8 feb. 2016

Hacia una comprensión patológica de la literatura

No es maníaca la emoción literaria. No figura en el DSM, tampoco en la CIE, ni en la IX ni en la X. No  es posible saber de ella buscando en el índice del Harrison, tampoco en el Vademecum. Y, en una historia clínica informatizada, ni siquiera haciendo trampa sería posible introducirla. Igual que el (des)amor, la emoción literaria no cabe en ninguna de estas listas. No está, es imposible encontrarla. A priori, parece demasiado sencilla la respuesta si acaso su ausencia ha generado alguna pregunta: no es patológica, la emoción literaria no es patológica, no tiene por qué formar parte de estos elencos taxonómicos, ni de los viejos ni de los que vendrán. Además, es egosintónica: porque si no fuese así bastaría con cerrar el libro, salir al jardín y podar las palmeras. Y, ya que ha quedado demostrado que el miedo que las novelas de caballería generaban en la sobrina y el cura amigo de Don Quijote era infundado, sabemos que no es dañina. Pero que nadie diga que es normal aunque para algunos resulte frecuente. No puede ser normal tanta maravilla, tanto goce. Que una persona sienta que su pensamiento se multiplica en o por las quinientas páginas de una novela es un milagro, es el milagro literario. Páginas, universos que se abren ante nosotros y nos permiten ingresar en ellos. Miradas convertidas en letras que nos seducen a cincuenta centímetros de nuestra presbicia. La posibilidad de creer que somos capaces de incluso mejorar el desenlace en un arranque taquipsíquico que nunca se concreta. “Así es la literatura”, podríamos decir a viva voz. En efecto, así es: absoluta y complementaria al mismo tiempo. Con la ventaja de que es posible gozar siempre de su compañía. Desde los cuentos revelados en la primera infancia hasta los que nos puedan leer más allá del deterioro cognitivo. La literatura, en forma de lectura o de escritura, se ofrece para acompañarnos siempre con emoción e inteligencia. En lo bueno y en lo malo. En la salud y en la enfermedad. Muy mucho en la enfermedad. En la montaña, en la playa y en el desierto. A través del libro o del e-book. Sólo la medicina, el amor y la música pueden ufanarse de cubrir un espectro tan amplio, pero con la literatura no hay régimen laboral, no hay guardias nocturnas ni complementos extraviados. No hay ni siquiera desengaños, tampoco promesas. ¿Sólo emoción y pensamiento? También palpitaciones, ciclotimia, exoftalmos, insomnio o hipersomnia, cérvicodorsalgia, rizartrosis quizá. Literatura pura, nada de patología.

30 ene. 2016

Los pederastas



Los pederastas trabajaban en el Colegio Don Bosco de Valencia, en el siglo pasado. Valencia, la de Venezuela, justamente frente a la casa en que nació José Rafael Pocaterra. Eran curas y profesores aunque ninguno llevaba sotana. Estaba el cura administrador que daba besos sentidos detrás de las orejas. Otro cura, el consejero, invitaba a los niños a su habitación y les pedía que se masturbasen mientras él apuntaba detalles para su tesis. A los alumnos destacados de las recientes promociones los habían convertido en profesores, en jóvenes profesores, y éstos abusaban de los alumnos más pequeños. Era como una cadena en que el producto se convierte inmediatamente en productor. Una cadena asquerosa a la que muchos se acercaban bromeando, simplemente para sobrevivir. Era también una especie de clan, de difícil salida, imposible de advertir, difícil de denunciar a pesar de que el director del colegio luego sería cardenal y era amigo del presidente Herrera Campins. Algunos de mis compañeros se convirtieron por esa vía en profesores. Otros lloran cuando recuerdan lo que sucedió o piensan en lo que pudo haber sucedido. Otros no recuerdan nada pero no lo descartan. Sin formación ni diván se han convertido en psicoanalistas rudimentarios y advierten sobre los posibles rincones oscuros de la memoria. Otros lo consideran normal e ignorando su gravedad se alegran de haberla sobrevivido.Cuando se reúnen, realmente o en la virtualidad de la red, alguno siempre hace un comentario sobre el cura consejero, pero los otros lo invitan a callar. Es un secreto a voces que no tiene sentido ventilar. Eso es lo que seguramente piensan, sobretodo ahora que los curas son ancianos y los jóvenes profesores de entonces se acercan a la decrepitud a pesar de la cirugía plástica. Mañana, 31 de enero, día de Don Bosco, se reunirán en el descascarado colegio. Curas, antiguos profesores y otros más jóvenes, algunos ex-compañeros. Me dan asco y miedo sus manos posando sobre hombros y cinturas de los alumnos actuales. Agradezco no publicar fotos en las redes sociales.

