10/9/2014

El Previno, by Mario Puzo


En una librería médica, El Padrino estaría sin duda entre los libros de medicina preventiva.
Por ello, el escritor que  lo admira puede publicar crónicas de viajes ya realizados, pero no proyectos de escritura.
Lo segundo Don Vito Corleone nunca lo perdonaría.

4/9/2014

Sala de espera




Hablando de medicos y pacientes, no existe una única sala de espera. Es un asunto seguramente descuidado que se multiplica a partir de la observación detenida, el sentido común y, para advertir hacia dónde vamos, el aporte de Erving Goffman según el cual en las instituciones sanitarias no sólo existe un front space sino también un back space. Comencemos por el front space. La más conocida de las salas de espera es la del despacho o consulta privada. Normalmente es un espacio aséptico donde en horario de atención conviven miradas adustas, rostros preocupados, revistas caducadas y alguna decoración neutra que no permita saber de las inclinaciones políticas artísticas ni religiosas del médico que atiende sus detrás de la pared. Ciertamente esta situación tiene excepciones. Hay compañeros que prefieren que sus inclinaciones políticas y religiosas sean conocidas porque dependiendo del entorno eso les garantizará más pacientes o que los pacientes que ya tienen sientan reforzadas durante la espera su fe, sus creencias o simplemente su decisión al escoger galeno. Están también las salas de espera de hospitales, centros de salud y centros de consultas públicos. Mayor y universalmente atestadas de gente, lo cual en ocasiones garantiza calor, caos, ruido y una merma de las condiciones higiénicas. Esos espacios, privados y públicos, pueden también tener vida en horarios que no son de atención. Hélo aquí, éste es el back space: la sala de espera de una consulta privada puede ser el escenario de un encuentro amoroso o de su preludio y la de un hospital, ya que quizá en una de sus esquinas cuelga una pantalla, el lugar donde un grupo de vigilantes se reúnan para ver un partido de fútbol, el escenario de una asamblea de trabajadores o, en plena noche, el dormitorio improvisado de un enfermero. Sin pretenderlo, éste cuartiento ha sesgado el uso del back space y ha hecho parecer que sólo el personal sanitario puede hacer uso de él. Falso totalmente. También los pacientes: en instituciones públicas, la sala de espera es un lugar donde el paciente con problemática social asociada a su enfermedad en ocasiones pretende habitar: dos o tres horas hasta que termine la noche o, como me tocó ver alguna vez en un hospital sudamericano, todo la vida que la enfermedad permita. Este paciente era demasiado especial y había instalado una tienda de campaña en la entrada del servicio de traumatología y allí estuvo viviendo luego del alta hospitalaria durante por lo menos dos años.
Ahora bien en medicina el paciente no es el único que espera. El médico también lo hace. Espera la llegada del paciente. Y, aunque puede no hacerlo en la sala de espera convencional, lo hace en la consulta y la convierte así en su sala de espera. Se podría decir que su sala de espera es un espacio más psíquico que físico y se instala, se puede instalar, en la consulta, en la sala de juntas, en los pasillos, en el bar del hospital. Esta sala de espera puede ser un espacio dedicado a la búsqueda y/o consolidación del conocimiento, a la investigación o, ¿por qué no?, a las relaciones humanas, a la introspección o a la nada. Es el espacio en que el médico espera al paciente. Puede ser inexistente, breve o infinita. En los primeros casos, los pacientes entran uno detrás de otro, sin posibilidad de tregua o pausa. Sé de colegas que visitan pacientes en varias consultas (dos o tres) de manera simultánea. Uno detrás y al lado del otro, como churros. Y, además, lo hacen bien. Otros se toman una pausa entre paciente y paciente.
-Vamos a fumar -me decía un profesor a quien todavía venero-. Hemos estado trabajando con pacientes psiquiátricos  y esto hay que llevarlo poco a poco.
Los casos de sala de espera infinita son extraños, pero existen. Consultas con poco volumen de pacientes que existen por un capricho burocrático. O de colegas que deben cubrir una consulta durante un horario inusual. Un colega medritor que estuvo destinado en una de ellas durante dos meses me lo contaba así:
-Los viernes en la tarde no venía ningún paciente. En el primer mes, sólo leyendo los viernes, acabé 1Q84 de Murakami.
-Interesante - dije como pensando en voz alta.
-Claro que es interesante. Es un gran libro a pesar de que al final es una novela de amor.
-Perdona -lo interrumpí-. No me refería al libro de Murakami. Como empezaste a hablar de literatura, pensé en la posibilidad de escribir un cuartiento sobre salas de espera y terminar hablando de Max Aub.
-Pero, ¿por qué en Max Aub?
-Porque en México tenía una revista que se llamaba Sala de Espera.


