12 de ene. de 2015

Venezuela


(foto cortesía de A. Acosta)

Por los venezolanos que sufren. Por los venezolanos que lloran. Por los que se lamentan. Por los que odian y se burlan. Por cada venezolano que necesita y no puede. Por los venezolanos que participan y no ven. Por cada venezolano que va al mercado y no encuentra. Por los venezolanos que van a la farmacia y regresan sin. Por los que se arrechan. Por los venezolanos que se cansan de hacer colas para. Por los que dicen que ya no pueden más con el dolor de piernas. Por los que se aprovechan. Por los que no están satisfechos. Por los que se preocupan y tienen miedo de salir. Por los que tiemblan al escuchar tiros y discursos. Por los que se preocupan por el silencio. Por los que han conocido la muerte y la necesidad. Por los que están en la cárcel por hablar o por pensar. Por los que están obligados a cuidarlos. Por los que no entienden. Por los que creen que ganan aunque se ve que pierden. Por todos los venezolanos que pierden. Por los que se separan. Por los que no pueden salir. Por los que no pueden volver. Por los que no pueden escuchar más. Por los que no escuchan. Por los que ven grietas. Por los que creen a ciegas. Por los agraviados. Por los heridos. Por los dolientes. Por los preocupados. Por los jodidos. Por todos ellos y por mí, sin importar bando o condiciones, escribo estas palabras. Para que recuerden que existimos.

7 de ene. de 2015

Talar el árbol de navidad, destruir el pesebre


Cuando a mi hija se le ocurrió la idea de adornar nuestro árbol con luces y motivos navideños, yo protesté tímidamente:
-No tiene sentido, es un gasto innecesario.
Como vi que, sin escucharme, todos daban ideas y dibujaban sobre la mesa triángulos, estrellas y angelitos, me alcé y dije que no, que yo no lo haría.
-Pero, ¿por qué? -protestaron los gemelos.
-Porque sería un derroche de energía -dije pensando más en la energía mía, la de mi propio cuerpo, que en la eléctrica.
En ese momento intervino el hijo mayor:
-Pero es una tradición, igual que el pesebre.
Luego, al unísono, mis suegros:
-Además, la tarifa eléctrica nocturna es casi conveniente..
No fue posible resistirse. Al contrario, con toda la familia convertida en oposición y gobierno, la única forma que encontré de sobrevivir fue sumarme (discretamente) al proyecto.
Así presté algún trozo de cable y fui a comprar los bombillos.
La navidad ya ha pasado. De ella recuerdo, mucha (muchísima) comida, el encuentro con los amigos y un sueño en el que Santa Claus (la imagen de San Nicola, de la Catedral de Bari) visitaba el hospital para hacerse una tomografía.
Frente a mí tengo el árbol lleno de luces y adornos navideños y ningún miembro de la familia se ofrece a desmontarlo.
-Es ley de vida -decía mi primer profesor de filosofía en mi Valencia natal-. Puestos a elegir entre acudir a un bautizo o a un entierro, la gente siempre elige el primero.
Por ello y por mi soledad ante este árbol luminoso del que tantas maravillas cantaron mis hijos y sus amigos en las últimas semanas, podría fácilmente talar el árbol de navidad, destruir el pesebre, pero he decidido desmontarlo, muy poco a poco, paciente y serenamente, como siempre.

29 de dic. de 2014

Después de entregar los regalos, Santa Claus tiene guardia en el hospital




Al hijo pequeño le intriga que el día de Navidad
papá (que es Santa Claus y Papá Noel) deba trabajar
en el hospital,
y pregunta cómo será la guardia
quién acudirá, si el trabajo será más fuerte que traer millones de juguetes
desde Finlandia (No puede ser, ¿verdad?)
pero sobre todo quién trabaja además de papá
(¿Por qué? ¿Lo han elegido o simplemente les ha tocado?).