19 ene. 2016

Aquello que Einstein no dijo


Desde el primer momento  le interesó su pasión por Einstein. Se veía que ella conocía a fondo su biografía y, como él había comenzado un máster en física teórica, le solicitó amistad y comenzaron a chatear. Ella dejó entonces de publicar pasajes biográficos y comenzó con las citas. ”Locura es hacer lo mismo una y otra vez. Albert Einstein”. A él le extrañó que Einstein hubiese escrito eso, pero era probable: había escrito y dicho tantas cosas. No le comentó nada y, al día siguiente, acordaron pasar un fin de semana en Port Saplaya.
Antes de encontrarse, en la estación de trenes de Valencia, ella publicó cinco palabras que igualmente atribuyó a Einstein: “Nadie entiende la mecánica cuántica”. Vivieron un fin de semana de sol y playa. El asunto prometía y sentían que casi seguramente volverían a encontrarse.
Cuando él llegó a casa, leyó lo que ella había publicado: “Mi amor nació en un barquito frente a los edificios de Port Saplaya. Albert Einstein”. Así  él pudo comprobar que las otras dos citas también eran falsas por lo que, en lugar de llamarla para decirle que ya la extrañaba, la eliminó de su lista de amigos.

12 ene. 2016

Libros y navajas



En la venta de libros, el kilo de navajas hoy cuesta seis euros. Una mujer discute con su marido la posibilidad de comprarlas ya que él prefiere las gambas peladas. Yo, en cambio, me conformo con un libro de Jorge Edwards que quisiera regalarte, pero que no sé si podré porque la discusión se hace interminable.
Quizá por ello cierro los ojos y sueño que compro un libro de Vicente Gerbasi y una planta de guanábana. Estoy en una venta de congelados en Castellón, a quince metros del hospital, pero mi sueño sucede en un mercado de Italia, más allá de Éboli. Me detengo frente a las frutas, los detergentes, la carne y los pescados. Caminando hacia la iglesia, la anciana de negro ofrece libros que ha esparcido sobre una mesa. Allí está la traducción al italiano de Mi padre, el inmigrante. Y, a su lado, entre sobres de semillas y flores de invierno, la planta de guanábana con un cartelito amarillo clavado en forma de pincho en el fondo de la maceta: "wanabana americana".
Me despierta la letra doble. No le encuentro sentido, pero la discusión entre navajas y gambas ha terminado y finalmente puedo pagar el libro.
Al salir de la pescabrería, la furgoneta que pasa es toda ella publicidad. Anuncia una cura milagrosa contra el cáncer. En la última línea, está la palabra guanábana. Veo la u, cuatro veces la letra a y, cómo no darme cuenta, al inicio la g.

1 ene. 2016

Sacar a pasear la novela


(foto regalo del querido Javier Sánchez, nada de cortesía)