28/8/2014

Canción de Moliterno




(cuartiento-sueño differenziato)
En la ferretería del pueblo el aire era espeso como una neblina caliente. Parecía que un elefante había estado allí, bebiendo entre las escaleras de aluminio y los capazos de paja una jarra de café con leche. Quizá fue por eso que yo pedí una hogaza de pan. Era una ferretería, pero igual me la dieron: una hogaza de pan y una especie de focaccia húmeda, manchada de tomate, que me dijeron se llamaba pipo.
Dudé cuál morder, pero me decidí por la hogaza. Qué maravilla, un buen mordisco en el centro, directo al corazón recién salido del horno de leña. Nada de cachos ni de nocachos arrancados con la mano. Éste fue un mordisco soberano, el mordisco que apenas había comprado una hogaza de pan en una ferretería. Por eso no me extrañó que aparecieran entonces muchas puertas frente a mí, cada una con la llave dentro de la cerradura. 
Comencé por la más grande. Apenas la empujé, la música me arrastró dentro. Cantaba el primo Peppino. Cantaba, bailaba y tocaba la guitarra, mientras los camareros servían vino y bocconcini di mozzarella.
En el fondo del salón había otra puerta. Detrás de ella un hombre de ojos y orejas grandísimas se ofrecía para acompañar y escuchar. Era el hombre oreja, un hombre inmensamente bueno a quien inmediatamente comencé a llamar fratello. Él me acompañó hasta la siguiente puerta. Al abrirla, un anciano que etiquetaba botellas de vino acudió a nuestro encuentro y nos ofreció una copa, mientras su mujer limpiaba concienzudamente, como si le fuera la vida en ello, una aspiradora.
-Sigue caminando-  me dijo el fratello y yo seguí abriendo puertas y recibiendo abrazos.
De una de las personas que me abrazó me impactaron sus ojos. No se lo dije pero igual lo pensé:
-Qué bonitos ojos tienes, ¿cómo te llamas?
-Valeria -me respondió la muchacha como si me hubiera leído el pensamiento-. ¿Ya fuiste a Capri? -me preguntó señalándome la puerta azul en medio de las piedras-. Allí entras, sueñas que vas a Capri y a  un autobús se le cae el cristal trasero mientras sube la cuesta. 
-Claro -le dije y le mostré una foto que había hecho con el celular.
-Te toca entonces empujar esa puerta. Es Napoli y en la pizzería del sueño debes salir bajando por la escalera de emergencia. Antes, seguramente un gigante te guiará entre las ruinas de Pompei.
Sucedió tal como Valeria había dicho pero luego desperté en la plaza del pueblo, la Villa Comunale. Yo llevaba dos bolsas de basura, una de residuos orgánicos y otra de plásticos, e intentaba dejarlas junto a un árbol sin que me vieran los policías.
-Esto es Moliterno -me dijo el fratello, que había aparecido nuevamente a mi lado-. Aquí es más fácil deshacerse de un cadáver que de una bolsa de basura.
-Tú no te preocupes, ya verás cómo me deshago de ellas y nadie me dice nada. Luego vamos a visitar la Chiesa Madre y, si nos da tiempo, subiremos hasta el Castello.
-No llegues hasta allí que no hay nada dentro. Por eso la puerta está cerrada y sin llave en la cerradura- el hombre oreja había desaparecido y quien me hablaba ahora era una muchacha que se presentó como Giuliana y cuidaba de dos niños morenos.
-¿Cómo se llama el pueblo? El hombre oreja me lo dijo pero ya se me olvidó. ¿Puedes repetírmelo?
-Por supuesto, esto se llama Moliterno. Mo-li-ter-no.


24/8/2014

División por género de las tareas domésticas en parejas menores de 44 años que habitan en la Comunidad Valenciana (2014)



El hombre hace la compra y cocina.
La mujer ordena la compra en la despensa y, mayormente, mete los platos sucios en el lavavajillas. Si le toca cocinar a la mujer, se come fuera y el hombre paga.
El hombre cuida del jardín, el coche y todas las reparaciones menores de la casa.
La mujer entrevista, selecciona y contrata a las chicas de la limpieza.
El hombre contrata, acompaña, supervisa y paga la actividad de fontaneros, electricistas, mecánicos y albañiles cuando son necesarios.
La mujer supervisa los deberes de los niños excepto los relacionados con ciencias y matemáticas que corren a cargo del hombre.
El hombre lleva a los niños al parque. 
La mujer visita a su propia madre.
El hombre paga los impuestos.
La mujer va al casal o al club y se reúne con las amigas.
El hombre hace bricolage en el sótano.
La mujer se encarga de meter y sacar la ropa de la lavadora y mayormente contrata una persona para su planchado.

Post-scriptum:
1) Registro objetivo de datos recogidos de forma aleatoria sin interferencia de la edad, sexo o estado civil de él o los recolectores de datos.
2) Según se ha evidenciado estas actividades son realizadas de forma egosintónica y no son motivo de discusión, separación, divorcio ni cambio de sexo.
3) Toda colaboración proveniente de investigador certificado será aceptada e integrada al estudio.


11/8/2014

Rodríguez (estar de)

En el salesiano colegio en que transcurrió mi infancia tenía, uno detrás de otro y ordenados alfabéticamente por el segundo apellido, once compañeros de apellido Rodríguez. De treinta o cuarenta que éramos, once eran Rodríguez. Incluso había dos que repetían: Rodríguez Rodríguez. Supe entonces desde pequeño que Rodríguez era un apellido común y alguna vez se lo dije a uno de los repetidores, JF Rodríguez Rodríguez, que era mi amigo.
-Y Zupcic seguramente será común en el país de tu padre -se limitó a responder éste mientras Viñas García, que con los años participaría en un golpe de estado, estaría exiliado en Perú y después dirigiría el principal aeropuerto venezolano, intentaba mediar entre nosotros, para evitar que la sangre no llegara al río.
De la España que habito siempre me intrigó que el Rodríguez, el estar de Rodríguez, significase estar solo en casa, sin la mujer y los niños. Mucho más en la última semana, que han aparecido dos artículos sobre el tema, el último de ellos escrito por el admirado Fernando Iwasaki en la revista dominical de El País. Ambos atribuyen el origen de la expresión a una película  más bien discreta de José Luis López Vásquez, El cálido verano del señor Rodríguez (1965) y se maravillan de que a pesar del escaso éxito de la película la expresión haya calado tanto y permanezcan su recuerdo y uso todavía.
No es extraño que ahora los escritores escriban o escribamos sobre el asunto. Es verano y, en el Mediterráneo, con la canícula, mujeres y niños abandonan las ciudades, se van al campo, a la playa o sencillamente a los lugares de origen, dejando a los hombres trabajando y cuidando las casas.
Cada quien hablará por su experiencia y según la mía la circunstancia es especialmente infeliz. Estar de Rodríguez significa en primer lugar un mal comer porque a pesar de la experiencia que se tenga entre fogones y sartenes no es lo mismo cocinar para seis o cuatro toda la vida que hacerlo durante una o dos semanas para una sola y por si fuera poco primera persona. Significa también lavar a mano los calzoncillos porque da la impresión que no tiene sentido llenar una lavadora con ellos a pesar del tamaño que han ido ganando con el tiempo.O que, dueños absolutos del televisor, en la tonta pantalla no hay nada digno de ver y en caso de cansancio se terminará viendo los programas que por idiotas normalmente se les prohibe a los niños.
El agravante radica en que todo el mundo presume que quien está de Rodríguez está feliz y cuando lo encuentran, en la calle o en el hospital, le dedican una sonrisa pícara:
-Así que estás de Rodríguez, ¿no?
-Pues sí, de Rodríguez. No me puedo quejar.
La capciosidad implícita en pregunta y respuesta obedece al verdadero origen de la expresión que obviamente no es la película de López Vasquéz aunque ésta recoge en parte su picaresca.
-La expresión se debe -me comentó hace años un querido y experimentado compañero de profesión - a que antes cuando los maridos se quedaban solos en casa aprovechaban el tiempo yendo a los lugares de mal vivir y, si las chicas les preguntaban el nombre, para no ser recordados ni identificados, decían el apellido más común, el primero que se les venía a la cabeza y que, obviamente, no coincidía con el propio: Rodríguez.
De allí viene la expresión, el estar de Rodríguez, ya que así estaban los machos de verano en el siglo pasado: bailando, bebiendo y acariciando. En este siglo más cruel, los Rodríguez seguimos existiendo y en verano todavía metemos mano, en la cocina y en la lavadora, pero mano siempre.



