22 dic. 2016

Cuartientos tiene sentimientos





Cuartientos no es una persona ni una institución.
No es un género literario y mucho menos un subgénero.
Ni árbol ni animal. No maúlla ni ladra.
No duerme aunque a veces descansa.
No bebe coca cola ni alcohol.
No pasa frío, tampoco calor.
Pero igual te desea feliz navidad,
muchos pescabros y libros a pesetas
en el año venidero.
Que sigas leyendo cuartientos.


3 dic. 2016

Todas las chamas


Chama es el nombre de la última paciente que visito. Es una discreta mujer de cuarenta y cinco años que trabaja como maestra pastelera entre Valencia y Castellón. Ella no tiene nada que ver con Venezuela. Se llama Chama por decisión de sus padres, porque simplemente es un nombre posible en Marruecos, el lugar en que nació. De hecho no le presta atención al hecho de que a mí me interese tanto su nombre ni a su posible significado a diez mil kilómetros, más allá del océano. Pero para mí la palabra chama es mucho más que un nombre asignado casi al azar en las faldas del Atlas. Chamos fuimos nosotros cuando éramos jóvenes entre Valencia y Caracas aunque yo poco usaba la palabra.  "Épale, chama", podía ser un saludo frecuente antes de entrar a clases en la facultad. "Chamita, mi vida", obviamente un piropo o una manifestación de amor. Había un grupo musical que se llamaba Los Chamos y una pieza de baile, medio salsa y un tercio de rumba, alrededor de un personaje, Chamo Candela. Yo no usaba el término por eso, porque era muy frecuente, demasiado fácil y, por repetido, incluso vulgar, pero bastó que saliese de Venezuela para que las mujeres amadas se transformasen en chamas. Chama es mi madre cuando la llamo raspando una tarjeta o gracias a los céntimos que me cobra una empresa de nombre imposible, de espanto, Espantel. Chamita es mi niña cuando me hacen una resonancia en la rodilla y pienso en su rostro para tranquilizarme. Chama es la mujer que amo cuando me dice que tengo que esperarla a la una menos cuarto frente a Correos. Chama es mi comadre de Ronda, mi amiga en Santiago o la escritora que no conozco personalmente pero que igual adoro en Madrid. Chama no sólo es esta dulce (por pastelera) paciente, sino que chamas son todas las mujeres que veo y siento, no importa que no me vean ni me sientan, que lo último es demasiado complicado. Todavía más, pensándolo bien y escribiéndolo apropiadamente, chama eras tú cuando te llamaba desde el teléfono público de la Avenida Bolívar, chama otra vez comiéndonos un helado cerca de la Catedral, chama en mis sueños, chama para siempre en mi memoria..
Es imposible explicarle algo de todo esto a la mujer que está frente a mí, la paciente que se llama Chama.. Primero porque no le interesa y sería incorrecto. Segundo, porque no me entendería. Tercero porque tengo prisa: debo reunirme con unas amigas que, convocadas por Sonia, se han juntado para leer Médicos taxistas escritores y, para un medritor, el compromiso adquirido con un paciente o con un lector es sagrado y se respeta, así sea necesario saltarse la cena. Por eso, una vez hechos el informe y las prescripciones, cierro el chiringuito, salgo corriendo y sólo en la autopista tengo tiempo para pensar, con lágrimas de nostalgia y alegría, en la palabra chama.
Todo sucede muy rápido. De la consulta a la autopista, de la autopista a la lectura. Ésta es casi un preámbulo del sueño. Somos ocho o nueve personas reunidas alrededor de un libro, pero el encuentro es tan bonito y cercano, tan saludable, que cuando mi madre me llama para preguntarme cómo estoy qué he hecho, le respondo igual que cuando regresaba tarde a su casa porque me había entretenido hablando de mis sueños con las amigas que estudiaban educación mención literatura en la universidad primera:
-Bien, muy bien. Estaba porai, leyendo cuentos con unas chamas.

16 nov. 2016

Pescabros del día



Lo sabe quien me escucha y a veces me lee. Trabajo junto a una venta de pescados congelados y libros usados que yo no sólo compro sino que llamo pescabros. Hoy a la salida de la guardia he comprado dos pescabros maravillosos: El mundo, de Juan José Millás y Arquitectura Gótica Valenciana, de Francesc Pérez y Mondragón y Frances Jarque. Por menos de lo que me hubiera costado un kilo de merluza. Camino al tren, comienzo a leer a Millás casi al azar aunque siempre en las primeras páginas y encuentro la descripción de los experimentos de electroshock que hacía el padre en su Valencia natal. Era vendedor y fabricante de tecnología médica y en esa época, luego de varios errores supervisados por un médico valenciano, se había dado cuenta de la necesidad de usar corriente alterna. No puede ser casualidad, pero justo en ese momento me topo con uno de los médicos del hospital que se encarga del asunto. Es un hombre especial y siempre he admirado la exquisita construcción de sus historias clínicas. Por mi cansancio y un poco por educación, al saludarle, no le muestro el libro de Millás sino el de arquitectura. Es bellísimo, formidable. Escrito en un valenciano impecable y con fotos, anteriores a 1991, año de la edición, que son verdaderos tesoros, irrepetibles seguramente. Pensé incluso en la posibilidad de regalárselo, pero no lo hice y no me arrepiento. Le di de todas maneras el dato. Al lado de la farmacia, donde dice pescados congelados. Allí también venden libros. Estos libros me acompañan en el tren camino a casa. Cuando allí llego, en el buzón me espera otro pescabro. Es un libro comprado a través de Amazon, que también vende comida. Es un libro mío y no lo traigo a esta página por vanidad sino todo lo contrario, por auto-ironía. Lo he comprado a través de Amazon en una librería de viejo de Madrid. Giuliana Labolita, el caso de Pepe Toledo. Fue editado hace diez años en Colombia y si apareció en Madrid lo más seguro es que yo mismo lo haya llevado allí y se lo haya regalado a un amigo o conocido. Extraño, pero no hay ninguna dedicatoria. Tampoco hojas arrancadas. Al final, en la cara interna de la contraportada, un niño ha escrito: “Empezamos por la unidad uno”. Tiene toda la razón, incluso cuando de pescabros se trata, hay que comenzar por el principio.

26 oct. 2016

La caja de los pescabros


(Imagen tomada en préstamo del blog
 de Joan Baptista Campos, La garfa del dies)

Lo lamento, pero esto de los pescabros no sólo me gusta sino que me conmueve. Hoy, además de los que suelen estar sobre la mesa, hay también una caja con un lote de ellos junto amis pies. Parece más bien un cubo lleno de cabezas de pescado que el pescabrero bien podría haber tirado a la basura, pero que ha decidido vender a bajo precio. A alguno ya le han quitado las espinas, otro no tiene lomo o, mortificado, se le ven más las vísceras que la piel.
Aun así, encuentro tres títulos interesantes en cuyos ojos se aprecia todavía cierto brillo y cuya estructura garantiza un reparto regular de las espinas: El padrino de Mario Puzo, Scaramouche de Rafael Sabatini y Enemigos / Iónich de Antón Chéjov.
Los voy a pagar y la pescabrera (¿será la mujer del pescabrero?) me dice amablemente, con cariño puro.
"Ya tienes algo para leer hoy, ¿no?".
"Sí", le respondo. "El problema lo tengo con la casa que la estoy llenando de pescabros".
La mujer no ha escuchado la última parte y repregunta. Se ve que me habla más por oficio que por necesidad..
"¿Qué problema tienes?"
"Ninguno", le respondo. ·"Es que quizá mis hijos preferirían que yo comprara pescados y no libros".
"Eso seguro", dice la mujer convencida (se ve que al pescabrero sólo la une el trabajo) y, mientras me da el vuelto, todavía ríe pensando en el tiempo que he tardado en darme cuenta de algo que a ella le resulta tan evidente.

23 oct. 2016

Pequeña Venecia


El país se deshace 
inevitablemente
Se pudre se parte se va
A veces incluso parece que no existe

Duele por uno y por los demás
lo que perdimos
lo que no vimos
lo que nunca verán nuestros hijos

Duele sobre todo la impotencia
No haber sido militar ni boxeador

Más que escuchar y escribir
comprar medicinas
rezar y temblar

parece que no podemos ninguna otra cosa.