Como si se tratase de un perro (que duerme, que ladra, que come, que acaricia, que destroza y pide, pero siempre da) de vez en cuando toca sacar a pasear la novela.
Hay quien para ello se maquilla y se viste, se perfuma. Sale a caminar e inicia una ruta de confianza que ha elaborado a lo largo de la vida. Esta calle, el paseo marítimo, la placita más allá, aquella tienda, para seguramente terminar en un bar o en una librería. Ha sacado así a pasear la novela de su vida, editada en las páginas de su cuerpo: los años y amores, la experiencia, algunas cicatrices. Hombre o mujer, no importa el género, la novela vive en sus piernas, respira con sus pulmones, tiembla con sus párpados.
Otros la hacen pasear sin mover el cuerpo, sin apenas desplazarse. Quizá un paso o dos, como quien baila pegadito, sobre un centímetro cuadrado de pavimento. Llevan la novela en la cara, en las manos arrugadas. La novela pasea en sus ojos, en su mirada. Se puede leer en un segundo, pero también en un millón. En ocasiones se trata de una novela sencilla, esencial, pero no por eso deja de ser poderosa. Mayormente deja huella.
Del novelista en cambio, ahora que todos esperábamos sus metáforas, tenemos un ejercicio litera, concreto por demás. Antes de salir de casa, mete cuidadosamente el portátil en la mochila. Sube al tren o al coche. En el portátil está la novela de estos días. Novela y portátil son dos o tres kilos de más. A veces pesan como una deuda, pero en otras la carga es ligera como una novia en la adolescencia. Por ello camina con la mochila hacia su trabajo. La novela espera un día de suerte, tranquilo, en el que al menos le puedan dedicar diez minutos. Es la novela en la mochila, es la vida del escritor en estos días. Hoy no pudo ser abierta porque el trabajo lo impidió. No importa, la novela ha salido a pasear y, en la cabeza del escritor, hay dos o tres imágenes nuevas, extraídas de la vida, del mismo trabajo, que poco a poco se agregarán a sus páginas. Ya se encontrará la forma y el momento.

16 dic. 2015

Pescabros




Vuelven a su origen los pescabros. Se escapan de la bolsa en el puerto y empiezan a nadar junto al pescado congelado. Los libros se deshacen. El pescado también. Espanta la tragedia de la pobre merluza: pierde solidez pero luego se hunde y, sin que llegue al fondo, los bichos comienzan a desgarrarla. Así se funden letras y escamas. De El principito sólo quedan una "i" y una "c" perdida, que no sabe qué hacer. ¿Quién le dijo al pescadero que también podía vender libros? ¿Quién se lo permitió? Menos mal que de La soledad de los números primos se forma tu nombre. Pensar que no quería comprarlo y me lo traje no más porque estaba barato. Menos mal, menos mal. Esas siete letras y la infusión que bebimos es lo único que ahora queda de los pescabros comprados.

26 nov. 2015

¿Qué queda de tanto escribir?



La duda la tiene mi niño. ¿Por qué escribes? ¿Qué te queda de tanto hacerlo? La culpa la tengo yo por hablar a cada instante de los proyectos que tengo en mente. Lo hago para consolidar las ideas y sentirme comprometido a convertirlas en textos. Por eso me esmero en responderle. Con mis limitaciones, como bien puedo, pero también como él bien pueda entenderme. Por un lado siento que necesito transmitirle mi apego por este oficio desde que tengo más o menos su edad. Escribir me hace sentir bien, me multiplica. Es, después de leer, la cosa que más me gusta de la vida. Por otro, no quisiera que me viera como un tonto aunque lo sea. Escribir es ganar. Crear es la única cosa que nos aumenta. No se trata sólo de plasmar lo que somos, lo que tenemos, sino además, palabra sobre palabra, hacerlo crecer. Que se dispare, que alcance alturas inimaginables. Que derribe  fronteras. Hay algo en mi discurso que no le convence, que no le termina de convencer. Mi hijo necesita una verdad más cruda, con referencias concretas. Sabe porque me ha escuchado decirlo que deseaba ser un escritor cuando tenía su edad y quiere saber qué detalle concreto de la vida puede empujar a un niño de doce años a pretender tal cosa.  Por eso, he de decirle la verdad, la verdad de entonces que, mira por dónde, continúa siendo la verdad ahora.  “¿Quieres saber por qué escribo?” “Claro que sí, papá, es lo que te he preguntado”. Abro un frasco de aceitunas partidas. ”Entonces tenemos que hablar seriamente”, le digo ofreciéndole una y aprovecho que la disecciona con los dientes para contarle que cuando yo tenía su edad, en el periódico que se compraba en la casa escribía un columnista que me gustaba particularmente, Kotepa Delgado. “Ah, sí, qué bien”. Pues lo que más me gustaba era el nombre de la columna: “Escribe que algo queda”. “¿Y qué pasa?”, me pregunta mi hijo. “¿Qué tiene que ver eso con lo que te he preguntado?”. Coloco la cuchara de madera sobre la mesa y le respondo lentamente. “Que esa es la verdad más grande que he leído nunca. Comencé a escribir y continúo haciéndolo porque algo queda. Siempre”.

