo advierte.
-Estás hablando solo, papá, y el cinturón te lo estás metiendo por el lado equivocado.
Ciclo inmediatamente y abordo la situación desde el lado médico. Nosotros los médicos también tocamos y, por si fuera poco, estamos convencidos de que mientras más tocamos el paciente más nos lo agradece. Quizás no sea así aunque en este momento me resulta difícil dudar de la efectividad y eficacia diagnósticas de la palpación abdominal o de la exploración de rodillas. Para beneficiarse de ellas, es necesario acercarse, tocar, abordar esa otredad que es el cuerpo del paciente y se acepta el procedimiento, tanto de parte del médico como del paciente, porque se entiende que, a diferencia del cacheo policial hay un provecho mutuo. Hay, sin embargo, colegas que exageran. Recuerdo una compañera que se ufanaba de realizar una por una todas las exploraciones del reconocimiento médico laboral. 
-Es que yo no dejo nada sin hacer y si escribo que los miembros inferiores están en buenas condiciones es que he explorado una por una todas sus articulaciones.
Esto en principio no tiene ni tenía nada de particular ya que así debe ser y hacerse, pero el tono marcial de sus indicaciones y la repetición de ciertas maniobras le otorgaba al asunto una deformación alienante por lo que en una ocasión cuando le tocó valorar a un traumatólogo brillante y amigo, como me topé con su rubor a la salida de la consulta y cometí el error de preguntarle cómo estaba, éste no pudo evitar el decírmelo:
-Mal, a esta mujer lo único que le faltó fue hacerme un tacto rectal.
Si ella lo hubiera escuchado lo habría entendido como un elogio y quizás lo habría citado nuevamente para hacérselo ya que este hombre tenía entonces más de cuarenta y cinco años y es de todos sabidos que la próstata ...
Mientras recuerdo a mi colega óseo ya estoy desayunando con los niños en el bar y las maniobras exploratorias del vigilante han perdido la mayor parte de su gravedad. Me río incluso del asunto. Por eso, en el momento de ir al baño, lo advierto:
-Si demoro mucho, es que me he encontrado al vigilante y le he pedido que termine el masaje.

18 dic. 2013

Tu sujetador tus calcetines


Para entender qué significaba el mensaje recibido ("Tienes mi sujetador y mis calcetines") el médico de guardia tuvo que recordar, entre fractura de rótula izquierda y abdominalgia inespecífica, que desde hacía tres meses salía con Raquel, que seguía creyendo que Raquel estaba buenísima, que tenía una mochila para las guardias, que la noche anterior a las guardias preparaba un juego de calzoncillos y calcetines, que quizás lo suyo con Raquel tenía todavía un largo recorrido, que colocaba calcetines y calzoncillos sobre el galán para recogerlos en la mañana antes de partir y meterlos en la mochila, que Raquel se quedaba ciertas noches en el apartamento, que a veces ella también colocaba sobre el galán su sujetador y sus calcetines, que esa mañana se había despertado con cinco minutos de retraso y lo había hecho todo muy de prisa, que la prisa es una mala compañía, que cuando se despertaba no encendía la luz para no despertar a Raquel y que seguramente en lugar de coger su juego había cogido el de Raquel. Todo para darse cuenta que después de una guardia de veinticuatro horas, luego de ducharse, no podría cambiarse de calcetines ni de calzoncillos porque los había dejado sobre el galán, a sesenta centímetros de sus cuarenta y siete kilos.

12 dic. 2013

Diana y Mandela


Más de quince años después de la muerte de la primera esposa de Carlitos, viendo a la gente llorar por Mandela, vuelvo a descubrir que esto de las exequias televisadas me da grima, asco y arrechera. Lo sé, cada vez soy un hombre más anticuado, pero es que no le encuentro sentido a estos melodramas colectivos en que personas que cobran por ello (periodistas, celebridades y políticos) fingen llorar y haciéndolo logran que las personas normales lloren realmente. Podría también hablar de la muerte de Chávez, pero no lo hago para que no digan que aquí estamos otra vez los escritores venezolanos oliéndonos el ombligo. O de la muerte de Juan Pablo II, pero pretendo evitar los reproches maternos. Además, al asunto católico le concedo la gracia de la resurrección, evidenciada en la muerte papal a través de la elección del nuevo papa. De todas maneras es más de lo mismo, un ejercicio catártico que no lleva a ninguna parte. Se parece un poco a la alegría deportiva. Imbecilidades todas. Ganó Nadal, el Real Madrid o el Barcelona, Magallanes en Venezuela. Pero al menos ésos son eventos que despiertan ánimos positivos, generan la vivencia de una victoria que quizás cada uno de nosotros nunca podrá tener por vía natural. No pasa lo mismo con la muerte, que la tenemos garantizada.
Son los deudos los que lloran a sus muertos. Los deudos reales. Las personas que los quisieron o los odiaron, pero con los que tuvieron contacto y relación. Ése es un sentimiento verdadero. Este otro es una representación caricaturesca del dolor. Hacer un funeral multitudinario para realizar minicumbres de estado, para que Obama salude a Castro y se cepille a la ministra danesa (o viceversa) o para que los sudafricanos muestren al mundo un falso intérprete del lenguaje de los sordos es un ejercicio de estupidez. Habrá, lo sé, quien se siente atraído por el asunto e incluso se conmueve. Luego irá a la librería y comprará toda la colección de premios planetas. Lo lamento, compadre. Lo lamento mucho. Para evitar su dolor, en voluntades anticipadas, las celebridades deberían pedir exequias privadas y silenciosas.
Ésa es una buena idea que recomiendo sinceramente. Si Google le ofrece más de mil resultados cuando usted teclea su nombre lo mejor que puede hacer es un poco de psicoterapia. Apenas dos o tres horas de diván le ayudarán a comprender que la mejor manera de partir es hacerlo en silencio.

7 nov. 2013

Elogio de los bancos

 

Actualmente y casi para todos, resulta inevitable asociar la palabra banco a un pecado bíblico, un engaño, un dolor de cabeza mal curado, una factura pendiente, una carrera constante entre un monopatín oxidado y un Lamborghini recién salido del taller.
En mi caso, sin ir más lejos, hoy me tocó comunicarme telefónicamente con mi agencia. Inicialmente hablé con una señora que, eso sentí, me maltrataba.
-Ustedes, los clientes, créeis que... -decía usando ese odioso plural que siempre me hiere-. Veré lo que puedo hacer.
Le hice notar lo incorrecto de su actitud y, luego, escribí una nota de reclamación en la página web del banco. Fue una nota calmada en la que protestaba el tono perdonavidas de la empleada.
Al rato llamó la directora.
-No es para disculparla -me dijo- pero esta mujer ha estado sometida a mucha presión porque yo he tenido una niña y ella ha estado sola allí, acompañada por un sindicalista que no hace nada.
Felicité a una y disculpé a la otra, de alguna manera, aunque no terminé de entender la referencia sindical.
A los cinco minutos la directora volvió a llamar. Nuevamente gentil, pero ahora con una trampa en la boca. La escuché y no prometí nada.
Luego de despedirme fui al parque y me senté en uno de los bancos a los quiere referirse el título de este cuartiento. Son los primeros a los que se refiere el diccionario. Son los primeros que hemos conocido. A ellos representa la palabra banco. Éste es de concreto, pero también los he conocido de madera y de hierro, con o sin respaldo. Cómodos en su perfecta incomodidad, concebidos para cavilar unos minutos, leer quince páginas o robar un beso. Obviamente, yo he hecho muchas más cosas. Sobre ellos he escrito y leído, he comido, he dormido. Incluso en una ocasión -era la primera juventud, hace más de veinte años- me tocó amar y pude hacerlo.
Estos bancos que te ofrecen alivio son una maravilla y se merecen un elogio en forma de cuartiento.
Sentado en uno de ellos, suspiro y recuerdo un paciente moribundo que fue director de un importante banco de V. Antes de despedirse, el hombre se empeñó en regalarme un consejo:
-Doctor, quizá es lo último que digo, pero hágame caso, nunca crea que un bancario puede ser su amigo.
Lo tendré en cuenta si vuelve a sonar el teléfono. No asentiré y diré muy pocas cosas. Lo que no puedo garantizar es si la directora se dará cuenta que desde hace unos minutos soy rico.  No me he ganado la lotería todavía pero, sentado en este banco casi perfecto, acabo de salvar una palabra.
 

3 nov. 2013

Otro encuentro feliz en la medritura


La medritura es un oficio que se ejerce con el conocimiento, la experiencia, los sentidos, la imaginación pero, clave, para su ejercicio es fundamental haber estado frente a un paciente.
 
Así como no hay escritura sin texto ni crimen sin cadáver, no puede haber medritura sin paciente. Independientemente de que uno de los resultados de su ejercicio sea un texto, la medritura no se construye a partir de él, sino a partir del paciente.

El encuentro entre el medritor y su paciente podría ser abordado desde la perpectiva que la tradición médica conoce como relación médico-paciente: el paciente acude a la consulta solicitando un servicio que el medritor presta gracias a su saber entablando ambos una relación en la que cada uno tiene haberes y deberes.

O desde la transferencia-contratransferencia freudiana. Al paciente le son transferidos parte de los haberes del medritor y el medritor ha de valorar lo que el paciente hace que evoque.
 