18 oct. 2016

Pescabro de la lumbalgia


El pescabro brilla en la mesa. Es nuevo, rutilante. Lo venía pidiendo desde hacía dos semanas. Botas de lluvia suecas, de Henning Mankell. Podría ser mi pescabro favorito de las últimas semanas. Es un gran éxito del pescabrero. Porque el protagonista es médico. Porque el escritor, que lo escribe antes de morir, sabe de medicina. Por tantas cosas. Además, parece casi nuevo. Como si nadie lo hubiera leído. Como si lo hubieran colocado en la mesa de los pescabros apenas dos minutos después de comprarlo en la librería. Sólo para que yo lo comprara a una cuarta parte de su precio. Para hacerlo mío a pesar del ligero olor de pescado que emana. Para que lo abriera y encontrara en su interior, en la página 56, una receta del hospital, de mi hospital, con un texto manuscrito: "Pescabro de la lumbalgia".

Golpe de bruja
este dolor que me desangra.

¿Quién lo habrá escrito? ¿Acaso un paciente agradecido? ¿Se tratará del dueño secreto de la pescabrería: paciente y pescabrero? ¿Por qué llama golpe de bruja a ese hachazo? ¿Sabrá que corresponde lo que ha escrito corresponde a una traducción literal del italiano: il colpo della strega?.
No dejo de dudar ni de leer.


Lumbalgia. 
¿Cómo puede tener un nombre tan bonito este dolor?

¿O se tratara más bien de un paciente insatisfecho?

Se cura con dexametazona y tiamina.
Se calma con dexketroprofeno. Con faja lumbar.
Pero sobre todo con tus manos
frotándome la espalda,
embadurnándome de árnica,
hija mía.

Me gusta este pescabro, no por bueno sino porque lo leo en total acuerdo con su balbuceo, tanto que comienzo a pensar si acaso soy yo quien los escribe, los mete dentro de los libros que yo mismo compro y dejo abandonados en la pescabrería, para luego comprarlos a bajo precio y con ese olor a pescado que, lo admito, me gusta. No es una confesión, faltaría más. Solo una posibilidad. 



5 oct. 2016

NI dantesco ni kafkiano


No deberían formar parte de la vida. Es lo que se siente y desea. Pero inevitablemente se sabe de ellos e integrados a la memoria, incluso si suceden a miles de kilómetros, forman parte de la cotidianidad. Hablo de crímenes, tragedias, desahucios, hambrunas, matanzas, barbaridades. Ante ellos, casi de manera rutinaria, ahora que se sabe que no es correcto usar la palabra “tercermundista”, salta una voz afectada: “Es dantesco, kafkiano”. Puede ser todavía peor. Las mismas palabras son usadas, mal usadas, luego de una jornada dura, la avería del coche, una llamada a la operadora telefónica, la espera en el centro de salud o el atraco en una carnicería. “Es dantesco, kafkiano”. A quien lo dice parece importarle un pepino no saber quién es Gregorio Samsa ni el significado que en la vida de  Dante tenía Beatrice. Ni hablar de la posibilidad de leer, de haber leído La metamorfosis o La divina comedia. Se nombra a los dos escritores como quien pide una cerveza o devora una loncha de queso curado en la barra del bar. Sólo son dos palabras, dos palabritas, que banalizan una obra infinita y, haciéndolo, rompen la maravilla literaria del espanto de uno y la absurda angustia del otro. Hay, seguro, quien celebra esta vulgarización y ve en ella un acercamiento de lo divino a lo humano, pensando quizá que si el nombre de los escritores se convierte en adjetivo común su obra será más y mejor leída, pero tal acercamiento no existe porque en la medida en que se atribuyen estos adjetivos a la cotidianidad el encanto literario se pierde y Kafka deja de ser Kafka, así como Dante ya no es Alighieri ni tampoco el autor de La divina comedia. Quien pronuncia los adjetivos no nombra a los creadores sino que se queda con dos palabras tristes,  de un uso lamentable. Igual podría haber dicho palíndromo o lepidóptero. O mejor aún, no haber dicho nada ya que tendría más sentido llorar un poco o pedir una hoja de reclamación.
Dantesco es en verdad el uso que se le da a la palabra dantesco y kafkiano que no se deje de hacerlo. Para pronunciar estas palabras, debería ser requisito imprescindible haber leído al menos cinco páginas de La metamorfosis y diez de La divina comedia. Si fuese así, no volverían a ser usadas. Primero porque no son textos de fácil lectura y pocos llegarían a la meta. Segundo porque digan lo que digan los diccionarios e incluso  las academias el espanto y el absurdo si literarios son maravillosos, sublimes, y no le caben por ningún lado a estas situaciones terribles, para nada dantescas, nunca, ni siquiera lejanamente kafkianas.

25 sep. 2016

La montaña mágica



Apenas me dijeron que a casa vendría alguien de Bad Toelz, pensé en Thomas Mann y en La montaña mágica. Leí la novela en mi adolescencia, muy cerca de la Valencia de Venezuela. En esa época era feliz, era absolutamente feliz y, con un libro bajo el brazo, iba de un lado a otro de un pueblito que se sigue llamando La Entrada, como si se tratase del principio de algo. Allí aprendí a soñar, a caminar y a escuchar, las cosas que he seguido haciendo toda la vida. Eran, de hecho, las mismas cosas que, en La montaña mágica, hacía Hans Castorp. El libro, cómo olvidarlo, lo había cogido prestado de la biblioteca de mi madre. Era uno de los tomos color  verde turquesa de la colección Nobel de Aguilar. Aquel año, ése fue el color de mi verano. Desde el desayuno a la cena mi rostro estaba metido en el libro de Mann, leyendo y releyéndolo, sufriendo con Castorp, pensando en la enfermedad y el amor, como si yo mismo fuese un paciente del sanatorio antituberculoso que la novela presentaba. Por eso había bastado una referencia para resucitar la novela en mi memoria. Por eso Bad Toelz significaba tanto para mí.
Verifiqué la referencia en Internet y, en efecto, algo de razón tenía. Thomas Mann había escrito una parte de La montaña mágica en Bad Toelz. Pedí entonces a quien vendría una foto de la casa que Mann había habitado. Como si hubiera pedido un dinosaurio. Nadie sabía dónde estaba. Insistí un poco y no pregunté más. No quería perder la esperanza. Quería mi foto. Una foto que me recordara esas tardes maravillosas de mi adolescencia.
Cuando llegó el huésped, no se lo pregunté hasta el tercer día. “¿Trajiste la foto?”. “La foto, no, pero te traje una caja de chocolates”. Como si fueran lo mismo, pensé para mis adentros y no abrí la caja hasta pasados varios días. Durante ese periodo estuve rumiando mi rabia. Contra la ignorancia, contra el siglo XXI, contra las redes sociales. Incluso los pokemones recibieron parte de mi desilusión.
Esperé la partida del huésped para abrir la caja. Pensaba que encontraría un puré de chocolates, pero no fue así: no sólo estaban íntegros y comestibles,  sino que uno de ellos venía de Venezuela, de un lugar relativamente cercano a aquel en que yo había leído a Thomas Mann por primera vez. Fui joven otra vez mientras el chocolate se derretía en mi boca. Fui joven y pedí perdón. Algo de Thomas Mann había llegado a mi casa desde Bad Toelz.

23 sep. 2016

Besos mórbidos


De la palabra obeso nace un beso que multiplica su importancia cuando enlaza con la palabra mórbido. Pensándolo, comienzo a sentirme pleno, feliz, pero una pregunta lanzada de sopetón interrumpe mi sopor: "Y tú, ¿por que comenzaste a escribir?".
Siempre he creído que la escritura literaria nace de la lectura apasionada, como si fuera un parto silencioso, una secreta continuación.
Ahora que me han quitado el beso mórbido de la boca, me recuerdo tartamudo y con acné soñando con la mujer más bella del mundo mientras metía en el rodillo de la máquina de escribir mi primera cuartilla.
Entonces soñaba con un beso mórbido y éste no llegaba. Por eso comencé a escribir. ¿Por qué?
Por tímido.
Por tartamudo. 
Porque tenía acné.

