24 may. 2015

Una infusión llamada "Cuartientos"



¿De dónde viene esta infusión de nombre "Cuartientos" que aparece sobre mi escritorio hoy?
¿Por qué se llama "Cuartientos" si podría llamarse simplemente "Noches largas", "Pare de sufrir" o "Un colpo di sonno"?
¿Acaso es una broma de los amigos por algún cuartiento sosegado?
¿O, desde el cariño, el regalo (un poema objeto) de un afecto sensible y creativo?
Sea lo que fuere, no me abruma. Cuartientos es una palabra que me gusta. Igual que medritor. En este último caso, agradezco que mi oficio nazca de la fusión entre medicina y escritura. Si no fuese así y se tratase de un entreverado entre medicina y filosofía, yo sería un un medisofo. Mal asunto. Si entre medicina y aeronaútica, mediloto, como si se tratase una lotería promovida por el colegio de médicos.. Si entre medicina e ingeniería, mediniero. Peor todavía.
Continúo pensando en posibles combinaciones cuando el ruido de la calle crece y me arranca del teclado. En esta tierra de toros, están por soltar uno a la calle y para mi maravilla le han puesto el nombre de la manzanilla: "Cuartientos" otra vez.



Quien pensó que yo iba a escribir un cuartiento sobre un toro llamado "Cuartientos" se equivocó. El cuartiento de hoy ya ha sido escrito sobre una infusión.


13 may. 2015

25 años de Dragi sol




Sus cuentos aparecieron entre mis manos cuando yo tenía quince años y asistía a todos los talleres de literatura de Valencia, en Venezuela. Al principio creí que se trataba de una novela y escribí los cuentos como una forma de prepararme para la escritura de ésta. Los cuentos iban saliendo poco a poco y, para la novela, me limitaba a tomar apuntes en cuadernos que, con el tiempo, se hicieron indescifrables. En esos días leía a Stendhal y el libro estuvo a punto de tener un nombre con colores. Se salvó de milagro o porque, ante la orden materna de guardar las cartas intraducibles de mi padre, tropecé más de una vez con la palabra “dragi” y, sin tener la seguridad de que significase querido, tecleé sus cinco letras en mi anaranjada Underwood. Del sol no sé cómo apareció ni cuándo lo hizo. En todo caso debió ser antes de enviarlo al concurso que permitió su publicación. Mi madre llevó personalmente la tres copias firmadas con seudónimo a Maracay y, mientras yo esperaba que regresara, devoré El Osario de Dios de Alfredo Armas Alfonso, quien era uno de los miembros del jurado. El veredicto me favoreció. Durante la entrega del premio, el ganador de la mención dramaturgia se apoderó de la escena y pronunció palabras a nombre de toda su familia y también de la mía. Con los cinco mil bolívares del botín, que entonces para mí eran dinero, mucho dinero, compré un reloj que marcó mis horas durante casi diez años. Cada vez que lo mandaba a reparar el relojero decía que era de un metal especial y por eso yo siempre lo mandaba a reparar y no compraba otro. Un año después de la premiación, una tarde en que yo regresaba del cine o de espiar a Mary Monazin en la iglesia de San Francisco, mi madre me dijo que había llegado una carta de Caracas. El sobre contenía una carta de Roberto Lovera De-Sola y un ejemplar delgadísimo de Dragi Sol. La felicidad que entonces me inundó frente a su portada cumple ahora veinticinco años.

9 may. 2015

Primera comunión (literaria)




