20 dic. 2012

CASTRADO POR LA NAVIDAD

 
 
 
 
"De qué color es la piel de una mujer que recién ha hecho el amor".  Con ese verso de Oficio puro, Víctor Valera Mora, el mágico poeta venezolano, me convirtió no sólo en seguidor de su obra sino en declamador, noctámbulo y susurrante, de su poesía. Igual que el capítulo 7 de Rayuela, en una época bastaba repetir en un tono adecuado esas quince palabras para que un milagro ocurriese y la mujer más bella del mundo mostrase su disposición a resolver la ecuación y responder con su piel la pregunta. Hoy, sin embargo, no son de esa naturaleza mi duda ni mi necesidad. Recuerdo al Chino Valera Mora -sus ojos andinos, achinados, empujaron su nombre al olvido y en Venezuela bastaba decir el Chino Valera para recordarle- porque necesito su fórmula literaria: ¿qué pasa con A después de B? Hoy, A no es la piel de una mujer. Y B no es el amor. Perdóname, chino, pero estoy recordando tu poema de Amanecí de bala para preguntar qué pasa en la vida de un hombre si en una sola semana tiene que asistir a dos conciertos navideños de naturaleza escolar. Pues, si las preguntas del chino -Oficio puro contiene al menos veinte preguntas sobre la mujer apenas amada- tienen respuestas múltiples, posibles y no, felices e  infelices, mi duda de hoy tiene una sola, sumamente clara y del todo verosímil respuesta. Después de dos conciertos navideños, las mujeres mienten y dicen que se les sale la lágrima: asunto de ellas. Pero a nosotros los padres, a pesar de todo el cariño del mundo, del amor profesado y por profesar, del progreso de los niños en las artes vinculadas al escenario, a pesar de todo eso, dos conciertos en una semana sólo pueden ser equivalentes a la administración intravenosa de un kilogramo de estrógenos y de seiscientos cincuenta miligramos de progesterona. Adiós a la virilidad, la hombría y la testosterona. Sin ningún tipo de miedo, pero tampoco sin ningún deseo de ignorarlo, después de una experiencia semejante es necesario admitir que se ha sufrido una castración real, absolutamente real, nada virtual.
Un compañero de fatigas, que tiene en ocasiones la irreverencia del Chino y es por eso seguramente el culpable de que yo haya comenzado este cuartiento con la oración del mago de Valera, este compañero de torturas, a la salida del segundo concierto, ha resumido el asunto con palabras mucho más sencillas:
-Es que si veo ahora una publicidad de toallas sanitarias, en una semana me duele la cabeza y me pongo a lavar los platos.
-¿Y qué más? -le preguntó la madre de sus hijos creyendo que iba a continuar hablando de tareas hogareñas.
-Nada, nada, que seguro también me baja la menstruación.
 

18 dic. 2012

Abrazo pintado, inevitable


Inevitable
un abrazo pintado
entre nosotros
una marca en la pared
allá en el fondo
una palabra bonita
escrita a manera de leyenda
mientras nuestros dedos se cruzan
inevitable inevitable inevitable
igual que la luz
inevitable como el calor
porque seguro nos conocimos en otro siglo
refugiados en una cabina telefónica
junto a un coche de caballos
¿recuerdas?
por eso este abrazo
inevitable
pintado en la pared
entre tus ojos y los míos
un abrazo y dos besos
inevitables
hoy al salmorejo y siempre

14 dic. 2012

Ludoteca & Night club



 
 



¿Puede un espacio físico albergar una barbería en las mañanas, un consultorio médico en las tardes y un burdel en las noches? Los dos primeros sí: apenas basta infringir unas pocas leyes. El tercero quizás: con un poco de inventiva, algo más de atrevimiento y, seguramente, mucho insomnio. Me resulta en todo caso exquisito el argumento este de la polisemia espacial. Así lo diría mi hijo quien luego de un mandato escolar se pasa las tardes descubriendo polisemias. Con él descubrí el otro día que la ludoteca donde solíamos acudir cuando a él todavía le gustaban los parques de bolas también es un night club. Se trata de un invento genial de mis vecinos. Un galpón dividido en dos. Del lado del mar el parque de bolas, las mesitas infantiles y una gran pantalla. Del lado contrario, el night club: mesas adultas, tubo de baile, mucho neón y todo lo necesario para que se pueda decir con propiedad que es un night club. En el centro, una barra circular dividida en dos: un lado hacia la ludoteca, el otro para el night club. Esto sucede sin contravenir ningún mandato porque al parecer los horarios de cada una de las actividades apenas son colindantes. En las tardes, las bolas. En las noches, en bolas. Sin embargo, a mí siempre me extrañó que la barra infantil estuviese tan bien surtida. Tanto alcohol fuerte, demasiadas variedades, muchas añadas. Mi hijo con sus nueve años encontró la respuesta:
-No me extrañaría que algunos del night club pudieran pasar a la ludoteca.
No le respondí inmediatamente. Supe disimular mi sorpresa y esperé: algo aprendí de aquella época en que compartía la mitad de mis días con psicólogos clínicos. Luego, sí, no pude evitarlo y se lo pregunté.
-Y, ¿cómo lo sabes?
-Porque nosotros, cuando yo era pequeño, a veces nos pasábamos al night club -me respondió con una tranquilidad pasmosa, la suya de siempre, como quien se despierta luego de la siesta y se dispone a leer un librito de Erving Goffman.
 
 

4 dic. 2012

PANTAFILIA

Con ellos tres, fui obligado a compartir veinticuatro horas alrededor de dos camas, la de ellos y la de mi hija. Todo el tiempo tuvieron el televisor encendido, jugaba cada uno con su celular y, además, uno de ellos sostenía un iPad.
Sin saber por qué recordé a dos psiquiatras (la de farmacología y el de historia de la psiquiatría) durante la residencia en Caracas. Propiciaban encuentros públicos, de cara a los residentes, e intercambiaban libros y películas. Con el tiempo habían adquirido fama de intelectuales, pero una vez durante un intercambio rápido la película se deslizó entre las manos de ella y cayó al suelo: Superman 2.
En la última hora de la convivencia obligada, caminé hacia una de las cinco pantallas. Para que el cuartiento tenga sentido, eso pensé, el adicto deberá estar haciendo una virguería, leyendo un artículo especializado, comunicándose con quién sabe qué instancia.
Me acerqué al padre de familia, le toqué el hombro fingiendo un saludo. Aproveche su extrañeza para meter un ojo en la pantalla que sostenía entre las manos: jugaba a romper pompas de jabón con una escopeta.

21 nov. 2012

POMPAS FÚNEBRES


Mi suegra, qué duda cabe, era una mujer especial, pero murió en un momento en que, hablando de dinero, no estábamos en las mejores condiciones. Por eso tuvimos que recurrir a la funeraria más barata.
Los agentes fueron con nosotros siempre muy amables y, debo decirlo, el servicio prestado en todo momento no pareció distinguirse del que prestaban las otras funerarias.
En este tipo de cosas, como en todo, siempre hay categorías, pero mientras nos preparábamos para cremarla no eché en falta ningún detalle relevante. Algún amigo me había dicho que tuviera cuidado, que aquí siempre quieren joderlo a uno por extranjero y que en el negocio de las funerarias, donde todo es posible, así dijo, era mucho más que probable que me quisieran meter gato por liebre.
Yo estuve pendiente en todo momento y lo que vi más bien me dejó sorprendido por la pulcritud y el esmero con que los agentes lo hacían todo. Cuando hubo que sacar el cadáver de la casa, se pusieron guantes desechables y usaron mascarillas. Cuando fue necesario elegir el ataúd, nos permitieron escoger uno que en principio estaba fuera del presupuesto inicial. La sala que nos asignaron era bastante confortable: tenía cuatro sofás, aire acondicionado regulable, un libro de condolencias con un cd de música gregoriana en la cara interna de la contraportada, máquina de café y surtidor de agua. Nos resultó bonita, incluso acogedora. Las flores eran naturales y no había razones objetivas para pensar que fuesen recicladas. Como vieron que Raquel lloraba, nos regalaron un libro sobre el duelo escrito por la dueña de la funeraria. La escritura era impecable, al menos a mi entender, y los conceptos que más frecuentemente se leían estaban relacionados con la seriedad y la ética. Aceptaron que yo pagase incialmente sólo el cuarenta por ciento y, luego, al final del mes, el resto. Hubo momentos en que me sentí más abrigado por ellos que por los amigos que vinieron a presentarle sus respetos a mi suegra.
Llegando el final, se me acercó la dueña de la funeraria, la misma del libro, y me preguntó si queríamos responso o misa. Yo le dije que misa porque mi suegra siempre fue muy creyente y si en vida iba a misa todas las tardes me parecía justo que ya muerta tuviera una misa completa.
La mujer aceptó.
Si ustedes quieren misa, será misa.
No sé por qué, pero en ese momento recordé que antes, en la noche, uno de los agentes me había dicho que los curas de la parroquia siempre ponían problemas para venir a a la funeraria porque preferían que la ceremonia se relizase en la parroquia, pero que ellos ya habían resuelto el problema.
Me olvidé inmediatamente del asunto porque Raquel me llamó para que le diera un calmante y al rato ya se acercaba el momento de la misa y la cremación y todos comenzábamos a sentirnos peor vi que los hombres de la funeraria se dirigían hacia la sala de ceremonias.
Ya viene la cosa dijo Raquel refiriéndose a que ya se acercaban la misa y la cremación.
No te preocupes intenté tranquilizarla y salí del salón con la intención de buscar a los agentes y recordarles que luego necesitaría el certificado de defunción internacional.
Estaban, como había supuesto, en la sala de ceremonias. Cambiaban junto a un hombre obeso y disneíco la disposición de los muebles para que mirasen hacia el crucifijo y no hacia la ventana del horno crematorio. El desarreglo del hombre obeso, sudoroso y con un hematoma en la frente, desentonaba un poco con la capilla e incluso con los agentes, que iban de traje, como siempre.
Yo me quedé viéndolos desde la puerta y ellos, afanados, no me veían o no les importaba que yo los viera. Uno de los agentes le preguntó algo al obeso y éste le respondió en tono grosero.
¿Qué quieres que te diga? Yo aquí soy un empleado, igual que tú.
¿No será ese el cura? Eso fue lo que pensé mientras me retiraba discretamente y, aunque me respondí que era imposible, a los dos minutos me tuve que arrepentir porque, cuando nos hicieron pasar a la sala de ceremonias, allí estaba él, sudoroso todavía, gordo, gordísimo, vestido de sótana y detrás del pequeño altar. No pienses mal, coño, me dije a sabiendas que la paranoia es mi problema de siempre.
No pienses mal, me dije y me concentré en pensarlo. No pienses mal. Así, sólo así, pude concentrarme en nuestro dolor por la muerte de mi suegra y, a pesar de que desde hacía muchos años, no asistía a una misa, recordar el rito y responder era el único que lo hacía a las oraciones.
El hombre obeso me veía a mí directamente y, de una u otra manera, pudimos concentrarnos él, yo y la dueña de la funeraria que hacía de monaguillo para ofrecerle a mi suegra una misa decente.
A los dos días, la dueña de la funeraria vino a cobrarme el resto del servicio y no pude evitar preguntarle por él.
Murió, ¿sabes? Ayer mismo, de un infarto. Parece que tenía un problema de coagulación.
Lo lamento mucho —la noticia no me sorprendía: algo de la muerte había entrevisto yo en su disnea y en su gordura—. Pero, ¿era cura?
La mujer me dirigió una mirada especial —no sé por qué, en ese momento pensé que me propondría sexo—y buscó donde sentarse. Lo hizo en una de las sillas alrededor de la mesa del comedor y me invitó a sentarme junto a ella.
Pues no, realmente no. Alguna vez estuvo en el seminario y ahora a nosostros nos hará mucha falta uno como él —dijo sin siquiera mirarme antes de hacerme su verdadera oferta—. ¿Quieres el trabajo?
Acepté, claro que acepté. Ya lo había dicho, en aquellos momentos, hablando de dinero, no estámos en las mejores condiciones.