8 ago. 2016

La fiesta de los ordenadores colgados

Quienes defienden la idea de que la introducción del ordenador en la consulta ha deshumanizado la relación médico paciente colocando un artefacto que, al exigir la dedicación de las manos del primero, las retira del cuerpo del segundo deberán también admitir que cuando los ordenadores se apagan, se cuelgan o simplemente no encienden esta relación se humaniza de nuevo y los ojos del médico, para salvar la situación y el momento, intentan empatizar nuevamente con el paciente.
No es cierto del todo y tampoco mentira. Una vez introducida la informática en la medicina parece improbable la extirpación y sus beneficios lucen infinitos. Se agradece, sin duda alguna, la posibilidad del registro y la posibilidad  todavía mayor de revisar lo registrado, pero se desagradece la multiplicación del tiempo y el esfuerzo físico que exige la indicación. Lo que antes se hacía con una sola palabra o con una simple firma ahora requiere picar en nueve ventanas.
Se agradece también la exactitud ganada, pero se desagradece el tiempo que requiere y la distancia que impone entre el médico y su paciente. Concentrados en el ordenador, en ocasiones pasamos más tiempo aproximándonos a nuestro propio túnel carpiano que al del paciente frente a nosotros.

Estamos entre Ares y Benasal, pero los tenemos irrevocablemente entre nosotros. Cuando se van, por estropicio o por daño, por el programa o por el cable, nos dejan desnudos frente al paciente. Desnudos de un traje que nos hemos acostumbrado a llevar, con el que peleamos pero al que en el fondo siempre agradecemos. No se sabe qué hacer. Se comienza invocando la suerte, que la avería sea rápida, que todo pase en unos treinta segundos. En esos instantes todavía no dirigimos la mirada hacia el paciente. Permanecemos observando la nada, la pantalla detenida. Es el momento más incómodo, sin lugar a dudas. Cuando vemos que la cosa va para largo, intentamos invocar su complicidad. “Estos aparatos, caramba”. El paciente asiente aunque quizá cree que todo ha sido propiciado por nuestra torpeza. Luego tocamos una tecla y, como el sistema no responde, intentamos una tregua: “Esperamos dos minutos y si no usted va a la sala de espera y luego lo llamo”. El paciente tiene prisa. “No, no, no puedo esperar”. “No se preocupe, se hará como siempre”. Hacemos una llamada telefónica y sacamos un viejo talonario o un simple folio. “Madre mía, cuánto tiempo sin verlos”, dice el paciente a pesar de que  hace cinco años todos los usábamos. “¿Entonces va a ser como antes?” “Pues sí, como antes”.  Cogemos el papel, escribimos con una letra que desde hace tiempo sólo gastamos para firmar y, colgados, nos damos cuenta que hemos tenido un asunto humano con el paciente. Un asunto humano otra vez.

29 jul. 2016

Uno


Cuando Uno muera o deje de escribir, que es lo mismo, dirán que hay muy poco que decir, que Uno escribió cinco cuentos y empezó tres novelas, que hubo editoriales que tuvieron que cerrar luego de publicarlo, que no era precisamente un best seller, que alguna vez lo invitaron a dar una charla en Machurucuto y otra en Traiguera en medio de unos peñascos dejados caer junto a la iglesia de la Font de la Salut, que en otra publicó un cuento en la revista literaria de Zimbabwe y que Uno entonces estaba contentísimo a pesar de que él mismo había financiado la edición, que quizá era suyo el proyecto de novela sobre un fotógrafo italiano que se enamoraba de los novios y, en los álbumes de matrimonio, decapitaba a las novias, pero que nunca logró escribirle una línea. Todo eso dirán o no dirán nada, que también es probable, y por si fuera poco ya ninguna de esas cosas podría conmover o importarle a Uno. Sin embargo, la chica hermosa y despeinada que recordará que el mundo de Uno era absolutamente literario y que en la medida que envejecía iba ganando amigos y familiares para que se dejasen meter en él y se convirtiesen en lectores, escritores o personajes, esa muchacha linda tendrá razón y a Uno incluso le gustaría escucharla en vida. Quienes le conocemos sabemos que él es así y adora esos detalles nimios, periféricos, que a la mayoría de las personas parecen soberanas tonterías.

11 jul. 2016

Cazapalabras



Las palabras se las lleva el viento y el cazador de palabras sale a la calle con la misma indumentaria del cazador de mariposas. Ya que las palabras pueden ser piedras, como decía Carlo Levi, quizá debería llevar una escopeta, pero la palabra saldría herida y tampoco es la idea. Por eso sólo lleva una red y las dos orejas. Así, escucha cómo un médico le indica al paciente que se tumbe en la camilla. “¿De memoria?”, le pregunta el paciente. “Boca arriba”, insiste el médico. “De memoria, eso se dice en mi pueblo dormir de memoria”. Se entera el cazador que dormir de memoria es una expresión que se usa en algún pueblo de Teruel y que su uso encaja con una acepción de la palabra memoria, relacionada a su vez con las esculturas yacientes.

El cazador de palabras se ha estirado, ha lanzado la red de manera perfecta y ya tiene una presa en el botín. La mima, la tranquiliza. La domestica de tanto pensarla y repetirla, de tanto decírsela a los amigos. Va a todas partes con las palabras ganadas. Las lleva al bar y al trabajo. “Dormir de memoria”. Las coge con la mano y se las mete en el oído derecho. A partir de allí comienza a usarlas, a pensarlas, incluso las distorsiona. Inicialmente se acuesta en el sofá, de memoria. No está mal, piensa. Luego, se incorpora y agrega que dormir de memoria podría ser también soñar todas las noches el mismo sueño. Comenzaría con aquella casa de la infancia. “Las cosas vuelven al lugar de donde nacieron”, escribió Rómulo Gallegos en la última página de Doña Bárbara. El comenzaría a dormir soñando con  aquella casa, detenido en el rincón del jardín donde él y su hermana se entretenían jugando con las hormigas. Luego por lo menos diez minutos pensando en el patio del colegio y los paseos por la montaña. Un poco más allá, en las profundidades del sueño, pasaría por la playa y recogería algunas piedras. Visitaría finalmente el amor que conoció en la calle donde también había una farmacia y las últimas dos horas las pasaría jugando a tejer palabras y cuentos contigo. Todo de memoria, como una rutina bella apenas descubierta pero incorporada para siempre, tatuada con metales pasados en la piel de la vida. De memoria.

29 jun. 2016

Manera valenciana de perder el anillo de matrimonio



Creía haberlo escuchado todo: anillos perdidos en el césped, tirados en el retrete, caídos durante un maratón, sumergidos en una copa de vino como una promesa de traición y bacterias, todo. Incluso podría agregar mi propia versión ya que durante un vuelo de 10 horas se me helaron los dedos reduciendo su tamaño encogiéndose, y al retirar el equipaje de mano, el anillo se deslizó y lo perdí.
Hoy he escuchado algo peor: una circunstancia que sólo puede ocurrir en la Comunidad Valenciana o en otro pueblo en que también se practique la terrible aunque interesante costumbre de jugar con los toros en la calle, els bous al carrer.
Un vecino, huyendo de un toro, se encaramó en la barrera. Una vez ido el toro, el vecino se dejó caer, pero su anillo quedó atrapado en la cabeza de un clavo de la barrera. Los noventa kilos del hombre hicieron el resto: el anillo seccionó el dedo y el hombre se quedó sin anillo y sin cuarto dedo.