Si el psicoanálisis considera que para la valoración y uso adecuado de la contratransferencia es necesario el análisis previo del psicoanalista, en el caso del medritor es necesaria la escritura.

El medritor no ha de ser neutral, como se le solicita en ocasiones al analista. Lo que el análisis llama neutralidad terapeútica, en la medritura significa la posesión de dos apendices auriculares (dos orejas) que siempre juegan a favor del paciente y permiten que éste se revele y desvele en la consulta como persona.

He aquí una diferencia fundamental. La medritura no encuentra pacientes, encuentra personas. Y las personas pueden tener un problema médico, pero tienen también un oficio, aficiones, anécdotas.

Todos los pacientes son personas, pero también es cierto que en ocasiones no todos están, no tienen por qué estar dispuestos a ser hurgados como tales. De la misma forma en que a un paciente en coma no se le puede pedir que interrelacione con su entorno, a un paciente que sólo pretende del médico la solución de un problema (una herida en el dorso de la mano por ejemplo) y que no está dispuesto a otra cosa no se le puede pedir que sea un paciente de la medritura.

Un encuentro interesante es el del medritor con el lletraferit. Cabría suponer que es el encuentro más feliz de la medritura, pero no necesariamente tiene por qué serlo. El lletraferit puede ser una persona complicada y suele ser quien en la consulta del medritor al menos inicialmente resulta más arisco, menos propenso a revelarse como persona, mucho más como lletraferit. Suele haber, sin embargo, un instante en que la mirada de ambos es atravesada por un puente de reconocimiento o complicidad. "Me equivoco o tú eres un medritor", ésa puede ser la idea que atraviesa el pensamiento del lletraferit. A partir de allí es posible que alguno de los dos se le escape una referencia literaria y que, si el encuentro se repite, se desvelen el uno ante el otro con sus verdaderos intereses.

Conozco el caso de un médico que es medritor sin saberlo y, una vez que encontró un paciente lletraferit, terminó escribiendo con éste una novela.

Pero mayormente todo paciente significa un encuentro feliz para el medritor porque es una ventana a través de la cual contempla el mundo y la vida.

Mi encuentro más feliz de esta semana sucedió con un empresario que terminó la consulta regalándome una máxima:
-El dinero no es importante para tenerlo. Es tan solo importante para no necesitarlo.
 
En principio, para la medritura todo paciente es, puede ser, un encuentro feliz.

4 oct. 2013

Una silla

 
La silla número cuatro se dañó hace tiempo. Fue comprada en M, pero la hicieron en H. No resistió ni siquiera una novela. También es verdad que yo con cada novela me demoro un montón. Quedaron separadas sus patas y su espalda, sin piernas y sin nada más. Yo las guardé en el trastero: "Algo haré con ellas", me dije como los viejos. "Algo haré". Y los amigos  me decían: "Tire eso, compadre. Deje de acumular cosas, basura".
Hace dos días, comencé a buscar una silla, una simple silla para sentarme un rato y descansar.
"Ahora, lo que necesito ahora es una silla", me dije a las cinco de la tarde.
Sillas libres no había. Todas estaban ocupadas. Sobre cada una dos libros o un juguete.
Bajé al trastero y cogí la espalda de la silla desmontada. Por la ventana vi un tronco viejo en el patio del vecino y se lo pedí. Luego cuatro tornillos y un cojín.
Lo dispuse todo en apenas dos o tres minutos.
"Ésta es mi silla, mi silla de hoy. La he inventado yo".

1 oct. 2013

¿Acaso la narrativa es una especialidad médica?

 
(fotografía de J. Sánchez)
 
 
Por supuesto que sí, qué duda cabe, siempre que el especializando sea un medritor y la narrativa no sea su única especialidad. Si cumple estas condiciones, la narrativa incorpora una comprensión global de la historia de la enfermedad, profundiza en sus precedentes y visualiza sus consecuencias. Aun más, la capacidad narrativa de detenerse en lo aparentemente nimio multiplica el sentido de la medicina. Se me ocurre un ejemplo. Un hombre que llora todas las tardes desde hace 36 meses no es simplemente un distímico si el llanto es propiciado por su hijo -que hace sonar en el ordenador canciones de su infancia- ni mucho menos si el niño lo hace porque casi contemporáneamente con el llanto el padre ríe celebrando la ocurrencia.
¿Es posible entonces que muchos médicos sean medritores sin saberlo? Es posible, sí, y para asegurarlo habría que revisar sus historias médicas e indagar en sus aficciones.
Puestos ya en el tema, se me antoja casi natural una tercera pregunta: Y la poesía, ¿también es una especialidad médica? Seguramente sí. Aporta sensibilidad, mejora el trato con el paciente. Pero yo (yo mismo, yo del yo, el ello y el súper yo), yo casi no la ejerzo.
 
 


28 sep. 2013

EXERESISDOLOROTOMÍA DEL ÚLTIMO PACIENTE

(un minuto antes del segundo de partir) me duele mucho me duele mucho más de lo que puedo resistir urge que mi sufrimiento sea calmado no puedo más que alguien me escuche que al menos me escuchen lo necesito por favor yo no conozco los horarios no lo sé no creo que sea mucha molestia tanto no cuesta nada es mi dolor mi sufrimiento y usted puede calmarlo sólo soy un paciente más y aunque veo que su teléfono parpadea sé que usted tiene tiempo para mí yo lo haría por usted seguro que sí yo lo haría si pudiera si estuviera en mí si yo fuera el médico es un asunto de humanidad de sentido el ayudarnos unos a otros cuando sea necesario que parpadee no importa en tanto yo no soy egoísta yo soy paciente y éste es su trabajo ayúdeme carajo escúcheme dígame si aún me queda mucho o poco si este dolor la pena va a pasar si podré ver a mis hijos nuevamente algún día es imprescindible para mí saber lo que va a pasar pero mucho más saber que usted está allí dispuesto a escuchar a calmar mi dolor sé que usted tendrá los suyos pero no importan ya le llegará el día todo llega hoy soy yo hoy es mi día y yo se lo agradezco mucho no se aflija no se ponga triste con mis palabras no escuche por favor su tren partir escúcheme a mí concéntrese en mi voz en su cabeza halle inténtelo la forma de hacerme mejorar y cabalgar nuevamente volar con todo lo fuerte que yo he sido en la vida volver a ser como antes recuerde que cualquier otro día usted puede ser el paciente.

25 sep. 2013

¿Era Joan Baptista Campos un medritor?

 
Todavía no sé si es conveniente usar la palabra medritor para designar a otros colegas. Aunque el término nació en los dias de la presentación del libro Médicos taxistas, escritores y la consolidación del personaje Fausto Porai en una novela todavía inédita como una forma de representar la integración en el desempeño humano y profesional de lo que muchos piensan son dos escuelas diferentes, la literatura y la medicina, sé que muchos lo reducen a la posibilidad de ser médico entre los escritores y escritor entre los médicos. No es así, obviamente no es así. Mucho más todavía, no se trata de una fusión que ocurre por azar. Si bien en este siglo es posible e incluso conveniente fusionarlo todo, no es lo mismo fusionar la medicina y la literatura que hacerlo con la ingeniería y la literatura (¿la ingenietura?). ¿Por qué?, preguntará el lector interesado o quizás también el novicio. Porque la medicina, a pesar de las estadísticas, las comisiones de calidad y la tecnología, no se ha convertido y no sé bien si lo logrará  alguna vez en una ciencia apodíctica. ¿Por qué nuevamente? Porque se ocupa del cuerpo humano y de algo que aunque frecuente no deja de ser perverso en él, la enfermedad. Pero esto es necesario aprenderlo muy poco a poco y, mientras tanto, es posible que alguien utilice la medritura, la condición de medritor, como un dardo (envenenado, claro: si no, qué sentido tiene usar la palabra dardo).




Recordando lecturas me gustaría decir que William Carlos Williams era un medritor. Esa foto que Marta Aponte colgó en su facebook hace unas semanas, con el medritor frente a su escritorio (libros, un telefono de baquelita y el maletín médico) y aquel poema de la botella de cristal en el patio del hospital, esas dos cosas me permitirían pensarlo. Pero aunque lo he leído tanto desde hace mucho tiempo y creo conocerlo bien, no podría asegurarlo. Igual me sucede con Alfred Döblin, el autor de la monumental Berlin Alexanderplatz. Claro, dira el lector espabilado, este hombre, el cuartientólogo, pretende haber creado una nueva raza, la de los medritores, dice que el es un medritor y que William Carlos Williams y Alfred Döblin quizás también lo eran: ¿quién no va a querer tener algo en común con dos escritores asï?
Pues creo haber conocido otros medritores. Uno de ellos, Joan Baptista Campos (1961-2013). Lo conocí como médico de ambulancias siendo yo residente en la Urgencias del Hospital General de Castellon. No recuerdo el primer saludo, pero debieron ser dos o tres palabras serenas y la certera presentación de un paciente. El medico de ambulancia es un especialista en transporte precioso que salva, recoge y luego entrega la mercancia: un accidente cerebrovascular, una sobreingesta o un infarto cardiaco. Joan, sin embargo, hacía algo mas, acompañaba humanamente al paciente y sus cuidadores y cuando se suponía que había terminado su tarea no se limitaba a nombrar una enfermedad sino que transfería la responsabilidad humana adquirida frente a una persona y sus familiares. Así fue cómo terminamos hablando de literatura y, en alguna ocasión, intercambiamos nuestros libros. Nunca pude ir a las presentaciones a las que me invitó (los niños, los kilómetros, las presentaciones), pero sí leí dos libros suyos que me sobrecogieron, Aquesta estranya quietud y El regal en la mirada. Además, seguía su blog, La garfa del dies, y recuerdo la explicación que él, un hombre de El Grao (el puerto) de Castellón, me regaló sobre lo que significaba la palabra garfa: el género que el pescador lleva a casa todos los días al terminar la faena. En su poesía, en su blog, en las conversaciones sobre pacientes y medicina, siempre lo escuché hablar con la misma voz, la voz de la medritura.

