13 de dic. de 2014

Final de guardia


A las cinco de la madrugada, mientras el frío y la lluvia no dejan salir a los pacientes de sus casas, un médico y dos enfermeras leen poemas de William Carlos Williams en las urgencias del hospital.
-El también era médico, ¿sabes? -le dice la enfermera más joven al galeno.
-Es que yo nunca he podido entender la poesía -responde él.
-No es cuestión de entender. Para eso ya tendrás tiempo -le dice ella convencida y empieza a leer en voz alta, invitándolos a que sigan el poema en la pantalla del ordenador.
Treinta minutos antes, esa misma pantalla permitió la lectura de un diagnóstico feroz. Y al inicio de la guardia registró dos electros planos. Ahora aparece en ella una mujer joven y alta, sin sombrero, que examina el interior de una zapatilla, intentando sacar el clavo que la lastimaba.
La enfermera continúa leyendo y el médico le pide ahora leer juntos el poema de la parturienta..
La otra enfermera, abstraída, piensa que en este hospital también hay parturientas. Hay incluso enfermas mortales, embriones que se pierden, fetos que comienzan a llorar. Alguna carretilla seguro habrá en la última planta y, en el patio psiquiátrico, cada cierto tiempo un casco de botella verde se convierte en alucinación con percepto.
Así han pasado por lo menos cinco minutos. Los tres parecen detenidos en el interior de un poema de William Carlos Williams. Gracias a él se sienten más humanos y los ojos del médico, hasta ahora imperturbables, dejan ver las durezas de la guardia. Igual ninguno quita la atención de la pantalla. No se dan cuenta que la lluvia ha amainado y los despierta el anuncio de una visita pendiente. 
Ha terminado la tregua, ya comienzan a llegar los pacientes. Pero el médico ahora sabe que no es necesario entender la poesía..

23 de nov. de 2014

Maletín




¿Qué lleva dentro de sí el maletín de un médico que hace visitas a domicilio?
Los pacientes no los saben porque el médico suele usar el maletín como el sombrero de un mago y va sacando de él instrumentos y medicamentos con sigilo.
Usualmente no se despliega el maletín. Apenas se abre una de sus bocas para que la mano galena extraiga la pieza necesaria.
Incluso muchos médicos que nunca han hecho visitas a domicilio no saben qué puede contener un maletín así aunque sea posible deducirlo: un estetoscopio no faltará, seguro. Y analgésicos, si antipiréticos mejor. ¿Un equipo de cirugía menor? Quizá, pero no es seguro: en la actualidad, toda situación quirúrgica, por menor que sea, es preferible abordarla dentro de las paredes de una institución de salud.
Puede haber incluso quien rice el rizo y suponga que su contenido depende de la especialidad. Estoy de acuerdo. En la época del electrochoque sin vaselina (no estoy hablando de la terapia eletroconvulsiva, sino del electrochoque, tal como lo inventaron Bini y Cerletti) recuerdo un psiquiatra (un querido psiquiatra) que incluía en su maletín un convulsiómetro con sus electrodos. Con el tiempo, agregó también unas ampollas de haloperidol y otras de sinogan. Ése era el contenido de su maletín sabatino, cuando atendía los pacientes a domicilio.
Desde la corriente antimédica alguno supondrá que un maletín de médico fundamentalmente contiene dinero. Suposición equivocada, seguro, al menos en la actualidad, pero sirve para remitir al lector a una novela querida: Los maletines, de Juan Carlos Méndez Guédez. 
Conozco también una versión telúrica, una especie de poema objeto: el maletín de William Carlos William (que en una esquina de la fotografía ilustra el cuartiento) además de un estetoscopio puede contener hojas secas y cascos de botella, como sus poemas.
Para solucionar estas dudas hoy le pregunto a un médico de pueblo que viaja conmigo en el tren cuál es el contenido del maletín con que hace las visitas domiciliarias.
-Está súpercompleto. Lo compré en Internet.
Su maletín originalmente estaba en el suelo del vagón pero tras mi pregunta ha levitado sesenta centímetros y se encuentra frente a nuestros ojos, los suyos y los míos.
No tiene la piel noble del maletín de William Carlos Williams, pero sí un tejido sintético que se supone impermeable. Parece más bien el maletín de una computadora portátil anacrónica y robusta.
-Mira todo lo que llevo dentro.
Abre la pestaña delantera y señala los talonarios de recetas: las rojas para los pensionistas, las verdes para los que no.
-Y esto de aquí -dice señalando una tabla rígida- es para apoyarme mientras escribo.
Luego abre el corazón del maletín. Señala el estetoscopio, la bata doblada, el tensiómetro, el saturímetro, el otoscopio, los depresores linguales, el termómetro.
En un bolsillo interior, ampollas: diazepan, matamizol, haloperidol, algún mórfico, dos ampollas de adrenalina.
Debajo del tensiómetro y del otoscopio, pastilleros con paracetamol, captopril, algún antianginoso.
-Los fármacos son del centro de salud -aclara-. No vinieron por Internet.
Luego abre el bolsillo de la cara posterior. Allí están los libros, el vademecum, un atlas de electros y un pequeño manual de urgencias. Detrás de ellos, una tableta electrónica.
-¿Y qué tienes allí? ¿Los algoritmos?
-No, nada que ver. Fundamentalmente las fotos de mis perros. Y la saca de maletín, cierra éste y comienza a enseñarme las fotos de dos simpáticos cachorros que en este momento, mientras él los muestra y describe, le estarán cagando todo el apartamento.