19 nov. 2015

El imbécil que leía a Pierre Vilar




Se sentó frente a mí en el tren abrazado a la Historia de España. Entre cuarenta y cincuenta años, maltratado, le deben haber dado desde hace poco unas horas en la universidad. En una edición vieja, subrayaba con un bolígrafo barato como quien lo ha leído hace mucho pero ha de enseñarlo en treinta minutos a unos alumnos a los que no respeta demasiado.Yo leía el periódico, el impreso, mientras esperaba en el móvil un mensaje de Méndez Guédez. De repente el aprendiz de profesor movió las piernas, alzó las botas y las colocó a mi lado, donde ya tenía su maletín. Protegía el asiento, es verdad, pero no le importaba ofrecerme la parte más distal de su cuerpo. Igual podía haberme ofrecido el culo, el muy patán. Fue un gesto iluminador de su parte: hay gente (mucha) a la que le da igual el culo que la cabeza y los pies porque en estos días fundamentalmente se carece de distancia.

9 nov. 2015

Médico jubilado busca compañía



Lo he visto en farmacias y ortopedias. Aquí y allá, pero siempre el mismo: un médico jubilado que quiere compañía y sabe qué hacer para encontrarla. A veces lleva sombrero. Otras no. A veces permite que se vean sus canas. En otras las lleva pintadas. Siempre vestido de manera correcta. Siempre gentil y sabio. Inevitablemente, tiene la belleza del siglo pasado y sabe pasearla. En las mañanas, luego de leer los periódicos y degustar un buen café, va de farmacia en farmacia, de ortopedia en ortopedia, y ofrece diagnósticos a las señoras que acuden solas y, se ve, albergan dudas sobre sus síntomas. "Seguro se trata de una rizartrosis". No sólo diagnostica, también encuentra soluciones. "La mejor ortesis es ésta, pero ha de llevarla por lo menos ocho horas al día". Si la cosa prosperase y fuese necesaria una receta, podría incluso extender alguna que todavía conserva para uso personal. Pero para ello sería necesario compartir un café. "Mejor una manzanilla", aconseja. Y hablar, hablar mucho. Las señoras disfrutan de sus anécdotas. Hay algunas que inventan patologías inexistentes para poder escucharlas. "El suyo es un síntoma curioso. Me hace recordar un paciente que..." Otras olvidan a sus maridos en casa y siguen su ruta de médico jubilado intentando toparse con él. "Doctor, ¿recuerda las pastillas que me prescribió la otra vez? Me ha ido de maravilla con ellas". Él entonces las invita a caminar junto a él. "Vamos a ver entonces si ya puede caminar la media hora". Así transcurre las mañanas. Él contento y ellas contentísimas porque su compañía no sólo es agradable sino que les da seguridad. "Sé que si me ocurre algo él sabrá que hacer". Y, en efecto, lo hace. Hace unas semanas una sufrió un síncope y él le prestó los primeros auxilios, llamó a la ambulancia e incluso firmó el parte. Por si fuera poco en las tarde se actualiza. Estudia y lee en la biblioteca del colegio de médicos. Cuando la señora fue dada de alta, revisó el informe. "Esto que te han hecho es una maravilla. Ya verás como con el tiempo conseguirás estar incluso mejor que antes". Así llega la hora de comer y se va a la casa de los hijos. Ellos celebran sus paseos matutinos. Comparten además su secreto. Hay una posible paciente que el médico jubilado espera. Es un amor de juventud. A ella, cuando le comente sus palpitaciones, le ofrecerá inmediatamente el electrocardiógrafo que conserva en casa. Está en óptimas condiciones.