Mi primera comunión, hace casi cuarenta años, fue también en una mañana de sol. Un domingo salimos de casa y, al margen del asunto espiritual, yo sabía que algo importante estaba ocurriendo  y que a partir de ese día yo sería un niño diferente.
-Te haré un regalo que cambiará tu vida –me había prometido  mi madre.
Yo, por si acaso ella se olvidaba, intentaba cambiarla a cada instante. Antes de partir rumbo a la iglesia, pedí permiso para ir al baño y aproveché la circunstancia para cambiar los zapatos de suela por unas zapatillas deportivas cuya comodidad era inversamente proporcional a su aspecto exterior. Mi madre no se dio cuenta hasta que llegamos y ya el daño era irreparable.
-Ahora no te voy a dar ningún regalo –me chilló mi madre cuando me vio entre los compañeros de clase exhibiendo de mis zapatillas desgastadas.
Aun así, al regresar a casa, mi madre me lo dio, su gran regalo. Era un volumen de color aguamarina que recogía varias novelas y estaba autografiado por el autor.
-No lo empieces a leer todavía, no tienes edad. Pero consérvalo siempre.
Yo no le hice caso. Comencé a leerlo inmediatamente y, durante dos años, a partir del momento de mi primera comunión, no hice otra cosa que leer las novelas del volumen que mi madre me había entregado. Me gustaban esas novelas y por eso las leía y las releía. Cuando no las entendía, me gustaban más y las volvía a leer. Me emocionaba además que el libro estuviese firmado por el autor.
-Yo tuve que hacer una cola de tres horas en las puertas del ateneo para lograr esa firma –me contaba mi madre cuando me veía con el libro.
Yo seguía leyendo y a partir de ese volumen conseguí las otras novelas y, antes de que hubieran pasado cinco años, cuando mis compañeros estaban ya pensando en la confirmación, yo ya me había leído todas las novelas de William Faulkner.
Aquel volumen lo conservo todavía. Me ha acompañado en todos mis viajes, en todas mis mudanzas. Él es, en la vida real y en la literaria, mi primera comunión

29 abr. 2015

Elogio de la guardia buena


-Buenos días, señoras y señores. He venido hoy a hablar ante ustedes de la guardia buena. La guardia buena no es como la mala que tiene muchos pacientes en el día y pocos pero muy importantes en la noche. No se parece a ella. No, señor. Porque las malas son muy malas y, en ellas, aunque se logre dormir unos minutos, siempre se está pendiente de la posible llegada de una ambulancia, de una camilla o del paciente que está todavía en observación.Además, las malas son malas incluso cuando se acaban porque entonces uno va a desayunar y los compañeros desguardiados te miran con cara de lástima y la mujer de la panadería te da la barra de pan más grande y suave y luego le dice a los otros clientes: "Pobrecito, es que él es médico". Por eso es que Goethe, pone a su  Fausto a decir "No quisiera tal vida un perro" Se refería seguramente al médico de las guardias malas. Es lo peor que le pueda pasar a uno en veinticuatro horas, una guardia mala. Sólo superada por un sandwich de guardias malas, en el que intercalan 24 horas de halitosis, ojeras y compasión. Las guardias malas son tan malas que nadie las compra ni las cambia. porque se sabe que así serán peores. Eso, fundamentalmente, una guardia mala es tan mala que sólo puede empeorar. Lo único bueno que tienen es que ocasionalmente permiten aliviar el sufrimiento de algún paciente, pero sólo ocasionalmente, porque hay mucho pícaro que ...
-Pero, medritor, ¿Usted no había dicho que iba a hablar sobre las guardias buenas. ¿Por qué no deja entonces de hablar de las malas?
-Es que las guardias buenas no existen, compañero. Por eso es que estoy hablando de las malas.

23 abr. 2015

La locura del Quijote



Se cumplen quinientos años de la aparición de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha. Quinientos años y el libro todo se sostiene firme, erguido, maravilloso. Sigue siendo la mejor y más divertida obra escrita alguna vez en castellano. Para celebrarlo, incluso han encontrado algún hueso de Miguel de Cervantes. También se organizan controversias sobre la locura del personaje. Melancólico por deprimido, ingenioso por maníaco, delirante por psicótico. Estos son algunos de los diagnósticos que los filólogos regalan a Don Quijote. Yo defiendo una lectura menos intervencionista. A la hora de adentrarse en un libro, buscando signos y síntomas, identificando patologías, diagnosticando enfermedades a las que no se le podrá ofrecer ni siquiera remotamente alivio, hemos de ser cautos para que no nos suceda lo que al personaje de “El alienista” de Joaquim Machado de Assis (1839-1908) quien, puesto a juzgar desde la psiquiatría del siglo XIX la realidad de un pueblo del interior brasileño, terminó indicando uno tras otro tantos ingresos hospitalarios hasta darse cuenta que él, el psiquiatra, el alienista, era el único habitante del pueblo que estaba fuera del hospital. Es imposible, carece de sentido diagnosticar a los personajes de este libro mágico. Don Quijote de la Mancha es un tratado vivo aunque irreal de psiquiatría en el que las enfermedades parasitan a diestra y siniestra el esqueleto psíquico de los personajes. En un capítulo sí y en el otro también. Esto sucede porque el protagonista verdadero no es don Quijote sino la locura que lo parasita. El libro en sí es una fiesta de la locura a la que todos estamos invitados, no para juzgar ni diagnosticar sino para enloquecer también o para pedir, como hace permanentemente Cervantes al introducir nuevos elementos a la locura de sus personajes, que la fiesta no termine, que la locura continúe página tras página, hasta convencer al lector que el Quijote y los caballeros andantes existieron y que la mujer más bella y virtuosa del mundo se llama, se sigue llamando, Dulcinea del Toboso. Nosotros los pacientes, los lectores enfermos, locos para siempre después de haber leído el Quijote.


