3 dic. 2016

Todas las chamas


Chama es el nombre de la última paciente que visito. Es una discreta mujer de cuarenta y cinco años que trabaja como maestra pastelera entre Valencia y Castellón. Ella no tiene nada que ver con Venezuela. Se llama Chama por decisión de sus padres, porque simplemente es un nombre posible en Marruecos, el lugar en que nació. De hecho no le presta atención al hecho de que a mí me interese tanto su nombre ni a su posible significado a diez mil kilómetros, más allá del océano. Pero para mí la palabra chama es mucho más que un nombre asignado casi al azar en las faldas del Atlas. Chamos fuimos nosotros cuando éramos jóvenes entre Valencia y Caracas aunque yo poco usaba la palabra.  "Épale, chama", podía ser un saludo frecuente antes de entrar a clases en la facultad. "Chamita, mi vida", obviamente un piropo o una manifestación de amor. Había un grupo musical que se llamaba Los Chamos y una pieza de baile, medio salsa y un tercio de rumba, alrededor de un personaje, Chamo Candela. Yo no usaba el término por eso, porque era muy frecuente, demasiado fácil y, por repetido, incluso vulgar, pero bastó que saliese de Venezuela para que las mujeres amadas se transformasen en chamas. Chama es mi madre cuando la llamo raspando una tarjeta o gracias a los céntimos que me cobra una empresa de nombre imposible, de espanto, Espantel. Chamita es mi niña cuando me hacen una resonancia en la rodilla y pienso en su rostro para tranquilizarme. Chama es la mujer que amo cuando me dice que tengo que esperarla a la una menos cuarto frente a Correos. Chama es mi comadre de Ronda, mi amiga en Santiago o la escritora que no conozco personalmente pero que igual adoro en Madrid. Chama no sólo es esta dulce (por pastelera) paciente, sino que chamas son todas las mujeres que veo y siento, no importa que no me vean ni me sientan, que lo último es demasiado complicado. Todavía más, pensándolo bien y escribiéndolo apropiadamente, chama eras tú cuando te llamaba desde el teléfono público de la Avenida Bolívar, chama otra vez comiéndonos un helado cerca de la Catedral, chama en mis sueños, chama para siempre en mi memoria..
Es imposible explicarle algo de todo esto a la mujer que está frente a mí, la paciente que se llama Chama.. Primero porque no le interesa y sería incorrecto. Segundo, porque no me entendería. Tercero porque tengo prisa: debo reunirme con unas amigas que, convocadas por Sonia, se han juntado para leer Médicos taxistas escritores y, para un medritor, el compromiso adquirido con un paciente o con un lector es sagrado y se respeta, así sea necesario saltarse la cena. Por eso, una vez hechos el informe y las prescripciones, cierro el chiringuito, salgo corriendo y sólo en la autopista tengo tiempo para pensar, con lágrimas de nostalgia y alegría, en la palabra chama.
Todo sucede muy rápido. De la consulta a la autopista, de la autopista a la lectura. Ésta es casi un preámbulo del sueño. Somos ocho o nueve personas reunidas alrededor de un libro, pero el encuentro es tan bonito y cercano, tan saludable, que cuando mi madre me llama para preguntarme cómo estoy qué he hecho, le respondo igual que cuando regresaba tarde a su casa porque me había entretenido hablando de mis sueños con las amigas que estudiaban educación mención literatura en la universidad primera:
-Bien, muy bien. Estaba porai, leyendo cuentos con unas chamas.

