25 sep. 2016

La montaña mágica



Apenas me dijeron que a casa vendría alguien de Bad Toelz, pensé en Thomas Mann y en La montaña mágica. Leí la novela en mi adolescencia, muy cerca de la Valencia de Venezuela. En esa época era feliz, era absolutamente feliz y, con un libro bajo el brazo, iba de un lado a otro de un pueblito que se sigue llamando La Entrada, como si se tratase del principio de algo. Allí aprendí a soñar, a caminar y a escuchar, las cosas que he seguido haciendo toda la vida. Eran, de hecho, las mismas cosas que, en La montaña mágica, hacía Hans Castorp. El libro, cómo olvidarlo, lo había cogido prestado de la biblioteca de mi madre. Era uno de los tomos color  verde turquesa de la colección Nobel de Aguilar. Aquel año, ése fue el color de mi verano. Desde el desayuno a la cena mi rostro estaba metido en el libro de Mann, leyendo y releyéndolo, sufriendo con Castorp, pensando en la enfermedad y el amor, como si yo mismo fuese un paciente del sanatorio antituberculoso que la novela presentaba. Por eso había bastado una referencia para resucitar la novela en mi memoria. Por eso Bad Toelz significaba tanto para mí.
Verifiqué la referencia en Internet y, en efecto, algo de razón tenía. Thomas Mann había escrito una parte de La montaña mágica en Bad Toelz. Pedí entonces a quien vendría una foto de la casa que Mann había habitado. Como si hubiera pedido un dinosaurio. Nadie sabía dónde estaba. Insistí un poco y no pregunté más. No quería perder la esperanza. Quería mi foto. Una foto que me recordara esas tardes maravillosas de mi adolescencia.
Cuando llegó el huésped, no se lo pregunté hasta el tercer día. “¿Trajiste la foto?”. “La foto, no, pero te traje una caja de chocolates”. Como si fueran lo mismo, pensé para mis adentros y no abrí la caja hasta pasados varios días. Durante ese periodo estuve rumiando mi rabia. Contra la ignorancia, contra el siglo XXI, contra las redes sociales. Incluso los pokemones recibieron parte de mi desilusión.
Esperé la partida del huésped para abrir la caja. Pensaba que encontraría un puré de chocolates, pero no fue así: no sólo estaban íntegros y comestibles,  sino que uno de ellos venía de Venezuela, de un lugar relativamente cercano a aquel en que yo había leído a Thomas Mann por primera vez. Fui joven otra vez mientras el chocolate se derretía en mi boca. Fui joven y pedí perdón. Algo de Thomas Mann había llegado a mi casa desde Bad Toelz.

23 sep. 2016

Besos mórbidos


De la palabra obeso nace un beso que multiplica su importancia cuando enlaza con la palabra mórbido. Pensándolo, comienzo a sentirme pleno, feliz, pero una pregunta lanzada de sopetón interrumpe mi sopor: "Y tú, ¿por que comenzaste a escribir?".
Siempre he creído que la escritura literaria nace de la lectura apasionada, como si fuera un parto silencioso, una secreta continuación.
Ahora que me han quitado el beso mórbido de la boca, me recuerdo tartamudo y con acné soñando con la mujer más bella del mundo mientras metía en el rodillo de la máquina de escribir mi primera cuartilla.
Entonces soñaba con un beso mórbido y éste no llegaba. Por eso comencé a escribir. ¿Por qué?
Por tímido.
Por tartamudo. 
Porque tenía acné.

