12 dic. 2010

La primera gran enfermedad de Michael Corleone


A El Padrino —el hijo mestizo de Mario Puzo y Francis Ford Coppola— se le quiere o no, pero casi siempre se le quiere. Al le(v)erlo, se conversa con Marlon Brando el día de la boda de Costanza y, seguramente, gracias a la música de Nino Rota, pero también a la dialéctica del Don, se le ofrece lealtad y luego no se falla.

Michael "Pacino" Corleone


De allí nace la preocupación por la salud de sus hijos, especialmente del pequeño Michael, a quien fácilmente hubieran podido apodar Pacino: Michael "Pacino" Corleone. No es hoy el día de hablar de la Diabetes Mellitus que lo asalta en la tercera entrega de la película y lo obliga a recibir azúcares cardenalicios mientras busca un apoyo papabile en El Vaticano. Tampoco de la apoplejía que lo fulmina en los últimos fotogramas de esa misma entrega. Mucho menos de la culpa que lo persigue después de haber ordenado la muerte primero de su cuñado Carlo Rizzi y después de su propio hermano Freddo. En referencia a esto último, será necesario pedirle a la psiquiatría una licencia literaria. Porque si alguna vez alguien se atreve a diagnosticarle un trastorno de personalidad a Michael Corleone —ánimo, compadre: Michael murió, de su hijo Anthony es muy poco lo que se sabe actualmente y su heredero Vincent "García" Mancini actualmente canta boleros y busca fondos para financiar sus películas— este trastorno, al ser estructural, sería la primera gran enfermedad de Michael. El ánimo de este cuartiento es más bien referirse al traumatismo facial producido por el impacto del "enorme puño" derecho del Capitán McCluskey en su "mandíbula". Lo recuerdan bien el lector y el espectador: el lectador. Luego de que los hombres de Sollozzo disparasen sus pistolas de juguete sobre el cuerpo de Don Vito Corleone, éste es llevado al Hospital Francés. Allí, en la primera visita que le hace, el joven Michael ve a su padre desprotegido e intuye que Sollozzo —¿no sería mejor decir Barzini?— nuevamente intentará matarle. Por ello convence a la enfermera de cambiarlo de habitación y sale a las afueras del hospital, donde encuentra al yerno-ayudante del panadero Nazorine. Cuando pasa el primer vehículo —es posible que en su interior vaya Sollozzo; si no, igual da, dos o tres de sus matones— las manos del yernodante tiemblan, las de Michael Corleone no. Cuando llega el segundo, nadie tiene derecho a patalear. De él baja el gigantesco McCluskey y, luego de un intercambio de palabras con Michael, ordena a sus subalternos que inmovilicen al futuro padrino y lanza un puñetazo que Michael intenta esquivar infructuosamente. Don Mario Puzo lo cuenta así, con la facilidad que le caracteriza y que traduce para nosotros Ángel Arnau: "... pero el puño se estrelló contra su mandíbula. Le dio la impresión de que había estallado una granada dentro de su cabeza. De su boca empezó a salir sangre, y escupió algunos dientes". Luego llegaron los hombres de una agencia de detectives respaldados por el abogado de Clemenza y, una vez garantizada la seguridad del Don, Michael decide ser humano: pierde el conocimiento y es llevado al hospital donde le soldarán la mandíbula y se dará cuenta que ha perdido "cuatro dientes del lado izquierdo de la boca".
Al día siguiente, a pesar del dolor en la hemicara izquierda, Michael mata a Sollozzo y a McCluskey y luego abandona New York: parte rumbo a Sicilia, donde el Doctor Taza —"quizás el peor médico de Sicilia"— al ver que los huesos han soldado mal dando a su rostro un aspecto siniestro" se ofrece a operarle y, como Michael rechaza la oferta, se limita a prescribirle unas pildoras calmantes.
Deformidad, dolor —cada vez más frecuente e intenso— y rinorrea eran los síntomas de los que se lamentaba Michael y el Doctor Taza le explica "que por debajo del ojo pasa un nervio muy delicado, del que a su vez emanan una serie de nervios secundarios". También , en ocasión de la primera visita a la casa de Apollonia, atiende la petición de Michael:
"¿Tiene usted algo para evitar que de mi nariz salgan mocos continuamente? Sospecho que a la muchacha no le gustará verme sonar sin parar."
No exagera Michael. De hecho, tres días atrás, cuando en la película pisa por primera vez Corleone, lo hace sosteniendo en la mano izquierda un pañuelo blanco que constantemente lleva a la nariz,
"Te daré unas gotas antes de que vayas a verla. Tu cara quedará un poco adormecida, pero no te preocupes; no creo que vayas a besar a la muchacha enseguida. De todos modos, el efecto será pasajero."
Tres o cuatro años después, algunas páginas antes de la muerte de Don Vito, será el Doctor Jules Segal quien interceda ante algún amigo cirujano para que solucione el problema. El Doctor Segal —el mismo que diagnostica y comprueba la solución quirúrgica del colpocele de Lucy Mancini (la madre de Vincent), el que comprueba que la disfonía de Jonny Fontane se debe simplemente a verrugas y no a un proceso maligno— en una de las reuniones en que se decide el futuro de Las Vegas examina la mandíbula de Michael:
"Buen trabajo. Ha quedado perfectamente. ¿Y cómo está su nariz?"
"Muy bien", respondió Michael. "Gracias por su colaboración".
Desde la medicina, el asunto que los Doctores Taza y Segal ven sencillo se complica un poco y permite, al menos, la escritura de este cuartiento. La sintomatología descrita insistentemente por Puzo —rinorrea, dolor y deformidad— puede ser, sí, consecuencia de un impacto importante en la región facial, pero más hacia el pómulo, no en la mandíbula. Más propio del traumatismo mandibular sería una alteración de la articulación temporomandibular con la consecuente mala oclusión, además de dolor, tumefacción y sialorrea. Ayuda también que en la película el impacto va dirigido directamente al pómulo izquierdo de Michael. Sin embargo, esto no significaría mucho porque el abogado que luego viene a socorrerlo es el mismo Tom Hagen y, en el libro quien acude es el abogado de Clemenza. Si las evidencias clínicas y la película tuviesen razón y el traumatismo fuese superior, en el pómulo izquierdo, las posibilidades diagnósticas son dos. La de peor pronóstico: un golpe en el pómulo que por transmisión de la onda de presión afecte la lámina cribosa del etmoides y cause por tanto una pequeña fractura —fisura es un eufemismo del que gustan mucho los pacientes— en la base del cráneo: una fístula naso sinusal. Si hubiese sido así, el líquido nasal que obliga a Michael Corleone a llevar siempre un pañuelito en las manos no se llamaría rinorrea sino rinolicuorrea, porque contiene líquido céfalo raquídeo, y la solución habría debido ser más rápida porque sino una meningitis habría impedido la boda de Michael con Apollonia en Corleone.La otra posibilidad, la preferida de este cuartiento, es una fractura malar que produciría deformidad por pérdida de proyección de la eminencia malar y pérdida de la linealidad inferior de la órbita, además de afectación del nervio infraorbitario y una posible afectación de la glandula lacrimal, que se encuentra en la parte externa del techo de la órbita. Se parece más a la explicación de Doctor Taza. Se trata, en todo caso, o podía haberse tratado, ya que la medicina nunca es segura al cien por ciento, mucho menos si al paciente solo se le conoce a través de una buena descripción literaria o gracias a una excelente interpretación actoral, de una fractura facial del tercio medio (malar y/o maxilar). Pero, ¿por qué en el libro que leemos y releemos insisten en hablarnos de la mandíbula? Sólo la mano de un gigante podría abarcar la mandíbula de Michael y también su pómulo, prácticamente toda la hemicara izquierda. O que le hubiese dado dos golpes. Pero en la novela sólo se habla de un golpe y, además, si el golpe fue en la mandíbula, ¿por qué en la película Al Pacino lo recibe en el pómulo?