16 nov. 2016

Pescabros del día



Lo sabe quien me escucha y a veces me lee. Trabajo junto a una venta de pescados congelados y libros usados que yo no sólo compro sino que llamo pescabros. Hoy a la salida de la guardia he comprado dos pescabros maravillosos: El mundo, de Juan José Millás y Arquitectura Gótica Valenciana, de Francesc Pérez y Mondragón y Frances Jarque. Por menos de lo que me hubiera costado un kilo de merluza. Camino al tren, comienzo a leer a Millás casi al azar aunque siempre en las primeras páginas y encuentro la descripción de los experimentos de electroshock que hacía el padre en su Valencia natal. Era vendedor y fabricante de tecnología médica y en esa época, luego de varios errores supervisados por un médico valenciano, se había dado cuenta de la necesidad de usar corriente alterna. No puede ser casualidad, pero justo en ese momento me topo con uno de los médicos del hospital que se encarga del asunto. Es un hombre especial y siempre he admirado la exquisita construcción de sus historias clínicas. Por mi cansancio y un poco por educación, al saludarle, no le muestro el libro de Millás sino el de arquitectura. Es bellísimo, formidable. Escrito en un valenciano impecable y con fotos, anteriores a 1991, año de la edición, que son verdaderos tesoros, irrepetibles seguramente. Pensé incluso en la posibilidad de regalárselo, pero no lo hice y no me arrepiento. Le di de todas maneras el dato. Al lado de la farmacia, donde dice pescados congelados. Allí también venden libros. Estos libros me acompañan en el tren camino a casa. Cuando allí llego, en el buzón me espera otro pescabro. Es un libro comprado a través de Amazon, que también vende comida. Es un libro mío y no lo traigo a esta página por vanidad sino todo lo contrario, por auto-ironía. Lo he comprado a través de Amazon en una librería de viejo de Madrid. Giuliana Labolita, el caso de Pepe Toledo. Fue editado hace diez años en Colombia y si apareció en Madrid lo más seguro es que yo mismo lo haya llevado allí y se lo haya regalado a un amigo o conocido. Extraño, pero no hay ninguna dedicatoria. Tampoco hojas arrancadas. Al final, en la cara interna de la contraportada, un niño ha escrito: “Empezamos por la unidad uno”. Tiene toda la razón, incluso cuando de pescabros se trata, hay que comenzar por el principio.

26 oct. 2016

La caja de los pescabros


(Imagen tomada en préstamo del blog
 de Joan Baptista Campos, La garfa del dies)

Lo lamento, pero esto de los pescabros no sólo me gusta sino que me conmueve. Hoy, además de los que suelen estar sobre la mesa, hay también una caja con un lote de ellos junto amis pies. Parece más bien un cubo lleno de cabezas de pescado que el pescabrero bien podría haber tirado a la basura, pero que ha decidido vender a bajo precio. A alguno ya le han quitado las espinas, otro no tiene lomo o, mortificado, se le ven más las vísceras que la piel.
Aun así, encuentro tres títulos interesantes en cuyos ojos se aprecia todavía cierto brillo y cuya estructura garantiza un reparto regular de las espinas: El padrino de Mario Puzo, Scaramouche de Rafael Sabatini y Enemigos / Iónich de Antón Chéjov.
Los voy a pagar y la pescabrera (¿será la mujer del pescabrero?) me dice amablemente, con cariño puro.
"Ya tienes algo para leer hoy, ¿no?".
"Sí", le respondo. "El problema lo tengo con la casa que la estoy llenando de pescabros".
La mujer no ha escuchado la última parte y repregunta. Se ve que me habla más por oficio que por necesidad..
"¿Qué problema tienes?"
"Ninguno", le respondo. ·"Es que quizá mis hijos preferirían que yo comprara pescados y no libros".
"Eso seguro", dice la mujer convencida (se ve que al pescabrero sólo la une el trabajo) y, mientras me da el vuelto, todavía ríe pensando en el tiempo que he tardado en darme cuenta de algo que a ella le resulta tan evidente.

23 oct. 2016

Pequeña Venecia


El país se deshace 
inevitablemente
Se pudre se parte se va
A veces incluso parece que no existe

Duele por uno y por los demás
lo que perdimos
lo que no vimos
lo que nunca verán nuestros hijos

Duele sobre todo la impotencia
No haber sido militar ni boxeador

Más que escuchar y escribir
comprar medicinas
rezar y temblar

parece que no podemos ninguna otra cosa.

18 oct. 2016

Pescabro de la lumbalgia


El pescabro brilla en la mesa. Es nuevo, rutilante. Lo venía pidiendo desde hacía dos semanas. Botas de lluvia suecas, de Henning Mankell. Podría ser mi pescabro favorito de las últimas semanas. Es un gran éxito del pescabrero. Porque el protagonista es médico. Porque el escritor, que lo escribe antes de morir, sabe de medicina. Por tantas cosas. Además, parece casi nuevo. Como si nadie lo hubiera leído. Como si lo hubieran colocado en la mesa de los pescabros apenas dos minutos después de comprarlo en la librería. Sólo para que yo lo comprara a una cuarta parte de su precio. Para hacerlo mío a pesar del ligero olor de pescado que emana. Para que lo abriera y encontrara en su interior, en la página 56, una receta del hospital, de mi hospital, con un texto manuscrito: "Pescabro de la lumbalgia".