28/7/2014

La más mala



Todos conocemos o creemos conocer a la mujer más mala del mundo. Fue novia, esposa, compañera del trabajo, vecina o amiga de la infancia. Una de todas o varias. En los casos más desgraciados, todas. En los menos, se trató apenas de un encuentro esporádico. En los intermedios, es posible conocerla varias veces. Primero, como novia: rubia, espigada y arquitecta. Luego, vecina: morena, enana y gerente de un banco.
-Yo ya te conocí -se aconseja decirle al apenas verla-. Pero tenías otra piel. Eras otra cosa.
Lo que siempre se repite cuando habñamos de la mujer más mala del mundo es que se trata de un espécimen dedicado al ejercicio de la maldad. Es una mujer mala, verdaderamente malvada, MALUCA.
Siendo tan mala se especializa en ocasiones en ocultarlo. Por lo que hay personas que creen que uno exagera al dedicarle un cuartiento.
Pero es muy mala. Basta mirarla detenidamente. Recordarla en dos o tres ocasiones distintas en que su maldad era instilada de forma aparentemente casual.
Es la mujer más mala del mundo aunque no todo el mundo la llama así.
-Es terrible, muy fuerte -dicen sus propios padres cuando están lejos de su influjo.
-Es como un vicio que tiene y le gusta dañar y fastidiar -dice la segunda ex-suegra.
Su psiquiatra ve en ella una paciente e intenta una mirada objetiva.
-Es un trastorno límite de personalidad.
-Pero, ¿le puede dar cita para hoy?- le pregunta la secretaria.
-Sería mejor dentro de quince días.
El sacerdote cada vez que la confiesa, sin que ella pronuncie ninguna palabra, la manda a rezar diez padrenuestros. La exime, no se sabe por qué, del avemaría.
El juez siempre le dedica dos palabras: "culpable" y "reincidente".
Siendo una y muchas, posee dones que la iglesia atribuye a sus mejores santos: es ubicua y omnipresente.
Yo la recuerdo en la universidad, maquinando la destrucción de colegas, disfrutando mientras nos hacía quedar como imbéciles, villanos y culpables simultáneamente.
La recuerdo también en uno de mis primeros trabajos en Barcelona: cinco minutos antes de la partida del tren, me pedía informes exhaustivos sólo para que yo no pudiera llegar a la estación a tiempo y tuviera luego que esperar media hora.
De su maldad no se libraba nadie y, para no ser víctimas de ella, todos la evitábamos y, si por casualidad era imposible hacerlo, sonreíamos frente a ella. Creíamos que escaparíamos así de su maleficio. Mentira también. Igual su maldad nos alcanzaba. No era que matase gatos o atropellase viejitas con el carro. Hacía, puedo jurarlo, cosas peores, mucho peores y no voy voy a desgraciar este cuartiento refiriéndolas. 
Créanme, se trata de una mujer mala, demasiado mala. Y lo que faltaba, lo poquito que faltaba para comprobarlo ha sucedido hoy mientras navegaba en Internet. Cuando en una red social tropecé con su nombre, el antivirus se dio cuenta e inmediatamente alertó:
-Se ha detectado una amenaza.
La mujer más mala del mundo es tan tóxica que incluso el antivirus gratuito la detecta. 
Pues inmediatamente apagué la computadora y salí a pasear. Necesitaba quitarme su mala influencia.

7/7/2014

La escritura

En cuanto a la realidad, la escritura es un proceso no sólo de registro sino de interpretación. Primero completa y luego interpreta y, más que curar, previene. Se me ocurre un ejemplo. Si a un hombre le interesa una mujer, fundamentalmente tiene tres alternativas. 1: No prestarle atención a su interés que para comenzar siempre habrá tiempo. 2: Prestarle atención y actuar en consecuencia: comenzar a seducir o dejar que se lo hagan. Y 3: Escribir un cuento a partir de su interés (recomendada).
Si ha seguido nuestra indicación, el lector sabrá cómo es esta mujer, la conocerá más que nadie, habrá estado presente en sus sueños y ella en los de él, posiblemente incluso conviva con ella y juntos realicen viajes inmemoriales. Luego, a las catorce semanas, lo dejarán y durante unos meses, cuando le pregunten por el amor, el lector dirá que se trata de una mentira.
Tal como lo habíamos dicho, la escritura completa e interpreta la realidad, fundamentalmente previene sus efectos más nocivos.

5/7/2014

Cuartientos veredes


1. Admítase que hay partidos de fútbol divertidos y que ciertos jugadores, eventualmente, construyen sobre la hierba dibujos (por jugadas) deliciosos. Se admite. Pero de allí a convertir el fútbol en un nuevo orden mundial en que los jugadores y su público se preparan con ánimo bélico, animados por políticos y artistas, admirados por niños y jóvenes, hay una clara y exagerada diferencia. Eso es terrible, pero no es de muy lejos lo peor. Da la impresión que el planeta todo es gobernado por los caprichos de un hombre, un hombre solo, del que poco o muy poco conocemos a excepción de alguna fechoría. No es Obama, tampoco el Papa Francisco, Putin o el extinto Bin Laden. Se trata de Josep Blatter y sólo mencionarlo da grima.