13 nov. 2012

Ahora que seguramente desaparecerán los abrazos

Comenzamos ya en el siglo pasado, cuando aprendimos a escribir en las computadoras y dejamos de luchar por abrirnos espacio en el escritorio porque podíamos trabajar con los codos pegados al tórax. Sin saberlo ni pretenderlo iniciamos la abolición del hombro, fundamentalmente la abolición de la abducción, el movimiento que -exagerado- permitiría que lleváramos los codos a la altura de las orejas. De eso se dieron cuenta los diseñadores de muebles y aviones y comenzaron a diseñar mesas, sillas y poltronas aéreas cada vez más estrechas. Nadie dijo nada porque todos pensaron en sacarle provecho a la idea. Así, los restauradores multiplicaron sus ingresos y convirtieron en realidad la voz popular ("Donde comen dos comen tres"); las líneas aéreas casi duplicaron la capacidad de sus aviones ("Las llamaremos low-cost", dijo un publicista avispado, "pero progresivamente los vuelos costarán lo mismo"); las funerarias apostaron por modelos más estilizados de ataúdes; e incluso los jerarcas de la iglesia pensaron que podrían comprimir el alma y así sentar más feligreses en los bancos frente al altar. En los últimos años, ha desaparecido el mapa. La adorada carta geográfica, que ni siquiera abduciendo los hombros en su máxima capacidad y extendiendo los codos de ambos brazos, que ni siquiera así era posible alcanzar en su plenitud, nuestro mapa de toda la vida ha desparecido y abrir uno en una ciudad turística equivale a ponerse en la frente un letrero de retrógrado y negligente. Pues, como si eso fuera poco, ahora están desapareciendo los periódicos impresos. Ya los habían convertido en tabloides. No es suficiente todavía y antes de que pasen uno o dos años ellos tampoco existirán. Es un asunto más que obvio y la gente que lo presiente y prácticamente sabe se preocupa por los kioskeros. ¿Qué harán ahora los kioskeros de toda la vida? ¿Qué productos venderán si no podrán ofrecernos periódicos con noticias atrasadas? Pues yo también me preocupo por ellos aunque en el fondo estoy seguro que de alguna manera ellos lograrán resolver su situación. Alguna cosa venderán, con algún producto o intercambio llenarán sus espacios repletos de kas. Por eso no son ellos los que más me preocupan. Mucho más me preocupa la segura desaparición de los abrazos. Si se termina aboliendo la abducción de los hombros, si continúa la abominable cultura de eliminar este movimiento, si lo diseñadores continúan inventando productos que permiten prescindir de él, los abrazos que conocemos e intercambiamos actualmente también desaparecerán. Me refiero a los abrazos que se dan con todo el cuerpo, para los cuales es necesario abrir completamente los brazos, abducir los hombros y extender inicialmente los codos, para después flexionarlos alrededor del cuello o de la cintura de la persona abrazada. Estos abrazos, así como lo he escrito, estos abrazos desaparecerán y serán sustituidos por los abrazos políticos. Léanlo bien, he escrito políticos. Lo he hecho para referirme a los saludos que suelen prodigarse en las cumbres presidenciales y eventos parecidos. Se trata de una cadena de movimientos bastante estraña, en la que el hombro está abolido y los estadistas acercan sus cuerpos y, uno frente al otro, intercambian movimientos de antebrazos y manos, con los codos pegados a la caja torácica. Pues yo esos saludos no los quiero dar ni recibir. Eso para mí no es un abrazo. Y, como he comprendido que el mundo actual tiende a ellos, cada vez que veo un mapa o un periódico aunque tabloide lo compro, incluso duplicado. Algo tengo que hacer para continuar abduciendo mis hombros. 

10 nov. 2012

Amigo, si estás en Miami

 
 

 
Sudaquia, la criatura que en Estados Unidos han generado María Angélica García y Asdrúbal Hernández, ha publicado en una edición conjunta Barbie y Círculo croata.
Putitas bonitas, son dos novelitas que a mí me siguen gustando. Una más desgraciada que la otra, pero novelitas buenas todavía. Pobres muchachas mías. Barbie fue publicada por primera vez en 1995 por iniciativa de Israel Centeno. Había sido escrita con el objetivo de borrar de mi vida a una novia psicópata, la única que había tenido hasta entonces. Recuerdo que alguna vez leí junto a Sergio Pitol un fragmento de su versión primigenia y el genio de Domar a la divina garza me hizo ver que en ocasiones la nombraba Barbie y otras con el nombre de la susodicha. Corregí el error y, borracho como una cuba, pude presentarla en la Feria del Libro de Caracas, en 1995. Al finalizar el acto, Israel me acompañó a la estación de metro más cercana. Gracias, Israel. Muchas más, porque luego, al entrar en el vagón, la encontré, a la psicópata, sentada junto a mí y ofreciéndose para compartir la noche conmigo. Entonces aproveché la oportunidad y le leí el último párrafo del primer capítulo:
"Barbie, putica linda, qué bien te ves con las piernas amputadas. Barbie lesbiana, bella, tú que sólo sirves para masturbar ...".
La susodicha salió corriendo horrorizada y si hubiera podido se habría tirado sobre los rieles para ser aplastada por el vagón y el cargamento de Barbie que éste afortunadamente contenía.
La escritura de Círculo croata, en cambio, me acompañó durante veinte años años: cinco páginas por año si la progresión de la literatura fuese aritmética. Veinte años inventando la historia fabulosa de un padre para luego de su publicación -Círculo croata fue publicada por primera vez en 2006 en el volumen Tres novelas, por gentileza de Víctor Bravo y Ediciones El otro&elmismo- terminar descubriendo a través de facebook que ... Es, a pesar de eso, una buena novela y, después de su lectura, varios amigos le cambiaron el nombre a mi Valencia primigenia y, en vez de llamarla Valencia del Rey, la llaman Valencia de San Desiderio.
Todo esto viene a cuento porque el volumen de Sudaquia, Barbie/Círculo croata, será presentado junto a los libros de Héctor Torres, Francisco Massiani, Armando Luigi e Israel Centeno entre otros, en la Feria del Libro de Miami del 14 al 16 de noviembre.
Yo no podré estar, pero lo he comprado a través de Amazon. Cuando llegue mi ejemplar el lunes 12 brindaré por mis editores de Sudaquia frente a un tarro de buena Nutella.
 
 
 

3 nov. 2012

PASTORAL

Cuando hablamos
milagrosamente transcurren
los siglos los milenios
viajamos de ciudad en ciudad
vuela un alcornoque sobre un mar de palabras
se detiene en el aire
y un joven piloto saluda
haciendo ondear una bandera perlada.
¿Será una sábana?, pregunto
y percibo un brillo en tus ojos
una duda secreta una angustia.
¿Acaso delira?, pienso que piensas.
¿Fabula o miente?
Si entonces tus párpados vuelan
bien pueden piloto y alcornoque precipitar
hasta el fondo allá en la vida.
Podría incluso callar
dejarlos suspendidos en el aire
hacerlos caer
dejarlos suspendidos en el aire
pero solos no encontrarán consuelo
sino la dura realidad
y tus ojos continúan tiritando.
Para vivir este momento es que hablo yo
para sentir ese temblor en tu mirada.