 
 
Era, sí, un medritor y, cuando murió, en marzo de este mismo año, sentí un dolor especial. No sólo me dolía su muerte sino el fastidioso hecho de que, a pesar de compartir una ciudad y una profesión especial (la medritura), no había podido frecuentarlo más, escucharlo mejor, más lentamente, como Joan Baptista Campos, el medritor de El Grao, se lo merecía.
 

13 sep. 2013

Consejos de una madre sobreprotectora a un escritor no tan joven

 
No escribas sobre el vecino que antes de morir ha cambiado su dirección postal por la tuya dejándote así encargado de la correspondencia con sus acreedores. Es mejor no escribir sobre los muertos o las personas a punto de. Recuerda lo que te pasó cuando escribiste un cuartiento sobre Chávez: te fracturaste el radio derecho y el gancho del ganchoso. Es necesario cuidarse mucho, hijo mío.
No escribas sobre la Virgen María ni sobre apariciones marianas. Hay mucho psicópata alrededor, muchos estafadores, y pueden terminar haciéndote daño.
No escribas sobre política porque tú no eres político. Además, de la venezolana sabes poco porque hace mucho que no vives en Venezuela. Y de la española ni te digo. Eres demasiado extranjero y si ni siquiera entiendes la pertinencia de la monarquía en un país europeo del siglo XXI. Así, ¿cómo vas a entender los silencios de Rajoy, las manos voladoras de Rubalcaba?
No escribas sobre la escasa calidad del inglés de Ana Botella porque el tuyo no es mucho mejor.
No escribas sobre las ex-novias porque seguramente algo tendrás que agradecerles.
No escribas sobre la familia política porque tienen la misma sangre de tus hijos.
No escribas sobre el fútbol porque a Enrique Vila Matas le gusta el tema. Y a Vásquez Montalban. Y a Javier Marías.
No escribas sobre cosas que has visto en tu centro de trabajo. De eso comes, hijo mío.
No escribas cosas buenas de los amigos porque algún día serán tus peores enemigos.
No publiques cosas nuevas en el blog los viernes en la tarde porque los fines de semana nadie lo lee.
No digas que te gusta El Padrino porque quedas fatal, como un psicópata.
No cuentes cosas de tu vida  privada porque en la vida es necesario preservar la intimidad.
No expreses tu opinión sobre temas difíciles porque mayormente te equivocarás.
No escribas textos de amor ni literatura erótica ni nada de eso. El amor es para sentirlo, no para escribirlo.
No escribas sobre asuntos agrícolas porque de pequeño siempre te negabas a regar el huerto de la casa.
No escribas sobre asuntos religiosos porque ése es un tema muy complicado.
No escribas sobre enfermedades psiquiátricas porque todo lo que digas puede ser usado en tu contra.
No escribas sobre muñecas de plástico porque quedas mal, demasiado mal.
No escribas sobre bebidas alcohólicas porque parecerás un borracho.
No escribas nada, ni bueno ni malo, sobre el matrimonio porque se enfadarán contigo.
No escribas sobre pelirrubias, pelirrojas ni morenas. El color del pelo no es transcendente y puede cambiarse en cada esquina.
No escribas sobre frutas ni flores porque se pudren.
No escribas con ilusión y esperanza porque pareces un imbécil.
No escribas sobre la infancia porque te da un tono melancólico que no pega con tu personalidad.
No escribas sobre el futuro porque lo desconoces.
No escribas sobre el presente porque pones en riesgo el futuro.
No creas que te estoy diciendo que no escribas.
Al contrario, escribe mucho, muchísimo, pero no sobre las cosas que he mencionado anteriormente.
Recibe un beso.
Tu madre que te ama.

10 sep. 2013

CUARTIENTO SANTO

 
Crecí en un hogar en que las dos cosas más importantes eran alabar al Señor y cuidar los pianos que mi tía atesoraba. Soy absolutamente consciente de lo que he escrito. En mi casa, durante la infancia, antes de cualquier otra cosa, se nombraba a Dios. Al encontrar a mi madre o a mi tía, yo les pedía la bendición y, sólo depués que ellas me la daban ("Dios te bendiga, hijo. Te haga bueno, puro y santo y te dé vida y salud") yo podía hablar y decir que me estaba quemando, que me había herido un dedo o que necesitaba dinero para comprar cualquier cosa. Así era la vida en familia. En los dos primeros años, mientras vivió mi abuela Amalia, todas las tardes venía el sacerdote a celebrar la misa junto a su lecho y darle la comunión. Fueron sus palabras, las de la misa católica, las palabras con las que yo aprendí a hablar para orgullo de las mujeres de mi casa y, luego de la muerte de mi abuela, luego de su muerte, todos los días, antes de ir al colegio, éramos nosotros -mi hermana, mi tía y yo- los que íbamos a la iglesia. Así, la primera cosa que yo aprendí desde el comienzo hasta el final fue la misa y ya a los dos años la repetía junto al cura y las mujeres de mi casa, en el apartamento o en la iglesia, los dos en El Viñedo de Valencia. Y por eso fue también, ayudado porque la casa a la que luego nos mudamos en La Entrada quedaba al lado, justo al lado, de una capilla, que me convertí en una especie de sacristán: tocaba la campana para llamar a los parroquianos y, cuando venía el Padre Carlos Reschop (sólo cuando venía el Padre Carlos) lo asistía como monaguillo.
Crecí, así, rodeado de referencias religiosas y sin la posibilidad de atesorar lo que mi entorno decía que eran impurezas en forma de pensamientos. Recuerdo una vez que mi hermana dijo "coño" y "nojoda" consecutivamente, pues inmediatamente fui y se lo dije a mi tía: castigada. Otra en que un compañero de cuarto me dijo que fuéramos a verle el culo a las niñas del colegio de al lado. Yo no sabía qué significaba la palabra culo y fui a preguntárselo al Padre Carlos. Castigados los dos por observadores de culos. Es que también iba a colegios de curas: hasta segundo año, salesianos. Luego, escolapios, hasta el final del bachillerato..
Pasó algo a los catorce años. Fue una mezcla de varias cosas: la visita de Juan Pablo II a Pinochet, el primer taller de literatura al que asistí, el paso del colegio a la universidad, el recuerdo del Padre Luciano Tenni abusando de algunos de mis compañeros en primaria o la pretensión de parte de mi familia de que yo ingresara en el seminario. Tambaleó mi fe. Comenzó a desmoronarse. Se rompió en mil pedazos.
Por años creí que había sucedido porque tenía que elegir entre ser católico practicante o quizas cura y ser escritor. Y me vanagloriaba de que a pesar de haber cruzado el charco de la fe, dominaba absolutamente la jerga de los creyentes.
Así ha pasado el tiempo y de mi experiencia religiosa sólo quedó el reproche tácito de mi tía por mi deserción y, sin necesidad de acudir a la iglesia, la dificultad de dañar a alguien gratuitamente.
En los últimos años, un poco también empujado por mi trabajo, muy cerca del dolor y casi a un costado de la muerte, he entrado en contacto con personas verdaderamente especiales que me hablan de la religión y de la fe, no sólo con profesión sino con sabiduría.
Por si fuera poco hace cuatro semanas llamé a mi madre en Venezuela y estaba con ella el Padre Salazar, que era durante mi infancia el director espiritual de mi tía Aura.
Aquí debo hacer un aparte. El Padre Salazar es una de las maravillas de la vida de mi familia. Cuando yo tenía 8 o 9 años se fue a las misiones, al Amazonas, al Orinoco, y desde entonces una vez al año viaja a Valencia o a Caracas y entre las cosas que hace le dispensa una visita a mis mujeres venezolanas. Ahora tiene 85 años y el otro día mi madre me propuso que hablara con él al telefono.
-Buenos días, Padre. ¿Cómo está?
-Un abrazo, Slavko. Te quería decir una cosa.
-Lo que usted quiera, Padre. Diga.
-Recuerda que no debes perder la fe.
Obviamente no fui capaz de ponerme a discutir con el Padre Salazar, de contarle mis dudas, mis incertezas, mis limitaciones.
-No se preocupe, padre. Sobre eso no hay ninguna duda.
Dos días después, regresando del hospital a la casa, en el tren, comencé a escuchar las palabras de un anciano que había subido en Burriana y realizaba una llamada telefónica. Su discurso me resultaba conocido y no sabía bien de dónde provenía: si era sacerdote, médico o escritor. En todo caso, era un discurso que podía ser mío. El hombre hablaba como hablo yo e incluso decía cosas que algunas veces escribo o le digo a los pacientes. Finalmente, fue necesario descartar la medicina y la literatura. Era cura, era un sacerdote salesiano. 
Yo que alguna vez pensé que había dejado la religión por la literatura, en sus palabras me encontré a mí mismo y el origen de muchos de mis textos.
Esto no quiera decir que me haya convertido ni que mañana deba ir a la iglesia o, de manera imposible, ya que sigo casado y con hijos, hacerme cura. Simplemente que continúo en esto de conocerme, de hurgar dentro de mí, y que como escritor también soy un poco religioso, igual que también lo soy como persona.
Quizás por eso mi hijo de diez años cuando me ve apenas vestido siempre me lo dice.
-Pareces un cura, caramba.  A ver si te pones algo de color.