Golpe de bruja
este dolor que me desangra.

¿Quién lo habrá escrito? ¿Acaso un paciente agradecido? ¿Se tratará del dueño secreto de la pescabrería: paciente y pescabrero? ¿Por qué llama golpe de bruja a ese hachazo? ¿Sabrá que corresponde lo que ha escrito corresponde a una traducción literal del italiano: il colpo della strega?.
No dejo de dudar ni de leer.


Lumbalgia. 
¿Cómo puede tener un nombre tan bonito este dolor?

¿O se tratara más bien de un paciente insatisfecho?

Se cura con dexametazona y tiamina.
Se calma con dexketroprofeno. Con faja lumbar.
Pero sobre todo con tus manos
frotándome la espalda,
embadurnándome de árnica,
hija mía.

Me gusta este pescabro, no por bueno sino porque lo leo en total acuerdo con su balbuceo, tanto que comienzo a pensar si acaso soy yo quien los escribe, los mete dentro de los libros que yo mismo compro y dejo abandonados en la pescabrería, para luego comprarlos a bajo precio y con ese olor a pescado que, lo admito, me gusta. No es una confesión, faltaría más. Solo una posibilidad. 



5 oct. 2016

NI dantesco ni kafkiano


No deberían formar parte de la vida. Es lo que se siente y desea. Pero inevitablemente se sabe de ellos e integrados a la memoria, incluso si suceden a miles de kilómetros, forman parte de la cotidianidad. Hablo de crímenes, tragedias, desahucios, hambrunas, matanzas, barbaridades. Ante ellos, casi de manera rutinaria, ahora que se sabe que no es correcto usar la palabra “tercermundista”, salta una voz afectada: “Es dantesco, kafkiano”. Puede ser todavía peor. Las mismas palabras son usadas, mal usadas, luego de una jornada dura, la avería del coche, una llamada a la operadora telefónica, la espera en el centro de salud o el atraco en una carnicería. “Es dantesco, kafkiano”. A quien lo dice parece importarle un pepino no saber quién es Gregorio Samsa ni el significado que en la vida de  Dante tenía Beatrice. Ni hablar de la posibilidad de leer, de haber leído La metamorfosis o La divina comedia. Se nombra a los dos escritores como quien pide una cerveza o devora una loncha de queso curado en la barra del bar. Sólo son dos palabras, dos palabritas, que banalizan una obra infinita y, haciéndolo, rompen la maravilla literaria del espanto de uno y la absurda angustia del otro. Hay, seguro, quien celebra esta vulgarización y ve en ella un acercamiento de lo divino a lo humano, pensando quizá que si el nombre de los escritores se convierte en adjetivo común su obra será más y mejor leída, pero tal acercamiento no existe porque en la medida en que se atribuyen estos adjetivos a la cotidianidad el encanto literario se pierde y Kafka deja de ser Kafka, así como Dante ya no es Alighieri ni tampoco el autor de La divina comedia. Quien pronuncia los adjetivos no nombra a los creadores sino que se queda con dos palabras tristes,  de un uso lamentable. Igual podría haber dicho palíndromo o lepidóptero. O mejor aún, no haber dicho nada ya que tendría más sentido llorar un poco o pedir una hoja de reclamación.
Dantesco es en verdad el uso que se le da a la palabra dantesco y kafkiano que no se deje de hacerlo. Para pronunciar estas palabras, debería ser requisito imprescindible haber leído al menos cinco páginas de La metamorfosis y diez de La divina comedia. Si fuese así, no volverían a ser usadas. Primero porque no son textos de fácil lectura y pocos llegarían a la meta. Segundo porque digan lo que digan los diccionarios e incluso  las academias el espanto y el absurdo si literarios son maravillosos, sublimes, y no le caben por ningún lado a estas situaciones terribles, para nada dantescas, nunca, ni siquiera lejanamente kafkianas.

