8 ene. 2018

Café



Mientras duermo, me invitan a tomar café a diez mil kilómetros de distancia. Lo sueño porque sueño y anhelo es. Pero también es un mensaje que hace temblar el teléfono a los pies de la cama. No percibo la vibración porque sigo soñando. Mi mundo gira alrededor de un café colado en manga percudida, con hilos que se anudan alrededor del aro metálico. Es un café delicioso este café que sueño. Pasa por mi lengua y sacude mi memoria. De improviso, me sitúa en un poema que leí hace treinta años. José Ángel Contín era su autor aunque no podría asegurarlo. Me lo hizo leer Luis Cedeño, un taxista ciego que recorría en un Nova marrón las calles de Valencia. En el poema, todas las puertas eran iguales, pero si una se abría (siempre creí que se trataba de una puerta de dos hojas, pero ahora  la siento entera, de una hoja, que al abrirse solo deja ver un ojo y un ala de la nariz) e invitaba a saborear un café, se trataba de una puerta especial, una absolutamente diferente. Siempre en el sueño, aparto el poema y continúo bebiendo lentamente. No le añado azúcar porque no la necesita. Mezo el fondo y, en el momento de llevarme la taza a los labios, vibra el teléfono. Esta vez sí lo siento y me despierta. No puedo no tragar el café porque lo tengo en la boca. Mientras lo hago, me incorporo y leo el mensaje: "Perdona, me confundí de persona. Tú no puedes venir, estás muy lejos".  

18 dic. 2017

El Aleph


Todo comenzó en el tren con una pareja de estudiantes. Chico y chica, de unos veinticinco años aproximadamente, se veía que más temprano que tarde se juntarían. El primer día se sentaron cada uno en un lado del tren. Progresivamente se fueron acercando hasta sentarse juntos dos asientos delante del mío. El tercer día acercaron los hombros y toparon las frentes en señal de acuerdo. De más está decir que inmediatamente se encontraron sus labios: tímidos piquitos entre Burriana y Nules. En esos días fue cuando lo escuché  por primera vez. “El aleph”, dijo él. “Yo también”, respondió ella. De esta forma tuve acceso a un nuevo código amoroso. Si se decían “El aleph aleph” significaba el aleph al cuadrado. A veces mezclaban su código con el tradicional y se decían el uno al otro “Hoy el aleph mucho más que ayer” u “Hoy el aleph más que nunca”. Hasta que, finalmente, comenzaron a decirse apenas “aleph” o “el”. Era su crisis y a partir de ella cambiaron de vagón, quizá de tren.
Su asiento fue ocupado el día siguiente por dos trabajadores de prisiones. “Ayer le di de comer al Aleph, es un tipo de cuidado”. “En el patio le dio un aleph al de la lavandería y otro al conserje”. No pude saber a qué se referían y me quedé con la impresión de que para ellos, a diferencia de los enamorados primeros y haciéndole justicia a Jorge Luis Borges, aleph era una palabra polisémica. “Menos mal que mañana nos vamos de vacaciones. Estaremos en el aleph”.
En su primer día de vacaciones, dos ancianas bellísimas ocuparon su puesto. “Ahora, gracias al aleph, estamos mejor, mucho mejor”, dijo la de gafas oscuras. “Tienes razón, no hay color. El aleph es la mejor solución en una situación como esta”, respondió a otra, unos años más joven.
No pude ni quería saber de qué hablaban. Sólo me interesaba saber dónde bajarían y lo hicieron en Almazora. Apenas desocuparon el asiento, fui más rápido que los otros pasajeros y cambié de sitio.  Me senté donde inicialmente se habían sentado los enamorados, luego los trabajadores de prisiones y hasta hacía muy poco las señoras mayores. No sabía muy bien qué ni dónde buscar, pero no fue necesario esperar mucho. A los dos minutos lo encontré entre los dos asientos. Alguien lo habría dejado caer y luego no había sido posible sacarlo. Por eso seguía allí, alterando con su influjo las conversaciones del tren. Obviamente, estoy hablando del libro de Borges: El Aleph.