El hijo se sorprende al saber
que mayormente es un asunto voluntario:
(¿Por qué? ¿Acaso no quieren comer con la familia?).
No se trata de eso, le responde el padre.
Es que alguien tiene que trabajar.
(Pero, ¿y qué se come?).
Para ello al mediodía se reúnen médicos y enfermeros,
los que vienen de Finlandia y de Cirugía,
los de Medicina Interna y República Dominicana.
Parece una convención internacional de Santa Claus
y los camareros de siempre visten levita,
nada de camisas percudidas
ni pantalones manchados de bechamel,
y no permiten que Papá Noel agarre la bandeja
y se sirva él mismo lo que quiere.
(Siéntese en la mesa, doctor, enfermero,
usted que es Santa Claus y Papá Noel,
siéntese que nosotros le llevaremos
los aperitivos, el primer plato y el segundo,
los cafés y una bandeja de turrones).

Igual los pacientes luego comienzan a venir,
agobiados, sufrientes.
Ellos también han sido Papá Noel y Santa Claus.
(Felicidades a todos, pero no puedo más).
La convención internacional se ha multiplicado.
El día de Navidad, la ciudad toda es un gran centro de convenciones
y el hospital apenas una de sus salas.
Así la vida continúa. Y la enfermedad. Incluso la muerte.

Al día siguiente, el día de San Estebán,
padre e hijo armarán el juguete
que vino de tan lejos.
(¿Lo dices en serio? ¿Me lo prometes?).
Ya verás que sí, pero luego has de estar junto a mí,
mientras yo duermo.
La de Navidad es una semana difícil para papá.
(Es que no sólo eres Papá Noel y Santa Claus,
eres el médico de guardia también).

23 de dic. de 2014

Otra vez, Cuartiento de Navidad (porque la vida es cíclica)

Que te den todo lo que te han prometido.
Que te traten bonito. Que te vaya mejor.
Que no te toque trabajar en los días señalados y, si te toca, que te puedas conectar a la red para leer Cuartientos.
Que no te obliguen a cenar en compañía de la familia política. Y si lo hacen que te expliquen por qué. ¿Por qué la llaman familia, por qué política, si no es ni lo uno ni lo otro?
Que tengas huéspedes agradables en casa o un anfitrión generoso.
Que los niñitos te quieran.
Que te regalen lo que de verdad deseas o que no te regalen nada.
Que a nadie se le ocurra contar delante de ellos que una vez te disfrazaste de Papa Noel.
Que te inviten a comer una hallaca y puedas hacer en casa tu propio pan de jamón.
Que el vino sea tinto.
Que no te fotografíen borracho ni desnudo y, si lo hacen, que no cuelguen las fotos en ninguna parte.
Que no tengas que conectarte mucho a facebook.
Que recibas una llamada bonita e inesperada.
Que te deseen feliz navidad en tu lengua o con una voz bonita.
Que veas una flor. Mucho mejor si la planta crece en tu balcón.
Que te toque la lotería o que te des cuenta que la lotería ya te ha tocado.
Que te den un beso, pequeño o grande, un beso sincero.
Que se te escape una lágrima. Y una sonrisa.
Que comas y no te preocupes por engordar.
Que esta navidad sea intensa e interna, que ocurra dentro de ti. Que la máquina de coser no se dañe.


Mecanismos belén. Fotografía de Javier Roy. Reproducción autorizada por el autor.

13 de dic. de 2014

Final de guardia


A las cinco de la madrugada, mientras el frío y la lluvia no dejan salir a los pacientes de sus casas, un médico y dos enfermeras leen poemas de William Carlos Williams en las urgencias del hospital.
-El también era médico, ¿sabes? -le dice la enfermera más joven al galeno.
-Es que yo nunca he podido entender la poesía -responde él.
-No es cuestión de entender. Para eso ya tendrás tiempo -le dice ella convencida y empieza a leer en voz alta, invitándolos a que sigan el poema en la pantalla del ordenador.
Treinta minutos antes, esa misma pantalla permitió la lectura de un diagnóstico feroz. Y al inicio de la guardia registró dos electros planos. Ahora aparece en ella una mujer joven y alta, sin sombrero, que examina el interior de una zapatilla, intentando sacar el clavo que la lastimaba.
La enfermera continúa leyendo y el médico le pide ahora leer juntos el poema de la parturienta..
La otra enfermera, abstraída, piensa que en este hospital también hay parturientas. Hay incluso enfermas mortales, embriones que se pierden, fetos que comienzan a llorar. Alguna carretilla seguro habrá en la última planta y, en el patio psiquiátrico, cada cierto tiempo un casco de botella verde se convierte en alucinación con percepto.
Así han pasado por lo menos cinco minutos. Los tres parecen detenidos en el interior de un poema de William Carlos Williams. Gracias a él se sienten más humanos y los ojos del médico, hasta ahora imperturbables, dejan ver las durezas de la guardia. Igual ninguno quita la atención de la pantalla. No se dan cuenta que la lluvia ha amainado y los despierta el anuncio de una visita pendiente. 
Ha terminado la tregua, ya comienzan a llegar los pacientes. Pero el médico ahora sabe que no es necesario entender la poesía..