25 sep. 2016

La montaña mágica



Apenas me dijeron que a casa vendría alguien de Bad Toelz, pensé en Thomas Mann y en La montaña mágica. Leí la novela en mi adolescencia, muy cerca de la Valencia de Venezuela. En esa época era feliz, era absolutamente feliz y, con un libro bajo el brazo, iba de un lado a otro de un pueblito que se sigue llamando La Entrada, como si se tratase del principio de algo. Allí aprendí a soñar, a caminar y a escuchar, las cosas que he seguido haciendo toda la vida. Eran, de hecho, las mismas cosas que, en La montaña mágica, hacía Hans Castorp. El libro, cómo olvidarlo, lo había cogido prestado de la biblioteca de mi madre. Era uno de los tomos color  verde turquesa de la colección Nobel de Aguilar. Aquel año, ése fue el color de mi verano. Desde el desayuno a la cena mi rostro estaba metido en el libro de Mann, leyendo y releyéndolo, sufriendo con Castorp, pensando en la enfermedad y el amor, como si yo mismo fuese un paciente del sanatorio antituberculoso que la novela presentaba. Por eso había bastado una referencia para resucitar la novela en mi memoria. Por eso Bad Toelz significaba tanto para mí.
Verifiqué la referencia en Internet y, en efecto, algo de razón tenía. Thomas Mann había escrito una parte de La montaña mágica en Bad Toelz. Pedí entonces a quien vendría una foto de la casa que Mann había habitado. Como si hubiera pedido un dinosaurio. Nadie sabía dónde estaba. Insistí un poco y no pregunté más. No quería perder la esperanza. Quería mi foto. Una foto que me recordara esas tardes maravillosas de mi adolescencia.
Cuando llegó el huésped, no se lo pregunté hasta el tercer día. “¿Trajiste la foto?”. “La foto, no, pero te traje una caja de chocolates”. Como si fueran lo mismo, pensé para mis adentros y no abrí la caja hasta pasados varios días. Durante ese periodo estuve rumiando mi rabia. Contra la ignorancia, contra el siglo XXI, contra las redes sociales. Incluso los pokemones recibieron parte de mi desilusión.
Esperé la partida del huésped para abrir la caja. Pensaba que encontraría un puré de chocolates, pero no fue así: no sólo estaban íntegros y comestibles,  sino que uno de ellos venía de Venezuela, de un lugar relativamente cercano a aquel en que yo había leído a Thomas Mann por primera vez. Fui joven otra vez mientras el chocolate se derretía en mi boca. Fui joven y pedí perdón. Algo de Thomas Mann había llegado a mi casa desde Bad Toelz.

23 sep. 2016

Besos mórbidos


De la palabra obeso nace un beso que multiplica su importancia cuando enlaza con la palabra mórbido. Pensándolo, comienzo a sentirme pleno, feliz, pero una pregunta lanzada de sopetón interrumpe mi sopor: "Y tú, ¿por que comenzaste a escribir?".
Siempre he creído que la escritura literaria nace de la lectura apasionada, como si fuera un parto silencioso, una secreta continuación.
Ahora que me han quitado el beso mórbido de la boca, me recuerdo tartamudo y con acné soñando con la mujer más bella del mundo mientras metía en el rodillo de la máquina de escribir mi primera cuartilla.
Entonces soñaba con un beso mórbido y éste no llegaba. Por eso comencé a escribir. ¿Por qué?
Por tímido.
Por tartamudo. 
Porque tenía acné.

8 ago. 2016

La fiesta de los ordenadores colgados

Quienes defienden la idea de que la introducción del ordenador en la consulta ha deshumanizado la relación médico paciente colocando un artefacto que, al exigir la dedicación de las manos del primero, las retira del cuerpo del segundo deberán también admitir que cuando los ordenadores se apagan, se cuelgan o simplemente no encienden esta relación se humaniza de nuevo y los ojos del médico, para salvar la situación y el momento, intentan empatizar nuevamente con el paciente.
No es cierto del todo y tampoco mentira. Una vez introducida la informática en la medicina parece improbable la extirpación y sus beneficios lucen infinitos. Se agradece, sin duda alguna, la posibilidad del registro y la posibilidad  todavía mayor de revisar lo registrado, pero se desagradece la multiplicación del tiempo y el esfuerzo físico que exige la indicación. Lo que antes se hacía con una sola palabra o con una simple firma ahora requiere picar en nueve ventanas.
Se agradece también la exactitud ganada, pero se desagradece el tiempo que requiere y la distancia que impone entre el médico y su paciente. Concentrados en el ordenador, en ocasiones pasamos más tiempo aproximándonos a nuestro propio túnel carpiano que al del paciente frente a nosotros.