5 dic. 2017

Vinilos: canta Gardel herido



Basta comprar un tocadiscos para que los vinilos cobren vida en los alrededores. Despiertan como si fueran espías de la guerra fría a quienes se ha implantado un chip misterioso. Se mueven, se hacen desempolvar, piden ser limpiados con una gasa húmeda y empiezan a ser vistos en los rincones en que los había depositado el compact disc. Apenas llegan al salón y encuentran el aparato recién comprado, explota su música verdadera y profunda que, como diría Vicente Gerbasi," retumba como un sótano en el cielo" y por si fuera poco incorporan a la vida su memoria de objetos de otro siglo que han vivido exilios, desexilios y abandonos, que han cambiado de piel, que han sobrevivido humedades, tremedales. Un vinilo resurrecto es como una persona que ha enviudado dos veces y cambiado cuatro de país. A veces llora, pero también sonríe, feliz, orgulloso de sí, contento de la oportunidad de sonar otra vez y así crear una nueva vida. Por allí viene Giuseppe Verdi. Trae su Nabucco y, dentro de él, el "Va pensiero". No es solo la melodía bellísima la que conmueve, sino la foto en el fondo del estuche: una muchacha de mirada profunda y piernas larguísimas junto a un camión que anuncia viajes de Castellón a Italia. Detrás del camión, un cartel dice "Bar San José".  Podría equivocarme, lo sé, pero apuesto diez mil pesetas a que la muchacha ayudaba en el bar de sus padres y alguna vez pidió a los amigos del camión que le trajesen un disco de Italia. Quizá por allí también vino Paganini. El estuche está destrozado y lo recompongo con el pegamento y la cartulina de los niños. También corto y pego dos fundas de plástico. Vale la pena: por Paganini, porque el vinilo trae el "Concierto Nº 4 en La Menor" y porque el estuche cuenta cómo esa partitura se había perdido en 1835 y fue rescatada un siglo después por Natale Gallini. Perdido dos veces, el concierto de Paganini llega a mis manos y suena de manera imposible en mis oídos. Vienen muchos vinilos más, pero el de Gardel se lleva el premio. Junto al agujero central, otro agujero deforma el disco. Es la perforación de un taladro, pero parece una herida de bala. Viéndola es imposible no recordar  la versión según la cual un músico de la orquesta mató de un disparo a Gardel en el interior del avión que apenas despegaba en el aeropuerto de Medellín. Fue una riña amorosa: Gardel le habría quitado la novia la noche anterior y el músico así vengaba su osadía. En este momento es necesario aclarar que esta versión de la muerte de Gardel ocurrida en 1935 no es la que más seguidores tiene. En todo caso, este vinilo producido en Venezuela también tiene historia. Es de pasta gruesa y el agujero que le han hecho huele a agentes aduaneros buscando mercancías ilícitas. Mi vecino lo dice mucho más claro: "Creían que traía dentro cocaína y lo perforaron". Está bien así. Igual suena y, haciéndolo después de la trepanación sufrida, da por buena la versión del disparo e incluso agrega la posiblidad de que Gardel sobreviviera. Así fue, al menos en este cuartiento y mientras escucho sus tangos desgarrados: Gardel sobrevivió, los amigos compusieron la escena de su muerte y él, aunque con otros nombres, siguió cantando. Herido, pero cantando: Carlos Gardel, su vinilo eterno.

21 nov. 2017

Arroz con mango


Se repite desde hace más de cuarenta años, se multiplica, pero igual no deja de sorprenderme la afinidad infinita que tengo con esta mujer. Pasa el tiempo sin vernos, sobran los kilómetros que nos separan, divergen los asuntos que nos preocupan, pero siempre coincidimos. No se trata del caso del hijo que no puede vivir sin la madre y abdica, o finge que abdica, a todo por ello. Tampoco el del hombre que, luego de un trato distante, con los años, en la medida que se hace mayor y guerrea con sus propios hijos, se acerca cada vez más a los inicios. Nada de eso. El trato con mi madre siempre ha sido amoroso y adecuado. Cuando tuvo que corregirme lo hizo e incluso todavía de vez en cuando plantea sus desacuerdos. Cuando el momento era propicio para el abrazo tampoco hubo ahorro. Pero más allá de lo obvio, siempre nos hemos entendido: aunque al inicio parece que abordemos la realidad desde atalayas distintas, al final siempre hemos estado de acuerdo y la solución de la mayoría de los asuntos la celebramos desde la misma perspectiva. No nos miramos ya (por los kilómetros y porque sus ojos avanzan hacia la claudicación) pero cuando hablamos es como si respirásemos el mismo aire y se necesitan pocos segundos para comenzar a estar de acuerdo. Es, mayormente, un asunto de sincronicidad, omo si nos hubiera ajustado el mismo relojero, a la misma hora y en el mismo lugar.
Esta semana hemos obrado el milagro nuevamente con un argumento si se quiere absurdo: el arroz con mango. Este es, en principio, un plato que en Venezuela durante siglos se ha tenido por imposible. En un país en que hay tantos mangos como piedras, nunca se consideró su posible maridaje de con el arroz. Se ha comido mucho mango, claro está: si verde, con sal; si maduro, en rodajas o chupado; pero con arroz nunca. Por eso nunca fue plato y siempre se usó como expresión para señalar un sin sentido, una reunión imposible, el plato que nadie nunca prepararía.