30 oct. 2012

El bochinche de Chandler

Luego de una mañana de trabajo y una tarde dedicada al cuidado extraescolar de mis dos bichitos, leo en El largo adiós de Raymond Chandler (traducción de José Antonio Lara) la palabra bochinche. Podría cerrar el libro ya y morirme de risa, pero me gusta Marlowe y el rostro de Bogart que Planeta decidió ponerle en la portada. Entonces elijo recordar cómo conseguí el libro. Mi vecina desocupa la casa y gentilmente me ha permitido husmear en la biblioteca de su difunto marido y coger lo que quisiese. Treinta y siete libros me he traído. Es como si los hubiese empujado para que llegasen de la biblioteca de mis vecinos a la mía. Treinta y siete buenos libros, puedo jurarlo y, si fuera necesario, incluso advertir que tengo experiencia en esto. No en lo de vaciar la biblioteca de mis vecinos, sino en lo de valorar libros de segunda mano. Así se confunden los libros del antiguo vecino con los míos, multiplicando su vida, que parecía finita, añadiéndole dioptrías a mi presbicia. Sus libros se juntan con los míos. Yo leo sus libros. Hablo con sus libros. Me río con sus libros. Y hablé tan poco con él. La vida es extraña, sin lugar a dudas, y yo pensaba que nunca accedería a un espacio tan íntimo. Husmear en sus libros, traérmelos a casa, leer sobre ellos. Donde antes sólo había un saludo frío y quizá algún problema burocrático por una confusión de direcciones, ahora hay una lectura compartida. Este hombre quizás leyó El largo adiós durante una sesión de diálisis y yo lo releo veinticinco años después en una noche fría junto a mi niña que duerme y ronca. Allí es donde encuentro la palabra bochinche, al inicio de un ronquido de Letizia. Él ya no lo puede saber, pero yo sí. Gracias a su viuda, gracias a la gentileza de su viuda, yo me siento menos ajeno al antiguo propietario de este libro, me acerco a él.
Hay otras maneras de llegar a lo mismo, lo sé. Cuento la primera que se me ocurre. Sé que en la ciudad que habito hay un diseñador de interiores que dice que las bibliotecas no se estilan ahora, que ya no se usan. Obliga entonces a sus clientes a deshacerse de ellas y éstos lo hacen. Mandan los libros a una segunda casa, de playa o de montaña, o directamente a la basura. Así también podría haber conseguido un ejemplar de Pastoral Americana, la novela de Roth que ojearé hoy, pero no es lo mismo. Nada que ver. Es un camino absurdo también, pero feo y perverso, como una enfermedad.
Lo que permitió que yo encontrase hoy la palabra bochinche en un libro de Chandler fue un milagro. Un dulce milagro ocurrido gracias a Chandler, a José Antonio Lara,  a Marlowe-Bogart, a mi gentil vecina y a Emepe, la amiga que le dijo a mi vecina que a mí me podrían interesar sus libros. Un milagro ocurrido ante mis ojos, tan cerca de mí, en los libros que ahora compartimos mi vecino y yo. 

20 oct. 2012

Nonna Maria


era
qué duda cabe
una mujer esencial
mi suegra
sólo una vez alzó la voz
pedía que nos fuéramos a dormir
igual cocinaba muy poco
pero la pasta stufata
y el gató de patatas
le quedaban mundiales
veía series de detectives
leía las novelas de Agatha Christie
y siempre estaba pendiente
de cumplir
bodas, cumpleaños, bautizos y defunciones
allí estaba ella
una llamada suya
monosilábica
me enseñaba a hablar italiano
y ratificaba nuestro armisticio
que no sé por qué
desde el primer día
nos vimos y coincidimos
fue un asunto de casualidades
pudimos incluso convivir
cuando escribía la tesis
a media mañana
ella abría la puerta de mi despacho
sostenía una taza de café
le gustaba que trabajara
que siguiera trabajando
nunca me hubiera dado una manzanilla
igual luego se hacía la tonta
y me tocaba lavar los platos
pero la pasábamos bien
luego de comer
yo me sentaba a su lado
ella veía La Signora in Giallo
y yo leía el periódico
o algún libro
nos acompañábamos
esperando la hija
ella tan discreta
me reconocía en los días
en que no reconocía a nadie
y sonreía cuando yo le cantaba
canciones que nunca he sabido realmente
o acariciaba sus mejillas
sólo antes de morir
pude escuchar su respiración
pero los niños pidieron comer
y cuando regresé
así de esencial
ya se había ido

16 oct. 2012

El salto pornográfico

Verlo caer es, sin lugar a dudas, una secuencia pornográfica. No porque a lo lejos pareciera una cápsula microfálica, sino porque simplemente no tiene sentido hablar de ciencia y positivismo (¿existe todavía?), mucho menos vender como una hazaña el despropósito anencefálico de un individuo que busca infructuosamente la muerte invertida, al menos según la estética cristiana, tirándose muerto de miedo desde más allá de los cielos para aparecer luego vivo en un desierto de Norteamérica. Si quería suicidarse lo hubiera podido hacer más fácil bebiéndose dos litros de la pócima de taurina que lo patrocina, pero sin cámaras ni telescopios, sino encerrado a llave en el baño de un burdel o leyendo una novela ganadora del Premio Planeta. Fracasó en su intento de morir y ahora lo venden como un héroe y quieren convertirlo en novio de Barbie. No lo nombraré ni mutiplicaré su foto. Hacerlo sería divulgar una escena primaria, como hacen los periodistas españoles cuando hablan de economía o los políticos latinoamericanos que se refieren públicamente a sus enfermedades. Salto puto y pornográfico. Bull shit.

29 sep. 2012

CUARTIENTO DEL PRIMO BURLÓN

La familia política ―¿por qué familia, por qué política?― me ha regalado un primo que tiene por virtud el burlarse de todo. Su pertenencia a la familia también se ha efectuado por la vía política y estoy seguro de que cada uno de sus comentarios los hace con la mejor de las intenciones. Tan sólo quiere reírse un poco y propiciar que los otros también lo hagan realzando un detalle inicialmente imperceptible, pero clave, de cada uno de los otros miembros del grupo familiar, consanguíneos o no.
Así, lo he visto más de una vez burlarse de un primo que baila flamenco.
―Mira cómo baila. Jo, qué gracioso.
En este apartado, es necesario reconocer su generosidad. De este primo flamenco podía haber hecho comentarios mucho más mordaces que lo habrían destruido, pero realzar el baile es si se quiere un comentario tan sutil que no le permitiría al primo víctima ni siquiera molestarse e incluso lo obligaría a reír junto al primo burlón.
De una tía anciana que padece una especie de demencia con esclerodermia podía haberse burlado por su tacañería, pero obvió este detalle, demasiado evidente, y simplemente apuntó un detalle.
―Aquí la podéis ver, no se mueve. Pase lo que pase, siempre permanece impasible.
Del apellido de la familia que nos une, Mitidieri, lo traduce al italiano y cada vez que lo ve sobre una hoja lo dice:
―Mitos de ayer. Aquí lo dice.
La familia, que tuvo un pasado interesante y ahora tiene un presente por decir algo duro, lo escucha con dolor, pero no puede hacer nada. Es el primo burlón. Y, además, cada vez es más rico. La risa, la burla y seguramente su trabajo lo han enriquecido.
El otro día, durante una celebración familiar, de la que veíamos el video, me escogió como víctima.
Quienes me conocen saben que siempre he tenido tendencia a la barriguita. Además, tengo una escoliosis leve y un poco de culo por algún ancestro africano. Esa combinación la he llevado lo mejor posible durante toda mi vida, pero en ocasiones me sucede que se me escapa el pantalón y, obviamente, lo tengo que subir. Pues eso fue lo que hice durante la celebración. Un movimiento de cadera, otro de culo y, zas, el pantalón ya estaba arriba.
En el video el detalle era casi imperceptible, pero el primo que se burla de todo detuvo la reproducción, retrocedió y luego revisitó mi escoliosis a cámara lenta.
Allí estaba yo, mirando a la izquierda y a la derecha, llevándome las manos a la cintura, moviendo el culo hacia uno y oto lado y luego, descaradamente, con una vulgaridad insólita en mis movimientos, ajustándome el pantalón la cintura. Obviamente, no podía faltar su voz de profesor de pueblo comentando mis movimientos:
―Aquí podéis ver el sutil movimiento del tío Slavko. Imperceptible, ¿verdad? Pues ahora mírenlo lentamente.
A partir de ese día, supe que algún día le escribiría un cuartiento, no para vengarme ni nada de eso, sino simplemente para realzar esa cualidad suya, de burlarse de todo lo que le rodea, su sacrosanta virtud.
Agrego, además, un detalle, quizás imperceptible para él y para quienes le rodeamos y lo hemos aprendido a querer. Cuando termina la burla, siempre hay un momento en que se lleva la mano derecha primero a los genitales y luego a la nariz. Es demasiado asqueroso, pero es mi primo burlón. Otro de los personajes de mi familia política. Insisto: ¿por qué familia, por qué política?