14 abr. 2015

Del día en que cambié mi vida por un cuartiento




El que no estaba al principio era el cuartiento. Lo busqué por arriba y por abajo y no aparecía. Nada. Incluso recurrí a un truco que casi nunca falla: en el tren, saqué la libreta y el bolígrafo rojo. Tampoco. Cuando, antes de llegar a Castellón, volví a meter la libreta y el bolígrafo en la mochila, más que frustrado, estaba vacío. Pensé que era un mal día no sólo para el blog sino para mí en general, como si estuviera a punto de renunciar a un trabajo. Empecé a sentirme mal y, tácitamente, sin necesidad de gritarlo, me dispuse a aceptar cualquier trato con tal de que apareciera el cuartiento. Fue entonces cuando firmé el cheque en blanco. En el momento de salir del tren y comenzar a caminar hacia la salida de la estación. Pasé delante de un grupo de jubilados y, de improviso, un policía me pidió la documentación. A excepción de los aeropuertos nunca me había pasado eso en los últimos veinte años. Como nunca me la han pedido, pues no la tenía. Deletreé mi nombre y el policía lo transmitía por el walkie talkie. Entre los dos, yo por los nervios y él por las letras de mi nombre, la terminamos de fastidiar y quién sabe qué nombre le llegó al policía nacional que me buscaba en los archivos extranjeros.
Mientras esperábamos la respuesta, recordé que en el fondo de la mochila siempre llevo el carnet del colegio de médicos. 
-Soy médico, ¿sabes? Trabajo en ese hospital.
-Menos mal –me dijo el muchacho (seguía siendo policía pero en verdad era apenas un muchacho)-. Porque aquí en el sistema no apareces. Es como si no existieras.
-Es por el trato. El cuartiento estará a punto de llegar –le dije antes de despedirme sin importar que él no supiera a qué trato me refería.

30 mar. 2015

Olivos milenarios



(fotografía de Arturo Esteve)

Mientras yo revisaba el libro Olivos milenarios y monumentales de la provincia de Castellón, hermoso trabajo de Arturo Esteve, ayer mi niña pequeña trajo de la iglesia una rama de olivo. No era una ramita ni una colección de hojas: era una rama, una rama verdadera que, puesta sobre la mesa, ocupaba cuatro veces el espacio del libro abierto. No era una simple casualidad. En primer lugar, en estas provincias el olivo (el árbol, sus frutos y derivados), omnipresente, está en la ducha, en el desayuno, en el almuerzo, en la comida, junto a las cervezas con los amigos, en la iglesia, en el jardín, en el camino, frente al hospital e incluso en el cementerio. En segundo, ayer era domingo de ramos y quizá yo sabía que a mi hija, que prepara con esmero su primera comunión, le darían en la iglesia una rama de olivo y que ella la traería luego a casa: no la acompañé, pero me preparé para recibirla, a mi manera, en el tema de su llegada. En tercero, las casualidades no existen.
-El problema es que no puedo hacer una cruz con esta rama.
-¿Cómo una cruz? -preguntó ella, que por mi negativa a acompañarla los domingos a misa no tiene ni remota idea de las horas que yo de niño empeñé como monaguillo en la iglesia de La Entrada.
-Es que el Padre Pedrón nos daba una o varias hojas de palma y, con ellas, hacíamos cruces y todo tipo de figuras.
-Qué pena -lo lamenta un poco, pero inmediatamente se interesa por el libro: -¿De qué va?
-Casualmente de olivos. ¿Me acompañas?
Juntos disfrutamos sus fotos. Nada como un olivo para retratar el paso del tiempo. En su corteza, dejan huellas las heladas, los incendios, las sequías prolongadas. Estos árboles arropan con su tronco. Hablan, recitan la historia de la zona y, por si fuera poco, producen un aceite inmejorable, destilado de sí mismo, que alguna vez ha bañado las tostadas de mi desayuno.
Luego, fue ella quien, a la altura del sexto o séptimo olivo milenario, se dio cuenta que junto a cada fotografía había un refrán, una voz popular relacionada con el tema. 
-Mira lo que dice allí: "Hombre fantasmón, poco aceite y mucho algodón".
Comenzamos entonces un nuevo paseo dentro del libro.
-Éste está mucho mejor -le dije yo: "A la miel las golosas. Al aceite las hermosas".
-O éste -replicó ella-, con él incluso podrías escribir un cuaratiento.
-No son cuaratientos. Se trata de cuartientos.
-Los tientos esos. Lee bien y copia. Tiene que ver con la medritura: "Con aceite de candil, mil males curar vi".