Alrededor de esa idea yo he estado gravitando varios días de la semana, pensando en el arroz con mango, en escribir un artículo sobre el arroz con mango como metáfora de lo que siendo imposible a priori igualmente existe. Por falta de tiempo, no había escrito una línea, pero ayer, al teléfono, a mi madre y a mí nos tocó hablar de sabores. Era un hablar por hablar, por disfrutar y celebrar luego que lo disfrutado se lo llevase el viento. Paseábamos entre las carnes que ella no come desde hace más de treinta años por compromisos ideológicos y creencias pseudocientíficas, pero que recuerda bien: hígados, vísceras, embutidos. Discutíamos qué órgano puede ser la molleja y nos reíamos de una expresión venezolana: qué molleja. Recordábamos sus platos vegetarianos: con nueces, soja y berenjenas, fundamentalmente. “¿Sabes lo que quiero preparar esta semana”, me dijo de repente. “Es un plato imposible, pero que debe estar bueno: un arroz con mango”. Le conté de mi proyecto de texto y nos dedicamos a darle forma telefónica al proyecto culinario. Ella proponía un arroz con muy poca sal sobre el que al final disponía rebanadas de mango. Yo le sugerí un arroz con leche con poca azúcar, servido junto a una mermelada de mango, dulce e intensa. Acordamos preparar cada uno su receta. Es lo que hacemos siempre y fundamentalmente lo que somos: en apariencia arroz con mango, pero una vez hablamos, un proyecto posible.

14 nov. 2017

Maneras de llegar al hospital


El hospital está a un kilómetro y, al salir del tren, los médicos inician el recorrido. El pediatra lo hace en scooter: todas las tardes deja la vespa aparcada en la estación y, apenas llega, sube las escaleras, abre el cajón y mete la cabeza en el casco. Una pareja de rehabilitadores elige diariamente la bicicleta: usan la del municipio, como decía Jorge Luis Borges para referirse al agua del grifo. Los otros, la mayoría, van caminando: unos con maletín, otros con mochila, uno o dos con mochilas que parecen maletines.  Hay internistas, psiquiatras, cardiólogos, médicos de urgencias, preventivistas, neurólogos, otorrinos y neumólogos. También, eventualmente algún cirujano y uno o dos intensivistas. Ni siquiera las especialidades hacen grupo. La mayoría privilegia el caminar solo y, en caso de hacerlo acompañado, se trata casi siempre de encuentros casuales. Unas veces el otorrino acompaña los pasos del preventivista, otras del cardiólogo y algunas del psiquiatra: por poner un ejemplo.
Las divisiones comienzan al salir de la estación. Es necesario atravesar la ronda. La mayoría lo hace por el paso de cebra. Hay quien no: a la altura de la puerta lateral de la estación, aprovechando la hora y el hecho de que hay pocos coches, atraviesa y enfila directamente la cuadrícula. Quien elige el paso de cebra mayormente hace suya una vía directa: solo deberá cambiar de dirección dos o tres veces. Esa forma de llegar tiene en su contra el hecho de que al tratarse de calles principales el aire está impregnado de humo y vapores de combustible. Hay, sin embargo, una posibilidad de evitarlo: girar a la izquierda en la primera esquina y entrar en el barrio. A doscientos metros hay plaza y panadería: si el tren ha llegado a la hora se puede incluso permitir un café.
Quien no pisa el paso de cebra ha de hacer un camino más tortuoso y animado. Entra directamente en la cuadrícula y apenas a cien metros tiene un kiosco de periódicos. Cien metros más adelante, un parque infantil. Allí en ocasiones y a pesar de la hora un padre ojeroso le da patadas al balón en compañía del hijo porque quizá es la única coincidencia posible o simplemente lo ha prometido. El recorrido esquiva El Corte Inglés, pasa por debajo del balcón del poeta Joan Franco y luego de atravesar la avenida se funde con el camino de quienes han respetado el paso de cebra. Uno o dos giros pueden hacer más breve o más largo el recorrido y suele ser costumbre de los veteranos enseñarles a los compañeros nuevos el camino abreviado para continuar haciendo el largo tranquilamente.
A estas alturas, para llegar al hospital faltan apenas unos trescientos metros. Habiendo salido todos del mismo tren, sorprende la forma en que se han distribuido de espaciadamente sobre la acera, sin tropezar entre sí, sin siquiera acumularse. Podría decirse que no se conocen y que vienen de puntos diferentes del planeta. O que inician camino hacia hemisferios distintos. Comparten saber, circunstancia e incluso pacientes, pero en esos últimos metros apenas los une un pequeño detalle que solo se aprecia en invierno. Un mínimo, casi imperceptible movimiento de los primeros dedos de la mano derecha: la mayoría los frota procurando un ligero aumento del calor local para, al llegar al hospital, no hacer larga la fila frente al fichero. Si el recurso fallase y el tropel se volviese a acumular como a la salida del vagón, siempre será posible saludar al compañero de tren como si desde hace mucho no lo hubieses visto.