2. Ciertos vecinos han elegido el camino del fondo para que defequen sus perros, Al menos dos o tres kilos de heces fecales son depositados diariamente allí, junto al jardín de un hombre taciturno, de quien nadie hasta ahora podía referir la tesitura de su voz. Hace dos semanas, cansado de tanto perro, distribuyó entre los vecinos hojas que tenían  impresa una sola palabra aunque con letras muy grandes: "RECÓGELA". Como su intervención no fue entendida o, si lo fue, no surtió efecto, hace una semana comenzó a amontonar en el inicio del recorrido una mezcla de heces fecales y pegamento. Todos los días los recoge y los coloca sobre el trabajo de días anteriores. La figura ya tiene por lo menos un metro y, más que un perro, parece un hombre. Me le he acercado y, dando por obvio que se trata de una escultura, le he preguntado por el título. "Recógela". Esa fue su respuesta. Apenas.

3. La belleza ahora multiplicada de las mujeres de mi infancia. No puedo evitarlo. Veo las fotos actuales de las mujeres que conocí en el siglo pasado y me detengo, no puedo hacer otra cosa, en sus ojos, su sonrisa y su pecho. Algunas incluyen incluso cintura y piernas. También las veo. Encantado frente a ellas, contemplo la multiplicación de una belleza que cabalga inevitablemente entre los cuarenta y los cincuenta años. Imagino que si las tuviera frente a mí, escucharía sus discursos o recibiría sus libros, pero a través de Internet, vulgar usuario de facebook, no puedo hacer otra cosa que ver sus fotos y comprobar mayormente que en ellas la maravilla ha crecido, se ha multiplicado, que sus labios y sus pechos se han enriquecido con el tiempo y seguramente el quirófano. Lo advierto públicamente y mi hijo me pregunta qué veo de extraño en ello.
-Realmente nada. Es que si las hubiera visto así de bellas hace treinta o veinticinco años, nunca habría publicado ni siquiera un libro.
-¿Por qué?- Alessandro tiene diez años y, se ve, le gusta el asunto de pedir explicaciones.
-Porque me habría dedicado a contemplar su belleza todo el tiempo.

4. La familia organiza una fiesta entre primos desde hace tres generaciones. Cada vez hay menos interés pero, como las mujeres han parido tanto, también este año somos más.



7/6/2014

Del patio que quiso ser jardín y ahora pide ser patio de nuevo


Fui tonto, lo sé. Veía los jardines tan limpios, tan arreglados, que pensé que también a mí me sentarían bien el rigor y semejante compostura. Fue por eso que pedí ser jardín y, en el fondo, lo confieso, no esperaba que me fuese concedido. Inmediatamente vinieron las máquinas: el cortacésped, las turbinas, la pulverizadora, el aspirahojas. Me llenaban de ruido dos o tres veces por semana. Me llenaban de polvo, me golpeaban, me aturdían. Me quitaron las piedras, se las llevaron diciendo que eran feas e irregulares. Mis piedras queridas. Luego trajeron otras sintéticas, diminutas, pero las dispusieron en forma de sendero hacia la puerta del fondo. Trajeron también plantas que no conocía y enterraron tubos para lo que dijeron sería el riego automático. He intentado el soportarlo durante semanas, meses, años quizá. Pero ya no puedo más. 

Quiero ser como soy
asimétrico
y para nada perfecto. 

Quiero que se vea la tierra 
que contengo
que no me oculten 
con hierba
y nadie venga 
a segar
a cortar
a pulverizar.

Quiero que se acumulen las cosas
en los rincones
y de ser posible
que alguien encuentre la paz
acariciándome
con un rastrillo
arrancando yerbajos
con las manos
de vez en cuando
tranquilamente
buscando en mí la serenidad
necesaria
para continuar
el camino.

Ya que puedo elegir
a ser el de los senderos que se bifurcan
prefiero ser el patiecito
de Ramón Palomares.



30/5/2014

Perro verde a la salida de la guardia


Un perro verde
se alza
tercero
sobre dos mochilas
una sobre otra.

Un perro verde sostenido
con hilos desde el cielo
de ojos vivos
defiende
vida y propiedades
ajenas.

Un perro verde
saluda
el final de la jornada
el comienzo de otra.

Un perro verde
demuestra.

Un perro verde
veinticuatro horas son muchas
fueron tantas cosas
hubo tanto dolor
se escapó tanta sangre
pero ni multiplicadas por mil
serían suficientes
para sanar
pobre médico de guardia
no digo las heridas del mundo
sino las de una comunidad
apenas
que comienza a partir
de este perro
monolito
sereno
preguntando qué has hecho
señalando
qué has dejado sin hacer
aquello imposible porque no vino.

Un perro verde no azul
que se atraviesa
en el camino a casa
justo en la salida del hospital.

18/4/2014

De cómo incluso un caimán puede parecer un intelectual

Se trata de un procedimiento sencillo. Sólo son necesarios dos requisitos: tener más de treinta y cinco años y comprar un dispositivo electrónico (teléfono, tableta o simple reproductor de contenidos) de pantalla táctil. El deterioro oftalmológico, la lentitud de los dedos desplazándose sobre la pantalla (intentando cambiar el instintivo pinchar por el roce) y la necesidad de saber cómo funciona el aparato se encargarán del resto. Por su aspecto, todos creerán que el caimán (o la caimana, recuerda que Cuartientos es un espacio plural que cree firmemente en la superioridad del género femenino), que el bicho en cuestión es un intelectual. No importa que esté jugando Zombie highway, Crazy dentist o Candy crush.

5/4/2014

Heraldo en Bárbula



Hoy tengo ganas de morir no sé por qué dijo el paciente y parecía César Vallejo luego a la puta rubia la voy a matar si me la llego a encontrar fuera del hospital se enterará no sabe lo que le espera en un tono destripador inspiraba algo terrible miedo Jack mucho miedo y seguramente un gran dolor un inmenso dolor capaz de cualquier cosa fue entonces cuando comenzó a agitarse parecía un animal quizá lo era ¿no había sido hacia tan poco Vallejo? igual mordió la mano de la celadora le arrancó casi un dedo estilo Mike Tyson la enfermera decía yo no me le acerco qué va me da miedo a pesar de que llevaba la olanzapina en la jeringa zyprexa así no es imposible que lo sujeten y lo hicieron se fue quedando dormido grande y tranquilo no se movía y apenas abría la boca para respirar y pedir comida un niño ahora dulce angelical esperando crecer y vivir aprovechar la primera oportunidad de recitar a Vallejo sin ni siquiera leerlo.