26 oct. 2015

Tumbado bajo la sombra de un piano


Lo natural en la familia era ser pianista porque había un piano en cada rincón de la casa. En la sala dos verticales y uno de cola completa. En una habitación que tenía el presuntuoso nombre de "salón de los músicos", dos de media cola y un mueble que sostenía pequeñas esculturas con los creadores musicales más importantes de los últimos tres siglos. Guardábamos además en el depósito del fondo un órgano de iglesia, pequeño para una catedral pero grandísimo para una vivienda familiar. Estaba allí mientras hacían la reforma de la iglesia, que ya  llevaba por lo menos quince años. Mi abuela, mi madre, mis tíos y mi hermana los limpiaban, pulían, afinaban y tocaban. Todos menos yo que a los siete años me había trabado con las escalas del Hanon. No era que no me gustase la música, me encantaba, pero sabía que lo mío no era ejecutarla ni crearla. Prefería escucharla: en la casa se escuchaba música buena en todo momento. Si ninguno de los pianos estaba siendo tocado, se ponían los discos de la orquesta de Von Karajan o se escuchaba la radio. Obviamente, sólo música clásica, sin que importasen, sin que pudiesen importar las protestas de los vecinos. Además, se veía la música. Una de las imágenes más hermosas que atesora mi memoria es la espalda de mi abuela encorvada sobre el piano: sus dedos artrósicos acariciando el teclado, su cabellera blanca agitándose cuando alcanzaba el clímax de una sonatina. Se olía. Esa madera que en mi casa venía de tan lejos tenía olores especiales que se multiplicaban con el tiempo, con los aceites, con los paños que cubrían los instrumentos y con los sacos de perrubia que un primo violinista dejaba olvidados en los rincones. Pero yo era especialista en sentir la música. Me tumbaba como un gato bajo los pianos y sentía la vibración de las cuerdas. Mi tía tocaba a Chopin y todo dentro de mí se movía. Mi hermana ensayaba la “Patética” de Beethoven y mis piernas temblaban como si fueran resortes. Algunos de los músicos familiares protestaban, pero mi abuela me lo permitía todo. “Déjenlo que ésa es su forma de vivir la música”. “Pero parece más bien un gato”, decía mi hermana. “Déjenlo. Denle algún libro, quizá leyendo no tiembla tanto”.
Fue así como empezaron a dejarme libros bajo los pianos. Y yo comencé a leer y dejé de temblar. Tumbado bajo  la sombra de un piano pasé de gato a lector y, casi sin darme cuenta, con el tiempo me fui haciendo escritor.