2 nov. 2017

No liarás cigarrillos en esta consulta



(fotografía de Begoña Andrés Peinado)

En principio ninguna consulta es baladí, pero esta lo era. En todo caso el motivo de consulta, el diagnóstico y la solución aportada no forman parte de este cuartiento, que está dedicado al hombre que acompañaba a la paciente. Tenía melena, unos cuarenta y cinco años y más que despreocupado parecía indolente. Lo vi de soslayo mientras me presentaba e indagaba sobre el motivo de consulta. El hombre nos escuchaba y de repente sacó una bolsa de tela de uno de los bolsillos de la chaqueta. Sin apoyar manos ni codos sobre el escritorio que nos separaba, como si la cosa no fuera con él (que en efecto no era), comenzó a liar un cigarrillo. Realmente la palabra cigarrillo le viene escasa, apretada como la americana de un primo delgado. Era mucho más gordo. Quizá por el entorno, por lo inaudito de su gesto, el cilindro que sus manos gestaban más bien parecía un torpedo. "Pero, ¿qué hace?", lo increpé, como si hubiera sorprendido a un vecino metiendo un dedo en mi tarro de Nutella. "No se preocupe que no lo pienso fumar aquí", dijo el hombre sin inmutarse. "Faltaría más", intervino la hasta entonces dulce enfermera. A partir de ese momento el mundo (¿la consulta?) pareció detenerse. La paciente, la enfermera y yo casi ni respirábamos o si lo hacíamos lo hacíamos de forma tan superficial que el fotógrafo no consideró necesario decirnos nada. El único movimiento que se percibía era el de las manos del hombre que continuaba masajeando el cilindro. Obviamente, ese pudo ser el momento de mayor provecho para este cuartiento.  Pude haberme dedicado a observarle: así él finalmente se habría dado cuenta y quizá habría guardado la herramienta. Pude también comenzar a dialogar con él, preguntarle si quería transmitirme algún mensaje o qué haría él si le hubiese tocado en suerte estar en mi lugar. Esta segunda posibilidad todavía me parece la más interesante porque por indolente que el sujeto fuese o pareciese a estas alturas tengo claro que quizá en la vida puede haber casualidad pero dentro de la consulta nunca y todos los gestos que suceden en su interior son calculados o fruto del estudio. Pero no, torpe hombre del siglo XX, me decanté por la solución más ortodoxa: me alcé de la silla y le pedí que saliera inmediatamente de la consulta. "Eres un imbécil, Paco", le gritó la mujer mientras lo veía salir. "¿A quién se le ocurre liar un cigarrillo en la consulta del médico?". 

18 oct. 2017

Cementerio de médicos




Un libro si grueso puede sustituir la pata de una cama, pero nunca la de una mesa. A pesar de ello, los riesgos de su publicación poco tienen que ver con el exceso de sueño sino más bien con el atracón (no alimentario, pero atracón siempre) y el atragantamiento. Así llegan los libros. Poco a poco, a lo largo de la vida. Ya han pasado casi treinta años desde la primera vez y la llegada a casa de la prueba de impresión, del primer ejemplar, sigue produciendo emoción: primigenia, inocente, petrolera, como si sus páginas vinieran desde el centro de la tierra. Luego los títulos se incorporan a la vida y sustituyen los años. Los estudiosos creen que títulos y año de publicación se acompañan, pero nada más falso. El autor borra de su vida el calendario romano y lo sustituye por sus libros. De hecho, si ha publicado pocos, es joven en términos editoriales, como si pocos años hubieran pasado. Si muchos, el escritor alcanza la madurez y se pavonea (su cabellera plateada) frente a los autores más jóvenes. Hay también autores que no podemos llevar la cuenta de los años ni de los libros. No porque sean muchos ni pocos sino porque los títulos se entrecruzan, hacen puentes entre sí y a veces parecen tres pero se trata de uno solo, esas cosas. En todo caso, al menos para mí, ya este año ha dejado de ser 2017 y se ha convertido en Cementerio de médicos. Ese es el título del libro que hoy ha llegado a casa  gracias al empeño literario e infinito de Alejandro Santiago y Juan Peregrina en Editorial Nazarí. Así como 1995 pasó a llamarse Barbie, 2011 inicialmente se convirtió en Médicos taxistas, escritores y con los años los amigos hablan simplemente de "los taxistas", no me extrañaría que progresivamente 2017 pasase de Cementerio de médicos a "cemen", cementerio o simplemente "los médicos". Son opciones probables y no tengo prejuicios contra ninguna. En todo caso el libro ha llegado, está aquí. Es mi libro a pesar de que ha empezado a ser de todos. Eso es lo que celebro. Lo que hoy quiero compartir.

15 oct. 2017

Valencia 3 - Rivotril 2


Sabedora de que dormiría profundamente luego de tomar un comprimido de dos miligramos de rivotril, le dejó un encargo imposible a la asistenta.
“Necesito que compres los billetes para ir a Valencia”.
Si hubieran estado en Francia, la indicación sólo tendría un sentido: Valence, la del Ródano. Si en España, Valencia, la del Turia. Y si en el Caribe, Valencia de Venezuela, la de San Desiderio junto al Cabriales. Eso por nombrar solo las más importantes.
Pero el problema consistía en que estaban en Portugal y que, viniendo de ella, la indicación podía tener cualquiera de los tres sentidos: había nacido en Valencia de Venezuela y había vivido cinco años en Francia, precisamente en Valence, y otros cinco años en España, en un apartamento junto al Turia.
Mientras dormía, soñó activamente (eso era lo que más le gustaba del Rivotril) que la chica se confundía y decidía casi al azar a qué Valencia viajar. En el sueño siempre, pero realmente en las manos de la asistenta, su cuerpo (su vida) giraba entre la niebla infinita que rodea permanentemente a la ciudad francesa, el ruido y la muchedumbre de la Valencia española y el calor insoportable de Venezuela. Reía, siempre en el sueño, sólo de pensar en su confusión.
Cuando despertó, como si se tratase del dinosaurio de Monterroso, la nota todavía estaba allí, pero a su lado había otra de letra más menuda en que la asistenta con palabras soeces se despedía.