8 ago. 2016

La fiesta de los ordenadores colgados

Quienes defienden la idea de que la introducción del ordenador en la consulta ha deshumanizado la relación médico paciente colocando un artefacto que, al exigir la dedicación de las manos del primero, las retira del cuerpo del segundo deberán también admitir que cuando los ordenadores se apagan, se cuelgan o simplemente no encienden esta relación se humaniza de nuevo y los ojos del médico, para salvar la situación y el momento, intentan empatizar nuevamente con el paciente.
No es cierto del todo y tampoco mentira. Una vez introducida la informática en la medicina parece improbable la extirpación y sus beneficios lucen infinitos. Se agradece, sin duda alguna, la posibilidad del registro y la posibilidad  todavía mayor de revisar lo registrado, pero se desagradece la multiplicación del tiempo y el esfuerzo físico que exige la indicación. Lo que antes se hacía con una sola palabra o con una simple firma ahora requiere picar en nueve ventanas.
Se agradece también la exactitud ganada, pero se desagradece el tiempo que requiere y la distancia que impone entre el médico y su paciente. Concentrados en el ordenador, en ocasiones pasamos más tiempo aproximándonos a nuestro propio túnel carpiano que al del paciente frente a nosotros.

Estamos entre Ares y Benasal, pero los tenemos irrevocablemente entre nosotros. Cuando se van, por estropicio o por daño, por el programa o por el cable, nos dejan desnudos frente al paciente. Desnudos de un traje que nos hemos acostumbrado a llevar, con el que peleamos pero al que en el fondo siempre agradecemos. No se sabe qué hacer. Se comienza invocando la suerte, que la avería sea rápida, que todo pase en unos treinta segundos. En esos instantes todavía no dirigimos la mirada hacia el paciente. Permanecemos observando la nada, la pantalla detenida. Es el momento más incómodo, sin lugar a dudas. Cuando vemos que la cosa va para largo, intentamos invocar su complicidad. “Estos aparatos, caramba”. El paciente asiente aunque quizá cree que todo ha sido propiciado por nuestra torpeza. Luego tocamos una tecla y, como el sistema no responde, intentamos una tregua: “Esperamos dos minutos y si no usted va a la sala de espera y luego lo llamo”. El paciente tiene prisa. “No, no, no puedo esperar”. “No se preocupe, se hará como siempre”. Hacemos una llamada telefónica y sacamos un viejo talonario o un simple folio. “Madre mía, cuánto tiempo sin verlos”, dice el paciente a pesar de que  hace cinco años todos los usábamos. “¿Entonces va a ser como antes?” “Pues sí, como antes”.  Cogemos el papel, escribimos con una letra que desde hace tiempo sólo gastamos para firmar y, colgados, nos damos cuenta que hemos tenido un asunto humano con el paciente. Un asunto humano otra vez.

29 jul. 2016

Uno


Cuando Uno muera o deje de escribir, que es lo mismo, dirán que hay muy poco que decir, que Uno escribió cinco cuentos y empezó tres novelas, que hubo editoriales que tuvieron que cerrar luego de publicarlo, que no era precisamente un best seller, que alguna vez lo invitaron a dar una charla en Machurucuto y otra en Traiguera en medio de unos peñascos dejados caer junto a la iglesia de la Font de la Salut, que en otra publicó un cuento en la revista literaria de Zimbabwe y que Uno entonces estaba contentísimo a pesar de que él mismo había financiado la edición, que quizá era suyo el proyecto de novela sobre un fotógrafo italiano que se enamoraba de los novios y, en los álbumes de matrimonio, decapitaba a las novias, pero que nunca logró escribirle una línea. Todo eso dirán o no dirán nada, que también es probable, y por si fuera poco ya ninguna de esas cosas podría conmover o importarle a Uno. Sin embargo, la chica hermosa y despeinada que recordará que el mundo de Uno era absolutamente literario y que en la medida que envejecía iba ganando amigos y familiares para que se dejasen meter en él y se convirtiesen en lectores, escritores o personajes, esa muchacha linda tendrá razón y a Uno incluso le gustaría escucharla en vida. Quienes le conocemos sabemos que él es así y adora esos detalles nimios, periféricos, que a la mayoría de las personas parecen soberanas tonterías.