Post-scriptum a  manera de fe de erratas: durante cuatro días, este blog (y en su corazón, este cuartiento) ha atribuido la autoría del libro Olivos milenarios y monumentales de la provincia de Castellón a una persona que no era Arturo Esteve. Molt mal fet. No culpo a nadie sino a mí mismo y mucho agradezco la oportuna observación de Don Miguel Rosa, que me ha permitido corregir el terrible error hoy sábado santo de 2015. Moltes gracies. S.Z.

13 mar. 2015

Dos posibles medritores (desconocidos): el radiólogo y el inspector


Wilhelm Roentgen (1845-1923)


a I.P. y V.M., mis amigos radiólogos.
a P.D., J.A., P.C. e I.R., mis amigos inspectores.

¿Es posible ser un(a) medritor(a) sin pretenderlo? ¿Y por qué no? Una de las situaciones posibles es la del radiólogo, un especialista que a partir de virtualidades (la proyección de un rayo en una placa, en su versión primigenia) construye, crea un edificio verbal de descripciones procurando que el resultado encaje en un constructo, la enfermedad, también virtual en cuanto teórico. Desde este punto de vista, incluso se podría decir que el radiólogo es más escritor que médico porque si bien su prestigio depende de su acierto su labor se realiza con palabras escritas y una parte del acierto depende de la corrección con que éstas, las palabras, hayan sido dispuestas.
Imagino a los radiólogos del hospital en que trabajo leyendo este cuartiento y excusándose ante sus amigos, advirtiendo que ellos no pretenden ser medritores. 
-Yo no soy medritor -me va a decir J.H. la próxima vez que nos encontremos en la cola del café.
-Fundamentalmente tú -le responderé haciendo malabarismos con el café con leche y el cruasán integral-. Lo que pasa es que no los sabes. En todo caso piensa en la cara de escritor que tenía Roentgen.



Luego comentaré con él la situación del inspector médico. Le hablaré de algunos con los que he compartido escritorio como discípulo y de otros a los que eventualmente llamo para compartirla realidad del ejercicio diario de la medicina. Ellos se reúnen con el paciente, en el noventa y cinco por ciento de las veces sin ni siquiera tocarlos, y van almacenando sus informes. Luego, a los seis, a los doce o a los dieciocho meses, emiten un veredicto: dos o tres palabras que resumen un edificio verbal, un informe, que es un relato, un verdadero relato de la enfermedad.
Son, sin lugar a dudas, dos medritores: uno representa la enfermedad, el otro la cuenta y construye su desenlace.