23 de nov. de 2014

Maletín




¿Qué lleva dentro de sí el maletín de un médico que hace visitas a domicilio?
Los pacientes no los saben porque el médico suele usar el maletín como el sombrero de un mago y va sacando de él instrumentos y medicamentos con sigilo.
Usualmente no se despliega el maletín. Apenas se abre una de sus bocas para que la mano galena extraiga la pieza necesaria.
Incluso muchos médicos que nunca han hecho visitas a domicilio no saben qué puede contener un maletín así aunque sea posible deducirlo: un estetoscopio no faltará, seguro. Y analgésicos, si antipiréticos mejor. ¿Un equipo de cirugía menor? Quizá, pero no es seguro: en la actualidad, toda situación quirúrgica, por menor que sea, es preferible abordarla dentro de las paredes de una institución de salud.
Puede haber incluso quien rice el rizo y suponga que su contenido depende de la especialidad. Estoy de acuerdo. En la época del electrochoque sin vaselina (no estoy hablando de la terapia eletroconvulsiva, sino del electrochoque, tal como lo inventaron Bini y Cerletti) recuerdo un psiquiatra (un querido psiquiatra) que incluía en su maletín un convulsiómetro con sus electrodos. Con el tiempo, agregó también unas ampollas de haloperidol y otras de sinogan. Ése era el contenido de su maletín sabatino, cuando atendía los pacientes a domicilio.
Desde la corriente antimédica alguno supondrá que un maletín de médico fundamentalmente contiene dinero. Suposición equivocada, seguro, al menos en la actualidad, pero sirve para remitir al lector a una novela querida: Los maletines, de Juan Carlos Méndez Guédez. 
Conozco también una versión telúrica, una especie de poema objeto: el maletín de William Carlos William (que en una esquina de la fotografía ilustra el cuartiento) además de un estetoscopio puede contener hojas secas y cascos de botella, como sus poemas.
Para solucionar estas dudas hoy le pregunto a un médico de pueblo que viaja conmigo en el tren cuál es el contenido del maletín con que hace las visitas domiciliarias.
-Está súpercompleto. Lo compré en Internet.
Su maletín originalmente estaba en el suelo del vagón pero tras mi pregunta ha levitado sesenta centímetros y se encuentra frente a nuestros ojos, los suyos y los míos.
No tiene la piel noble del maletín de William Carlos Williams, pero sí un tejido sintético que se supone impermeable. Parece más bien el maletín de una computadora portátil anacrónica y robusta.
-Mira todo lo que llevo dentro.
Abre la pestaña delantera y señala los talonarios de recetas: las rojas para los pensionistas, las verdes para los que no.
-Y esto de aquí -dice señalando una tabla rígida- es para apoyarme mientras escribo.
Luego abre el corazón del maletín. Señala el estetoscopio, la bata doblada, el tensiómetro, el saturímetro, el otoscopio, los depresores linguales, el termómetro.
En un bolsillo interior, ampollas: diazepan, matamizol, haloperidol, algún mórfico, dos ampollas de adrenalina.
Debajo del tensiómetro y del otoscopio, pastilleros con paracetamol, captopril, algún antianginoso.
-Los fármacos son del centro de salud -aclara-. No vinieron por Internet.
Luego abre el bolsillo de la cara posterior. Allí están los libros, el vademecum, un atlas de electros y un pequeño manual de urgencias. Detrás de ellos, una tableta electrónica.
-¿Y qué tienes allí? ¿Los algoritmos?
-No, nada que ver. Fundamentalmente las fotos de mis perros. Y la saca de maletín, cierra éste y comienza a enseñarme las fotos de dos simpáticos cachorros que en este momento, mientras él los muestra y describe, le estarán cagando todo el apartamento.