26 jun. 2016

Bartleby y Medico-no



En las puertas de la facultad de medicina, invitado a matricularse y entrar o a punto de recibir la primera lección, gracias a Melville pero también a Viña Matas, todos sabemos lo que habría dicho Bartleby:
-Preferiría no hacerlo.
Porque es la carrera más larga, porque exige mucho tiempo, porque no le ve sentido a gastar un año de su vida estudiando fisiología, porque es muy difícil trabajar simultáneamente, por las fiestas del pueblo, porque la carrera incluye prácticas en el hospital que no está dispuesto a asumir, por tantas cosas.
Es Bartleby, no puede hacer otra cosa que preferir el no hacerlo. Sin embargo, ya que los padres insisten, finge entrar y matricularse, finge incluso estudiar. Se instala en un apartamento junto a la facultad y todos los días sale después de desayunar, se dirige hacia la universidad y hace como si entrara. Pero no entra porque es fiel a su discurso inicial.
-Preferiría no hacerlo -dijo la primera vez y, aunque nadie lo escuchó, Bartleby es una persona a su manera coherente.
El problema de Bartleby es que siempre llega el momento en que el grupo al que pertenece le pide que se gradúe, que muestre su título y comience a ejercer.
Hay quien sigue siendo Bartleby toda la vida y se inventa una facultad interminable: exámenes, cursos, especializaciones, doctorados y, para después, siempre está  la política. De tal manera nunca llega a prescribir ni siquiera una aspirina. Es el Bartleby bueno.
Hay otros que no pueden ser ni buenos ni coherentes y de Bartleby pasan a ser Medico-no. 
Medico-no es un personaje que sin haber estudiado medicina se presenta como médico. Es trampa e intrusismo, es delito, pero también es enfermedad. Medico-no nunca estudió fisiología ni fisiopatología, pero no le importa: cree que no le hace falta para prescribir paracetamol y enalapril. El problema de Medico-no es que sólo puede terminar en la cárcel o en el periódico. Su ejercicio es, por ignorante y despreocupado, agresivo y una vez transgredida la primera norma las transgrede todas.
Los hay por puñados, porque hay algo de la medicina que resulta apetecible. Pero para mí, por su perseverancia e insistencia,  el más genuino medico-no es uno que conocí en Castellón hace aproximadamente diez años.
Cuando lo vi por primera vez, era medico-no de ambulancias. Traía los pacientes al hospital y permanecía horas conversando mientras hacía grabaciones en el baño de las enfermeras. El hombre daba clases en varias facultades y decía que tenía una y otras especializaciones. Al final, lo denunciaron más por los vídeos que por el intrusismo.
A los cuatro años volvió a atacar. Con un título falso se presentó a hacer la especialización en Alicante o Elche y, además, trabajaba para una mutua. Esta vez lo denunciaron por intruso y todos creímos que desaparecería.
Sin embargo ha vuelto. Esta vez Medico-no ha elegido Figueres para practicar un  saber del que formalmente carece. En el pueblo de Dalí, en un punto de atención médica trabajó seis meses a partir de noviembre de 2015. Terminó siendo denunciado y, en los periódicos, sus pacientes advierten que no notaron ninguna diferencia respecto al ejercicio de los médicos verdaderos.
Es una pena, seguramente, pero también una infinita tontería. En los años transcurridos desde que dejó de ser Bartleby, Medico-no habría podido estudiar varias veces la carrera de medicina. Pero, sin embargo, no lo ha hecho ya que su meta no es ser médico sino medico-no, un asunto absolutamente diferente.

2 jun. 2016

Pescabro de quien insiste


A la salida de la guardia, encuentro la pescabrería abierta y,  entre varios pescabros moribundos, La aventura del tocador de señoras de Eduardo Mendoza. No tengo ninguna duda sobre el pescabro ni sobre el autor. Sobre el primero porque en su tercera línea incluye la palabra "merluzo", lo cual explica porque lo venden en la pescabrería. Y sobre el autor porque recuerdo cuando coincidía con él en el Ferrocarril de la Generalitat. Era en la Barcelona del siglo pasado: el hombre, discretísimo, se sentaba silencioso en un rincón del vagón y yo ocultaba La ciudad de los prodigios que, hechizado, estaba leyendo por tercera o cuarta vez. De hecho, éste debe ser el quinto ejemplar tocador que compro aunque los otros los he comprado en librerías o remates de libros más convencionales. Pero este trae sorpresa: en su interior: al final del segundo capítulo, página 57, encuentro un texto manuscrito, obviamente anónimo:

Cada mañana
encontrarás mi amor
frente a tus ojos.
Estará allí
siempre
a una distancia prudente
para que puedas verlo 
y
si es tu deseo
alcanzarlo.

Este amor es así
insistente
como una piedra dolomita
o un riñón
que incluso sobrevive la muerte.

Este amor tuyo
a fuer de quererte.

Se parece tanto a lo nuestro que comienzo a dudar si acaso fui yo mismo quien dejó este libro sobre la mesa, de manera furtiva, antes de entrar al hospital hace veinticuatro horas, al comienzo de la guardia.

24 may. 2016

Perro bueno al final de la jornada



Para no atropellar un perro
la ambulancia frena
bruscamente.

Sin pretenderlo
el pobre animal
lo ha paralizado todo.
y la rotonda parece congelada
como si un ovni hubiera caído
sobre el corazón del paciente
transportado.

Mientras
el perro decide dónde ir.
Si a la izquierda
llegará a la playa
pero a la derecha
está el barrio del puerto
El Grau en valenciano.
Allí vivía hasta hace muy poco
Joan Baptista Campos
médico de ambulancia y medritor.

Perro bueno.
Por eso se detuvo
al ver la ambulancia.
Por eso dudó.
Por eso estuvo a punto
de morir.

17 may. 2016

Pescabro de quien espera




En la venta de pescabros, escogí uno. No tenía escamas ni caratula. Intuí que era un pescabro, pero he de reconocer que parecía una agenda. Fui a pagar y mientras la cajera apuntaba la referencia, me atreví a decírselo.
"Mitad libro, mitad pescado".
Sus manos con olor, con inevitable olor, me devolvieron el engendro.
En su mirada, creí leer una pregunta: "¿Será éste el hombre que dice que yo soy una pescabrera?"
No intenté responderle. Salí del local y, ya en la calle, en lugar de meter el libro en la mochila nueva, lo abrí al azar. 
No era una agenda, sino más bien un cuaderno de anotaciones. 
En la página abierta junto al Parque Ribalta había un poema, "Pescabro de quien espera":

Quien espera
se activa
cuando recibe 
el mensaje
señalado

No se despereza
ni se mueve lentamente
sino que
todo lo contrario
corre y se desboca
como si todo lo esperado
formase parte de la carrera

Por eso parece que ama más
que corre más
que vive más 
rápido.

Pero simplemente ama cuanto soñaba durante la espera

Corre con la perfección que había planificado
cada gesto cada movimiento
durante tantos años de amor
Infinito y secreto.

Cuando terminé de leerlo, era yo quien parecía un pescabro. Por eso fui a cortarme el pelo en la barbería de Mohamed Jabri, el mejor barbero de Castellón


11 may. 2016

Novelas

Lo decía Enrique Vila Matas el año pasado al recibir su merecido premio en Guadalajara. La novela no va hacia donde él, un escritor que la ha intentado refundar como si de un corazón se tratase, creía. Se le pueden abrir nuevos atrios y ventrículos al corazón humano, es el secreto de la vida. Pero con la novela habría pasado algo que la ha desterrado de los caminos de la cardiología sentimental: le ha pasado que no le ha pasado nada.
En esos mismos meses, un amigo mexicano también novelista, Carlos Velázquez, hablaba de las novelas con ketchup. Según él, vivimos una época en la que todo el mundo parece tener una novela bajo el brazo y el que no la tiene se la manda a hacer como antaño los vestidos.
Ninguno de los dos se equivoca y es por eso que mi memoria no los deja tranquilos y los recuerda a pesar del tiempo transcurrido. Ambas versiones son ciertas y cada vez se publican más novelas en las que no pasa nada a excepción de su anécdota y el tiempo invertido por el lector en leerlas. Los personajes se mueven, dicen barbaridades, pero la novela no camina. Permanece detenida como si se le hubiese acabado la gasolina. El problema no es un problema, es una perogrullada: se editan las novelas que se  venden y se compran las novelas que se editan. El editor ha aparcado el afán cultural, el que nos mantiene vivos, y justamente quiere recuperar el dinero. Por eso, cortando por lo bajo, editores y lectores comparten gustos y cada vez abundan más las novelas planas, fáciles de leer, lineales, como las películas que se pueden ver con un ojo cerrado. Pasa lo mismo con la fruta del supermercado. Está allí, fácil de comprar. Es bonita, simétrica, cada una igual que la otra, como si las hubiesen hecho con un molde, pero el plátano sabe igual que la manzana.
Por eso cada vez hay más novelas y frutas. Con la novela no pasa nada y la fruta no alimenta. Ninguna de las dos tiene sabor. A mí en cambio, como lector y escritor, me sigue gustando la fruta con asperezas y de mirada torcida. La fruta rara. Como las novelas de antes, las que ahora se venden poco.