30 ago. 2013

PENÚLTIMAS REVELACIONES DE UN BARMAN EVENTUAL

 


1 Varios años pidiéndole a Eugenio que me dejara trabajar como barman durante seis horas en su salón de banquetes y finalmente me dice que sí una tarde en que se habían enfermado el titular y sus cuatro posibles sustitutos.
2 No es necesario disfrazarse. En la reunión de hoy, que es informal, el barman se viste como quiere.
3 Pienso prescindir del trapito. Usaré papel absorbente. El trapito me da mala espina.
4 Recuerdo a uno de mis mejores amigos que se pagó los estudios trabajando como camarero.
5 El trabajo es continuo. Menos mal que no tengo máquina de café y que no debo manipular dinero.
6 Las neveras no enfrían mucho y hay que ingeniárselas con el hielo.
7 Los niños piden agua y coca cola, fanta a veces.
8 Cuidado con los vasos de plástico que se van a acabar.
9 Sobre la mesa, las bandejas para las aceitunas y las almendras.
10 Un usuario pregunta por San Pancracio. No hay ninguna imagen de él detrás de la barra. "Si la hubiera", le digo, "habría que ponerle un vasito de anís".
11 Me gusta servir los gin tonics y, cuando alguien pide un ron con cocacola, impongo el ron cacique: "Es el que yo bebía en Venezuela", le digo aunque no le importa.
12 Cuando tengo varios pedidos frente a mí, me confundo un poco: dos cocacolas sin cafeína, una cocacola zero, una light y dos normales. Cocacola normal para todos.
13 Mi cerveza la tengo bajo la barra. Se calienta y la cambio, a cada rato.
14 El hombre que bebe whiskey se sienta frente a la barra y se presenta como presidente de una empresa pequeña, una empresa de pueblo.
15 Una cerveza sin alcohol para los que regresan dándole vueltas al volante.
16 El presidente dice que su problema son los discursos.
17 Tiene que dar dos o tres discursos a la semana.
18 No puedo darle mucha cuerda porque se me amontona el trabajo. Algo le digo sin embargo: "Se ve que en este pueblo son importantes las palabras".
18 Para aprender ve y escucha discursos de políticos en el l-pad.
19 O invita a los amigos a que escuchen sus ensayos.
20 "Es horrible", dice. "Pero de eso depende mi empresa".
21 Lo digo nuevamente: "Se ve que en este pueblo son importantes las palabras".
22 No insisto más. Eugenio me llama para cortar la torta.
23 Estoy cansado.
24 Cuando regreso a la barra, el presidente se ha ido. Lo busco con la mirada.
25 Está en un rincón, hablando solo.
26 "Practica", me dice Eugenio. "Es el presidente de tal compañía y debe dar muchos discursos".
27 "Sí, ya lo sé".
28 "Dos gin tonics", pide un anciano barbudo y empieza a hablar de tennis con un similar.
29 Hablan mucho, pero no saben qué es un tie-break.
30 No aclaro sus dudas. Tengo que destapar seis cervezas.
31 El grupo ahora es cada vez más pequeño. Y la música se escucha mejor.
32 Me sirvo un ron con hielo.
33 Los que hablaban de tennis, intentan ahora abordar el sexo anal. Mal asunto.
34 "Buen provecho", le dice el presidente a una señora que repite postre.
35 Estoy muy cansado.
36 Mi ron está exquisito y Jovanotti canta "A te".
37 Quedan pocos.
38 Sirvo otros gin tonics.
39 Eugenio dice que falta poco. "Contrataron el salón hasta las once".
40 "Qué bien, porque yo estoy muy cansado".
41 "Pero todavía falta limpiar la barra, sacar la basura y reponer".
42 "¿Todo eso? ¿No es mucho?"
43 "Venga que yo te ayudo"
44 "Te lo agradezco. Y cuéntame cosas del presidente. Quizás le dedique un cuartiento".

25 ago. 2013

El ladrón de chanclas (única crónica del verano)

 
 
Conocí los hechos en el año 1993 leyendo una crónica del peruano Jaime Bedoya en un libro que recuerdo con placer: Ay qué rico. Al parecer, en las playas de Lima, un desalmado y habilidoso ladronzuelo, serpenteando entre hámacas, chinchorros, toallas y tumbonas, se había especializado en robar sandalias y chancletas. No sólo perdí el libro, sino que también el contacto con Bedoya, y para reparar el entuerto he pasado veinte años recordando el asunto del ladrón de chancletas. Basta que llegue a una ciudad y beba dos cervezas, comienzo enseguida a contar la crónica de Bedoya. A veces olvido el nombre de Bedoya y lo llamo Javier o Jorge, siempre con jota. Otras olvido el título del libro: Ay qué rico se transforma en Pollo sabroso o Qué bien me sabes. Lo he hecho en España, en Italia, en Cuba, en Chile, en Marruecos, en Croacia y en Venezuela. Seguramente también lo he hecho en otras partes, pero tampoco se trata de escribir un libro de viajes. De verdad verdad nunca he dejado de divertirme repitiendo la anécdota, a veces nombrando a Bedoya, otras ignorándolo descaradamente, y siempre he recibido la sorpresa como respuesta. "Imposible", "mentiroso", "fabulador", "cuentero", "realismo mágico", son sólo algunas de los improperios que he escuchado, que he tenido que escuchar. Eso hasta hace dos meses en Madrid. Estaba compartiendo unas cervezas con mi amigo Juan Carlos Méndez Guédez y se me ocurrió hacer referencia a las chancletas de Bedoya, no para impresionar a Juan Carlos, quien tiene el libro y conoció igual que yo a Bedoya hace veinte años, sino para callar al dueño del bar, un uruguayo talentoso que había pifiado asegurando que Gardel había muerto en 1935 y no en 1933, que era la verdad que yo defendía y que recuerdo siempre porque ése es el año del nacimiento de mi madre. El hombre se había enrollado con el asunto de Gardel y yo para cambiar de tema dije que alguna vez había leído que un desalamado y habilidozo ladronzuelo limeño, serpenteando entre ...
-Pues eso también pasa aquí - me interrumpió el uruguayo.
-Pero, ¿qué estás diciendo, hombre? Si Madrid no tiene playas.
-No me refiero a Madrid, imbécil -seguramente yo era el culpable de la confianza que se tomaba-. Estoy hablando de España. Eso también pasa aquí. Vete a Valencia y verás.
-Pero, ¿a qué playa?- le pregunté.
-No te lo puedo dar todo, hijo mío- se despidió el portento.
Apuré la cerveza y me despedí de Juan Carlos. Resistí la tentación de meterme en un locutorio para preguntarle a Wikipedia el año de la muerte de Gardel y, como igual tendría que llevar a los niños durante el verano a la playa, cuando llegué a la casa lo dije:
-En agosto vamos a recorrer las playas de la Comunidad Valenciana.
Primero, claro, me compré unas chanclas rebonitas en un outlet italiano. La idea no era usarlas, sino llegar descalzo a la playa y dejar las chanclas impolutas frente a la tumbona mientras construía castillos de arena con los niños a dos o tres metros, tentando al demonio, comprobando si el uruguayo me había engañado o no. Tal cual. Comencé construyendo castillos de arena en Oropesa. Nada de nada a excepción de una quemadura de primer grado en la planta de los pies. Luego en Torreblanca: nada tampoco. Allí, todo lo contrario, la playa es tan segura que un parroquiano me contó que los vecinos llevan sus sombrillas a principios de junio y allí las dejan hasta septiembre. Luego me fui al sur: Javea, Denia y Benidorm. Nada.  Vi robos, venta de drogas, pero nada relacionado con las chanclas. Mis hijos ya habían entendido de qué se trataba el asunto y, cansados de playa, intentaban ayudarme:
-Pero, ¿el hombre no te dijo Valencia, papá? Vamos a la Malvarrosa o a Canet -me dijo Alessandro hace una semana antes de abrir la puerta del automotor.
Le hice caso. Sábado, la Malvarosa. Domingo, Canet. Nada tampoco.
Para ayer sábado, que se suponía el último sábado de playa de nuestro agosto, dejé un pueblo que se llama Puzol. Me interesó porque en alguna parte leí que sus propios habitantes desaconsejaban la playa por fea y artificial. "Algo tendrá", me dije. Busqué además información en Internet y así supe que sus habitantes más ilustres eran un escritor romano llamado Santiago Posteguillo y un muchachote con veleidades artísticas conocido como John Cobra.
Cuando llegué, pregunté por ellos. Al primero nadie lo conocía y del segundo me dijeron que desde el año pasado vive en Colombia:
-¿Igual tendremos que bañarnos en la playa?- me preguntó la niña y yo le respondí que sí y fui a motar la paraeta de las chanclas, la tumbona y el castillo de arena.
Estaba ocupado construyendo la torre sureste cuando vi que un muchacho delgado y moreno -alguien me diría luego que aparece como discípulo de John Cobra en una serie de videos que se llaman Valetudo- de unos diecinueve años, con un bañador azul y un collar de madera alrededor del cuello, corría descalzo por la playa en dirección a Sagunto. Como mi castillo interrumpía su carrera se internó en la arena y, cuando pasó frente a mi tumbona, sin ni siquiera detenerse, como si estuviera haciendo un pase de fútbol, calzó las sandalias y continuó la carrera, ya no siguiendo la playa, sino en dirección a las casas.Imposible e innecesario perseguirlo. La niña fue la única que hizo algo:
-Ahí va el ladrón de Bedoya, papá- gritó, pero no con intención de generar alarma, sino más bien con alegría.
Yo ´me quedé más contento todavía. Invité a los niños a destruir el castillo y, cuando llegué a casa, me puse a a revisar la biografía de Gardel. El uruguayo tenía razón: Carlitos murió en 1935, el año en que nació mi madre. Ay qué rico, escribió Bedoya: qué rico es equivocarse en verano.