14 de nov. de 2014

Roncan los médicos


Roncan los médicos en el tren recién salidos de la guardia.
El cardiólogo se durmió leyendo una novela de Tolstoi, que también era médico.
El oncólogo de cansancio puro. Lo despertaron tres veces en la noche: una resucitación exitosa y dos exitus letalis. Ninguno era paciente de su consulta, pero igual abruma.
El de urgencias no pudo dormir siquiera un minuto. Hubo siempre pacientes en la sala de espera y, cuando pudo ir a la cama, sonaba estrepitosamente la cisterna del retrete de la primera planta.
El psiquiatra no tuvo tantos pacientes, pero con el penúltimo intentó una contención conservadora ("Apenas un Zyprexa y un Valium", se quejaban los enfermeros) que no funcionó.
El residente de traumatología ha trabajado treinta y dos horas seguidas. Una vez intentó quejarse y el jefe lamentó su actitud: "¿Quieres vivir como un mendigo estos cinco años y luego como un rey toda la vida? ¿O todo lo contrario? Eligió ser rey y por eso el dermatólogo lo ve pasarse de parada. De hecho los ve a todos dormir. No porque sus lentes estén mejor graduados sino porque es el único médico del tren que no hace guardias.

3 de nov. de 2014

Trenes

El tren se detuvo por la lluvia. En el vagón, alguien comenzó a hablar de un cortocircuito advirtiendo que la espera sería larga. Él decidió mirar a través de la ventanilla. Así vio cómo el tren que venía en sentido contrario también se había detenido. Los dos trenes estaban uno al lado del otro y él pensó que la chica que estaba a su lado, pero en el otro tren, podía llamarse Lucía. Junto al abrigo dispuesto frente a ella, había una bolsa con dos libros y una botella de vino tinto. “¿Leemos o bebemos?”,  le preguntó a través del cristal. “Ni lo uno ni lo otro”, respondió ella logrando sorprenderlo.
Sonriendo, se observaron amistosamente durante varios minutos.
Cuando los trenes partieron, ella le señaló la bolsa de la librería. 
Así ya él sabría dónde encontrarla.

29 de oct. de 2014

Primer teorema de Zupcic


EVENTO O NOCIÓN QUE LO SUSTENTA
En octubre de 2014, un joven madrileño es acusado de estafa y los medios de comunicación desvelan que para llevar a cabo su cometido hacía gala de supuestas relaciones de privilegio con la Casa Real, La Moncloa y el partido de gobierno. De hecho son publicadas fotos suyas al lado de José María Aznar y saludando al nuevo Rey, entre otras. En público y en privado, las aventuras de este joven se convierten en tema frecuente de tertulia y las explicaciones más usadas para su gesta son la psicopatomegalomanía (el estafador es un paciente psiquiátrico que ha engañado a todos, incluyendo los servicios de seguridad del estado) y la picaresca (el estafador es un delincuente, pícaro heredero del Lazariillo de Tormes, que ha engañado a todos incluyendo los servicios de seguridad del estado). 
El teorema de Zupcic no pretende ser psiquiátrico, literario ni criminalístico. Tan sólo contempla el asunto desde una perspectiva humana y aporta una tercera explicación en la cual no hay engaño sino connivencia y gracias a ella este efebo tenía acceso a círculos tan privilegiados.