6 may. 2016

Misa en clave de gol



El ruido que venía del interior de la iglesia era ensordecedor.
Pensé quizá que el cura bautizaba el niño de una familia no creyente y que por eso aprovechaba para descargarse. Imaginé a los padres cabizbajos y la abuela materna a punto de iniciar una protesta. Pensé también, pero lo descarté inmediatamente, que la iglesia se había convertido en una sala de cine y los vecinos se congregaban en ella para ver el sorteo del campeonato de fútbol.
Continué caminando y, treinta segundos después, mi confusión aumentó porque a través de la ventana del bar pude ver que junto a la barra estaba el cura viendo precisamente el sorteo del campeonato.
No pude entonces reprimir mi curiosidad y regresé hacia la iglesia. Hice una cosa que en los últimos veinte años solo he hecho cuatro veces: cuando me casé y en el bautizo de las tres niñas.
Abrí la puerta y entré. En el primer banco tres ancianas estaban sentadas frente a un televisor gigantesco que reproducía la misa. De allí venía el ruido que se escuchaba al pasar frente a la iglesia.
Las ancianas parecían extasiadas. Yo permanecí viéndolas por lo menos un minuto, sesenta segundos en los que seguramente el sorteo futbolero terminó porque también pude ver cómo el cura entraba por la sacristía, apagaba el televisor y bendecía a las señoras.
La misa habia terminado

21 abr. 2016

La lectora ideal


Cuando aparece la lectora ideal, la escritura sigue siendo la misma pero la vida cambia.
Ella te da origen  y sentido.Te protege con sus ojos y cada página que pasa es una caricia en en las sienes. Te enteras de sus comentarios. Si tienes suerte los escuchas de su boca. Si es el mejor día de la vida, estás sentado frente a ella: la puedes ver y tocar, quizá la hueles.
"Entendí lo que publicaste ayer, yo siento lo mismo", te dice y tú sonríes porque cualquier cosa que haya podido leer la escribiste para ella. Pensando o sin pensar, pero para que la leyera ella. No era una carta de presentación. Era toda tu vida preparada para que cuando ella la visitase palabras y registros se mostrasen lentamente y fuese posible escoger y comenzar. Aquélla fue la tristeza que querías que conociese. Ésta la alegría. Ya hace mucho tiempo, aquella rabia: quizá no la vuelvas a sentir más.
"Menos mal que viniste", te atreves a decirle.
"Estaba pensando lo mismo", asiente ella.
A partir de ella, la escritura sigue siendo lo que era. Buena o mala, regulera. Pero tú vas feliz, contento porque aquello que haces tiene destino. Te sientes generoso e incluso te permites pensar en los colegas escritores. Premiados, superventas o suplicantes ante los editores. Calma, calma, calma. Todos tenemos una lectora ideal. Ya aparecerá la vuestra.

18 abr. 2016

La lección de Eco



Dos días antes de su muerte real, soñé que Umberto Eco moría bajo la sombra infinita de una morera. El detalle cronológico me permitió adelantar a todos y, cuando se abrió su testamento, yo ya estaba organizando, siempre en el sueño, unas jornadas en su honor. De un lado estaban los peces, que defendían el valor de El nombre de la rosa. Del otro, los cartílagos. Yo era uno de éstos a pesar de lo mucho que en su momento disfruté la novela y su película. Defendíamos los ensayos, la idea de que la mayor contribución de Eco se encontraba en sus ensayos, no en su narrativa, tampoco en sus recomendaciones para terminar la tesis. De hecho estaba a punto de leer un texto sobre Dolenti declinare cuando, de repente, anunciaron la prohibición. Primero sonó una trompeta. Luego la voz de un gigante: en su testamento, Umberto Eco solicitaba  que en los próximos diez años no se promoviesen homenajes ni celebraciones en su nombre o memoria. Aunque tenía cuarenta y ocho horas de ventaja y el percal todo vendido suspendí la programación y esta vez fui yo quien fue a reposar bajo la morera. Sin morir, claro, pero tampoco sin despertar. No había siquiera roncado cuando una hoja cayó sobre mi cabeza y, al cogerla, vi que traía mensaje: “quizá dentro de diez años nadie sepa quién es Umberto Eco”. Mira qué morera más sabia y estudiada. Una morera lectora, admiradora de Eco. Una morera universitaria.  “Y no tendría nada de malo”, agregó un gato que suele merodear esos terrenos esperando pájaros y ratones. Del gato sé que no es sabio y que nunca ha pisado la universidad. Es un holgazán empedernido. Habla por hablar y si esta vez acertó fue casualidad, pura casualidad. Fue entonces cuando comprendí que me había adelantado un poco y que, para organizar el evento, debía haber esperado por lo menos treinta y dos días. Mis cuarenta y ocho horas, que inicialmente eran ventaja, se convirtieron en desventaja: qué pena. Pero mejor todavía: entendí que la literatura no tiene nada que ver con homenajes ni actos, que no se escribe ni se lee para trascender, que nada o muy poco trasciende y, si lo hace, no depende de la intención primigenia. Que se escribe para disfrutar y comunicar. Umberto Eco, el hombre que lo sabía todo, lo dijo, lo quiso decir en su testamento.

12 abr. 2016

Lo que es capaz de hacer la compañía de trenes


Gorda y ávida que es, la compañía de trenes me maltrata y me hostiga. Me atosiga. Llega tarde a todos los encuentros. Me hace esperar. Me obliga a llegar tarde. Me somete a infinitas sesiones en su interior, siempre usando absurdos pretextos. Se inventa usuarios estrafalarios para que me hagan compañía.
Impresentable y absurda.
Mentirosa.
Perversa.
Me ha obligado a pasar junto a cadáveres, incluso una vez sobre ellos
Me ha multado.
Bruja.
Ridícula.
El otro día amaneció con la puerta cerrada.
Estrecha.
Luego se presentó en forma de autobús. ¿Cómo puede una compañía de trenes disfrazarse de autobús?
Falsa. Hipócrita.
Para subir al autobús fue necesario esperar que bajaran los borrachos.
Perdida.
Y, cuando subí, me detuvo la bocanada etílica.
Borracha perdida.
El interior del autobús parecía la tripa infinita de un burdel, repleto de piernas que dormían la mona, de bocas que eruptaban y de vez en cuando maldecían. Estuve a punto de bajar pero una mano amiga me detuvo.
-Siéntate allí, Slavko.
Pude finalmente sentarme en el asiento plegable del revisor, yo que no reviso ni los textos, apenas a diez centímetros del parabrisas, como para que me matara.
Malvada.
Hoy incluso el tren paso de largo frente a mi estación. Para que yo no me bajara.
Manipuladora.
Y yo no pensaba decir nada, ni siquiera quejarme.
Fue entonces que vi la chaqueta del imbécil que iba sentado a mi lado.
Era una chaqueta normalita, ni muy usada ni poco, normal de abril, abrileña.
Pero a la altura de los hombros tenía cosido un escrito.
"Skinhead catalans". Esa mierda era lo que decía. Y el tipo con el coco medio pelado y los rasgos gruesos, como un buen skinhead que se odiaría a sí mismo si le fuera posible verse.
Entonces, luego cambiarme de asiento, claro, no vaya a ser que.., entonces fue que arremetí contra la compañía de trenes.
Estúpida, ¿acaso es necesario hacer todo esto para que te escriba un cuartiento?