5 jul. 2013

ELOGIO DE LA COMIDA HOSPITALARIA


 
 
Cárceles y hospitales no son sitios, ni por asomo, que se asocien con el buen comer. Todo lo contrario. En la cárcel por poco y malo y, en el caso de los hospitales, porque se asocia lo que allí se sirve y come con una dieta hiposódica y baja en grasas que tiene un resultado insípido pero no inódoro ni transparente, disgustoso mayormente. Esto es así para usuarios y trabajadores. De cara a la galería (el front space de Goffman) y vísceras adentro (el back space). Es posible casar aquí una polémica con el espíritu de Goffman porque, en este argumento, en muchas ocasiones, el front space que se supondría edulcorado es peor que el back y mayormente los trabajadores hospitalarios comen mejor que los pacientes sencillamente porque sobre los primeros no pesan restricciones médicas.
Como trabajador hospitalario, me ha tocado vivir (comer) de todo. Recuerdo un hospital de Caracas en que para comer, ni bien ni mal, simplemente comer, había que salir del hospital y enfrentarse a la calle, con el peligro que eso significaba sobretodo a la hora de cenar. O un hospital del sur de Italia en que la pasta al pomodoro era scotta, scottisima, y parecía más bien un mazacote. En España, el problema y la maravilla es el cerdo. A veces viene bueno, pero el problema es que siempre está, incluso en el sandwich vegetal. En todo caso mayormente se trata de platos repetidos día tras día, de opciones propuestas al mediodía y repropuestas en la cena, comida que se ingiere no con placer degustatorio, ni siquiera para llenar el estómago, sino simplemente para descansar y abstraerse, en la medida de lo posible, de la rutina laboral.
Hay ocasiones, sin embargo, en que se come bien. Recuerdo el bacalao al pil pil de un hospital en Alicante que no tenía nada que envidiarle a los restaurantes del centro de la ciudad. O, mejor aún, algún episodio de alimentación informal -propiciado en la trastienda hospitalaria, a pocos metros de la lucha entre la enfermedad y la vida, convirtiendo escritorio en mesa, sábana en mantel y depresores linguales en cucharillas- en que dentro de mi boca han estallado sabores inigualables que recuerdo todavía con auténtico placer. Así sucedió aquel lunes de hace varios años. Los enfermeros me lo habían advertido:
-El lunes no cenes en el bar que tal persona traerá manitas de cerdo.
Las trajo sin falta y asimismo las comimos con las manos un grupo de cinco o seis personas, sentados alrededor del mesón de los residentes.
Lo recuerdo bien a pesar del tiempo transcurrido y me llevo los dedos a la boca como intentando succionar los tendones y cartílagos de un cerdo inexistente. Qué buenas estaban las manitas y qué hermoso era comerlas allí. A tan pocos metros de una sala donde en ocasiones se le gana la partida a la muerte y al dolor, a tan sólo unos segundos del cansancio absoluto. Tomarse unos minutos, en una guardia de 24 horas para chuparse los dedos y después continuar: qué maravilla.

26 jun. 2013

La belleza según el último paciente

Olvídese de libros y películas. No hable de El Padrino. No piense en nada de eso. Las palabras se las lleva el viento y, no sea tonto, deje de pensar que esto último le parece bonito. Usted tiene que sembrar, plantar las tomateras. Plante también calabacines y pimientos. Lechuga, que en esta tierra se da muy bien. Una vez a la semana écheles sulfato. Una vez a la semana. Estoy hablando de las tomateras. Sulfato desde arriba, pulverizado como si fuera agua del cielo desde la punta de la planta. Después usted verá, en las tardes conocerá la belleza. Qué maravilla cuando la mujer se pone un delantal. Un delantal grande sobre las ropas de domingo. Y se va al campo y recoge cinco tomates, dos calabacines y una lechuga. Eso es una belleza que produce vicio. Verla entrar en la casa con el delantal recogido. El momento en que vierte su contenido sobre la mesa de la cocina. Es una delicia. Mírela cómo sonríe. Da gusto comer esa ensalada.

23 jun. 2013

A favor y en contra de los fines de semana


 
El viernes en la tarde un vecino insiste en que yo alguna vez le dije que el vello corporal se escribe y dice con la labial b de Barcelona.
-Es improbable -le digo-, porque los asuntos de la b y de la v siempre han sido importantes para mí.
-Sí, pero aquella vez tú lo dijiste y todos en la mesa así lo entendimos.
No pude ni puedo todavía entender qué pretendía, cuál era el objetivo de tanto afán didáctico y recriminatorio.
-¿Es que acaso es muy importante para ti? -le dije en un intento de conciliación, ya no con él, sino con el fin de semana.
-Es que tú lo dijiste. Todos los que estábamos en la mesa lo escuchamos -dice el hombre.
-Lo lamento en todo caso, pero no es así, se escribe con v.
-Es lo que yo digo.
-Pues sí, lo que pasa es que cada quien escucha y entiende lo que quiere escuchar y entender.

El sábado en la mañana veo una pareja jugar al tennis. Ella tiene fuerza, grita y pelea cada pelota, corriendo como una tigresa sobre sus setenta años. Él tiene un juego de fondo, más pausado, pero sumamente efectivo. Dos o tres años más que ella, cuando no le toca responder con el revés, se lleva la mano izquierda a la boca de la traqueostomía. Ganaron tres partidos seguidos, uno tras otro. Cuando regresaban del podio, la felicité y ella me dio una palmada en el pecho, del lado del corazón
  
 
En la tarde, acompaño a mi hijo que tiene partido. Él y un amigo juegan contra una pareja mixta. Ella, tres años mayor que el resto, altera con trampas permanentemente el puntaje. Toda pelota en contra intenta convertirla a favor a pesar de las evidencias.
-Canta cada pelota -le aconsejo a mi hijo, que se acerca a mí desesperado.
Así lo hace y al final, él y su amigo logran derrotar a los tramposos.
-¿Qué te parece? -me pregunta Alessandro cuando termina el partido.
-Que la niña ya puede casarse y divorciarse. Se lo llevaría todo.
 
Domingo en la mañana. Salgo en bicicleta con JC. En la subida más larga, debí bajar. Luego, las otras subidas me parecían un asunto de niños. Menos mal porque, ya al final, JC jugaba a despistarme. Casi lo hizo una vez y finalmente lo logró en la última.
Cuando nos despedíamos, me preguntó qué haría yo en el resto del día.
-Voy a hacer una paella para extranjeros.
JC lo sabe. Yo sólo cocino paella para personas nacidas fuera de la Comunidad Valenciana.
-¿Por qué? -me preguntó la primera vez que se lo dije.
-Porque para que un valenciano reconozca que a un venezolano la paella le ha quedado buena tiene que ser mucho mejor.
-¿Mucho mejor qué?
-Mucho mejor persona -le dije aquella vez.
-¿Y luego qué harás? -me preguntó hoy mientras se bajaba de la bici.
-En la tarde voy a escribir. Ya está bueno de no hacer nada durante tanto tiempo.

12 jun. 2013

SOTNEITRAUC


-¿Qué ha dicho?
-Adan.
-Lo que no entiendo es porque usted insiste en hablar y escribir al revés.
-Orep, ¿lauc se le amelborp?
-Ninguno, ninguno, pero el lenguaje existe para comunicarse.
-Arap esraserpxe airid oy.
-Es igual, pero si usted habla al revés todo el tiempo a mí me cuesta mucho entenderle y este encuentro se hace cada vez más largo.
-Aroha le euq on edneitne adan yos oy. Detsu es ajeuq ed im, orep detsu ebed raredisnoc euq atse noislup aim on ereifretni arap adan noc im ojabart in noc im adiv railimaf. Ne sose sotxetnoc, oy erpmeis olbah lanrom.
-Entonces, ¿para qué me llama? ¿Para que viene e incluso me paga?
-Euqrop oreiuq ralbah noc detsu.
-¿Cómo? ¿Así, al revés?
-Es ecid la sever. Em añartxe euq seupsed ed sotnat soña sonodnartnocne detsu on apes olriced aivadot: la sever.