30/3/2014

Me gusta: narcisismo, histeria y banalidad en las redes sociales




Quizá todo comenzó con la canción de Manu Chao: "Me gustan las estrellas, me gustas tú". No me extrañaría, es tan precaria esta historia. O simplemente a partir de la facilidad y ambigüedad del gesto. Con lo difícil que antes era expresar atracción o simplemente decirlo: se temblaba, se sudaba frío, hasta finalmente balbucearlo, "me gustas". En cambio ahora sólo basta tocar una tecla o un trozo de la pantalla. A partir de entonces, una persona le puede decir a otra que le gusta, se puede gustar a sí mismo o puede decirle al mundo que le gusta el comentario sobre una tragedia, dejando a la interpretación libre si lo que te gusta es la tragedia o el comentario que se ha hecho sobre ella. Por si fuera poco no existe el no me gusta. Sólo te puede dejar de gustar algo que te ha gustado previamente. Se trata -¿lo he dicho ya?- de una forma de vida en que todos nos gustamos, en que nos tenemos que gustar, como si el gustarse fuese de antemano positivo. La red social ha sido programado para que nos gusten las cosas, buenas o malas, no para otra cosa. Antes la gente se medía por centímetros y monedas. Ahora se hace por contactos (que antes tenían mayormente una connotación negativa) y , fundamentalmente, por likes. Esos bichitos crecen, se multiplican, prometen algo que no dan. Cuestan tan poco, pero son la más viva ejemplificación de la histeria del siglo XXI. Hacen posible lo imposible: que a una persona le gusten diez, cien, mil cosas en un solo día. Es imposible. Que  a una persona le guste todo, como si estuviera en manía; que lo exprese a diestra y siniestra, como si la histeria que habita quisiera seducir constantemente, a diestra y siniestra, por delante y por detrás. 
Por si fuera poco, como sucede con las peores substancias, el like agrada y recompensa inmediatamente. Una vez consumido un like, es necesario un segundo. Lo gustado o quien lo ha posteado se siente narcisísticamente acariciado, consentido, multiplicado por cada uno de los roces que se han hecho sobre su idea o su imagen. Así se alimenta Narciso. Así aumenta su pene o crecen sus tetas. "Tengo sopotocientos likes", dice cualquiera y todos quedamos estupefactos como si fueran millones en la cuenta, que es más o menos lo mismo y no merece tampoco estupefacción, o como si fuera una idea, una sola idea realmente interesante. "Tengo sopotocientos likes", digo o pienso yo mismo -todos estamos en esto, compadre, y da grima sólo hablar en tercera persona, como hacen los jóvenes psicólogos- y puedo llegar a creer que mi idea es buena. Mentira podrida, la idea o la foto puede ser malísima, pero los likes han sido dados por razones que no tienen que ver con su calidad. Venga, vamos a inventarnos ocho, así, para salir del apuro, sin pensarlo mucho:
1) Porque es barato, porque no cuesta nada.
2) Porque es una forma de decir que yo pasé por aquí.
3) Porque así tú recuerdas que yo siempre te tengo en cuenta.
4) Porque ayer tú me diste cuatro likes y si no te devuelvo algo quedo en deuda contigo.
5) Porque no tenía nada que hacer.
6) Por error: estaba manipulando el celular y sencillamente quería agrandar la foto.
7) Por que luego el dislike puede ser ofensivo.
8) Por histeria, por una histeria que conozco, ya que estoy psicoanalizado.
Histeria y banalidad hasta ahora. Pura histeria y banalidad. Así, sólo así, se puede explicar que una estupidez como "Tengo cuatro pares de zapatos y no sé cuál ponerme" pueda acumular más likes que dedos puedan albergar los ocho zapatos en cuestión. El problema es que esos cuarenta y cuatro likes pueden satisfacer de tal forma al emisor inicial que se creerá en la obligación de repetir al día siguiente una huevonada parecida. Es el Narciso en acción y, para que no se crea que sólo estoy hablando de putas (una disgresión obscena alrededor de la duda de los zapatos) lo mismo puede decirse y hace algún profesor con los libros: "Tengo cuatro libros sobre la mesa de noche y no sé por cuál comenzar". Likes como páginas. Mil, mil quinientos likes que luego lo obligarán a revelar en un post el libro que Narciso escogió, en cuánto tiempo lo leyó (rápidamente, seguro, ¿acaso no es Narciso?) y las siete razones por las que no le gustó el libro en cuestión. Muchos más likes.
Como pienso entonces que está demostrado, narcisos, histéricos y banales podemos ser todos, incluso los que más lo nieguen, grupo en el que por cierto no me encontrarán. El asunto es que la red social vive y se multiplica (en dólares, no en likes) explotando conscientemente nuestras posibilidades, concientes o no,  de serlo.
Eso es lo que hay. Pero cada uno de nosotros puede abolirlo si quiere. Es lo que yo propongo, no usar el like de la red social. Tampoco el compartir, que es un sucedáneo imbécil. Si te gusta algo, divúlgalo como se hacía en el siglo pasado: llama a un amigo y se lo cuentas. O si eres demasiado moderno, envíale un e-mail con el link. Si no lo haces así y sigues usando el like, voy a pensar que no te ha gustado mucho este cuartiento. 