9 oct. 2017

El libro mujer


Quizá todos lo saben, pero yo apenas me he dado cuenta hoy y por eso lo escribo emocionado. ¡El libro es una mujer! Tanto no dormir y leer, tanto libro viviendo entre mis manos desde que decoré con mis primeras rayas El Lazarillo de Tormes de mi madre hace cuarenta y cinco años y apenas ahora es que empiezo a entender que cada libro, a pesar del artículo que suele precederle y la letra que en castellano lo cierra como palabra, no es que sea femenino, sino que es una mujer. Una mujer, lo he dicho y no lo creo todavía: una mujer.
Ya sabía yo que la literatura, la poesía, la narrativa y la ficción eran señoras. Lo entendí hace mucho y me ha parecido siempre tan obvio: por fuertes, por bellas, por dulces, por inteligentes, por decididas y firmes. Es cierto que mayormente me ayudaba la letra “a”, pero no fue solo por eso. Muchas veces las vi reunidas trabajando o compartiendo el té, celebrando e incluso enfadadas. Una vez las espié mientras rezaban el rosario y otras saliendo de copas. Solo señoras podían ser. A una de ellas se lo pregunté directamente hace casi treinta años. ”¿Y tú qué crees?”, me repreguntó. “Pues señoras, ¿no?”. “Hombre, ¿y qué otra cosa podemos ser?”.
Pero el libro me tenía engañado. No sólo por el asunto del artículo y la letra final. También por las líneas. Todas rectas, cada una más que la otra: desde las que componen el párrafo hasta las que enmarcan cada página y cortan la portada. Por eso me confíe. En la adolescencia le conté mis cuitas, lo hice partícipe de mis dudas y dificultades. Más de una vez me fui de fiesta con él y hablamos entre amigos. Incluso le conté de las mujeres que me gustaban.  Es que éramos amigos, caramba.
Con el tiempo yo fui cambiando y también mi percepción de él. Por eso no me extrañó cuando empezó a decirme cosas diferentes cada vez que lo abría, incluso si se trataba de la misma página. Tampoco cuando se hacía el misterioso y no lo comprendía. Ni siquiera cuando me transmitía mensajes que aparentemente nada tenían que ver con lo que yo estaba pensando, cuando se adueñaba de mis tardes o fines de semana o cuando empecé a viajar e incluso comer siguiendo sus indicaciones.

Han pasado los años y me estoy haciendo mayor. Quizá es por eso que he podido darme cuenta y no me avergüenzo de compartir mi biográfica ignorancia y mi actual descubrimiento: Querido lector, no tengas miedo o comienza a tenerlo, ¡el libro es una mujer!

15 sep. 2017

"Otren vez" (con asesino sueco incluido)




"Otren vez" es la voz que mi hija ha creado para resumir esta pulsión irrefrenable al comenzar un cuartiento, la de hablar otra vez del tren. "Otren vez" pues. Pero, ¿cómo no hacerlo? Por referirme a algún día me referiré al de hoy. Al menos dos cosas interesantes sucedieron después de entrar en el vagón.

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Comenzaré por la última, para variar fundamentalmente. Al regresar, a la hora de la comida una chica comía ensalada con los pies apoyados en el asiento frente a sí. Me senté al lado de sus pies e, inicialmente, los quitó pero luego, desenfadada, los volvió a colocar a mi lado. Calzaba sandalias y es necesario decir que los dedos eran incluso bonitos, pero olía fatal. Intenté mirarla. Imposible: los audífonos y la pantalla del móvil capturaban toda su atención. Para no enquistarme, decidí cambiar de sitio y me senté al lado de su tronco. "Peor el remedio que la enfermedad", diría mi tía. Era difícil de creer, sobretodo después de haber conocido el olor de sus pies, pero la ensalada (culpa del falso aceto balsámico di Modena, puedo jurarlo) olía peor. Sin embargo fue a su lado que me enteré (escuchando y leyendo los labios de los pasajeros al otro lado del pasillo) de que el asesino de Russafa se llamaba Pierre Danilo Larancuent, que  había nacido en Goteborg hijo de madre dominicana y padre sueco, que era coautor de dos novelas policíacas (el otro autor se llama Ricard Nilsson) y que había quedado con su primera víctima, Alberto Vila, a través de una app de encuentros.