2 jun. 2013

HUEVOS CAMPEROS

Una amiga del colegio de los niños me propone que le lleve un ejemplar de Médicos taxistas, escritores.
-Te lo pagaría, ¿sabes? -me promete-. Asi lo he hecho con los otros padres que me han traído sus libros.
No me extraña porque esos trapicheos son frecuentes en el colegio. Dinero para los cumpleaños, para el regalo de las profesores. Siempre estamos en eso, intercambiando monedas, mientras les pedimos a los niños que no lo hagan con sus juguetes.
Pero me abruma recibir de ella algunas monedas por este libro. Es una tontería mía, porque ejemplares tengo y las monedas nunca sobran. Pero es que ella es una persona especial y compartimos tácitamente varias cosas, sobre todo una mirada particular del patio en el que coincidimos cuidando nuestros hijos. Además, sé que ella tiene gallinas ponedoras.
-Mejor me traes unos huevos. ¿Te parece?
-¿Por qué no?
Pues hoy me los ha traído y yo le he dado un ejemplar del libro y de sólo verlos de tamaños y colores diferentes, irregulares en este mercado sosomonótono que hemos construido en occidente, de sólo verlos, estoy convencido de que en el trueque que hemos hecho el ganador tiene nombre de Slavko.
Yo conozco uno, ¿sabes?: todavía tiene la boca manchada de amarillo.

28 may. 2013

Los tomates de mi madre Leticia

 


Hoy he plantado siete tomateras. Mica las trajo hace unas semanas y por días las he visto crecer amuñuñadas en una maceta hasta que finalmente me decidí a comprar la tierra y las cañas. Me emociona, claro está, la posibilidad de que dentro de unas semanas pueda buscar en ellas el rojo de la ensalada y por eso seguramente me he decidido a hundir sus raíces en una tierra verdadera. Pero, además, al plantarlas he regresado al huerto que en la Entrada construyó mi madre una vez. Yo tendría unos nueve o diez años y mi hermana once. En esa época, mi madre estaba ocupadísima en labores comunitarias. Pocas veces en mi vida he visto a alguien tan involucrado con su entorno. En las mañanas, visitas que llamaba diligencias al ministerio, a los tribunales, al municipio. En las tardes, talleres de formación con los vecinos. Y, luego, después de la cena, reuniones con los líderes de las comunidades aledañas. Parecía un motor mi madre entonces. Puro nervio, energía y carisma. Esto sucedía alrededor de 1980. Ella, adelantada, impulsaba iniciativas ecológicas que pocos entendían entonces en nuestro entorno. No se amilanaba, iba de casa en casa, de vecino en vecino, de burócrata en político. Luchaba por salvar unas montañas que sentía suyas para así purificar el aire que respiraban sus hijos. No todo el mundo comprendía entonces la pertinencia de su lucha, pero ella seguía. Era un motor encendido, un motor verdadero. Con esa potencia en su último trabajo había logrado construir un templo a su santo preferido: San Pancracio. Por eso yo cada vez que veo una estampita de San Pancracio la pido o la compro. Para motivar a los vecinos, ideó la posibilidad de un taller de horticultura. Se apuntaron varios vecinos, pero no había lugar para el huerto. Eso tampoco amilanó a Leticia Rivas. Como las autoridades locales negaron todos los espacios públicos posibles, ella propuso que el huerto se hiciese allí, en el jardín de nuestra casa. Todas las tardes entonces venían el profesor y los alumnos. Primero el semillero. Luego los surcos y los camellones. Todo allí, en el jardín en el que yo había construido un campo de fútbol y otro de béisbol, imaginarios. Alrededor de la primera base, plantaron las cebollas. Más allá las lechugas y las berenjenas. Junto al terreno de los Berrizbeitia, en la portería visitante, las tomateras. El jardín de la casa se convirtió en un aula de clases, luego en un huerto y finalmente en una tienda de verdura. Las lechugas eran verdísimas y de las cebollas por años mi madre dijo que no había probado mejores. Tomates había, de varias variedades. Nosotros, mi hermana y yo, supervisábamos el riego y recogimos la verdura. Fuimos felices con ese jardín que de pronto dejó de producir flores y comenzó a darnos verdura. Fuimos absolutamente felices acariciándola y, cómo no, comiéndola, pero mucho más viendo a mi madre tan dinámica y completa. Una madre roble, hasta el punto que en la dedicatoria de mi primer texto aparece así, tal cual: Leticia árbol. Pocas veces fuimos tan felices como en aquellos días y hoy las tomateras de Mica me lo han hecho recordar. Mi madre bella. Árbol noble. Mi madre buena.
 

16 may. 2013

POLIZÓN




Me gustan estas montañas. He terminado queriéndolas y me gustan en todas las formas: sentado en una terraza (viéndolas a  través de una jarra de cerveza, como si fuera un personaje de País de nieve), caminándolas, besándolas con las rodillas cuando caigo de la bicicleta, como aperitivo antes de comer, después de comer para mitigar con su olor a romero la modorra postprandrial.
En general, siempre me ha gustado este asunto de subir y bajar, de dar vueltas en estos y otros senderos. Lo hacía en La Entrada, en Caracas, en Barcelona, en Salerno. Ahora lo hago en la Huerta del Norte. Aquí me maravillo de la cantidad de caminos que se adentran en la sierra.
-Es como si un ciego hubiese trazado muchos círculos sobre esta página de tierra: a veces coinciden, otras no -dijo alguna vez un amigo con más de tres cervezas entre pecho y espalda.
Eso me encanta. No estoy hablando de la cerveza, sino de la posibilidad de perderme en este jeroglífico de caminos para luego creer que encuentro algo, quizás el camino de regreso, quizás a mí mismo, quizás unos eslabones de hierro oxidado.
Hoy, por ejemplo, me ha tocado salir a caminar con una gorra de polizón. Realmente quería ir con la de almirante, pero mi hijo, que es el dueño de la colección, dijo que me quedaba mejor la de polizón.
-Pero, ¿por qué lo dices si son todas iguales? -intenté protestar-. Sólo cambia la palabra.
-Confía en mí -fue su respuesta, su única respuesta, mientras escondía la de almirante y otra que tiene de grumete.
-Ya verás cómo me detiene la policía por tu culpa -intenté plantar en su corazón una semillita de culpa. Obviamente, sin efecto.
Yo igual me fui de polizón y puedo jurar que hice quince o veinte kilómetros. Me fui por un camino y regresé por otro señalando siempre las arrugas de la montaña, inventando recorridos por caminos inventados hace mucho tiempo, jugando con la hora de regreso, arriesgando moléculas de ATP y celulas de tortilla convertida en bocadillo a la hora del almuerzo.
Ya de regreso me conseguí con la patrulla de policía que estúpidamente había invocado. Recordé a mi hijo y me calcé la gorra de polizón.
Ellos tonteaban con el GPS y yo pasé a su lado. Me alcanzaron luego, bajaron los cristales y el que conducía me confesó que se habían perdido y que no sabían regresar.
Los ayudé. Yo, polizón, ayudé a los policías. Les indiqué el camino e incluso les señalé el desvío para conseguir un buen café.
Cuando llegué a casa, se lo dije a mi niño.
-Gracias a ti, en el paseo de hoy, conseguí un cuartiento.
-¿Sí? ¿Y cómo se llama?
-Polizón, eso creo. O del día en que Slavko el polizón terminó ayudando a dos policías. Aún no lo tengo claro.

3 may. 2013

Cuartiento de los amigos de CUARTIENTOS



CUARTIENTOS tiene amigos que se acercan a su autor, protestan cuando éste demora en actualizar la página, agradecen algún texto, critican otros, formulan opiniones y, en ocasiones, dan ideas, felices sugerencias. Son, sin lugar a dudas, los amigos más queridos de CUARTIENTOS y gracias a ellos este proyecto continúa y su autor se alimenta de él y enriquece su voz para aplicarla luego a otros proyectos.
Las sugerencias son todas maravillosas, nutritivas, hiperproteícas, y el autor, como una radio de pueblo, quisiera complacerlas todas, pero obviamente no es posible.
 
 
 
 
Hoy, sin embargo, ha recibido dos que es imposible no desarrollar aunque sea mínimamente.  La primera tiene que ver con la mejor forma posible de pagar la cuenta en un restaurante. En este tipo de situación, el cuartientólogo ha visto de todo. Está el comensal que salta de la mesa y paga él solo toda la cuenta a pesar de las protestas o en virtud del agradecimiento de sus compañeros. Está también el comensal que huye y, en el momento de pagar, sufre una urgencia miccional. Ha visto también el grupo de comensales, catalanes en su mayoría, en que cada uno aporta el importe exacto de su consumición o, mejor aún, aunque esto lo ha visto hacer a alemanes, no a catalanes, el grupo en que cada comensal pide que el camarero le cobre directamente el importe de lo consumido. Pues, un amigo de CUARTIENTOS ha referido el conocimiento de un grupo de amigos que se reunen en su restaurante y, en el momento de pagar la cuenta, aparece una bolsa en que cada comensal introduce de manera secreta su contribución. Cuando la cuenta regresa al punto de partida, se cuenta el dinero y, si no se ha alcanzado la suma necesaria, la bolsa vuelva a rodar de comensal en comensal.
 