12 sep. 2012

El dedo de la palabra




Hay un dedo que según mi hija merece ser llamado el dedo de la palabra. Realmente —como ella se refiere al tercer dedo de cada mano, el dedo medio de toda la vida— hay dos: uno en cada mano. Los señala así, con la palabra "palabra" como parte final de un camino de eufemismos. La "palabra" en este caso es una palabra mala, equivalente a grosería, y el dedo de la palabra entonces también podría ser llamado el dedo de la grosería. En los últimos diez días lo he sujetado entre mis manos en varias ocasiones. La primera el sábado, cuando vi a dos conocidos escritores españoles en un programa de televisión haciendo de tertulianos, que significa hablar de todo, pero fundamentalmente mucho y en voz alta, atropellando a los demás. Es verdad que todos tenemos que ganarnos la vida y que Cela y Umbral también mataron tigres en la televisión, pero ganarse el Nadal y el Municipal de Torrelodones para terminar hablando en televisión sobre una concejal que se masturba frente a su teléfono es sencillamente una directa invocación al dedo de la palabra. Contenido como estaba entre mis manos, el dedo mismo empezó a hablar, a despotricar en contra de los colegas escritores del siglo XXI, incluido yo mismo. ¿Escritores de qué? De miniartículos díscolos que se publican en las redes sociales, facebook por nombrar alguna, o en un blog como éste. Es(t)os miniartículos son una cagada y, seguramente, ningún escritor los firmaría en una revista seria. O escritores de tweets. Si el miniartículo es una cagada, el tweet es una flatulencia, sencillamente porque el mundo no necesita saber qué piensa a cada instante ninguna persona, por conocida o por escritora que sea. Yo, que soy cuartientólogo, pido disculpas a mis amigos por lo que estoy escribiendo, pero sencillamente repito el dictado del dedo, el dedo de la palabra. Este elemento se volvió a alzar hace apenas dos días, ante la ausencia repetida de un trabajador doméstico. Esta vez no pude contenerlo. El dedo de la palabra saltó a la mesa y, de manera autónoma, sin necesidad de que yo le dictase nada, comenzó a escribir: "No te diré nada al respecto. Simplemente lo que tú mismo dirías como cliente en cualquier situación de la vida cuando te sientes estafado o la persona que se ha comprometido a algo contigo no te cumple. Eso, dítelo tú mismo, escúchalo de tu propia boca". Pobre dedo de la palabra, últimamente tan irascible, así de irritable. Se enfada mucho también cuando le toca ir con mi cuerpo al colegio de los niños. Este es un colegio peculiar y el más tonto puede ser presidente del consejo. ¿Presidente de qué, de qué consejo? Del consejo del dedo de la palabra. O cuando encuentra al vecino al que le molestan las ramas de los árboles que nacen en nuestro patio y pretende que yo vaya a cortárselas. La última vez que se encontraron, el vecino y el dedo, el primero pretendía hablar con la muchacha que cuida a mis niños y el dedo de la palabra volvió a desatarse y otra vez habló, incontenible.
Giuliana, ven. Deja de hablar con ese hombre no vaya a ser que te haga una solicitud obscena, como limpiarle el jardín o hacerle la cama.
No se lo reproché. Nada le dije. Últimamente mi dedo y yo vamos absolutamente de acuerdo.

6 sep. 2012

PELIBRO


Un libro es un objeto vacío que uno (escritor), a través de los días (años y décadas según mi ritmo) llena con sus manos, sus ideas, un proyecto y, fundamental, una pizca de sentimientos.
En ocasiones, el objeto en cuestión sufre una multiplicación que no se llama mitosis ni meiosis sino edición. Esta reproducción puede ser asistida por especialistas que se conocen como editores pero también por uno (escritor) mismo.
Así, el libro llega a dos (lector) que mayormente lo ve como un objeto vacío que llena con su tiempo, sus manos, sus ideas, un proyecto de lectura y, en ocasiones, sus sentimientos.
Si el objeto se llena nuevamente, es lindo, es un momento lindo. Si las manos de uno y otro se encuentran, es hermoso. Si las ideas se rozan, es magnífico. No se podría pedir más. Si acaso que se encuentren también los sentimientos
pero eso
es demasiado
peligroso.

7 jul. 2012

CUARTIENTO DE SERENA



Me gusta esta mujer.
Tanta vulgaridad que le han atribuido, tanta foto mostrando sus nalgas, sus cicatrices, y a mí me resulta elegante: bella y adolorida.
Lo siento en sus gestos, que los comentaristas califican de teatrales: con cada golpe le duelen la espalda y las rodillas, se le encharcan los pulmones. Será que tengo tiempo sin ir al teatro, pero a mí me parece que esta mujer sufre, que llora en silencio, que traga sus lágrimas escondiendo (incluso) el gesto deglutorio.
Es un asunto de cartílago y pulmones. A ella le cuesta respirar y yo resollo junto a ella.
Una sola pierna suya sostendría este hospital. Una sola pierna. Y bajo su pecho podrían construirse varios ambulatorios: cuatro de un lado y cinco del otro.

Serena es fuerte y bella. Poderosa cuando quiere.
Está llena, repleta, de impulsos contenidos.
Pobre del que a su lado esté cuando abra la válvula de escape.
Quizás eso suceda cuando gane el próximo gran premio o cuando vuelva a ser la número uno.
Allí seguramente se dejará llevar por la alegría y gritará improperios a los periodistas.
Pero, ahora que sufre. en este momento en que tiene dolor y contiene sus impulsos, resulta bella y distinguida, cubriéndose las piernas con la toalla, espantando la cámara de tanto ignorarla.


Cámara absurda, que pretende un primer plano de sus nalgas. Serena es una madre: de sus uñas pintadas, de aquella pelota inalcanzable, de cada quejido que suelta resoplando. Una madre soltera, silenciosa, trabajando y silenciosa, que tan sólo necesita un abrazo. Un abrazo que la escuche. Un abrazo donde llorar. Uno que restañe su corazón y sus heridas.

22 jun. 2012

Vibonati, de Vicente Gerbasi




-¿Le gustan las estatuas? -me preguntó navaja en mano el barbero salernitano, Renato Ciliberti, luego de decir que él era quien todos los miércoles ajustaba la barba de Alsonso Gato.
-Las de militares no -respondí distraído-. Tampoco las de escritores y curas.
-Es que en Vibonati hay una de Vicente Gerbasi.
Vibonati, Vi-bo-na-ti. ¿En qué dirección de mi vida sus mujeres recogían las sábanas tendidas entre dos balcones, con los ojos cerrados porque escuchaban a Mario Lanza cantar O sole mio? ¿Dónde resonaba la voz de sus aldeanos el día de la vendimia? ¿Donde se estrechaban sus manos manchadas antes de iniciar la caza de un leopardo imposible? ¿Dónde esperaban el tren de un viaje infinito? ¿Dónde se agolpaban antes de trepar la escalerilla del barco que les permitiría convivir alguna vez con las figuras de Viviano Vargas, en Canoabo de Venezuela? ¿Dónde, dónde?
-Frente al Golfo de Policastro, exactamente frente al Golfo de Policastro -repitió Ciliberti, creyendo quizás que adivinaba mis pensamientos.
Otra vez se equivocaba el barbero. Alfonso Gatto había muerto en 1976 y, en mi caso, no se trataba de saber las coordenadas en el mapa italiano del pueblo donde nacieron los padres de Vicente Gerbasi, tampoco escuchar que para llegar allí desde Salerno debía tomar un tren hasta Sapri y luego buscar, en el horario de la compañía de autobuses Lamanna, las ocho letras de su nombre: Vibonati, Vibonati, Vi-bo-na-ti. Apenas pretendía hurgar en mi memoria, con los ojos cerrados y la loción alcoholada ardiendo en las mejillas, hasta encontrar el lugar en que la pequeña aldea viñatera del Sur de Italia había abierto por primera vez las puertas de sus casas ante mis ojos, invitándome a pasar y hundirme en sus «volcanes adustos», «sus selvas hechizadas».
Nada logré recordar hasta el momento del día siguiente en que el autobús al que había subido en Sapri -uno de esos autobuses que no se detienen ni continúan sino que simplemente giran, dan la vuelta y regresan como si hubieran llegado a un destino inconcebible- me escupió en Vibonati en compañía de una anciana vestida de negro y las gallinas que no había logrado vender en Maratea. Mientras veía a la anciana y deseaba que dejase de mirarme para caminar tranquilo o tomarle una foto a las gallinas, lo recordé: casi veinte años atrás, junto a mi gigantesca profesora de literatura venezolana en el bachillerato escolapio, llorando los dos luego de leer Mi padre, el inmigrante, escondiéndonos para no ser víctimas de las burlas de Manzo o del mismísimo cura Manolo. Allí, luego de repetir mil veces -como si fuera un miércoles de ceniza- el único verso del último canto, el primero del primero y del segundo, «Venimos de la noche y hacia la noche vamos», yo pregunté por la noche y ella dijo que la noche era Vibonati, Vi-bo-na-ti. La noche y la calle.
-Signora, ¿es verdad que aquí hay una estatua de Vicente Gerbasi? -le pregunté finalmente a la anciana de las gallinas.
-¿De quién? -repreguntó ella mientras las gallinas revoloteaban dentro del saco-. No, la única estatua que hay en Vibonati es ésa del Padre Pío -señaló la piedra pintada de bronce de este Garibaldi del siglo XX que los italianos colocan ahora en todas sus plazas.
Frente al Padre Pío, me persigné y empecé a calcular las dimensiones de un pueblo en el que ya -a la una de la tarde del primer sábado de mayo, con los dos únicos negocios cerrados- se habían ido las uvas y los panini y, a través de las ventanas, los vecinos se preguntaban qué hace el extranjero que no nos deja comer en paz, por qué un extraño tiene que venir un sábado a la hora del almuerzo a un pueblo donde nadie viene y comenzar a amargarnos la tarde antes del partido de fútbol.
Los llamé o soñe que los llamaba, uno por uno. Tocaba sus puertas. Les preguntaba por la estatua. Sediento, bebía el agua de la fuente. Pero ninguno sabía nada.
-No, no, la única estatua de Vibonati es la del Padre Pío que le mostró la señora -decían y volvían a decir mientras señalaban a la anciana de las gallinas.
Yo me limité a recordar Casa Natal, el cuento de López Ortega que relaciono con todos mis fracasos: un padre lleva a sus hijos a conocer la casa en que ha nacido y, luego de horas de viaje, comprueban que donde debía estar la casa no hay nada o, peor aún, un estacionamiento. ¿Cómo había podido desaparecer el busto? ¿No se trataría más bien de un engaño de Ciliberti? Barbero charlatán, igual ni siquiera sabe quién es Alfonso Gatto. En eso estaba, maldiciéndolo, cuando un grupo de tifosi de la Salernitana se apiadó de mí.
-¿Gerbasi? Sí. Quizas se trate del acto que hicieron hace como cinco años en el Comune.
-Seis o siete, más o menos. Vino el embajador venezolano y el vice-presidente del senado -agregué yo a punto de llegar a un acuerdo.
-Está allí, adentro -dijó el menos joven sonríendo, presintiendo mi Casa Natal, mientras señalaba la reja encadenada de una alcaldía que más bien parecía una escuela pérezjimenista.
Fui hasta la reja. Quizás detrás de ella había un patio y, en el centro, la estatua de Vicente con una taza de café en la mano izquierda. Pero no, no detrás de la reja, allí sólo había una escalera, la cartelera de los matrimonios y dos afiches de las últimas elecciones.
-¿Y la iglesia? ¿Dónde queda la iglesia? -pregunté pensando en una bilocación imposible o en el patio de la lejana iglesia de mi infancia: algunas matas de mango y los bancos durísimos que había donado la familia Dao.
-Su -dijeron ellos y señalaron la cuesta.
Decidí caminar hasta alcanzarla. Emprendí la subida infinita y, como la única persona en invitarme a comer fue la loca del pueblo, le dije que no, muchas gracias, preferiría no hacerlo, como si fuera Bartleby.
Frente a la iglesia, me detuve para ver el mar. Era hermoso, pero no valía el viaje hasta Vibonati. De todas maneras, comencé a hacer fotos. Para sentirme como un turista o para aprender a hacer fotos.
Iba por la cuarta o la quinta cuando una voz se atravesó entre el objetivo y la plaza:
-¿Qué hace?
Era la sacristana que, sorprendida, no podía entender que alguien le hiciera fotos a los tejados de Vibonati.
Le conté mi desgracia y ella prometió ayudarme: su hermana era secretaria del Comune y, si yo la esperaba, descendería conmigo, me abriría las puertas de la alcaldía, subiría en mi compañía hasta el primer piso y, en un rincón, entre dos carteleras y una caja de resmas de papel dispuesta en el suelo, me mostraría el busto -así lo dijo varias veces, el busto, el busto- de Vicente Gerbasi.
-La única estatua que hay en Vibonati es la del Padre Pío.

