15 feb. 2016

Kalalú


Es menester que los amigos de un escritor publiquen libros: la mayoría son escritores. Cuando los libros son buenos, apetece reseñarlos y  a menudo se imposta una voz con pretensión objetiva que intenta convencer al lector de la maravilla encontrada.
Esta vez no puedo hacerlo porque se trata de Juan Carlos Méndez Guédez, mi amigo, mi gran amigo, cuya novela, El viaje de Madame Kalalú, ha sido recientemente editada por Siruela. En sus páginas, no sólo encuentro un libro magistral que me permite conocer un personaje, Emma Sáez, quien como si fuera hija del gran Fregoli cambia permanente (de nombre y aspecto), viaja sin parar a lo largo y ancho del mundo, destruye y construye fortunas, crece y se multiplica, sino que también me paseo por la amistad prolongada con Juan Carlos.
El escritor  lleva más de veinte años haciendo viajar sus personajes. No hay historia de Juan Carlos Méndez Guédez que comience y termine en el mismo continente. Sus personajes no paran y, de un avión a otro, desconocen la posibilidad del siniestro aéreo. Eso desde El Libro de Esther que en 1999, en el siglo pasado, publicara Lengua de Trapo. Pero mucho más en las tres últimas novelas: Chulapos mambo, Los maletines y El viaje de Madame Kalalú. En esta última, Emma Sáez se confiesa ante una monja en estado vegetativo: le dice que fue bailando cómo descubrió su poder transformista y a partir de él cómo puede hacer desaparecer una obra de arte de su locación original en Noruega y, sin moverse de la silla, sólo haciendo una o dos llamadas telefónicas, hacerla aparecer en El Prado. Es un prodigio la novela. Suave y profunda, llena de sentencias que desvelan la gran inteligencia del autor: un escritor que ha crecido tantísimo, que se ha hecho mayor, verdaderamente grande, en este momento uno de las mejores referencias de la literatura hispanoamericana.
El amigo, Juan Carlos, es mi amigo de siempre, mi hermano grande. No ha cambiado, desde que lo conocí hace veinticinco años siempre está allí. Él para mí, para lo que yo necesite. Y yo para él: es el hermano que la literatura me ha dado.

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