24 may. 2016

Perro bueno al final de la jornada



Para no atropellar un perro
la ambulancia frena
bruscamente.

Sin pretenderlo
el pobre animal
lo ha paralizado todo.
y la rotonda parece congelada
como si un ovni hubiera caído
sobre el corazón del paciente
transportado.

Mientras
el perro decide dónde ir.
Si a la izquierda
llegará a la playa
pero a la derecha
está el barrio del puerto
El Grau en valenciano.
Allí vivía hasta hace muy poco
Joan Baptista Campos
médico de ambulancia y medritor.

Perro bueno.
Por eso se detuvo
al ver la ambulancia.
Por eso dudó.
Por eso estuvo a punto
de morir.

17 may. 2016

Pescabro de quien espera




En la venta de pescabros, escogí uno. No tenía escamas ni caratula. Intuí que era un pescabro, pero he de reconocer que parecía una agenda. Fui a pagar y mientras la cajera apuntaba la referencia, me atreví a decírselo.
"Mitad libro, mitad pescado".
Sus manos con olor, con inevitable olor, me devolvieron el engendro.
En su mirada, creí leer una pregunta: "¿Será éste el hombre que dice que yo soy una pescabrera?"
No intenté responderle. Salí del local y, ya en la calle, en lugar de meter el libro en la mochila nueva, lo abrí al azar. 
No era una agenda, sino más bien un cuaderno de anotaciones. 
En la página abierta junto al Parque Ribalta había un poema, "Pescabro de quien espera":

Quien espera
se activa
cuando recibe 
el mensaje
señalado

No se despereza
ni se mueve lentamente
sino que
todo lo contrario
corre y se desboca
como si todo lo esperado
formase parte de la carrera

Por eso parece que ama más
que corre más
que vive más 
rápido.

Pero simplemente ama cuanto soñaba durante la espera

Corre con la perfección que había planificado
cada gesto cada movimiento
durante tantos años de amor
Infinito y secreto.

Cuando terminé de leerlo, era yo quien parecía un pescabro. Por eso fui a cortarme el pelo en la barbería de Mohamed Jabri, el mejor barbero de Castellón


11 may. 2016

Novelas

Lo decía Enrique Vila Matas el año pasado al recibir su merecido premio en Guadalajara. La novela no va hacia donde él, un escritor que la ha intentado refundar como si de un corazón se tratase, creía. Se le pueden abrir nuevos atrios y ventrículos al corazón humano, es el secreto de la vida. Pero con la novela habría pasado algo que la ha desterrado de los caminos de la cardiología sentimental: le ha pasado que no le ha pasado nada.
En esos mismos meses, un amigo mexicano también novelista, Carlos Velázquez, hablaba de las novelas con ketchup. Según él, vivimos una época en la que todo el mundo parece tener una novela bajo el brazo y el que no la tiene se la manda a hacer como antaño los vestidos.
Ninguno de los dos se equivoca y es por eso que mi memoria no los deja tranquilos y los recuerda a pesar del tiempo transcurrido. Ambas versiones son ciertas y cada vez se publican más novelas en las que no pasa nada a excepción de su anécdota y el tiempo invertido por el lector en leerlas. Los personajes se mueven, dicen barbaridades, pero la novela no camina. Permanece detenida como si se le hubiese acabado la gasolina. El problema no es un problema, es una perogrullada: se editan las novelas que se  venden y se compran las novelas que se editan. El editor ha aparcado el afán cultural, el que nos mantiene vivos, y justamente quiere recuperar el dinero. Por eso, cortando por lo bajo, editores y lectores comparten gustos y cada vez abundan más las novelas planas, fáciles de leer, lineales, como las películas que se pueden ver con un ojo cerrado. Pasa lo mismo con la fruta del supermercado. Está allí, fácil de comprar. Es bonita, simétrica, cada una igual que la otra, como si las hubiesen hecho con un molde, pero el plátano sabe igual que la manzana.
Por eso cada vez hay más novelas y frutas. Con la novela no pasa nada y la fruta no alimenta. Ninguna de las dos tiene sabor. A mí en cambio, como lector y escritor, me sigue gustando la fruta con asperezas y de mirada torcida. La fruta rara. Como las novelas de antes, las que ahora se venden poco.