11 jul. 2016

Cazapalabras



Las palabras se las lleva el viento y el cazador de palabras sale a la calle con la misma indumentaria del cazador de mariposas. Ya que las palabras pueden ser piedras, como decía Carlo Levi, quizá debería llevar una escopeta, pero la palabra saldría herida y tampoco es la idea. Por eso sólo lleva una red y las dos orejas. Así, escucha cómo un médico le indica al paciente que se tumbe en la camilla. “¿De memoria?”, le pregunta el paciente. “Boca arriba”, insiste el médico. “De memoria, eso se dice en mi pueblo dormir de memoria”. Se entera el cazador que dormir de memoria es una expresión que se usa en algún pueblo de Teruel y que su uso encaja con una acepción de la palabra memoria, relacionada a su vez con las esculturas yacientes.

El cazador de palabras se ha estirado, ha lanzado la red de manera perfecta y ya tiene una presa en el botín. La mima, la tranquiliza. La domestica de tanto pensarla y repetirla, de tanto decírsela a los amigos. Va a todas partes con las palabras ganadas. Las lleva al bar y al trabajo. “Dormir de memoria”. Las coge con la mano y se las mete en el oído derecho. A partir de allí comienza a usarlas, a pensarlas, incluso las distorsiona. Inicialmente se acuesta en el sofá, de memoria. No está mal, piensa. Luego, se incorpora y agrega que dormir de memoria podría ser también soñar todas las noches el mismo sueño. Comenzaría con aquella casa de la infancia. “Las cosas vuelven al lugar de donde nacieron”, escribió Rómulo Gallegos en la última página de Doña Bárbara. El comenzaría a dormir soñando con  aquella casa, detenido en el rincón del jardín donde él y su hermana se entretenían jugando con las hormigas. Luego por lo menos diez minutos pensando en el patio del colegio y los paseos por la montaña. Un poco más allá, en las profundidades del sueño, pasaría por la playa y recogería algunas piedras. Visitaría finalmente el amor que conoció en la calle donde también había una farmacia y las últimas dos horas las pasaría jugando a tejer palabras y cuentos contigo. Todo de memoria, como una rutina bella apenas descubierta pero incorporada para siempre, tatuada con metales pasados en la piel de la vida. De memoria.

29 jun. 2016

Manera valenciana de perder el anillo de matrimonio



Creía haberlo escuchado todo: anillos perdidos en el césped, tirados en el retrete, caídos durante un maratón, sumergidos en una copa de vino como una promesa de traición y bacterias, todo. Incluso podría agregar mi propia versión ya que durante un vuelo de 10 horas se me helaron los dedos reduciendo su tamaño encogiéndose, y al retirar el equipaje de mano, el anillo se deslizó y lo perdí.
Hoy he escuchado algo peor: una circunstancia que sólo puede ocurrir en la Comunidad Valenciana o en otro pueblo en que también se practique la terrible aunque interesante costumbre de jugar con los toros en la calle, els bous al carrer.
Un vecino, huyendo de un toro, se encaramó en la barrera. Una vez ido el toro, el vecino se dejó caer, pero su anillo quedó atrapado en la cabeza de un clavo de la barrera. Los noventa kilos del hombre hicieron el resto: el anillo seccionó el dedo y el hombre se quedó sin anillo y sin cuarto dedo.