14 de nov. de 2014

Roncan los médicos


Roncan los médicos en el tren recién salidos de la guardia.
El cardiólogo se durmió leyendo una novela de Tolstoi, que también era médico.
El oncólogo de cansancio puro. Lo despertaron tres veces en la noche: una resucitación exitosa y dos exitus letalis. Ninguno era paciente de su consulta, pero igual abruma.
El de urgencias no pudo dormir siquiera un minuto. Hubo siempre pacientes en la sala de espera y, cuando pudo ir a la cama, sonaba estrepitosamente la cisterna del retrete de la primera planta.
El psiquiatra no tuvo tantos pacientes, pero con el penúltimo intentó una contención conservadora ("Apenas un Zyprexa y un Valium", se quejaban los enfermeros) que no funcionó.
El residente de traumatología ha trabajado treinta y dos horas seguidas. Una vez intentó quejarse y el jefe lamentó su actitud: "¿Quieres vivir como un mendigo estos cinco años y luego como un rey toda la vida? ¿O todo lo contrario? Eligió ser rey y por eso el dermatólogo lo ve pasarse de parada. De hecho los ve a todos dormir. No porque sus lentes estén mejor graduados sino porque es el único médico del tren que no hace guardias.

3 de nov. de 2014

Trenes

El tren se detuvo por la lluvia. En el vagón, alguien comenzó a hablar de un cortocircuito advirtiendo que la espera sería larga. Él decidió mirar a través de la ventanilla. Así vio cómo el tren que venía en sentido contrario también se había detenido. Los dos trenes estaban uno al lado del otro y él pensó que la chica que estaba a su lado, pero en el otro tren, podía llamarse Lucía. Junto al abrigo dispuesto frente a ella, había una bolsa con dos libros y una botella de vino tinto. “¿Leemos o bebemos?”,  le preguntó a través del cristal. “Ni lo uno ni lo otro”, respondió ella logrando sorprenderlo.
Sonriendo, se observaron amistosamente durante varios minutos.
Cuando los trenes partieron, ella le señaló la bolsa de la librería. 
Así ya él sabría dónde encontrarla.

29 de oct. de 2014

Primer teorema de Zupcic


EVENTO O NOCIÓN QUE LO SUSTENTA
En octubre de 2014, un joven madrileño es acusado de estafa y los medios de comunicación desvelan que para llevar a cabo su cometido hacía gala de supuestas relaciones de privilegio con la Casa Real, La Moncloa y el partido de gobierno. De hecho son publicadas fotos suyas al lado de José María Aznar y saludando al nuevo Rey, entre otras. En público y en privado, las aventuras de este joven se convierten en tema frecuente de tertulia y las explicaciones más usadas para su gesta son la psicopatomegalomanía (el estafador es un paciente psiquiátrico que ha engañado a todos, incluyendo los servicios de seguridad del estado) y la picaresca (el estafador es un delincuente, pícaro heredero del Lazariillo de Tormes, que ha engañado a todos incluyendo los servicios de seguridad del estado). 
El teorema de Zupcic no pretende ser psiquiátrico, literario ni criminalístico. Tan sólo contempla el asunto desde una perspectiva humana y aporta una tercera explicación en la cual no hay engaño sino connivencia y gracias a ella este efebo tenía acceso a círculos tan privilegiados.

PRIMER TEOREMA DE ZUPCIC
Causas y/o consecuencias del muchas actividades humanas están relacionadas con la búsqueda de tres agujeros. Otras obedece a la búsqueda de dos. Y las que quedan a la búsqueda de sólo uno.