6 may. 2016

Misa en clave de gol



El ruido que venía del interior de la iglesia era ensordecedor.
Pensé quizá que el cura bautizaba el niño de una familia no creyente y que por eso aprovechaba para descargarse. Imaginé a los padres cabizbajos y la abuela materna a punto de iniciar una protesta. Pensé también, pero lo descarté inmediatamente, que la iglesia se había convertido en una sala de cine y los vecinos se congregaban en ella para ver el sorteo del campeonato de fútbol.
Continué caminando y, treinta segundos después, mi confusión aumentó porque a través de la ventana del bar pude ver que junto a la barra estaba el cura viendo precisamente el sorteo del campeonato.
No pude entonces reprimir mi curiosidad y regresé hacia la iglesia. Hice una cosa que en los últimos veinte años solo he hecho cuatro veces: cuando me casé y en el bautizo de las tres niñas.
Abrí la puerta y entré. En el primer banco tres ancianas estaban sentadas frente a un televisor gigantesco que reproducía la misa. De allí venía el ruido que se escuchaba al pasar frente a la iglesia.
Las ancianas parecían extasiadas. Yo permanecí viéndolas por lo menos un minuto, sesenta segundos en los que seguramente el sorteo futbolero terminó porque también pude ver cómo el cura entraba por la sacristía, apagaba el televisor y bendecía a las señoras.
La misa habia terminado

21 abr. 2016

La lectora ideal


Cuando aparece la lectora ideal, la escritura sigue siendo la misma pero la vida cambia.
Ella te da origen  y sentido.Te protege con sus ojos y cada página que pasa es una caricia en en las sienes. Te enteras de sus comentarios. Si tienes suerte los escuchas de su boca. Si es el mejor día de la vida, estás sentado frente a ella: la puedes ver y tocar, quizá la hueles.
"Entendí lo que publicaste ayer, yo siento lo mismo", te dice y tú sonríes porque cualquier cosa que haya podido leer la escribiste para ella. Pensando o sin pensar, pero para que la leyera ella. No era una carta de presentación. Era toda tu vida preparada para que cuando ella la visitase palabras y registros se mostrasen lentamente y fuese posible escoger y comenzar. Aquélla fue la tristeza que querías que conociese. Ésta la alegría. Ya hace mucho tiempo, aquella rabia: quizá no la vuelvas a sentir más.
"Menos mal que viniste", te atreves a decirle.
"Estaba pensando lo mismo", asiente ella.
A partir de ella, la escritura sigue siendo lo que era. Buena o mala, regulera. Pero tú vas feliz, contento porque aquello que haces tiene destino. Te sientes generoso e incluso te permites pensar en los colegas escritores. Premiados, superventas o suplicantes ante los editores. Calma, calma, calma. Todos tenemos una lectora ideal. Ya aparecerá la vuestra.

18 abr. 2016

La lección de Eco



Dos días antes de su muerte real, soñé que Umberto Eco moría bajo la sombra infinita de una morera. El detalle cronológico me permitió adelantar a todos y, cuando se abrió su testamento, yo ya estaba organizando, siempre en el sueño, unas jornadas en su honor. De un lado estaban los peces, que defendían el valor de El nombre de la rosa. Del otro, los cartílagos. Yo era uno de éstos a pesar de lo mucho que en su momento disfruté la novela y su película. Defendíamos los ensayos, la idea de que la mayor contribución de Eco se encontraba en sus ensayos, no en su narrativa, tampoco en sus recomendaciones para terminar la tesis. De hecho estaba a punto de leer un texto sobre Dolenti declinare cuando, de repente, anunciaron la prohibición. Primero sonó una trompeta. Luego la voz de un gigante: en su testamento, Umberto Eco solicitaba  que en los próximos diez años no se promoviesen homenajes ni celebraciones en su nombre o memoria. Aunque tenía cuarenta y ocho horas de ventaja y el percal todo vendido suspendí la programación y esta vez fui yo quien fue a reposar bajo la morera. Sin morir, claro, pero tampoco sin despertar. No había siquiera roncado cuando una hoja cayó sobre mi cabeza y, al cogerla, vi que traía mensaje: “quizá dentro de diez años nadie sepa quién es Umberto Eco”. Mira qué morera más sabia y estudiada. Una morera lectora, admiradora de Eco. Una morera universitaria.  “Y no tendría nada de malo”, agregó un gato que suele merodear esos terrenos esperando pájaros y ratones. Del gato sé que no es sabio y que nunca ha pisado la universidad. Es un holgazán empedernido. Habla por hablar y si esta vez acertó fue casualidad, pura casualidad. Fue entonces cuando comprendí que me había adelantado un poco y que, para organizar el evento, debía haber esperado por lo menos treinta y dos días. Mis cuarenta y ocho horas, que inicialmente eran ventaja, se convirtieron en desventaja: qué pena. Pero mejor todavía: entendí que la literatura no tiene nada que ver con homenajes ni actos, que no se escribe ni se lee para trascender, que nada o muy poco trasciende y, si lo hace, no depende de la intención primigenia. Que se escribe para disfrutar y comunicar. Umberto Eco, el hombre que lo sabía todo, lo dijo, lo quiso decir en su testamento.