Mario Puzo


A grandes males, grandes remedios. Ésa es la solución terapeútica de las abuelas: grandes remedios, que pueden ser los más simples, pero que con su radicalidad eliminan toda posibilidad de discusión. Para terminar este cuartiento, es imprescindible confrontar la traducción al castellano realizada por Ángel Arnau, que habla de mandíbula, con el original inglés by Mario Puzo. Mario, Don Mario, nos ayudará a salir de este atolladero. Y, en efecto, lo hace: donde Ángel Arnau traduce mandíbula Don Mario ha escrito cheekbone, que el autor del cuartiento lo recuerda, pero por si acaso busca en el diccionario, significa pómulo. PÓMULO, así grandote. O sea que la primera gran enfermedad de Michael Corleone fue una fractura facial del tercio medio. Luego en esta obra maravillosa —mitad libro, dos tercios películas: una pelibra sin lugar a dudas— vendrían las demás.

2 comentarios:

Gilberto dijo...

Releyendo tu cuartiento, me gustaria ayudarte algún día a hablar de la dibetes mellitus de Michael, su cardiopatía isquémica y enfermedad psicosomática.
Un sacerdote, en la tercera entrega, escucha su angustiada confesión (llena de culpa "velada") y su relato de molestias torácicas, le dice a Michael:

"Lo que la boca no dice, se expresa en el corazón"

Un abrazo

Slavko Zupcic dijo...

La penúltima y la última enfermedades de Michael Corleone, querido Gilberto. El sacerdote en cuestión, en la película representa al Cardenal que luego sería Juan Pablo I, asesinado por la boca (la pócima de la monja). Un abrazo siempre.