12 jun. 2012

PANTALETAS DE SAL, ZANCUDOS DE VIENTO

Pantaleta es la voz que en mi barrio se usa(ba) para designar la ropa íntima femenina. Pantaleta, pan-ta-le-ta. Aunque recuerdo que las niñas educadas también podían llamarla blúmer, que era más bien un eufemismo a pronunciar antes o después de pedir un batido de fresas, carísimo entonces. Me refiero pues a una palabra equivalente a la braga española o la mutanda italiana. Si el cuartiento debiese transitar esos caminos bonitos, haría una primera parada en la pantaleta señorial, la grandota, gigantesca, que colgada en un balcón bien podría parecer una bolsa de mercado. Otra en la recortada, que reconstruye los glúteos. Y todavía una más en la brevísima (la bebísima) que desaparece dentro del mundo que contiene. Pero nada de nada, quien escribe es el tío Slavko y no se va a meter hoy en esas honduras. Además, voy a ser sincero. Con los años y, fundamentalmente, esta extranjeridad perpetua, el vocablo pantaleta se ha transformado entre mis neuronas. Es ahora mucho más continente que contenido. Deserotizadas, esas cuatro sílabas han ido perdiendo pelos y olores y han ganado sonido. Pan-ta-le-ta. Suena, sí, a las mujeres de la casa de un niño que creció entre mujeres. Pantaletas de madre, de hermana, de tía. Pero evoca una trascendencia culinaria. Pan-ta-le-ta. Regresionado a lo oral, la palabra (mezcla de pastel y tartaleta) llena mi lengua de sabores. Pienso más bien en una especie de empanada de maíz rellena de carne, una empanadita frita o, ¿por qué no?, asada y de trigo como las empanadas chilenas que en Bárbula me instigaban a escapar de las clases de fisiopatología. Esta pantaleta de hoy viene rellena de jamón, trae tomate. Es fresca y buena, deliciosa, escarchada de sal.
Algo parecido pasa con la palabra zancudo. Zancudo es el mosquito caribeño, afilado, punzante y terrible. Los había patas blancas, largos y recortados. Los odiaba en mi infancia de La Entrada y, por su culpa -estaban en todas partes, atraídos por los mangos que se podrían en el jardín de la iglesia- aprendí a dormir feto otra vez cubierto absolutamente por la sábana. Con el tiempo, la otredad y los insecticidas, esas tres sílabas han perdido también parte de su significado. Queda de ellos la música, pero también han mutado sus sonidos y ahora suenan en clave de sol. Si era terrible su silbido en la infancia -que no dejaba dormir, que mortificaba y se escondía detrás de las orejas- ahora lo recuerdo como música de un instrumento de viento. Se funde, se confunde su do permanente con los mejores acordes que he escuchado nunca: algo de Mendelssohn, mucho de Bach. Debería entonces ser de cuerda, pero hoy se me antoja de viento la música de la palabra zancudo. Nada que ver con el mosquito, el zancudo en este cuartiento es un instrumento de viento junto a la boca de un músico somnoliento que hoy al mediodía degustó una pantaleta de sal.

2 jun. 2012

DEFENDIENDO A BUFFON




a Giuliana Mitidieri, perché anche il calcio le piace

Se escandalizan los tifosi porque el gigante Gianluigi, después de haber defendido la honestidad de los jugadores italianos, ha sido retratado enviándole dos millones de dólares al propietario de un gárito. Ya Monti, el presidente de los impuestos y la abolición del bunga bunga, había hablado de la posibilidad de suspender el campeonato italiano. Eso fue lo que hizo saltar a Buffon, mucho más rápido de reflejos que en los últimos partidos con la Juve en los que se jugó la copa varias veces fingiendo caídas y traspiés. "Somos honestos", dijo varias veces, desautorizando al anciano tecnócrata. Ahora aparece hundido en la masa hasta los hombros y su propio seleccionador habla de la posibilidad de que Italia se retire de la Eurocopa. Los tifosi reaccionan en masa porque se toman el asunto en serio. Buffon scherza (bufonea) y dice que él puede gastarse su dinero en lo que le dé la gana. Tiene razón, pero los tifosi (jueces, fiscales y policías incluidos) le reclaman que lo haya hecho apostando, quizás contra su propio equipo.
Realmente no termino de entender lo que pasa. ¿Por qué se escandalizan? ¿Por qué esta Europa que Novalis pretendía cristiana se toma tan en serio el deporte de los millonarios que renuncian a jugar con las manos y le dan patadas a una esfera de material sintético?  ¿Acaso tiene sentido hablar de ética en un asunto que -al igual que la prostitución, el circo y tantas otras cosas- nació para divertir, para`permitir que el tiempo pasase y disminuir el número de bostezos por minuto? Peor todavía, ¿de dónde surge la pretensión de pedir lecciones de ética a unos individuos que han sido apartados desde temprana edad de la escuela y de sus familias, que son mayormente analfabetos y que nunca han sido ilustrados con una noción de ella?
Por eso es que yo defiendo a Gianluigi Buffon. Es absolutamente inocente. Es un futbolista y, como tal, es un jugador: del balón, de naipes, de cartas o de cuanta virguería inventen los garitos. Seguramente envió sus ahorros de un mes al propietario del gárito y eso no tiene nada de particular. Pecado hubiera sido si lo hubiese hecho Claudio Magris o Umberto Eco. Éstos no son jugadores y han ido a la escuela, no sólo como alumnos sino también profesores.
Obviamente aquí si hay un culpable es esa entelequia que los medios llaman sociedad para no asumir la primera persona del plural. Los culpables somos nosotros, pero mucho más aquéllos entre nososros que han pretendido ver en el asunto algo más que un juego y le han dado realce a las figuras, acciones e incluso palabras de estos niñatos tramposos e iletrados, ágiles, bandidos e inocentes, que viajan por el mundo empujando balones, intentando engañar a árbitros y expectadores. jugando su asunto, sudando y, obviamente, apostando, perdiendo y ganando, vincendo.

20 may. 2012

Las muchachas de Rabat

De Rabat, adonde fui a contar la versión biográfica que me ha regalado Fausto Porai, he traido:
1 Una tetera de cobre que pienso incorporar a una escultura.
2 Una tetera de plata que he colocado sobre el brasero encontrado junto a la basura de los vecinos.
3 Cuatro pares de babuchas que quizas nunca usaremos por culpa del conocido sindrome babucha-talón.
4 El conocimiento de la entrañable Clara Usón. Juntos paseamos por la Medina de Rabat. Ella bebía zumos de naranja y yo compraba babuchas y teteras. Ella pedía usar el servicio en todos los bares y yo bebía te de menta.
5 El reencuentro con Ricardo Sumalavia y Jorge Volpi: todo perece, pero la amistad literaria menos.
La hija del Este, la novela de Clara Usón. Ambiciosa, cautivadora, valiente. No sólo es un tema que me gusta. A veces pienso que es un libro que hubiera deseado escribir, pero confieso que nunca tendré tan largo aliento, tanto atrevimiento.
7 La breve conversación con Ana Vásquez, llena de referencias napolitanas.
8 El recuerdo de Don Julio Samsó en conversación con Federico Arbós.
9 Y este video en el que una actriz prodigiosa, a los dos minutos y quince segundos, improvisa vertiginosa y brevemente alrededor de Médicos taxistas, escritores.