18 feb. 2015

El puente de Mostar


«Mostar1» de Josephine W. Baker 

-Yo dinamité el puente de Mostar.
El hombre está en mi consulta, sentado frente a mí, pero no es el paciente. Acompaña a su pareja. Es la tercera vez que vienen y siempre se sientan juntos: él a la izquierda y ella a la derecha. Así, nada a excepción del escritorio, interfiere entre el paciente y yo. Así debe ser, así ha sido incluso hoy, pero sus palabras igual han volado por encima del ordenador.
-Yo dinamité el puente de Mostar.
Se trata de hombre de cabellos blancos y cuerpo enjuto. Incluso hoy su voz me resulta agradable. pero le ha robado el espacio de la consulta a la paciente y ella da por buenas sus palabras, como si quisiera que lo escuchara a él, más que a ella.
-Yo dinamité el puente de Mostar.
Primero había hablado de los militares argentinos, de la invasión de Granada y de la guerra de Vietnam. Luego, viendo que yo no le prestaba atención a pesar de que se presentaba como un compendio de historia universal del siglo XX, soltó la prenda yugoslava.
-Yo dinamité el puente de Mostar.
No pensé en mi padre. Se fundieron muchas imágenes en mi cabeza pero en ninguna aparecía mi padre. Lo primero que recordé fue el libro de Ivo Andric, Un puente sobre el Drina. Lo di por válido, Es natural que cuando alguien nombra el puente de Mostar uno piense en otro puente de la antigua Yugoslavia. Luego pensé en Danilo Kis, en La enciclopedia de los muertos. Es natural. El hombre estaba hablando de destrozos y matanzas y yo pensé en un escritor yugoslavo cuya lectura nos puede hacer eternos. Después, todo en un segundo, pensé en Izet Sarajlic. Lo conocí en Salerno, en un recital de poesía: el traductor leía sus poemas sobre el sitio de Sarajevo y él, al final, saludaba. A mí me dio un abrazo y me preguntó sobre cómo mi padre había llegado a Venezuela y no a Argentina. Fue después de recordar los afiches que empapelaban Via Arce anunciando su muerte que supe que a quien yo realmente quería recordar era a Salvador Prasel.
-Yo dinamité el puente de Mostar.
Salvador Prasel. Junto a su nombre fue donde yo por primera vez leí la palabra Mostar. Era su lugar de nacimiento.Veinticinco años después, llegó a Venezuela y se convirtió en uno de sus mejores escritores. Yo pude hablar con él dos  o tres veces al teléfono. Luego, en 1990, murió..
-Yo dinamité el puente de Mostar,
-¿Por qué Mostar? ¿Por qué? -me pregunto en voz alta a mí mismo, pero el dinamitero obviamente me escucha.
-Es que se mataban los unos y los otros y había que volar el puente para que no se encontraran.
Es entonces cuando me doy cuenta que no tiene por qué ser cierto cuanto dice. ¿Acaso este hombre tan frágil que relata sus asuntos como si fueran travesuras pudo destruir una obra tan bella? ¿Y por qué no? El lugar en que trabajo está lleno de sorpresas y hay muchos jubilados que eligen esta provincia para olvidar su vida y alcanzar la muerte. Además, ¿no es un general croata a quien se le atribuye la fechoría? Se lo preguntó tal cual y el hombre se explica tranquilamente mientras su mujer lo mira con un poco de miedo y otro de admiración.
-Sí, él fue quien me lo ordenó. En 1993. Yo trabajaba entonces para los americanos.
¿Por qué? ¿Por qué? Por qué viene este hombre y dice que voló el puente de Mostar.
-Disculpe, doctor, quizá usted está recordando a su padre. No me había dado cuenta de su apellido.
-No se preocupe, no.
Él insiste que sí y cambia de tema. Habla ahora de su experiencia con los Jemeres Rojos. Decido que es hora de terminar y voy cerrando la visita.
-¿No le gustaron mis cuentos, doctor? - me pregunta el hombre mientras recoge su chaqueta y abre la puerta para que salga su pareja.
-No lo sé muy bien, es que yo tuve un amigo que de haber estado vivo habría llorado al enterarse de lo que usted había hecho.