PRIMER TEOREMA DE ZUPCIC
Causas y/o consecuencias del muchas actividades humanas están relacionadas con la búsqueda de tres agujeros. Otras obedece a la búsqueda de dos. Y las que quedan a la búsqueda de sólo uno.

23 de oct. de 2014

Esto es tenis, querido(s) Watson (y Crick)

(desde el Open de Valencia)



Creo en ello sinceramente: no hay mejor lugar del mundo para vivir que esta Valencia española, entre Alicante y Castellón. Por sus calles, sus montañas, porque desde aquí todo parece estar cerca y , fundamentalmente, por el carácter afable y generoso de sus habitantes.
Atrás, en sus memorias, quedan las palabras de Giacomo Casanova advirtiendo de la falta de buen vino, lugares de buen comer y hombres de letras. Esta provincia es una maravilla. Que nadie lo olvide ni deje de decirlo. Lamentablemente, está llena de paradojas. Eso es lo que con rabia pienso mientras visito el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe.
Me viene inmediatamente a la memoria un artículo escrito hace unos más de diez años en su contra por el gran José Pardo Tomás (a Pepe no debería bastar con nombrarlo en un cuartiento,.debería escribirle cien cuartientos seguidos porque fue él quien, en la Universidad Autónoma de Barcelona, me enseñó a construir textos decentes que no fueran de ficción). Pues mi admirado Pepe se quejaba del desmadre que era este proyecto, de la sinrazón y falta de orden que albergaba y de la ausencia de criterios científicos e historiográficos en su planificación.
Pues me tocó ir al museo y ya estaba preparado para lo peor. He visto tantas cosas en sus alrededores. Recuerdo que cuando vino el Papa colocaron cientos de retretes portátiles junto a sus paredes, muchos de los cuales ni siquiera fueron premiados con una defecación, sólo para generar gasto y ganar comisiones. Sé que un poco más allá está el Palau de la Música y que Calatrava todavía no sabe cómo solucionar el problema de su trencadís y que, lo que es peor, nadie sabe todavía quién terminará pagando todo ello aunque se sospecha que será el de siempre, el contribuyente. Pues hoy, en el Museo de las Ciencias, me he encontrado la reproducción de la doble hélice de Watson y Crick, la doble cadena helicoidal que reproduce la molécula de ADN, una escultura de aproximadamente cinco o seis metros de altura, en medio de dos canchas de entrenamiento de tenis porque se juega el Open de Valencia y la ciencia tiene que arrimar el hombro al deporte, como si no bastara con los anabolizantes.
Así, mientras David Ferrer practica, una pelota se escapa  y alcanza la doble hélice incorporándose a ella, como si fuera una base nitrogenada: guanina, citosina o ferretina. Luego vendrá una de Andy Murray: adenina no, andenina.
El público aplaude la fuerza de sus héroes, la velocidad que alcanzan sus envíos y este cronista se da cuenta que el gran Pepe Pardo tenía razón y que aquí nunca se debió construir un Museo de las Ciencias, sino que ya que aquí parece que lo único que se hace es deporte (como diría Benjamin Black) directamente se debieron construir cinco canchas de tenis, para lo cual por cierto no era necesario el concurso de Calatrava.