26 jun. 2016

Bartleby y Medico-no



En las puertas de la facultad de medicina, invitado a matricularse y entrar o a punto de recibir la primera lección, gracias a Melville pero también a Viña Matas, todos sabemos lo que habría dicho Bartleby:
-Preferiría no hacerlo.
Porque es la carrera más larga, porque exige mucho tiempo, porque no le ve sentido a gastar un año de su vida estudiando fisiología, porque es muy difícil trabajar simultáneamente, por las fiestas del pueblo, porque la carrera incluye prácticas en el hospital que no está dispuesto a asumir, por tantas cosas.
Es Bartleby, no puede hacer otra cosa que preferir el no hacerlo. Sin embargo, ya que los padres insisten, finge entrar y matricularse, finge incluso estudiar. Se instala en un apartamento junto a la facultad y todos los días sale después de desayunar, se dirige hacia la universidad y hace como si entrara. Pero no entra porque es fiel a su discurso inicial.
-Preferiría no hacerlo -dijo la primera vez y, aunque nadie lo escuchó, Bartleby es una persona a su manera coherente.
El problema de Bartleby es que siempre llega el momento en que el grupo al que pertenece le pide que se gradúe, que muestre su título y comience a ejercer.
Hay quien sigue siendo Bartleby toda la vida y se inventa una facultad interminable: exámenes, cursos, especializaciones, doctorados y, para después, siempre está  la política. De tal manera nunca llega a prescribir ni siquiera una aspirina. Es el Bartleby bueno.
Hay otros que no pueden ser ni buenos ni coherentes y de Bartleby pasan a ser Medico-no. 
Medico-no es un personaje que sin haber estudiado medicina se presenta como médico. Es trampa e intrusismo, es delito, pero también es enfermedad. Medico-no nunca estudió fisiología ni fisiopatología, pero no le importa: cree que no le hace falta para prescribir paracetamol y enalapril. El problema de Medico-no es que sólo puede terminar en la cárcel o en el periódico. Su ejercicio es, por ignorante y despreocupado, agresivo y una vez transgredida la primera norma las transgrede todas.
Los hay por puñados, porque hay algo de la medicina que resulta apetecible. Pero para mí, por su perseverancia e insistencia,  el más genuino medico-no es uno que conocí en Castellón hace aproximadamente diez años.
Cuando lo vi por primera vez, era medico-no de ambulancias. Traía los pacientes al hospital y permanecía horas conversando mientras hacía grabaciones en el baño de las enfermeras. El hombre daba clases en varias facultades y decía que tenía una y otras especializaciones. Al final, lo denunciaron más por los vídeos que por el intrusismo.
A los cuatro años volvió a atacar. Con un título falso se presentó a hacer la especialización en Alicante o Elche y, además, trabajaba para una mutua. Esta vez lo denunciaron por intruso y todos creímos que desaparecería.
Sin embargo ha vuelto. Esta vez Medico-no ha elegido Figueres para practicar un  saber del que formalmente carece. En el pueblo de Dalí, en un punto de atención médica trabajó seis meses a partir de noviembre de 2015. Terminó siendo denunciado y, en los periódicos, sus pacientes advierten que no notaron ninguna diferencia respecto al ejercicio de los médicos verdaderos.
Es una pena, seguramente, pero también una infinita tontería. En los años transcurridos desde que dejó de ser Bartleby, Medico-no habría podido estudiar varias veces la carrera de medicina. Pero, sin embargo, no lo ha hecho ya que su meta no es ser médico sino medico-no, un asunto absolutamente diferente.

2 jun. 2016

Pescabro de quien insiste


A la salida de la guardia, encuentro la pescabrería abierta y,  entre varios pescabros moribundos, La aventura del tocador de señoras de Eduardo Mendoza. No tengo ninguna duda sobre el pescabro ni sobre el autor. Sobre el primero porque en su tercera línea incluye la palabra "merluzo", lo cual explica porque lo venden en la pescabrería. Y sobre el autor porque recuerdo cuando coincidía con él en el Ferrocarril de la Generalitat. Era en la Barcelona del siglo pasado: el hombre, discretísimo, se sentaba silencioso en un rincón del vagón y yo ocultaba La ciudad de los prodigios que, hechizado, estaba leyendo por tercera o cuarta vez. De hecho, éste debe ser el quinto ejemplar tocador que compro aunque los otros los he comprado en librerías o remates de libros más convencionales. Pero este trae sorpresa: en su interior: al final del segundo capítulo, página 57, encuentro un texto manuscrito, obviamente anónimo:

Cada mañana
encontrarás mi amor
frente a tus ojos.
Estará allí
siempre
a una distancia prudente
para que puedas verlo 
y
si es tu deseo
alcanzarlo.

Este amor es así
insistente
como una piedra dolomita
o un riñón
que incluso sobrevive la muerte.

Este amor tuyo
a fuer de quererte.