15 oct. 2015

El amor literario


Que no se equivoque nadie: la literatura es un asunto de amor. No hablo de efluvios ni de piernas, tampoco de hipotecas, sino de amor comprometido, duradero, quizá para siempre. Todo comienza con la recomendación de un libro o la pata torcida del estante en una biblioteca. A partir de allí comienza la entrega, la multiplicación, el goce auténtico, verdadero.  En algunos casos, este encuentro fortuito es generado como castigo por la voz de una madre o de tres profesores: “ahora tendrás que leer todo el libro”, “de ahora en adelante leerás por lo menos veinte minutos cada día”. Allí es donde aparece la pata torcida, la página que atrapa, la línea que convierte. Todos comenzamos a escribir leyendo y la explosión literaria sucede a partir de una idea delirante: este libro que leo y me tiene atrapado es una continuación de mi propia cabeza, sus páginas y yo somos uno solo, si me lo arrancaran y yo no pudiera conseguirlo nuevamente mi vida quedaría huérfana para siempre.
Luego vienen los amores corporales. Y también los desamores, más proclives si cabe a la escritura. O nada de ello, simplemente un verso escuchado a lo lejos, con un final feliz aunque demasiado fácil. Una novela trepidante a la que creemos que el falta un último capítulo. O simplemente un guiño, otro, que nos intercepta en una esquina y nos hace ver aquel folio blanco junto al poste. Comenzamos entonces a escribir, creemos que podemos continuar el sueño, consideramos que es necesario tensar el sentimiento para que el amor explote en forma de letras, de palabras.
Para inocular el virus amoroso, para hacerlo tangible, será necesario un vehículo, un vector. No estoy hablando de mosquitos. Me refiero a un lápiz, a un bolígrafo, a un teclado, de ordenador o de móvil. El mío fue una máquina de escribir. De color naranja y de marca Underwood. Yo amaba su rodillo, sus teclas. Incluso cuando se rompían y herían el pulpejo de mis dedos. Enamorado como estaba, me sentía rápido y potente frente a ella. Creía incluso que era capaz de engañarla y, cuando me equivocaba, cambiaba párrafos completos cortando y pegando a la manera del siglo XX, con tijera y pegamento. Creía que era el rey de las máquinas de escribir y me costó desprenderme de ella y pasar a otros teclados. Parecía una fase fetichista de este amor siempre creciente, pero no lo era, en absoluto. Era literatura, amor literario.
En esa misma época, compartía sentimientos con otros compañeros escritores, a los que inevitablemente he terminado amando. Hace dos semanas, veía  al más querido de ellos hablar de esos días en una entrevista. El asunto amoroso era obvio y natural, también en su discurso: de tanto compartir sueños, proyectos  y lecturas, hemos terminado siendo como hermanos. Pasa también con otros compañeros y no es necesario haber compartido la primera juventud con ellos.

El compartir literario es absolutamente amoroso. Genera fundamentalmente alegría y buen rollo. La escritura cura. La escritura salva. La escritura redime. La escritura perdona. La escritura acepta que te pierdas y regreses. Claro, para que se multiplique el bienestar y no se pierda el buen rollo, no debemos pedirle más de aquello que nos pueda dar. Lo que pasa es que, como en cualquier otra relación, amorosa o no, no sabemos dónde termina esto y comienza aquello. 

6 oct. 2015

En busca de las líneas perdidas



Caminan casi a escondidas por las calles periféricas, lejos de la plaza de toros, de la estación de autobuses. Buscan una mercancía secreta que igual que la cocaína y la marihuana exige un trapicheo secreto. Parecen fumadores buscando un lugar donde ejercer de fumadores en el aeropuerto. Aquello que persiguen hasta hace muy poco era mercancía libre y se vendía en los lugares principales.Comprarla y abrirla a la vista de todos era un hecho común pero de la misma forma un acto noble. Ahora todo ha cambiado y los lugares de comprar, como los dinosaurios, han ido desapareciendo. Cada vez están más lejos de cualquier parte. Cada vez más. Y el mismo producto que antaño era motivo de orgullo ahora ante muchos resulta vetusto y anacrónico. Ésas son las razones del trapicheo. Por eso van de un lado a otro, cada  vez más lejanos. Sólo algunos bares y papelerías todavía los tienen, más como reclamo para que el cliente compre otras cosas que por el artículo en sí. Sus líneas de alguna forma se han perdido y pocos lo lamentan, porque no han dejado de existir aunque de otras formas. Que nadie estigmatice ya que no sólo tiene que ver con la lectura el asunto. Este artículo no sólo servía para leer, también para limpiar los cristales, para recoger la basura y para aplastar las sardinas. Era (la recordamos todavía, a veces incluso la tocamos, la leemos) la versión impresa del periódico.

27 sep. 2015

El ascensor de Moliterno,1964


Henri Cartier-Bresson (Magnun photos). foto de Internet.