17 de oct. de 2014

Cercanías Castellón



Al vagón de los médicos suben ahora también los estudiantes de medicina. Menos empotrados que los de ingeniería en los celulares, pero más o menos los mismos, sobretodo porque en algún momento del trayecto sacan la comida casera y el vagón todo se llena de olores: ajo y chorizo, fundamentalmente.
Así íbamos. Los cardiólogos, uno en cada extremo, como si tuvieran miedo de encontrarse también en el tren. El oncólogo con una bolsa de comida que recoge en el mercado central antes de llegar a  la estación. La digestóloga del otro hospital leyendo los artículos del marido. Yo, debo reconocerlo, me debatía entre comenzar a leer la novela de Roberto Iniesta (el mismo de Extremoduro), El viaje íntimo a la locura, y terminar de leer Pulp, de Bukowski, una novela que es dura de coger por cualquier extremo.Fue por uno de los dos libros o por el estudiante de ingeniería que abrió la choricera que se detuvo el tren. Siempre lo hace, pero esta vez duro diez minutos. Luego avanzó cincuenta metros y llegó a la estación de Xilxes, donde estaba detenido el tren que había partido quince minutos antes que nosotros. Allí, mi compañera de asiento (estudiante de comunicación social o medios audiovisuales seguramente) comenzó  a ver una cartelera electrónica en el andén: "Por incidencia los trenes de cercanías tienen un retraso de treinta minutos".
-¿Qué pasó?- le pregunto la amiga con la que venía cruzando las piernas desde el inicio del trayecto..
-Seguro que alguien se tiró a las vías.
-El otro día también pasó. Espero que no. Da un mal rollo.
Pasaron otros cinco minutos y esta vez hicieron el anuncio por la megafonía del vagón:
-Por accidente ocurrido en las vías el tren demorará más de media hora en llegar a su destino y en este momento procederemos a engancharlo al tren que nos precedía.
-Qué putada - dijeron los estudiantes de ingeniería. -Ese tren se para en todas las paradas. Ahora nosotros con ellos.
Todo el mundo comenzó a agitarse, alguno insinuaba reclamación, pero otro en el fondo (no era médico ni estudiante de medicina, debía ser de ingeniería) interrumpió la zozobra con una llamada telefónica a todo pulmón.
-Mamá, saca tú a la perra que el tren va a llegar tarde.
Eso dio pie para que otro estudiante (¿de ingeniería, de medicina?) comenzará a vociferar apenas a dos filas detrás de mí:
-Es que si quedó con vida yo lo mato -no se refería a la perra ni al estudiante que procuraba que no defecase en el salón. hablaba del accidente, de lo que había generado el accidente en las vías del tren.
Lo repitió varias veces y quienes lo acompañaban más bien reían.
Los médicos conservábamos la calma. Cada uno en los suyo o simplemente pensando.
-Pero, ¿Por qué demoramos tanto? ¿Por qué no lo recogen y ya está?-pregunto la de comunicación social.
Me extrañó que diera por seguro que se trataba de un intento de suicidio. Sin embargo, le respomdí.
-Es que ha de venir el juez y el médico forense.
La niñata nada dijo y me miró casi con asco, como si le hubiera pedido salir con ella. Yo seguí entonces intentando leer a Bukowski.
A los quince minutos, el tren volvió a arrancar aunque muy lentamente.
Cuando pasamos por la estación de Les Valls, aminoró la velocidad todavía más y cambió de rieles.
La chica a mi lado comenzó a gritar.
-No miren. No miren. Es espantoso -gritaba y lloraba simultáneamente.
Obviamente todos miramos.Médicos, estudiantes y uno que otro trabajador de tribunales que también sube al vagón.
Sobre los rieles, había una cabeza, una cabeza sola, sin cuerpo ni nada aunque con mucha sangre alrededor. Y, dos metros más adelante, un brazo gordísimo. tan gordo que alguno discutió todavía por cinco minutos que podía tratarse de una pierna.
-Pero, ¿cómo es posible que no lo hayan recogido todavía? - me preguntó la muchacha del asco.
No le respondí. Yo también tenía la misma duda o, lo que es peor, tenía la sensación, quizá compartida con la mayor parte de los pasajeros, de haber llegado tarde, muy tarde. 
O de no haber llegado a ninguna parte.

25 de set. de 2014

Bicicleta de médico


Pequeña y grande a la vez
Como una cuerda de violín
enrollada en el interior de un sobre blanco
junto al saco de perrubia
Como un estetoscopio, ligera
Precisa como un rayo de luz
o las ondas de un electro
Imprescindible como un ambú

Que el acto de abrirte
parezca inicialmente un malabar
que se simplifica progresivamente

Que prácticamente no suenes al rodar
como un diagnóstico feliz

Que se vea que has rodado
y tengas arrugas cicatrices óxido
pero que has sido cuidada por las manos
que ahora te cierran multiplicándote
haciéndote ocupar
un espacio mínimo en la consulta

Plegable



10 de set. de 2014

El Previno, by Mario Puzo


En una librería médica, El Padrino estaría sin duda entre los libros de medicina preventiva.
Por ello, el escritor que  lo admira puede publicar crónicas de viajes ya realizados, pero no proyectos de escritura.
Lo segundo Don Vito Corleone nunca lo perdonaría.