13 feb. 2015

Efectos adversos de la literatura


Entre escritores y buenos lectores, es común pensar en la literatura como una actividad absolutamente positiva. Nos resulta difícil encontrarle defectos a una pasión que seguramente nos tiene como rehenes desde la infancia o la adolescencia. De aquella época conservamos muchas novelas manoseadas, algunos recortes de periódico o el manuscrito de un colega a quien venerábamos. Si alguien nos propusiese cambiar alguno de esos efectos por un balón de fútbol (por autografiado que estuviese y por muchos artículos sobre fútbol que hayamos escrito) nos negaríamos de antemano. Si alguien nos ofertase la posibilidad de cambiar nuestra vida por la de un futbolista de primera (por millonario que fuese) la rechazaríamos también. Creemos en la belleza del oficio literario y si nos dijesen que en esa fe casi religiosa se encuentra el primer y más importante de sus efectos adversos, inicialmente lo descartaríamos. Mejor haríamos escuchándolo porque así la palabra dependencia sería pronunciada. El interlocutor la ha mencionado en el sentido de que la literatura genera dependencia. Éste es en su voz el principal efecto adverso de la literatura y tiene toda la razón. Claro que somos dependientes de ella. Nos falta durante el sueño y por eso soñamos que escribimos. Nos falta al amanecer y por eso en ocasiones lo primero que hacemos al despertarnos es escribir. Nos falta al mediodía y por eso sacamos una libreta o incluso el móvil, para hacer una anotación. Nos hace falta en la tarde y por eso visitamos la librería, incluso cuando no llevamos dinero. Es suficiente el aroma de los libros en las estanterías, como si fuesen sardinas en la freidora. Basta rozarlos y luego llevarse la mano a la nariz, como si hubiésemos acariciado mandarinas. Tiene usted toda la razón, admitimos ante un interlocutor que no desiste. Ahora menciona las palabras vanidad y orgullo. Creo que incluso ha dicho narcisismo. No nos parece tan obvio en un principio. Se equivoca usted. El nuestro es un asunto de humildad. Lo hacemos porque no nos importa mostrarnos desnudos ante los demás, porque creemos en esto. El otro insiste, protesta y nuevamente le damos la razón. Pues sí, la tiene. Estamos orgullosos de lo que hacemos. Es para estarlo. Hay razones para sentirse contento. ¿Por qué no? El hombre ya se está molestando. Quizá es un pariente y no entiende cómo nos resulta tan difícil entender que quiere ayudarnos. Quizá sea un cuñado, un primo político. En ellos siempre ha habido una importante cantera anti-literaria. Sea quien sea, el muy listo se ha guardado para el final su bala de plata. Con ella seguramente nos herirá. Comienza a hablar de dinero, de royalties inexistentes, de libros que no se venden o si se venden no son suficientes para nada, de proyectos sin fines de lucro en que constantemente nos embarcamos y de que las palabras se las lleva el viento. Es doloroso lo que ha dicho y no solo tiene razón sino que llevamos escuchándolo mucho tiempo. Nos fue dicho al inicio. Venía con el medicamento. Cuando compramos el primer libro o escribimos el primer poema, varias personas nos lo advirtieron. Pero el hombre ha cometido un error. Ha juntado la chicha con la limonada y ha dicho que las palabras se las lleva el viento. Pues claro que sí, se lo decimos en la cara. Eso es lo más hermoso que tiene esto: que las palabras son transportadas por el viento.

4 feb. 2015

Quijote



Es un asunto personal, pero en las últimas semanas he llevado uno de los tomos de Don Quijote de la Mancha en la mochila y, sentado o de pie, en el lugar o instancia que sea, saco el tomo en cuestión, lo abro en la página indicada y comienzo a leer. En silencio, obviamente, faltaría más. Es mi lectura, es un asunto personal. Pero igual mi conducta genera estupor e intervenciones disímiles. No es porque leo. Otros lo hacen, los veo mientras lo hacen, y no les dicen nada. Al que saca el libro de Ken Follet o el ladrillo (por volumen) de Posteguillo nada le dicen. Pero a mí sí y, no sin antes haber buscado otras explicaciones, he concluido que lo hacen por el libro elegido.
-¿Qué lees? ¿El Quijote?
-¿Lo lees o lo relees?
-Madre mía, qué valiente.
Inicialmente había atribuido los comentarios a que este libro maravilloso es víctima de su propia grandeza. Se prefiere una lectura insípida e insignificante a este libro que se sabe que es el madre y la padre (sic) de todos los libros escritos en lengua castellana. Por si fuera poco, todos consideran que es imprescindible haberlo leído y la mayoría, que no lo ha hecho, esconde su culpa fingiendo que lo ha hecho o conformándose con haber revisado resúmenes o versiones infantiles. Además, es un libro extenso, escrito en castellano antiguo y muchos lo tienen en ediciones que, por su belleza o importancia familiar, no se atreverían a a hojear.
-Ánimo.
-Qué barbaridad: ¡El Qujjote!
En este proceso, incluso me he cuestionado a mí mismo. Yo, aunque tengo una versión literaria de mis recorridos, reconozco que éstos no tienen nada que ver con el asunto literario (a veces lo lamento), mucho menos con el académico (lo agradezco). El hospital, el tenis y la piscina de Letizia, el campo de fútbol donde entrena Alessandro, alguna sala de espera, aquella oficina, el metro, la ferretería, la montaña, el camino de piedras.
-Yo lo comencé a leer, pero no pude.
-Yo vi los dibujos animados.
-A mí lo que me pasó es que no lo entiendo.
-Lo de los molinos de viento es lo mejor, sin lugar a dudas.
Esto último lo escuché en un bar en el que a veces desayuno. Un cliente le hablaba de mi lectura a la camarera y luego vino otro (un poco achispado,también tonto) y le entregó a la chica un libro grueso en cuyo título apenas distinguí la palabra amor. Era el regalo de un cliente enamorado (tonto otra vez) que sabe que regalarle un libro con esa palabra dentro del título es lo más cerca que puede estar de sus sentimientos.
-Siempre me trae libros. No sé que voy a hacer con ellos. El otro día me trajo La catedral.
-Eso son palabras mayores - le respondió el cliente inicial con una cara en que se veía que creía que la camarera se refería La catedral del mar, que no había leído el libro de Falcones, pero que si lo reconocía quedaba mal, muy mal.
A partir de su rostro fingidor y confundido, he empezado a creer que a Don Quijote de la Mancha lo impregna el mismo estigma que rodeaba a su personaje: la dificultad a priori de entenderlo (atribuida mayormente a una locura que no es tan obvia y bien se podría discutir) porque se sabe que nos va a plantear un escenario mental diferente, nuevo a pesar de haber sido creado hace más de quinientos años, en el que nosotros, los castellano hablantes, seguimos siendo personajes.