Estamos entre Ares y Benasal, pero los tenemos irrevocablemente entre nosotros. Cuando se van, por estropicio o por daño, por el programa o por el cable, nos dejan desnudos frente al paciente. Desnudos de un traje que nos hemos acostumbrado a llevar, con el que peleamos pero al que en el fondo siempre agradecemos. No se sabe qué hacer. Se comienza invocando la suerte, que la avería sea rápida, que todo pase en unos treinta segundos. En esos instantes todavía no dirigimos la mirada hacia el paciente. Permanecemos observando la nada, la pantalla detenida. Es el momento más incómodo, sin lugar a dudas. Cuando vemos que la cosa va para largo, intentamos invocar su complicidad. “Estos aparatos, caramba”. El paciente asiente aunque quizá cree que todo ha sido propiciado por nuestra torpeza. Luego tocamos una tecla y, como el sistema no responde, intentamos una tregua: “Esperamos dos minutos y si no usted va a la sala de espera y luego lo llamo”. El paciente tiene prisa. “No, no, no puedo esperar”. “No se preocupe, se hará como siempre”. Hacemos una llamada telefónica y sacamos un viejo talonario o un simple folio. “Madre mía, cuánto tiempo sin verlos”, dice el paciente a pesar de que  hace cinco años todos los usábamos. “¿Entonces va a ser como antes?” “Pues sí, como antes”.  Cogemos el papel, escribimos con una letra que desde hace tiempo sólo gastamos para firmar y, colgados, nos damos cuenta que hemos tenido un asunto humano con el paciente. Un asunto humano otra vez.

29 jul. 2016

Uno


Cuando Uno muera o deje de escribir, que es lo mismo, dirán que hay muy poco que decir, que Uno escribió cinco cuentos y empezó tres novelas, que hubo editoriales que tuvieron que cerrar luego de publicarlo, que no era precisamente un best seller, que alguna vez lo invitaron a dar una charla en Machurucuto y otra en Traiguera en medio de unos peñascos dejados caer junto a la iglesia de la Font de la Salut, que en otra publicó un cuento en la revista literaria de Zimbabwe y que Uno entonces estaba contentísimo a pesar de que él mismo había financiado la edición, que quizá era suyo el proyecto de novela sobre un fotógrafo italiano que se enamoraba de los novios y, en los álbumes de matrimonio, decapitaba a las novias, pero que nunca logró escribirle una línea. Todo eso dirán o no dirán nada, que también es probable, y por si fuera poco ya ninguna de esas cosas podría conmover o importarle a Uno. Sin embargo, la chica hermosa y despeinada que recordará que el mundo de Uno era absolutamente literario y que en la medida que envejecía iba ganando amigos y familiares para que se dejasen meter en él y se convirtiesen en lectores, escritores o personajes, esa muchacha linda tendrá razón y a Uno incluso le gustaría escucharla en vida. Quienes le conocemos sabemos que él es así y adora esos detalles nimios, periféricos, que a la mayoría de las personas parecen soberanas tonterías.

11 jul. 2016

Cazapalabras



Las palabras se las lleva el viento y el cazador de palabras sale a la calle con la misma indumentaria del cazador de mariposas. Ya que las palabras pueden ser piedras, como decía Carlo Levi, quizá debería llevar una escopeta, pero la palabra saldría herida y tampoco es la idea. Por eso sólo lleva una red y las dos orejas. Así, escucha cómo un médico le indica al paciente que se tumbe en la camilla. “¿De memoria?”, le pregunta el paciente. “Boca arriba”, insiste el médico. “De memoria, eso se dice en mi pueblo dormir de memoria”. Se entera el cazador que dormir de memoria es una expresión que se usa en algún pueblo de Teruel y que su uso encaja con una acepción de la palabra memoria, relacionada a su vez con las esculturas yacientes.