23 de oct. de 2014

Esto es tenis, querido(s) Watson (y Crick)

(desde el Open de Valencia)



Creo en ello sinceramente: no hay mejor lugar del mundo para vivir que esta Valencia española, entre Alicante y Castellón. Por sus calles, sus montañas, porque desde aquí todo parece estar cerca y , fundamentalmente, por el carácter afable y generoso de sus habitantes.
Atrás, en sus memorias, quedan las palabras de Giacomo Casanova advirtiendo de la falta de buen vino, lugares de buen comer y hombres de letras. Esta provincia es una maravilla. Que nadie lo olvide ni deje de decirlo. Lamentablemente, está llena de paradojas. Eso es lo que con rabia pienso mientras visito el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe.
Me viene inmediatamente a la memoria un artículo escrito hace unos más de diez años en su contra por el gran José Pardo Tomás (a Pepe no debería bastar con nombrarlo en un cuartiento,.debería escribirle cien cuartientos seguidos porque fue él quien, en la Universidad Autónoma de Barcelona, me enseñó a construir textos decentes que no fueran de ficción). Pues mi admirado Pepe se quejaba del desmadre que era este proyecto, de la sinrazón y falta de orden que albergaba y de la ausencia de criterios científicos e historiográficos en su planificación.
Pues me tocó ir al museo y ya estaba preparado para lo peor. He visto tantas cosas en sus alrededores. Recuerdo que cuando vino el Papa colocaron cientos de retretes portátiles junto a sus paredes, muchos de los cuales ni siquiera fueron premiados con una defecación, sólo para generar gasto y ganar comisiones. Sé que un poco más allá está el Palau de la Música y que Calatrava todavía no sabe cómo solucionar el problema de su trencadís y que, lo que es peor, nadie sabe todavía quién terminará pagando todo ello aunque se sospecha que será el de siempre, el contribuyente. Pues hoy, en el Museo de las Ciencias, me he encontrado la reproducción de la doble hélice de Watson y Crick, la doble cadena helicoidal que reproduce la molécula de ADN, una escultura de aproximadamente cinco o seis metros de altura, en medio de dos canchas de entrenamiento de tenis porque se juega el Open de Valencia y la ciencia tiene que arrimar el hombro al deporte, como si no bastara con los anabolizantes.
Así, mientras David Ferrer practica, una pelota se escapa  y alcanza la doble hélice incorporándose a ella, como si fuera una base nitrogenada: guanina, citosina o ferretina. Luego vendrá una de Andy Murray: adenina no, andenina.
El público aplaude la fuerza de sus héroes, la velocidad que alcanzan sus envíos y este cronista se da cuenta que el gran Pepe Pardo tenía razón y que aquí nunca se debió construir un Museo de las Ciencias, sino que ya que aquí parece que lo único que se hace es deporte (como diría Benjamin Black) directamente se debieron construir cinco canchas de tenis, para lo cual por cierto no era necesario el concurso de Calatrava.