12 ene. 2015

Venezuela


(foto cortesía de A. Acosta)

Por los venezolanos que sufren. Por los venezolanos que lloran. Por los que se lamentan. Por los que odian y se burlan. Por cada venezolano que necesita y no puede. Por los venezolanos que participan y no ven. Por cada venezolano que va al mercado y no encuentra. Por los venezolanos que van a la farmacia y regresan sin. Por los que se arrechan. Por los venezolanos que se cansan de hacer colas para. Por los que dicen que ya no pueden más con el dolor de piernas. Por los que se aprovechan. Por los que no están satisfechos. Por los que se preocupan y tienen miedo de salir. Por los que tiemblan al escuchar tiros y discursos. Por los que se preocupan por el silencio. Por los que han conocido la muerte y la necesidad. Por los que están en la cárcel por hablar o por pensar. Por los que están obligados a cuidarlos. Por los que no entienden. Por los que creen que ganan aunque se ve que pierden. Por todos los venezolanos que pierden. Por los que se separan. Por los que no pueden salir. Por los que no pueden volver. Por los que no pueden escuchar más. Por los que no escuchan. Por los que ven grietas. Por los que creen a ciegas. Por los agraviados. Por los heridos. Por los dolientes. Por los preocupados. Por los jodidos. Por todos ellos y por mí, sin importar bando o condiciones, escribo estas palabras. Para que recuerden que existimos.

7 ene. 2015

Talar el árbol de navidad, destruir el pesebre


Cuando a mi hija se le ocurrió la idea de adornar nuestro árbol con luces y motivos navideños, yo protesté tímidamente:
-No tiene sentido, es un gasto innecesario.
Como vi que, sin escucharme, todos daban ideas y dibujaban sobre la mesa triángulos, estrellas y angelitos, me alcé y dije que no, que yo no lo haría.
-Pero, ¿por qué? -protestaron los gemelos.
-Porque sería un derroche de energía -dije pensando más en la energía mía, la de mi propio cuerpo, que en la eléctrica.
En ese momento intervino el hijo mayor:
-Pero es una tradición, igual que el pesebre.
Luego, al unísono, mis suegros:
-Además, la tarifa eléctrica nocturna es casi conveniente..
No fue posible resistirse. Al contrario, con toda la familia convertida en oposición y gobierno, la única forma que encontré de sobrevivir fue sumarme (discretamente) al proyecto.
Así presté algún trozo de cable y fui a comprar los bombillos.
La navidad ya ha pasado. De ella recuerdo, mucha (muchísima) comida, el encuentro con los amigos y un sueño en el que Santa Claus (la imagen de San Nicola, de la Catedral de Bari) visitaba el hospital para hacerse una tomografía.
Frente a mí tengo el árbol lleno de luces y adornos navideños y ningún miembro de la familia se ofrece a desmontarlo.
-Es ley de vida -decía mi primer profesor de filosofía en mi Valencia natal-. Puestos a elegir entre acudir a un bautizo o a un entierro, la gente siempre elige el primero.
Por ello y por mi soledad ante este árbol luminoso del que tantas maravillas cantaron mis hijos y sus amigos en las últimas semanas, podría fácilmente talar el árbol de navidad, destruir el pesebre, pero he decidido desmontarlo, muy poco a poco, paciente y serenamente, como siempre.