24/3/2014

Venezuela, la nueva Yugoslavia

(publicado en NAR, Nuestra Aparente Rendición, el sábado 22/03/2014)



1) A la Venezuela petrolera de mediados del siglo XX llegaron europeos de todas las nacionalidades. Venezuela era entonces un país que recibía italianos, españoles, portugueses, alemanes, holandeses. Extrañamente, un país de diásporas, Yugoslavia, mandó pocos emisarios y algunos de los que llegaron realmente querían ir a América (la de habla inglesa en el Norte) y llegaron a Venezuela por un error que pretendían subsanar con prontitud. Ellos entonces poco tienen que ver con que Venezuela se haya convertido, en lo que va de siglo XXI, en una nueva Yugoslavia. Sin embargo, entre los que llegaron, había un escritor, Salvador Prasel, que escribía perfecta y maravillosamente en castellano y que se quedó en Venezuela hasta dejar familia, obra y luego morir. En una joyita de novela (Adiós, hogar), retrata la disolución del Hogar Yugoslavo que alguna vez fue constituido en Caracas. Los croatas se pelearon con los serbios. Unos y otros creían tener la razón, pero igual arrasaron con el hogar. Incluso se pelearon por el retrete y lo destruyeron, lo terminaron destruyendo. Los bosnios los vieron. Algunos tomaron parte. Otros, Salvador Prasel entre ellos, se limitaron a escribir. Sus paisanos no paisanos (los otros yugoslavos) miraban con verdadero odio su irreverancia. Decían del gran Salvador Prasel que era un un tipo raro, demasiado extraño.

2) Antes de este odio infinito entre unos y otros venezolanos, la comparación más evidente que se podía hacer a partir de Venezuela era con un rico país petrolero africano, Nigeria o Camerún. Pero esa posibilidad siempre ha molestado a unos y otros venezolanos, que siempre han mirado por encima del hombro a cualquier país africano y a la mayoría de los latinoamericanos. Los venezolanos estamos acostumbrados a la grandilocuencia. Nos viene de Simón Bolívar, que liberó y fundó países a diestra y siniestra; de Pérez Jiménez, que pretendía un país modélico, el mejor de Latinoamérica; de Carlos Andrés Pérez, que con una mano metía de contrabando a Felipe González en España y con la otra daba discursos en Nicaragua celebrando la caída de Anastasio Somoza; de Hugo Chávez Frías, que creyó o hizo creer a varios millones de venezolanos (los serbios-los croatas fundamentalmente) que el petróleo de su subsuelo podía sostener a Latinoamérica toda. Venezuela siempre se ha creído grande, demasiado grande, muy superior a todo lo que la rodea, hasta el punto de que el único parangón aceptado con naturalidad ha sido con Arabia Saudi: hijos de la Venezuela saudita, se llamaban a sí mismos los venezolanos antes de que el siglo XXI y el chavismo estallaran como una granada demostrando su verdadera pobreza. Un país que ahora resulta hermano, Cuba, siempre fue visto como un primo desventurado al que se le daban ayudas pírricas a pesar de que desde sus entrañas se alimentaban conspiraciones contra la Venezuela bipartidista, de Acción Democrática y Copei. Con la Yugoslavia que reventó Europa en los noventa, hasta ahora no parecía haber razones para plantear paralelismos. Demasiado lejana, llena de nombres impronunciables, muchos muertos, muchas violaciones. Quizá ahora ha llegado el momento iniciar la búsqueda de similitudes. Yo comenzaría por la belleza. Seguramente, todos los libros escolares cantan la belleza de su país, pero cuando los libros escolares venezolanos cantan la belleza venezolana y dicen que es uno de los países más bellos del mundo seguramente no se equivocan. Hablo de las playas a pesar de la industria petrolera. Hablo de sus islas, de sus montañas, hablo de la Gran Sábana, de los Tepuyes, del río Orinoco, de los Andes. Pero también hablo del ambiente multicultural, rico y plural que alimentaba sus ciudades hasta hace bien poco. La antigua Yugoslavia y los países que nacieron de ella también conocen la belleza. Como muestra dejo un botón: el maravilloso archipiélago que crece en el Mar Adriático, frente a las montañas, apenas separados uno y otras por una franja de mar y una carretera estrecha, estrechísima. Hay otras comparaciones posibles, su infinita riqueza. Con y sin el subsidio de la URSS, Yugoslavia era un país muy rico antes de que estallara la guerra de los Balcanes. Venezuela tambien, hasta el punto que no ha sabido que hacer con su riqueza. En los años setenta, los políticos socialdemócratas impulsaron la creación de infraestructuras que ahora, sin el mantenimiento adecuado, parecen elefantes a punto de morir. Otros dineros, cantidades ingentes, infinitas, siempre han sido devorados por la corrupción. Antes de Chávez y con él. Éste, además, con el dinero, creó las misiones, nacionales e internacionales. Tenía tanto dinero que no sabía qué hacer con él. Habrá seguramente quien piensa, los croatas-los serbios, que más le hubiera valido comprar millones de rollos de papel higiénico y guardarlos en la reserva, pero él decidió, con el permiso de muchos venezolanos, los serbios-los croatas, impulsar una Latinoamérica nueva, la misma de siempre según los croatas-los serbios, pero embadurnada con un lenguaje empalagoso, raro, a veces delirante: el verbo de Chávez, del Supremo Comandante Hugo Rafael Chávez Frías, según los serbios-los croatas.

3) Allí hay otra comparación posible. Para que Yugoslavia se disolviera y se rebalcanizara, no sólo debió desaparecer el Muro de Berlín y disolverse la URSS. Primero, diez años antes, murió Josip Broz Tito. Él amalgamaba ese crisol incomprensible. Su poder, su carisma lo permitían. Bastó que muriese para que ese parapeto, que era innatural, que juntaba la chicha con la limonada, se desvaneciese y unos y otros se convirtiesen en enemigos capaces de matar y violar, de robar y morir. En Venezuela, no sólo debió morir Chávez. Se pretendía inmortal, pero murió precozmente (los serbios-los croatas) aunque nadie podrá decir jamás con exactitud cuándo lo visitó la muerte (los croatas-los serbios). Murió porque lo envenenaron (los serbios-los croatas), pero algo de culpa seguramente tuvo Fidel Castro (los croatas-los serbios) que pretendía que un discípulo suyo administrase el grifo petrolero (los croatas-los serbios), un discípulo, Nicolás Maduro, que es el hijo de Chávez, que es su imagen y semejanza, que es lo mismo que él como igual podría serlo cualquiera de los venezolanos (los serbios-los croatas) que crean en su palabra, que desayunen escuchando canciones de Alí Primera, que se crean negros hijos de negros, descendientes de esclavos, aunque sean hijos de adecos y copeyanos y sus padres hayan pateado Miami en los años setenta comprando artículos por pares, por docenas. Pero es que no sólo murió Hugo Chávez. La noticia de su muerte vino acompañada de deudas, de préstamos chinos, de carestías, de desabastecimiento. Con ellos, Venezuela ha evidenciado la Yugoslavia que tenía dentro.