17 de oct. de 2014

Cercanías Castellón



Al vagón de los médicos suben ahora también los estudiantes de medicina. Menos empotrados que los de ingeniería en los celulares, pero más o menos los mismos, sobretodo porque en algún momento del trayecto sacan la comida casera y el vagón todo se llena de olores: ajo y chorizo, fundamentalmente.
Así íbamos. Los cardiólogos, uno en cada extremo, como si tuvieran miedo de encontrarse también en el tren. El oncólogo con una bolsa de comida que recoge en el mercado central antes de llegar a  la estación. La digestóloga del otro hospital leyendo los artículos del marido. Yo, debo reconocerlo, me debatía entre comenzar a leer la novela de Roberto Iniesta (el mismo de Extremoduro), El viaje íntimo a la locura, y terminar de leer Pulp, de Bukowski, una novela que es dura de coger por cualquier extremo.Fue por uno de los dos libros o por el estudiante de ingeniería que abrió la choricera que se detuvo el tren. Siempre lo hace, pero esta vez duro diez minutos. Luego avanzó cincuenta metros y llegó a la estación de Xilxes, donde estaba detenido el tren que había partido quince minutos antes que nosotros. Allí, mi compañera de asiento (estudiante de comunicación social o medios audiovisuales seguramente) comenzó  a ver una cartelera electrónica en el andén: "Por incidencia los trenes de cercanías tienen un retraso de treinta minutos".
-¿Qué pasó?- le pregunto la amiga con la que venía cruzando las piernas desde el inicio del trayecto..
-Seguro que alguien se tiró a las vías.
-El otro día también pasó. Espero que no. Da un mal rollo.
Pasaron otros cinco minutos y esta vez hicieron el anuncio por la megafonía del vagón:
-Por accidente ocurrido en las vías el tren demorará más de media hora en llegar a su destino y en este momento procederemos a engancharlo al tren que nos precedía.
-Qué putada - dijeron los estudiantes de ingeniería. -Ese tren se para en todas las paradas. Ahora nosotros con ellos.
Todo el mundo comenzó a agitarse, alguno insinuaba reclamación, pero otro en el fondo (no era médico ni estudiante de medicina, debía ser de ingeniería) interrumpió la zozobra con una llamada telefónica a todo pulmón.
-Mamá, saca tú a la perra que el tren va a llegar tarde.
Eso dio pie para que otro estudiante (¿de ingeniería, de medicina?) comenzará a vociferar apenas a dos filas detrás de mí:
-Es que si quedó con vida yo lo mato -no se refería a la perra ni al estudiante que procuraba que no defecase en el salón. hablaba del accidente, de lo que había generado el accidente en las vías del tren.
Lo repitió varias veces y quienes lo acompañaban más bien reían.
Los médicos conservábamos la calma. Cada uno en los suyo o simplemente pensando.
-Pero, ¿Por qué demoramos tanto? ¿Por qué no lo recogen y ya está?-pregunto la de comunicación social.
Me extrañó que diera por seguro que se trataba de un intento de suicidio. Sin embargo, le respomdí.
-Es que ha de venir el juez y el médico forense.
La niñata nada dijo y me miró casi con asco, como si le hubiera pedido salir con ella. Yo seguí entonces intentando leer a Bukowski.
A los quince minutos, el tren volvió a arrancar aunque muy lentamente.
Cuando pasamos por la estación de Les Valls, aminoró la velocidad todavía más y cambió de rieles.
La chica a mi lado comenzó a gritar.
-No miren. No miren. Es espantoso -gritaba y lloraba simultáneamente.
Obviamente todos miramos.Médicos, estudiantes y uno que otro trabajador de tribunales que también sube al vagón.
Sobre los rieles, había una cabeza, una cabeza sola, sin cuerpo ni nada aunque con mucha sangre alrededor. Y, dos metros más adelante, un brazo gordísimo. tan gordo que alguno discutió todavía por cinco minutos que podía tratarse de una pierna.
-Pero, ¿cómo es posible que no lo hayan recogido todavía? - me preguntó la muchacha del asco.
No le respondí. Yo también tenía la misma duda o, lo que es peor, tenía la sensación, quizá compartida con la mayor parte de los pasajeros, de haber llegado tarde, muy tarde. 
O de no haber llegado a ninguna parte.

25 de set. de 2014

Bicicleta de médico


Pequeña y grande a la vez
Como una cuerda de violín
enrollada en el interior de un sobre blanco
junto al saco de perrubia
Como un estetoscopio, ligera
Precisa como un rayo de luz
o las ondas de un electro
Imprescindible como un ambú

Que el acto de abrirte
parezca inicialmente un malabar
que se simplifica progresivamente

Que prácticamente no suenes al rodar
como un diagnóstico feliz

Que se vea que has rodado
y tengas arrugas cicatrices óxido
pero que has sido cuidada por las manos
que ahora te cierran multiplicándote
haciéndote ocupar
un espacio mínimo en la consulta

Plegable



10 de set. de 2014

El Previno, by Mario Puzo


En una librería médica, El Padrino estaría sin duda entre los libros de medicina preventiva.
Por ello, el escritor que  lo admira puede publicar crónicas de viajes ya realizados, pero no proyectos de escritura.
Lo segundo Don Vito Corleone nunca lo perdonaría.