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Fue a primera hora de la mañana. Antes de salir de casa, envolví el libro que me ocupa como lector en estas horas para que no cantara tanto. Sencillamente no quería que los compañeros de vagón me viesen leyendo un best seller poco recomendable. Elegí sentarme al lado de un chico que también leía. Saludé muy discretamente y abrí el libro. "¿Qué libro es? Es que me gusta preguntarlo", me abordó el vecino.
"Estoy leyendo el último de Dan Winslow", estuve a punto de responderle como si me hubiesen inyectado suero de la verdad, pero antes de hacerlo logré detenerme. "Es una buena pregunta", le dije para no quitarle motivación, "pero la lectura aunque se puede hacer en lugar público es un acto íntimo por lo que no voy a responderte". El chico me miró durante unos segundos entre incrédulo y agradecido y luego durante el resto del trayecto se contorsionaba para que yo viera el título de su libro. Me negué a verlo y continué protegiendo mi lectura. Durante las pausas (varias porque Winslow nunca ha sido bueno, pero ahora además es pesado) me enteré (escuchando y leyendo los labios de los pasajeros al otro lado del pasillo) que habían encontrado el tronco de un cadáver en una maleta junto a un contenedor de basura de Peris y Valero, que un rastro de sangre llevó a los policías a un portal de la Calle Sueca, en Russafa, que dos policías se quedaron apostados junto a la puerta, que un hombre corpulento intentó salir, que cuando uno de los dos policías le pidió que se identificara le hundió un cuchillo en el lado izquierdo del tórax, que mientras lo hacía el otro policía comenzó a dispararle y lo mató, que horas antes el cuchillo en cuestión había sido el instrumento con que habían descuartizado el cadáver de la maleta..

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La chica de los pies, luego de la ensalada, sacó un blister de pastillas. El tema me interesaba, porque quizá en el medicamento podía estar el secreto de su olor. Pero me lo prohibí. Humano que soy, me entretuve pensando que si la pregunta del chico me hubiese sorprendido intentando abrir el último libro de Carlos Velásquez o el próximo de Juan Carlos Méndez Guédez quizá ni él ni yo habríamos leído una línea en el resto del trayecto porque no habría parado de hablar.y nunca me habría enterado de los tres muertos de Russafa. Ellos eran, en todo caso, la novela del día, de la semana, de la década para las personas que les querían, no la novela fastidiosísima de Winslow. ¿Un título posible? El asesino sueco de la calle Sueca


8 sep. 2017

Torpe manera de seguir solo



Tenía menos de diez años cuando aprendí que la mejor forma de salir bien librado del acoso domiciliario de predicadores y vendedores ambulantes era repetir las seis palabras que dos o tres veces al día soltaba mi madre por el intercomunicador: "La señora no está en casa". Pero a pesar de tan buena y precoz escuela me reconozco pasto fácil de los predicadores telefónicos del siglo XXI. Es verdad que ya nadie intenta vender a Dios, por lo menos no al teléfono, pero si amenazan constantemente con mejorar la tarifa telefónica y ampliar el crédito de la tarjeta. Estos últimos, los de la tarjeta, tienen por lo menos diez semanas martilleándome. Apenas me tumbo en el sofá suena el teléfono. Son ellos. Los reconozco porque son los únicos que llaman a casa preguntando por Slavko Corazón de Jesús. Hijos de puta, llamar a la hora de la siesta y restregarme el pasado religioso de la familia. Pero no es por eso que les tengo rabia. Se la tengo porque fastidian y ofrecen villas y castillas, pero si fuese necesario decirles que sí y ampliar el crédito pondrían trabas. Es la versión más histérica de la economía del siglo XXI. Por ello en las primeras semanas intenté repetir la lección de mi madre: "la señora no está". "No importa", me respondió la vendedora, "yo quiero hablar con usted".. Tuve que escucharla esa vez. Por torpe, por imbécil. La siguiente ocasión cambié de género: "El señor no está". "¿Y usted cómo se llama?". "Slavko Corazón de Jesús". Más imbécil imposible. Hace un mes más o menos me puse agresivo: "Usted no tiene derecho a llamarme constantemente. Si continúa, ...". Fue peor. Igual me metió la cantinela, me enfadé y por si fuera poco perdí diez minutos. Un fiasco total. Hace dos semanas encontré una posible solución: "Le llamamos para ofrecerle una ampliación del crédito". "Hija mía", la interrumpí. "Gracias a Dios, a cuyo servicio estoy, no necesito tal ampliación". "Pero, Padre, no se trata de necesidad, sino de algún posible proyecto". "Querida hija", insistí. "Gracias  Dios, a la Virgen María y a la Santísima Trinidad,  a cuyo servicio estoy entregado desde mi primera juventud, no necesito tal cosa". Sentía el miedo de la vendedora al otro lado del teléfono, quizá a tener que comprarme algún producto para terminar la llamada. Incluso me pidió disculpas: "No lo volveremos a llamar, Padre. Se lo aseguro". Quien me lee pensará que he logrado mi objetivo y en verdad tiene razón. Ese es el problema, que desde que me fingí cura ante los ojos del banco no ha vuelto a sonar el teléfono. Nadie llama y me está haciendo falta.

16 ago. 2017

Tres venezolanos en el tren (cercanías)




Como los boxeadores de antes:
a mi madre y a mi tía, Leticia y Aura.