4) Cuando en Europa o en Asia, incluso en Estados Unidos, se encuentran dos o más latinoamericanos empiezan a hermanarse, recuerdan algunas canciones comunes, elogian el maíz y coinciden alabando las virtudes futbolíticas de brasileños y argentinos. Sólo discuten cuando se trata de decidir cuál es el país más peligroso. Cada quien escoge el suyo, seguro. Pues ahora no hay duda: la violencia de Venezuela, de todas sus ciudades, grandes y pequeñas, es tan grande que las madres (las croatas-las serbias) llaman a sus hijos en el extranjero y les piden que no las visiten, que por favor no vayan, que no vengan, que no vale la pena. Las otras madres también lo hacen (las serbias-las croatas) aunque con un discurso diferente: éste es el momento de la lucha, no vengas, quédate allí donde estés y divulga nuestro credo, multiplica la palabra que nos dejó el Comandante. La violencia venezolana tiene en todo caso dos ingredientes que la diferencian de la violencia natural del sub-continente. En primer lugar, la degradación del lenguaje propiciada por Hugo Chávez Frías que, en lugar de contener, multiplicó la furia del pueblo. Para él simplemente era una herramienta que consolidaba su liderazgo y lo mantenía en el poder. Por si fuera poco, después de su muerte, a pesar de los esfuerzos y de los antiprofesores contratados, ni Maduro ni Cabello logran repetirla. La gente en la calle sí la tiene y la llaman arrechera. Con ella, con esa arrechera, es más fácil (para los serbios-los croatas y para los croatas-los serbios) ofender que disculparse, disparar que hablar. Es un hecho anecdótico, pero refleja algo de la situación. Dos curas fueron asesinados hace ocho semanas en Valencia. Los asesinos no eran croatas ni serbios, quizás eran tres adolescentes bosnios. Y los mataron porque sí, para robar un poquito un cáliz, los huesos de un santo, la limosna de la semana vaya usted a saber por qué. El problema es más grande porque Chávez repatió armas por todas partes, invocando la defensa popular del estado, la unión de pueblo y gobierno, de la sociedad civil y los militares. Así, en un ambiente violento por naturaleza, con odio, sin lenguaje, con armas, la mesa está servida. Actualmente en Caracas es más fácil conseguir un revólver que un rollo de papel higiénico, una escopeta que un kilo de harina de maiz.

5) No hay papel higiénico, harinas, jabones. No hay café, no hay azúcar. No hay nada casi nunca, pero cuando hay la gente no permite que los productos lleguen a los anaqueles de los supermercados, interceptan el paso de las cajas, las abren y cogen tres y cuatro paquetes. Acaban con el suministro en un santiamén. Eso lo hacen los serbios-los croatas y los croatas-los serbios, lo hacen todos porque ni la nevera ni la despensa, mucho menos el hambre, conocen sutilezas. Hay, sí, ciertas diferencias. En parte es una carestía creada artificalmente por el gobierno. Sólo en parte, porque debido a la mala gestión, abolidos la producción local y muchos mecanismos de distribución y comercialización, el estado carece de recursos y mecanismos para resolverla. Sólo lo hace episódicamente, cuando puede y cuando quiere, donde quiere y donde puede, preferiblemente en las zonas donde habitan más los serbios-los croatas. Por eso es más fácil que un serbio-un croata tenga una buena reserva de harina de maíz a que la tenga un croata-un serbio.

6) Los serbios-los croatas eran bosnios hasta hace quince años y votaban por Acción Democrática y Copei. Pero Chávez contactó con ellos, con algo muy interno e intenso, incendió una llama apagada y les hizo recordar que los serbios-los croatas venían de Bolívar, pero que antes venían (tenían que venir) de los negros esclavos, que debían asumir que venían del desamparo a pesar de que hubiesen estado becados toda la vida por los gobiernos social-demócratas o demócratas-cristianos. Todos hicieron la primera comunión y fueron bautizados, pero gracias a las ideas del comandante se hicieron esotéricos, brujos, eclécticos, sincréticos, yorubas, y comenzaron a sacrificar animales. Cuando en 1989 Fidel Castro visitó Venezuela, invitado por Carlos Andrés Pérez, estos serbios-estos croatas lo criticaron, como todo el mundo. Luego, con Chávez, aprendieron a amarlo y comenzaron a cantar canciones en las que Cuba y Venezuela son países hermanos. Los serbios-los croatas son cinco o seis millones y odian, fundamentalmente odian a los croatas-los serbios. Porque dicen que éstos son ricos, porque son proyanquis, porque son extranjeros, porque son los amos del valle, porque son los culpables de todas las desgracias del país a pesar del tiempo transcurrido desde que Chávez comenzó a mandar. Para un serbio-un croata si no hay harina de maíz (qué importante es la harina de maíz en el país de las arepas) la culpa la tienen los croatas-lo serbios o sus valedores políticos: Capriles Radonski (el Chuki Luky según Maduro), María Corina Machado (la Chuky Loca), Leopoldo López (el Chuky Nosequé). Los serbios-los croatas defendían a Chávez, lo amaban, se sentían identificados con su discurso. Chávez efectuó una transmisión de poderes con Maduro que aunque no ha sido cien por ciento efectiva, como diría Michael Corleone, ha dejado atados la mayoría de los contactos. Ahora los serbios-los croatas defienden a Maduro. Se han llamado pueblo, milicias, comunas. Ahora se llaman colectivos. Algunos van en moto, con pistolas, escopetas, parecen tonton macoutes, prometen arrasarlo todo. Lo importante no es Venezuela, es Maduro, a mi Comandante Chávez no lo toca nadie, carajo. Los serbios-los croatas son buenos, son hijos y nietos de buenos venezolanos. O de buenos canarios, sicilianos, piemonteses, gallegos, holandeses, alemanes. Pero han sido convencidos con el verbo del comandante, con una ayuda, una casa, un mercado popular cerca de casa, una operación milagrosa, con el bombardeo constante de los medios de comunicación o la posibilidad de graduarse de médico en el extranjerode la necesidad de odiar a los croatas-los serbios. Gracias a esa convicción, a pesar de su bonhomía habitual, son capaces de insultar, de atropellar y, si fuera necesario, matar a uno o a mil croatas-serbios por un quítame aquí esta paja, que en este caso quiere decir "no te metas con mi comandante Chávez, tampoco con su hijo Maduro". A ese ánimo, es necesario agregar que cuentan con el apoyo de las fuerzas policiales y militares porque los serbios-los croatas son el pueblo y el lema que ahora impera es el de la unión cívico militar. Por ello, cualquier atropello o barbaridad cometida merece la indulgencia no sólo porque ha sido cometida defendiendo una creencia santa, cuasi religiosa, sino que además ha sido perpetrada contra uno o varios fascistas (hijos de puta, coños de madre), imperialistas, proyanquis, culpables de la ruina del país y del subcontinente todo, capitalistas cabrones que sólo quieren enriquecerse cada vez más y más: los croatas-los serbios.