Como si un gigante lo controlara con sus músculos desde el techo,
un gigante con olores de albahaca y peperoni cruschi,
fuerte y eterno como la piedra que da nombre al pueblo,
sube y baja seis pisos el ascensor de Moliterno.
Nunca habíamos visto algo así.
Sólo en las películas y en la referencia
de quienes han ido a Salerno
(por enfermedades o a comprar algo importante).
Pero ahora lo tenemos aquí, cerca de la Villa Comunale.
Podemos entrar en él, incluso tocarlo.
Por eso acudimos desde Sarconi y Tramutola,
desde Viggiano y Latronico.
Grandes y pequeños. Ancianos y niños.
Entramos en el edificio como si se tratase de visitar algún vecino.
Llamamos el ascensor y, cuando llega,
abrimos primero la puerta grande y pesada,
luego la corredera.
Una vez dentro, metemos la moneda en la ranura.
Los vecinos no pagan porque tienen llave.
Pero los visitantes sí. Igual el ascensor sube.
Al llegar al sexto piso por el ventanal se ven las montañas
y, después de la gasolinera, el valle infinito,
donde en sesenta años florecerán pozos petroleros.
Podríamos incluso entrar en las casas porque en Moliterno
es costumbre dejar la llave en la cerradura.
Pero no lo hacemos. Lo nuestro es subir y bajar
en el ascensor, convertirlo en noria,
para regresar siempre
y creer que estamos en la feria o en el circo.

18 sep. 2015

L'americano


a Vittorio Zenzola, el primer italiano
-Lo que hace Chaplin con las mejillas lo hace Renato Carosone con la lengua -me dijo mi barbero salernitano, Riccardo Ciliberti, hace más de quince años y yo no pude escucharlo porque estaba mas pendiente de mi cuello que de sus palabras.
Varias semanas después, encontré un cd recopilatorio en un bancone del Corso Vittorio Emanuele y lo compré por dos mil liras, una moneda que desapareció después de avisar,  igual que los dinosaurios y las pesetas.
Carosone, Carosone, Ca-ro-so-ne. Desde entonces lo he escuchado miles de veces y las canciones, en lugar de gastarse, con cada audición ganan y mejoran: nuevos sonidos, mejores matices, otras lecturas, renovadas interpretaciones. Les ayuda, es verdad, el napolitano, una lengua que para quien no ha nacido en la Campania, independientemente de que hable o no italiano, es una suerte de arameo, en que cada sonido, cada fonema, viene acompañado de un gesto y, juntos los dos, podrían ser resumidos por un filólogo contenido en un tomo de mil quinientas páginas.
Lo que más me interesa de Carosone, sobre todo de los trabajos en que el letrista es Nicola Salerno, es que sus canciones, divertidísimas mayormente,  nunca resultan anacrónicas. Al contrario, como se refieren a una parte del mundo en la que no sólo Cristo se detuvo, sino también el tiempo, cada vez son más actuales. Algo parecido, hablando de la parte de Italia que para bien o para mal más he visitado, también me sucede con Totò, Pino Daniele y Massimo Troisi: escucharles y verles es un asunto campano, fresco siempre como un bocconcino di mozzarella, cercano y remoto como una crónica de Matilde Serao, propio y ajeno, comprensible a medias (lo cual es una maravilla porque deja abierto todo un compás de posibilidades meióticas), agradable siempre.
Quienes crean que no conocen a Carosone y a Nicola Salerno se equivocan. Suya es la canción Tu vuò fa l'americano. De hecho es el primer trabajo que hicieron juntos en 1956. En ella (siguiendo quizá la estela de Un americano a Roma, donde Alberto Sordi encarna al inolvidable Nando Meniconi), un joven napolitano se empeña en bailar rock, jugar beisbol y, peor todavía, decir "I love You" mientras hace el amor bajo la luna. Se puede también escuchar en El Talento de Mr Ripley. Y, como no, en la versión discotequera que en 2010 hizo una banda australiana.