12 abr. 2016

Lo que es capaz de hacer la compañía de trenes


Gorda y ávida que es, la compañía de trenes me maltrata y me hostiga. Me atosiga. Llega tarde a todos los encuentros. Me hace esperar. Me obliga a llegar tarde. Me somete a infinitas sesiones en su interior, siempre usando absurdos pretextos. Se inventa usuarios estrafalarios para que me hagan compañía.
Impresentable y absurda.
Mentirosa.
Perversa.
Me ha obligado a pasar junto a cadáveres, incluso una vez sobre ellos
Me ha multado.
Bruja.
Ridícula.
El otro día amaneció con la puerta cerrada.
Estrecha.
Luego se presentó en forma de autobús. ¿Cómo puede una compañía de trenes disfrazarse de autobús?
Falsa. Hipócrita.
Para subir al autobús fue necesario esperar que bajaran los borrachos.
Perdida.
Y, cuando subí, me detuvo la bocanada etílica.
Borracha perdida.
El interior del autobús parecía la tripa infinita de un burdel, repleto de piernas que dormían la mona, de bocas que eruptaban y de vez en cuando maldecían. Estuve a punto de bajar pero una mano amiga me detuvo.
-Siéntate allí, Slavko.
Pude finalmente sentarme en el asiento plegable del revisor, yo que no reviso ni los textos, apenas a diez centímetros del parabrisas, como para que me matara.
Malvada.
Hoy incluso el tren paso de largo frente a mi estación. Para que yo no me bajara.
Manipuladora.
Y yo no pensaba decir nada, ni siquiera quejarme.
Fue entonces que vi la chaqueta del imbécil que iba sentado a mi lado.
Era una chaqueta normalita, ni muy usada ni poco, normal de abril, abrileña.
Pero a la altura de los hombros tenía cosido un escrito.
"Skinhead catalans". Esa mierda era lo que decía. Y el tipo con el coco medio pelado y los rasgos gruesos, como un buen skinhead que se odiaría a sí mismo si le fuera posible verse.
Entonces, luego cambiarme de asiento, claro, no vaya a ser que.., entonces fue que arremetí contra la compañía de trenes.
Estúpida, ¿acaso es necesario hacer todo esto para que te escriba un cuartiento?