5 abr. 2016

Intervenidos


Armado de lámparas y pinceles, el fotógrafo de mi infancia, todo un adelantado de su tiempo, logró darle un carácter borroso a las fotos que (se pretendía) registrarían los primeros gestos de mi vida y la de mi hermana. Por su culpa y por los años que han pasado desde entonces, el recuerdo que tengo de esa época es difuso e impreciso como un sueño. En él, las fronteras no existen, los bordes se pierden y la cortina del fondo de su estudio (que era verde, bien lo recuerdo), cambia permanentemente de color y se convierte en mar,  cielo o montaña según el estado de ánimo (¿la inspiración?) de las manos que habían alterado la realidad, eliminándola casi, haciendo prácticamente inútil el uso efectuado de las que entonces eran las cámaras fotográficas más modernas de mi Valencia natal. Consecuencia de su pasión intervencionista, fueron dos cosas. En primer lugar, el rumor de que sus fotos no eran tales sino retratos ya que (se dijo una vez y mucha gente lo creyó así para siempre) para ahorrar dinero la cámara carecía de carrete y su trabajo era pictórico, no fotográfico. En segundo, unos lunares en las mejillas y el cuello que nos regaló en su obra a mi hermana a mí y que, sin que sea necesario decir cómo, mis hijos han heredado realmente. De esos lunares quería hablar hoy. Por años han sido importantes para la familia y los niños mismos. Cuando mi madre llama, pregunta por ellos, no por los niños. Cuando los despierto los fines de semana, lo primero que hago es ver sus lunares. El dermatólogo los controla semestralmente y en ellos también se ha fijado el fotógrafo del colegio. "Qué lunares más guapos tiene tu hijo", me dijo cuando el mayor iba a primer grado. Este fotógrafo es un genio del retoque, un portento del photoshop, del photoscape y del paintshop. Si no acude la mitad de la clase a una sesión de fotos, es capaz de hacer la foto con la mitad presente y, a los dos días, presentar la imagen con la clase completa. En sus fotos, quien estaba sentado aparece de pie, quien llevaba una camisa de cuadros aparece con una camiseta del equipo de fútbol y así. Contrario al fotógrafo de mi infancia, éste sólo persigue la realidad, la reivindica y, si ésta no aparece, la justifica y la presenta. Nada de sueños ni de líneas borrosas. El otro día se lo dije y le conté cómo un fotógrafo in(ter)ventor hizo que en nuestra familia aparecieran unos lunares. No le pareció bien ("Podría ser una enfermedad, con eso no se juega", dijo antes de hundirse nuevamente en su despacho) y, a los dos días, nos llegó a casa un sobre del colegio con una nueva versión de la fotografía de las clases de los niños. Son las mismas fotos, los mismos niños, idénticos profesores. La única diferencia es que en ellas mis hijos no tienen sus lunares. Mago que es, el fotógrafo del colegio los ha borrado y yo, por un momento, pensé que el cambio sólo sería posible en las fotos, pero debo admitir que no es así: en la piel de los niños ahora no hay ninguna marca, ni lunares ni cicatrices, y nadie en la familia los nombra, como si nunca hubieran existido.Incluso han desaparecido los lunares de las fotos primigenias, mías y de mi hermana. El trabajo de estos fotógrafos es completo, casi perfecto, y de nuestros lunares (míos, de mi hermana y de mis hijos) sólo queda huella en este cuartiento.

28 mar. 2016

Y los Beatles, ¿cuándo?




Una amiga me escribe desde La Habana y me cuenta que fue al concierto de los Rolling Stones. A pesar del gentío, la pasó bien, pero hubo una cosa que la impactó profundamente, hasta el punto de recordarla como la más importante de la velada. Al final del concierto, una anciana que estaba a su lado se dirigió a sus nietos y les hizo una única pregunta: "Y los Beatles, ¿cuándo?".
No intentaré reproducir aquí los apuros que pasaron los muchachos al intentar responderle, pero no puedo no aprovechar la oportunidad de su pregunta para evidenciar la boludez que significa, no presentar a The Rolling Stones en La Habana de hoy, sino intentar vender los siete minutos que esta vez duró "Satisfaction" como un gesto relacionado con la apertura, el cambio ("Las cosas están cambiando, ¿no?", preguntó Jagger al público) o el deshielo. No hay ninguna duda, The Rolling Stones es un gran grupo y los siglos que suman las caderas de sus integrantes nos llenan de esperanza a todos. Son tan buenos y obvios que es imposible hablar mal de ellos. Eso son Mick Jagger y sus amigos como músicos, pero como motor de esperanza política resultan pesados y anacrónicos como un avión soviético (de marca Lada). No tienen nada que ver con la Cuba de hoy. Primero porque al pueblo cubano los únicos Rolling que le importan son los propios Castro, que terminen de rodar y desaparecer. Segundo porque el evento tuvo más promoción en el resto de occidente que en la propia Cuba. Tercero, porque el daño que han hecho los Castro es irreparable y por eso es que, aunque lleven a los Rolling diez veces más si encuentran el dinero para pagarles, no pueden presentar ya a los Beatles. Porque por mucho que se intente retroceder el tiempo como si fuera la cinta de una película, hacerlo bien es imposible y John Lennon murió hace tanto tiempo y Cabrera Infante tuvo que partir y Reinaldo Arenas también y mucha gente desconocida ha sufrido y llorado en silencio (dentro y fuera de la isla) por culpa de Raúl y Fidel. 
No es que yo quiera vender desesperanza. Es que no veo razones para sostener la esperanza.Y la miseria que han sembrado los Rolling Castros no puede ser redimida por ningún concierto.

13 mar. 2016

El tren



La primera vez que leí “El guardagujas”, de Juan José Arreola, nunca había subido a un tren. El tren del cuento, que el protagonista espera para llegar a T, fue el primero de mi vida, por lo que a partir de entonces, al menos para mí, todo tren es un asunto literario y cada vez que subo o bajo de un vagón, no importa que sea ave o mamífero, dentro de mí contacto con el pasajero del cuento, con su guardagujas  jubilado en la estación desierta y con el mismo Arreola, a quien alguna vez conocí mientras daba una charla, borracho perdido, a cuarenta kilómetros de Málaga.
Estoy hablando de mi tren, un tren que desde hace más de treinta años tiene forma de libro. Cada minuto es una página, cada estación un capítulo. En ocasiones, más que un libro, parece una biblioteca y, libro tras libro, el tren puede hacerse infinito: promete un viaje sin tregua en que el número de la página es la potencia de la ventana. Nada de locomotoras empujadas con fuego ni rostros cubiertos de hollín. Mi tren se mueve a la velocidad de los besos y, si se toca la tecla adecuada, puede llegar a la estación de destino en apenas un segundo.
Hay también momentos reales que he vivido como un usuario común. Recuerdo un coche cama en que compartí litera con un hombre de setenta años que me refirió que, cinco años atrás, su madre lo había denunciado por intento de homicidio. No pude cerrar los ojos ni siquiera un segundo y, cuando llegué a Salamanca, ni siquiera me despedí de él. O la historia verdadera de unos primos italianos que en tres generaciones nunca han pagado un boleto ya que siempre se casan con trabajadores ferroviarios.
En los últimos años, además,  el tren es mi lugar de trabajo. Desde el último asiento del primer vagón, no sólo he escrito capítulos enteros de novelas y leído libros magníficos, sino que también he escuchado conversaciones entre jueces y médicos, visto crecer noviazgos que incluso han llegado al divorcio y sobre mi hombro han caído lágrimas, migas de pan e incluso trozos de chorizo.

Por si fuera poco, el tren ahora es cada vez más lento, como si regresara a los orígenes y fuera necesario introducirse otra vez en el cuento de Arreola. No hay problema, mi tren es literario y desde él puedo asegurar que el lector, el buen lector, es el único usuario que agradece los retrasos y las obras.

9 mar. 2016

Mi hermana


Mi hermana en el cielo llora por mí.
Tanto que he llorado yo por ella
claro, no como mi madre y mi tía
pero ahora no es por ellas
que mi hermana llora
a raudales
es por mí
donde sea que esté
entre lágrima y lágrima
pobre Slavko, mi Slavkito
mira cómo estás hecho unos zorros
si es que tú no naciste para vivir
deja que juguemos otra vez
ven aquí lindo.

Pobrecita mi hermana
muerta y encima llorando
no llores por favor
no llores más
tus ojos míos
húmedos sabes que no puedo verlos
no te preocupes por mí
concéntrate en tus flores
vigila tus huesos
el araguaney
alimentado con tu sangre
no llores, mi amor
que yo voy a estar bien no te preocupes
cuidaré de todos
regaré las plantas podaré los árboles
me encargaré:
aunque siga vivo
me esforzaré para mejorar
y estar bien.