29 dic. 2014

Después de entregar los regalos, Santa Claus tiene guardia en el hospital




Al hijo pequeño le intriga que el día de Navidad
papá (que es Santa Claus y Papá Noel) deba trabajar
en el hospital,
y pregunta cómo será la guardia
quién acudirá, si el trabajo será más fuerte que traer millones de juguetes
desde Finlandia (No puede ser, ¿verdad?)
pero sobre todo quién trabaja además de papá
(¿Por qué? ¿Lo han elegido o simplemente les ha tocado?).

El hijo se sorprende al saber
que mayormente es un asunto voluntario:
(¿Por qué? ¿Acaso no quieren comer con la familia?).
No se trata de eso, le responde el padre.
Es que alguien tiene que trabajar.
(Pero, ¿y qué se come?).
Para ello al mediodía se reúnen médicos y enfermeros,
los que vienen de Finlandia y de Cirugía,
los de Medicina Interna y República Dominicana.
Parece una convención internacional de Santa Claus
y los camareros de siempre visten levita,
nada de camisas percudidas
ni pantalones manchados de bechamel,
y no permiten que Papá Noel agarre la bandeja
y se sirva él mismo lo que quiere.
(Siéntese en la mesa, doctor, enfermero,
usted que es Santa Claus y Papá Noel,
siéntese que nosotros le llevaremos
los aperitivos, el primer plato y el segundo,
los cafés y una bandeja de turrones).

Igual los pacientes luego comienzan a venir,
agobiados, sufrientes.
Ellos también han sido Papá Noel y Santa Claus.
(Felicidades a todos, pero no puedo más).
La convención internacional se ha multiplicado.
El día de Navidad, la ciudad toda es un gran centro de convenciones
y el hospital apenas una de sus salas.
Así la vida continúa. Y la enfermedad. Incluso la muerte.

Al día siguiente, el día de San Estebán,
padre e hijo armarán el juguete
que vino de tan lejos.
(¿Lo dices en serio? ¿Me lo prometes?).
Ya verás que sí, pero luego has de estar junto a mí,
mientras yo duermo.
La de Navidad es una semana difícil para papá.
(Es que no sólo eres Papá Noel y Santa Claus,
eres el médico de guardia también).

23 dic. 2014

Otra vez, Cuartiento de Navidad (porque la vida es cíclica)

Que te den todo lo que te han prometido.
Que te traten bonito. Que te vaya mejor.
Que no te toque trabajar en los días señalados y, si te toca, que te puedas conectar a la red para leer Cuartientos.
Que no te obliguen a cenar en compañía de la familia política. Y si lo hacen que te expliquen por qué. ¿Por qué la llaman familia, por qué política, si no es ni lo uno ni lo otro?
Que tengas huéspedes agradables en casa o un anfitrión generoso.
Que los niñitos te quieran.
Que te regalen lo que de verdad deseas o que no te regalen nada.
Que a nadie se le ocurra contar delante de ellos que una vez te disfrazaste de Papa Noel.
Que te inviten a comer una hallaca y puedas hacer en casa tu propio pan de jamón.
Que el vino sea tinto.
Que no te fotografíen borracho ni desnudo y, si lo hacen, que no cuelguen las fotos en ninguna parte.
Que no tengas que conectarte mucho a facebook.
Que recibas una llamada bonita e inesperada.
Que te deseen feliz navidad en tu lengua o con una voz bonita.
Que veas una flor. Mucho mejor si la planta crece en tu balcón.
Que te toque la lotería o que te des cuenta que la lotería ya te ha tocado.
Que te den un beso, pequeño o grande, un beso sincero.
Que se te escape una lágrima. Y una sonrisa.
Que comas y no te preocupes por engordar.
Que esta navidad sea intensa e interna, que ocurra dentro de ti. Que la máquina de coser no se dañe.


Mecanismos belén. Fotografía de Javier Roy. Reproducción autorizada por el autor.