5 abr. 2016

Intervenidos


Armado de lámparas y pinceles, el fotógrafo de mi infancia, todo un adelantado de su tiempo, logró darle un carácter borroso a las fotos que (se pretendía) registrarían los primeros gestos de mi vida y la de mi hermana. Por su culpa y por los años que han pasado desde entonces, el recuerdo que tengo de esa época es difuso e impreciso como un sueño. En él, las fronteras no existen, los bordes se pierden y la cortina del fondo de su estudio (que era verde, bien lo recuerdo), cambia permanentemente de color y se convierte en mar,  cielo o montaña según el estado de ánimo (¿la inspiración?) de las manos que habían alterado la realidad, eliminándola casi, haciendo prácticamente inútil el uso efectuado de las que entonces eran las cámaras fotográficas más modernas de mi Valencia natal. Consecuencia de su pasión intervencionista, fueron dos cosas. En primer lugar, el rumor de que sus fotos no eran tales sino retratos ya que (se dijo una vez y mucha gente lo creyó así para siempre) para ahorrar dinero la cámara carecía de carrete y su trabajo era pictórico, no fotográfico. En segundo, unos lunares en las mejillas y el cuello que nos regaló en su obra a mi hermana a mí y que, sin que sea necesario decir cómo, mis hijos han heredado realmente. De esos lunares quería hablar hoy. Por años han sido importantes para la familia y los niños mismos. Cuando mi madre llama, pregunta por ellos, no por los niños. Cuando los despierto los fines de semana, lo primero que hago es ver sus lunares. El dermatólogo los controla semestralmente y en ellos también se ha fijado el fotógrafo del colegio. "Qué lunares más guapos tiene tu hijo", me dijo cuando el mayor iba a primer grado. Este fotógrafo es un genio del retoque, un portento del photoshop, del photoscape y del paintshop. Si no acude la mitad de la clase a una sesión de fotos, es capaz de hacer la foto con la mitad presente y, a los dos días, presentar la imagen con la clase completa. En sus fotos, quien estaba sentado aparece de pie, quien llevaba una camisa de cuadros aparece con una camiseta del equipo de fútbol y así. Contrario al fotógrafo de mi infancia, éste sólo persigue la realidad, la reivindica y, si ésta no aparece, la justifica y la presenta. Nada de sueños ni de líneas borrosas. El otro día se lo dije y le conté cómo un fotógrafo in(ter)ventor hizo que en nuestra familia aparecieran unos lunares. No le pareció bien ("Podría ser una enfermedad, con eso no se juega", dijo antes de hundirse nuevamente en su despacho) y, a los dos días, nos llegó a casa un sobre del colegio con una nueva versión de la fotografía de las clases de los niños. Son las mismas fotos, los mismos niños, idénticos profesores. La única diferencia es que en ellas mis hijos no tienen sus lunares. Mago que es, el fotógrafo del colegio los ha borrado y yo, por un momento, pensé que el cambio sólo sería posible en las fotos, pero debo admitir que no es así: en la piel de los niños ahora no hay ninguna marca, ni lunares ni cicatrices, y nadie en la familia los nombra, como si nunca hubieran existido.Incluso han desaparecido los lunares de las fotos primigenias, mías y de mi hermana. El trabajo de estos fotógrafos es completo, casi perfecto, y de nuestros lunares (míos, de mi hermana y de mis hijos) sólo queda huella en este cuartiento.

28 mar. 2016

Y los Beatles, ¿cuándo?




Una amiga me escribe desde La Habana y me cuenta que fue al concierto de los Rolling Stones. A pesar del gentío, la pasó bien, pero hubo una cosa que la impactó profundamente, hasta el punto de recordarla como la más importante de la velada. Al final del concierto, una anciana que estaba a su lado se dirigió a sus nietos y les hizo una única pregunta: "Y los Beatles, ¿cuándo?".
No intentaré reproducir aquí los apuros que pasaron los muchachos al intentar responderle, pero no puedo no aprovechar la oportunidad de su pregunta para evidenciar la boludez que significa, no presentar a The Rolling Stones en La Habana de hoy, sino intentar vender los siete minutos que esta vez duró "Satisfaction" como un gesto relacionado con la apertura, el cambio ("Las cosas están cambiando, ¿no?", preguntó Jagger al público) o el deshielo. No hay ninguna duda, The Rolling Stones es un gran grupo y los siglos que suman las caderas de sus integrantes nos llenan de esperanza a todos. Son tan buenos y obvios que es imposible hablar mal de ellos. Eso son Mick Jagger y sus amigos como músicos, pero como motor de esperanza política resultan pesados y anacrónicos como un avión soviético (de marca Lada). No tienen nada que ver con la Cuba de hoy. Primero porque al pueblo cubano los únicos Rolling que le importan son los propios Castro, que terminen de rodar y desaparecer. Segundo porque el evento tuvo más promoción en el resto de occidente que en la propia Cuba. Tercero, porque el daño que han hecho los Castro es irreparable y por eso es que, aunque lleven a los Rolling diez veces más si encuentran el dinero para pagarles, no pueden presentar ya a los Beatles. Porque por mucho que se intente retroceder el tiempo como si fuera la cinta de una película, hacerlo bien es imposible y John Lennon murió hace tanto tiempo y Cabrera Infante tuvo que partir y Reinaldo Arenas también y mucha gente desconocida ha sufrido y llorado en silencio (dentro y fuera de la isla) por culpa de Raúl y Fidel. 
No es que yo quiera vender desesperanza. Es que no veo razones para sostener la esperanza.Y la miseria que han sembrado los Rolling Castros no puede ser redimida por ningún concierto.

