2 feb. 2012

El desaparecido


No se trató de un acto de magia ni de ilusionismo. Tampoco fue víctima de secuestro alguno.

Simplemente dejó de llamarles por teléfono y no respondió una carta y dos e-mails.

A partir de entonces, ya había desaparecido.

Era como estar muerto.

Ellos, sus amigos, obviamente, lo ayudaron a sentirse así.

Si se topaba con alguno, en un centro comercial o en una parada de autobús, lo miraba como si hubiera visto alguien que se le parecía mucho.

Si sus textos aparecían en una revista, eran leídos y publicados como si se tratara de un homenaje que bien podía ser póstumo.

Si su carro chocaba o aparecía como robado en las páginas del periódico, hablaban de la edición del día como de un periódico viejo.

Supo de uno que, en el cementerio, estuvo preguntando por su tumba. Le recomendaron ir a la morgue o a la facultad de medicina: «Cátedra de anatomía, sala de disecciones».

Una ex–novia (Ana Conda) preguntó en el aeropuerto, en la estación de trenes.

Un ex–compañero de clases lo buscaba entre los mendigos de la ciudad. Fue quien más se acercó a lo que en verdad pasaba porque la situación económica era crítica: las editoriales habían dejado de depositar los derechos, que siempre fueron exiguos, y en una ocasión que intentó cobrar un cheque que se había hecho a sí mismo las sirenas sonaron y alguien amenazó con llamar la policía.

Él nunca hizo nada por cambiar la situación y, como cada vez estaba más delgado, es posible decir sin faltar a la verdad que a partir del momento en que desapareció de la vida de sus amigos fue desapareciendo.














El desaparecido. Fotografía de Uncor Netto Diama Rena. Reproducción autorizada por el autor.

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