7) Los croatas-los serbios también eran bosnios hace quince años. Es que sencillamente hubo una época en que todos éramos venezolanos. Como todos, alguna vez fueron adecos o copeyanos o hijos de adecos y de copeyanos. Otra cosa es imposible porque los partidos de izquierda en Venezuela nunca obtuvieron más de doscientos o trescientos mil votos. Están obstinados, no los toleran ya, les dan grima los cambios que ha sufrido el país. Donde antes había un centro comercial ahora hay una tienda estatizada, decorada con la bandera de Venezuela, donde no se consigue un carajo. En el canal en que antes veían una telenovela ahora les ponen a cada rato una cadena recordando a Chávez o, gracias a Maduro y a Diosdado Cabello, imitándolo. No toleran esas voces, esas canciones, esa palabra que se repite: revolucionario, revolucionario, revolucionario. Se sienten comprometidos con la necesidad de salvar al país. Sienten invadido al país. No toleran la intromisión cubana. Creen que Cuba hace todo esto por interés, para quedarse con el petróleo, con el dinero del petróleo. No entienden de misiones porque las misiones no los benefician. La mayoría están metidos en listas negras y, ni siquiera pidiendo perdón, tendrían acceso a las prebendas del gobierno. Ven cómo el país se está desmoronando. No entienden cómo en medio de tanta ruina, Chávez-Maduro entrega miles de millones de dólares a otros países a cambio de médicos y técnicos deportivos, pero también de putos votos en la OEA. Son, cómo no, acusados de fascistas, pero ellos creen que los fascistas son los serbios-los croatas. Cuando un policía utiliza la fuerza de manera desmesurada en una manifestación creen que se trata de un policía cubano y eso es posible porque las fuerzas de seguridas están tomadas por Cuba. Se irritaban por la rimbombancia de Chávez y, ahora mucho más, por la eternidad que los serbios-los croatas parecen atribuirle. Ven en Maduro un hombre sin estudios ni preparación, un chófer de autobuses que ni siquiera es venezolano. Cuando ven viajar a las hijas de Chávez se les ponen los pelos de punta. De un lado al otro del mundo, en primera clase, gastando un dinero que nadie explica de dónde proviene. Cuando escuchan cantar a la hija de Diosdado Cabello una canción dedicada al Comandante, obviamente les vienen la nausea y el vómito, no importa que no hayan comido. Se sienten odiados y tienen miedo. Pero están dispuestos a defenderse, a riesgo de perder la vida, como y cuando sea necesario.

8) Hay también otra forma de ser yugoslavos en Venezuela: ser bosnio. Este es un venezolano al que no le importa mucho la política, que nunca se benefició de los derroches bipartidistas y que tampoco ahora tiene acceso a las misiones. Los bosnios siempre se han quejado del precio del plátano, de las caraotas. Pues ahora no sólo están caros sino que no se consiguen. Se quedan encerrados en sus casas y ven desde la ventana cómo pelean los-serbios-los croatas y los croatas-los serbios. Tienen miedo desde el principio de la película y ahora, además, hambre. Los serbios -los croatas les ofrecen protección, pero ellos desconfían. Los croatas-los serbios les piden que se animen, que se incorporen a la lucha para salvar el país, pero los bosnios no se animan. Hay falsos bosnios, como el empresario Gustavo Cisneros que ahora aparece pidiendo la intermediación del papa a pesar de haberse convertido en serbio-en croata para salvar sus empresas y que le permitieran trasladarlas a Estados Unidos. Pero también hay hijos y nietos de bosnios que, sin beber la leche de los serbios-los croatas ni la de los croatas-los serbios, salen a la calle porque sienten que la situación es insostenible, que no tiene sentido vivir así, que seguramente hay otra forma de vivir en Venezuela que no sea hacer colas larguísimas en el supermercado para que en él no haya nada. Son jóvenes imberbes en su mayoría que se alimentan de las redes sociales. Van a manifestar y allí los matan. Van más de veinte, pero podrían ser cien o mil: ¿acaso los números importan cuando se habla de cadáveres?

9) Así las cosas, Venezuela (la nueva Yugoslavia) tiene que terminar mal. No hay que ser militar estadounidense para darse cuenta. De hecho ya ha terminado mal porque este odio, este enfrentamiento, significa la disolución práctica del país y el venezolano, el ser venezolano, ya no existe: ahora están los serbios-los croatas y los croatas-los serbios. Quizá alguien pienso sobretodo en los militares venezolanos, en los intelectuales foráneos que creen que éste es un asunto de izquierdas o de derechas y en las personas todas que se niegan a dialogar quiera ver más sangre, más hambre, más miseria. A saber si las verán. No tiene sentido hacer predicciones sobre algo tan vivo, tan doloroso. En todo caso, algo de lo peor ya ha pasado y es que, sin papel higiénico para limpiarnos el culo, como si estuviéramos en la última página de una novelita de Salvador Prasel, los serbios-los croatas, los croatas-los serbios y los bosnios nos estamos peleando por el retrete del Hogar Yugoslavo.