El cazador de palabras se ha estirado, ha lanzado la red de manera perfecta y ya tiene una presa en el botín. La mima, la tranquiliza. La domestica de tanto pensarla y repetirla, de tanto decírsela a los amigos. Va a todas partes con las palabras ganadas. Las lleva al bar y al trabajo. “Dormir de memoria”. Las coge con la mano y se las mete en el oído derecho. A partir de allí comienza a usarlas, a pensarlas, incluso las distorsiona. Inicialmente se acuesta en el sofá, de memoria. No está mal, piensa. Luego, se incorpora y agrega que dormir de memoria podría ser también soñar todas las noches el mismo sueño. Comenzaría con aquella casa de la infancia. “Las cosas vuelven al lugar de donde nacieron”, escribió Rómulo Gallegos en la última página de Doña Bárbara. El comenzaría a dormir soñando con  aquella casa, detenido en el rincón del jardín donde él y su hermana se entretenían jugando con las hormigas. Luego por lo menos diez minutos pensando en el patio del colegio y los paseos por la montaña. Un poco más allá, en las profundidades del sueño, pasaría por la playa y recogería algunas piedras. Visitaría finalmente el amor que conoció en la calle donde también había una farmacia y las últimas dos horas las pasaría jugando a tejer palabras y cuentos contigo. Todo de memoria, como una rutina bella apenas descubierta pero incorporada para siempre, tatuada con metales pasados en la piel de la vida. De memoria.

29 jun. 2016

Manera valenciana de perder el anillo de matrimonio



Creía haberlo escuchado todo: anillos perdidos en el césped, tirados en el retrete, caídos durante un maratón, sumergidos en una copa de vino como una promesa de traición y bacterias, todo. Incluso podría agregar mi propia versión ya que durante un vuelo de 10 horas se me helaron los dedos reduciendo su tamaño encogiéndose, y al retirar el equipaje de mano, el anillo se deslizó y lo perdí.
Hoy he escuchado algo peor: una circunstancia que sólo puede ocurrir en la Comunidad Valenciana o en otro pueblo en que también se practique la terrible aunque interesante costumbre de jugar con los toros en la calle, els bous al carrer.
Un vecino, huyendo de un toro, se encaramó en la barrera. Una vez ido el toro, el vecino se dejó caer, pero su anillo quedó atrapado en la cabeza de un clavo de la barrera. Los noventa kilos del hombre hicieron el resto: el anillo seccionó el dedo y el hombre se quedó sin anillo y sin cuarto dedo.