 
Post-scriptum: al llegar al pueblo (mi pueblo, Puzol), el kioskero (nada que ver con mi maravilloso Isidro) me dice que no puedo comprar el periódico si no me llevo la pelicula. No los compré y ni siquiera protesté. Ya no me apasionan las hojas de reclamaciones y, además, sabía que tarde o temprano le mentaría la madre en un cuartiento.

4 may. 2012

El violento catecismo

Por vivir en un país fundamentalmente católico, estar en mayo y tener un hijo de ocho años, me ha tocado repasar en estos días algunas páginas del catecismo, no visitado por mí desde hacía más de treinta años.
Debo reconocer que para llegar a esta situación han pasado dos cosas fundamentales.
La primera. Hace dos años, mi hijo espontáneamente pidió ir a catequesis y manifestó su deseo de tomar la primera comunión.
-¿Estás seguro? Recuerda que tú no comes jamón. Quizás eso significa que luego querrás hacerte musulmán.
-He dicho que quiero tomar la comunión.
-Pues te arrepentirás.
-¿Qué dices?
- Que el arrepentimiento es una virtud cristiana. Nada más.
La segunda. Que durante dos años hemos ido todos los viernes al catecismo, pero que al no haber sido estos viernes muy provechosos, en el último, a la hora de salida, la catequista más anciana se acercó a la terraza en que yo bebía una cerveza con algunos amigos y me increpó delante de todo el mundo.
-Si sus hijos -hablaba en plural pero yo sabía que la cosa iba conmigo aunque sólo uno de mis niños va a la catequesis- no se aprenden las oraciones, no firmaremos el certificado y no podrán tomar la comunión. Es culpa vuestra porque en la casa es donde ...
No dije nada, me llevé la botella a la boca -quizás no debí hacerlo, ¿verdad?- y me dispuse a soportar las burlas de Javier, el único acompañante cuyo descendiente no va a catequesis.
Sus burlas duraron una hora y hubieran durado mucho más de haber sabido que el encargado de reforzar el precario conocimiento sobre el asunto católico que ha adquirido mi hijo en estos dos años iba a ser yo, yo mismo.
Pues en eso me he ocupado en las últimas tardes.
Comenzamos con el Padrenuestro ya que las lagunas eran elementales.
-Vamos, pequeño, después de "nuestro pan de cada día", debes pedir perdón por nuestras ofensas.
-Pero, ¿qué ofensas, papá? Si yo no ofendo a nadie.
Luego el yo confieso. Me sentí estúpido intentando obligar a mi hijo a confesar que ha "pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión".
-¿De verdad tengo que decir esto de "por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa"?
-Bueno, mejor que no. Vamos a pasar entonces a los mandamientos.
Peor todavía. Ojalá Moisés nunca hubiera encontrado las dichosas tablas. "No matarás". "No robarás". "No tolerarás pensamientos impuros". Todo tan violento, lleno de pornografía, repleto de escenas primarias este catecismo que inocula el germen del pecado para luego castigarlo con la culpa y  después fingir que lo perdona, pornógrafo misericordioso.
Pues que Dios y la vida no me lo tomen mucho en cuenta, pero creo que el certificado nos lo van a negar.
Menos mal que mayo es también el mes de las bodas. Seguro que a alguna nos invitarán.


29 abr. 2012

Del ejercicio amoroso: el perolet i la tapaoreta

Ahora que le ha dado por escribir poesía -es mentira que sea ahora, publicó un libro de poemas cuando niño- lleva varios días acumulando imágenes para un poema amoroso que pensaba convertir en cuartiento. Lucha contra la trigonometría, contra las leyes de la trigonometría. Ésa era la pasta madre de una imagen que quería construir a partir de una cama de hipotenusa imposible. Pero también contra la traumatología y la rehabilitación. Esta última no por especialidad médica necesaria, que seguramente lo es, sino para no regodearse con la rima, con la rimía.
Cuartientos finalmente se ha salvado de semejante texto gracias a un paciente que en la útltima guardia le ha regalado la mejor definición posible para la actividad amorosa:
-Tot perolet té la seua tapaoreta.
No cree ahora que sea necesario traducir la expresión ni escribir el poema.

16 abr. 2012

Reconstrucción de La Entrada

La Entrada no era el inicio de nada

Apenas mi vida
comenzaba
y no veía salida

Era un pueblo hermoso y triste




Una iglesia
con campana
que hice
sonar tantas veces
a las cinco y treinta
del domingo

Las montañas
verdes imposibles

Una cruz blanca
en las tardes de lluvia
se movía
de un lado a otro
con cabillas desnudas
oxidadas

Una anciana poetisa se maquillaba antes de recibir invitados que olían a whiskey
la bebida oficial del pueblo después del cocuy y la cerveza

Otras ancianas maquillaban sus tardes con cuentos que vivían como chismes

La más audaz sostenía siempre un espejo
para ver pasar sin ser vista a los muchachos que se besaban

Siete borrachos tumbados junto a un árbol caído celebraban los días y las noches

Los adolescentes paseaban sus animales
preferiblemente burras
antes de convertirse en malandros
malandros
chamo candela
malandros
y comenzar a robar gallinas




Yo escribía
y caminaba

Acumulaba libretas
escuchaba chismes
bebía agua del río y sevenup
que entonces me sabía a cerveza
soñaba que era novio de la muchacha más bella
veía los animales pasar
pero fundamentalmente escribía
y caminaba




Era feliz
era absolutamente feliz
y la muchacha más bella me dijo que también soñaba conmigo




Pude seguir siéndolo
feliz
de aquella forma
seguro
pero pedí ser expulsado del paraíso
y nunca volví
nunca volví a La Entrada




Desde entonces la reproduzco
siempre
en cada pueblo de montaña
dejo la mochila
los trastos
el ordenador con las novelas
como si quisiera quedarme
o volver



Y los anfitriones me llaman
por correo
me envían lo olvidado
advierten que La Entrada sólo hay una
que nunca
volverá
a ser.

11 abr. 2012

Escuela de árboles de navidad

La escuela inicia
lecciones en enero
y sus alumnos
han de estar cubiertos
por la nieve
en los primeros meses

El calendario
no conoce fiestas
ni santos
ni celebraciones
de ningún tipo

Algo parecido
sucede con el horario
de veinticuatro horas
todos los días
de la semana


Cuando mi niña pasa
y los ve
los alumnos
asisten
a una lección
de tolerancia

Hoy
son la nieve
y la ventisca
mañana
las bolas
las guirlandas
y las figuritas made in China


Por eso ella pregunta
¿acaso ésto es
una escuela de árboles
de navidad?


Así es, Letizia
estos árboles estudian
para mañana adornar
e ilusionar la vida
de algunos niños
así nomás

Pero
¿verdad que son bellas
estas aulas de clases?
Demasiado, ¿verdad?

Tus ojos
que las han visto
y creado
como escuela
concedan
que el año
escolar
no termine nunca
y estos árboles
se queden así
repitientes eternos
para siempre
en nuestra memoria
tus ojos mágicos
tu mirada fundacional

4 abr. 2012

LA DUDA: ELOGIO DEL SIGLO PASADO

Camino, hablo, escribo, envejezco y amo como un hombre del siglo pasado y, por si fuera poco, nací en los alrededores de la visita lunar. Debo ser, soy entonces, sin que sea posible la duda, un hombre del siglo pasado y, admito, lo vivo y digo con orgullo. Además, el tiempo y las canas me han hecho amigo de las anécdotas, las pequeñas historias, los recuerdos. Y cuando han pasado más de diez, once o doce años del hecho lo digo sin ambages: "Fue en el siglo pasado". El interlocutor mayormente muestra su sorpresa. "¿El siglo pasado?". Pues sí, el siglo pasado, ahí mismo, en la vuelta de la esquina, pero caminando hacia atrás. De allí vengo y mayormente venimos. Mi siglo, como el de Günter Grass. Con sus guerras, incluyendo la fría. Con sus bombas. Con sus genios. Con sus pintores. Con sus novelas. Con la luna como aspiración, visita falsa o verdadera. Ese siglo, el mío, me gusta cada vez más. Mucho, muy mucho. Y no es un asunto de nostalgia. Jamás de los jamases. Por nada del mundo aceptaría tener veinticinco años nuevamente. Pero privilegio la motivación aunque sea positivista a la puta desesperanza, Einstein a Steve Jobs, Muhammad Ali a Cristiano Ronaldo, la OPEP a Al Qaeda, un radioaficcionado hipotecándose para comunicarse con el mundo a una multitud escribiendo huevadas en facebook simplemente porque resulta demasiado fácil hacerlo.
Reconozco que lo ideal sería integrar una noción con la otra y encenderle una vela con la mano izquierda a Einstein y con la derecha otra a Steve Jobs. Y así sucesivamente. Una actitud semejante sería altamente recomendable para una persona de mi edad que, necesariamente, ha de vivir a caballo entre estos dos burros, pero el intentarlo resulta cada vez más difícil. Sobretodo porque no se trata de que uno sea mejor que el otro. Ni que todo tiempo pasado fue mejor. Ni que el futuro beneficia. Nada de nada. Se trata de una elección personal. A mí, personal y particularmente, me gustaba el teléfono con cable. Pues ya prácticamente no existe. Me gustaban las cabinas públicas que usaba para hablar con las novias. Pues no existen tampoco. Me gustaba escribir cartas y llevarlas al correo. Pues hacerlo casi constituiría una conducta extraña. Me gustaban los mapas, abrirlos cuan largos eran y detenerme a escrutarlos bajo las farolas. Otra conducta extraña. Me gustaba llegar a los pueblos y preguntarle al primer vecino qué debía hacer para llegar a tal parte. Otra cosa imposible. Adoraba los libros familiares de recetas de cocina. Más raro todavía. Pero fundamentalmente me gustaba generar una duda y tener que esperar para satisfacerla. Así la duda crecía. Pues eso tampoco sería posible ahora porque aunque se pretendiera, al apenas mencionar la duda, el primer amigo bienintencionado se creería en el deber de ayudar, abriría un dispositivo electrónico e inmediatamente sepultaría la duda con el resultado de un partido de fútbol, el significado de la palabra "escíbalo" o la temperatura que el primero de enero hacía en Madagascar.
Esa duda, la posibilidad de incubarla, de llevarla conmigo un tiempo, hacerla crecer, convertirla en una excursión a la biblioteca, en la compra de un libro, la visita real a un museo o un viaje es lo que más me gustaba de mi siglo, el pasado. La duda era su sino, su maravilla. La duda y el viaje en avión. En aquella época, nadie lo recuerda ya, el viaje aéreo era un acto distin... Pero, ¿para qué voy a escribir más? Introduzca las palabras "siglo" y "pasado" en el buscador más cercano e inmediatamente podrá recordar cómo se vivía en el siglo XX.