4 de set. de 2014

Sala de espera




Hablando de medicos y pacientes, no existe una única sala de espera. Es un asunto seguramente descuidado que se multiplica a partir de la observación detenida, el sentido común y, para advertir hacia dónde vamos, el aporte de Erving Goffman según el cual en las instituciones sanitarias no sólo existe un front space sino también un back space. Comencemos por el front space. La más conocida de las salas de espera es la del despacho o consulta privada. Normalmente es un espacio aséptico donde en horario de atención conviven miradas adustas, rostros preocupados, revistas caducadas y alguna decoración neutra que no permita saber de las inclinaciones políticas artísticas ni religiosas del médico que atiende sus detrás de la pared. Ciertamente esta situación tiene excepciones. Hay compañeros que prefieren que sus inclinaciones políticas y religiosas sean conocidas porque dependiendo del entorno eso les garantizará más pacientes o que los pacientes que ya tienen sientan reforzadas durante la espera su fe, sus creencias o simplemente su decisión al escoger galeno. Están también las salas de espera de hospitales, centros de salud y centros de consultas públicos. Mayor y universalmente atestadas de gente, lo cual en ocasiones garantiza calor, caos, ruido y una merma de las condiciones higiénicas. Esos espacios, privados y públicos, pueden también tener vida en horarios que no son de atención. Hélo aquí, éste es el back space: la sala de espera de una consulta privada puede ser el escenario de un encuentro amoroso o de su preludio y la de un hospital, ya que quizá en una de sus esquinas cuelga una pantalla, el lugar donde un grupo de vigilantes se reúnan para ver un partido de fútbol, el escenario de una asamblea de trabajadores o, en plena noche, el dormitorio improvisado de un enfermero. Sin pretenderlo, éste cuartiento ha sesgado el uso del back space y ha hecho parecer que sólo el personal sanitario puede hacer uso de él. Falso totalmente. También los pacientes: en instituciones públicas, la sala de espera es un lugar donde el paciente con problemática social asociada a su enfermedad en ocasiones pretende habitar: dos o tres horas hasta que termine la noche o, como me tocó ver alguna vez en un hospital sudamericano, todo la vida que la enfermedad permita. Este paciente era demasiado especial y había instalado una tienda de campaña en la entrada del servicio de traumatología y allí estuvo viviendo luego del alta hospitalaria durante por lo menos dos años.
Ahora bien en medicina el paciente no es el único que espera. El médico también lo hace. Espera la llegada del paciente. Y, aunque puede no hacerlo en la sala de espera convencional, lo hace en la consulta y la convierte así en su sala de espera. Se podría decir que su sala de espera es un espacio más psíquico que físico y se instala, se puede instalar, en la consulta, en la sala de juntas, en los pasillos, en el bar del hospital. Esta sala de espera puede ser un espacio dedicado a la búsqueda y/o consolidación del conocimiento, a la investigación o, ¿por qué no?, a las relaciones humanas, a la introspección o a la nada. Es el espacio en que el médico espera al paciente. Puede ser inexistente, breve o infinita. En los primeros casos, los pacientes entran uno detrás de otro, sin posibilidad de tregua o pausa. Sé de colegas que visitan pacientes en varias consultas (dos o tres) de manera simultánea. Uno detrás y al lado del otro, como churros. Y, además, lo hacen bien. Otros se toman una pausa entre paciente y paciente.
-Vamos a fumar -me decía un profesor a quien todavía venero-. Hemos estado trabajando con pacientes psiquiátricos  y esto hay que llevarlo poco a poco.
Los casos de sala de espera infinita son extraños, pero existen. Consultas con poco volumen de pacientes que existen por un capricho burocrático. O de colegas que deben cubrir una consulta durante un horario inusual. Un colega medritor que estuvo destinado en una de ellas durante dos meses me lo contaba así:
-Los viernes en la tarde no venía ningún paciente. En el primer mes, sólo leyendo los viernes, acabé 1Q84 de Murakami.
-Interesante - dije como pensando en voz alta.
-Claro que es interesante. Es un gran libro a pesar de que al final es una novela de amor.
-Perdona -lo interrumpí-. No me refería al libro de Murakami. Como empezaste a hablar de literatura, pensé en la posibilidad de escribir un cuartiento sobre salas de espera y terminar hablando de Max Aub.
-Pero, ¿por qué en Max Aub?
-Porque en México tenía una revista que se llamaba Sala de Espera.