24 feb. 2016

Quehacer del médico que escribe



Seguramente le sucedió a Alfred Döblin, a Antón Chéjov o a William Carlos Williams. Un poco menos a Carlo Levi y Pío Baroja, que medicina estudiaron pero ejercieron muy poco. En verdad puede pasarle a cualquier médico que compagine el cuidado de sus pacientes con la creación literaria. No sólo a los grandes y famosos, sino también a los pequeños y desconocidos ya que, al margen de la insípida división del saber en números y letras, literatura y medicina son ejercicios afines, pulseras que pueden convivir rodeando una sola muñeca sin rencillas ni problemas. Pudo haber sucedido y sucede todavía porque el paciente también conoce a su médico. Antes de acudir a la consulta, el paciente indaga, pregunta, busca. Equivale a la formación del médico antes de toparse con su patología. Durante el encuentro, también el paciente realiza su exploración: observa y ausculta aunque no registra en la historia. Luego, tiene en la casi totalidad de los casos la firma del médico, su nombre por complicado que sea, y en ocasiones no se resiste a introducirlo en google. A partir de allí, elabora su hipótesis, hace un diagnóstico y propone tratamiento. En ocasiones es solamente una pregunta que formula en el siguiente encuentro: “¿Usted es el médico que escribió el libro sobre…?” Allí el diagnóstico es apenas impresión, todavía no es juicio. El paciente duda y se enriquece al hacerlo. Piensa en la posibilidad de la homonimia, en que el escritor sea un primo del médico y no el médico mismo. No se deja convencer por la foto borrosa del periódico. En otras ocasiones, cuando la seguridad impera, el paciente arranca el coche desde la tercera: “A mí también me gusta escribir”. Un encuentro de este tipo no tiene por qué ser cien por ciento agradable. Por eso y porque definitivamente altera el encuadre, la ortodoxia lo recomienda fuera de la consulta. Mucho más si, para hilaridad del enfermero, la presentación es seguida de una recomendación: “¿No ha pensado en la posibilidad de acudir a un taller de escritura? Le ayudaría mucho”. Hay también una versión bonita en que a partir del mutuo reconocimiento se produce un intercambio de ideas o, ya que la escritura comienza como un ejercicio de lectura,  de fuentes bibliográficas. “El escritor del que hablo es una maravilla”, recomienda el paciente y el médico coge nota para, un mes después, con el libro definitivamente cerrado sobre la mesa de noche, agradecer la recomendación. Otra posibilidad, a pesar de ser literaria, no incluye palabras. Para bien o para mal, los ojos del paciente contienen el diagnóstico, pero su boca no lo pronuncia. La consulta es una película sin suspense: se trata de un espacio al que médico lleva su técnica, su saber y (el paciente lo sabe bien) su mirada (su herida) literaria.

21 feb. 2016

Club de lectores busca



(de la prensa de hoy)
Club de lectores (atléticos, buen rollo, inmejorable compañía, excelente conversación, gran capacidad de comprensión, con más de diez horas a la semana de actividad lectora) busca escritor (interesante, prometedor o ya consolidado, pero fundamentalmente sano) para actividad literaria a realizar en ambiente privilegiado (buen rollo otra vez, en medio de la naturaleza, con vistas a ciudad importante y al Mar Mediterráneo, excelentes vinos y mejor atención) en las próximas semanas. 
Debido a que nuestros tres últimos invitados han fallecido en los días previos a la actividad señalada (uno por accidente de tráfico, otro en la la silla del odontólogo sin que se le conocieran antecedentes alérgicos y el último por infarto al miocardio) generando así grandes pérdidas materiales (programación y anulación de la actividad, alquiler de espacios, publicidad, catering y cata de vinos) y espirituales (lectura de la obra, sesiones de estudios, preguntas no formuladas, sensación de vacío y duelo al conocer la noticia del deceso), los escritores interesados deben enviar junto a la nota biobibliográfica copia de informe de reconocimiento médico* realizado en los últimos tres meses y  nota certificada declarando ser no fumadores o ex-fumadores durante por lo menos cinco años y no consumir más de quince unidades de alcohol a la semana.
Esperamos de esta forma contribuir a mejorar el estado de salud de nuestros escritores, manifestamos que gustosos atenderemos todas las solicitudes que sean enviadas si las postulaciones cumplen los requisitos mencionados previamente y, aunque sabemos que ninguno lo piensa, nos reafirmamos en la idea de que nuestro club no tiene nada que ver con la muertes sucedidas ya que sólo habíamos sostenido conversaciones telefónicas o intercambio de e-mails y mensajes de whatsapp con los tres autores en cuestión .
Animaos ya. Os estamos esperando. Venga. No seáis cobardes. Juntos podemos revertir esta macabra tendencia con la que, a pesar de lo que insinuado por los otros clubes de lectura, nosotros no tenemos nada que ver.

* El informe ha de incluir resultados de analítica (hemograma, bioquímica y coagulación), copia de electrocardiograma y de informe de prueba de esfuerzo, curva espirométrica e informe de bodytac, realizadas todas estas pruebas en los últimos tres meses. La analítica ha de contener perfil lipídico, función renal, transaminasas hepáticas, hemoglobina glicosilada en caso de padecer diabetes mellitus, CEA y  PSA si el escritor es de género masculino y su edad es mayor de cincuenta años. 

15 feb. 2016

Kalalú


Es menester que los amigos de un escritor publiquen libros: la mayoría son escritores. Cuando los libros son buenos, apetece reseñarlos y  a menudo se imposta una voz con pretensión objetiva que intenta convencer al lector de la maravilla encontrada.
Esta vez no puedo hacerlo porque se trata de Juan Carlos Méndez Guédez, mi amigo, mi gran amigo, cuya novela, El viaje de Madame Kalalú, ha sido recientemente editada por Siruela. En sus páginas, no sólo encuentro un libro magistral que me permite conocer un personaje, Emma Sáez, quien como si fuera hija del gran Fregoli cambia permanente (de nombre y aspecto), viaja sin parar a lo largo y ancho del mundo, destruye y construye fortunas, crece y se multiplica, sino que también me paseo por la amistad prolongada con Juan Carlos.
El escritor  lleva más de veinte años haciendo viajar sus personajes. No hay historia de Juan Carlos Méndez Guédez que comience y termine en el mismo continente. Sus personajes no paran y, de un avión a otro, desconocen la posibilidad del siniestro aéreo. Eso desde El Libro de Esther que en 1999, en el siglo pasado, publicara Lengua de Trapo. Pero mucho más en las tres últimas novelas: Chulapos mambo, Los maletines y El viaje de Madame Kalalú. En esta última, Emma Sáez se confiesa ante una monja en estado vegetativo: le dice que fue bailando cómo descubrió su poder transformista y a partir de él cómo puede hacer desaparecer una obra de arte de su locación original en Noruega y, sin moverse de la silla, sólo haciendo una o dos llamadas telefónicas, hacerla aparecer en El Prado. Es un prodigio la novela. Suave y profunda, llena de sentencias que desvelan la gran inteligencia del autor: un escritor que ha crecido tantísimo, que se ha hecho mayor, verdaderamente grande, en este momento uno de las mejores referencias de la literatura hispanoamericana.
El amigo, Juan Carlos, es mi amigo de siempre, mi hermano grande. No ha cambiado, desde que lo conocí hace veinticinco años siempre está allí. Él para mí, para lo que yo necesite. Y yo para él: es el hermano que la literatura me ha dado.