4 de set. de 2014

Sala de espera




Hablando de medicos y pacientes, no existe una única sala de espera. Es un asunto seguramente descuidado que se multiplica a partir de la observación detenida, el sentido común y, para advertir hacia dónde vamos, el aporte de Erving Goffman según el cual en las instituciones sanitarias no sólo existe un front space sino también un back space. Comencemos por el front space. La más conocida de las salas de espera es la del despacho o consulta privada. Normalmente es un espacio aséptico donde en horario de atención conviven miradas adustas, rostros preocupados, revistas caducadas y alguna decoración neutra que no permita saber de las inclinaciones políticas artísticas ni religiosas del médico que atiende sus detrás de la pared. Ciertamente esta situación tiene excepciones. Hay compañeros que prefieren que sus inclinaciones políticas y religiosas sean conocidas porque dependiendo del entorno eso les garantizará más pacientes o que los pacientes que ya tienen sientan reforzadas durante la espera su fe, sus creencias o simplemente su decisión al escoger galeno. Están también las salas de espera de hospitales, centros de salud y centros de consultas públicos. Mayor y universalmente atestadas de gente, lo cual en ocasiones garantiza calor, caos, ruido y una merma de las condiciones higiénicas. Esos espacios, privados y públicos, pueden también tener vida en horarios que no son de atención. Hélo aquí, éste es el back space: la sala de espera de una consulta privada puede ser el escenario de un encuentro amoroso o de su preludio y la de un hospital, ya que quizá en una de sus esquinas cuelga una pantalla, el lugar donde un grupo de vigilantes se reúnan para ver un partido de fútbol, el escenario de una asamblea de trabajadores o, en plena noche, el dormitorio improvisado de un enfermero. Sin pretenderlo, éste cuartiento ha sesgado el uso del back space y ha hecho parecer que sólo el personal sanitario puede hacer uso de él. Falso totalmente. También los pacientes: en instituciones públicas, la sala de espera es un lugar donde el paciente con problemática social asociada a su enfermedad en ocasiones pretende habitar: dos o tres horas hasta que termine la noche o, como me tocó ver alguna vez en un hospital sudamericano, todo la vida que la enfermedad permita. Este paciente era demasiado especial y había instalado una tienda de campaña en la entrada del servicio de traumatología y allí estuvo viviendo luego del alta hospitalaria durante por lo menos dos años.
Ahora bien en medicina el paciente no es el único que espera. El médico también lo hace. Espera la llegada del paciente. Y, aunque puede no hacerlo en la sala de espera convencional, lo hace en la consulta y la convierte así en su sala de espera. Se podría decir que su sala de espera es un espacio más psíquico que físico y se instala, se puede instalar, en la consulta, en la sala de juntas, en los pasillos, en el bar del hospital. Esta sala de espera puede ser un espacio dedicado a la búsqueda y/o consolidación del conocimiento, a la investigación o, ¿por qué no?, a las relaciones humanas, a la introspección o a la nada. Es el espacio en que el médico espera al paciente. Puede ser inexistente, breve o infinita. En los primeros casos, los pacientes entran uno detrás de otro, sin posibilidad de tregua o pausa. Sé de colegas que visitan pacientes en varias consultas (dos o tres) de manera simultánea. Uno detrás y al lado del otro, como churros. Y, además, lo hacen bien. Otros se toman una pausa entre paciente y paciente.
-Vamos a fumar -me decía un profesor a quien todavía venero-. Hemos estado trabajando con pacientes psiquiátricos  y esto hay que llevarlo poco a poco.
Los casos de sala de espera infinita son extraños, pero existen. Consultas con poco volumen de pacientes que existen por un capricho burocrático. O de colegas que deben cubrir una consulta durante un horario inusual. Un colega medritor que estuvo destinado en una de ellas durante dos meses me lo contaba así:
-Los viernes en la tarde no venía ningún paciente. En el primer mes, sólo leyendo los viernes, acabé 1Q84 de Murakami.
-Interesante - dije como pensando en voz alta.
-Claro que es interesante. Es un gran libro a pesar de que al final es una novela de amor.
-Perdona -lo interrumpí-. No me refería al libro de Murakami. Como empezaste a hablar de literatura, pensé en la posibilidad de escribir un cuartiento sobre salas de espera y terminar hablando de Max Aub.
-Pero, ¿por qué en Max Aub?
-Porque en México tenía una revista que se llamaba Sala de Espera.