28 de ago. de 2014

Canción de Moliterno




(cuartiento-sueño differenziato)
En la ferretería del pueblo el aire era espeso como una neblina caliente. Parecía que un elefante había estado allí, bebiendo entre las escaleras de aluminio y los capazos de paja una jarra de café con leche. Quizá fue por eso que yo pedí una hogaza de pan. Era una ferretería, pero igual me la dieron: una hogaza de pan y una especie de focaccia húmeda, manchada de tomate, que me dijeron se llamaba pipo.
Dudé cuál morder, pero me decidí por la hogaza. Qué maravilla, un buen mordisco en el centro, directo al corazón recién salido del horno de leña. Nada de cachos ni de nocachos arrancados con la mano. Éste fue un mordisco soberano, el mordisco que apenas había comprado una hogaza de pan en una ferretería. Por eso no me extrañó que aparecieran entonces muchas puertas frente a mí, cada una con la llave dentro de la cerradura. 
Comencé por la más grande. Apenas la empujé, la música me arrastró dentro. Cantaba el primo Peppino. Cantaba, bailaba y tocaba la guitarra, mientras los camareros servían vino y bocconcini di mozzarella.
En el fondo del salón había otra puerta. Detrás de ella un hombre de ojos y orejas grandísimas se ofrecía para acompañar y escuchar. Era el hombre oreja, un hombre inmensamente bueno a quien inmediatamente comencé a llamar fratello. Él me acompañó hasta la siguiente puerta. Al abrirla, un anciano que etiquetaba botellas de vino acudió a nuestro encuentro y nos ofreció una copa, mientras su mujer limpiaba concienzudamente, como si le fuera la vida en ello, una aspiradora.
-Sigue caminando-  me dijo el fratello y yo seguí abriendo puertas y recibiendo abrazos.
De una de las personas que me abrazó me impactaron sus ojos. No se lo dije pero igual lo pensé:
-Qué bonitos ojos tienes, ¿cómo te llamas?
-Valeria -me respondió la muchacha como si me hubiera leído el pensamiento-. ¿Ya fuiste a Capri? -me preguntó señalándome la puerta azul en medio de las piedras-. Allí entras, sueñas que vas a Capri y a  un autobús se le cae el cristal trasero mientras sube la cuesta. 
-Claro -le dije y le mostré una foto que había hecho con el celular.
-Te toca entonces empujar esa puerta. Es Napoli y en la pizzería del sueño debes salir bajando por la escalera de emergencia. Antes, seguramente un gigante te guiará entre las ruinas de Pompei.
Sucedió tal como Valeria había dicho pero luego desperté en la plaza del pueblo, la Villa Comunale. Yo llevaba dos bolsas de basura, una de residuos orgánicos y otra de plásticos, e intentaba dejarlas junto a un árbol sin que me vieran los policías.
-Esto es Moliterno -me dijo el fratello, que había aparecido nuevamente a mi lado-. Aquí es más fácil deshacerse de un cadáver que de una bolsa de basura.
-Tú no te preocupes, ya verás cómo me deshago de ellas y nadie me dice nada. Luego vamos a visitar la Chiesa Madre y, si nos da tiempo, subiremos hasta el Castello.
-No llegues hasta allí que no hay nada dentro. Por eso la puerta está cerrada y sin llave en la cerradura- el hombre oreja había desaparecido y quien me hablaba ahora era una muchacha que se presentó como Giuliana y cuidaba de dos niños morenos.
-¿Cómo se llama el pueblo? El hombre oreja me lo dijo pero ya se me olvidó. ¿Puedes repetírmelo?
-Por supuesto, esto se llama Moliterno. Mo-li-ter-no.