8 feb. 2016

Hacia una comprensión patológica de la literatura

No es maníaca la emoción literaria. No figura en el DSM, tampoco en la CIE, ni en la IX ni en la X. No  es posible saber de ella buscando en el índice del Harrison, tampoco en el Vademecum. Y, en una historia clínica informatizada, ni siquiera haciendo trampa sería posible introducirla. Igual que el (des)amor, la emoción literaria no cabe en ninguna de estas listas. No está, es imposible encontrarla. A priori, parece demasiado sencilla la respuesta si acaso su ausencia ha generado alguna pregunta: no es patológica, la emoción literaria no es patológica, no tiene por qué formar parte de estos elencos taxonómicos, ni de los viejos ni de los que vendrán. Además, es egosintónica: porque si no fuese así bastaría con cerrar el libro, salir al jardín y podar las palmeras. Y, ya que ha quedado demostrado que el miedo que las novelas de caballería generaban en la sobrina y el cura amigo de Don Quijote era infundado, sabemos que no es dañina. Pero que nadie diga que es normal aunque para algunos resulte frecuente. No puede ser normal tanta maravilla, tanto goce. Que una persona sienta que su pensamiento se multiplica en o por las quinientas páginas de una novela es un milagro, es el milagro literario. Páginas, universos que se abren ante nosotros y nos permiten ingresar en ellos. Miradas convertidas en letras que nos seducen a cincuenta centímetros de nuestra presbicia. La posibilidad de creer que somos capaces de incluso mejorar el desenlace en un arranque taquipsíquico que nunca se concreta. “Así es la literatura”, podríamos decir a viva voz. En efecto, así es: absoluta y complementaria al mismo tiempo. Con la ventaja de que es posible gozar siempre de su compañía. Desde los cuentos revelados en la primera infancia hasta los que nos puedan leer más allá del deterioro cognitivo. La literatura, en forma de lectura o de escritura, se ofrece para acompañarnos siempre con emoción e inteligencia. En lo bueno y en lo malo. En la salud y en la enfermedad. Muy mucho en la enfermedad. En la montaña, en la playa y en el desierto. A través del libro o del e-book. Sólo la medicina, el amor y la música pueden ufanarse de cubrir un espectro tan amplio, pero con la literatura no hay régimen laboral, no hay guardias nocturnas ni complementos extraviados. No hay ni siquiera desengaños, tampoco promesas. ¿Sólo emoción y pensamiento? También palpitaciones, ciclotimia, exoftalmos, insomnio o hipersomnia, cérvicodorsalgia, rizartrosis quizá. Literatura pura, nada de patología.

30 ene. 2016

Los pederastas



Los pederastas trabajaban en el Colegio Don Bosco de Valencia, en el siglo pasado. Valencia, la de Venezuela, justamente frente a la casa en que nació José Rafael Pocaterra. Eran curas y profesores aunque ninguno llevaba sotana. Estaba el cura administrador que daba besos sentidos detrás de las orejas. Otro cura, el consejero, invitaba a los niños a su habitación y les pedía que se masturbasen mientras él apuntaba detalles para su tesis. A los alumnos destacados de las recientes promociones los habían convertido en profesores, en jóvenes profesores, y éstos abusaban de los alumnos más pequeños. Era como una cadena en que el producto se convierte inmediatamente en productor. Una cadena asquerosa a la que muchos se acercaban bromeando, simplemente para sobrevivir. Era también una especie de clan, de difícil salida, imposible de advertir, difícil de denunciar a pesar de que el director del colegio luego sería cardenal y era amigo del presidente Herrera Campins. Algunos de mis compañeros se convirtieron por esa vía en profesores. Otros lloran cuando recuerdan lo que sucedió o piensan en lo que pudo haber sucedido. Otros no recuerdan nada pero no lo descartan. Sin formación ni diván se han convertido en psicoanalistas rudimentarios y advierten sobre los posibles rincones oscuros de la memoria. Otros lo consideran normal e ignorando su gravedad se alegran de haberla sobrevivido.Cuando se reúnen, realmente o en la virtualidad de la red, alguno siempre hace un comentario sobre el cura consejero, pero los otros lo invitan a callar. Es un secreto a voces que no tiene sentido ventilar. Eso es lo que seguramente piensan, sobre todo ahora que los curas son ancianos y los jóvenes profesores de entonces se acercan a la decrepitud a pesar de la cirugía plástica. Mañana, 31 de enero, día de Don Bosco, se reunirán en el descascarado colegio. Curas, antiguos profesores y otros más jóvenes, algunos ex-compañeros. Me dan asco y miedo sus manos posando sobre hombros y cinturas de los alumnos actuales. Agradezco no publicar fotos en las redes sociales.

19 ene. 2016

Aquello que Einstein no dijo


Desde el primer momento  le interesó su pasión por Einstein. Se veía que ella conocía a fondo su biografía y, como él había comenzado un máster en física teórica, le solicitó amistad y comenzaron a chatear. Ella dejó entonces de publicar pasajes biográficos y comenzó con las citas. ”Locura es hacer lo mismo una y otra vez. Albert Einstein”. A él le extrañó que Einstein hubiese escrito eso, pero era probable: había escrito y dicho tantas cosas. No le comentó nada y, al día siguiente, acordaron pasar un fin de semana en Port Saplaya.
Antes de encontrarse, en la estación de trenes de Valencia, ella publicó cinco palabras que igualmente atribuyó a Einstein: “Nadie entiende la mecánica cuántica”. Vivieron un fin de semana de sol y playa. El asunto prometía y sentían que casi seguramente volverían a encontrarse.
Cuando él llegó a casa, leyó lo que ella había publicado: “Mi amor nació en un barquito frente a los edificios de Port Saplaya. Albert Einstein”. Así  él pudo comprobar que las otras dos citas también eran falsas por lo que, en lugar de llamarla para decirle que ya la extrañaba, la eliminó de su lista de amigos.

12 ene. 2016

Libros y navajas



En la venta de libros, el kilo de navajas hoy cuesta seis euros. Una mujer discute con su marido la posibilidad de comprarlas ya que él prefiere las gambas peladas. Yo, en cambio, me conformo con un libro de Jorge Edwards que quisiera regalarte, pero que no sé si podré porque la discusión se hace interminable.
Quizá por ello cierro los ojos y sueño que compro un libro de Vicente Gerbasi y una planta de guanábana. Estoy en una venta de congelados en Castellón, a quince metros del hospital, pero mi sueño sucede en un mercado de Italia, más allá de Éboli. Me detengo frente a las frutas, los detergentes, la carne y los pescados. Caminando hacia la iglesia, la anciana de negro ofrece libros que ha esparcido sobre una mesa. Allí está la traducción al italiano de Mi padre, el inmigrante. Y, a su lado, entre sobres de semillas y flores de invierno, la planta de guanábana con un cartelito amarillo clavado en forma de pincho en el fondo de la maceta: "wanabana americana".
Me despierta la letra doble. No le encuentro sentido, pero la discusión entre navajas y gambas ha terminado y finalmente puedo pagar el libro.
Al salir de la pescabrería, la furgoneta que pasa es toda ella publicidad. Anuncia una cura milagrosa contra el cáncer. En la última línea, está la palabra guanábana. Veo la u, cuatro veces la letra a y, cómo no darme cuenta, al inicio la g.

1 ene. 2016

Sacar a pasear la novela


(foto regalo del querido Javier Sánchez, nada de cortesía)

Como si se tratase de un perro (que duerme, que ladra, que come, que acaricia, que destroza y pide, pero siempre da) de vez en cuando toca sacar a pasear la novela.
Hay quien para ello se maquilla y se viste, se perfuma. Sale a caminar e inicia una ruta de confianza que ha elaborado a lo largo de la vida. Esta calle, el paseo marítimo, la placita más allá, aquella tienda, para seguramente terminar en un bar o en una librería. Ha sacado así a pasear la novela de su vida, editada en las páginas de su cuerpo: los años y amores, la experiencia, algunas cicatrices. Hombre o mujer, no importa el género, la novela vive en sus piernas, respira con sus pulmones, tiembla con sus párpados.
Otros la hacen pasear sin mover el cuerpo, sin apenas desplazarse. Quizá un paso o dos, como quien baila pegadito, sobre un centímetro cuadrado de pavimento. Llevan la novela en la cara, en las manos arrugadas. La novela pasea en sus ojos, en su mirada. Se puede leer en un segundo, pero también en un millón. En ocasiones se trata de una novela sencilla, esencial, pero no por eso deja de ser poderosa. Mayormente deja huella.
Del novelista en cambio, ahora que todos esperábamos sus metáforas, tenemos un ejercicio litera, concreto por demás. Antes de salir de casa, mete cuidadosamente el portátil en la mochila. Sube al tren o al coche. En el portátil está la novela de estos días. Novela y portátil son dos o tres kilos de más. A veces pesan como una deuda, pero en otras la carga es ligera como una novia en la adolescencia. Por ello camina con la mochila hacia su trabajo. La novela espera un día de suerte, tranquilo, en el que al menos le puedan dedicar diez minutos. Es la novela en la mochila, es la vida del escritor en estos días. Hoy no pudo ser abierta porque el trabajo lo impidió. No importa, la novela ha salido a pasear y, en la cabeza del escritor, hay dos o tres imágenes nuevas, extraídas de la vida, del mismo trabajo, que poco a poco se agregarán a sus páginas. Ya se encontrará la forma y el momento.