Escucharlo ahora es un privilegio en el que  no sólo admiramos a Carosone, sino que recordamos a Alberto Sordi rescatando el plato de pasta que le había dejado la madre sobre la mesa en Un americano a Roma, a Totò y Peppino que en 1958 incluyeron a la fuerza la canción en Totò, Peppino e le fanatiche o a Jude Law cantando la canción en Napoli ante los ojos embelesados del Matt Damon.
Todas sus canciones en general retratan perfectamente la belleza y la tristeza, la dulce fatalidad del Sur de Italia: un pueblo que sabe que está mal, que irá a peor, pero que permanece embelesado pensando en la calidad de la pasta que come todos los días, en la melódica melancolía de su música y en sus bellezas naturales. Para tolerar y comprender una situación tan complicada, quizá sea necesario escuchar Pigliate 'na pastiglia, una canción en la que Carosone describe la vitrina de una farmacia donde se puede pedir además de aspirinas un bistec alla fiorentina.


Otra canción cantada por Carosone que me gusta mucho y me hace recordar a Matilde Serao y a Massimo Troisi es Tre numeri al lotto. No es producto de la colaboración con Nicola Salerno, pero evoca la pasión lúdica del pueblo campano y el significado que en la tómbola napolitana cada número tiene. En Tre numeri al lotto, soñando con el terno, pero también con el ambo, ¿por qué no?, Renato Carosone apuesta por Natale, il male y le botte: 25, 60 y 38, tres números que podríamos jugar hoy, a ver qué pasa.




Finalmente, ya que fue la canción que me recomendó Ciliberti, dejo Io mammeta e tu, un clásico napolitano cantado esta vez por Carosone que describe la estrecha relación de toda joven italiana con su familia y lo difícil que es entrar y abrirse un espacio en ella..


-Lo que hace Carosone con la lengua no lo hace nadie con las manos -podría responderle hoy a mi barbero salernitano.

16 sep. 2015

El periojano: ¿periodista o cirujano?


La voz iluminada de Susan Sontag la refería como metáfora, pero sin lugar a dudas en una época mucho más concreta, donde se pretende crear morbo incluso de la nada, para algunos periojanos la enfermedad es espectáculo aunque para el paciente no puede significar otra cosa que sufrimiento. Consideran que el público necesita leer cómo corre la sangre, si no puede ser del toro que sea del torero, y es necesario dársela a través del verbo estreñido de un cirujano y por lo menos dos periodistas. 
Ayer, en Salamanca,  un torero fue corneado, terriblemente corneado. Y hoy el informe quirúrgico ha sido publicado con puntos, acentos y comas por el crítico taurino de El País. No nombraré al torero aunque no fue mi paciente, pero sí al crítico que ha aplicado al asunto una transparencia más propia para declaraciones fiscales de políticos que para entrañas de persona, torero o no. Se llama Antonio Lorca. En la reseña que hoy publica reproduce la nota quirúrgica. Allí se describe lentamente el paso del asta y la forma en que tras el destrozo el bisturí intenta limitar el daño. No me disgusta la prosa técnica del cirujano convertido hoy en periojano, gracias a la abundancia de datos y a la rapidez con que sus palabras han llegado a la prensa y a través de ésta a los lectores. Cuestiono, sí, la publicación íntegra de una página de la historia clínica del paciente. Allí ya se derribo una barrera protegida incluso por la ley. Pero además, al menos un periodista y un editor, ¿periojanos también?, aprobaron su publicación. El primero y los segundos creen y quieren hacernos creer que los lectores necesitamos detalles de la intervención y ponen ante los ojos de todos el "punto de Mac-Burne", "el drenaje de Penrose" y la técnica de Friedrich, además del peritoneo del paciente. 
Por si fuera poco, en un apartado que nada tiene que ver con la cornada ya que se trata de una situación congénita el cirujano hoy convertido en periojano refiere que ha encontrado hurgando en las tripas del torero un "Divertículo de Meckel". El primer periojano lo escribe y los segundos, los del periódico, lo publican. Es un resto de la unión umbilical del torero con su madre y ahora todos sabemos que el torero lo tiene. ¿Y si en lugar de divertículo el periojano salmantino hubiera encontrado plexos hemorroidales trombosados también nos lo habrían dado a conocer? Obviamente no daré ningún diagnóstico porque me estaría contradiciendo. Sólo me permito decir que, periojanos o no, cirujano y periodistas, hoy se han pasado cuatro pueblos y deberían hacérselo mirar.