13 mar. 2016

El tren



La primera vez que leí “El guardagujas”, de Juan José Arreola, nunca había subido a un tren. El tren del cuento, que el protagonista espera para llegar a T, fue el primero de mi vida, por lo que a partir de entonces, al menos para mí, todo tren es un asunto literario y cada vez que subo o bajo de un vagón, no importa que sea ave o mamífero, dentro de mí contacto con el pasajero del cuento, con su guardagujas  jubilado en la estación desierta y con el mismo Arreola, a quien alguna vez conocí mientras daba una charla, borracho perdido, a cuarenta kilómetros de Málaga.
Estoy hablando de mi tren, un tren que desde hace más de treinta años tiene forma de libro. Cada minuto es una página, cada estación un capítulo. En ocasiones, más que un libro, parece una biblioteca y, libro tras libro, el tren puede hacerse infinito: promete un viaje sin tregua en que el número de la página es la potencia de la ventana. Nada de locomotoras empujadas con fuego ni rostros cubiertos de hollín. Mi tren se mueve a la velocidad de los besos y, si se toca la tecla adecuada, puede llegar a la estación de destino en apenas un segundo.
Hay también momentos reales que he vivido como un usuario común. Recuerdo un coche cama en que compartí litera con un hombre de setenta años que me refirió que, cinco años atrás, su madre lo había denunciado por intento de homicidio. No pude cerrar los ojos ni siquiera un segundo y, cuando llegué a Salamanca, ni siquiera me despedí de él. O la historia verdadera de unos primos italianos que en tres generaciones nunca han pagado un boleto ya que siempre se casan con trabajadores ferroviarios.
En los últimos años, además,  el tren es mi lugar de trabajo. Desde el último asiento del primer vagón, no sólo he escrito capítulos enteros de novelas y leído libros magníficos, sino que también he escuchado conversaciones entre jueces y médicos, visto crecer noviazgos que incluso han llegado al divorcio y sobre mi hombro han caído lágrimas, migas de pan e incluso trozos de chorizo.

Por si fuera poco, el tren ahora es cada vez más lento, como si regresara a los orígenes y fuera necesario introducirse otra vez en el cuento de Arreola. No hay problema, mi tren es literario y desde él puedo asegurar que el lector, el buen lector, es el único usuario que agradece los retrasos y las obras.

9 mar. 2016

Mi hermana


Mi hermana en el cielo llora por mí.
Tanto que he llorado yo por ella
claro, no como mi madre y mi tía
pero ahora no es por ellas
que mi hermana llora
a raudales
es por mí
donde sea que esté
entre lágrima y lágrima
pobre Slavko, mi Slavkito
mira cómo estás hecho unos zorros
si es que tú no naciste para vivir
deja que juguemos otra vez
ven aquí lindo.

Pobrecita mi hermana
muerta y encima llorando
no llores por favor
no llores más
tus ojos míos
húmedos sabes que no puedo verlos
no te preocupes por mí
concéntrate en tus flores
vigila tus huesos
el araguaney
alimentado con tu sangre
no llores, mi amor
que yo voy a estar bien no te preocupes
cuidaré de todos
regaré las plantas podaré los árboles
me encargaré:
aunque siga vivo
me esforzaré para mejorar
y estar bien.