No sólo con los horarios engaña el tren de cercanías. Si sólo se tratase de retrasos vespertinos, de convivir con pasajeros que apestan a alcohol en las mañanas de los sábados o cuando terminan los festivales musicales, de suicidas mutilados los mediodías, de imbéciles que colocan sus zapatos donde luego todos nosotros hemos de sentarnos, si sólo fuese eso el tren de cercanías sería una mala solución y yo no me sacaría el abono. Pero la maravilla es que, además de todo eso, ofrece compañía y una falsa sensación de confidencialidad. Dispuestas las poltronas una frente a otra en grupos de cuatro, los pasajeros hablamos, nos vaciamos y se nos escucha que es una maravilla. El vagón es una caja de resonancia en que ojos y oídos sensibles o bien adiestrados pueden aprenderlo todo.
Ayer me tocó subir al vagón en compañía de Diego, quien además de mochila también llevaba bicicleta. Me interesaba mucho lo que contaba porque hasta finales de julio estaba en Venezuela, ocupado con los documentos de su hijo. En el vagón había un solo pasajero, pero la peste de alcohol que tenía valía por cincuenta. Era un chico pelirrojo, teñido quizá, y en su modorra de vez en cuando nombraba un gato azul, quizá triste, seguramente el de Roberto Carlos.
Diego no paraba de hablar. No ahorraba detalles. Nombraba uno por uno todos los sobornos que tuvo que pagar en San Cristóbal y Caracas, las colas infinitas para comprar víveres, los atracos a cincuenta metros del cuerpo de su hijo, las toneladas de dolor que produce ver el país natal sumido en la amargura, el odio y la tristeza. 
Normalmente me gusta escucharle, es una persona cercana e interesante. Pero el tema venezolano actualmente me abruma. Hubo un momento en que, escuchándole, estuve a punto de llorar, sobre todo porque pensaba en los míos, en mi madre y mi tía, mis dos soles junto al Cabriales en la pocaterriana Valencia. Fue por eso que intenté cambiar de tercio y pregunté por mi plato preferido: "Arepas. ¿Comiste arepas?".
A Diego le gusta comer, pero quizá también se había entristecido.. El asunto es que entendió e inmediatamente cambió de tono.
"Claro que sí, Slavko". Dicho lo cual comenzó una letanía que en vez de santos tenía nombre y platos de la gastronomía venezolana: "Arepas, cachapas, queso de mano, paisa, tajadas, hallacas, pabellón criollo, yuca frita...".
Nombraba cada plato chasqueando los labios, como si estuviera a punto de llevárselos a la boca nuevamente.. Lo hacía con tanta fuerza, con tanta emoción que el borracho del fondo, el chico pelirrojo, dejó de nombrar a Roberto Carlos y, despertándose, pronunció las palabras más bonitas de todo el día.
"Paisano, deje de hablar que me está entrando hambre. Mire que yo soy de Puerto Ordaz".
Reímos con lágrimas en los ojos los tres. Éramos los únicos pasajeros en el vagón, quizá del tren: tres venezolanos pensando en nuestras madres, en sus comidas.

