8 mar. 2013

El tiempo en Valencia: ¿lluvia?

 


Siempre, desde pequeño, he confiado en la capacidad de predecir el tiempo de la gente de campo. Esos hombres y mujeres que con sólo ver el cielo durante diez o quince segundos, fruncir el ceño y, gracias a una hiperextensión del cuello, invertir el sentido de las fosas nasales dirigiéndolas hacia lo alto, con todo ello, podían decir la hora, recordar la fase lunar y predecir si llovería o no en las próximas doce o veinticuatro horas.
Crecí viendo gente así y mi madre, a la hora de llamarlos o de referirse a ellos, anteponía a su nombre el título de Don. Don Miguel, Doña Alicia, Don Lino. Este último una vez mató dos gallinas frente a mí y me dejó impresionado. Simplemente con un suave pero rápido movimiento de la muñeca derecha les torció el cuello y la única huella que dejaron los animales fueron mis ojos desorbitados. A la semana siguiente intenté emularlo. Don Lino trajo las gallinas que mi madre le había encargado y, cuando se disponía a matarlas, yo me ofrecí de voluntario.
-Que lo haga el niño -aceptó Don Lino. -Así se construye el hombre, poco a poco.
Mi madre no protestó. Su posible protesta era mi única esperanza, mi salvación, pero sus palabras no llegaron y me vi obligado a caminar hacia la gallina.
-Ánimo - decía Don Lino. -Hágalo que usted sabe.
Pues me animé. Con la gallina entre las manos, di un paso adelante, respiré profundamente e inicié el movimiento de muñeca.
Quizás no fui tan delicado como Don Lino. Algo en mis movimientos debió fallar y la gallina, en lugar de quedar inerte junto a mí, como le había sucedido a Don Lino la semana anterior, salió volando -volando he escrito- dejándome confundido y avergonzado ante todos y, por si fuera poco, con su cabeza, que se había desprendido del cuerpo que no sé cómo seguía todavía volando, con su cabeza sangrante en mi mano derecha.
Nunca aprendí a matar las gallinas y, con el tiempo, mi madre comenzó a comprar pollos en el supermercado. Pero el respeto por la gente de campo nunca lo perdí y donde voy cuando los encuentro creo distinguirlos inmediatamente y confío en su sabiduría, en su sentido común, y tanteo ocasionalmente su capacidad de leer en el cielo los mensajes de las nubes.
Hoy esta aficción pudo haber sufrido un serio varapalo. Llegué en el tren al pueblo que habito desde hace años y sentí en el aire un cambio de tiempo. Mientras caminaba, me crucé con un hombre de campo. Se le veía en los ojos, en las manos callosas. Podría incluso jurar que venía de entregar las naranjas de sus campos en la cooperativa. Se lo pregunté. Con toda la naturalidad del mundo, sin que mediaran muchas palabras, le pregunté si llovería en el día.
El hombre no miró el cielo ni nada. No fue tampoco descortés, pero me dijo que no.
-En la televisión no han dicho nada. No puede llover.
Yo no me atreví a decir nada. Hubiera querido advertirle que lo evidente era el olor a humedad y las nubes grises que se acercaban a nosotros, pero no tenía sentido contradecirle y me vine a la casa.
Ahora que he llegado y, a través de la ventana veo llover a cántaros, no puedo dejar de creer en la gente de campo. Sencillamente advierto que la vida dinámica me está diciendo que en este cuartiento, en el día de este cuartiento, el hombre de campo soy yo.
Si consigo una gallina, fijo la mato. Seguro.

1 comentario:

sol dijo...

Que placer encontrarte, mucho más leerte! Se siente como un soplo de brisa fresca en una tarde de verano. Aún recuerdo cuando decías que escribir era tu pasión y medicina solo tu hobby! No entendia cuanta razón había en tus palabras Sr. Sol, Sr. Sol!

Abrazos!