24 feb. 2016

Quehacer del médico que escribe



Seguramente le sucedió a Alfred Döblin, a Antón Chéjov o a William Carlos Williams. Un poco menos a Carlo Levi y Pío Baroja, que medicina estudiaron pero ejercieron muy poco. En verdad puede pasarle a cualquier médico que compagine el cuidado de sus pacientes con la creación literaria. No sólo a los grandes y famosos, sino también a los pequeños y desconocidos ya que, al margen de la insípida división del saber en números y letras, literatura y medicina son ejercicios afines, pulseras que pueden convivir rodeando una sola muñeca sin rencillas ni problemas. Pudo haber sucedido y sucede todavía porque el paciente también conoce a su médico. Antes de acudir a la consulta, el paciente indaga, pregunta, busca. Equivale a la formación del médico antes de toparse con su patología. Durante el encuentro, también el paciente realiza su exploración: observa y ausculta aunque no registra en la historia. Luego, tiene en la casi totalidad de los casos la firma del médico, su nombre por complicado que sea, y en ocasiones no se resiste a introducirlo en google. A partir de allí, elabora su hipótesis, hace un diagnóstico y propone tratamiento. En ocasiones es solamente una pregunta que formula en el siguiente encuentro: “¿Usted es el médico que escribió el libro sobre…?” Allí el diagnóstico es apenas impresión, todavía no es juicio. El paciente duda y se enriquece al hacerlo. Piensa en la posibilidad de la homonimia, en que el escritor sea un primo del médico y no el médico mismo. No se deja convencer por la foto borrosa del periódico. En otras ocasiones, cuando la seguridad impera, el paciente arranca el coche desde la tercera: “A mí también me gusta escribir”. Un encuentro de este tipo no tiene por qué ser cien por ciento agradable. Por eso y porque definitivamente altera el encuadre, la ortodoxia lo recomienda fuera de la consulta. Mucho más si, para hilaridad del enfermero, la presentación es seguida de una recomendación: “¿No ha pensado en la posibilidad de acudir a un taller de escritura? Le ayudaría mucho”. Hay también una versión bonita en que a partir del mutuo reconocimiento se produce un intercambio de ideas o, ya que la escritura comienza como un ejercicio de lectura,  de fuentes bibliográficas. “El escritor del que hablo es una maravilla”, recomienda el paciente y el médico coge nota para, un mes después, con el libro definitivamente cerrado sobre la mesa de noche, agradecer la recomendación. Otra posibilidad, a pesar de ser literaria, no incluye palabras. Para bien o para mal, los ojos del paciente contienen el diagnóstico, pero su boca no lo pronuncia. La consulta es una película sin suspense: se trata de un espacio al que médico lleva su técnica, su saber y (el paciente lo sabe bien) su mirada (su herida) literaria.

21 feb. 2016

Club de lectores busca



(de la prensa de hoy)
Club de lectores (atléticos, buen rollo, inmejorable compañía, excelente conversación, gran capacidad de comprensión, con más de diez horas a la semana de actividad lectora) busca escritor (interesante, prometedor o ya consolidado, pero fundamentalmente sano) para actividad literaria a realizar en ambiente privilegiado (buen rollo otra vez, en medio de la naturaleza, con vistas a ciudad importante y al Mar Mediterráneo, excelentes vinos y mejor atención) en las próximas semanas. 
Debido a que nuestros tres últimos invitados han fallecido en los días previos a la actividad señalada (uno por accidente de tráfico, otro en la la silla del odontólogo sin que se le conocieran antecedentes alérgicos y el último por infarto al miocardio) generando así grandes pérdidas materiales (programación y anulación de la actividad, alquiler de espacios, publicidad, catering y cata de vinos) y espirituales (lectura de la obra, sesiones de estudios, preguntas no formuladas, sensación de vacío y duelo al conocer la noticia del deceso), los escritores interesados deben enviar junto a la nota biobibliográfica copia de informe de reconocimiento médico* realizado en los últimos tres meses y  nota certificada declarando ser no fumadores o ex-fumadores durante por lo menos cinco años y no consumir más de quince unidades de alcohol a la semana.
Esperamos de esta forma contribuir a mejorar el estado de salud de nuestros escritores, manifestamos que gustosos atenderemos todas las solicitudes que sean enviadas si las postulaciones cumplen los requisitos mencionados previamente y, aunque sabemos que ninguno lo piensa, nos reafirmamos en la idea de que nuestro club no tiene nada que ver con la muertes sucedidas ya que sólo habíamos sostenido conversaciones telefónicas o intercambio de e-mails y mensajes de whatsapp con los tres autores en cuestión .
Animaos ya. Os estamos esperando. Venga. No seáis cobardes. Juntos podemos revertir esta macabra tendencia con la que, a pesar de lo que insinuado por los otros clubes de lectura, nosotros no tenemos nada que ver.

* El informe ha de incluir resultados de analítica (hemograma, bioquímica y coagulación), copia de electrocardiograma y de informe de prueba de esfuerzo, curva espirométrica e informe de bodytac, realizadas todas estas pruebas en los últimos tres meses. La analítica ha de contener perfil lipídico, función renal, transaminasas hepáticas, hemoglobina glicosilada en caso de padecer diabetes mellitus, CEA y  PSA si el escritor es de género masculino y su edad es mayor de cincuenta años. 