28 de ago. de 2014

Canción de Moliterno




(cuartiento-sueño differenziato)
En la ferretería del pueblo el aire era espeso como una neblina caliente. Parecía que un elefante había estado allí, bebiendo entre las escaleras de aluminio y los capazos de paja una jarra de café con leche. Quizá fue por eso que yo pedí una hogaza de pan. Era una ferretería, pero igual me la dieron: una hogaza de pan y una especie de focaccia húmeda, manchada de tomate, que me dijeron se llamaba pipo.
Dudé cuál morder, pero me decidí por la hogaza. Qué maravilla, un buen mordisco en el centro, directo al corazón recién salido del horno de leña. Nada de cachos ni de nocachos arrancados con la mano. Éste fue un mordisco soberano, el mordisco que apenas había comprado una hogaza de pan en una ferretería. Por eso no me extrañó que aparecieran entonces muchas puertas frente a mí, cada una con la llave dentro de la cerradura. 
Comencé por la más grande. Apenas la empujé, la música me arrastró dentro. Cantaba el primo Peppino. Cantaba, bailaba y tocaba la guitarra, mientras los camareros servían vino y bocconcini di mozzarella.
En el fondo del salón había otra puerta. Detrás de ella un hombre de ojos y orejas grandísimas se ofrecía para acompañar y escuchar. Era el hombre oreja, un hombre inmensamente bueno a quien inmediatamente comencé a llamar fratello. Él me acompañó hasta la siguiente puerta. Al abrirla, un anciano que etiquetaba botellas de vino acudió a nuestro encuentro y nos ofreció una copa, mientras su mujer limpiaba concienzudamente, como si le fuera la vida en ello, una aspiradora.
-Sigue caminando-  me dijo el fratello y yo seguí abriendo puertas y recibiendo abrazos.
De una de las personas que me abrazó me impactaron sus ojos. No se lo dije pero igual lo pensé:
-Qué bonitos ojos tienes, ¿cómo te llamas?
-Valeria -me respondió la muchacha como si me hubiera leído el pensamiento-. ¿Ya fuiste a Capri? -me preguntó señalándome la puerta azul en medio de las piedras-. Allí entras, sueñas que vas a Capri y a  un autobús se le cae el cristal trasero mientras sube la cuesta. 
-Claro -le dije y le mostré una foto que había hecho con el celular.
-Te toca entonces empujar esa puerta. Es Napoli y en la pizzería del sueño debes salir bajando por la escalera de emergencia. Antes, seguramente un gigante te guiará entre las ruinas de Pompei.
Sucedió tal como Valeria había dicho pero luego desperté en la plaza del pueblo, la Villa Comunale. Yo llevaba dos bolsas de basura, una de residuos orgánicos y otra de plásticos, e intentaba dejarlas junto a un árbol sin que me vieran los policías.
-Esto es Moliterno -me dijo el fratello, que había aparecido nuevamente a mi lado-. Aquí es más fácil deshacerse de un cadáver que de una bolsa de basura.
-Tú no te preocupes, ya verás cómo me deshago de ellas y nadie me dice nada. Luego vamos a visitar la Chiesa Madre y, si nos da tiempo, subiremos hasta el Castello.
-No llegues hasta allí que no hay nada dentro. Por eso la puerta está cerrada y sin llave en la cerradura- el hombre oreja había desaparecido y quien me hablaba ahora era una muchacha que se presentó como Giuliana y cuidaba de dos niños morenos.
-¿Cómo se llama el pueblo? El hombre oreja me lo dijo pero ya se me olvidó. ¿Puedes repetírmelo?
-Por supuesto, esto se llama Moliterno. Mo-li-ter-no.


24 de ago. de 2014

División por género de las tareas domésticas en parejas menores de 44 años que habitan en la Comunidad Valenciana (2014)



El hombre hace la compra y cocina.
La mujer ordena la compra en la despensa y, mayormente, mete los platos sucios en el lavavajillas. Si le toca cocinar a la mujer, se come fuera y el hombre paga.
El hombre cuida del jardín, el coche y todas las reparaciones menores de la casa.
La mujer entrevista, selecciona y contrata a las chicas de la limpieza.
El hombre contrata, acompaña, supervisa y paga la actividad de fontaneros, electricistas, mecánicos y albañiles cuando son necesarios.
La mujer supervisa los deberes de los niños excepto los relacionados con ciencias y matemáticas que corren a cargo del hombre.
El hombre lleva a los niños al parque. 
La mujer visita a su propia madre.
El hombre paga los impuestos.
La mujer va al casal o al club y se reúne con las amigas.
El hombre hace bricolage en el sótano.
La mujer se encarga de meter y sacar la ropa de la lavadora y mayormente contrata una persona para su planchado.