Se parece tanto a lo nuestro que comienzo a dudar si acaso fui yo mismo quien dejó este libro sobre la mesa, de manera furtiva, antes de entrar al hospital hace veinticuatro horas, al comienzo de la guardia.

24 may. 2016

Perro bueno al final de la jornada



Para no atropellar un perro
la ambulancia frena
bruscamente.

Sin pretenderlo
el pobre animal
lo ha paralizado todo.
y la rotonda parece congelada
como si un ovni hubiera caído
sobre el corazón del paciente
transportado.

Mientras
el perro decide dónde ir.
Si a la izquierda
llegará a la playa
pero a la derecha
está el barrio del puerto
El Grau en valenciano.
Allí vivía hasta hace muy poco
Joan Baptista Campos
médico de ambulancia y medritor.

Perro bueno.
Por eso se detuvo
al ver la ambulancia.
Por eso dudó.
Por eso estuvo a punto
de morir.

17 may. 2016

Pescabro de quien espera




En la venta de pescabros, escogí uno. No tenía escamas ni caratula. Intuí que era un pescabro, pero he de reconocer que parecía una agenda. Fui a pagar y mientras la cajera apuntaba la referencia, me atreví a decírselo.
"Mitad libro, mitad pescado".
Sus manos con olor, con inevitable olor, me devolvieron el engendro.
En su mirada, creí leer una pregunta: "¿Será éste el hombre que dice que yo soy una pescabrera?"
No intenté responderle. Salí del local y, ya en la calle, en lugar de meter el libro en la mochila nueva, lo abrí al azar. 
No era una agenda, sino más bien un cuaderno de anotaciones. 
En la página abierta junto al Parque Ribalta había un poema, "Pescabro de quien espera":

Quien espera
se activa
cuando recibe 
el mensaje
señalado

No se despereza
ni se mueve lentamente
sino que
todo lo contrario
corre y se desboca
como si todo lo esperado
formase parte de la carrera

Por eso parece que ama más
que corre más
que vive más 
rápido.

Pero simplemente ama cuanto soñaba durante la espera

Corre con la perfección que había planificado
cada gesto cada movimiento
durante tantos años de amor
Infinito y secreto.

Cuando terminé de leerlo, era yo quien parecía un pescabro. Por eso fui a cortarme el pelo en la barbería de Mohamed Jabri, el mejor barbero de Castellón


11 may. 2016

Novelas

Lo decía Enrique Vila Matas el año pasado al recibir su merecido premio en Guadalajara. La novela no va hacia donde él, un escritor que la ha intentado refundar como si de un corazón se tratase, creía. Se le pueden abrir nuevos atrios y ventrículos al corazón humano, es el secreto de la vida. Pero con la novela habría pasado algo que la ha desterrado de los caminos de la cardiología sentimental: le ha pasado que no le ha pasado nada.
En esos mismos meses, un amigo mexicano también novelista, Carlos Velázquez, hablaba de las novelas con ketchup. Según él, vivimos una época en la que todo el mundo parece tener una novela bajo el brazo y el que no la tiene se la manda a hacer como antaño los vestidos.
Ninguno de los dos se equivoca y es por eso que mi memoria no los deja tranquilos y los recuerda a pesar del tiempo transcurrido. Ambas versiones son ciertas y cada vez se publican más novelas en las que no pasa nada a excepción de su anécdota y el tiempo invertido por el lector en leerlas. Los personajes se mueven, dicen barbaridades, pero la novela no camina. Permanece detenida como si se le hubiese acabado la gasolina. El problema no es un problema, es una perogrullada: se editan las novelas que se  venden y se compran las novelas que se editan. El editor ha aparcado el afán cultural, el que nos mantiene vivos, y justamente quiere recuperar el dinero. Por eso, cortando por lo bajo, editores y lectores comparten gustos y cada vez abundan más las novelas planas, fáciles de leer, lineales, como las películas que se pueden ver con un ojo cerrado. Pasa lo mismo con la fruta del supermercado. Está allí, fácil de comprar. Es bonita, simétrica, cada una igual que la otra, como si las hubiesen hecho con un molde, pero el plátano sabe igual que la manzana.
Por eso cada vez hay más novelas y frutas. Con la novela no pasa nada y la fruta no alimenta. Ninguna de las dos tiene sabor. A mí en cambio, como lector y escritor, me sigue gustando la fruta con asperezas y de mirada torcida. La fruta rara. Como las novelas de antes, las que ahora se venden poco.