9 mar. 2012

TÍMIDO ABRAZO


¿Qué ciudad será necesario bombardear
para acercarnos?
¿Dónde habrá que cavar
la zanja
hacia dónde la dirigiremos?

Que mientan los demógrafos
los bancos, los taxistas y las panaderías,
pero los ojos no.

Que nunca mientan
no importa lo que diga el gobierno de Gibraltar
y el abrazo prometido
mucho más siendo tímido
venga a nos
se multiplique
y favorezca
la dulce realidad.

4 mar. 2012

RECETA DE LA AUTÉNTICA PIZZA MARGHERITA

(para dos adultos y dos niños comedores: uno per quattro, quattro per uno)
Ve al súpermercado y compra harina de trigo, mozzarella, tomate y levadura de panadería. Olvídate de los polvos, no sirven para nada. Al llegar a casa, luego de lavarte las manos, vierte aproximadamente medio kilo de harina en un tazón. Agrégale una pizca de sal, un poquito menos de azúcar y la mitad de la levadura indicada para hacer pan. Mezcla los ingredientes con el tenedor y mete en el microondas un vaso de agua hasta entibiarla. Agrega al agua un chorrito de aceite de oliva y, lentamente, mientras continúas mezclando con el tenedor, añade el líquido a la harina y los otros ingredientes. No le metas la mano porque la harina no está preparada todavía y, si lo haces, te costará un poco más de trabajo limpiarte luego. Insiste con el tenedor hasta que veas que la masa va adquiriendo consistencia. Ahora sí, ya puedes meterle mano, ayudándote siempre con la harina. Disfruta ese momento, no importa que te canses: es la secuencia más hermosa de la pizza hecha en casa. Continúa. Dale vueltas, haz una pelota gigantesca, aplástala contra la mesa. Construye ahora una torre. Destrúyela. Así durante varios minutos. Habrás terminado con la masa cuando sientas que ella es absolutamente homogénea y no se queda pegada ni de tus manos, ni de la mesa ni del tazón. Es una masa autónoma entonces, independiente, cree que tiene vida propia. Pues va a ser que no. Divídela en cinco trozos, cinco pelotas de masa, cinco masitas que haz de conservar en envases herméticos, de ser posible individuales.
Lávate las manos. Toma una pausa, busca a Pino Daniele y comienza a escuchar: "Napul'è", "Na tazzulella di caffe" y "Je so pazzo". Muy bien. Ya puedes hacer el tomate. Abre la lata. Vierte su contenido en una cacerola pequeña que primero has mojado con un poquito de aceite. Agrégale media cebolla llorona, tres hojitas de albahaca, sal al gusto y déjalos a fuego lento durante veinticinco minutos.
Vuelve a lavarte las manos y, todavía escuchando a Pino Daniele, comienza a leer Cristo si è fermato a Eboli, de Carlo Levi Si lo tienes en italiano, léelo no importa que no lo entiendas del todo. Si no, ni modo, en la versión española: igual no es fácil entender que exista un lugar del mundo a menos de trescientos kiómetros de Roma donde Cristo decidió no continuar su camino. Lee, lee, escucha, disfruta, pero no te olvides del tomate. Cuando te toque ir a apagar la cocina, aprovecha para cortar la mozzarella en trocitos pequeños.
Continúa leyendo y escuchando. Una hora de Pino Daniele y Carlo Levi juntos equivale a una semana de vida en el sur de Italia. Continúa. Te habrás cansado a las dos horas más o menos. Entonces prepárate un martini, dale un sorbo, enciende el horno a la máxima potencia y extiende las bolas de masa. Hazlo con las manos sobre una superficie bañada de harina. Sólo si no puedes, usa el rodillo. Dale a cada bola el tamaño y la forma de un long play de los de antes y, colocándolas en sus bandejas respectivas, déjalas reposar un poco.
Cuando el horno ya está todo lo caliente posible, aplasta un poco el primer disco de masa, píntalo de tomate, vístelo de mozarella, salpícalo de sal, chorréalo apenas con un poquito de aceite y métela (ha cambiado de género, ya es una pizza) en el horno.
Sácala a los 7 minutos aproximadamente, cuando veas que la mozzarella está haciendo burbujitas. Si ha venido buena en ese momento Pino Daniele estará cantando por quinta vez "Je so pazzo". Buon appetito.

25 feb. 2012

LA QUINTA ENFERMEDAD

No está mal que las enfermedades tengan número y esa aparente simplificación, evidenciable en las tablas nosológicas al estilo CIE 10, es la clave de la universalización de criterios diagnósticos y uno de los motores de la epidemiología.
Sin embargo, resulta inexplicable que una patología pueda llamarse la quinta enfermedad, como si se tratara de la quinta columna, la quinta rueda, la quinta república o la última de las cinco patas del gato. Obviamente esto escribo porque hay una, el estúpido eritema infeccioso, causada por el parvovirus B19. Es la quinta enfermedad, una enfermedad de origen vírico y recuperación rápida que inicialmente cursa con una erupción en las mejillas del niño, que en otros tiempos, cuando ciertos rutinas eran permitidas, fue conocida como la enfermedad de la bofetada.
En este caso la ordenación no obedece a la CIE, sino a un elenco de las enfermedades eruptivas de la infancia. Pero no es un elenco del todo justo y no siempre la quinta está después de la cuarta. Se podría pensar en un gato todavía con más patas, en un país con más repúblicas, en un ejercito con más soldados. Pues sí, es absolutamente posible. De hecho lo que en España es la quinta enfermedad, según del criterio del pediatra tratante, en Italia podría ser la sesta malattia.
Esta perorata parvoviriana tiene que ver con que la quinta enfermedad ha atacado en masa a los niños de la clase de mi hija. A las cuatro de la tarde, todos salen rojitos corriendo a saludar a sus padres. Hay quien no se ha hado cuenta y piensa que el niño ha llevado mucho sol. Otros sospechan que han exagerado con las cremas o que no les han puesto protección solar. Otros recuerdan las bofetadas recibidas y el más despistado piensa que su hijo es el más sano del colegio y que por ello sus mejillas sonrojadas saludan al mundo.
Los niños en todo caso van felices y, como a pesar del último cuartiento, está de moda pintar corazones, los pintan con las mejillas coloradas, como si el eritema infeccioso pudiera también instalarse en el pericardio.
No acabará allí este cuartiento, porque el asunto es que la quinta enfermedad, el estúpido parvovirus también puede afectar a los adultos. Aunque es un poco raro, eventualmente los ataca. Las prefiere mujeres y el hijodelagrandísima puta se ha fijado en mi parte femenina, que debo tenerla y me siento satisfecho de ella, y me ha atacado completamente. Mis mejillas no enrojecieron, porque no es ésa la manifestación preferida en estas edades, pero mis manos se hincharon y así todas mis articulaciones. El dolor producido pareció por un momento que cambiaría mi vida e incluso llegué a temer por ella. Nuevamente la teoría ha tenido la razón y no era para tanto. De hecho los síntomas están desapareciendo, igualito que los dinosaurios. Me quedan de esta experiencia dos cosas para compartir con ustedes. La primera, que los corazones con la quinta enfermedad son más bonitos que sin ella. La segunda, que no moriré de una enfermedad infantil. Claro, ya tengo 41 años.

14 feb. 2012

EL CORAZÓN ES UN CUENTO

Sorprende que, a pesar de lo divulgadas que han sido las características del aparato circulatorio y de que en la calle sea casi tan común hablar de la aorta y la mitral como de trajes y vestidos, se continúe relacionando el corazón con el sentimiento amoroso. Si de órganos hablamos y se pudiera ser consecuente con el asunto divulgador, más valdría relacionar este sentimiento con el estómago ("Amor con hambre no dura", "Por la boca muere el pez"), con el cerebro ("El amor es una alucinación con percepto", dice Fausto Porai, uno de mis personajes favoritos) o, por obvio y según sea la situación o el estado, con los genitales.
Mucho más sorprendente resulta la perpetuidad adquirida por el pictograma cardiaco. Esas claves de sol amputadas y contrapuestas, ¿qué son? ¿A qué órgano representan si todos sabemos que el corazón tiene forma de puño?
No es una sugerencia. Simplemente una pregunta. Pero, ¿por qué en lugar del corazón en clave de sol los adolescentes de hoy no le envían un cerebro a las muchachas que aman? ¿O un estómago? 
Yo, que ya soy un hombre maduro y me doy el lujo de llevar una calcomanía de Hello Kitty en el celular porque me la regaló mi hija, no tengo que enviar pictograma ninguno.
-Pero podías hacer un regalo -me dice una enfermera amiga.
Pues tampoco. Hoy no tengo dinero. Ando sin blanca. Y sin negra. Y en días como hoy hago uso de las enseñanzas de uno de los amigos más asquerosos de la primera juventud.
-Nunca regales joyas. Puedes hacer regalos, pero sólo de cosas que compartirás con ella: una comida, una botella de vino, esas cosas.
Es necesario de todas maneras reconocer que tanto el corazón como su pictograma son representaciones afortunadas del asunto amoroso. Preferibles a los candados de Moscia que tienen un defecto obvio además del relacionado con el dinero de los contribuyentes: el amor-cárcel.
Más que de vísceras, el amor es un asunto de piernas. "Tiene il prosciutto negli occhi", dice un primo italiano refiriéndose a su hijo enamorado, con los ojos vendados con jamón. ¿Y de dónde viene el jamón? Es otro asunto de piernas, ya lo decía yo. Lo del corazón es un cuento que ganó el premio nacional de literatura. Un cuento bonito.

