22 ene. 2018

La necesidad de escuchar




Crear historias, narrarlas, contarlas, parece ser la función principal del escritor. Por eso en las reseñas de libros, y también en las notas necrológicas, se repiten expresiones como “las historias que nos regala”, “la fantasía inagotable” o “el producto de su imaginación”. En el imaginario colectivo se le atribuye al escritor la creación de mundos, personajes y anécdotas y se le agradece que lo haya hecho porque la multiplicación que su trabajo permite es el condimento esencial de la magia literaria.
Pero algo ocurre permanentemente para que esta creación sea posible. En ocasiones parece que lunas y espejos se ponen de acuerdo para reproducirse al paso de su mirada. A veces, frente a la pantalla en blanco, el oficio (que no la magia) se apodera de él y le entrega la receta de la pócima, el secreto del truco. Es otras, todo es mucho más fácil. Amigos, familiares, desconocidos, los lectores se ponen de acuerdo y, cuando nadie los ve ni los escucha, le cuentan al escritor sus cuitas, le entregan sus vivencias, le regalan sus anécdotas.
Este último mecanismo puede ser muy hermoso aunque en ocasiones, por qué no, también muy fastidioso, incluso ambas cosas simultáneamente. Mayormente es solo lo primero y algo de ello queda y se multiplica luego en el texto. Para encontrarlo, para escribirlo y leerlo luego, es necesario compartir y escuchar.
Es tan obvio que vale la pena repetirlo. Quien escribe crea mundos en ocasiones inéditos, de tres lunas. Otras veces, el mundo mostrado se parece mucho a este  real en que vivimos, de tres lunas otra vez pero con la explicación previa de un juego de espejos y ventanas. Aquello que sucede o no en esos mundos proviene de la ilusión, la fantasía, pero también de lo leído y vivido, de lo visto, fundamentalmente de lo escuchado.

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