6 may. 2016

Misa en clave de gol



El ruido que venía del interior de la iglesia era ensordecedor.
Pensé quizá que el cura bautizaba el niño de una familia no creyente y que por eso aprovechaba para descargarse. Imaginé a los padres cabizbajos y la abuela materna a punto de iniciar una protesta. Pensé también, pero lo descarté inmediatamente, que la iglesia se había convertido en una sala de cine y los vecinos se congregaban en ella para ver el sorteo del campeonato de fútbol.
Continué caminando y, treinta segundos después, mi confusión aumentó porque a través de la ventana del bar pude ver que junto a la barra estaba el cura viendo precisamente el sorteo del campeonato.
No pude entonces reprimir mi curiosidad y regresé hacia la iglesia. Hice una cosa que en los últimos veinte años solo he hecho cuatro veces: cuando me casé y en el bautizo de las tres niñas.
Abrí la puerta y entré. En el primer banco tres ancianas estaban sentadas frente a un televisor gigantesco que reproducía la misa. De allí venía el ruido que se escuchaba al pasar frente a la iglesia.
Las ancianas parecían extasiadas. Yo permanecí viéndolas por lo menos un minuto, sesenta segundos en los que seguramente el sorteo futbolero terminó porque también pude ver cómo el cura entraba por la sacristía, apagaba el televisor y bendecía a las señoras.
La misa habia terminado

21 abr. 2016

La lectora ideal


Cuando aparece la lectora ideal, la escritura sigue siendo la misma pero la vida cambia.
Ella te da origen  y sentido.Te protege con sus ojos y cada página que pasa es una caricia en en las sienes. Te enteras de sus comentarios. Si tienes suerte los escuchas de su boca. Si es el mejor día de la vida, estás sentado frente a ella: la puedes ver y tocar, quizá la hueles.
"Entendí lo que publicaste ayer, yo siento lo mismo", te dice y tú sonríes porque cualquier cosa que haya podido leer la escribiste para ella. Pensando o sin pensar, pero para que la leyera ella. No era una carta de presentación. Era toda tu vida preparada para que cuando ella la visitase palabras y registros se mostrasen lentamente y fuese posible escoger y comenzar. Aquélla fue la tristeza que querías que conociese. Ésta la alegría. Ya hace mucho tiempo, aquella rabia: quizá no la vuelvas a sentir más.
"Menos mal que viniste", te atreves a decirle.
"Estaba pensando lo mismo", asiente ella.
A partir de ella, la escritura sigue siendo lo que era. Buena o mala, regulera. Pero tú vas feliz, contento porque aquello que haces tiene destino. Te sientes generoso e incluso te permites pensar en los colegas escritores. Premiados, superventas o suplicantes ante los editores. Calma, calma, calma. Todos tenemos una lectora ideal. Ya aparecerá la vuestra.