26 jun. 2016

Bartleby y Medico-no



En las puertas de la facultad de medicina, invitado a matricularse y entrar o a punto de recibir la primera lección, gracias a Melville pero también a Viña Matas, todos sabemos lo que habría dicho Bartleby:
-Preferiría no hacerlo.
Porque es la carrera más larga, porque exige mucho tiempo, porque no le ve sentido a gastar un año de su vida estudiando fisiología, porque es muy difícil trabajar simultáneamente, por las fiestas del pueblo, porque la carrera incluye prácticas en el hospital que no está dispuesto a asumir, por tantas cosas.
Es Bartleby, no puede hacer otra cosa que preferir el no hacerlo. Sin embargo, ya que los padres insisten, finge entrar y matricularse, finge incluso estudiar. Se instala en un apartamento junto a la facultad y todos los días sale después de desayunar, se dirige hacia la universidad y hace como si entrara. Pero no entra porque es fiel a su discurso inicial.
-Preferiría no hacerlo -dijo la primera vez y, aunque nadie lo escuchó, Bartleby es una persona a su manera coherente.
El problema de Bartleby es que siempre llega el momento en que el grupo al que pertenece le pide que se gradúe, que muestre su título y comience a ejercer.
Hay quien sigue siendo Bartleby toda la vida y se inventa una facultad interminable: exámenes, cursos, especializaciones, doctorados y, para después, siempre está  la política. De tal manera nunca llega a prescribir ni siquiera una aspirina. Es el Bartleby bueno.
Hay otros que no pueden ser ni buenos ni coherentes y de Bartleby pasan a ser Medico-no. 
Medico-no es un personaje que sin haber estudiado medicina se presenta como médico. Es trampa e intrusismo, es delito, pero también es enfermedad. Medico-no nunca estudió fisiología ni fisiopatología, pero no le importa: cree que no le hace falta para prescribir paracetamol y enalapril. El problema de Medico-no es que sólo puede terminar en la cárcel o en el periódico. Su ejercicio es, por ignorante y despreocupado, agresivo y una vez transgredida la primera norma las transgrede todas.
Los hay por puñados, porque hay algo de la medicina que resulta apetecible. Pero para mí, por su perseverancia e insistencia,  el más genuino medico-no es uno que conocí en Castellón hace aproximadamente diez años.
Cuando lo vi por primera vez, era medico-no de ambulancias. Traía los pacientes al hospital y permanecía horas conversando mientras hacía grabaciones en el baño de las enfermeras. El hombre daba clases en varias facultades y decía que tenía una y otras especializaciones. Al final, lo denunciaron más por los vídeos que por el intrusismo.
A los cuatro años volvió a atacar. Con un título falso se presentó a hacer la especialización en Alicante o Elche y, además, trabajaba para una mutua. Esta vez lo denunciaron por intruso y todos creímos que desaparecería.
Sin embargo ha vuelto. Esta vez Medico-no ha elegido Figueres para practicar un  saber del que formalmente carece. En el pueblo de Dalí, en un punto de atención médica trabajó seis meses a partir de noviembre de 2015. Terminó siendo denunciado y, en los periódicos, sus pacientes advierten que no notaron ninguna diferencia respecto al ejercicio de los médicos verdaderos.
Es una pena, seguramente, pero también una infinita tontería. En los años transcurridos desde que dejó de ser Bartleby, Medico-no habría podido estudiar varias veces la carrera de medicina. Pero, sin embargo, no lo ha hecho ya que su meta no es ser médico sino medico-no, un asunto absolutamente diferente.

2 jun. 2016

Pescabro de quien insiste


A la salida de la guardia, encuentro la pescabrería abierta y,  entre varios pescabros moribundos, La aventura del tocador de señoras de Eduardo Mendoza. No tengo ninguna duda sobre el pescabro ni sobre el autor. Sobre el primero porque en su tercera línea incluye la palabra "merluzo", lo cual explica porque lo venden en la pescabrería. Y sobre el autor porque recuerdo cuando coincidía con él en el Ferrocarril de la Generalitat. Era en la Barcelona del siglo pasado: el hombre, discretísimo, se sentaba silencioso en un rincón del vagón y yo ocultaba La ciudad de los prodigios que, hechizado, estaba leyendo por tercera o cuarta vez. De hecho, éste debe ser el quinto ejemplar tocador que compro aunque los otros los he comprado en librerías o remates de libros más convencionales. Pero este trae sorpresa: en su interior: al final del segundo capítulo, página 57, encuentro un texto manuscrito, obviamente anónimo:

Cada mañana
encontrarás mi amor
frente a tus ojos.
Estará allí
siempre
a una distancia prudente
para que puedas verlo 
y
si es tu deseo
alcanzarlo.

Este amor es así
insistente
como una piedra dolomita
o un riñón
que incluso sobrevive la muerte.

Este amor tuyo
a fuer de quererte.

Se parece tanto a lo nuestro que comienzo a dudar si acaso fui yo mismo quien dejó este libro sobre la mesa, de manera furtiva, antes de entrar al hospital hace veinticuatro horas, al comienzo de la guardia.

24 may. 2016

Perro bueno al final de la jornada



Para no atropellar un perro
la ambulancia frena
bruscamente.

Sin pretenderlo
el pobre animal
lo ha paralizado todo.
y la rotonda parece congelada
como si un ovni hubiera caído
sobre el corazón del paciente
transportado.

Mientras
el perro decide dónde ir.
Si a la izquierda
llegará a la playa
pero a la derecha
está el barrio del puerto
El Grau en valenciano.
Allí vivía hasta hace muy poco
Joan Baptista Campos
médico de ambulancia y medritor.

Perro bueno.
Por eso se detuvo
al ver la ambulancia.
Por eso dudó.
Por eso estuvo a punto
de morir.