 
 
 
La segunda sugerencia está relacionada con la lotería. Se trata de un vendedor de lotería que por años ofrece infructuosamente sus billetes a un parroquiano. Un viernes, el parroquiano finalmente accede y compra dos décimos.
-¿Para cuándo es esto? -le pregunta al vendedor después de pagarle.
-¿Y qué importa? -le responde éste marchándose-. Nunca toca.




27 abr. 2013

El colmo del escritor

 
A mi príncipe de nueve años, en lás últimas semanas le interesan los colmos. Se la pasa así todo el día, de colmo en colmo, colmándome de preguntas.
-¿Cuál es el colmo de un jardinero?
-¿Cuál es el colmo de un calvo?
-¿Cuál es el colmo de un electricista?
Así, ha llegado incluso al mismísimo colmo, preguntar cuál es colmo de los colmos.
La respuesta es complicadísima e implica un ejercicio de virtualidades entre un calvo, un sordo, un mudo, un ciego, un pingüino volando, la playa de una ciudad sin salida al mar y vaya usted a saber. Sería imposible acertar. Lo mismo pasa con todos los otros colmos. Igual de imposibles, no por dificultad intrínseca, sino porque el proceso a través del cual se llega a la respuesta no está casado con ninguna lógica. Es más bien una suerte de ejercicio creativo, precario pero creativo, en que el disparo puede salir por cualquier parte de la pistola, gatillo incluido. Sin embargo es necesario intentarlo, el responderle, no tanto por conocer la respuesta -aunque ésta en ocasiones consigue la risa- sino por ver la cara de mi príncipe mientras escucha el intento fallido de respuesta. Seguro de sí mismo, sonríe, muestra los dientes y ni siquiera parpadea. Provoca detener el tiempo y quedarse en esa playa de la vida para siempre. Que se jodan los bancos y las panaderías, que se joda Humphrey Bogart: mi hijo sonríe, a punto de disparar su colmo.
Hoy, se ha atrevido con su plato fuerte. Yo llegaba de la guardia hospitalaria y él me esperaba en la puerta de la casa, vestido de antemano de sonrisa.
-¿Cuál es el colmo de un escritor? 
Lo saludé, besé sus mejillas y, como siempre, me puse a pensar. En esta ocasión la respuesta podía satisfacer una duda biográfica, resolver un misterio. Recordé que hacía apenas unas horas le había preguntado a un compañero de guardia si sabía los apodos que los trabajadores del hospital nos ponían.
-A ti y a mí ninguno.
-¿Estás seguro? Yo creo que a mí me dicen "El cubano".
-Pero, ¿tú no eres venezolano?
-Venezolano, sí, pero creo que me dicen "El cubano".
-No lo sabía.
Pues no lo tengo claro todavía, creo que el compañero no se atrevió a decírmelo. Igual yo tampoco me habría atrevido si él me lo hubiera preguntado. Pero mi príncipe, sí. Allí estaba, sonriendo, disfrutando mi duda, dispuesto a disiparla con su voz cándida.
-El colmo de un escritor es que su mujer le cocine una sopa de letras y que cuando muera le ponga un punto final a su vida.
Quién lo sabe, por qué no, quizás tiene razón. ¿No es un príncipe?

14 abr. 2013

Oración del médico de guardia


(Agradezco el trabajo, sí,
pero mucho más
la levedad
en su ejercicio).

Que no sufran las personas.
Que toleren el dolor
y no siempre
se transformen en pacientes.

Que no vengan hoy
y si lo hacen
que el motivo sea banal
y en mi conocimento
encuentren
la ayuda posible.

Lo pido por ellos
y sólo por mí
cuando yo sea uno de ellos.

Que el día y la noche dejen
como huella
la sonrisa del paciente
atendido.

Y a la hora de partir,
el tren me espere
cobije mi sueño
y haga mi vida
más apetecible
que la de un perro.


(publica tu testimonio en los comentarios)

24 mar. 2013

Del día en que por culpa de Juan Carlos Méndez Guédez terminé discutiendo con un policía

 


Juan Carlos Méndez Guédez es mi amigo desde hace exactamente veinte años. En una tarde de marzo de 1993, nos conocimos en el aeropuerto de Maiquetía. Los dos íbamos a Málaga, precisamente a Mollina, donde participaríamos en un evento prodigioso aunque de nombre extraño: Foro joven, literatura y compromiso. Ya nos habíamos leído y compartíamos demasiadas cosas, por lo que encontrarnos finalmente lo vimos y vivimos como una cosa absolutamente natural. Desde entonces hemos sido tan amigos que incluso nos hemos dado el lujo de alejarnos sin discutir y al volver a encontrarnos retomar el hilo de la última conversación y, con el mismo nivel de afecto y amistad, darnos cuenta de que no tenía sentido recordar el tiempo que había transcurrido. Para mí ha sido una fortuna tenerlo como referencia y debo reconocer que me ha acompañado en las malas y en las buenas, pero incluso en una época en que las malas fueron mucho más frecuentes y seguidas, si sonaba el teléfono era Juan Carlos que me llamaba desde Caracas, si una persona me buscaba o me proponía un proyecto que hacía respirable la vida sus apellidos sólo podían ser dos, Méndez y Guédez. Por si fuera poco es un gran escritor con el que he pasado cientos de horas discutiendo de literatura y del que he leído, siempre disfrutando, toda su obra, desde Historias del edificio hasta Arena negra. Él es, en la ficción literaria y en la realidad de la vida de todos los días mi amigo, mi gran amigo. Por eso no pude rechazar su solicitud de amistad en facebook y debo admitir qe todos los días disfruto de los links que propone y los comentarios que hace. Pues hoy publicó en ese recuadro extraño en que la máquina te pregunta cómo estás, cómo te sientes, algo parecido a "habitar estos dos países es como vivir dos desolaciones". Se refería a estos dos países que compartimos, Venezuela y España. Yo, dentro de mí, le agregué Italia e inmediatamente le escribí un mensaje pensando que tanta desolación convierte a quien la habita en apátrida, que en italiano se dice apolide. Apolide, sensa polis, le escribí, pero luego, en una heladería le comentaba a Alessandro, mi niño con ambiciones lingüisticas, que sensa polis no significa "sin polis" (polis por policías). Apenas lo terminaba de decir cuando vi que un policía fumaba apenas a dos metros de nosotros, dentro de la terraza cerrada de la heladería. Méndez Guédez, apatrida, apolide, sensa polis, sin polis. Se me fundió y confundió un poco el todo, me alcé de la helada mesa y, dirigiéndome al policía le dije que no podía fumar en el sitio en el que estábamos. El muchacho se ofendió. Creo sinceramente que a pesar del helado de chocolate apenas degustado tenía algún problema importante entre la nariz y el cérebro.
-Según la ley española sí -me dijo, pero dijo española con mayúsculas, como insinuando que mis desolaciones quizás no sabían de qué ley estaba hablando.
En eso se equivocó porque, desolado o no, la española es la única ley antitabaco que conozco y con ella y los reglamentos absurdos que ahora la acompañan he tenido que trabajar en más de una ocasión.
-Pues no -le dije. -En una terraza cerrada, usted no puede fumar.
Cuando terminamos el helado, el taquicárdico helado, el poli todavía estaba allí, como el dinosaurio de Monterroso. Pretendía que yo lo esperase mientras un compañero le traía la ley y sus reglamentos. Quería demostrarme que él si podía fumar allí.
-Lo lamento mucho, pero me tengo que ir. Hoy no tengo tiempo, querido -me despedí y él que, a pesar de sus problemas, sabía que no podía  obligarme a permanecer allí, se limitó a fotografiar la máquina de cuatro ruedas en que me movilizo.
 
 
 
Ya estoy en casa y sé que tiene mis datos, que sabe dónde vivo y puede venir en cualquier momento a enseñarme su versión de la ley en esta desolación neoespañola.
Pues aquí lo estoy esperando. Tengo las dos mil páginas que Juan Carlos Méndez Guédez ha escrito en estos útimos veinte años para darle fuerte, muy duro, en la cabeza.
Mi amigo, que me metió en este lío, me sacará ahora de él. Seguro.

8 mar. 2013

El tiempo en Valencia: ¿lluvia?