15 feb. 2016

Kalalú


Es menester que los amigos de un escritor publiquen libros: la mayoría son escritores. Cuando los libros son buenos, apetece reseñarlos y  a menudo se imposta una voz con pretensión objetiva que intenta convencer al lector de la maravilla encontrada.
Esta vez no puedo hacerlo porque se trata de Juan Carlos Méndez Guédez, mi amigo, mi gran amigo, cuya novela, El viaje de Madame Kalalú, ha sido recientemente editada por Siruela. En sus páginas, no sólo encuentro un libro magistral que me permite conocer un personaje, Emma Sáez, quien como si fuera hija del gran Fregoli cambia permanente (de nombre y aspecto), viaja sin parar a lo largo y ancho del mundo, destruye y construye fortunas, crece y se multiplica, sino que también me paseo por la amistad prolongada con Juan Carlos.
El escritor  lleva más de veinte años haciendo viajar sus personajes. No hay historia de Juan Carlos Méndez Guédez que comience y termine en el mismo continente. Sus personajes no paran y, de un avión a otro, desconocen la posibilidad del siniestro aéreo. Eso desde El Libro de Esther que en 1999, en el siglo pasado, publicara Lengua de Trapo. Pero mucho más en las tres últimas novelas: Chulapos mambo, Los maletines y El viaje de Madame Kalalú. En esta última, Emma Sáez se confiesa ante una monja en estado vegetativo: le dice que fue bailando cómo descubrió su poder transformista y a partir de él cómo puede hacer desaparecer una obra de arte de su locación original en Noruega y, sin moverse de la silla, sólo haciendo una o dos llamadas telefónicas, hacerla aparecer en El Prado. Es un prodigio la novela. Suave y profunda, llena de sentencias que desvelan la gran inteligencia del autor: un escritor que ha crecido tantísimo, que se ha hecho mayor, verdaderamente grande, en este momento uno de las mejores referencias de la literatura hispanoamericana.
El amigo, Juan Carlos, es mi amigo de siempre, mi hermano grande. No ha cambiado, desde que lo conocí hace veinticinco años siempre está allí. Él para mí, para lo que yo necesite. Y yo para él: es el hermano que la literatura me ha dado.

8 feb. 2016

Hacia una comprensión patológica de la literatura

No es maníaca la emoción literaria. No figura en el DSM, tampoco en la CIE, ni en la IX ni en la X. No  es posible saber de ella buscando en el índice del Harrison, tampoco en el Vademecum. Y, en una historia clínica informatizada, ni siquiera haciendo trampa sería posible introducirla. Igual que el (des)amor, la emoción literaria no cabe en ninguna de estas listas. No está, es imposible encontrarla. A priori, parece demasiado sencilla la respuesta si acaso su ausencia ha generado alguna pregunta: no es patológica, la emoción literaria no es patológica, no tiene por qué formar parte de estos elencos taxonómicos, ni de los viejos ni de los que vendrán. Además, es egosintónica: porque si no fuese así bastaría con cerrar el libro, salir al jardín y podar las palmeras. Y, ya que ha quedado demostrado que el miedo que las novelas de caballería generaban en la sobrina y el cura amigo de Don Quijote era infundado, sabemos que no es dañina. Pero que nadie diga que es normal aunque para algunos resulte frecuente. No puede ser normal tanta maravilla, tanto goce. Que una persona sienta que su pensamiento se multiplica en o por las quinientas páginas de una novela es un milagro, es el milagro literario. Páginas, universos que se abren ante nosotros y nos permiten ingresar en ellos. Miradas convertidas en letras que nos seducen a cincuenta centímetros de nuestra presbicia. La posibilidad de creer que somos capaces de incluso mejorar el desenlace en un arranque taquipsíquico que nunca se concreta. “Así es la literatura”, podríamos decir a viva voz. En efecto, así es: absoluta y complementaria al mismo tiempo. Con la ventaja de que es posible gozar siempre de su compañía. Desde los cuentos revelados en la primera infancia hasta los que nos puedan leer más allá del deterioro cognitivo. La literatura, en forma de lectura o de escritura, se ofrece para acompañarnos siempre con emoción e inteligencia. En lo bueno y en lo malo. En la salud y en la enfermedad. Muy mucho en la enfermedad. En la montaña, en la playa y en el desierto. A través del libro o del e-book. Sólo la medicina, el amor y la música pueden ufanarse de cubrir un espectro tan amplio, pero con la literatura no hay régimen laboral, no hay guardias nocturnas ni complementos extraviados. No hay ni siquiera desengaños, tampoco promesas. ¿Sólo emoción y pensamiento? También palpitaciones, ciclotimia, exoftalmos, insomnio o hipersomnia, cérvicodorsalgia, rizartrosis quizá. Literatura pura, nada de patología.