3 ago. 2017

Barbería de médicos



Cuando me alzo de la silla del barbero, veo que la persona que espera y cuya cabeza sustituirá la mía en las manos de M es otro médico. Lo saludo y, cómo no, los presento.
"Dos clientes, dos médicos", le digo a M.
"Dudan", responde él quizá refiriéndose al refrán ( "Un médico cura, dos dudan, tres muerte segura").
M es inteligente y atrevido. Cortarse el pelo con él no es solo un acierto estético sino también sino también un placer intelectual: habla con propiedad de historia y política, se maneja en varios idiomas y, tijera en mano, sabe mantenerme despierto cuando lo necesito (fundamentalmente a la salida de las guardias) y cómo domesticarme cuando estoy hipomaniaco (fundamentalmente a la salida de las guardias también). 
Sin embargo, esta vez se ha equivocado. Yo no quería referirme al refrán que (por principio, dogma y convicción) no me gusta sino al hecho real de que, en una barbería que no está situada cerca de ningún hospital ni de la sede del colegio, los dos primeros clientes de la mañana sean médicos.
No digo nada porque no quiero interrumpir su rutina y, luego de despedirme, finalmente me voy.
Camino unos minutos, compro el periódico y un diccionario de valenciano. Cuando subo al tren, me llega al móvil un mensaje de M: "El tercero también, es mi urólogo".
No puede ser casualidad. "Ánimo", le escribo mientras me culpo no sólo de haber sido el primer cliente médico de la mañana sino también de quizá haberlo sugestionado al advertirle antes de despedirme de la repetición de los cromos en su sala de espera.
El tren avanza, con lentitud, pero avanza. Delante de mí, una pareja de enamorados juega a conversar:
"Me muero por besarte", dice él. "Pero sé que luego moriría otra vez de las ganas de volver a hacerlo".
En la cuarta parada, baja un gentío, pareja incluida, y puedo concentrarme en recordar mis mañanas en la sala de espera de M. Sé por la dificultad de coger cita que tiene una clientela abundante, pero por la hora a la que voy (casi siempre de mañana, a la salida de las guardias) normalmente me encuentro con jubilados o trabajadores nocturnos. He visto camareros, peones de limpieza, carretilleros de azulejeras, enfermeros, jóvenes desocupados y algún que otro gerente que llega en moto y pretende un servicio express, casi sin quitarse el casco. Médicos no, al menos hasta ahora.
En esas estoy cuando suena el teléfono. Es M:
"Tío que estoy preocupado, ya he terminado con el tercero y tengo otros tres más esperando. Dos pediatras y un otorrino".
"Pero, ¿cómo lo sabes?",  le pregunto para comprobar que no se está quedando conmigo.
"Porque ellos lo dicen, están hablando entre ellos. ¿Qué hago?"
"Tú tranquilo, como si nada, como si no supieses a qué se dedican. Ni se te ocurra hacerles una consulta".
Eso se lo digo para ayudarlo y, aunque se trata de un hombre sabio, para protegerlo a él y procurar el descanso de mis compañeros, desconocidos quizá pero siempre compañeros.
"Hombre, ni que fuera tonto. Pierde cuidado".
Cuando llego a mi destino, llamo a mi jefa de servicio.
"Jefa, por casualidad sabes qué actividad hay en la mañana de hoy cerca de la calle 48".
"La entrega de expedientes para las plazas de asociado en la universidad. Como son tantos han alquilado la sala de reuniones del edificio Jota", responde ella inmediatamente.
"Gracias".
Me dispongo entonces a llamar a M. Mi intención inicial es decírselo, aclararle la causa, desalojar la casualidad de sus dudas, pero lo noto tan contento que no digo nada, me quedo tan solo escuchando su alegría:
"Esto nunca me había pasado, Slavko. Doce clientes, doce médicos. Es una casualidad infinita. Fíjate que estoy pensando cambiarle el nombre al negocio. ¿Qué te parece Barbería de médicos?".

13 jul. 2017

Exhumación de un bote de lágrimas artificiales, 2017


Las lágrimas artificiales
no sirven
para comer
tampoco para limpiarse el culo
ni siquiera sirven para llorar
pero igual hay que sacarlas
de este ataúd de cartón
envuelto con cinta americana
que preparamos para enviar
víveres y medicinas

no es un húmero ni un fémur, hijo mío
agárralo tú
que tu  mano es más delgada
y no estropea tanto las cosas

son lágrimas simplemente lágrimas
no es un radio tampoco un esternón
es un bote pequeño
que el gobierno prohíbe

tranquilo, no van a explotar
diez mililitros de lágrimas
que ni siquiera son de verdad
pero pueden ser usados por ancianas
terroristas
para aliviar el ardor de las bombas
lacrimógenas
que disparan militares
hijosdeputa

sácalo ya
permite que se vaya
y busque su destino
esta caja herida
destripada
volando a un país
pequeña Venecia
donde nada está permitido
solo llorar de verdad
adelgazar morir
soñando que esta pesadilla
termina

11 jul. 2017

Calor Marías


Desde hace por lo menos diez años me toca vivirlo todos los veranos. Entre la última semana de junio y las dos primeras de agosto, hay por lo menos un momento en que siento que soy una mezcla de Camilo José Cela, Juan Goytisolo y Javier Marías. No como idea delirante de grandeza ni porque crea haber escrito un capítulo desconocido de La Colmena, Reivindicación del Conde Don Julián o Mañana en la batalla piensa en mí. Es más bien por el personaje ese de la mala leche, por heterodoxos o por ortodoxos, que he conocido interpretado por ellos. Apetece, cómo no, escribir contra el olor dulzón de los protectores solares, contra los turistas y la paella mala, contra la gente que con el calor se pone como tonta, contra el calor mismo, las terrazas y las ensaladas decoradas con chispazos de vinagre dulzón, falso de Modena.
Muertos ya Cela y Goytisolo, a ese momento ahora le llamo calor Marías. Cuando llega, cuando lo siento llegar como si se tratase de una crisis convulsiva, algo de hormigueo en los dedos, un principio de tos, una cosa rara en el cuello, me digo “tú no eres Javier Marías, tampoco Camilo José Cela ni Juan Goytisolo” y salgo al jardín. Comienzo con las flores y las plantas pequeñas. Les doy agua de beber y procuro mojarme yo también. Si no me basta con regar, empiezo a quitar hojas secas y cortar ramas bajitas. Si todavía estoy raro, me calzo las botas y cojo el cortacésped. Eso sí que calma: a mí, a Marías o a cualquier otro. Luego de media hora ya estoy cansado y les pido a los vecinos que me dejen zambullirme en su piscina.
Allí ya estoy en la fase Vila Matas. Lo prefiero así. Nado un poco. Salgo, respiro, me seco con una toalla de ser posible prestada y regreso a mi ordenador. He vuelto a ser Slavko Zupcic y me dispongo a escribir un artículo sobre el verano.