7 feb. 2012

Contra la tecnología infantil

Puta nintendo
perra wii
más que perra play
(at the station)
consola pesepe dor
ésta es la puerta
por aquí hay que salir
ya en este momento
ahora mismo
que me duelen los ojos
y se me tuercen las orejas.
Play out.
Nin fuera.
Wiiscosa.
Pesepera.


(Esta oración, que fue concebida bajo el ámparo de las diosas Pres bicia y Lumbal gia, es válida para las generaciones actuales y las que tengan a bien venir próximamente, sin que importen los apéndices nominativos punto coma o número, el tamaño ni el número de dimensiones a que permitan acceso)


2 feb. 2012

El desaparecido


No se trató de un acto de magia ni de ilusionismo. Tampoco fue víctima de secuestro alguno.

Simplemente dejó de llamarles por teléfono y no respondió una carta y dos e-mails.

A partir de entonces, ya había desaparecido.

Era como estar muerto.

Ellos, sus amigos, obviamente, lo ayudaron a sentirse así.

Si se topaba con alguno, en un centro comercial o en una parada de autobús, lo miraba como si hubiera visto alguien que se le parecía mucho.

Si sus textos aparecían en una revista, eran leídos y publicados como si se tratara de un homenaje que bien podía ser póstumo.

Si su carro chocaba o aparecía como robado en las páginas del periódico, hablaban de la edición del día como de un periódico viejo.

Supo de uno que, en el cementerio, estuvo preguntando por su tumba. Le recomendaron ir a la morgue o a la facultad de medicina: «Cátedra de anatomía, sala de disecciones».

Una ex–novia (Ana Conda) preguntó en el aeropuerto, en la estación de trenes.

Un ex–compañero de clases lo buscaba entre los mendigos de la ciudad. Fue quien más se acercó a lo que en verdad pasaba porque la situación económica era crítica: las editoriales habían dejado de depositar los derechos, que siempre fueron exiguos, y en una ocasión que intentó cobrar un cheque que se había hecho a sí mismo las sirenas sonaron y alguien amenazó con llamar la policía.

Él nunca hizo nada por cambiar la situación y, como cada vez estaba más delgado, es posible decir sin faltar a la verdad que a partir del momento en que desapareció de la vida de sus amigos fue desapareciendo.














El desaparecido. Fotografía de Uncor Netto Diama Rena. Reproducción autorizada por el autor.

27 ene. 2012

PREGUNTAS DE GÁBOR



El futuro no es nuestro ha sido presentado ayer en Hungría. Éstas son 3 + 1 preguntas, con sus respuestas, formuladas por Gábor Kester, quien ha traducido y defendido esta versión húngara del proyecto de Diego Trelles Paz.


1. Slavko, han pasado tres años desde que la primera edición impresa de El futuro no es nuestro se publicó en Argentina. ¿Qué opinas, ha cambiado la situación o el futuro sigue sin ser nuestro?
Nunca lo será. Lo del futuro no es nuestro nació en un evento celebrado en Bogotá en el año 2007. Estaba Daniel Morzinsky haciendo una fotografía de un grupo que todavía se llama Bogota 39 y preguntó hacia dónde apuntaba el futuro de la literatura latinoamericana y todos señalaron en direcciones diferentes. Así aparecen en la foto que mortalizó (sic) Morzinsky. Yo una excusa la tengo: antes de la pregunta de Morzinsky, había bebido dos cervezas y, en el momento en que todos respondieron, el del clic de la foto, yo aparezco caminando hacia el baño del restaurante, uno de los más importantes de Bogotá.
2. Un lector húngaro no tiene mucha oportunidad de obtener una visión general de la vida literaria en América Latina. ¿Hay diálogo entre escritores y lectores? ¿Existe esa alianza germinal que Diego menciona en el prólogo? Si ha habido cambios, ¿quién o qué los produjo?

Seguramente por vicio y deformación, o por precariedad, no termino de entender la importancia del diálogo entre escritores y lectores. El escritor tiene y lanza su voz, la lanza como soliloquio y y algún lector la escoge y coge, como si viniera de ninguna parte. ¿Para qué mas? Todo lo otro es un asunto tecnocrático de editores y libreros. Sobre Latinoamérica, estoy convencido de que como escritor venezolano que creció a cincuenta kilómetros del Mar Caribe y que actualmente vive a tres kilómetros del Mediterráneo puedo no tener nada que ver con un escritor argentino o con uno que deforme las teclas del ordenador a mi lado. Hay un espejismo que desde España siento europeo y es el de creer que por hablar la misma lengua venezolanos, cubanos, argentinos y chilenos son la misma cosa lterariamente hablando.  Quien así lo crea que los invite a comer para que vea que no tienen que ver unos con otros. Diego Trelles, el promotor de esta divertida idea de El Futuro no es nuestro lo ha hecho y el resultado ha sido mucho más que interesante. La publicación del libro en al menos cinco países latinoamericanos es un logro importante. Implica un cambio, que sin lugar a dudas tiene que ver con las tecnologías que ahora manejamos. Salvando las distancias, Trelles ha hecho de Balcells, pero ahora todos éramos muchos más y como si se tratara de una película de Wenders estábamos tan lejos y tan cerca.


3. Al fin la antología nos ofrece un pedacito de la literatura contemporánea latinoamericana. Pero el mundo editorial húngaro tiene muchas y grandes deudas, el público húngaro conoce muy pocos autores de las generaciones que seguían a los del boom y os precedían a vosotros. ¿Podrías recomendarnos unos cuantos de Venezuela? Y, ¿por qué ellos?
Cuando yo empecé a pensar que podía alguna vez terminar siendo un escritor vi un programa de televisión en que un joven estudiante de literatura se ganaba un millón de bolívares (entonces era una fortuna) respondiendo preguntas sobre literatura venezolana. Quise ser entonces un escritor venezolano, formar parte del asunto literario del país. Me convencí de que se trataba de un proceso, de un gran muro en el que cada escritor aportaba el ladrillo de su obra. En esa época mis autores preferidos eran, de la primera mitad del siglo XX, José Rafael Pocaterra (por valenciano, por narrador ágil, por escritor comprometido y por "Memorias de un venezolano en la decadencia") y, de la segunda mitad, Jose Balza (por estilista, experimental y por los relatos de "La mujer de espaldas"). Sigo pensando que son grandes escritores, pero ya no me interesa tanto el asunto de la literatura venezolana. Igual los leo siempre, pero no por venezolanos, sino porque son dos de los autores que más me gustan. Añadiría otros, que se encuentran en el arco cronológico que dibuja la pregunta. Antonio López Ortega (porque más de una vez me he encontrado plagiando el desenlace de su breve cuento "Casa natal"), Ednodio Quintero (porque en un taller que junto a Sergio Pitol dictó en Barquisimeto en 1994 me regaló el derecho de considerarme su discípulo) y, tres años más anciano que yo, Juan Carlos Méndez Guédez (por "El libro de Ester", porque en los útimos diez años ha montado en Madrid una verdadera industria narrativa y porque es mi amigo).


+1. Slavko, naciste en Valencia, Venezuela, pero desde hace muchos años, si tu biografía no me engaña, vives en la Valencia de España. ¿Qué diferencias ves entre las oportunidades para escritores en los dos países? Para llegar al éxito, ¿se puede seguir el mismo camino en Venezuela que en España?

Mi bivalencianidad es producto del azar. Los dispositivos móviles (estilo Blackberry y otras cochinadas parecidas) me ubican siempre "cerca de Valencia". en los primeros años de mi vida en un pueblito que se llama La Entrada y que está ubicado a doce kilómetros de la Valencia venezolana y ahora en Puzol, a veinte kilómetros de la española. Aquí llegué de manera azarosa persiguiendo a Giuliana y a mis hijos. No hubo ninguna deliberación literaria al respecto. No podía haberla porque, además, estoy convencido de que oportunidades para los escritores no hay en ninguna parte. Hablando de azar, es algo muy parecido a la lotería. ¿dónde es más fácil ganar la lotería, en España o en Venezuela? Imposible responder. La lotería es una mierda siempre. Y la literatura también aunque además de suerte también requiera talento. Pero a mí la literatura me gusta y la lotería no. Conozco un personaje (aparece en mi último libro de relatos -Médicos taxistas, escritores- donde por cierto está incluido el relato de la antología) que se hace llamar "el peor escritor del mundo" y estaría absolutamente de acuerdo conmigo.
-¿Éxito literario? Si me llego a enterar que el éxito es posible en literatura me retiro. Yo estoy metido en esto porque quiero sufrir, porque me gusta llorar y escribir que lloro para luego, cuando los editores y los lectores me maltraten, llorar sobre lo que he escrito.
Se llama Fausto Porai, es un masoquista, el pobre, enfermo como tú y como yo.