18 abr. 2016

La lección de Eco



Dos días antes de su muerte real, soñé que Umberto Eco moría bajo la sombra infinita de una morera. El detalle cronológico me permitió adelantar a todos y, cuando se abrió su testamento, yo ya estaba organizando, siempre en el sueño, unas jornadas en su honor. De un lado estaban los peces, que defendían el valor de El nombre de la rosa. Del otro, los cartílagos. Yo era uno de éstos a pesar de lo mucho que en su momento disfruté la novela y su película. Defendíamos los ensayos, la idea de que la mayor contribución de Eco se encontraba en sus ensayos, no en su narrativa, tampoco en sus recomendaciones para terminar la tesis. De hecho estaba a punto de leer un texto sobre Dolenti declinare cuando, de repente, anunciaron la prohibición. Primero sonó una trompeta. Luego la voz de un gigante: en su testamento, Umberto Eco solicitaba  que en los próximos diez años no se promoviesen homenajes ni celebraciones en su nombre o memoria. Aunque tenía cuarenta y ocho horas de ventaja y el percal todo vendido suspendí la programación y esta vez fui yo quien fue a reposar bajo la morera. Sin morir, claro, pero tampoco sin despertar. No había siquiera roncado cuando una hoja cayó sobre mi cabeza y, al cogerla, vi que traía mensaje: “quizá dentro de diez años nadie sepa quién es Umberto Eco”. Mira qué morera más sabia y estudiada. Una morera lectora, admiradora de Eco. Una morera universitaria.  “Y no tendría nada de malo”, agregó un gato que suele merodear esos terrenos esperando pájaros y ratones. Del gato sé que no es sabio y que nunca ha pisado la universidad. Es un holgazán empedernido. Habla por hablar y si esta vez acertó fue casualidad, pura casualidad. Fue entonces cuando comprendí que me había adelantado un poco y que, para organizar el evento, debía haber esperado por lo menos treinta y dos días. Mis cuarenta y ocho horas, que inicialmente eran ventaja, se convirtieron en desventaja: qué pena. Pero mejor todavía: entendí que la literatura no tiene nada que ver con homenajes ni actos, que no se escribe ni se lee para trascender, que nada o muy poco trasciende y, si lo hace, no depende de la intención primigenia. Que se escribe para disfrutar y comunicar. Umberto Eco, el hombre que lo sabía todo, lo dijo, lo quiso decir en su testamento.

12 abr. 2016

Lo que es capaz de hacer la compañía de trenes


Gorda y ávida que es, la compañía de trenes me maltrata y me hostiga. Me atosiga. Llega tarde a todos los encuentros. Me hace esperar. Me obliga a llegar tarde. Me somete a infinitas sesiones en su interior, siempre usando absurdos pretextos. Se inventa usuarios estrafalarios para que me hagan compañía.
Impresentable y absurda.
Mentirosa.
Perversa.
Me ha obligado a pasar junto a cadáveres, incluso una vez sobre ellos
Me ha multado.
Bruja.
Ridícula.
El otro día amaneció con la puerta cerrada.
Estrecha.
Luego se presentó en forma de autobús. ¿Cómo puede una compañía de trenes disfrazarse de autobús?
Falsa. Hipócrita.
Para subir al autobús fue necesario esperar que bajaran los borrachos.
Perdida.
Y, cuando subí, me detuvo la bocanada etílica.
Borracha perdida.
El interior del autobús parecía la tripa infinita de un burdel, repleto de piernas que dormían la mona, de bocas que eruptaban y de vez en cuando maldecían. Estuve a punto de bajar pero una mano amiga me detuvo.
-Siéntate allí, Slavko.
Pude finalmente sentarme en el asiento plegable del revisor, yo que no reviso ni los textos, apenas a diez centímetros del parabrisas, como para que me matara.
Malvada.
Hoy incluso el tren paso de largo frente a mi estación. Para que yo no me bajara.
Manipuladora.
Y yo no pensaba decir nada, ni siquiera quejarme.
Fue entonces que vi la chaqueta del imbécil que iba sentado a mi lado.
Era una chaqueta normalita, ni muy usada ni poco, normal de abril, abrileña.
Pero a la altura de los hombros tenía cosido un escrito.
"Skinhead catalans". Esa mierda era lo que decía. Y el tipo con el coco medio pelado y los rasgos gruesos, como un buen skinhead que se odiaría a sí mismo si le fuera posible verse.
Entonces, luego cambiarme de asiento, claro, no vaya a ser que.., entonces fue que arremetí contra la compañía de trenes.
Estúpida, ¿acaso es necesario hacer todo esto para que te escriba un cuartiento?