 


Siempre, desde pequeño, he confiado en la capacidad de predecir el tiempo de la gente de campo. Esos hombres y mujeres que con sólo ver el cielo durante diez o quince segundos, fruncir el ceño y, gracias a una hiperextensión del cuello, invertir el sentido de las fosas nasales dirigiéndolas hacia lo alto, con todo ello, podían decir la hora, recordar la fase lunar y predecir si llovería o no en las próximas doce o veinticuatro horas.
Crecí viendo gente así y mi madre, a la hora de llamarlos o de referirse a ellos, anteponía a su nombre el título de Don. Don Miguel, Doña Alicia, Don Lino. Este último una vez mató dos gallinas frente a mí y me dejó impresionado. Simplemente con un suave pero rápido movimiento de la muñeca derecha les torció el cuello y la única huella que dejaron los animales fueron mis ojos desorbitados. A la semana siguiente intenté emularlo. Don Lino trajo las gallinas que mi madre le había encargado y, cuando se disponía a matarlas, yo me ofrecí de voluntario.
-Que lo haga el niño -aceptó Don Lino. -Así se construye el hombre, poco a poco.
Mi madre no protestó. Su posible protesta era mi única esperanza, mi salvación, pero sus palabras no llegaron y me vi obligado a caminar hacia la gallina.
-Ánimo - decía Don Lino. -Hágalo que usted sabe.
Pues me animé. Con la gallina entre las manos, di un paso adelante, respiré profundamente e inicié el movimiento de muñeca.
Quizás no fui tan delicado como Don Lino. Algo en mis movimientos debió fallar y la gallina, en lugar de quedar inerte junto a mí, como le había sucedido a Don Lino la semana anterior, salió volando -volando he escrito- dejándome confundido y avergonzado ante todos y, por si fuera poco, con su cabeza, que se había desprendido del cuerpo que no sé cómo seguía todavía volando, con su cabeza sangrante en mi mano derecha.
Nunca aprendí a matar las gallinas y, con el tiempo, mi madre comenzó a comprar pollos en el supermercado. Pero el respeto por la gente de campo nunca lo perdí y donde voy cuando los encuentro creo distinguirlos inmediatamente y confío en su sabiduría, en su sentido común, y tanteo ocasionalmente su capacidad de leer en el cielo los mensajes de las nubes.
Hoy esta aficción pudo haber sufrido un serio varapalo. Llegué en el tren al pueblo que habito desde hace años y sentí en el aire un cambio de tiempo. Mientras caminaba, me crucé con un hombre de campo. Se le veía en los ojos, en las manos callosas. Podría incluso jurar que venía de entregar las naranjas de sus campos en la cooperativa. Se lo pregunté. Con toda la naturalidad del mundo, sin que mediaran muchas palabras, le pregunté si llovería en el día.
El hombre no miró el cielo ni nada. No fue tampoco descortés, pero me dijo que no.
-En la televisión no han dicho nada. No puede llover.
Yo no me atreví a decir nada. Hubiera querido advertirle que lo evidente era el olor a humedad y las nubes grises que se acercaban a nosotros, pero no tenía sentido contradecirle y me vine a la casa.
Ahora que he llegado y, a través de la ventana veo llover a cántaros, no puedo dejar de creer en la gente de campo. Sencillamente advierto que la vida dinámica me está diciendo que en este cuartiento, en el día de este cuartiento, el hombre de campo soy yo.
Si consigo una gallina, fijo la mato. Seguro.

3 mar. 2013

Hoy que la tristeza viene nuevamente de Salerno



Cuando llegué, dispuesto a vivir, a Salerno, me recibieron las calles tapizadas con el anuncio de la muerte de Izet Sarajlic. Fue un duro golpe porque uno de los motivos que me había inventado para trasladarme a Salerno era precisamente la posible inclusión de sus conversaciones en un proyecto de novela que incluiría a mi admirado Salvador Prasel y a Danilo Kis. No pudo ser, es obvio, y me lo explicó Nonna Rosa, una anciana siempre sentada, jugando cartas o simplemente viendo la gente pasar, frente al palazzo que yo habitaba.
-Non è come quando sei venuto la prima volta -me dijo, en un gesto cómplice de su memoria, refiriéndose a que la primera vez que yo visité Via Arce quedé sorprendido porque de todas las ventanas salían banderolas y flores e incluso en la fachada de mi palazzo habían colgado un cartel gigantesco que decía "Sei la cosa più bella, ti amiamo".
Obviamente, no era mi llegada la que motivaba ninguna de esas manifestaciones. No era para tanto aunque hubo un momento en que lo dudé.
-È che la salernitana è stata promossa alla serie A -Nonna Rosa apareció por primera vez a mi lado y me lo explicó: simplemente que el equipo de fútbol de la ciudad había ascendido a primera división. Luego se presentaría y me diría que siempre podría contar con ella allí, frente a su casa, en una silla dispuesta al lado de la puerta.
Desde entonces Nonna Rosa se convirtió en mi intérprete de todo lo que sucedía alrededor del palazzo y de algunas cosas importantes de mi vida. Cuando yo salía me saludaba y me presentaba a sus amigas.
-Guarda come è bello. È venezuelano. E lavora come medico.
También me advertía del tiempo, si vendría el frío o el calor. Y relacionaba esta información con mi vestimenta: si era propiada o no. Cosa que yo le agradecía infinitamente.
Lo mejor de todo era su sonrisa y, sin lugar a dudas, comenzar a caminar por Via Arce luego de haberla saludado era un gesto de confirmación de la vida (una botta di vita), un augurio bonito y delicado, una bocanada deliciosa, telúrica y vital, que me permitía continuar hasta el Corso Vittorio Emanuele  para luego soñar desde el Lungomare que regresaba a Venezuela.
Por si fuera poco, su hijo era amigo de la familia que me albergaba y, cuando me tocó despedirme de Salerno, fue él quien me llevó a Fiumicino, consoló mis lágrimas y me dio consejos sabios para comenzar una nueva vida.
Una de las cosas que le mostré durante el trayecto fue una foto que me había hecho hacer por Armando Cerzosimo con motivo de una fiesta local. Era al final de Via Arce, en la Piazza Portarotese. Yo estaba sentado junto a su madre y vino un vendedor ambulante ofreciendo espejos y pañuelos. Nonna Rosa sonreía y Armando Cerzosimo disparó, encontrando así una de las mejores fotos de mi vida.
Hoy que de Salerno llega la noticia de su muerte -Nonna Rosa murió plácidamente, de vieja y sabia, a los noventa y tantos años, rodeada de nietos y bisnietos-  desaparece un ángulo de la foto, como si lo hubieran comido las hormigas, y mi recuerdo de Salerno continúa impregnándose de tristeza.
 
 
 
 

17 feb. 2013

Haz el favor de no reconocerme, por favor




Hay gente que no debería reconocernos cuando vamos por la calle. Y gente que sí porque, desde los tiempos lejanos de La Entrada, el pueblo de las montañas en la infancia, a mí siempre me ha gustado caminar y ser reconocido entonces era también un asunto de seguridad , una suerte de garantía que en una época sin móviles -o sin dinero para comprar los que entonces carísimos se vendían- aseguraba el regreso a casa en caso de infortunio. Luego, cuando salí de La Entrada, caminar por el Carrer de Balmes en Barcelona o por Vía Arce en Salerno y que te saludara el vendedor de periódicos, el pescivendolo o la madre de Silvio era una forma de integración y, en el caso italiano, la posibilidad de respirar más allá de la familia política que, siempre lo digo, no sé por qué la llaman así si no es familia ni política.
-Claro, como eres un perfecto desconocido, te gusta que te conozcan - es lo que más de una vez me ha dicho el más exitoso de mis amigos.
Nunca he podido responderle y quizás tenga razón. Lo que nunca le he contado es que, como él, yo también he querido ser invisible en alguna ocasión y no ser reconocido. Recuerdo el día en que empeñé una cadena de oro para salir, para poder salir con la mujer más bella del hospital en que hacía las prácticas de la carrera. Se ve que le di conversación al comprador de oro roto, éste se quedó con mi cara y, cuando dos días después el destino (¿El destino? Imposible, seguro era un acto fallido) quiso que yo pasara frente a su pequeño local acompañado por la mujer maravilla, el hombre me llamó, como yo fingía no escucharlo se plantó delante de mí y luego de abrazarme me dijo que se había equivocado en la tasación y que, cuando quisiera, podía pasar por el local a recoger no sé cuántos bolívares.
También he vivido lo otro. En alguna ocasión he sido yo el comprador de oro y he visto en la cara de los pacientes un deseo, el de no ser reconocido fuera de ambiente hospitalario, que obviamente he respetado. No se trata en este caso de las personas, del reconocimiento interpersonal, sino más bien de la patología y su estigma, de la asociación que el médico pueda hacer entre una persona -paciente, sí, pero también ciudadano- y el estigma que rodea la patología que padece. En la década pasada, me sucedió con algún paciente psiquiátrico. Hace unas semanas, con una enfermedad sexual en aparente desuso, la gonorrea.
Ahora que el cuartiento ha empezado a oler a hospital, no puedo dejar de recordar una escena contemplada por mí en el siglo pasado en un ambulatorio catalán. De la cuidadora de un paciente, un compañero de trabajo aportó, de manera inevitable, la información de que por años había trabajado en una whiskería.
-¿Whisquequé? -pregunté sin saber que se trataba de un bar de putas.
Al rato, la señora entró en el consultorio para terminar de referirme los antecedentes de su pareja. Ella tampoco pudo evitarlo y comenzó a hablar con cierta confianza.
-Es que yo los conozco a todos. A usted no porque se ve que es de fuera. Pero a todos los otros sí. A éste -dijo señalando al que había venido con el cuento de la whiskería- lo conozco desde que era un muchacho. Y a él también -dijo señalando esta vez al enfermero que me acompañaba, un hombre muy serio, conocido en el ambulatorio por su pulcritud, los hábitos higiénicos que practicaba y divulgaba y la seriedad con que vivía el asunto familiar.
-Señora, ¿qué dice? Yo a usted no la conozco - protestó enérgicamente el enfermero.
-Claro que sí -insistió la mujer en la continuación de una escena en la que yo había desaparecido y era tan sólo un espectador.
-Que no señora, yo a usted no la conozco -volvió a protestar el enfermero avanzando hacia ella, casi amenazadoramente. En todo caso, con demasiado vigor para tratarse de un acto inocente.
-Está bien, no te conozco -retrocedió la mujer.
Le había sucedido tarde en la vida, pero en ese momento acababa de comprender que hay gente que no quiere y no debe ser reconocida.