Post-scriptum:
1) Registro objetivo de datos recogidos de forma aleatoria sin interferencia de la edad, sexo o estado civil de él o los recolectores de datos.
2) Según se ha evidenciado estas actividades son realizadas de forma egosintónica y no son motivo de discusión, separación, divorcio ni cambio de sexo.
3) Toda colaboración proveniente de investigador certificado será aceptada e integrada al estudio.


11 de ago. de 2014

Rodríguez (estar de)

En el salesiano colegio en que transcurrió mi infancia tenía, uno detrás de otro y ordenados alfabéticamente por el segundo apellido, once compañeros de apellido Rodríguez. De treinta o cuarenta que éramos, once eran Rodríguez. Incluso había dos que repetían: Rodríguez Rodríguez. Supe entonces desde pequeño que Rodríguez era un apellido común y alguna vez se lo dije a uno de los repetidores, JF Rodríguez Rodríguez, que era mi amigo.
-Y Zupcic seguramente será común en el país de tu padre -se limitó a responder éste mientras Viñas García, que con los años participaría en un golpe de estado, estaría exiliado en Perú y después dirigiría el principal aeropuerto venezolano, intentaba mediar entre nosotros, para evitar que la sangre no llegara al río.
De la España que habito siempre me intrigó que el Rodríguez, el estar de Rodríguez, significase estar solo en casa, sin la mujer y los niños. Mucho más en la última semana, que han aparecido dos artículos sobre el tema, el último de ellos escrito por el admirado Fernando Iwasaki en la revista dominical de El País. Ambos atribuyen el origen de la expresión a una película  más bien discreta de José Luis López Vásquez, El cálido verano del señor Rodríguez (1965) y se maravillan de que a pesar del escaso éxito de la película la expresión haya calado tanto y permanezcan su recuerdo y uso todavía.
No es extraño que ahora los escritores escriban o escribamos sobre el asunto. Es verano y, en el Mediterráneo, con la canícula, mujeres y niños abandonan las ciudades, se van al campo, a la playa o sencillamente a los lugares de origen, dejando a los hombres trabajando y cuidando las casas.
Cada quien hablará por su experiencia y según la mía la circunstancia es especialmente infeliz. Estar de Rodríguez significa en primer lugar un mal comer porque a pesar de la experiencia que se tenga entre fogones y sartenes no es lo mismo cocinar para seis o cuatro toda la vida que hacerlo durante una o dos semanas para una sola y por si fuera poco primera persona. Significa también lavar a mano los calzoncillos porque da la impresión que no tiene sentido llenar una lavadora con ellos a pesar del tamaño que han ido ganando con el tiempo.O que, dueños absolutos del televisor, en la tonta pantalla no hay nada digno de ver y en caso de cansancio se terminará viendo los programas que por idiotas normalmente se les prohibe a los niños.
El agravante radica en que todo el mundo presume que quien está de Rodríguez está feliz y cuando lo encuentran, en la calle o en el hospital, le dedican una sonrisa pícara:
-Así que estás de Rodríguez, ¿no?
-Pues sí, de Rodríguez. No me puedo quejar.
La capciosidad implícita en pregunta y respuesta obedece al verdadero origen de la expresión que obviamente no es la película de López Vasquéz aunque ésta recoge en parte su picaresca.
-La expresión se debe -me comentó hace años un querido y experimentado compañero de profesión - a que antes cuando los maridos se quedaban solos en casa aprovechaban el tiempo yendo a los lugares de mal vivir y, si las chicas les preguntaban el nombre, para no ser recordados ni identificados, decían el apellido más común, el primero que se les venía a la cabeza y que, obviamente, no coincidía con el propio: Rodríguez.
De allí viene la expresión, el estar de Rodríguez, ya que así estaban los machos de verano en el siglo pasado: bailando, bebiendo y acariciando. En este siglo más cruel, los Rodríguez seguimos existiendo y en verano todavía metemos mano, en la cocina y en la lavadora, pero mano siempre.



28 de jul. de 2014

La más mala



Todos conocemos o creemos conocer a la mujer más mala del mundo. Fue novia, esposa, compañera del trabajo, vecina o amiga de la infancia. Una de todas o varias. En los casos más desgraciados, todas. En los menos, se trató apenas de un encuentro esporádico. En los intermedios, es posible conocerla varias veces. Primero, como novia: rubia, espigada y arquitecta. Luego, vecina: morena, enana y gerente de un banco.
-Yo ya te conocí -se aconseja decirle al apenas verla-. Pero tenías otra piel. Eras otra cosa.
Lo que siempre se repite cuando habñamos de la mujer más mala del mundo es que se trata de un espécimen dedicado al ejercicio de la maldad. Es una mujer mala, verdaderamente malvada, MALUCA.
Siendo tan mala se especializa en ocasiones en ocultarlo. Por lo que hay personas que creen que uno exagera al dedicarle un cuartiento.
Pero es muy mala. Basta mirarla detenidamente. Recordarla en dos o tres ocasiones distintas en que su maldad era instilada de forma aparentemente casual.
Es la mujer más mala del mundo aunque no todo el mundo la llama así.
-Es terrible, muy fuerte -dicen sus propios padres cuando están lejos de su influjo.
-Es como un vicio que tiene y le gusta dañar y fastidiar -dice la segunda ex-suegra.
Su psiquiatra ve en ella una paciente e intenta una mirada objetiva.
-Es un trastorno límite de personalidad.
-Pero, ¿le puede dar cita para hoy?- le pregunta la secretaria.
-Sería mejor dentro de quince días.
El sacerdote cada vez que la confiesa, sin que ella pronuncie ninguna palabra, la manda a rezar diez padrenuestros. La exime, no se sabe por qué, del avemaría.
El juez siempre le dedica dos palabras: "culpable" y "reincidente".
Siendo una y muchas, posee dones que la iglesia atribuye a sus mejores santos: es ubicua y omnipresente.
Yo la recuerdo en la universidad, maquinando la destrucción de colegas, disfrutando mientras nos hacía quedar como imbéciles, villanos y culpables simultáneamente.
La recuerdo también en uno de mis primeros trabajos en Barcelona: cinco minutos antes de la partida del tren, me pedía informes exhaustivos sólo para que yo no pudiera llegar a la estación a tiempo y tuviera luego que esperar media hora.
De su maldad no se libraba nadie y, para no ser víctimas de ella, todos la evitábamos y, si por casualidad era imposible hacerlo, sonreíamos frente a ella. Creíamos que escaparíamos así de su maleficio. Mentira también. Igual su maldad nos alcanzaba. No era que matase gatos o atropellase viejitas con el carro. Hacía, puedo jurarlo, cosas peores, mucho peores y no voy voy a desgraciar este cuartiento refiriéndolas. 
Créanme, se trata de una mujer mala, demasiado mala. Y lo que faltaba, lo poquito que faltaba para comprobarlo ha sucedido hoy mientras navegaba en Internet. Cuando en una red social tropecé con su nombre, el antivirus se dio cuenta e inmediatamente alertó:
-Se ha detectado una amenaza.
La mujer más mala del mundo es tan tóxica que incluso el antivirus gratuito la detecta. 
Pues inmediatamente apagué la computadora y salí a pasear. Necesitaba quitarme su mala influencia.

7 de jul. de 2014

La escritura

En cuanto a la realidad, la escritura es un proceso no sólo de registro sino de interpretación. Primero completa y luego interpreta y, más que curar, previene. Se me ocurre un ejemplo. Si a un hombre le interesa una mujer, fundamentalmente tiene tres alternativas. 1: No prestarle atención a su interés que para comenzar siempre habrá tiempo. 2: Prestarle atención y actuar en consecuencia: comenzar a seducir o dejar que se lo hagan. Y 3: Escribir un cuento a partir de su interés (recomendada).
Si ha seguido nuestra indicación, el lector sabrá cómo es esta mujer, la conocerá más que nadie, habrá estado presente en sus sueños y ella en los de él, posiblemente incluso conviva con ella y juntos realicen viajes inmemoriales. Luego, a las catorce semanas, lo dejarán y durante unos meses, cuando le pregunten por el amor, el lector dirá que se trata de una mentira.
Tal como lo habíamos dicho, la escritura completa e interpreta la realidad, fundamentalmente previene sus efectos más nocivos.